jueves, 24 de enero de 2013

Un golpe de estado (Manuel Saco)




Un golpe de estado

Manuel Saco

20/01/2013 - 21:09h www.eldiario.es
 
 
Ante una gran catástrofe, pongamos por caso un tsunami inminente o la
torrentera de un río desbordado que viene hacia nosotros, nuestras
posibles estrategias de salvación se agolpan y se amontonan en nuestra
mente, como relámpagos, en sucesión vertiginosa, como dicen que
transcurren las imágenes de nuestra vida en el trance de muerte. El
dilema está entre huir o defenderse, como cuando sufres un atraco o
tienes delante de ti un perro de presa. Tu vida depende de la
determinación que tomes, tras un análisis de apenas una fracción de
segundo.

No sé si vosotros tenéis parecida sensación, pero desde hace unos días
siento como si esto que llamamos democracia, y que los nacionalistas
llaman patria y nación de los cojones, se haya salido de su cauce y
amenace con desbaratarlo todo, como en un estado de emergencia
nacional por un bombardeo, donde ya no importan tu colesterol ni tu
tensión, ni el dinero ni las joyas que atesoras bajo la cama, ni tus
libros ni tus discos, ni los alimentos de la nevera, ni la nevera
misma, ni tus recuerdos, ni tus hijos... Cuando suenan las sirenas del
inminente bombardeo sólo cuenta salvar la vida propia a la carrera,
porque el instinto de conservación es un impulso que se abre paso a
codazos, aunque sea atropellando en la huida a tu propia dignidad,
como en las avalanchas humanas.

Porque en estas últimas semanas hemos descubierto que la corrupción
política y económica con la que hemos tenido que convivir
históricamente en dosis que creíamos no letales para la democracia,
constreñida hasta ahora discretamente en el ámbito impenetrable de sus
organizaciones mafiosas, se ha convertido ya en un bombardeo masivo y
abierto contra nuestra convivencia, donde apenas nos dejan la
posibilidad de defendernos o de huir. La cosa nostra política tuvo
siempre sumo cuidado en no hacer ostentación de sus métodos tramposos
porque vivía de la discreción, de la ilusión óptica de que los
corruptos son siempre los otros, porque, al contrario que en las
dictaduras, en democracia hay que pasar por el molesto trámite de
pedir el voto a los incautos cada cuatro años.

Pero un cambio terrible se nos anuncia cuando los delitos de
prevaricación, cohecho, tráfico de influencias y robo ya no se ocultan
impúdicamente a la luz pública. Menospreciando el aforismo latino de
nulla ethica sine aesthetica -no hay ética posible sin estética- los
privatizadores de la sanidad ya no guardan ni las formas: con todo el
descaro buscan empleo, a los dos años que les permite la ley, en las
empresas que previamente privatizaron; las grandes compañías
nacionalizadas en consejo de ministros parecen la cueva de Alí Babá,
refugio de políticos ya inútiles, en compañía de familiares y
amiguetes, que al cabo de los años parecen pasar factura de los
favores prestados desde el cargo público; el gobierno utiliza el
instrumento del indulto de una manera que apesta a fraude de ley,
favoreciendo a sus militantes y simpatizantes, sean grandes
defraudadores o kamikazes de carretera asesinos; promulgan amnistías
fiscales para los amigos y tesoreros inmensamente ricos mientras
abrasan al resto de la ciudadanía por un quítame allá unos céntimos
despistados en la declaración de la renta...

Y lo que es peor, ponen un precio desorbitado a nuestro derecho a
solicitar justicia mientras en la sombra de su cueva de ministros
preparan anteproyectos de ley para poner en manos de los Registradores
de la Propiedad el Registro Civil, y la celebración ante notario de
los matrimonios, divorcios y separaciones de mutuo acuerdo, con las
correspondientes futuras tasas que irán a parar a sus bolsillos. Había
que hacer este pequeño favor a unos pobres notarios que últimamente
habían visto cómo se cegaba el río de dinero que antes obtenían con
las hipotecas y compraventa de viviendas. Habrá que mantener su fuente
de riqueza, aunque sea tasita a tasita.

Leyes promulgadas a medida, sin el menor rubor, y sin que el fiscal
anticorrupción medie de oficio, para personajes como el notario Miguel
Ruiz-Gallardón García de la Rasilla, primo del ministro de Justicia; o
la nuera del ministro y registradora de la Propiedad, María Teresa
Touriñan Morandeira; o como el propio presidente del Gobierno,
registrador antes que fraile; o de sus hermanos, registradores
también, Enrique Rajoy Brey y María de la Mercedes Rajoy Brey; o de su
otro hermano, el notario Luis Rajoy Brey. Leyes que benefician
descaradamente a un clan, sin la menor estética, preludio de una total
falta de ética.

En este bombardeo a la democracia, donde la sospecha de corrupción,
nepotismo, tráfico de influencias y saqueo de las arcas públicas barre
con su metralla toda España, desde familias enteras de nacionalistas
presuntamente muy honorables con cuentas en paraísos fiscales, a
banqueros santanderinos evasores de impuestos, presidentes de
patronales que dictan al gobierno reformas laborales mientras
defraudan a manos llenas desde sus empresas, o presidentes de
comunidades autónomas con incrementos patrimoniales estratosféricos...
uno se debate entre salir a rodear Génova 13, armado de sus mejores
insultos, o salir de este país, como el que busca refugio antiaéreo a
toda prisa dejando atrás sus pertenencias, familiares y amigos.

Dar un paseo por el panorama político es como ir paseando por una
ciudad, como Granada, en huelga de recogida de basura. Imposible
caminar sin tropezarte con la mierda, sin que nadie se sienta
responsable. Empieza a tomar cuerpo la idea de que la corrupción es un
subproducto ineludible de la misma actividad de gobierno, como las
bolsas de basura son el resultado inevitable de nuestro nivel de
consumo. En casi 35 años de democracia los escándalos de corrupción se
han desvelado como un acompañante molesto de la actividad política a
todos los niveles. Como si no hubiésemos tenido tiempo suficiente para
haber pactado entre todos los partidos unas normas de transparencia de
financiación, de patrimonios personales, de limpieza en los
procedimientos de contratos públicos, para minimizar en lo posible las
tentaciones de financiación ilegal de partidos o de enriquecimientos
ilícitos de los gobernantes (¡tengo unas ganas de ser rico para dejar
de ser rojo!).

Porque en medio del bombardeo uno acaba preguntándose cuál no será la
verdadera dimensión de la corrupción, si los cientos de millones que
afloran no son más que una mínima parte del arsenal que esconden.
Porque ya no se trata de hacer pagar a Bárcenas por evadir impuestos y
capitales sino de indagar de dónde sacó tanto dinero y, sobre todo ¡a
cambio de qué favores! Creo que 35 años de mirar para otro lado, en
los que nos hemos convertido en el país europeo con mayor nivel de
corrupción, como una república bananera más, pueden justificar mi
desagradable sospecha de que padecemos un pacto de no agresión entre
partidos, al menos entre los que han tenido tareas de gobierno, sea
estatal o autonómico.

Si la defensa de sus corruptos en el caso del PP se ha convertido en
todo un arte, el PSOE, por aquello de la mujer del César, debería
mostrar un poquito más de ánimo, un poco más de impulso e imaginación
para que esta noche podamos irnos a la cama con la sensación de que no
es cierta nuestra sospecha, que de verdad ha aprendido de sus
escándalos pasados, que su tibieza en la condena de la corrupción de
su adversario político no se debe a un pacto de no agresión entre
facinerosos. La imagen de Pérez-Rubalcaba, el día aquel en que hervía
la opinión pública con el caso Bárcenas y los sobrecogedores de la
cúpula del PP, convocando una rueda de prensa sin preguntas, más
parecía un favor inconfesable a Mariano, un pacto entre colegas, a
cambio de otro favor igual de inconfesable. ¿A cambio de qué?

La corrupción impide el correcto funcionamiento de la democracia. Es
como un golpe de estado silencioso, sin tanques ni fusiles. Cuando los
favores y amaños bajo cuerda alcanzan más valor que las leyes y
reglamentos reina la arbitrariedad y matan el sagrado principio de
igualdad de oportunidades.

Esa sí es una crisis sistémica que amenaza con acabar con nuestras
conquistas sociales.


 
 




 

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