lunes, 25 de enero de 2016

Valoración psiquiatrica de Don Quijote

Enviado por José Antonio Sierra 



Valoración psiquiatrica de Don Quijote 
Cuatrocientos psiquiatras opinan
Por Joaquín Sama
Psiquiatra

VALORACIÓN   PSIQUIÁTRICA   DE   DON   QUIJOTE




Por  JOAQUÍN  SAMA
       Transcurridos más de 400 años desde que viera la luz la inmortal obra de D. Miguel de Cervantes “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”, un grupo compuesto  por más de 600 psiquiatras residentes en España, ha participado en un proyecto  consistente en exponer sus respectivos criterios clínicos en relación a la existencia o no de algún tipo de patología mental en don Alonso Quijano, protagonista de tan singular novela.
       Fruto de este trabajo, hoy tenemos recogidas las opiniones expresadas por este amplio elenco de profesionales, buenos conocedores del alma humana.
       Aún reconociendo la dificultad de hacer un diagnóstico retrospectivo tras los más de cuatro siglos transcurridos desde que fuera escrita la novela, el análisis pausado y la serena reflexión puestos en esta tarea por los especialistas,  han hecho posible salvar, al menos en parte, el escollo cronológico para la correcta interpretación de las peculiares aventuras y conductas del protagonista de esta obra maestra de la literatura universal.
       El resultado del esfuerzo por alcanzar una razonable aproximación diagnóstica  sobre el principal protagonista de la novela,  constituye un valioso  conjunto de consideraciones clínicas, profusamente argumentadas, que comentamos a continuación:
      La mayoría de los expertos consultados, concretamente el 30,33 por ciento de ellos, ha opinado que el principal protagonista de la novela de Cervantes, el inmortal  don Quijote de La Mancha, no es un enfermo mental.
      Para muchos  es un idealista, un ser dolido por el tedio, un excéntrico fuera de lo común, que actuaría como un loco para escapar de la aburrida y monótona vida que le ofrecía  la pequeña población manchega donde nació; para otros, don Quijote sería un transgresor social, un luchador por las libertades y la justicia, políticamente incorrecto, que al final de sus días llega a sentir con pesimismo la derrota de los ideales. Todos tenemos dentro de nosotros algo de Quijotes y no por ello estamos alienados.
      Para algunos, don Quijote es un humorista, alguien que ha tomado conciencia de su parte inútil y superflua, y se complace por ello. Para otros, don Quijote es un inconformista, el arquetipo del revolucionario anónimo que toma partido en solitario contra las injusticias sociales. Incluso podría tratarse de un mitómano, excéntrico y algo chiflado, a quien se le va la cordura en algunos momentos, pero conserva el sentido de la realidad en lo fundamental.
     Hay quien ve en don Quijote una alegoría del romanticismo, un alegato de la trascendencia que tiene arriesgar la propia vida en defensa de unos ideales tan alejados de  razones económicas cuando no hedonistas. Podría ser un hombre común que saca lo mejor de sí mismo tras determinadas lecturas y que se compromete a defender con tenacidad todo aquello en lo que cree.
       Para otros, don Quijote sería un fanático en post de un ideal, a todas luces inalcanzable, que le hará sentir la infinita soledad del idealista. ¿Acaso es locura vivir de acuerdo a un ideal?
       Desde mi punto de vista, cuando Cervantes escribe su genial novela Don Quijote de La Mancha, está narrando la biografía de un ser entrañable adornado por una cualidad que destaca sobre todas las demás: el altruismo.
      En efecto. Don Quijote, tras renunciar a la paz hogareña, pone en riesgo  su propia existencia en una lucha desigual contra supuestos y peligrosos enemigos, ofrece protección a su muy amada y sublimada Dulcinea, busca con ahínco deshacer entuertos y traer la justicia a este mundo, sin obtener a cambio una contrapartida cierta. ¿Acaso todo esto no es sino altruismo?
      La Etología, esa ignorada ciencia que estudia el comportamiento, define la conducta altruista como aquella acción que busca mejorar las posibilidades de supervivencia de otros seres a pesar de la merma  de las  posibilidades de quien la ejerce. ¿Pretender mejorar las condiciones de vida de los demás, aún a riesgo de perder la propia, no es tal vez el mejor ejemplo de conducta altruista?
       El altruismo, conducta que aporta estabilidad y eficiencia evolutivas, como se ha podido demostrar incluso con algoritmos matemáticos, se encuentra inscrito en nuestro código genético, existiendo tres tipos principales de altruismo: el recíproco, popularmente expresado en la conocida máxima “Hoy por ti, mañana por mí”; el consanguíneo, es decir, aquel que se siente hacia quienes comparten nuestros propios genes, y el manipulado: el que busca obtener ventajas evolutivas de un modo injusto, como sería, por ejemplo, fingir una afección médica para lograr la correspondiente prestación social.
      Pues bien. ¿Qué tipo de altruismo motiva a nuestro héroe, el ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha? Sin duda, el recíproco en su expresión más genuina: deshaciendo entuertos pretende conseguir un mundo mejor, crear unas condiciones de vida que aumenten las posibilidades de supervivencia de los demás, empeño que momentáneamente merma sus propias posibilidades. En contrapartida espera alcanzar más adelante un reino y los favores de Dulcinea, es decir, la posibilidad de perpetuar sus propios genes. ¿No se cumple rigurosamente aquello de “Hoy por ti, mañana por mí”?
      Que el altruismo sea una transacción no resta un ápice de mérito a nuestro héroe que, condicionado culturalmente, decide entregarse a ese comercio de favorecernos unos a otros, tan entroncado con la más pura tradición cristiana: “Amaos los unos a los otros”.
       He ahí otro aspecto a destacar del Quijote, el condicionamiento cultural de su altruismo, cómo la lectura de novelas de caballerías condiciona de una determinada manera, congruente con el medio en el que vive, la forma de expresar ese impulso genético de favorecernos unos a otros. Tan intenso efecto le produce aquel tipo de lecturas,  en boga por aquella época, que decide convertirse en un Caballero Andante más, como los héroes de sus novelas, para impartir justicia por los campos de Castilla, cual arrojado benefactor.
       La emoción de sentirse héroe se hace tan intensa en él, que en ciertos momentos le lleva a perder el sentido de la realidad, que no el juicio. En los episodios de los molinos de viento o el rebaño de ovejas no tiene alucinaciones, sino falsas percepciones,  ilusiones debidas a la intensa emotividad que pone en el empeño.
       Don Quijote no es un enajenado mental, ni siquiera en sus momentos menos lúcidos, más disparatados: es, en todo caso, y solo en una parcela muy concreta de su personalidad, un fundamentalista, concepto tan de actualidad, que incluso llega a confundir la realidad exterior cautivado  por los más nobles ideales.
      Un amplio grupo  de especialistas opina que no es factible llegar a un diagnóstico de certeza sobre un personaje de ficción, si para ello queremos basarnos en los criterios diagnósticos recogidos tanto en la Clasificación Mundial de Enfermedades (ICD-10), como en el DSM-V, manuales para el diagnóstico que, con las necesarias actualizaciones, utilizamos habitualmente los psiquiatras. El porcentaje de los que se manifiestan en este sentido es del  25,6 por ciento      .
        Quienes así se expresan, consideran que don Quijote no pertenece a la Psiquiatría, sino  a la Literatura. La “locura” sería un decorado, un recurso técnico usado por Cervantes, cuyos objetivos son de orden literario. No procede, por tanto, hacer un diagnóstico que, además de innecesario,  sería impreciso,   al ser las “locuras” del Quijote recursos literarios utilizados por Cervantes con el fin de ridiculizar las novelas de caballerías, poniendo juntos a un loco y un cuerdo, que entablan  un coloquio novelado entre locura y cordura.
       Frente a estos dos grupos que representan el 55,93 por cien de los encuestados, hay un 41,80 % de opiniones tipificando a don Quijote con distintas clases de diagnósticos psiquiátricos, y un 2,17 % más que le atribuyen algún tipo de alteración caracterológica, como sería mitomanía,  o incluso insomnio crónico.
         El 15,3 % de los psiquiatras consultados considera a don Quijote como un enajenado mental, es decir, que está fuera de la realidad, pero sin llegar a concretar  la clase de patología que padece. Esta falta de concreción en el diagnóstico muy probablemente se deba a que el “paciente” estudiado no es un caso real, sino un personaje de ficción  que Cervantes, en su actividad creativa, nos presenta con diversas conductas alejadas de lo normal, pero sin llegar a conformar un cuadro  con el suficiente número de signos clínicos englobables dentro de alguna entidad nosológica concreta.
     Un 7,4 % de los especialistas opina que don Quijote de la Mancha padecía Trastorno de ideas delirantes persistentes, cuadro clínico caracterizado por la presencia de un conjunto más o menos coherente de ideas delirantes en relación a un tema, siendo dichas ideas  irrebatibles mediante la argumentación lógica. El paciente está plenamente convencido de la veracidad de ellas, a pesar del claro contenido patológico que tienen.
     Para un 6,6 % de los consultados don Quijote sufría Trastorno afectivo bipolar, en base a que en determinados momentos mostraba una conducta desinhibida, con excesiva exaltación del ánimo, grandilocuencia, ideación megalomaniaca, e insomnio, entre otros signos clínicos, mientras que en otros momentos su actitud viraba al extremo opuesto, mostrándose cansado, con decaimiento del ánimo, pérdida de ilusión y algún otro signo de la esfera depresiva.
       El porcentaje aproximado del 12 % restante, se reparte entre diversos tipos de diagnósticos, tales como Trastorno esquizoafectivo ( 3,3 %), Parafrenia ( 2,8 %), Delirio compartido, folie a deux (2,8 %), Esquizofrenia paranoide ( 1,9 % ),  Síndrome de Ganser (1,1 %) y Trastorno esquizotípico de la personalidad ( 0,6 % ).
        No cabe duda que si don Quijote hubiera existido realmente y hubiese deambulado por nuestros pueblos y ciudades, a pesar del mayor nivel de tolerancia que se le supone a la sociedad actual, hubiera tenido muchas posibilidades de ser ingresado con carácter urgente en la Unidad de Psiquiatría más cercana y, tras varios días de estancia hospitalaria, se le habría dado el alta médica con su correspondiente informe y tratamiento que incluiría con toda probabilidad algún neuroléptico de última generación.
      ¡Larga vida, Don Quijote!

                                                                          JOAQUÍN  SAMA
                                                                               Psiquiatra



                                                                                          

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