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viernes, 12 de agosto de 2016

Así fue posible el expolio de España

 Así fue posible el expolio de España

Políticos, historiadores y funcionarios ayudaron al despojo de monumentos y colecciones, según la investigación dirigida por Inmaculada Socias. 
 jesús garcía calerocaleroje / Madrid  
 abc 

 Por primera vez, un grupo de historiadores ha tenido acceso a la correspondencia que los marchantes de arte enviaban a los grandes potentados norteamericanos que compraron ingentes cantidades de obras de arte y antigüedades del patrimonio español al principio del siglo XX. Hablamos de William Randolph Hearst, el celebre magnate que inspiró «Ciudadano Kane», o de Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of América.
Inmaculada Socias, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, ha coordinado y escrito en los primeros volúmenes este triste relato de expolio, que fue consentido, cuando no animado, por destacados historiadores y responsables políticos españoles.
Doble vida 
 Todos los personajes de esta historia tienen doble vida. En la cúspide encontramos exitosos historiadores, como José Pijoan; políticos y filántropos, fundadores de museos, como el marqués de la Vega-Inclán; artistas como Ricardo Madrazo, emparentado con una saga que incluye algún director del Museo del Prado, responsables de monumentos como José Gestoso o asiduos conocedores de la élite social y diplomática, como el celebérrimo Arthur Byne, que logró llevar a EE.UU. claustros y monasterios desmontados por piezas. Todos ellos le avisaban y, en ocasiones también, ejercían de marchantes a comisión.
 Tras la Desamortización y el 98 con una crisis económica galopante, los potentados americanos tenían decenas de ojos y oídos en España y dinero para inundar el mercado. Las autoridades no acertaron a evitar la diáspora de lo mejor del arte español, que hoy se encuentra en museos y colecciones de todo el mundo.
Era el momento de contar esta historia 
 En palabras de Jonathan Brown, «incomprensiblemente, los historiadores del arte españoles han evitado hasta ahora contar la historia del “expolio de Hispania”, un cuento triste que combinó fatalmente la avaricia y la ignorancia. Pero el tiempo de reconstruir estos lúgubres eventos sin desmentido posible ha llegado. Permiten comprender la mentalidad de las clases altas y de los guardianes del patrimonio artístico». «La profesora Socías -añade- ha jugado un papel de gran relieve, su libro sobre Huntington es definitivo, fundado en una investigación exhaustiva del nutrido archivo de la Hispanic Society, que ha sido embajador permanente de la alta cultura española en EE.UU».
 Siempre se ha dicho que Huntington no compraba obras de arte en España «porque estoy en contra de importunar a dichas aves del paraíso posadas en sus alcándaras», confiesa en carta a su madre. Pero lo cierto es que buena parte de su colección fue cosechada por sus agentes, decenas de ellos. Según desvela el trabajo de Inmaculada Socias, su red se extendía por otros países, e incluía marchantes profesionales, pero en España actuó de manera continua.
Los principios de Arthur Byne 
 La frontera entre el marchante y el historiador, entre el agente y el anticuario es difícil de definir en aquella España. Por ello, la meritoria labor de mecenazgo de Huntington debe quedar también indisolublemente asociada a su actividad comercial. A menudo costeaba a sus agentes viajes para realizar publicaciones culturales que servían además como trabajo de campo para detectar piezas valiosas.
 Viajar con una carta de presentación de la Hispanic Society abría muchas puertas, y de hecho Arthur Byne comenzó así sus andanzas en España. Autor directo del expolio de los monasterios de Sacramenia y Óvila, estos dos casos para Byne fueron minucias (según el profesor José Manuel Merino de Cáceres, que acaba de publicar junto a Mª José Martínez Ruiz una extensa monografía sobre el personaje «W.R.Hearst: el gran acaparador» en Cátedra), comparados con el cúmulo incontable de arte expoliado sin el menor escrúpulo, empezando por 80 artesonados, innumerables pinturas y miles de piezas.
Enamorado de España 
 Lo cierto es que Byne acabaría siendo el factótum de Hearst en España, operando sin dejar rastro desde su palacete madrileño de don Ramón de la Cruz, 5. Se codeó con lo mejor de nuestra sociedad y no hay más que leer la necrológica que publicó Blanco y Negro (18-08-1935, pág. 135; hemeroteca.abc.es) para entender la consideración que, como hispanista condecorado, se le tenía.
 Desgraciadamente, la ley en España fue siempre por detrás de esta realidad y nunca paró la sangría. Hasta 1911 se permitía el comercio internacional con las obras de arte españolas y, cuando se regula la legislación protectora del patrimonio, al llegar la República, el claustro de Sacramenia, desmontado y empaquetado, ya está rumbo a EE.UU.
Un Greco de Aranjuez 
 Precisamente, la destructiva actividad de Byne en España es uno de los principales motivos por los que Huntington rompió con él, y hay que decirlo en su honor. Pero hay otro caso revelador, que tiene por protagonista a Francis Lathrop, otro de sus artistas/ agentes. En una carta a Huntington acuerdan un código para hablar de un Greco de Aranjuez que perteneció a la Infanta Cristina, pero que sus herederos se disponían a vender en 1901. Acuerdan por carta que la palabra «Hold» significará compra. «Rye Express», el Greco. Mayo son 25.000 dólares, junio 30.000, julio 35.000 y agosto 40.000. Al concretar la compra, emitirían un telegrama «Hold Rye Express for July», que significaba «comprar el Greco de los Borbón por 35.000 dólares».
Josep Pijoan, el autor de «Summa artis», fue estrecho colaborador de Huntington, y agente suyo sobre todo en París y Londres, adonde llegaban también innumerables piezas del patrimonio español. Le recomendó comprar piezas que sabía que completarían la colección de su mecenas. Pocos meses antes de la guerra civil, desde España, Pijoan escribe a Huntington tras un encuentro con un anticuario que le ofrece textiles y bronces.
Ricardo y Raimundo Madrazo 
Raimundo y Ricardo de Madrazo ofrecieron a Huntington dibujos de Goya, algún manuscrito de Lope de Vega y lienzos de Mazo, siempre tratando de hacerlo entre bambalinas, fuera del mercado «oficial». En Castilla y Andalucía, el coleccionista recibía piezas desde fíbulas de oro a azulejos moriscos, incluso una oferta por el patio del Castillo de Vélez Blanco, por prestigiosos funcionarios y académicos correspondientes. Incluso de nobles en situación precaria.
 Hubo un anticuario, Raimundo Ruiz, que acabó organizando almonedas en Nueva York adonde hacía llegar obras del patrimonio, saltándose toda ley. Las autoridades ordenaron detener en 1926 un barco en Burdeos, el «Chicago». Ruiz había solicitado permiso para exportar 613 de objetos artísticos, pero se las había ingeniado para cruzar la frontera y realizar el envío, con ayuda de anticuarios franceses y americanos. Más de 4.500 objetos incluyendo un Greco, 12 pinturas, una sillería de coro, varias esculturas…
 Socias opina que la falta de conciencia de la clase dirigente y la presión compradora de grandes coleccionistas se unió a la mala situación económica. Su investigación aporta «aspectos absolutamente desconocidos por la sociedad y que han permanecido en la penumbra y entre densas nieblas». Y opina que el mercado del arte tiene aún la misma iluminación.
Quién fue quién

 Marqués de la Vega-Inclán
 (1858-1942).Fundador del Museo Romántico, creador de las Casas del Greco y Cervantes, político con responsabilidades en la dictadura de Primo de Rivera, patrono del Prado, su biografía en favor de las artes deberá incluir gracias a esta investigación sus actividades en la compraventa de obras de arte de los grandes pintores de la escuela española.
 Ricardode Madrazo
 (1851-1917). Trabajó para los Havemeyer y Huntington. Destacado miembro de la saga de pintores, él y su hermano Raimundo ofrecieron a la Hispanic obras de la colección de la viuda de Fortuny, incluyendo Goyas, Mazo, y piezas de los duques de Lerma y los marqueses de Narros, como algún Velázquez. Sus ventas eran «ajenas» al mercado.
 José Pijoan
 (1881-1963) Prestigioso historiador del arte, fundador del Institut d’Estudis Catalans y militante del noucentisme, autor de «Summa Artis» y profesor en Canadá y EE.UU. Fue asesor de Huntington y también le recomendó la compra de numerosas obras de arte español. Recolectó piezas para el Museo de Cataluña y catalogó fondos de la Hispanic Society.
 Arthur Byne
 (1884-1935).El mayor expoliador que vio nuestro país, trabajó para Hearst, y colaboró con Huntington. Monasterios, portadas de iglesias, castillos, artesonados (80), miles de pinturas, esculturas y piezas arqueológicas... nada se le resistió. Pingües beneficios para alguien a quien España condecoró como hispanista.

As fue posible el expolio de Espaa - abcdesevilla.es


jueves, 11 de agosto de 2016

Expolios (Juan Manuel de Prada)


Expolios 

Juan Manuel de Prada 



En 1793, Moratín visitaba la Real Academia de las Artes de Londres y afirmaba que solo había 856 cuadros, de los que 331 eran retratos. «Los otros añadía son vistas, ruinas y paisajes. Hay una gran escasez de cuadros de gran composición y estudio, exceptuando media docena de obras ejecutadas por buenos pintores. Lo demás es fundamentalmente mezquino y pueril, propio para adornos de gabinete o cajas de tabaco». Si Moratín hubiese visitado unas décadas más tarde los museos londinenses se habría tropezado con multitud de obras maestras españolas (que, ciertamente, dejan el insignificante arte británico a la altura del betún), que todavía siguen luciendo en sus paredes. Y lo mismo ocurre en museos franceses o americanos, así como en multitud de colecciones privadas logradas mediante la rapiña y el comercio ilícito.

 En su obra Pintura española fuera de España, Juan Antonio Gaya Nuño llega a computar hasta tres mil ciento cincuenta tablas y lienzos de todas las épocas que nos han sido arrebatados; pero tal catastro es tan solo la punta del iceberg de un desastre sin paliativos que incluye también obras escultóricas y hasta arquitectónicas, arrambladas por saqueadores que se pasearon por los pueblos de España perpetrando los latrocinios más sangrantes, a veces con beneplácito gubernativo. Tampoco se detiene Gaya Nuño a considerar la multitud de obras que no se hallan en España, pero tampoco fuera de España: obras de arte destruidas por iconoclastas de diverso pelaje, abandonadas a la incuria, despedazadas por la vesania de los hombres. Podría elaborarse sin dificultad una historia de España, durante los siglos XIX y XX, que fuese un relato de los latrocinios artísticos padecidos por nuestra nación. Tal historia podría iniciarse con la ocupación napoleónica de 1808, que permitió a los gabachos repetir en nuestro suelo los episodios de violencia en las personas y en las cosas que caracterizaron la Revolución Francesa. Tal vez la gente tenga una vaga noción de los destrozos y rapiñas perpetrados por la soldadesca, pero ignore que los gerifaltes napoleónicos estaban poseídos por la misma enfermedad: desde el cuñadísimo Murat, que saqueó el palacio de Aranjuez, al hermanísimo Pepe Botella, que huyó de España con centenares de carruajes cargados con obras de arte procedentes del Palacio Real de Madrid (interceptadas luego, por cierto, por Wellington). Y después de los estragos causados por la francesada, vendrían las infaustas desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, que auspiciarían (¡bajo manto legal, como buenos liberales que eran!) un proceso de devastación, disgregación, venta y extravío de nuestro arte religioso sin precedentes... para enriquecimiento de terratenientes, oligarcas y caciques.

Durante el siglo XX prosiguió el expolio, que alcanzaría cúspides de aberración y furor iconoclasta durante la Guerra Civil. Pero, aunque ningún episodio expoliador revistiese la gravedad de los acaecidos durante aquellos años de sangre, las destrucciones de nuestro patrimonio no se detuvieron ahí. Antes y después de la guerra, coleccionistas y anticuarios, a veces extranjeros como el desaprensivo Arthur Byrne, que llegó a desmontar, piedra a piedra, el claustro del monasterio de Santa María de Sacramenia, para solaz del megalómano magnate William Randolph Hearst y a veces autóctonos, como el catalán Federico Marés (¡cuyos incontables saqueos se reúnen tan ricamente en un museo que lleva su nombre en Barcelona!), siguieron expoliando sin remilgos. Y aún el patrimonio español habría de enfrentarse a otra plaga, asociada a la reforma litúrgica, que propició que cientos de iglesias fuesen despojadas de sus altares, sillerías, sagrarios, retablos, púlpitos e imágenes, en un desquiciado deseo de 'adecuar' el arte sacro a las tendencias pachangueras y casposas que se imponían en los primaverales años sesenta.

 Los siglos XIX y XX en España constituyen, en efecto, un inacabable rosario de rapiñas y expolios artísticos. Pero, si no nos conformáramos con elaborar un catastro de saqueos y aspirásemos a hacer filosofía de la Historia, descubriríamos que todos estos episodios de latrocinio e iconoclasia obedecen (pese a disfrazarse a veces de codicia, a veces de coartadas ideológicas, a veces incluso de excusas filantrópicas o de aggiornamento estético) a un impulso común. Y ese impulso común no es otro sino el odio religioso, un sentimiento que enardece por igual a los pueblos convertidos en chusma y a sus élites más refinadamente sibilinas, y que encuentra una de sus expresiones más características en la aversión rampante y frenética a la Belleza.

martes, 18 de marzo de 2014

EXPOLIOS

En 1793, Moratín visitaba la Real Academia de las Artes de Londres y afirmaba que solo había 856 cuadros, de los que 331 eran retratos. «Los otros añadía son vistas, ruinas y paisajes. Hay una gran escasez de cuadros de gran composición y estudio, exceptuando media docena de obras ejecutadas por buenos pintores. Lo demás es fundamentalmente mezquino y pueril, propio para adornos de gabinete o cajas de tabaco». Si Moratín hubiese visitado unas décadas más tarde los museos londinenses se habría tropezado con multitud de obras maestras españolas (que, ciertamente, dejan el insignificante arte británico a la altura del betún), que todavía siguen luciendo en sus paredes. Y lo mismo ocurre en museos franceses o americanos, así como en multitud de colecciones privadas logradas mediante la rapiña y el comercio ilícito.
En su obra Pintura española fuera de España, Juan Antonio Gaya Nuño llega a computar hasta tres mil ciento cincuenta tablas y lienzos de todas las épocas que nos han sido arrebatados; pero tal catastro es tan solo la punta del iceberg de un desastre sin paliativos que incluye también obras escultóricas y hasta arquitectónicas, arrambladas por saqueadores que se pasearon por los pueblos de España perpetrando los latrocinios más sangrantes, a veces con beneplácito gubernativo. Tampoco se detiene Gaya Nuño a considerar la multitud de obras que no se hallan en España, pero tampoco fuera de España: obras de arte destruidas por iconoclastas de diverso pelaje, abandonadas a la incuria, despedazadas por la vesania de los hombres. Podría elaborarse sin dificultad una historia de España, durante los siglos XIX y XX, que fuese un relato de los latrocinios artísticos padecidos por nuestra nación. Tal historia podría iniciarse con la ocupación napoleónica de 1808, que permitió a los gabachos repetir en nuestro suelo los episodios de violencia en las personas y en las cosas que caracterizaron la Revolución Francesa. Tal vez la gente tenga una vaga noción de los destrozos y rapiñas perpetrados por la soldadesca, pero ignore que los gerifaltes napoleónicos estaban poseídos por la misma enfermedad: desde el cuñadísimo Murat, que saqueó el palacio de Aranjuez, al hermanísimo Pepe Botella, que huyó de España con centenares de carruajes cargados con obras de arte procedentes del Palacio Real de Madrid (interceptadas luego, por cierto, por Wellington). Y después de los estragos causados por la francesada, vendrían las infaustas desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, que auspiciarían (¡bajo manto legal, como buenos liberales que eran!) un proceso de devastación, disgregación, venta y extravío de nuestro arte religioso sin precedentes... para enriquecimiento de terratenientes, oligarcas y caciques.
Durante el siglo XX prosiguió el expolio, que alcanzaría cúspides de aberración y furor iconoclasta durante la Guerra Civil. Pero, aunque ningún episodio expoliador revistiese la gravedad de los acaecidos durante aquellos años de sangre, las destrucciones de nuestro patrimonio no se detuvieron ahí. Antes y después de la guerra, coleccionistas y anticuarios, a veces extranjeros como el desaprensivo Arthur Byrne, que llegó a desmontar, piedra a piedra, el claustro del monasterio de Santa María de Sacramenia, para solaz del megalómano magnate William Randolph Hearst y a veces autóctonos, como el catalán Federico Marés (¡cuyos incontables saqueos se reúnen tan ricamente en un museo que lleva su nombre en Barcelona!), siguieron expoliando sin remilgos. Y aún el patrimonio español habría de enfrentarse a otra plaga, asociada a la reforma litúrgica, que propició que cientos de iglesias fuesen despojadas de sus altares, sillerías, sagrarios, retablos, púlpitos e imágenes, en un desquiciado deseo de 'adecuar' el arte sacro a las tendencias pachangueras y casposas que se imponían en los primaverales años sesenta.
Los siglos XIX y XX en España constituyen, en efecto, un inacabable rosario de rapiñas y expolios artísticos. Pero, si no nos conformáramos con elaborar un catastro de saqueos y aspirásemos a hacer filosofía de la Historia, descubriríamos que todos estos episodios de latrocinio e iconoclasia obedecen (pese a disfrazarse a veces de codicia, a veces de coartadas ideológicas, a veces incluso de excusas filantrópicas o de aggiornamento estético) a un impulso común. Y ese impulso común no es otro sino el odio religioso, un sentimiento que enardece por igual a los pueblos convertidos en chusma y a sus élites más refinadamente sibilinas, y que encuentra una de sus expresiones más características en la aversión rampante y frenética a la Belleza.


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