domingo, 28 de julio de 2013

Cultura e Historia 2


 

EL EMBROLLO CASTELLANO Y LA OCULTACIÓN DE LEÓN

 

El pasado nacional del reino de León se ha ido desvaneciendo en la historia escrita, siglo tras siglo, a partir de su tercera unión con Castilla. Primero en el conjunto, mal atendido como un todo parejo, de los múltiples países de las dos coronas unidas enca­bezado con el solo nombre castellano: corona de Castilla. Después en el conjunto más ampliamente español que, también abreviadamente, solía conocerse como corona de Castilla y Aragón. Aparentemente León, como Cataluña, Toledo, Galicia, Andalucía y los demás países de la múltiple monarquía, había desaparecido, pero claro estaba para los que sólo se trataba de abreviar una larga titulación. Ésta se daba completa en los anos más solemnes y en los documentos oficiales, en los cuales el reino de León solía figurar inmediatamente al lado del de Castilla; como en el escudo al lado del castillo campeaba el león.

 

Después de las Cortes de Cádiz los monarcas españoles dejaban definitivamente de titularse Reyes de Castilla, de León, de Toledo, de Aragón, de Galicia, de Valencia, de. para llamarse de una vez Reyes de España y los antiguos reinos o regiones históri­ca dejan de existir oficialmente para ceder su lugar a las provincias, delimitadas en la división provincial de 1833. La división eclesiástica mantiene los límites de las antiguas diócesis independientemente de la política y administrativa. Pero los antiguos reinos o regiones históricas siguen vivos en la memoria de los pueblos -en unos más que en otros, según el vigor de su conciencia colectiva- y en la historia escrita, que en las versiones oficiales tiende a eliminarlos en aras del unitarismo estatal. El nombre de León se menciona cada vez menos tanto en las referencias históricas como en el lenguaje político.

 

A mediados del siglo XIX surgen los movimientos federalistas y regionalistas, muy fuertes en las regiones que conservan características particulares muy manifiestas, como p.ej. lengua. Los grupos de la burguesía harinera de la cuenca del Duero, más que por reivindicaciones regionalistas -que no sienten- luchan por defender intere­ses que se concentran territorialmente en la zona cerealista de las tierras leonesas y castellanas de esta cuenca, y manejan desde Valladolid, la ciudad más importante y mejor situada de la zona, los caciques influyentes en el gobierno central. La mayor par­te de Castilla queda fuera de esta zona, pero como las maniobras caciquiles se basan en representar los intereses de "Castilla la Vieja", identifican ésta -sin más explica­ciones- con la cuenca del Duero. Y así se levanta un gran artificio político-económi­co-geográfico y literario que llega a convertirse en tópico indiscutible: la inmensa llanura de Castilla sin rocas ni árboles, que no ve el mar, corazón de la cuenca del Duero, solar de Castilla la Vieja. No importa que Castilla y la lengua castellana hayan nacido en las montañas de la costa santanderina, que Castilla esté llena de sierras y ro­quedas y no carezca de bellos y amables valles, ni que la mayoría del territorio casta llano no vierta sus aguas en la cuenca del Duero: el falso típico ya es un hecho y vale más que la realidad histórica y la más palpable realidad geográfica. Escritores del ma­yor prestigio lo difundirán por el mundo entero con la autoridad y la brillantez de su prosa. Castilla, la de "la llanura inacabable"; el país donde "no hay curvas"; la tierra del Duero.

 

Las divisiones administrativas y las denominaciones de las capitanías generales no eran en esta época continuación de las regiones históricas. La capitanía de Castilla la Vieja no correspondía en sus límites a la vieja Castilla. De las conciencias regionales de los pueblos leoneses y castellanos no eran representativas las instituciones munici­pales y provinciales, pues las elecciones a concejales y diputados provinciales las orga­nizaban los caciques de acuerdo con sus intereses. El desvanecimiento de la significación geográfica del nombre castellano y la simultánea ocultación de lo leonés es ya tan general en la Tierra de Campos que el llamado Canal de Castilla, inaugurada a mediados del siglo XIX, tiene su recorrido dentro del País Leonés.

 

Durante la etapa, en general de gobiernos conservadores, que transcurre desde la mayoría de edad de Isabel II (1844) hasta la Revolución de 1868 se manifiestan encontrados intereses entre los grupos gobernantes que tienen implicaciones de carácter na­cional. El liberalismo progresista de Espartero y su defensa del librecambismo genera enemigos en las oligarquías dominantes tanto de Valladolid como de Barcelona. Ni la industria textil catalana, ni los harineros y comerciantes trigueros de la zona central aceptan la bajada de los impuestos aduanales a semejantes productos de importación Por otra parte Valladolid continúa apegado al unitarismo centralista y considera separatismo toda defensa de sus particularidades regionales por parte de los catalanes.

 

Surge así en 1843 un movimiento de tipo conservador moderado contra Espartero encabezado por el zamorano Claudio Moyano Samaniego que, con instinto conservador, teme concesiones excesivamente progresistas. Es una manifestación del conserva­durismo de este grupo que tiene en Valladolid su foco principal y su universidad (decir que Moyano fue rector). La influencia de este grupo se extiende por las provincias Palencia, Zamora y Salamanca con el propósito de formar una "unión castellana". El nombre de Castilla comienza a desplazarse de las auténticas tierras castellanas a la Tie­rra de Campos. Sus organizadores consiguen la adhesión de León y Avila; pero Burgos quiere tener la capitalidad del movimiento alegando su vieja condición de Caput Cas­tellae. Soria y Segovia no entran en la combinación. Está ya claramente cuajado el embrollo castellano que se desarrollará en la segunda mitad del siglo XIX y culminará en el XX.

 

En 1859 El Norte de Castilla (diario de Valladolid, portavoz de los terratenientes, mercaderes trigueros, industriales harineros y comerciantes de la ciudad, fundado en 1856) afirma que Valladolid es la "capital de Castilla la Vieja". De esta sencilla mane­ra la más moderna de las cinco capitales provinciales del antiguo reino de León es con­vertida en castellana, y en capital de Castilla la Vieja. Cosa que nada tiene de asombrosa porque con la misma arbitraria ligereza y falta de respeto a la historia se viene procediendo desde hace mucho tiempo en las orillas del Pisuerga en todo lo referente a Castilla y a León. No existe León ni existe Castilla: todo es una sola y misma cosa; y su capital es Valladolid. Y al decir que Valladolid es la más moderna de las cinco capitales del reino de León nos referimos a sus orígenes. León (Legio Septima Gemina), Palencia (Pallantia) y Salamanca (.Salmantica) son lugares de nombre latino que figuran en los mapas de la España romana. De Zamora no se conocen sus orígenes con certeza. Su historia comienza en el año 894 cuando ocupa el lugar, lo puebla y lo fortifica Alfonso III de Asturias haciendo de él, por sus condiciones topográficas y sus fuertes murallas, el baluarte más importante de la línea defensiva que estableció en la orilla norteña del Duero y la occidental del Pisuerga (Zamora, Toro, Simancas) para proteger la llanura recién ocupada frente a los ataques de los ejércitos cordobeses. Esta vasta llanura será la base territorial del reino de León recién fundado, cuya capital esta­blecerá Ordoño II en la ciudad que le da el nombre. Fue, pues, Zamora una creación medioeval asturiana. Valladolid sí fue creación totalmente leonesa. En el punto de con­fluencia del Esgueva con el Pisuerga existía una insignificante aldea con pocos mora­dores, que al avezado conde leonés Pedro Ansúrez le pareció lugar excelente para unificar una nueva población y trasladar a ella la capital de sus vastos dominios en la Tierra de Campos, que entonces era Santa María de Carrión (hoy Carrión de los Con­des). Y así el conde Ansúrez, la figura política y militar más relevante de la corte de Alfonso VI de León (primero de este nombre en Castilla), fundó, con autorización del monarca leonés, cerca de la frontera con Castilla, la que hoy es gran ciudad de Valla­dolid, cuya iglesia de Santa María fue consagrada solemnemente en 1095 con asisten­cia del propio Alfonso VI. En pocos siglos la nueva ciudad leonesa superó en población e importancia a sus mucho más viejas hermanas de León, Palencia, Zamora o Salamanca. Fue obispado (con trozos de las diócesis de Palencia, Zamora y Salamancai)(33); tuvo universidad, fue capital de provincia (con trozos de las de León, Palencia y Zamora); arzobispado; capitanía general; tuvo audiencia territorial y, aunque por poco tiempo, llegó a ser capital de España. Nunca de Castilla. (Caput Castellae fue siempre la ciudad de Burgos, más bien de manera nominal porque la corte de Castilla fue en realidad ambulante). Hoy es capital de la recién inventada región de Castilla y León (que no es Castilla, ni es León, ni es Castilla más León), donde se siguen concentrando servicios, ingresos y personal con motivo de una descentralización del Esta­do español, que en este caso ha terminado en una nueva centralización en torno a Valladolid, más aguda y peor para algunas de las provincias dependientes de la nueva capital que la antes ejercida por Madrid.

 

En 1869, ante el temor que había suscitado la Revolución de 1868, la burguesía ha­rinera de la cuenca del Duero comienza a organizarse para la promoción de sus intereses. Surgió así una llamada "Asociación Agrícola por la iniciativa privada" cuyo principal propósito era oponerse al librecambismo. Esta asociación decía defender los auténticos intereses de Castilla". Las actividades políticas de la burguesía harinera se concentran principalmente en torno a los aranceles de aduanas, que constantemente las piden más favorables para sus negocios. Su feudo principal es el territorio de la plani­cie del Duero. Personaje destacado de este grupo es Germán Gamazo (1833-1902), na­tural de Boecillo (en las cercanías de Valladolid). Fue muchas veces diputado y varias ministro (de Fomento, de Hacienda y de Ultramar) “el autócrata de Boecillo" le llama un estudioso de aquella época-. Su posición política es cada vez más proteccionis­ta y en 1898 se pasa a las filas conservadoras. Representa el tipo del gran cacique de la Restauración con fuerza electoral en una gran comarca -en este caso la Tierra de Campos- e influencia en el gobierno central. A comienzo de la década de los 80, siendo ministro Gamazo y algún otro miembro del grupo harinero, consiguen rebajar un 10% las tarifas del transporte del trigo y la harina por ferrocarril, hacen desistir a Sagasta de una importación de trigo extranjero que ya había sido autorizada y después rebajar en otro 10% el impuesto de importación de las harinas en Cuba (región muy importante para los negocios de estos grupos que por esta razón se oponen decidida mente a la autonomía cubana).

 

En 1887 se crea la llamada "Liga Agraria" en la cual figuran tres destacados políticos: Gamazo (vallisoletano), liberal, Muro (vallisoletano), republicano; y Moyano (zamorano), de la derecha conservadora. Los tres coinciden en defender los intereses de la oligarquía cerealista, siempre presentándolos como intereses de la región "castellana".

 

Esta actividad seudorregionalista se desarrolla en torno a los aranceles de aduanas y los intereses "agrarios", es decir, de los grupos trigueros y harineros de las zonas ce­realistas de León y de Castilla que tratan de "formar una conciencia regional con base en la economía". No se proponen despertar una auténtica conciencia nacional (o regional), pues ésta no se basa en interés material alguno, sino todo lo contrario: en poner el sentimiento nacional por encima del lucro o provecho personal. Mientras los catalanistas aparecen ante su pueblo como promotores más o menos románticos de un renacer patriótico de Cataluña, resucitando su lengua y sus diversas manifestaciones culturales (poesía, teatro, música, danzas, etc.), investigando acuciosamente sus orígenes históricos, al mismo tiempo que promueven el desarrollo económico del país; y los naciones listas vascos emprenden sectariamente una vuelta a la pureza de la raza y la parra vascas frente a la contaminación con lo extranjero; los "regionalistas" agrarios alza como única bandera la defensa de sus intereses económicos y el ataque a los "separatistas" calificando de tales a los defensores de cualquier diversidad nacional.

 

Estos "regionalistas castellanos y leoneses" no manifiestan interés patriótico alguno por sus respectivas regiones (sus orígenes, su desarrollo histórico, sus particularidad* regionales, sus instituciones tradicionales, sus peculiaridades lingüísticas, sus manifestaciones culturales, su folclore). En contraste con los regionalistas catalanes, vascos, gallegos y de otras partes de España, estos agrarios de la zona del Duero no sólo no promueven actividades de este tipo, sino que son ajenos y aun opuestos a ellas. Loa pocos estudios que sobre el antiguo reino de León o sobre la primitiva Castilla se realiz­an entonces proceden de otros impulsos y obedecen a otras motivaciones. Así los pri­meros estudios sobre el antiguo lenguaje leonés se publicaron en revistas alemanas, francesas, suecas y hasta chilenas (34), sin que los caciques y ministros zamoranos Mo­yano y Alba mostraran la menor curiosidad por estas cosas, aunque precisamente en tierras de la provincia de Zamora se realizaban algunas de las más interesantes investi­gaciones sobre el bable leonés. A estos conspicuos "regionalistas" el renacer cultu­ral de su región nada les importaba; lo único que para ellos contaba era la creación de ala "conciencia regional de tipo económico", lo demás era romanticismo y vano historicismo.

 

Autor de obra seria que en el sigloXIX contribuyó mucho a formar un pensamiento equívoco sobre Castilla fue Ricardo Matías Picavea (1844-1901). Uno de sus más leí­dos libros se titula La Tierra de Campos, obra que, a pesar de tener por ámbito muy Concreto esta comarca leonesa, se consideró en amplios sectores fundamental para el Conocimiento de Castilla. Se publicó en 1897, en pleno embrollo castellano y oculta­ción de León. Macías Picavea concibe a Castilla y León como un todo regional situado geográficamente en torno a la llanura de Campos. Deja, pues, fuera de este complejo conjunto la Castilla cantábrica, la del Alto Ebro y la de las cuencas del Tajo y del Jú­car, es decir, la mayor parte de las tierras castellanas y entre ellas las originarias y de nacimiento de la lengua de Castilla. Esta idea de un conjunto regional, centrado geográficamente en la Tierra de Campos, que abarca todo el País Leonés y sólo parte menor de Castilla, pero que lleva el nombre de ésta con total olvido del de León, será dominante en los escritores de la "generación del 98", que magnificarán el mito por ellos recibido.

 

A Macías Picavea le preocupó hondamente la cuestión social en la gran comarca de k planicie del Duero, la Tierra de Campos en su más lato sentido geográfico, las injus­ticias y la explotación económica de que eran objeto los trabajadores agrícolas de esta región, que él identificaba con Castilla. El regionalismo político, la reivindicación de la personalidad colectiva, la historia y la cultura de la región leonesa le son ajenas. Como a los caciques agrarios que él combate, los estudios histórico-lingüísticos que filólogos extranjeros iniciaban entonces en tierras de Zamora y Salamanca no le provocan interés alguno, y aun parece que no tenía conocimiento de ellos.

 

Alguien ha preguntado por qué la influyente oligarquía que en nombre del "regiona­lismo castellano" actuaba en esta zona no llegó a formar un partido político análogo al que creó la burguesía industrial catalana. A esta pregunta se ha dado una respuesta par­cial a nuestro juicio válida: los intereses de estos grupos no estuvieron mal repre­sentados por los partidos de la Restauración (liberales y conservadores). Pero, además por otra parte, las circunstancias todavía no permitían la formación de un partido `castellanista" aunque ellos se presentaran como representantes del pueblo castellano.

 

La conciencia auténticamente castellana, aunque en constante declive, aún estaba viva en diferentes lugares de Castilla; y el conocimiento general de la historia de España todavía era suficientemente amplio para no admitir que la mayor parte de las tierras castellanas estaban fuera del marco geográfico en que los grupos agrarios pretendían aterrar a Castilla. Existían además leoneses que estaban conscientes de su condición nacional no castellana. El embrollo castellano y la ocultación de León aún no estaban maduros para cosecha. Por otra parte la herencia federal mantenía entre los republica­nos de muchas partes de España la idea de las regiones históricas; y en León había un grupo de republicanos federales que defendían derecho del antiguo reino de León a fi­gurar como estado regional integrante de la república federal española.

 

Casi al mismo tiempo que se fundó en Valladolid El Norte de Castilla (1856) publi­có don Manuel Colmeiro su conocida obra De la Constitución y del Gobierno de los Reinos de león y de Castilla (1855) donde claramente señala que el origen del reino de León, como estado con personalidad política propia estuvo en la Tierra de Cam­pos (35), después en su Introducción a los cuatro primeros tomos de las Cortes de lot Reinos de León y de Castilla, editados por la Academia de la Historia (1861-1884), ex­pone y comenta la estrecha vinculación histórica de los tres reinos o países de la coro­na de León (Galicia, Asturias, y León) y la identidad de sus estructuras políticas y sociales. "La verdad es -decía Colmeiro en 1883- que los antiguos reinos de Astu­rias y Galicia llegaron a formar un solo cuerpo con el de León, como se prueba con los cuadernos de las Cortes de León de 1349, Valladolid de 1351 y Segovia de 1390"(36).

 

El embrollo castellano y la ocultación de León son ya manifiestos en las publicacio­nes sobre temas históricos de finales del siglo XIX. Si Colmeiro en 1883, por orden de la Academia de la Historia, publica sus trabajos sobre las antiguas Cortes con el título de Cortes de los Antiguos Reinos de León y de Cartilla (en plural y con el nombre de León en cabeza porque las primeras Cortes sólo fueron leonesas) con apego a la reali­dad histórica, en 1885, por orden del Congreso de los Diputados se publica un tomo quinto adicional con el título de Cortes de Castilla de 1576, con el solo nombre de Castilla. En estas Cortes Felipe II sigue titulándose Rey de Castilla, de León, de Tole­do, etc. y en los documentos se sigue escribiendo: "la corona destos reynos", en plu­ral. Fueron convocados a estas Cortes los concejos de dieciocho ciudades: siete castellanos (Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Madrid, Guadalajara y Cuenca) cinco del reino de León (León, Zamora, Toro, Salamanca y Valladolid), cuatro andaluces (Cór­doba, Sevilla, Jaén y Granada), Toledo y Murcia; la mayoría de ellos no castellanos; a pesar de todo lo cual para el Congreso de los Diputados todo este conjunto no era mas que Castilla (37).

 

En 1879 J. P. Oliveira Martins dio a la imprenta su famosa Historia de la Civilización Ibérica, obra que Unamuno elogió calurosamente (38). Oliveira Martins sigue esa ella con claridad las diferentes trayectorias históricas de los países de la corona de León (Galicia, Asturias, León y Portugal) y de Castilla; y presenta la historia de Portu­gal como parte de la corona de León hasta su separación de ésta a mediados del siglo X11. Oliveira Martins coincide con Colmeiro en situar en la llanura de Campos el asien­to geográfico del reino de León (32).

 

Habrían de pasar muchos años hasta que, en nuestro siglo, Menéndez Pida] y sus continuadores llegarán mucho más adelante en el conocimiento de las dispares historias de Castilla y de León.

 

El confusionismo histórico y geográfico que a derecha e izquierda sembraban la políticos de la oligarquía harinera para poder presentarse como representantes de la intereses de Castilla no había llegado aún a los estudiosos de la historia. En 1884-I81lb se editan los Estudios críticos sobre la Historia y el Derecho de Aragón de don Vicente de la Fuente que son de mucho interés para seguir el paralelismo histórico de las tie­rras comuneras de Castilla y del Bajo Aragón (la Castilla y el Aragón celtibéricos) (39). Muchos son los estudios monográficos publicados en el siglo XIX sobre las diferen­tes provincias del País Leonés y de Castilla que ilustran sobre las particularidades his­tóricas de cada uno de ambos reinos. Ejemplo de esta clase de obras es La Comunidad y Tierra de Segovia, el estudio más completo que hasta entonces (1893) se había hecho de una comunidad castellana de ciudad y tierra (40).

 

Que la conciencia y el sentimiento regional leonés no estaban muertos y que todavía en lo que fue el reino de León había leoneses conscientes de serlo, nos lo demuestra la actitud de los federales de !a región leonesa en 1873. El proyecto de Constitución feder­al presentado alas Cortes, que ni siquiera terminó de ser discutido, no fue obra de Pi y Margall, como generalmente se cree, sino de Castelar. Según el artículo primero de este proyecto componían la nación española los estados de Andalucía Alta, Andalucía Baja, Aragón, Asturias, las Islas Baleares, las Islas Canarias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña, Cuba. Extremadura, Galicia, Murcia, Navarra, Puerto Rico, Valen­cia y las Regiones Vascongadas. Las Islas Filipinas y las posesiones de África se con­sideraban territorios que más adelante serían elevados a estados.

 

En este proyecto pusieron sus esperanzas muchos autonomistas cubanos y puertorri­queños, pues dejaba a sus países en condiciones de igualdad con respecto a los demás estados o ,regiones de España.

 

Llama la atención en el proyecto de Castelar la presencia de dos Andalucías y la to­tal ausencia de León que quedaba incluido en Castilla la Vieja. En este punto los repu­blicanos federales del País Leonés se hallaban divididos entre los que aprobaban la inclusión de la región leonesa en Castilla la Vieja y los que exigían la estatalidad del antiguo reino de León en las mismas condiciones que los demás estados regionales de la Federación; aquellos habían sido ganados por la opinión dominante de la burguesía agraria vallisoletana.

 

Esta proyectada eliminación de la región leonesa tropezó con clara oposición desde el prime momento. Hecho sobre el cual creemos conveniente dar algunos detalles porque es poco conocido­, incluso entre los regionalistas leoneses. Los diputados que sos­tenían el criterio histórico -de acuerdo con el pensamiento de Pi- para definir los estados regionales integrantes de la República federal española objetaban al proyecto de Castelar la ausencia de León. Un par de ellos presentaron enmiendas para subsanar la omisión leonesa. En nombre de diversas corporaciones públicas y asociaciones políticas el diputado Morán presentó cinco "exposiciones" y otra el diputado García Alva­rez pidiendo que se declarase la estatalidad de León. Proposiciones semejantes hicieron aros diputados (41).

 

En la sesión del Parlamento del 18 de septiembre de 1873, Pi y Margall, refiriéndo­se a las divergencias que había provocado la división territorial proyectada, dijo: "He estado siempre por que se reconstruyan los antiguos reinos, puesto que de otro modo no comprendo que puedan ponerse límites a la federación" (42); lo que en principio era un firme apoyo al derecho de los federalistas leoneses a exigir el reconocimiento del antiguo reino de León como parte integrante de la Federación española.

 

El criterio histórico como base para la definición de los estados regionales Que de­ben integrar una España federal lo reitera Pi y Margall en 1877 en Las nacionalidades su obra más conocida, en donde menciona nominalmente a Galicia, Asturias y León como entidades históricas que deben conservar su propia personalidad al lado de los demás estados o regiones integrantes de la Federación española (43). No se trata de des­hacer la nación española, sino de mantener sus partes unidas de mejor y más española manera.

 

En 1896 en tierra plenamente castellana el farmacéutico de Almazán Elías Romera publica un libro, La administración local (44), dedicado en parte al problema regional de Castilla.

 

La obra de este castellano está dominada por el dolor que le causa la decadencia de su patria regional. Trata de despertar la conciencia de los castellanos por amor a su tierra, a su historia, a su cultura. Este soriano que lee y medita sobre Castilla desde su farmacia y su comarca rural, no defiende intereses de oligarquía alguna, ni culpa a los catalanes y a los vasos de los males de su patria, sino a los grupos caciquiles que do­minan el gobierno central. Busca el renacimiento de todas las regiones de España respetando !a personalidad de cada una. Por eso pide que cada región tenga su univer­sidad. Tiene la conciencia de ser castellano, ama a su región y quiere su resurgir políti­co, económico y cultural. Su emoción regionalista se asemeja al romanticismo de los primeros catalanistas y galleguistas; no a la "conciencia regional de tipo económico" que motiva el regionalismo castellanoleonés de la oligarquía harinera. Desea que cada región tenga una universidad que promueva su cultura y considera injusto que el Esta­do español sostenga varias universidades en algunas regiones mientras otras no tienen ninguna. Señala así que mientras la región leonesa tiene dos muy próximas -Salaman­ca y Valladolid- no hay una universidad propiamente castellana. (Recordemos que es­cribía en 1896).

 

Romera distingue claramente entre el antiguo reino de León y Castilla la Vieja, res­peta la integridad territorial de aquel en sus cinco provincias y considera plenamente leonesa la Tierra de Campos. Para él las provincias netamente castellanas viejas san Santander, Burgos, Soria, Segovia y Ávila; y duda respecto a Logroño, que considera más bien de Aragón. Romera, como en general los regionalistas castellanos de su época, acepta la división de los Austrias en Castilla la Vieja y Castilla la Nueva, incluyen­do en ésta a Madrid, Cuenca y Guadalajara. Como es común en los castellanos viejos, Romera tiene a Burgos por capital histórica de Castilla.

 

Como hombre que percibe de cerca la pobre realidad de su pueblo y reacciona con­tra ella, Romera propone remedios "heroicos" más o menos acertados. Concibe un re­nacer de Castilla acorde con lo que fue en el pasado: un conjunto de comunidades escalonadas. Castilla con sus provincias; éstas con sus comarcas, que abarcan municipios dentro de los cuales caben los concejos rurales sin autoridad municipal.

 

Por su sincera defensa de la personalidad regional de Castilla la Vieja, al margen de intereses de menor jerarquía moral, y por su deseo de despertar la conciencia regional de los castellanos, Romera ha sido calificado de excesivamente ingenuo, defecto que en verdad no podría achacarse a los avezados caciques regionalistas de su época.

 

Dejando aparte los defectos que pueda tener la obra de este modesto autor, sus nobles y desinteresados propósitos de despertar la conciencia dormida de los castellanos con el fin de preparar un renacer, principalmente cultural y moral, de una Castilla su­mida en la ignorancia de sí misma; hacen de Elías Romera un precursor del moderno regionalismo castellano. Su oposición a! confusionismo castellano-leonés y su percepción de las respectivas personalidades de León y de Castilla han valido a este defensor de una región verdaderamente castellana la acusación de "fraccionador de Castilla " .

 

Don Gumersino de Azcárate (1844-1917), una de las figuras más destacadas de la Institución Libre de Enseñanza, fue un leonés que siempre conservó los vínculos con su tierra natal y mostró gran interés por las cuestiones regionales. Consideró que el Es­tado español debería organizarse sobre la base de las regiones, comenzando por el re­conocimiento de las de Cataluña y el País Vasco para seguir con las demás a medida que fueron recobrando la conciencia de su personalidad. Mantuvo siempre gran cariño por su tierra leonesa y defendió los intereses regionales, pero nunca los de un determi­nado sector, pues en todo momento antepuso el interés público al privado. A pesar de que en su época predominaba el criterio fusionista y unificador en relación con León y Castilla, Azcárate concebía ambas entidades unidas en el respeto a las particularidades de cada una. Fue un intelectual y un político por quien Elías Romera sintió gran respeto.

 

De lo dicho hasta aquí se deduce que no era cosa fácil a fines del siglo XIX borrar de la memoria histórica de los españoles cultos, ni de la conciencia colectiva de los pueblos leoneses y castellanos, la existencia de una región histórica leonesa en el conjunto de las que componen la nación española. Había de pasar todo un siglo, transcurrido en gran parte bajo una terrible dictadura, para poder suprimir del mapa de España el milenario reino de León e incorporarlo a una confusa región Político-administrativa -no castellana ni leonesa- de nueva y precipitada invención por acuerdo de unos grupos políticos, sin previo consentimiento de los respectivos pueblos.

 

NOTAS

 

32         J. P. Oliveira Martins. Hisyoria de la Civilización Ibérica .Libro III-1

33       J. Sánchez Herrero: Las diócesis del reino de León. León, 1978, con mapas.

34       R. Menéndez PidaL El dialecto leonés. Oviedo, 1962. pp. 21-2.

35       Manuel Colmeiro: De la constitución y del gobierno de los reinos de León y Castillo. Madrid, 1851 T1. p. 161

37       Cortes de Castilla de 1576. Madrid, 1885. pp. 31, 35-6. 532. 569.

38       Miguel de Unamuno: Desde Portugal. en el volumen Por tierras de Portugal y de España.

39       Vicente de la Fuente: Estudios críticos sobre la historia y el Derecho de Aragón. Segunda serie Madrid, 1885. pp. 241, 314.

40       Carlos de Lecea: la Comunidad y Tierra de Segovia. Segovia, 1894.

41       Gumersindo Trujillo: Introducción al federalismo español. pr. 191-2.

42       F. Pi y Margall, F. Pi y Arsuaga: historia de España en el siglo XIX .t V pp. 546-547.

43       Francisco Pi y Margall: Las nacionalidades. Libro primero. Cap. XIII.

44       Elías Romera: La administración local (Reconocidas causas de su lamentable estado y remedios históricos que precisa). Almazán, 1896.

 

 

(Anselmo Carretero Jiménez. Castilla, orígenes, auge y ocaso de una nacionalidad. Ed. Porrua, México 1996. Pp 663-672)

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario