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viernes, 30 de junio de 2017

Algo falla. Justicia y Paz propone un Gobierno mundial

Algo falla. Justicia y Paz propone un Gobierno mundial



03/02/2017 11:12 en Enormes minucias

·       Para un sistema económico más justo y esas cosas.
·       Para muchos autores cristianos, el Gobierno mundial es una de las marcas del Anticristo.
·       Así que sorprende que una institución vaticana lo proponga y juegue con el concepto. 

Para un cristiano de hoy, todo aquel que promueva un gobierno mundial, una religión global o cualquier cosa global es sospechoso, no ya de masonería sino de satanismo puro y duro, que no en vano andamos en etapa fin de ciclo.

Pero hombre, cuando es el Pontificio Consejo de Justicia y Paz quien lo propone pues las alarmas pasan del amarillo al rojo intenso, con un toque fucsia que le proporciona el correspondiente ambiente hortera a la cosa. Para un sistema económico más justo y esas cosas.

Merece la pena leer el texto completo del Consejo que preside el cardenal Peter Tuckson (en la imagen) y no es de extrañar que haya provocado alguna inquietud, como recuerda Religión en Libertad.

¿Gobierno mundial? ¡Ay, ay, ay!

Para muchos autores cristianos, el Gobierno mundial es una de las marcas del Anticristo.

Eulogio López




miércoles, 19 de noviembre de 2014

Control social (Juan manuel de Prada)

  •    

  • Juan Manuel de Prada
    Juan Manuel de Prada

    Control social

    Mucho peores que los sicarios del Nuevo Orden Mundial son esos felones que, desde posiciones «equidistantes», tratan de descalificar a quienes se juegan el tipo, aduciendo que la «crítica sistemática» no es de recibo, que hay que ser «constructivos», que no se puede ser «profeta de calamidades», etcétera. Contra estos tibios y fariseos que, so capa de moderantismo y «positividad», impiden u obstruyen la confrontación de ideas, escribió Chesterton La esfera y la cruz. Sin duda, el «pensamiento positivo» (que no es sino el disfraz de decencia que se pone la más abyecta corrección política) es uno de los instrumentos más aciagos de control social que el sistema ha introducido en nuestras vidas; y sus apóstoles, bajo su apariencia modosita, los más peligrosos jenízaros de la ideología mundialista.
    En un libro muy notable que acabo de leer, Oligarquía y sumisión (Ediciones Encuentro), José Miguel Ortí Bordás se refiere muy acertadamente a esta nueva forma de control social o dominación de las conciencias que ya no actúa, como en los totalitarismos clásicos, allanándolas y forzándolas, sino moldeándolas a su gusto, adaptándolas complacientemente a los paradigmas culturales y políticos vigentes, y reduciendo a los pueblos a la categoría de rebaños gustosamente esclavizados, corifeos de la corrección política y del pensamiento positivo, fundado sobre una antropología optimista (¡el hombre es buenecito y, a poco que lo dejen, irá perfeccionándose todavía más!). Por supuesto, este control social se logra sin que nadie tenga la impresión de estar obedeciendo, sino abrazando libremente (¡con entusiasmo de lacayos fervorosos!) sus directrices. Y, una vez logrado el control completo, el discrepante será automáticamente visto como un desviado o un demente peligrosísimo.
    Mucho más importante -nos recuerda Ortí Bordá- que alcanzar el poder político es conseguir el control social, pues de hecho el poder político no es más que el ejercicio efectivo de un control social previo, en el que las diversas oligarquías, con sus negociados de derecha e izquierda, pueden turnarse tranquilamente, admitiendo de vez en cuando nuevos socios en el reparto del pastel. Por control social debemos entender los mecanismos sibilinos de psicología de masas que logran el sometimiento de las conciencias a los paradigmas culturales de cada época (llámense 'capitalismo financiero', 'derechos de bragueta', 'consumismo', 'ideología de género', etcétera), ante los que se allanan sin darse cuenta, con la misma naturalidad con que respiramos. La finalidad de este control social no es otra sino reforzar la tendencia a la conformidad y lograr que los comportamientos «desviados» sean automáticamente reprimidos por el propio cuerpo social, que hace sentir a quien osa comportarse o pensar de forma «desviada» como una suerte de apestado. Para lograr el control social sobre los pueblos, previamente se destruyen las tradiciones culturales y religiosas que los vinculaban y hacían fuertes, hasta convertirlos en una mera agregación de átomos extraviados e individualistas (¡y con conexión a interné, oiga!); una vez rotos todos los vínculos, a esa agregación de átomos condenados a la intemperie espiritual se les da un catecismo gregario que endiose sus apetitos, al que gozosamente se adhieren mientras todos sus bienes materiales y espirituales son saqueados, de tal modo que «toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible», tal como establecía Herbert Marcuse en El hombre unidimensional. 
    Naturalmente, en este tipo de sociedades desintegradas es fácil criar individuos (como las hormigas crían a los pulgones) que consideren que el sistema político y social es difícilmente mejorable. La única discrepancia aceptable, que inmediatamente será asimilada por los negociados de derecha e izquierda existentes, será la que acepte las coordenadas prefijadas por los paradigmas establecidos; y en el caso de que tal discrepancia adopte apariencias airadas, se arbitrará un nuevo negociado ('marcas blancas' del sistema) que, con el reclamo de rebelarse contra alguno de los paradigmas vigentes, fomente la aceptación del resto. Así, por ejemplo, se permitirá al rebaño rebelarse contra los abusos del sistema financiero, siempre que no dejen de reclamar aborto y demás derechos de bragueta; pues el Nuevo Orden Mundial sabe bien que el mejor modo de saquear a la gente y así abastecer mejor los mercados financieros consiste en exaltar la lujuria y prohibir la fecundidad, para que la gente no tenga hijos y el expolio que sufre no lo perciba contra un atentado contra su prole.
    Así, mediante este sutilísimo control social, nos llevan al matadero.

    miércoles, 30 de julio de 2014

    Caiga su sangre sobre nosotros (Juan Manuel de Prada)



    JUAN MANUEL DE PRADA


    Los «prescriptores» han defendido las tropelías de Israel, que no han servido sino para enviscar al mundo musulmán

    EN estos días escucho muchos lloriqueos en ámbitos católicos por la persecución que sufren los cristianos en Oriente Próximo; en cambio, escucho menos deseos de reconocer, mediante un acto de contrición sincera, cuáles son las verdaderas causas de esa persecución. También me llama la atención que en determinados medios sedicentemente católicos, cada vez que hay que explicar lo que está sucediendo en Oriente Próximo, se recurra a la autoridad de «analistas de política internacional», «expertos en geoestrategia» y demás ganapanes neocones, liberales o progres (bueno, en medios sedicentemente católicos a estos últimos se recurre menos, porque con los neocones y los liberales tienen ya cubierta la ración de alfalfa intoxicadora) y no se dé voz a cristianos iraquíes, sirios o palestinos, que son los que están sufriendo en sus propias carnes la persecución, y conocen perfectamente sus causas. Y no se les da voz porque se sabe que lo que van a decir no cuadra con toda la alfalfa que se nos ha obligado a deglutir durante estos años; que se nos sigue obligando a deglutir hoy.

    Lo acaba de decir Michel Sabbah, patriarca emérito de Jerusalén: «Lo que está ocurriendo en Gaza no es una guerra, sino una masacre»; y es que, en efecto, no hay guerra justa donde no hay proporcionalidad en la respuesta. Los cristianos palestinos saben perfectamente que las iglesias que han sido destruidas en Gaza no lo han sido por Hamás, sino por Israel. También los cristianos sirios saben quiénes han financiado y asesorado a la chusma que martiriza a sus hermanos. Y los cristianos iraquíes saben quiénes han sido los causantes de la feroz persecución y éxodo que padecen en estos días. Pero aquí nos basta con lloriquear por nuestros pobrecitos hermanos perseguidos, sin querer conocer las causas; o, todavía peor, impidiendo que nuestros hermanos perseguidos nos las expliquen, porque para eso ya tenemos nosotros a nuestros «especialista» tertulianeses, a sueldo de la embajada americana o israelí (o, todavía peor, gozquecillos que necesitan alinearse gratis con el Nuevo Orden Mundial, para aliviar el gravamen de su insignificancia), que nos lo explican a las mil maravillas, que nos lo llevan explicando a las mil maravillas años o décadas, apoyando la intervención de Estados Unidos en Irak, jaleando la primavera árabe, justificando la guerra en Siria y, por supuesto, aplaudiendo frenéticos con las orejas cada «intervención militar» israelí.

    Durante muchos años –demasiados ya– los «prescriptores» de los católicos españoles en cuestiones sobre Oriente Próximo han sido una patulea que se pone cachonda con el sonsonete de la «extensión de la democracia» (así llaman a la expansión del Nuevo Orden Mundial, los muy bellacos), como el coronal Kilgore de Apocalypse Now se ponía cachondo con el olor del napalm por la mañana. Estos «prescriptores» han jaleado el derrocamiento de todos los dictadores que toleraban o incluso protegían a los cristianos en Oriente Próximo (Sadam Husein, Mubarak, Gadafi, Al Asad…) e impedían su persecución cruenta; estos «prescriptores» han presentado como «luchadores por la libertad» a la chusma islamista que, patrocinada y armada por el Nuevo Orden Mundial, tortura, martiriza o condena al éxodo a los cristianos de Oriente Próximo; estos «prescriptores», en fin, han defendido hasta lo indefendible las tropelías más infames de Israel, que no han servido sino para enviscar al mundo musulmán.

    Esta patulea, queridos católicos españoles, han sido (¡y siguen siendo!) nuestros prescriptores, nuestros líderes y lideresas ideológicos. Ahora lloramos por la persecución de los cristianos en Oriente Próximo. Caiga su sangre sobre nosotros.

     

    viernes, 9 de mayo de 2014

    Un rebaño de animales tímidos (Juan Manuel de Prada)

    Un rebaño de animales tímidos

    JUAN MANUEL DE PRADA
     
    ABC.es
    La posición de Rusia en el conflicto es mostrada ante el rebaño como la emergencia de un monstruo con nostalgias soviéticas
     
    TOCQUEVILLE ya avizoró, en un pasaje célebre de La democracia en América, la emergencia de un poder que convierte a los pueblos en un picadillo informe, dócil a sus conveniencias como el títere a las manipulaciones del titiritero: «No destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin, a cada nación a un rebaño de animales tímidos». Ciertamente, esta nueva forma de tiranía que nos ha convertido en un mismo rebaño de animales tímidos, balando con el mismo sonsonete, tragándonos la misma alfalfa propagandística y regurgitándola tan campantes (el retuiteo es la gran metáfora de esta sociedad embrutecida que profetizó Tocqueville, el regüeldo automático del rebaño ahíto de propaganda), es algo que ya no nos sorprende; pero todavía hay ocasiones en que la mansedumbre blandulona del rebaño, comulgando ruedas de molino del tamaño de castillos, se convierte en un espectáculo desgarrador. Ocurre así, por ejemplo, con todo lo que está sucediendo en Ucrania.
     
    La posición de Rusia en el conflicto es mostrada ante el rebaño como la emergencia de un monstruo con nostalgias soviéticas que pretende anexionarse territorios de la nación vecina, sirviéndose para ello de cuatro exaltados rusófilos (y, por supuesto, la propaganda se esfuerza en fotografiar a estos rusófilos con enseñas estalinistas, como en España se hace con todas las expresiones populares que conviene desprestigiar, fotografiando a quienes portan banderas nacionales con el águila de San Juan). Pero lo cierto es que la única nostalgia o reliquia soviética es el propio estado de Ucrania, un artificio inexistente hasta hace apenas veinte años, hijo directo de la bolchevique República Popular Ucraniana, en la que se mezclaron en batiburrillo territorios que habían sido rusos desde la noche de los tiempos con territorios cuyos pobladores se distinguían por un odio atávico hacia los rusos; y, para completar este artificioso Frankenstein territorial, en la década de los sesenta los soviéticos añadieron a la República Ucraniana la península de Crimea, conquistada por Rusia al turco y defendida frente a la rapacidad de ingleses y franceses. Cuando, aprovechando el colapso soviético, los nacionalistas ucranianos (rusófobos viscerales) proclaman la independencia de Ucrania, constituyen un Estado de nuevo cuño sobre el Frankenstein territorial amalgamado por los soviéticos, un engendro sin fundamento histórico alguno, con regiones que habían sido fundadas y pobladas por rusos occidentales y ciudades tan constitutivamente rusas como Odesa, conquistada a los turcos cuando sólo era un poblacho cochambroso por el almirante de la armada rusa José de Ribas, español de Nápoles, y convertida en ciudad floreciente por Catalina la Grande.
    La llamada «opinión pública» europea (o sea, los repartidores de alfalfa propagandística) han conseguido, sin embargo, que la resistencia patriótica de estas regiones y ciudades que nacieron rusas y morirán rusas (tal vez por exterminio de un ejército a las órdenes de la CIA que masacra población civil indefensa) sea mostrada ante el rebaño como una «agresión» contra un Estado-Frankenstein creado arbitrariamente hace veinte años. Europa es hoy un rebaño de animales tímidos, pastoreado por el Gran Inquisidor americano. Y es que –como ha afirmado Putin– «un mundo unipolar y estandarizado no requiere Estados soberanos, sino siervos que renieguen de la propia identidad y de la diversidad del mundo donada por Dios».