lunes, 29 de abril de 2013

Entrevista a Anselmo Carretero (Comunidad Castellana)


Entrevista de Anselmo Carretero con un grupo de autonomistas leoneses

 

 

Pregunta:     ¿Cuál es, a su juicio, el origen de Castilla León? 

Respuesta:   Castilla-León o la «región» castellano-leonesa es una entidad política-administrativa de reciente y artificiosa creación. 

No es Castilla, porque faltan en ella muchas comarcas castellanas, entre otras la montaña cantábrica (cuna de Castilla y de la lengua castellana) y la Rioja (la comarca más rica en símbolos culturales y naciones de la auténtica Castilla: patria de las Glosas Emilianenses, primeras líneas escritas en romance castellano; de Gonzalo de Berceo, el primer poeta de nombre conocido de la literatura castellana; de San Millán de la Cogolla, santo patrón de Castilla, de Santo Domingo de Sitos, la figura más destacada de la cultura medieval castellana); así como las tierras castellanas de las cuencas del Tajo y del Júcar.  Una Castilla sin Cantabria y sin la Rioja sería tanto o más absurdo que una Cataluña sin Gerona y Lérida o una Andalucía sin Sevilla y Granada. 

Tampoco es León, porque al territorio histórico del antiguo reino de este nombre une tierras que no son ni jamás fueron leonesas. 

Se pretende dar a este conglomerado una falsa justificación geográfica identificándolo con la cuenca del Duero, cuyo territorio no coincide con el de ninguna nacionalidad o región histórica, puesto que esta cuenta es castellana -én su primera parte-, leonesa -en su parte media- y portuguesa -en su tramo finalcomo la cuenca del Ebro es castellana, vascongada, navarra, aragonesa y catalana; y la del Tajo es castellana, toledana, extremeña y portuguesa. 

Castilla propiamente dicha abarca tierras de la vertiente cantábrica, del Ebro -Cantabria, Burgos y la Rioja-, el Duero -Burgos, Soria y Segovia-, el Tajo -Madrid y Guadalajara-, el Guadiana -Cuenca- y el Júcar -Cuenca-. 

El antiguo reino de León tampoco tiene todo su territorio en la Cuenca del Duero, pues contiene tradicionales comarcas -el Bierzo y el Alto Alagón- cuyas aguas vierten en el Miño Y en el Tajo. 

La confusión entre León y Castilla tiene larga y muy compleja historia.  Trataremos de explicarla brevemente a grandes rasgos.  Comienza en el siglo XIII con la tercera y última unión de las coronas, cuando por un azar de la historia -muerte sin descendencia directa de un rey castellano- heredó la corona de Castilla un infante leonés, lo que de  terminó que desde entonces el nombre castellano fuera siempre por delante y los reyes de las coronas unidas se llamaran de Castilla y León, no obstante que León fue antes y más importante que Castilla.  Los reyes de esta múltiple corona se titularon así de Castilla, de León, de Toledo (Castilla la Nueva), de Galicia, de Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada (Andalucía o Castilla la Novísima) y de Murcia, y señores de Vizcaya (y de Guipúzcoa y Alava), además de otros títulos menores. 

Esta casual precedencia en tan larga titulación fue causa de que el nombre castellano se aplicara unas veces a Castilla propiamente dicha, otras, por extensión, a Castilla y Toledo («ambas Castillas»), otras a Castilla y León, y más generalmente al vasto y diverso conjunto enumerado; todo lo cual ha ocasionado muchos errores (no siempre involuntarios) y sido origen de grandes confusiones. 

El confusionismo castellano-leonés, impulsado por menguadas razones políticas e intereses reaccionarios de las oligarquías agrarias, alcanzó gran desarrollo a mediados del siglo XIX, cuando se comenzó a desplazar la significación original del nombre castellano de la Montaña cantábrica a la Tierra de Campos: la «Inmensa llanura de Castilla la Vieja», falsa imagen literaria ampliamente difundida después por los grandes escritores de la «generación del 98» y sus seguidores (con excepciones como las de Menéndez Pidal, Baroja, Machado, Gerardo Diego ... ). Imagen no sólo incongruente con la geografía y la historia de Castilla, sino reñida con el más elemental raciocinio; pues en una llanura como la de los antiguos Campos Góticos hubiera sido absolutamente imposible la larga y victoriosa resistencia de los castellanos en dos frentes simultáneos: contra los terribles ataques de los moros y contra los no menos aguerridos ejércitos de los reyes leoneses, cosa que sí pudo ocurrir en el baluarte montañoso y de espaldas al mar de la vieja Cantabria. 

La idea de una gran región castellano-leonesa, madre y capitana de la España unitaria e imperial, identificada con la cuenca del Duero y con capital en Valladolid, fue exaltada e impuesta coercitivamente durante las cuatro décadas del franco-falangismo. Eliminado éste como doctrina política oficial y secuestrada por las oligarquías dominantes la memoria colectiva de los pueblos de León y Castilla, quedó en la mente de millones de españoles, como herencia de una concepción histórica reaccionaria, la idea de ese conglomerado castellano-leonés. 

Las naciones, cualesquiera que sean los elementos objetivos que caracterizan a cada una de ellas, son ante todo creaciones que la historia alumbra tras complicados procesos de gestación.  Su base más firme y su principal elemento de cohesión es la conciencia comunitaria de los individuos que las componen.  La cual se alimenta fundamentalmente de la memoria histórica de una historia, cuya redacción responde inevitablemente a la ideología y a los intereses de las clases gobernantes. 

La historia oficial y académica de España -según Américo Castro un montón de errores y leyendas-, especialmente la impuesta durante la dominación franquista, obedece al deseo de presentar una nación y un estado homogéneos, unitario y centralistas, forjados por el «espíritu dominador de Castilla» a partir de la Reconquista iniciada en Covadonga en torno a la idea del, imperio y del catolicismo imperial.  Para ello es preciso relegar en lo posible al olvido, o a un plano secundario, la historia y la cultura de los países de la antigua corona de Aragón y confundir las muy diferentes de León y de Castilla en un embrollado –todo donde la historia, las semejanzas y las luchas sociales de los pueblos de la corona de León (Asturias, Galicia, León, Extremadura y Portugal hasta su separación), por un lado, y la solidaridad histórica, las raíces nacionales y las creaciones políticas y culturales vasco-castellanas, por el otro, desaparezcan bajo un engañador cúmulo de mistificaciones. 

Si lo que en verdad se quiere es que en la España de las autonomías los pueblos de León y de Castilla, al amparo de la Constitución, recobren la «identidad perdida» para colaborar con las demás nacionalidades o regiones históricas de nuestra patria en la gran tarea de un renacer español, será preciso devolverles la memoria colectiva y darles a conocer sus auténticas historias, lo que requiere sensatez, paciencia y gran sentido de responsabilidad, es decir, lo contrario de lo que se ha hecho en estos dos países con la instauración precipitada de ese confuso conglomerado castellano-leonés que amenaza eliminar del mapa de la Península Ibérica dos de las más insignes creaciones nacionales de nuestra historia. 

En el próximo número publícaremos la continuación de esta entrevista que en esta ocasión nos resulta imposible por falta de espacio.

 

Informativo Castilla nº 19 abril-mayo 1983
 
Entrevista de Anselmo Carretero con un grupo de autonomistas leoneses 
 
Pregunta:     ¿Cuál es su aportación teórica al Estado de las autonomías? 
Respuesta:   Desde 1943 vengo estudiando la cuestión de las nacionalidades españolas y la del federalismo con ella relacionado.  Las ideas de Carretero y Nieva sobre los pueblos de España, las que en el grupo editor de la revista «Las Españas,, (formado en Méjico por exiliados políticos españoles) se intercambiaron y desarrollaron sobre el mismo asunto, las amistosas incitaciones de José Ramón Arana así como las críticas alentadoras de Bosch-Gimpera, Madariaga, Navarro Tomás, Onís y otros muchos compatriotas interesados en el tema, me animaron a continuar el trabajo individualmente emprendido. Muy fecundas para mi labor fueron las conversaciones que durante años tuve con el ex rector de la Universidad Autónoma de Barcelona en torno a la historia conjunta de los pueblos de España y a la condición varia de la nación española. 
Todo ello nos indujo a concebir a España como una «comunidad de pueblos» ninguno de los cuales es más ni menos español que cualquiera de los demás.  Y me llevó después a la idea de «nación compleja» o , «Nación de naciones», concepto que en España expuse por primera vez en 1976, donde tropezó con el rechazo de los más «por no hallarse homologado en la terminología internacional de la ciencia política,» y halló el apoyo de los menos.  Idea difícil de asimilar por los estudiosos reacios a aceptar lo que no consta en los textos consagrados; pero que, a mi parecer, responde a una realidad tan profunda de España que el no haber sido comprendida a tiempo ha tenido en repetidas ocasiones graves consecuencias para nuestra patria. 
Frente a la concepción francesa (jacobina y napoleónica pero de origen monárquico) de la «nación una e indivisible», mantengo la que considero profundamente española de la «nación varia o plural firmemente unida». 
Pregunta:     Como miembro del PSOE, ¿cree usted que la opción leonesista puede identificarse como una opción de derecha? 
Respuesta:   Teóricamente las ideas regionalistas no pueden calificarse de derecha.  Al contrario: las aspiraciones a la autonomía regional de los diversos pueblos de España, y más aún las federalistas, tienen un carácter democrático y progresista puesto que, en principio, la descentralización del poder del Estado en gobiernos regionales lo acerca más al pueblo de cada región autónoma.  Tampoco puede tacharse de reaccionaria la defensa que los diversos pueblos de España hacen de su propia personalidad y del derecho a desarrollar sus respectivas culturas y mantener sus tradiciones. 
El Partido Socialista, que propugna el federalismo nacional como una forma superior de la democracia en España y considera la fórmula de las autonomías regionales como un paso decisivo hacia el federalismo y una solución válida a la cuestión de las nacionalidades, ha sido el principal promotor de las concepciones autonómicas contenidas en la Constitución; la cual reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de todas las nacionalidades y regiones que integran la nación española.  Derecho sin duda válido para todos los pueblos de España, seria grave error e injusticia negárselo al de León. 
Consecuente con sus principios, el PSÓE ha defendido en vanguardia los derechos autonómicos de Cataluña, el País Vasco, Galicia (donde estaba previsto el triunfo de la derecha), Asturias, Aragón, Valencia, Extremadura, Andalucía, Murcia, las Islas Bafeares y las Canarias.  En Navarra comenzó apoyando su incorporación al País Vasco, pero reconoció la autonomía propia de aquélla cuando el pueblo navarro manifestó su voluntad en este sentido.  El Partido Socialista ha llegado hasta apoyar las autonomías uniprovinciales de Cantabria, la Rioja y Madrid, comarcas que por su historia y situación geográfica son inequívocamente castellanas.. Y sí no ha defendido las autonomías de Castilla y de León, no ha sido porque las haya negado, sino porque la confusión y las divisiones dominantes en la conciencia colectiva de estos pueblos -herencia de cuarenta años de oscurantismo francofalangista- les han impedido exigirlas mayoritariamente con rotunda claridad. 
Las aspiraciones de la provincia de León a la autonomía de la región leonesa, o a la autonomía uniprovincial para no quedar incluida en el conglomerado castellano - leonés de reciente creación -como las aspiraciones análogas de los segovianos- no pueden, en modo alguno, ser tachadas de reaccionarias.  Si por abandono de la izquierda, políticos de derecha se han adueñado de esta bandera popular, responda aquélla del error.  La autonomía de León -como la de Castilla- no es cuestión de izquierdas o derechas, como no lo han sido las autonomías de los demás pueblos de España, sino tema de la mayor transcendencia que atañe a la memoria histórica, los sentimientos y la conciencia colectiva del pueblo leonés y al futuro nacional de su región. Los leoneses que pretenden rescatar para su pueblo la bandera autonómica al margen de demagogias políticas merecen todo respeto. 
Informativo Castilla nº 20 agosto-septiembre 1983

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