JUAN VALLET DE GOYTISOLO
JUAN VALLET DE GOYTISOLO
LIBERTAD Y PRINCIPIO DE
SUBSIDIARIEDAD
5 La participación como libertad política
Por eso, la multiplicidad se diluye en una nueva entidad
colectiva cuando se pretende que el conjunto de elementos
múltiples gobiernen la totalidad de un modo general, como
ocurre cuando la participación se concreta
en la emisión del voto, ya sea colegiadamente en
una asamblea, para formar la denominada "voluntad colectiva", o bien
para designar uno o varios representantes comunes en la entidad colectiva que, en lugar de armonizar y subsidiar
la multiplicidad representativa, la colectivice.
La verdadera participación, como armonía de lo múltiple
con lo uno, requiere diversidad de competencias en la unidad superior y de cada elemento en la pluralidad. Esa diversidad de competencias la determina, dinámicamente y de un modo natural, el principio de subsidiariedad, a partir de los elementos más simples hasta los de cada cuerpo integrado, por orden de complejidad y extensión, y en la medida de lo que no puedan realizar los más simples y
elementales, por ese mismo orden.
Tal como mostramos la primera vez que nos ocupamos de este
tema (49), son fórmulas falsas de interpretación:
—
La llamada descentralización, efectuada por una desconcentración, en virtud de la cual la unidad multiplica
sus tentáculos hasta la periferia.
— Y la creación de un órgano colectivo que absorba la resolución de los problemas de todos y cada uno de los componentes de la pluralidad allí representada. Esa pluralidad se esfuma en la unidad colegial, tanto más cuanto más subsumida resulte aquélla en ésta y mayor competencia absorba y se atribuya el órgano colectivo en detrimento de las decisiones y actividad peculiares de los cuerpos o
individuos integrantes de la pluralidad.
Ahora bien, precisamente la sociabilidad humana no se desarrolla en un solo grado, en una única comunidad política totalizante, sino en distintos órdenes y graduaciones de comunidades
(49) La participación como
interacción entre lo múltiple con lo uno, en «Algo sobre temas de
hoy», Madrid, Speiro, 1972, págs. 217 y sigs.
128
humanas. Por eso,
el Estado no es una comunidad de individuo.'
sino una sociedad de sociedades; y,
a través de ellas, la sociabilidad humana se
desarrolla de un modo natural y escalonadamente, sin que las formas más elevadas deban absorber a las inferiores, sino complementarlas para el logro de los fines que éstas no alcancen (50).
La libertad civil y la libertad política quedan
vulneradas en cuanto se produce esa absorción, y
los hombres se ven mediatizados en su
libertad de asumir sus responsabilidades personales, familiares, profesionales, locales, etc., dentro de su propia esfera, con los demás componentes de la comunidad concreta a la que estén afectos, mientras un bien común superior no requiera la asunción del problema a un nivel social más -extenso o superior.
No debe olvidarse que la macroeconomía, la macropolítica, macrocultura,
dependen de la microeconomía, la micropolítica, la microcultura (en términos del ámbito
cuantitativo o extensivo respectivo) y
aquéllas no pueden absorber éstas sin sufrir las consecuencias de la
asfixia que de hacerlo provocarían.
Las libertades económica, política y cultural se hallan,
con eso, en juego.
Así, la misma naturaleza fundamenta el principio de subsidiariedad. Tanto que Hugo Tagle (51) no ha vacilado en escribir estas afirmaciones: "La ignorancia y consiguiente no aplicación del principio de subsidiariedad y en menor medida su imperfecta aplicación,
son sinónimos de modo
proporcional al aplastamiento del hombre y de la sociedad por parte de la autoridad, sea ésta el pa dre de familia o la autoridad civil. Si lo anterior acontece y en la medida en que acontezca, significa que una tal sociedad esta regida por la fuerza física
impuesta a los hombres como norma ordinaria de gobierno antes que por normas de razón, pues .1 violencia es la única fuerza que puede, aunque no indefinidamente,
50 Cfr.
Santo Tomás de Aquino: De regimine principum, lib, I, capítulo I, y
Comentarios a la Política de Aristóteles, proemio 6, 4.2; y los co‑
mentarios del P. Teófilo Urdanoz, o. p., loe. Cit.,
pág. 778.
51 Hugo Tagle,
loc. Cit., ágs.. 145 y sigs. 129
aplastar a la razón que brota con potencia irresistible
de la naturaleza humana para gobernar a los hombres y a los pueblos, la que reclama
libertad para actuar y lograr su plenitud.”
Por eso, ha podido decir ajustadamente el P. Martín Brugarola (52), que la
subsidiariedad es un principio fundado en la justicia; pues es injusto que el Estado
haga lo que cumplidamente pueda hacer una entidad inferior, siendo así que cada una
de éstas tiene su propia competencia y responsabilidad conforme a su naturaleza.
6. La masificación,
destructora de la participación
Son incontables las
múltiples mentes que forjan el orden vital. Destruir esa participación y violar así el
principio de subsidiariedad, implicaría la muerte de la libertad de pensar,
base del uso de todas las demás libertades, que asumirían unas pocas mentes, que con “cultura
de confección” mal alimentarían a una masa maleable y manipulable.
Así
se realiza el fenómeno que se ha denominado “masificación dirigida” (53).
En los países democráticos, los planes estatales de
enseñanza tienden a formar ciudadanos abiertos a todas las ideas, pero carentes de rigor para
juzgar con profundidad los grandes problemas, y les deja en una vaciedad que
facilita su adhesión a los slogans superficiales, a las convicciones
sumarias y a las declaraciones estrepitosas y utópicas. Con esa base, receptiva
e informe, los medios masivos de información acumulan tal volumen de noticias de
modo que
al lector, sin tiempo ni posibilidades de analizarlas rigurosamente, le resulten
decisivas las más repetidas; explotan los hechos que juzgan aprovechables mediante
los comentarios añadidos (54), y las imágenes, en especial las difundidas por
los medios audiovisuales
52 Martín Brugarola: Entidades
intermedias y representación política, Madrid, «Inst. Est.
Sindicales, Sociales y Operativos», 1970, pág. 67.
53 Georgi Schischkoff: La masificación
dirigida, Madrid, Ed. Nacional, 1968, ágs.. 205 y sigs.
(54) Cfr. Gustave Tribon: «La información
contra la cultura», en Verbo, 43, marzo de
1966, ágs.. 176 y sigs.
130
i.ncitan a opinar más por sensibilidad que por
razonamiento (55).
En los Estados
totalitarios no se trata de formar seres abiertos a todas las ideas
sino monocordes, pero los mass media juegan con iguales técnicas
aunque con mayor facilidad por no serles apenas necesario ahogar otras voces, pues
éstas no tienen acceso alguno a los medios de difusión que no sean clandestinos. De un
modo u otro, sea en las democracias occidentales o en los Estados totalitarios,
para formar las
denominadas “conciencia colectiva” u “opinión colectiva”, existen técnicos expertos en configurarlas mediante lugares comunes (56) o lenguaje funcional (57), repetidos machaconamente,
incluso con una música adecuada, facilona y pegadiza, o en imágenes que impresionen, hábilmente escogidas con
el fin de darles el sentido deseado
para captar y dirigir la emoción y, con ello, condicionar la convicción.
Así, como ya se ha dicho (58) “se
venderá centro o socialismo, como se vende Coca-cola o Jabón Lagarto”.
Este hecho no se le escapó a un liberal indiscutido como
Salvador de Madariaga (59) y, por ello trató de dejar bien diferenciados como conceptos
distintos los de democracia estadística —o “gobierno por la suma aritmética de los habitantes de la nación
o de su mayoría”, “resultante de la composición mecánica de las fuerzas individuales o de
grupo que actúan en cada momento”— y de democracia orgánica
—integrada
“desde el punto de vista de la unidad superior, como sería de esperar de seres razonables”—. De
la primera, dice que parte del indicado postulado “que, aun absurdo, es
55 Cfr. Hugues Kéraly: «Influjo en el hombre
de los medios masivos de comunicación social», en Verbo, 145-146,
mayo-junio-julio de 1976, páginas 746 y sigs., o, en La sociedad a la
deriva, ágs.. 64 y sigs.
56 Cfr. Jacques
Ellul: L'illusion politique, París, Payot, 1965, capítulo VIII, § II, págs. 233 y sigs.
57 Cfr. Herbert
Marcuse : L’homme unidimensionel, París, Les ed. du Munuit, 1968, cap. 6, págs. 171
y sigs.
58 Cfr. Rafael Gambra: El «reflejo
condicionado» nacional, en «Roca viva», 153, septiembre de 1980, pág. 387.
(59) Salvador de Madariaga: Anarquía o
Jerarquía, Madrid, Aguilar, 1934; cfr. 3.5 ed., 1972, ágs.. 109 y
sigs.
La base del funcionamiento y del pensamiento de nuestras
democracias”, y “basta para explicar la crisis porque atraviesan”. Señala que, “por
ejemplo, el plebiscito que encontramos en el origen de casi todas las
dictaduras, como una especie de bautismo popular, no es más que la
reducción al absurdo del sufragio universal”, “una caricatura de la
democracia. Descansa sobre la masa y no sobre la nación organizada”. Y, más adelante
(60), reconoce que, “en todas las
democracias, las elecciones llamadas por sufragio directo, salvo excepciones sin importancia, son siempre elecciones
de segundo grado; el primer grado lo
constituye la elección secreta
de los partidos, y el
segundo, la elección pública de los diputados por los electores. Pero,
los electores no eligen a quien quieren, sino a quien pueden, y su elección tiene que limitarse al reducido margen de selección que da la lista de los candidatos”, siendo
así que “el primer grado de la elección se hace por gente parcial e irresponsable”. “Todos sabemos a qué descrédito ha llevado
este sistema a los Parlamentos. En lugar de estas prácticas espúreas e
insinceras —propone—, el Estado
moderno limitará la función del elector al área de su observación directa, es decir, al distrito municipal.” Así: “Los concejales formarían el cuerpo electoral para
la diputación regional, y los
diputados regionales eligirían el Parlamento, que, a su vez, elegiría el Gobierno.”
Lo cierto es que,
tanto con dictaduras como con democracias de sufragio directo ocurre que la
libertad política y la libertad civil, y con ellas,
la misma libertad de pensar, han ido mutilándose a
medida que han ido siendo asumidas por el Estado aquellas funciones y atribuciones que orgánicamente competen a la
pluralidad de comunidades y asociaciones
humanas.
Por aparente paradoja, ese aniquilamiento de las libertades, incluida la de pensar libremente, dimana, en el fondo, como fruto amargo, del desarrollo del pensamiento humano liberado de toda dependencia de la revelación divina y del orden de la naturaleza, ínsito por el Creador en su obra creadora, y, en máximo grado, como
consecuencia de que la propia mente humana, así liberada,
(60) Ibid., ágs.. 149 y sigs.
Asume la función de construir un mundo mejor a través de
la acción política.
El giro copernicano de Kant implicó que no fueran
nuestras ideas las que se adecuaran a las
cosas, sino éstas a aquéllas; paso tras el cual Fichte puso en escena al Ego, voluntad que crea el mundo del sentido y el entendimiento como sustitutivo de una realidad, que estima de otro modo ininteligible, que remodela la Una-EternaVoluntad Infinita, constituida por el producto, de las
voluntades individuales, creando el mundo en
nuestras mentes y por nuestras mentes; y Hegel transfiguró en la actualización progresiva de la Idea en la Historia universal con el triunfo de la Razón, asumida por el Estado (61). De tal modo que Marx pudo cursar el mensaje de que ya no se trata de conocer el mundo sino de cambiarlo, y de ofrecer, a ese fin, las leyes de la dialéctica del materialismo histórico y el método revolucionario para exacerbar y explotar todas las
contradicciones, de las que Lenin perfeccionaría su fuerza destructiva (62).
Para esa recreación del mundo por el hombre, se requiere
una operatividad que el Estado asume, empleando las técnicas de dominación que los
avances de las ciencias experimentales le ofrecen.
Los resultados a que conduce ese camino son el totalitarismo
estatal
y la masificación, que resultan inevitables (63):
61 Cfr. Michel Federico Sciacca: Estudios
sobre filosofía moderna,
IV parte, III, cfr. Vers. Española,
Barcelona, Ed. L. Miracle, 1966, pági‑
nas 350 y sigs.
62 Cfr. Jean Madiran : La practique de la
dialectique, en «La vieillesse du monde. Essai sur le communisme», cfr. Ed.
Jarzé, Dominique Martín Morin, 1975, págs. 82 y sigs.
(63) Cfr. La segunda edición en castellano de nuestro libro Ideología,
praxis y mito de la tecnocracia, Madrid, Ed. Montecorvo, 1975, y nuestra citada
comunicación Técnica y desarrollo político, 111, loc. Cit., ágs.. 125 y sigs.
10. El principio de subsidiariedad, la libertad civil del individuo y la
familia, y las libertades municipales, regionales, gremiales y de las
asociaciones voluntarias.
Es precisa una actuación positiva a
fin de promover y mantener la existencia de las condiciones necesarias para la
realización de dichas competencias e iniciativas, de una parte, y,
de otra, para suplirlas en aquello que no resultare asequible a los individuos ni
a las entidades menores, o que, aun siéndoles asequibles, no lo realizaren.
Así debe ocurrir,
v. gr., con la libertad de enseñanza, en contra de las premisas roussoniarsas que trataron de sustituir la familia por otras instituciones, tales como la escuela pública. “Dada la importancia que la tradición democrática roussouniana y populista
concede al igualitarismo –explica Robert Nisbet (133)—, su animadversión respecto a la familia ha sido la que cabría esperar”; y, por eso, Rousseau “consideró al Estado el único medio de liberar a los niños de los prejuicios de los padres”. Pero, los resultados —véase el
informe Coleman, como advierte Nisbet— confirman lo que el principio de subsidiariedad reclama.
En materia sindical,
el principio de subsidiariedad delimita las funciones de los sindicatos, que no deben invadir —con, ni sin. Jerarquías paralelas— las de la empresa, donde producen un cortocircuito en las relaciones entre los trabajadores y los directivos de
ésta (134).
También reclama una separación de los gremios por
profesiones y por oficios, como han señalado
Ousset y Greuzet (135) ; y no una sola
formación masiva. De ese modo, sólo dentro de cada gremio debe moverse la sindicación, voluntaria (136) y ajena a toda ideología o intereses políticos. Los sindicatos de masa, no sólo teóricamente violan el principio de subsidiariedad, sino que de hecho lo conculcan constantemente; pues, al transformarse en grupos de
133 R. Nisbet, op. cit., II, Rev. Oc., 22-23,
pág. 38.
134 Así
nos lo mostró Patric Jobbe Duval en su foro Autoridad en la
empresa, en la XV Reunión de amigos de la Ciudad Católica (Majadahonda,
30 de octubre de 1976); cfr., en la misma crónica de dicha reunión, en Verbo,
150, diciembre de 1976, págs. 1.319 y sigs.
135 Jean
Ousset y Michel Creuzet: Estructuras económicas y sindicales: El
trabajo, Madrid, Speiro, 1964, II y III partes, ágs.. 79 y sigs.
136 Cfr.
Código social de Malinas, núm. 121, que recuerda la fórmula «el sindicato libre en la profesión organizada», y
afirma que importa «no
confundir la autoridad profesional y los sindicatos», cfr. la op.
cit, de García Escudero, pág.
132.
presión, violan
las libertades de las empresas, incluidas las de sus trabajadores —coaccionados, ya sea veladamente, por los dirigentes sindicales, o bien abiertamente, por piquetes de huelga, mal que pasen
por informativos—; invaden funciones económicas que no les competen y atentan a las libertades ciudadanas, al actuar como tales
grupos de presión, no sólo ante el Estado sino también frente a las corporaciones económicas con su consecuente repercusión en todos los
consumidores.
La aplicación del
principio de subsidiariedad reviste hoy especial importancia no sólo en las llamadas asociaciones voluntarias, constituidas
para realizar los más diversos fines, y en los propios colegios profesionales y otras entidades, especialmente las culturales, sino, incluso, en los propios municipios, por un
nuevo motivo específico. Este es
debido a la táctica del eurocomunismo, inspirada en los escritos de Gramsci dirigida a la conquista de la sociedad civil y de sus instituciones. Pero, no con el fin
de crear la armonía social, sino para
impulsar, desde ellas, la dialéctica destructora de la sociedad actual y realizar una revolución de
los espíritus (137), con una
finalidad liberadora y homogeizante, que conduce al totalitarismo, como
hemos visto antes (138).
Ahí, el principio
de subsidiariedad sirve también para señalar las funciones que competen, y cuáles no, a los organismos sociales y a
las asociaciones voluntarias, e, incluso, ayuda para determinar qué asociaciones son ilegítimas, dados sus fines o por su actuación fuera de éstos.
Muy especialmente, el principio de subsidiariedad
delimita, naturalmente, las funciones de Estado
en materia económica, de seguridad social,
laboral y fiscal, que circunscribe, conforme la pauta del bien común. Pauta que requiere de la prudencia, es decir,
visión sagaz y de amplia perspectiva en el espacio y profundidad
en el tiempo, proyectándola, a largo término, para prever las
consecuencias de lo que, si en un momento
dado podría aparecer como
137 Cfr. nuestro foro
general «La praxis de la armonía», 6 y 7, en Verbo, 173-174,
marzo-abril de 1979, págs. 408 y sigs.
138 Cfr., supra, el texto
correspondiente a la nota 8.
Momentáneamente beneficioso, a la larga originaría peores
males o privaría de mayores bienes. Para ello, no sólo hay que valorar lo cuantitativo,
sino, especialmente, observar y estimar lo cuantitativo, para medir sus consecuencias apenas
perceptibles hoy, pero que mañana pueden ser inmensas.
En fin, el
principio de subsidiariedad debe mostrar lo que con el
esfuerzo personal o asociado, a través de los cuerpos intermedios, sean cuerpos sociales básicos o asociaciones
voluntarias, debemos realizar
personalmente o en común o asociadamente, en lugar de pedírselo todo al Estado, que
—repetimos una vez más— nada puede dar a la sociedad si previamente
no se lo ha detraído; ya que cuanto más le pedimos más promovemos e
impulsamos su omnipotencia. Y pidiéndoselo todo nos sometemos a soportar su
totalitarismo.
11. Tareas posibles
para el retorno a un orden adecuado a la naturaleza articulado por el principio
de subsidiariedad
El profesor Giovanni Drago (139), al concluir su generosa recensión de
nuestro librito Más sobre temas de hoy, concluía que en todas
nuestras publicaciones se renueva el tema socrático, perpetuamente
evidenciado “no se sortea ni un arquitecto ni a un tocador de flauta”; pero,
advierte, que “en la Atenas del quinto siglo, se sorteaban los cargos públicos”. Después de unas
certeras observaciones acerca de la dificultad de una elección cualitativa e incluso
cuantitativa que a la vez sea ética política y técnica, observa “como una
indicación”, que la ciudad medieval escogía un podestá de otro
municipio, y para el acceso a las funciones públicas exigía la adscripción a una
corporación, y “de ese modo el elegido debía ser un experto”. Y. al concluir, nos
hace la sugerencia de que sería útil proyectásemos, en ese sentido, “una apertura válida”.
Creo que, en los epígrafes 13 y 14 de mi reciente estudio Diversas
perspectivas de las opciones a favor de los cuerpos intermedios (139 bis), así
como en el epígrafe anterior de éste, he intentado, aunque sea en líneas muy generales,
encontrar y formular una propuesta de “apertura válida”, a juicio
nuestro.
(139) Giovanni Drago,
resención bibliográfica de Más sobre temas de hoy,
en «Filosofía Oggi», ario III, núm. 2, abril-junio de
1980, ágs.. 283 y sigs.
(139 bis) Cfr. En Verbo, 193-194, ágs..
346 y sigs.
Ahora bien, queda
en pie otra pregunta: ¿Qué podemos hacer para que se convierta en realidad esa
propuesta u otras semejantes? ¿Cómo
podemos lograr algo quienes pensamos así? ¿Tenemos en frente todos los regímenes del mundo, y no contamos con colaboración alguna de los mass media, dominados por las corrientes actuales?
Trataremos de
responder y de señalar qué posibilidades advertimos por muy modestas que resulten.
1a Podemos luchar para suscitar y formar una opinión que, poco a poco, vaya adquiriendo peso, hasta llegar a ser decisiva, si es posible. Es preciso, pues, una acción doctrinal, formativa,
comenzando por las élites sociales en todos los niveles de la actividad humana, en especial con los
que la desarrollen más estrechamente entrelazados con la naturaleza de las cosas.
El triunfo de las
ideas que impulsó la Revolución francesa y consolidó
Napoleón, ¿acaso no parecería un sueño cuando, cerca de dos siglos antes, los filósofos comenzaron a
sembrarlas? ¿Cuánto tiempo transcurrió desde los primeros socialistas
utópicos, e incluso desde que Marx y Engels pretendieron formular un socialismo
científico, hasta la implantación del
socialismo soviético? Y, sin embargo
las especies de libertad, de igualdad y de fraternidad que unos y otros prometían eran utópicas; como el
tiempo va demostrando
implacablemente. Nosotros, en cambio, proponemos restaurar la sociedad del
modo más conforme posible al orden de la naturaleza, obra en la que que Dios invistió a los hombres del papel de
causas segundas, pero no de demiurgos. No olvidemos que, básicamente, como en Vimbodí nos recordaba Elías de
Tejada, en una de nuestras reuniones
(140), “familia y municipio son más fuertes que todas las revoluciones posibles, pues sin ellas el hombre nunca sería aquello que es”.
Tal vez, los vientos actuales no tarden demasiado en
cambiar de signo y en soplar a favor. Es estrepitoso el fracaso de las secuencias
(140) F. Elías de Tejada: «La familia y el municipio como bases
de la organización política», en Verbo, 91-92, enero-febrero de 1971,
pág. 41, o, en El
municipio en la organización de la sociedad, Madrid, Speiro, 1979, página 41.
Liberales y marxistas, capitalistas y
socialistas, en todos sus ensayos, que
amenazan conducirnos a una catástrofe cósmica. El inmanentismo de la mente humana nos está llevando de la confusión
babilónica, al caos, a velocidad progresivamente creciente. Nosotros proponemos la vuelta a un orden trascendente, natural y divino, abandonando las utopías de paraísos terrenales que concluyen en archipiélagos
de Gulag o en “mundos felices”, al estilo del mostrado por Aldous Huxley.
Es posible que la rebeldía que hoy palpita por doquier,
aquende
y allende del telón de acero, no sea sino una muestra de ese desencanto, de
ese desengaño, que hoy en el mundo occidental se refleja de momento en el nihilismo,
al que han conducido los fracasos sufridos al construir esos mundos prometidos en las
tres revoluciones que han sacudido la tierra y aún la sacuden (141). Puede ser momento de
hacer abrir los ojos a muchos…
2.ª Todos formamos parte de cuerpos sociales básicos y de asociaciones
voluntarias. Efectuemos en ellos una labor constante para mantenerlos,
para fortalecerlos, para facilitar la realización die sus fines e impedir que
se aparten de ellos. En nuestros colegios profesionales
acentuemos su carácter profesional y corporativo; no permitamos que los penetre la política para utilizarlos. Tratemos en todos, y en las asociaciones voluntarias donde nos
integremos, de recordar su razón de
ser, su fundamento su engarce en el orden general. Procuremos mostrar la importancia de sus fines y la conveniencia
de su autonomía, la precisión de no utilizarlos ideológicamente; insistamos
sin cesar, en el apremio de no perder el sentido de la realidad, de las verdaderas necesidades, de las soluciones que no hipotequen el futuro ni la libertad.
3ª Pero podemos y debemos hacer más (142). Nuestros amigos
franceses del Office nos han dado ejemplo con sus actividades
141 Cfr. Nuestra respuesta Del racionalismo
inmanente al voluntarismo utópico y de su fracaso, al nihilismo, en
«Filosofía Oggi», alío III, número 4, octubre-diciembre de 1980, ágs..
227 y sigs.
142 Cfr. «Qué somos y cuál es nuestra tarea», en Verbo,
151-152, enero-febrero de 1977,
ágs.. 44 y sigs., o, en el opúsculo separado, Madrid, Speiro, 1977, ágs.. 44 y sigs.
De acción
familiar, empresarial, sindical, municipal, En sta obra de promoción, incansablemente propugnada
por Jean 011.,,, (143), auxiliar, de asistencia, de información, de
concertación, de coordinación, al
servicio de los notables de la vida social. Para, en el nivel más en contacto de la realidad, volver a
restaurar las colectividades locales, las funciones profesionales, mostrando, a la vez, su razón de ser y los resultados que pueden
obtenerse en e,e nivel. Hay que
organizar redes de sostén,
de protección, de información y de orientación en todas las escalas
de la sociedad, tal con,„ insistía Michel de Penfentenyo (144) en el Congreso de
Lausanne ,le 1976.
4ª En los regímenes democráticos puede desarrollarse una
labor de fortalecimiento y concientización de los cuerpos
.aciales, para anudar relaciones sociales a fin de contrarrestar el atomismo
a que conduce la mentalidad rousseauniana; promover y
activar asociaciones voluntarias: en materia educativa, para defensa
,1e la fa- milia, de la vida, etc.
Y, en todo caso, hay que tratar de hacer oír la voz de los
cuerpos
intermedios, para imponer su respeto y defender su autonomía, ya sea directamente o, al menos
a través de la trama de los partidos políticos. E, incluso, como había propugnado nuestro amigo José María Gil
Moreno de Mora (145), que Dios se nos llevó, se puede
intentar la organización de
partidos no ideológicos sino defensores de
realidades concretas y con entramado orgánico, tal como él había
planeado para una Confederación Rural Española con
grandes posibilidades desde un principio, en develo’’, municipales en las
circunscripciones rurales. Es un camino por explotar, y ampliable
en otras direcciones y campos, con partidos para finalidades
143
Jean Ousset: Exigencias de nuestra esperanza, tormo,, ,,,ón en la clausura del XI Congreso del «Office International»; dr,
en i’nlo 147, agosto-septiembre
de 1976, ágs.. 859 y sigs., o, en 1.r ropvmmi.• Mítica, Madrid, Speiro, 1977, ágs.. 739 y sigs.
144
Michel de Penfentenyo: «Objetivos del «Offie•P., di rn Verbo, 150,
diciembre de 1976, págs. 1.383 y sigs., o en In oip•r... i
iisJc5, pá-
ginas 5 y sigs.
(145) José María Gil Moreno de Mora: «Para un calet nuno del
cam- po», en Salvar el campo, salvar la
patria; cfr. en Verbo, 178, %Ti lembre-
octubre de 1979, págs. 962 y sigs.
concretas, aunque sean ocasionales. Con ello podría utilizarse
la propaganda y pactar si no es posible
otra cosa—, pero siempre con la vista puesta a la mejor organización social, al
refuerzo
de vínculos naturales, anudando relaciones, y para procurar que las decisiones
se tomen al nivel de la realidad y no de las ideologías.
5.ª Finalmente, en donde gobiernen regímenes
dictatoriales, se debe intentar la creación de igual ambiente, tratando de
llevar a la convicción de que es preciso romper el ritmo pendular dictadura- demagogia; mostrar
que la salida de aquélla no puede ser la vuelta a la democracia que provocó el golpe
dictatorial, sino la apertura a la organización social, a un sistema orgánico de libertad
civil y participación
política verdaderas.
Gambra (146) recordó en 1953 —cuando aún era tiempo y la ocasión no se
había perdido—, que no
debía tenerse miedo a la libertad en esa empresa
restauradora de devolver a la sociedad su propia espontaneidad asociativa. Y
advirtió que esa restauración no había de ser obra del Estado, sino que éste
solamente debía crear las necesarias condiciones de vida para que la
sociedad misma volviera a realizar sus fines naturales y readquiriera el
dinamismo propio que cristalizara en instituciones adecuadas y eficaces.
Lo vengo repitiendo hace años (147). Frente a una
organización mecanizada, articulada rígidamente desde arriba, tecnocráticamente: hay que
reconstruir una sociedad orgánica, biológicamente desde sus raíces.
Pero, para ello,
es preciso, ante todo, el fervor. Fervor del que sólo puede dotarnos la fe, la
esperanza y la caridad —caridad política en este caso, como propugnó Pío XI (148)—,
sobrenaturales. ¡Pidámoslas a Dios y a la Santísima Madre, María Inmaculada, cuyo
dogma conmemoramos hoy, 8 de diciembre de 1980!
146 Gambra, op. Ult. Cit., cap.
VIII, ágs.. 117 y sigs.
147 Ideología, praxis
y mito de la tecnocracia, 2.t ed. española, Madrid,
Montecorvo, 1975, epílogo, sec. III, cap. II, pág. 307.
(148) Pío XI: Alocución de diciembre de 1927 a la
Federación Universitaria italiana; cfr.
el citado del texto, que alude a la caridad política, en Verbo,
2, pág. 78.
JUAN VALLET DE GOYTISOLO
TRES ENSAYOS
Cuerpos intermedios
Representación política
Principio de subsidiariedad
EDITORIAL SPEIRO S.A. Madrid
1981