•La Hispanidad explicada por el
filósofo Miguel Ayuso:
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viernes, 14 de octubre de 2016
martes, 9 de agosto de 2016
EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN
EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN
paul_delaroche
El romanticismo es una reacción al racionalismo ilustrado, y
a los principios y práctica de la Revolución francesa. Reacción consistente en
la exaltación de las particularidades propias y del pasado vivido,
especialmente del pasado medieval, resaltando las libertades que los pueblos de
aquellas épocas disfrutaban. Como tal, la reacción es positiva.
Los pueblos no aguantaban más las frías construcciones
racionalistas ajenas a su alma y al calor de sus tradiciones. Porque más allá
de una mera sociedad organizada para fines racionales al modo contractual de
Rousseau, o de la concepción mecanicista del Estado, o del despotismo
ilustrado, más allá de eso el pueblo es una comunidad.
Como reacción al
individualismo burgués, al centralismo uniformador y al naciente capitalismo,
el romanticismo tiene muchos lugares comunes con el Tradicionalismo.
El problema surge
cuando esa exaltación se hace desde una perspectiva meramente “natural”, y
termina en naturalismo puro. No digamos cuando esa mirada al pasado es
totalmente pagana. El movimiento romántico degenera vía naturalismo, por tanto,
en el nacionalismo; y esto es grave porque este naciente nacionalismo arraiga
en zonas tradicionalmente tradicionalistas y de fuerte resistencia a la
modernidad. El nacionalismo será una forma de atemperar su tradicionalismo y a
la larga de diluirlo totalmente: el caso catalán o vascongado es paradigmático.
Este nacionalismo romántico tenderá a idealizar el pasado a
base de “mitos” y por tanto se alejará de la verdadera Tradición siempre
arraigada en la auténtica historia. El nacionalismo es una “idolatría política”
que invierte la correcta jerarquía de principios. La exaltación de la “nación”,
conduce a la larga, se quiera o no, a la relegación de la religión como fundamento
esencial y unificador. Destruyendo así el principio vital que vivificaba las
tradiciones, libertades y instituciones de los pueblos. Incluso los
“nacionalismos católicos” primarán el interés nacional y la religión tanto en
cuanto sirva a la “nación”. Primará la “nación” sobre la “tradición”.
En los aludidos casos
catalán y vascongado la descristianización de sus respectivos ámbitos ha tenido
lugar con ocasión de los gobiernos nacionalistas, habiendo estado esos partidos
nacionalistas, de inspiración o de antigua confesionalidad católica, a la
vanguardia de políticas anticristianas. Ejemplo muy reciente es el apoyo del
PNV al aumento del genocidio legal del aborto con la nueva y sanguinaria ley
propuesta por el PSOE.
El Dios, Patria,
Fueros y Rey es la correcta relación de principios; su alteración es un
principio revolucionario y disolvente.
En el caso de la
América hispánica esos nacionalismos católicos, pese a ser más consecuentes con
su confesionalidad, han bebido de “mitos” y “símbolos” revolucionarios. Es
curioso como en muchos casos exaltan a los “padres de la patria” de sus
“naciones”, siendo estos masones y liberales. Aceptan sus símbolos, siendo
estos igualmente liberales y masónicos en su origen; aceptan todo el proceso de
sus “independencias”, proceso igualmente revolucionario. Y al mismo tiempo ese
nacionalismo les sirve para oponerse a los católicos de otros pueblos hermanos,
impidiendo el proceso de una verdadera restauración que debería conllevar a la
formación de una Comunidad de pueblos hispánicos.
El error romántico de base es el “naturalismo” y el
“sentimentalismo” que lleva parejo; exaltar lo puramente natural, lo que
degenerará en la creación de “idolatrías políticas”: la orografía, las
peculiaridades folclóricas, culturales o lingüísticas, la “raza”, etc. Siempre
en detrimento de la Tradición como ejecutoria histórica y real, y del principio
espiritual sobrenatural que la alimenta y da coherencia.
En este sentido hay
romanticismos de derechas de tipo conservador (que no escapan de ese
naturalismo) y los hay de tipo más liberal (y tono revolucionario). Pero en los
dos casos la raíz anti-tradicional es idéntica. Aun así entre los románticos
habrá quien termine en una verdadera conversión al catolicismo y en una defensa
de la verdadera Tradición y buscando, por tanto, la restauración. Pero lo más
normal es que el romanticismo que en un principio nace con un tono conservador,
degenere pronto en liberalismo, y en muchos casos derive en puro pre-fascismo y
posteriormente en progresismo disolvente (contradiciendo totalmente sus propios
orígenes). Todo ello mediante la exaltación de “mitos” y de elementos puramente
naturales por la asunción del principio de inmanencia propio de la filosofía
moderna de la que no se escapan.
El sentimentalismo romántico ha operado como vehículo de
trasvase de los pueblos tradicionales hacia el liberalismo vía un vaciamiento
del alma de los pueblos, mediante el idealismo romántico. La defensa de la
religión y de las libertades tradicionales, se debe hacer siempre desde una
perspectiva sobrenatural y trascendente que es la que las vivificaba y
unificaba, arrancado ese principio el pasado pierde significación y la
restauración se hace imposible. Sólo la Religión es el centro de una comunidad
y antídoto al individualismo disolvente.
Tengamos mucho cuidado en la no generación de
“Tradicionalismos románticos”. La Fe católica asimilada y vivida debe ser
siempre la norma de nuestro actuar personal y político.
EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN |
Ecce Christianus
lunes, 22 de febrero de 2016
10 PRINCIPIOS ESENCIALES DEL DESPERTAR
10 PRINCIPIOS ESENCIALES DEL DESPERTAR
- NO HAY NINGÚN DESTINO, SÓLO EL MOMENTO PRESENTE
Solo hay ESTO; la presente escena de la película de tu vida. Sal de la historia épica del tiempo y el espacio, del pasado y el futuro, de la culpa y la anticipación, y de la búsqueda de los diferentes estados y experiencias; relaja el foco habitual que has puesto en “lo que se ha ido”, en “lo que aún no llega”, cosas que no puedes controlar desde donde estás. Sal de la historia de “Mi Vida” y date la oportunidad de sentirte fascinado por lo que está vivo, aquí, en este momento. Siéntete curioso por esta emocionante danza de pensamientos, sensaciones, sentimientos e impulsos que están ocurriendo justo en donde estás. Recuerda, el Ahora es el único lugar desde donde las verdaderas respuestas pueden surgir. El momento presente es tu verdadero hogar, anterior al tiempo y al espacio.
- EL PENSAR GENERA SUFRIMIENTO
El dolor no es el problema, el problema es lo que pensamos acerca del dolor; nuestra resistencia a la incomodidad, nuestro intento de escapar. El verdadero problema empieza cuando comenzamos a rumiar nuestro dolor, nuestra tristeza, nuestros miedos, nuestra ira; cuando nos inquietamos con nuestras molestias, ¡retrasando y adelantando la película! Cuando le damos vueltas en la cabeza a las tristezas de ayer y mañana, en lugar de explorar y experimentar directamente los momentos difíciles de hoy conforme van apareciendo. Añadimos una capa innecesaria de pensamiento y resistencia a la vida, y esto genera sufrimiento. ¿La invitación? Sal del pasado y el futuro, de la búsqueda y la lucha, y reúnete con la vida en el crudo e inmediato ahora, sin juicios y sin esperar que la “paz”, la “relajación”, la “iluminación” o cualquier tipo de cambio llegue. Únete al momento bajo sus propios términos; velo como un regalo. Déjate tocar por lo agradable y lo desagradable, por lo placentero y lo doloroso, sin una agenda.
- NI LOS PENSAMIENTOS NI LAS SENSACIONES SON PERSONALES
Ve los pensamientos y sensaciones como eventos neutrales e impersonales que surgen en la consciencia. Al igual que los sonidos que escuchamos, los pensamientos y sensaciones físicas surgen y desaparecen en forma espontánea, como olas en el océano que Eres. De nada de eso te puedes escapar, tampoco puedes controlarlo o eliminarlo. Esa misma actitud amorosa que tienes para con los sonidos, cultívala para con los pensamientos y sensaciones. Recíbelos con la misma actitud de amabilidad y curiosidad. Velos como si fueran tus propios invitados a tu presencia.
- TÚ ERES EL ESPACIO QUE ACOGE A LOS PENSAMIENTOS
Los pensamientos no son tú, y no son la realidad; son solo sugerencias, posibilidades, rumores, propaganda, juicios, voces, imágenes, recuerdos o proyecciones futuras, nubes en el vasto cielo que Eres. No intentes aquietarlos, silenciarlos o detenerlos, no trates de deshacerte de ellos, ni eliminarlos o controlarlos. Sé el espacio para ellos, ¡incluso si están demasiado activos en este momento! Recuerda, si notas los pensamientos, si te haces plenamente consciente de su movimiento, no te verás atrapado en ellos. Ellos no te definen. Tú eres el imperturbable contenedor, no el contenido. Sé lo que eres, el inmutable abrazo para cada pensamiento.
- RESPIRA EN EL MALESTAR Y EL DOLOR
Respira en el corazón de las sensaciones de malestar; dales dignidad. Hónralas, en lugar de cerrarte a ellas y matarlas de hambre y frío. En una inhalación imagina o siente tu aliento moviéndose a través de las partes involucradas e imbúyelas con vida y amor. Llena esa región que se siente incómoda en tu cuerpo con oxígeno, amor y dignidad. No trates de “curar” las sensaciones. Ellas solo quieren ser tomadas en cuenta, ser honradas, y ser incluidas en la presente escena. Asume que incluso el malestar contiene inteligencia; que no está en tu contra.
- LA ACEPTACIÓN NO ES UN “HACER”, LA ACEPTACIÓN YA ES
La aceptación no significa que algo desagradable vaya a desaparecer. Eso podría quedarse un rato. No intentes aceptarlo (porque eso normalmente es resistencia disfrazada), más bien reconoce que eso YA ha sido aceptado, aquí. Trátalo como algo que tal vez estaría aquí por siempre. Eso elimina la presión del tiempo (tratando de que se vaya, preguntándote por qué “sigue ahí”). Eso ESTÁ aquí, ahora. Haz una reverencia ante ESTA realidad. Sé curioso. Y permite que cualquier urgencia, cualquier sentimiento de frustración, aburrimiento, decepción e incluso desesperación aparezca y sea incluida. Todo ello es parte de la presente escena, no un obstáculo. ¡Incluso la sensación de que hay algún obstáculo es parte de la escena!
- NO EXISTE EL “SIEMPRE”, NO EXISTE EL “NUNCA”
En realidad no existe el “siempre” ni el “nunca”. Hazte plenamente consciente de esas palabras; son mentiras, y pueden crear un sentido de urgencia e impotencia; alimentan la historia de la búsqueda y la escasez. No hay un “resto de mi vida”, ningún “por años”, ningún “todo el día”. Solo hay el Ahora, tu único lugar de poder. A veces incluso pensar acerca de mañana resulta demasiado. Sé aquí.
- SOLO PUEDES LLEGAR “ALLÁ” A TRAVÉS DE SER “AQUÍ”
Muchas veces nos enfocamos tanto en la meta, en el destino, que olvidamos el viaje, nos desconectamos de cada precioso paso y generamos estrés. Confía en que el simple hecho de estar presente te llevará hacia donde tienes que estar. Retira tu atención de los 10.000 pasos que han de venir, de los 10.000 pasos que aún no das, y recuerda el paso de este momento, el antiguo y vivo suelo. A menudo no sabemos hacia dónde nos dirigimos, y eso está bien. Haz amistad con la incertidumbre, con la duda; aprende a amar este lugar sagrado sin respuestas. Está vivo y es creativo y está lleno de potencial.
- ABRAZA TUS TROPIEZOS
Si te das cuenta que te has perdido en una historia, que te has desconectado, celébralo. Simplemente te has despertado de un sueño. Una gran inteligencia está viva en ti, un poder que te permite darte cuenta y conectarte. Has salido de millones de años de condicionamiento. No te castigues por haber olvidado, mejor celebra tu capacidad de recordar. ¡A este momento no le interesa si te olvidaste de él! Olvidar es una parte perfecta de la película. ¡Permítete olvidar, a veces! Deja que el camino te haga más humilde, en lugar de tratar de ser “perfecto”. La duda, la decepción y la desilusión serán tus constantes compañeros a lo largo de este camino sin camino. No hay ningún destino en la Presencia, no hay ninguna imagen de “éxito” que tenga que defenderse. No puedes equivocarte, cuando no hay ninguna imagen de lo que es “correcto”.
- NUNCA TE COMPARES
Eres único; tu viaje es absolutamente original. Todos podemos ser expresiones del mismo océano de la consciencia, pero al mismo tiempo, todos somos una expresión única de ese mismo océano, ¡olas absolutamente únicas! ¡Nunca te compares con nadie! Cuando comienzas a compararte devalúas tus únicos e irremplazables dones, talentos y verdades, y te desconectas de tu tan singular experiencia presente. No compares este momento con ninguna imagen de cómo pudo o debió haber sido. La sanación se hace posible cuando dices SÍ al sitio en donde te encuentras ahora, incluso si no es en el que habías soñado estar “ahora”. Confía, y confía a veces en que no puedes confiar. Tal vez, aquí, puedas confiar en tu falta de capacidad para confiar, e incluso la sensación de que no puedes soportar este momento, esté siendo ya aceptada…
Jeff Foster
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Política e "ilusionismo" ¿ La suerte está echada? Por Manuel Plana
Política e "ilusionismo" ¿ La suerte está echada?
Por Manuel Plana
http://mundo-tradicional.blogspot.com.es/2011/05/politica-e-ilusionismo-la-suerte-esta.html#more
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REVISTA MUNDO TRADICIONAL
Por Manuel Plana
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REVISTA MUNDO TRADICIONAL
jueves, 10 de septiembre de 2015
RELATOS TAOISTAS La continuidad Lie Tzu
RELATOS TAOÍSTAS
La continuidad |
Lie Tzu
|
| El «continuo» (la continuidad) es la ley más general del mundo, se distingue de la cohesión, del contacto. Si tomamos un cabello y le suspendemos un peso, se produce la ruptura. El cabello se rompe, no la continuidad. La continuidad no puede cortarse. Quizás alguno no nos crea. A ellos les probaré con ejemplos, que la continuidad es independiente del contacto. Cian-ho, pescaba con un sedal hecho de un solo hilo de seda natural; una aguja curvada le servía de anzuelo, una ramita de junco era su caña y medio grano de trigo el cebo. Con este rudimentario equipo sacaba de un profundo lago, peces enormes sin que se le rompiese el sedal, sin que se le enderezase el anzuelo y sin que se le doblase el junco. El rey de C’iú se enteró y le pidió una explicación. Cian-ho le respondió: «En un tiempo, el célebre arquero P’u-z’ié-ze, con un arco muy débil y una flecha hecha de un simple alambre de hierro, alcanzaba a las grullas grises en las nubes gracias a su concentración mental que establecía la continuidad entre su mano y el blanco. Yo, por cinco años me entrené para obtener el mismo resultado en la pesca con sedal. Cuando arrojo el anzuelo, mi mente, completamente vacía de cualquier otro pensamiento, va derecho hacia el pez a través de mi mano y de mi aparejo; se establece así la continuidad, y el pez es capturado sin sospechar nada y sin oponer resistencia. Si tu, mi rey, aplicases el mismo procedimiento al gobierno de vuestros súbditos, obtendrías el mismo resultado». «Gracias» dijo el rey... Es así, como la voluntad realiza la continuidad entre la mente y su objeto♦ |
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Juan Manuel de Prada sobre el significado de la tradición
Juan Manuel de Prada, sobre el significado de la tradición
Madrid, abril 2015. A fines del pasado mes de marzo se puso a la venta el nuevo libro del consagrado escritor Juan Manuel de Prada, Dinero, demogresca y otros podemonios (Ediciones Temas de Hoy, 2015). Mientras continúa el éxito de su novela Morir bajo tu cielo (Espasa, 2014), en su nuevo libro, como dice su contraportada, el autor «arremete contra los nuevos tiranos que proclaman la ruptura con la tradición como liberación para el ser humano, convirtiendo a los pueblos en masas invertebradas y fácilmente manipulables. Amputados de sus raíces espirituales y entretenidos en goces plebeyos y egoístas, los pueblos se entregan a una demogresca destructiva que la partitocracia favorece para hacer más fuere su alianza con el poder plutocrático».
Por esta vez FARO no va a extenderse en su reseña. Vamos a optar, en cambio, por reproducir el prólogo de la obra, en que Juan Manuel de Prada nos deja las cosas bien claras:
http://carlismo.es/agenciafaro
Madrid, abril 2015. A fines del pasado mes de marzo se puso a la venta el nuevo libro del consagrado escritor Juan Manuel de Prada, Dinero, demogresca y otros podemonios (Ediciones Temas de Hoy, 2015). Mientras continúa el éxito de su novela Morir bajo tu cielo (Espasa, 2014), en su nuevo libro, como dice su contraportada, el autor «arremete contra los nuevos tiranos que proclaman la ruptura con la tradición como liberación para el ser humano, convirtiendo a los pueblos en masas invertebradas y fácilmente manipulables. Amputados de sus raíces espirituales y entretenidos en goces plebeyos y egoístas, los pueblos se entregan a una demogresca destructiva que la partitocracia favorece para hacer más fuere su alianza con el poder plutocrático».
Por esta vez FARO no va a extenderse en su reseña. Vamos a optar, en cambio, por reproducir el prólogo de la obra, en que Juan Manuel de Prada nos deja las cosas bien claras:
Los romanos completaban la compraventa de una casa mediante el acto de la traditio, por el cual el vendedor entregaba al comprador la llave que le franqueaba la entrada a su nueva propiedad. Y a esa entrega de una llave de unas generaciones a otras —una llave que, encajada en la cerradura del mundo, nos revela su misterio—, es a lo que llamamos tradición. Todos los tiranos que en el mundo han sido, para imponer sus designios, han tratado de destruir los lazos de la tradición, pues saben que las personas desvinculadas se convierten en carne de ingeniería social; de ahí que siempre hayan combatido los vínculos vivos que mantienen a los hombres unidos en su origen y orientados hacia su fin, empezando por los lazos familiares, siguiendo por los políticos y terminando por los religiosos.
Nuestra época ha logrado disminuir las causas del hambre, de la enfermedad y el dolor físico; pero hay otro tipo de dolor, el más propio y exclusivo del hombre, que nace de la soledad espiritual, de la desesperación, de la falta de sentido de la propia existencia, que no sólo no se ha reducido, sino que se ha incrementado de forma alarmante. Y este dolor nace de la falta de lazos, de esa conciencia de desarraigo que vacía la vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. La tradición alberga al hombre en el tiempo, como su casa lo alberga en el espacio, y le otorga su bien más preciado: un sentido hondo de pertenencia que le permite no extraviar su vida en la incoherencia y el hastío, la incertidumbre y la dispersión.
Los nuevos tiranos nos venden la ruptura con la tradición como una suerte de liberación mesiánica. Absolutizando el presente, los hombres llegan a creerse dioses; y olvidan que las ideas nuevas que les rondan la cabeza (que, por supuesto, son ideas inducidas por el tirano de turno, que ha modelado a placer sus conciencias) son repetición de los viejos errores de antaño, esos errores que sólo a la luz de la tradición se delatan. Porque la tradición nos conecta con un depósito de sabiduría acumulada que sirve para explicar el mundo, que ofrece soluciones a los problemas en apariencia irresolubles que el mundo nos propone; problemas que otros confrontaron y dilucidaron antes que nosotros. Y cuando los vínculos con ese depósito de sabiduría acumulada son destruidos, cualquier intento de comprender el mundo se hace añicos.
Es verdad que los hombres han deseado siempre cambiar: pero los hombres con tradición desean ese cambio para acercarse a aquello que no cambia; los que carecen de tradición, en cambio, quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia, y no hacen sino perecer en su torbellino. Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, imaginaba una sociedad futura en la que una multitud innumerable de personas sin vínculos, que viven «como extraño el destino de los demás» llenaba su alma «con placeres ruines y vulgares»; y calculaba que sobre esa sociedad de hombres sin tradición no tardaría en emerger un «poder inmenso y tutelar», de apariencia benigna, incluso paternal, que se preocuparía de «asegurar los goces» de esa multitud, porque asegurándoselos se aseguraría también su dependencia, una idiotizada sumisión que los fijase irrevocablemente en la infancia. Y así —proseguía Tocqueville—, facilitando sus placeres plebeyos, consiguiendo que la multitud esté entretenida y gozosa, ese tirano podrá tomar entre sus manos a cada individuo y modelarlo a su antojo, mediante «un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes» que no destruyen su voluntad al modo violento de los tiranos antañones, sino que la ablandan, la someten y dirigen, la debilitan y reducen a voluntad gregaria, que luego el tirano puede pastorear a su antojo. Aquella estremecedora visión profética de Tocqueville se ha hecho realidad en nuestro tiempo, que bajo máscara democrática ha logrado la más pavorosa amalgama de poder, haciendo de los pueblos masa de hombres desvinculados, cretinizados con la golosina de la libertad que el tirano les brinda (por supuesto, siempre libertad negativa, libertad que se alza como una empalizada contra la comunidad de los hombres, para facilitar su aislamiento), enfangados en sus pasatiempos abyectos, orgullosos de poder afirmar su derecho a la vulgaridad, encantados de retozar en la cochiquera de las redes sociales, que ya son la única vivienda donde pueden alojar su vida desalmada.
Convertirse en aquel rebaño de pesadilla prefigurado por Tocqueville es el destino natural de los pueblos sin tradición. Pero no pensemos que ese «poder inmenso y tutelar» se conforma con convertir a los pueblos en multitud de gentes colectáneas y animalizadas; su benevolencia taimada es la misma que la del Gran Inquisidor de Dostoievski, que mantiene a sus siervos en un estado de felicidad infantil a cambio de ordeñarlos a conciencia, como hacen las hormigas con los pulgones. El destino inevitable de los pueblos que se dejan arrebatar sus bienes espirituales es el expolio indiscriminado de sus bienes materiales: una vez que el tirano consigue convertir a los seres humanos en mónadas narcisistas que reniegan de los compromisos fuertes, para entregarse a sus apetitos y caprichos, resulta mucho más sencillo someterlos a exacciones y arrebatarles el futuro, en el que ya han dejado de creer. La corrupción endémica que galopa a lomos de la partitocracia, como los abusos del capitalismo financiero, no serían concebibles si previamente no se hubiese convertido a los pueblos en un hervidero de pulgones a los que se halaga con conexión wifi y derechos de bragueta, para que se crean libres y soberanos y puedan soltar exabruptos en Twitter, mientras se les deshumaniza y ordeña a conciencia, una vez agrupados en los negociados de izquierdas y derechas, que son los rediles que el tirano ha dispuesto para que su cautiverio resulte menos oprobioso (pues así, mientras los ordeña, los pulgones pueden entretenerse en la demogresca, increpando a los pulgones del redil contiguo).
Desgraciadamente, los pueblos sin tradición ni siquiera pueden rebelarse contra ese poder que ha moldeado sus conciencias, pues su angosta y distorsionada visión del mundo es la que el poder les ha inculcado, y afuera hace mucho frío. Y si en algún caso ese pueblo sin tradición, medroso y debilitado por los placebos y morfinas que el poder le suministra, llega a descubrir que está siendo pisoteado, su rebelión será apenas un vómito estéril de odio, un grito emberrinchado e injurioso, un ansia desnortada de revanchismo y revolución, porque para entonces su alma hecha trizas y deshabitada de Dios ya habrá sido conquistada por todos los materialismos envilecedores que han constituido su habitual dieta. Y, a la vez que se rebelan contra el tirano que los ha convertido en un gurruño infrahumano, los pueblos sin tradición le solicitan que les siga suministrando la ración de veneno que, en época de vacas flacas, les racanea. Y ante su queja, el tirano podrá incluso doblarles la ración, benevolente y enternecido; pues en esos chiquilines emberrinchados (¡podemonios!) no verá sino criaturitas adictas a la dulce ponzoña de placeres plebeyos que él suministra.
Desvelar las diversas estrategias que este tirano vislumbrado por Tocqueville emplea para confiscar nuestras almas (apareciendo, incluso, como nuestro mesías salvador, en medio de la crisis que él mismo ha provocado) es lo que nos hemos propuesto en este libro que tienes entre tus manos, querido lector. Muchas de las tesis que en él se defienden las hemos ido desarrollando durante los últimos años en el diario ABC y en la revista XL Semanal, a cuyos responsables hemos de agradecer que siempre nos hayan dejado expresarnos sin bozo ni rebozo, a despecho de quienes les calentaban las orejas, solicitando nuestro ostracismo. A medida que hemos profundizado en las entretelas de ese «poder tutelar e inmenso» que se adueña de los pueblos sin tradición hemos ido tropezándonos con mayores animadversiones e intentos de tergiversar nuestro pensamiento, procedentes por igual de los negociados de derecha e izquierda; y es natural que así sea, pues tales animadversiones y tergiversaciones las dicta ese rechazo instintivo —muy sagazmente detectado por Leonardo Castellani— que quienes viven en tiempo presente (¡y disfrutan de las ventajas y sobornos del tiempo presente!) sienten hacia el profeta que vive en tiempo futuro, al que desean empujar hacia la soledad, silenciar y finalmente matar, siquiera civilmente. Siendo sinceros, este designio lo han ido cumpliendo implacablemente durante todos estos años: negar que estamos cada vez más arrinconados sería tanto como vivir en un mundo de fantasía.
Siendo también sinceros, hemos de reconocer que nos lo hemos ganado a pulso. Pero, aunque desde la soledad y el desprestigio las dentelladas de los chacales hieren mucho más, mientras tengamos voz no hemos de callar, «por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo». Y, además, siempre habrá alguien como tú, querido lector, dispuesto a abandonar el redil y acompañarnos en el destierro. Mil gracias por tu sacrificio y tu lealtad.
Madrid, enero de 2015
- Prada, Juan Manuel de, Dinero, demogresca y otros podemonios. Ediciones Temas de Hoy, Madrid 2015. ISBN 9788499984780. Rústica con solapas, 15 x 23 cm. 272 páginas.
http://carlismo.es/agenciafaro
martes, 8 de septiembre de 2015
El patriotismo clásico en la actualidad Por J. M. Gambra
El patriotismo clásico en la actualidad
Por J. M. Gambra
http://hispanismo.org/politica-y-sociedad/11553-el-patriotismo-clasico-en-la-actualidad-j-m-gambra.html
Los separatismos han puesto de moda el patriotismo, moda reciente y con altibajos a tenor de los vaivenes de las noticias sobre el secesionismo, moda que, en todo caso, contrasta netamente con una época anterior, en que los sentimientos patrióticos eran despreciados por unos y por otros. Ese resurgimiento ha dado lugar a fenómenos variopintos y sorprendentes. Entre quienes nada tienen que ver con el catolicismo tradicionalhan renacido patriotismos de toda especie, culturales y estéticos los unos, costumbristas o casticistas los otros; patriotismos constitucionales e, incluso, futbolísticos, que nada tienen que ver con la virtud ensalzada por los clásicos paganos y cristianos. Curiosamente, entre tradicionalistas y carlistas no faltan quienes han dejado de lado el amor a la patria, por la sencilla razón de que su objeto parece haber dejado de existir. A tal efecto, se han fijado algunos en la europeización y, más allá, en la globalización, que a su parecer ineluctablemente engullirán, si no lo han hecho ya, las naciones que parecen ser el objeto natural del patriotismo. Otros, en cambio, se fijan en la disolución del estado, que identifican con las nacionalidades, procedentes de lo que el tradicionalismo llama preferentemente la patria.
Este último hecho -el desmantelamiento del estado- ha sido menos destacado por los medios de comunicación y merece unas breves palabras. Sabido es cómo el pensamiento moderno, pretendiendo racionalizar la sociedad, acabó por destruir su constitución natural e histórica para reducirlo al binomio Estado-individuo, donde el estado acapara la totalidad del poder y el individuo está indiferenciado en cuanto a sus derechos. Supuestamente la totalidad de los entresijos de las relaciones sociales son determinadas por la legislación que, emanada de los órganos de gobierno de Estado, vale por igual para todos los ciudadanos. Pero, de hecho, ese simple esquema racionalista, en que todavía muchos creen, no funciona así de manera cada vez más patente. Los auténticos centros de decisión se han traslado paulatinamente a una serie de grupos, o sociedades, distintas de las que se reconocen en la constitución tradicional de la comunidad. Al estado no sólo se le escapan las entidades financieras, los bancos y las empresas multinacionales, que se extienden mucho más allá de sus fronteras y ante las cuales se ve impotente. También le han nacido quistes internos, menos poderosos pero numerosísimos, que, aun estando frecuentemente fuera de la ley positiva, ésta no se les aplica. Así, dentro de las naciones desarrolladas con estados poderosos, hay mafias, lobbies, guetos, sectas, sociedades secretas y tribus urbanas, que son frecuentemente la fuente real de las decisiones que afectan al conjunto del orden social. Todo lo que no está prohibido es obligatorio según la ley, pero la aplicación efectiva de esa ley omnicomprensiva se hace de manera selectiva, según la fuerza y las relaciones personales de los verdaderos núcleos de poder. Este hecho evidente fue denunciado, ya a principios de los setenta, entre otros, por Humberto Eco, que vio en él un retorno a la Edad Media en el mal sentido de la palabra, es decir, como un retorno al feudalismo y a las relaciones de vasallaje y dependencia personales, a cambio de protección y prebendas[1]. En buena medida, creo que habría que dar la razón a esta visión negativa de Eco, por cuanto los grupos que así se han formado no son los cuerpos intermedios naturales, cuya vitalidad ha sido agostada por la rigurosa legislación liberal, sino sociedades contrarias al orden cristiano, cuando no comunidades de delincuentes, sin más. Los centros de enseñanza, las corporaciones profesionales o las agrupaciones municipales, si no están absorbidos por los partidos o sus sindicatos, tienen tales cortapisas en la legislación, que apenas tienen posibilidad de influir en la vida social. En cambio las sociedades de especulación económica, los lobbies de invertidos, los guetos islámicos, las agrupaciones de delincuentes o los simples grupos de presión, formados, por ejemplo, en el seno del funcionariado universitario, constituyen poderes fácticos, contra los cuales el estado nada hace.
Sin embargo, algunos han saludado este estado de cosas con alborozo, viendo en él una manifestación de la inclinación humana a vivir en sociedades de creencias y costumbres comunes, que es contraria al individualismo liberal. Hoy ese hecho se ha convertido, en manos de la corriente, de origen americano, llamada comunitarismo, en una doctrina que concibe la sociedad como comunidad, no de individuos iguales dentro de un estado neutro, sino de comunidades respetuosas entre sí, lo cual, a fin de cuentas, viene a ser un intento de acomodar a las nuevas circunstancias el neutralismo doctrinal del liberalismo[2].
Este comunitarismo ha sido bien recibido a veces por algunos eclesiásticos progresistas, movidos por los mismos resortes de adecuación a los tiempos que les impulsaron a bendecir la democracia individualistas un tiempo atrás. Pero lo que nos interesa aquí es el hecho de que numerosos católicos tradicionalistas parecen haber abandonado el patriotismo, creyendo que su única obligación para con la sociedad, más allá de la familia, sólo consiste en la adhesión a la comunidad tradicionalista más cercana a sus inquietudes. En otras palabras lo que interesa es que entre los católicos tradicionales se está produciendo una tendencia práctica al comunitarismo, de manera a menudo inconsciente.
En resumen, fuera de las formas de patriotismo oficialmente admitidas -culturales, estéticos, costumbristas, constitucionales- hay otras actitudes entre los tradicionalistas quetambién tienen algunadesviación, como la que da por muerto el patriotismo, bien en aras de la globalización, bien en aras de las comunidades espontáneas. Si a esto añadimos el patriotismo cristalizado de, por ejemplo, los falangistas, nos hallamos ante un abanico de posibilidades, más o menos desviadas de la concepción tradicionalista del patriotismo y de la patria, que pueden producirnos cierta perplejidad, si no inducirnos a error y tentarnos con soluciones de moda. Tentaciones tanto más peligrosas cuando el separatismo y el europeismo nos azuza a “hacer algo” y los sentimientos patrióticos no saben hacia dónde apuntar. Por ello, con la pretensión de dar alguna luz en la incertidumbre que todos padecemos, en este mundo cada vez más babélico que nos ha tocado vivir, intentaré dilucidar, desde la perspectiva tradicional qué es el patriotismo y cuál es su vigencia. Pero, por paradójico que parezca, no voy a apoyarme tanto en los autores tradicionalistas, sino en el pensamiento clásico de occidente y principalmente en unas observaciones de Santo Tomás. El tradicionalismo y el carlismo no se reducen a glosar lo que han dicho sus autoridades reconocidas, sino que ellas mismas deben ser vistas y juzgadas desde la totalidad del saber acumulado, a lo largo de siglos, por la sabiduría cristiana. Lo cual tiene su importancia, en lo que a nuestro asunto atañe, porque, en ocasiones, los más conspicuos autores tradicionalistas se han dejado influir por terminologías, doctrinas y hechos de la historia reciente, que han emborronado la doctrina clásica.
El patriotismo es una virtud, es decir, un hábito de obrar bien. El hombre, cuya acción no está determinada por los instintos, obra voluntariamente, es decir, escoge entre las cosas que conoce racionalmente. Pero no tiene que dilucidar, cada vez, lo que debe hacer, conforme al orden del universo que conoce, sino que adquiere hábitos, al realizar repetidamente las acciones. Esos hábitos, cuando son buenos, se llaman virtudes y, cuando son malos, se denominan vicios. Y ¿cuándo son buenos o malos? Eso depende de si están ordenados al fin de la naturaleza humana o no, cosa que alcanza a saber el hombre por la contemplación de su propia esencia y del lugar que le corresponde en el conjunto de las cosas. Si la adhesión de la voluntad a un objeto que es conocido racionalmente, conduce al fin del hombre que es la beatitud, o la salvación, entonces la acción es buena y el correspondiente hábito una virtud. Si no, es mala y el hábito es un vicio.
La diversidad de las virtudes se establece según sea su objeto. Hay deberes para con nosotros mismos, para con los demás hombres y para con Dios. La virtud de la piedad tiene por objeto a aquéllos seres con los que tenemos una deuda que nunca podremos pagar. Uno de los rasgos que diferencia la piedad de la justicia es que la justicia exige el pago equitativo de lo que se debe, mientras que la piedad, sólo puede devolver lo debido de manera muy parcial, de modo que lo entregado nunca puede igualar a lo debido[3]. La piedad en un sentido supereminente se ha tener con Dios, al que todo debemos. Pero, de entre los seres creados, se tiene también piedad con nuestros padres, a los que debemos la vida, su conservación y la educación. Y esa misma virtud también se extiende a la sociedad de hombres en que hemos nacido y a la cual debemos el orden, la herencia cultural, las costumbres y los servicios, sin los cuales hubiera sido imposible nuestra vida, conservación y perfeccionamiento. Hay pues dos clases de piedad: la piedad filial y la piedad para con la patria, que es precisamente el patriotismo.
Esta virtud, aunque es próxima a la justicia y a la caridad, tiene la característica especial de no poderse practicar más que con unos hombres determinados. Dios ha querido que nazcamos de unos hombres concretos y no por generación espontánea, ni de esporas, como las setas; y ha querido que eso se haga dentro de una sociedad más amplia, gracias a la cual ha podido mantenerse la familia en que hemos nacido. Pues bien, sólo con esa sociedad y esos hombres, que son nuestros padres, podemos ejercer la virtud de la piedad, lo cual diferencia esta virtud de la caridad, que se ha de tener respecto de cualquier hombre, y de la justicia que se ha de practicar con cualquiera al que debamos algo. Podemos ser justos con cualquier hombre y también caritativos, pero sólo con los padres y la patria podemos tener la virtud natural de la piedad.
A la deuda que tenemos contraída con nuestros padres y la patria se corresponde con unas acciones que genéricamente suelen denominarse “culto”, término que hoy se ha restringidohoy a los actos que manifiestan la virtud de la religión y del amor a Dios, pero que debe entenderse en sentido más amplio, cuando se refiere a los progenitores y a la patria. Pues a estas cosas no se les debe el culto de adoración, o latría, que sólo es propio de Dios[4]. El culto a los padres consiste esencialmente en el respetarles, obedecerles, servirles y, accidentalmente, cuando las circunstancias lo exigen, en atender a sus necesidades, como puede suceder cuando enferman o carecen de medios de sustento[5]. Y lo mismo ocurre con la patria, a cuyos miembros y gobernantes legítimos debemos culto, esto es, servicio, respeto y obediencia y, si es necesario, debemos ofrecer una ayuda especial, por ejemplo, en caso de guerra. En otras palabras, para con la patria, aparte del respeto y reverencia que le debemos y de la contribución al bien común, que cada uno debe realizar desde el puesto que le corresponde, tenemos la obligación de socorrerla en las situaciones extraordinarias que se presentan cuando es hostigada por enemigos externos o internos.
El bien común no es lo que la comunidad, o la opinión más amplia de esa sociedad que es la patria, considera bueno, sino lo que sólo puede alcanzarse gracias a la sociedad y que esbueno, esdecir, lo ordenado al fin propio del hombre que es la salvación. Santo Tomás diceexplícitamente que lapiedad filial no obliga a respetar el deseo de unos padres que quieran, por ejemplo, apartarnos de la religión, por ser ésta una virtud más elevada que la piedad, ya que tiene por objeto al mismo Dios[6]. Al contrario, debemos odiar (odire) a los padres que tal pretendan “en cuanto eso hacen” (es muy importante esta precisión, pues no nos exime de cumplir otros deberes respecto de ellos). No es virtuoso respetar el desorden que podamos hallar en los padres y lo mismo proporcionalmente sucede con la patria: no hemos de amar a los gobernantes que mandan lo contrario al orden querido por Dios, ni respetar, o rendir culto, a nuestros conciudadanos, en cuanto tengan deseos desordenados, sino que debemos odiarlos bajo ese aspecto. El patriotismo, como cualquier otra virtud, es una disposición de la voluntad a obrar el bien, lo cual presupone el conocimiento de lo que es bueno, o lo que es igual, de la ordenación de los actos hacia el fin supremo del hombre, el cual, en la situación actual del hombre redimido sólo está en el Dios tal como él se ha revelado.
Para terminar con esta somera descripción de la virtud patriótica, hay que destacar su importancia y su excelencia, declarada tanto por filósofos paganos como por los pensadores cristianos. Baste con pensar que el deber de amar a los padres, que analógicamente se extiende a la patria, constituye el primer mandamiento del decálogo que se refiere a los hombres, antes que la obligación de no matar y de no cometer actos impuros. Baste con traer a la mente que la piedad para con la patria es incluso superior a la que debemos a nuestros mismos padres, porque lo común es más excelente que lo particular.
En resumen: El patriotismo es una virtud cuyo objeto es la sociedad y el gobierno que nos ha permitido vivir y perfeccionarnos, cuyo fundamento se halla en la deuda de gratitud que sólo con esa sociedad tenemos y que nos obliga a darle culto, en el sentido señalado, y a procurar el bien propio de esa sociedad, es decir el bien común, que sólo es tal, si está encaminado al fin último del hombre, presente en la Revelación y custodiado por la Iglesia Católica. Esto último es lo más importante y lo que determina todo lo demás: el fin del hombre y del universo está en Dios, y las acciones voluntarias del hombre deben todas ellas dirigirse a alcanzar la salvación propia y de los demás. Entendido esto, se entiende todo lo precedente y se hace evidente el sinnúmero de errores que sobre el patriotismo se cometen en la actualidad. Veamos los más llamativos.
1) El sentimentalismo patriótico: El patriotismo no es, propiamente hablando, un sentimiento, sino una virtud. Verdad es que la palabra patriotismo es nueva y puede aplicarse a la emotividad que acompaña a la virtud de la piedad. Sobre los nombres no se debe disputar. Los sentimientos constituyen una clase de entidades mentales, que no tenía cabida en el pensamiento clásico. La noción de sentimiento aparece en el XVIII, y tiene en Pascal su antecedente, con la famosa frase, conforme a la cual tiene el corazón razones que la razón no entiende. Toma carta de naturaleza en el XVIII, gracias a Hume y a Rousseau, y se convierte en piedra angular de buena parte de la filosofía moderna, desde la teoría moral y religiosa de Kant, hasta la filosofía de los valores. Los sentimientos no son sino lo que la filosofía clásica llamaba las pasiones, o afectos del alma, que no son racionales de suyo, aunque pueden estar sometidos a la razón. Hay, por ejemplo una tendencia natural evidente a amar y defender a la patria y a los padres. Pero eso no es de suyo una virtud, si no está sometida al conocimiento racional del orden universo y encauzada al fin último del hombre. Como tampoco deja de ser virtuoso el que carece de tales sentimientos, por ejemplo, si ha estado alejado de su patria, pero, conocedor del orden natural y de los mandatos de la Iglesia, cumple con sus deberes patrióticos. El sentimentalismo filosófico ha dado a esas pasiones espontáneas una categoría que no les corresponde, al convertirlas en guía originaria de nuestra vida y en principio de toda moralidad. A mi entender, la razón última de este error radica en que esas pasiones parecen proceder directamente del yo, de la individualidad humana enclaustrada en su propia conciencia, y, al convertirlas en guía de la propia existencia, se traslada la fuente de la moralidad, desde el orden natural y la ley divina, hasta el hombre. Gracias a los sentimientos, así enaltecidos, se hace al hombre creador de su propio destino, conforme a las exigencias del humanismo moderno.
Que el sentimiento patriótico, igual que el filial, no es virtud de suyo y puede ser vicioso, se ve de manera clarísima cuando pensamos que los protestantes o los musulmanes, los liberales, los separatistas o los demócratas y defensores de la constitución pueden tener vivísimos sentimientos de amor a la patria, sin tener por ello la virtud del patriotismo. Precisamente porque el fin del patriotismo se halla en el bien común de la sociedad a la que pertenecemos y porque ese bien sólo es tal, si se encamina al fin último del hombre, resulta que el patriotismo de los herejes, los descreídos, los socialistas o los demócratas no tiene nada de virtud Porque persigue la perdición del hombre en cuanto pretende dirigir la patria hacia fines ajenos a la naturaleza humana y a la voluntad de Dios, como pueden ser la instauración de una democracia popular o de un régimen islámico[7]. Que el cristiano alabe, como es frecuente, talespatriotismos es como ser benevolente con el enamorado de la propia esposa o del joven que desea cohabitar con nuestra hija, atendiendo a la profundidad del amor que sienten. Una vez, vi en televisión un repugnante programa en que una señora sesentona, con atavíosrebuscadamentepueblerinos, presumía de los maravillosos hijos que tenía. La cámara, que en principio sólo presentaba sufigura, se movió a continuación para enfocar a los hijos en cuestión, que resultaron ser dos homosexuales repintados. Para tener un amor de madre así, más vale no tener nada; y, lo mismo, para tener un patriotismo constitucional, mejor es ocuparse sólo de los propios asuntos.
Incluso los pensadores tradicionalistas se han dejado llevar, con excesiva frecuencia, de esta confusión entre sentimiento y virtud. No quiero citar a ninguno, pero a todo el mundo resulta familiar la idea de que el patriotismo es un sentimiento muy elevado y laudable. Creo que hubiera sido mejor hablar de virtud, aunque, sin duda, esos pensadores sólo se referían al sentimiento patriótico previamente encauzado por la virtud y no a cualquier sentimiento patriótico desordenado.
2) El patriotismo folklórico. Otra confusión frecuente acerca del patriotismo atañe a su objeto. Creen algunos que con respetar el nombre, la bandera y el escudo de España ya se es un buen patriota. Mucha bandera y poco trabajo. Creen otros que con ensalzar la cultura, la historia, las costumbres o el folklore ya son buenos patriotas. Mucha pedantería y poco contenido. Y no quiero por ello decir que todo eso no deba ser respetado, sino que no es lo esencial. El objeto directo de una virtud puede ser, como en este caso, los hombres y la sociedad formada por ellos, pero no los usos, la historia o los símbolos. Si hay que respetar y rendir culto a tales cosas es sólo secundariamente: bien por consideración hacia los hombres de la sociedad en que vivimos, y por reverencia a sus padres y antepasados; bien porque las costumbres y tradiciones facilitan la unidad necesaria para que la sociedad alcance sus fines; bien, en fin, porque sus símbolos representan a la sociedad misma. Todo ello es digno de respeto, pero sólo de manera delegada, o participada, y ese respeto está sometido al criterio de orden respecto del fin, exactamente igual que el que merece la sociedad misma. Es decir, que no debe respetarse toda la historia, ni todo símbolo, ni toda costumbre, porque sea de nuestra patria, sino sólo aquéllos que son buenos.
Hoy en día, quienes exaltan el patriotismo, desde posturas ajenas o contrarias al catolicismo, transfieren invariablemente su objeto, desde los hombres y la sociedad con la que tenemos contraída la deuda en que se funda el patriotismo, a sus epifenómenos culturales, simbólicos, artísticos o folklóricos. Así, Sánchez Dragó hizo gala de supuesta virtud patriótica cuando dijo: “conste que filosóficamente sigo siendo apátrida (…) pero no puedo permanecer indiferente ante la tentativa de desguazar todo lo que un país [como España] ha sido a lo largo de muchos siglos. Me indignaría también que eso se hiciera con la India, con Japón, con otras naciones”[8]. Y lo mismo le ocurre a Pérez Reverte, que, no por decir mucha hulería y palabrota, deja de defender un patriotismo estético y pedante, incoherente e interesado.
Lo malo es que esta tendencia ha hecho frecuente mella entre los escritores tradicionalistas, que a veces ponen objeto inmediato y directo de la virtud patriótica en las costumbres tradicionales, en la historia o en el suelo patrio. Cuando Santo Tomás habla de la virtud de la piedad para con la patria, no hace mención de nada de todo eso, tan escaso es el papel que le asignar. Sólo menciona la sociedad, sus hombres y el gobierno.
Veneremos enhorabuena todas esas cosas, que nuestra nación “nos lo pone fácil”, como hoy se dice. Porque liberales y socialistas, cuando quieren enorgullecerse de su patria, sólo puede recurrir a motivos tan fútiles como las victorias futbolísticas, de las que no menos podríamos presumir los católicos. Pero no las necesitamos, ya que podemos ufanarnos de las más gloriosas gestas que nación alguna ha hecho por el reinado de Cristo y de su Iglesia, mientras que los progresistas de todo pelaje no tienen gloria alguna a que acogerse en nuestra historia, como no sean las mil vilezas extranjerizantes o la caza de indefensos sacerdotes y monjas, que se han cometido en los últimos siglos. Pero hagámoslo con la conciencia de que todo ello es consecuente al amor debido a los hombres actuales de nuestra sociedad, y con la conciencia de que sólo son venerables la cultura, la costumbre y la tradición acordes con el fin del hombre y de la sociedad.
3) La substantivación de la patria. Una tercera manera de desencaminar el patriotismo nace de la manera en que se concibe la patria. No voy a hablar de la formación de las modernas nacionalidades y del estado, asunto sobre el cual ya hay demasiado, y demasiado bueno, escrito insignes pensadores tradicionalistas. El hecho es que la comunidad política por virtud de complejos avatares históricos ha venido a identificarse con lo que hoy en día se llaman naciones. Es decir, patria y nación (términos que se pueden separar o identificar como hace, aunque con distingos, el propio Mella) son, según eso, cosas como España, Francia o Inglaterra. Semejante nitidez y rigidez en la concepción del objeto de la piedad no se halla en Santo Tomás. Esa virtud se ejerce, según él, respecto de los padres, los consanguíneos, los compatriotas y el gobierno, enumeración que queda abierta a las diversas formas sucesivas de comunidades que culminan en los reinos, el imperio o la cristiandad.
La circunstancia transeúnte y accidental de la formación, durante los últimos siglos, de lo que llamamos naciones, que son formaciones políticas cuajadas, centralizadas y cerradas en sí mismas, ha influido de manera perniciosa en concepciones del patriotismo más o menos próximas al tradicionalismo. Me refiero concretamente al pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que substancializa la patria, confieriéndole una esencia inmutable y una especie de existencia separada y eterna[9], que la convierte, através del Estado, en principio y foco de toda la acción política y social. Si el patriotismo cultural, o folklórico, toma el rábano por las hojas, el patriotismo falangista pone la carreta delante de los bueyes. No hay más que consultar la Norma Programática de la Falange, cuyo primer punto llama “realidad suprema” a España[10], y donde, sólo en el punto penúltimo, se acuerda de la religión para conceder que “nuestro movimiento incorpora el sentido católico -de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”[11]. Verdad es que hay otras posibles lecturas de José Antonio y que su postura se explica como reacción ante el peligro separatista. No menor peligro tiene construir doctrinas para resolver problemas concretos, sin adoptar la necesaria distancia y hacer la imprescindible abstracción. Más vale seguir el ejemplo de Vázquez de Mella, cuyo patriotismo no va a la zaga del de José Antonio, pero no pierde de vista el lugar que en el orden universal tienen la patria, que no es descrita como realidad suprema desde la cual se sigue el resto de los principios políticos, sino como realidad donde confluyen todos los elementos del trilema carlista[12].
La realidad de las modernas nacionalidades también parece haber influido sobre la identificación del Estado con la noción de sociedad perfecta, que tanto se ha empleado al hablar de los dos poderes en el s. XIX y XX. Ni el Estado ni la nación son las únicas, ni las últimas, sociedades a que apunta el deber patriótico, entendido fuera de las condiciones históricas de la modernidad, que les ha aplicado la noción de acabamiento o perfección. Esa idea de la sociedad perfecta, que incluye la de su unidad, y la de su independencia, debe entenderse a la luz del fin, no como un fin en sí misma. La idea de la perfección aplicada a la sociedad se hallaba ya en Aristóteles, pero no era la unidad de una substancia que no puede formar con otra una substancia, sino que era la unidad determinada por el fin de la vida en común que es el “vivir bien”[13]. Bien es cierto que él concebía ese fin de manera sólo natural y que, en consonancia con sus circunstancias históricas, entendía que esa perfección se daba en las limitadísimas sociedades de varios pueblos que constituían las ciudades-estado en la antigua Grecia. Esa noción se ha aplicado luego a sociedades muchos más amplias, a los reinos medievales y a las naciones modernas. Pero lo esencial no es la unidad e independencia, sino la consecución del fin de la sociedad, que no se reduce al sustento y perfeccionamiento natural de los hombres, sino que es sobrenaturalizado y universalizado por el cristianismo, al incluirlo en el plan para el establecimiento del reinado de Cristo en la tierra. Por ello el carlismo ha insistido en el carácter abierto de la patria, que puede federarse, incluirse en imperios o tender a la unidad superior, que estaba en la idea de la Cristiandad.
Aquí también el criterio último ha de ser el orden del universo: el objeto de la piedad son las sociedades de las que somos deudores, empezando por las más próximas y prologándose hacia sociedades cada vez más amplias, sin confín predeterminado a priori. Sus límites no están prefigurados de manera tajante y definitiva, sino que dependen de las circunstancias históricas. Pueden ampliarse hasta formar imperios, pero no es imposible que, para cumplir su función y alcanzar el bien común, deban reducirse a unidades más limitadas. El separatismo es una sedición, cuando persigue un bien particular y destruye ese bien, que es la unidad, por intereses partidistas o enfrentamientos interesados. Pero, de suyo, podrían ser necesarios para alcanzar el bien común. Cuando Menéndez Pelayo dijo que, si España dejaba de ser un pueblo de Dios, “se volvería a los reinos de Taifas”, solemos fijarnos en la pérdida de la unidad -que mala es-; pero mucho peor es que esos reinos sean de taifas, es decir pueblos mahometanos o descreídos. De igual manera, la formación de unidades superiores será indudablemente conveniente, cuando se trate de lograr, mejor y más universalmente, el fin de la sociedad que en Dios se halla; serán, en cambio, rechazables cuando se trate de alcanzar otros fines contrarios a la religión: la cristiandad era deseable, no la Unión Europea.
En resumidas cuentas, la piedad patriótica procede de una extensión por analogía de proporcionalidad, desde la piedad filial; y esa extensión abarca las diversas sociedades escalonadas, hasta aquélla, cuyo gobierno englobe nuestra vida, y no tenga otros gobiernos por encima. Hasta dónde se extiende nuestra obligación patriótica es cuestión de hecho. Ahora bien, como la virtud patriótica incluye la obligación de colaborar al bien común y, especialmente, la de defender la unidad de la patria, pueden darse conflictos entre la obtención del bien común, rectamente entendido, y la unidad de hecho de la patria. En ese conflicto, cuya solución sería, en cada caso, cuestión de prudencia, debe prevalecer como criterio, igual que en todo lo demás, el fin último del hombre, y no la unidad de una nación sustantivada, como ocurre en la concepción fascista. La unidad e independencia son un bien, si están encaminados al verdadero bien común, pero no es un bien absoluto. Por eso es inadmisible, desde el punto de vista tradicional, aquello de Calvo Sotelo: “España, antes roja que rota”, que, tomado fuera de contexto, no puede ser más desafortunado.
Entiéndaseme bien. Creo que España, a pesar de que ha perdido la comunidad en la concepción del bien, y a pesar de que su unidad parece ser mantenida por un Estado en degeneración, debe hoy ser defendida en su unidad e independencia. Pero se ha de tomar conciencia de que, en la imprevisible babel política en que vivimos, ése no es el bien último, ante al cual deba sacrificarse el bien común cristianamente entendido.
4) El tradicionalismo apátrida. El último error, que deseo resaltar, nace de lo que podría describirse como la disolución del deber patriótico entre los católicos. Según mi interpretación ese deber se extiende a todas las sociedades a que pertenecemos, y culmina en la más elevada de esas sociedades, cuyo gobierno tenga poder real, legítimo o no, sobre nosotros. Tenemos respecto de esas sociedades la obligación ordinaria de contribuir al verdadero bien común y el deber accidental de atender a sus necesidades extraordinarias. En nuestro caso, eso se concreta, a mi parecer, en el deber extraordinario de enfrentarnos, por los medios que tengamos a nuestro alcance y con la debida prudencia, a esos gobiernos, regionales, nacionales o supranacionales ilegítimos que están sobre nosotros. Tenemos que oponernos a ellos, con no menos entusiasmo que a un enemigo exterior, que hostigara o conquistara nuestra patria desde fuera.
Sin embargo, vemos hoy que el deber patriótico no sólo no es cumplido por los católicos, sino que niegan tenerlo. Dos errores distintos han contribuido, según entiendo, a que la mayor parte de los católicos no perciban la obligación patriótica extraordinaria de enfrentarse a esos enemigos interiores, que apartan a nuestra sociedad del fin al que debe dirigirse. La primera procede del contagio modernista que padecen las autoridades eclesiásticas, y de la consiguiente doctrina sobre la independencia del orden temporal respecto del espiritual. La sesgada interpretación maritainiana de la separación de poderes, admitida por muchas jerarquías eclesiásticas; el decidido apoyo teórico de estas últimas a la democracia; su posterior negativa a enmendarse ante los desastrosos resultados de esa enseñanza; el recurso a enmascarar la misma postura con la vacía retórica de la laicidad positiva; todo eso ha vaciado de huestes cualquier organización que pretenda cumplir con el deber patriótico. Y así, cuando, entre los católicos, cunde la alarma por el futuro de nuestra patria, la única reacción que se ha dado, de manera común, ha sido votar al PP, con gran satisfacción por parte de los mejores obispos.
Pero, aún hay otra postura, a mi entender errada y poco denunciada, que no se da ya entre los seguidores del progresismo eclesiástico, más o menos virulento, sino entre los mismos tradicionalistas. Ese error se produce por creer que la patria se extiende sólo hasta donde llega, de hecho, la comunidad de fines conforme a la doctrina cristiana. Me explico: para algunos sólo pertenecemos a la comunidad de quienes admitimos las doctrinas tradicionalistas y, por ello, tratan de vivir en el seno de las pequeñas siociedades tradicionalistas, con la sana intención de preservarse a sí mismos, y a sus familiares, del contagio del mundo hostil al cristianismo en que vivimos. Están dispuestos a emigrar, si las cosas se ponen feas en España, y sólo pretenden del resto de sus semejantes, definitivamente perdidos a sus ojos, que respeten su comunidad, sin considerarse obligados, en modo alguno, a defender la sociedad en que hemos nacido. En otras palabras, hay numerosos tradicionalistas que vienen a mantener, en la práctica y sin saberlo, la doctrina del comunitarismo, que es, a la postre, una forma de liberalismo bastante cómoda. No deben olvidar, sin embargo, que quien quiere salvar su alma la perderá.
Es maravilla ver cómo muchos católicos puntillosos, incapaces de matar una mosca o robar un céntimo, fieles cumplidores de sus deberes de estado y de sus deberes religiosos, no mueven un dedo, no dan un euro, no se molestan en lo más mínimo por la patria, en estas horas negras por las que atraviesa; con lo cual cometen, a mi juicio, un pecado de omisión semejante al de abandonar a los padres en los momentos de necesidad. Peor incluso, según muchos, porque, como dice Aristóteles, “la ciudad es anterior por naturaleza a la familia y a cada uno de nosotros”[14].
Cultivemos, pues, la virtud del patriotismo y atendamos a nuestra patria en su enfermedad y decadencia. Huyamos de la reacción egoísta que nos acecha; a los viejos en forma de desesperación y deseo de no ver lo que se avecina; a los jóvenes, en forma de entrega a la diversión, que permite olvidar la propia responsabilidad y la realidad misma. Perdamos por nuestra patria el tiempo, el dinero, las amistades y el buen nombre dentro de esta degenerada sociedad, pues así cumpliremos un mandamiento que, en el decálogo, sólo es inferior a los que directamente se refieren a Dios y haremos méritos para alcanzar, un día, nuestra auténtica Patria.
[1]ECO H., “La Edad Media ha comenzado ya”, en Eco H., COLOMBO F., ALBERONI F. y SACCO G., La Nueva Edad Media, C. Manzano trad., Alianza, Madrid 1973.
[2]Cf. el número monográfico de la revista Catholica, titulado “Personnalistes et communatariens” (nº 97, 2007) y AYUSO, M., “La metamorfosis de la política contemporánea, ¿disolución o reconstitución?”, Verbo 465-466, mayo-junio-julio 2008, pp. 521 ss.
[3]SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 80, a. 1, co.
[4]SAN AGUSTÍN, Ciudad de Dios, l. X, cap.1
[5]SANTO TOMÁS, S. T., II-II, q.101, a 2 co.
[6]S. T, II-II, q. 101, a. 4, ad 1
[7]“Los que fomenten, aprueben o hagan posible la ruptura de la unidad católica de las Españas son destructores de mi patria”, dice Elías de Tejada (“La pietas en Santo Tomás de Aquino”, en Santo Tomás de Aquino; hoy, Speiro, Madrid 1974, p. 103).
[8]El Manifiesto.com, 11 de abril de 2007
[9] “España es Irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir (…) Las naciones (…) son fundaciones, con substantividad propia”(PRIMO DE RIVERA J. A., Textos de doctrina Política, Delegación Nacional de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S., Madrid 1966, p 286).
[10] Ibid., p. 339
[11] Ibid., p. 344
[12]VÁZQUEZ DE MELLA J., Obras completas, Junta de Homenaje a Mella, Madrid 1832, t. XV, p. 239
[13]Pol. I, 3, 1252b 28; cf. II, 2, 1261a 18 ss.
[14]Pol. I, 2, 1253a18. Cf. ELÍAS DE TEJADA F., op. cit., pp. 102-3.
Los separatismos han puesto de moda el patriotismo, moda reciente y con altibajos a tenor de los vaivenes de las noticias sobre el secesionismo, moda que, en todo caso, contrasta netamente con una época anterior, en que los sentimientos patrióticos eran despreciados por unos y por otros. Ese resurgimiento ha dado lugar a fenómenos variopintos y sorprendentes. Entre quienes nada tienen que ver con el catolicismo tradicionalhan renacido patriotismos de toda especie, culturales y estéticos los unos, costumbristas o casticistas los otros; patriotismos constitucionales e, incluso, futbolísticos, que nada tienen que ver con la virtud ensalzada por los clásicos paganos y cristianos. Curiosamente, entre tradicionalistas y carlistas no faltan quienes han dejado de lado el amor a la patria, por la sencilla razón de que su objeto parece haber dejado de existir. A tal efecto, se han fijado algunos en la europeización y, más allá, en la globalización, que a su parecer ineluctablemente engullirán, si no lo han hecho ya, las naciones que parecen ser el objeto natural del patriotismo. Otros, en cambio, se fijan en la disolución del estado, que identifican con las nacionalidades, procedentes de lo que el tradicionalismo llama preferentemente la patria.
Este último hecho -el desmantelamiento del estado- ha sido menos destacado por los medios de comunicación y merece unas breves palabras. Sabido es cómo el pensamiento moderno, pretendiendo racionalizar la sociedad, acabó por destruir su constitución natural e histórica para reducirlo al binomio Estado-individuo, donde el estado acapara la totalidad del poder y el individuo está indiferenciado en cuanto a sus derechos. Supuestamente la totalidad de los entresijos de las relaciones sociales son determinadas por la legislación que, emanada de los órganos de gobierno de Estado, vale por igual para todos los ciudadanos. Pero, de hecho, ese simple esquema racionalista, en que todavía muchos creen, no funciona así de manera cada vez más patente. Los auténticos centros de decisión se han traslado paulatinamente a una serie de grupos, o sociedades, distintas de las que se reconocen en la constitución tradicional de la comunidad. Al estado no sólo se le escapan las entidades financieras, los bancos y las empresas multinacionales, que se extienden mucho más allá de sus fronteras y ante las cuales se ve impotente. También le han nacido quistes internos, menos poderosos pero numerosísimos, que, aun estando frecuentemente fuera de la ley positiva, ésta no se les aplica. Así, dentro de las naciones desarrolladas con estados poderosos, hay mafias, lobbies, guetos, sectas, sociedades secretas y tribus urbanas, que son frecuentemente la fuente real de las decisiones que afectan al conjunto del orden social. Todo lo que no está prohibido es obligatorio según la ley, pero la aplicación efectiva de esa ley omnicomprensiva se hace de manera selectiva, según la fuerza y las relaciones personales de los verdaderos núcleos de poder. Este hecho evidente fue denunciado, ya a principios de los setenta, entre otros, por Humberto Eco, que vio en él un retorno a la Edad Media en el mal sentido de la palabra, es decir, como un retorno al feudalismo y a las relaciones de vasallaje y dependencia personales, a cambio de protección y prebendas[1]. En buena medida, creo que habría que dar la razón a esta visión negativa de Eco, por cuanto los grupos que así se han formado no son los cuerpos intermedios naturales, cuya vitalidad ha sido agostada por la rigurosa legislación liberal, sino sociedades contrarias al orden cristiano, cuando no comunidades de delincuentes, sin más. Los centros de enseñanza, las corporaciones profesionales o las agrupaciones municipales, si no están absorbidos por los partidos o sus sindicatos, tienen tales cortapisas en la legislación, que apenas tienen posibilidad de influir en la vida social. En cambio las sociedades de especulación económica, los lobbies de invertidos, los guetos islámicos, las agrupaciones de delincuentes o los simples grupos de presión, formados, por ejemplo, en el seno del funcionariado universitario, constituyen poderes fácticos, contra los cuales el estado nada hace.
Sin embargo, algunos han saludado este estado de cosas con alborozo, viendo en él una manifestación de la inclinación humana a vivir en sociedades de creencias y costumbres comunes, que es contraria al individualismo liberal. Hoy ese hecho se ha convertido, en manos de la corriente, de origen americano, llamada comunitarismo, en una doctrina que concibe la sociedad como comunidad, no de individuos iguales dentro de un estado neutro, sino de comunidades respetuosas entre sí, lo cual, a fin de cuentas, viene a ser un intento de acomodar a las nuevas circunstancias el neutralismo doctrinal del liberalismo[2].
Este comunitarismo ha sido bien recibido a veces por algunos eclesiásticos progresistas, movidos por los mismos resortes de adecuación a los tiempos que les impulsaron a bendecir la democracia individualistas un tiempo atrás. Pero lo que nos interesa aquí es el hecho de que numerosos católicos tradicionalistas parecen haber abandonado el patriotismo, creyendo que su única obligación para con la sociedad, más allá de la familia, sólo consiste en la adhesión a la comunidad tradicionalista más cercana a sus inquietudes. En otras palabras lo que interesa es que entre los católicos tradicionales se está produciendo una tendencia práctica al comunitarismo, de manera a menudo inconsciente.
En resumen, fuera de las formas de patriotismo oficialmente admitidas -culturales, estéticos, costumbristas, constitucionales- hay otras actitudes entre los tradicionalistas quetambién tienen algunadesviación, como la que da por muerto el patriotismo, bien en aras de la globalización, bien en aras de las comunidades espontáneas. Si a esto añadimos el patriotismo cristalizado de, por ejemplo, los falangistas, nos hallamos ante un abanico de posibilidades, más o menos desviadas de la concepción tradicionalista del patriotismo y de la patria, que pueden producirnos cierta perplejidad, si no inducirnos a error y tentarnos con soluciones de moda. Tentaciones tanto más peligrosas cuando el separatismo y el europeismo nos azuza a “hacer algo” y los sentimientos patrióticos no saben hacia dónde apuntar. Por ello, con la pretensión de dar alguna luz en la incertidumbre que todos padecemos, en este mundo cada vez más babélico que nos ha tocado vivir, intentaré dilucidar, desde la perspectiva tradicional qué es el patriotismo y cuál es su vigencia. Pero, por paradójico que parezca, no voy a apoyarme tanto en los autores tradicionalistas, sino en el pensamiento clásico de occidente y principalmente en unas observaciones de Santo Tomás. El tradicionalismo y el carlismo no se reducen a glosar lo que han dicho sus autoridades reconocidas, sino que ellas mismas deben ser vistas y juzgadas desde la totalidad del saber acumulado, a lo largo de siglos, por la sabiduría cristiana. Lo cual tiene su importancia, en lo que a nuestro asunto atañe, porque, en ocasiones, los más conspicuos autores tradicionalistas se han dejado influir por terminologías, doctrinas y hechos de la historia reciente, que han emborronado la doctrina clásica.
El patriotismo es una virtud, es decir, un hábito de obrar bien. El hombre, cuya acción no está determinada por los instintos, obra voluntariamente, es decir, escoge entre las cosas que conoce racionalmente. Pero no tiene que dilucidar, cada vez, lo que debe hacer, conforme al orden del universo que conoce, sino que adquiere hábitos, al realizar repetidamente las acciones. Esos hábitos, cuando son buenos, se llaman virtudes y, cuando son malos, se denominan vicios. Y ¿cuándo son buenos o malos? Eso depende de si están ordenados al fin de la naturaleza humana o no, cosa que alcanza a saber el hombre por la contemplación de su propia esencia y del lugar que le corresponde en el conjunto de las cosas. Si la adhesión de la voluntad a un objeto que es conocido racionalmente, conduce al fin del hombre que es la beatitud, o la salvación, entonces la acción es buena y el correspondiente hábito una virtud. Si no, es mala y el hábito es un vicio.
La diversidad de las virtudes se establece según sea su objeto. Hay deberes para con nosotros mismos, para con los demás hombres y para con Dios. La virtud de la piedad tiene por objeto a aquéllos seres con los que tenemos una deuda que nunca podremos pagar. Uno de los rasgos que diferencia la piedad de la justicia es que la justicia exige el pago equitativo de lo que se debe, mientras que la piedad, sólo puede devolver lo debido de manera muy parcial, de modo que lo entregado nunca puede igualar a lo debido[3]. La piedad en un sentido supereminente se ha tener con Dios, al que todo debemos. Pero, de entre los seres creados, se tiene también piedad con nuestros padres, a los que debemos la vida, su conservación y la educación. Y esa misma virtud también se extiende a la sociedad de hombres en que hemos nacido y a la cual debemos el orden, la herencia cultural, las costumbres y los servicios, sin los cuales hubiera sido imposible nuestra vida, conservación y perfeccionamiento. Hay pues dos clases de piedad: la piedad filial y la piedad para con la patria, que es precisamente el patriotismo.
Esta virtud, aunque es próxima a la justicia y a la caridad, tiene la característica especial de no poderse practicar más que con unos hombres determinados. Dios ha querido que nazcamos de unos hombres concretos y no por generación espontánea, ni de esporas, como las setas; y ha querido que eso se haga dentro de una sociedad más amplia, gracias a la cual ha podido mantenerse la familia en que hemos nacido. Pues bien, sólo con esa sociedad y esos hombres, que son nuestros padres, podemos ejercer la virtud de la piedad, lo cual diferencia esta virtud de la caridad, que se ha de tener respecto de cualquier hombre, y de la justicia que se ha de practicar con cualquiera al que debamos algo. Podemos ser justos con cualquier hombre y también caritativos, pero sólo con los padres y la patria podemos tener la virtud natural de la piedad.
A la deuda que tenemos contraída con nuestros padres y la patria se corresponde con unas acciones que genéricamente suelen denominarse “culto”, término que hoy se ha restringidohoy a los actos que manifiestan la virtud de la religión y del amor a Dios, pero que debe entenderse en sentido más amplio, cuando se refiere a los progenitores y a la patria. Pues a estas cosas no se les debe el culto de adoración, o latría, que sólo es propio de Dios[4]. El culto a los padres consiste esencialmente en el respetarles, obedecerles, servirles y, accidentalmente, cuando las circunstancias lo exigen, en atender a sus necesidades, como puede suceder cuando enferman o carecen de medios de sustento[5]. Y lo mismo ocurre con la patria, a cuyos miembros y gobernantes legítimos debemos culto, esto es, servicio, respeto y obediencia y, si es necesario, debemos ofrecer una ayuda especial, por ejemplo, en caso de guerra. En otras palabras, para con la patria, aparte del respeto y reverencia que le debemos y de la contribución al bien común, que cada uno debe realizar desde el puesto que le corresponde, tenemos la obligación de socorrerla en las situaciones extraordinarias que se presentan cuando es hostigada por enemigos externos o internos.
El bien común no es lo que la comunidad, o la opinión más amplia de esa sociedad que es la patria, considera bueno, sino lo que sólo puede alcanzarse gracias a la sociedad y que esbueno, esdecir, lo ordenado al fin propio del hombre que es la salvación. Santo Tomás diceexplícitamente que lapiedad filial no obliga a respetar el deseo de unos padres que quieran, por ejemplo, apartarnos de la religión, por ser ésta una virtud más elevada que la piedad, ya que tiene por objeto al mismo Dios[6]. Al contrario, debemos odiar (odire) a los padres que tal pretendan “en cuanto eso hacen” (es muy importante esta precisión, pues no nos exime de cumplir otros deberes respecto de ellos). No es virtuoso respetar el desorden que podamos hallar en los padres y lo mismo proporcionalmente sucede con la patria: no hemos de amar a los gobernantes que mandan lo contrario al orden querido por Dios, ni respetar, o rendir culto, a nuestros conciudadanos, en cuanto tengan deseos desordenados, sino que debemos odiarlos bajo ese aspecto. El patriotismo, como cualquier otra virtud, es una disposición de la voluntad a obrar el bien, lo cual presupone el conocimiento de lo que es bueno, o lo que es igual, de la ordenación de los actos hacia el fin supremo del hombre, el cual, en la situación actual del hombre redimido sólo está en el Dios tal como él se ha revelado.
Para terminar con esta somera descripción de la virtud patriótica, hay que destacar su importancia y su excelencia, declarada tanto por filósofos paganos como por los pensadores cristianos. Baste con pensar que el deber de amar a los padres, que analógicamente se extiende a la patria, constituye el primer mandamiento del decálogo que se refiere a los hombres, antes que la obligación de no matar y de no cometer actos impuros. Baste con traer a la mente que la piedad para con la patria es incluso superior a la que debemos a nuestros mismos padres, porque lo común es más excelente que lo particular.
En resumen: El patriotismo es una virtud cuyo objeto es la sociedad y el gobierno que nos ha permitido vivir y perfeccionarnos, cuyo fundamento se halla en la deuda de gratitud que sólo con esa sociedad tenemos y que nos obliga a darle culto, en el sentido señalado, y a procurar el bien propio de esa sociedad, es decir el bien común, que sólo es tal, si está encaminado al fin último del hombre, presente en la Revelación y custodiado por la Iglesia Católica. Esto último es lo más importante y lo que determina todo lo demás: el fin del hombre y del universo está en Dios, y las acciones voluntarias del hombre deben todas ellas dirigirse a alcanzar la salvación propia y de los demás. Entendido esto, se entiende todo lo precedente y se hace evidente el sinnúmero de errores que sobre el patriotismo se cometen en la actualidad. Veamos los más llamativos.
1) El sentimentalismo patriótico: El patriotismo no es, propiamente hablando, un sentimiento, sino una virtud. Verdad es que la palabra patriotismo es nueva y puede aplicarse a la emotividad que acompaña a la virtud de la piedad. Sobre los nombres no se debe disputar. Los sentimientos constituyen una clase de entidades mentales, que no tenía cabida en el pensamiento clásico. La noción de sentimiento aparece en el XVIII, y tiene en Pascal su antecedente, con la famosa frase, conforme a la cual tiene el corazón razones que la razón no entiende. Toma carta de naturaleza en el XVIII, gracias a Hume y a Rousseau, y se convierte en piedra angular de buena parte de la filosofía moderna, desde la teoría moral y religiosa de Kant, hasta la filosofía de los valores. Los sentimientos no son sino lo que la filosofía clásica llamaba las pasiones, o afectos del alma, que no son racionales de suyo, aunque pueden estar sometidos a la razón. Hay, por ejemplo una tendencia natural evidente a amar y defender a la patria y a los padres. Pero eso no es de suyo una virtud, si no está sometida al conocimiento racional del orden universo y encauzada al fin último del hombre. Como tampoco deja de ser virtuoso el que carece de tales sentimientos, por ejemplo, si ha estado alejado de su patria, pero, conocedor del orden natural y de los mandatos de la Iglesia, cumple con sus deberes patrióticos. El sentimentalismo filosófico ha dado a esas pasiones espontáneas una categoría que no les corresponde, al convertirlas en guía originaria de nuestra vida y en principio de toda moralidad. A mi entender, la razón última de este error radica en que esas pasiones parecen proceder directamente del yo, de la individualidad humana enclaustrada en su propia conciencia, y, al convertirlas en guía de la propia existencia, se traslada la fuente de la moralidad, desde el orden natural y la ley divina, hasta el hombre. Gracias a los sentimientos, así enaltecidos, se hace al hombre creador de su propio destino, conforme a las exigencias del humanismo moderno.
Que el sentimiento patriótico, igual que el filial, no es virtud de suyo y puede ser vicioso, se ve de manera clarísima cuando pensamos que los protestantes o los musulmanes, los liberales, los separatistas o los demócratas y defensores de la constitución pueden tener vivísimos sentimientos de amor a la patria, sin tener por ello la virtud del patriotismo. Precisamente porque el fin del patriotismo se halla en el bien común de la sociedad a la que pertenecemos y porque ese bien sólo es tal, si se encamina al fin último del hombre, resulta que el patriotismo de los herejes, los descreídos, los socialistas o los demócratas no tiene nada de virtud Porque persigue la perdición del hombre en cuanto pretende dirigir la patria hacia fines ajenos a la naturaleza humana y a la voluntad de Dios, como pueden ser la instauración de una democracia popular o de un régimen islámico[7]. Que el cristiano alabe, como es frecuente, talespatriotismos es como ser benevolente con el enamorado de la propia esposa o del joven que desea cohabitar con nuestra hija, atendiendo a la profundidad del amor que sienten. Una vez, vi en televisión un repugnante programa en que una señora sesentona, con atavíosrebuscadamentepueblerinos, presumía de los maravillosos hijos que tenía. La cámara, que en principio sólo presentaba sufigura, se movió a continuación para enfocar a los hijos en cuestión, que resultaron ser dos homosexuales repintados. Para tener un amor de madre así, más vale no tener nada; y, lo mismo, para tener un patriotismo constitucional, mejor es ocuparse sólo de los propios asuntos.
Incluso los pensadores tradicionalistas se han dejado llevar, con excesiva frecuencia, de esta confusión entre sentimiento y virtud. No quiero citar a ninguno, pero a todo el mundo resulta familiar la idea de que el patriotismo es un sentimiento muy elevado y laudable. Creo que hubiera sido mejor hablar de virtud, aunque, sin duda, esos pensadores sólo se referían al sentimiento patriótico previamente encauzado por la virtud y no a cualquier sentimiento patriótico desordenado.
2) El patriotismo folklórico. Otra confusión frecuente acerca del patriotismo atañe a su objeto. Creen algunos que con respetar el nombre, la bandera y el escudo de España ya se es un buen patriota. Mucha bandera y poco trabajo. Creen otros que con ensalzar la cultura, la historia, las costumbres o el folklore ya son buenos patriotas. Mucha pedantería y poco contenido. Y no quiero por ello decir que todo eso no deba ser respetado, sino que no es lo esencial. El objeto directo de una virtud puede ser, como en este caso, los hombres y la sociedad formada por ellos, pero no los usos, la historia o los símbolos. Si hay que respetar y rendir culto a tales cosas es sólo secundariamente: bien por consideración hacia los hombres de la sociedad en que vivimos, y por reverencia a sus padres y antepasados; bien porque las costumbres y tradiciones facilitan la unidad necesaria para que la sociedad alcance sus fines; bien, en fin, porque sus símbolos representan a la sociedad misma. Todo ello es digno de respeto, pero sólo de manera delegada, o participada, y ese respeto está sometido al criterio de orden respecto del fin, exactamente igual que el que merece la sociedad misma. Es decir, que no debe respetarse toda la historia, ni todo símbolo, ni toda costumbre, porque sea de nuestra patria, sino sólo aquéllos que son buenos.
Hoy en día, quienes exaltan el patriotismo, desde posturas ajenas o contrarias al catolicismo, transfieren invariablemente su objeto, desde los hombres y la sociedad con la que tenemos contraída la deuda en que se funda el patriotismo, a sus epifenómenos culturales, simbólicos, artísticos o folklóricos. Así, Sánchez Dragó hizo gala de supuesta virtud patriótica cuando dijo: “conste que filosóficamente sigo siendo apátrida (…) pero no puedo permanecer indiferente ante la tentativa de desguazar todo lo que un país [como España] ha sido a lo largo de muchos siglos. Me indignaría también que eso se hiciera con la India, con Japón, con otras naciones”[8]. Y lo mismo le ocurre a Pérez Reverte, que, no por decir mucha hulería y palabrota, deja de defender un patriotismo estético y pedante, incoherente e interesado.
Lo malo es que esta tendencia ha hecho frecuente mella entre los escritores tradicionalistas, que a veces ponen objeto inmediato y directo de la virtud patriótica en las costumbres tradicionales, en la historia o en el suelo patrio. Cuando Santo Tomás habla de la virtud de la piedad para con la patria, no hace mención de nada de todo eso, tan escaso es el papel que le asignar. Sólo menciona la sociedad, sus hombres y el gobierno.
Veneremos enhorabuena todas esas cosas, que nuestra nación “nos lo pone fácil”, como hoy se dice. Porque liberales y socialistas, cuando quieren enorgullecerse de su patria, sólo puede recurrir a motivos tan fútiles como las victorias futbolísticas, de las que no menos podríamos presumir los católicos. Pero no las necesitamos, ya que podemos ufanarnos de las más gloriosas gestas que nación alguna ha hecho por el reinado de Cristo y de su Iglesia, mientras que los progresistas de todo pelaje no tienen gloria alguna a que acogerse en nuestra historia, como no sean las mil vilezas extranjerizantes o la caza de indefensos sacerdotes y monjas, que se han cometido en los últimos siglos. Pero hagámoslo con la conciencia de que todo ello es consecuente al amor debido a los hombres actuales de nuestra sociedad, y con la conciencia de que sólo son venerables la cultura, la costumbre y la tradición acordes con el fin del hombre y de la sociedad.
3) La substantivación de la patria. Una tercera manera de desencaminar el patriotismo nace de la manera en que se concibe la patria. No voy a hablar de la formación de las modernas nacionalidades y del estado, asunto sobre el cual ya hay demasiado, y demasiado bueno, escrito insignes pensadores tradicionalistas. El hecho es que la comunidad política por virtud de complejos avatares históricos ha venido a identificarse con lo que hoy en día se llaman naciones. Es decir, patria y nación (términos que se pueden separar o identificar como hace, aunque con distingos, el propio Mella) son, según eso, cosas como España, Francia o Inglaterra. Semejante nitidez y rigidez en la concepción del objeto de la piedad no se halla en Santo Tomás. Esa virtud se ejerce, según él, respecto de los padres, los consanguíneos, los compatriotas y el gobierno, enumeración que queda abierta a las diversas formas sucesivas de comunidades que culminan en los reinos, el imperio o la cristiandad.
La circunstancia transeúnte y accidental de la formación, durante los últimos siglos, de lo que llamamos naciones, que son formaciones políticas cuajadas, centralizadas y cerradas en sí mismas, ha influido de manera perniciosa en concepciones del patriotismo más o menos próximas al tradicionalismo. Me refiero concretamente al pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que substancializa la patria, confieriéndole una esencia inmutable y una especie de existencia separada y eterna[9], que la convierte, através del Estado, en principio y foco de toda la acción política y social. Si el patriotismo cultural, o folklórico, toma el rábano por las hojas, el patriotismo falangista pone la carreta delante de los bueyes. No hay más que consultar la Norma Programática de la Falange, cuyo primer punto llama “realidad suprema” a España[10], y donde, sólo en el punto penúltimo, se acuerda de la religión para conceder que “nuestro movimiento incorpora el sentido católico -de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”[11]. Verdad es que hay otras posibles lecturas de José Antonio y que su postura se explica como reacción ante el peligro separatista. No menor peligro tiene construir doctrinas para resolver problemas concretos, sin adoptar la necesaria distancia y hacer la imprescindible abstracción. Más vale seguir el ejemplo de Vázquez de Mella, cuyo patriotismo no va a la zaga del de José Antonio, pero no pierde de vista el lugar que en el orden universal tienen la patria, que no es descrita como realidad suprema desde la cual se sigue el resto de los principios políticos, sino como realidad donde confluyen todos los elementos del trilema carlista[12].
La realidad de las modernas nacionalidades también parece haber influido sobre la identificación del Estado con la noción de sociedad perfecta, que tanto se ha empleado al hablar de los dos poderes en el s. XIX y XX. Ni el Estado ni la nación son las únicas, ni las últimas, sociedades a que apunta el deber patriótico, entendido fuera de las condiciones históricas de la modernidad, que les ha aplicado la noción de acabamiento o perfección. Esa idea de la sociedad perfecta, que incluye la de su unidad, y la de su independencia, debe entenderse a la luz del fin, no como un fin en sí misma. La idea de la perfección aplicada a la sociedad se hallaba ya en Aristóteles, pero no era la unidad de una substancia que no puede formar con otra una substancia, sino que era la unidad determinada por el fin de la vida en común que es el “vivir bien”[13]. Bien es cierto que él concebía ese fin de manera sólo natural y que, en consonancia con sus circunstancias históricas, entendía que esa perfección se daba en las limitadísimas sociedades de varios pueblos que constituían las ciudades-estado en la antigua Grecia. Esa noción se ha aplicado luego a sociedades muchos más amplias, a los reinos medievales y a las naciones modernas. Pero lo esencial no es la unidad e independencia, sino la consecución del fin de la sociedad, que no se reduce al sustento y perfeccionamiento natural de los hombres, sino que es sobrenaturalizado y universalizado por el cristianismo, al incluirlo en el plan para el establecimiento del reinado de Cristo en la tierra. Por ello el carlismo ha insistido en el carácter abierto de la patria, que puede federarse, incluirse en imperios o tender a la unidad superior, que estaba en la idea de la Cristiandad.
Aquí también el criterio último ha de ser el orden del universo: el objeto de la piedad son las sociedades de las que somos deudores, empezando por las más próximas y prologándose hacia sociedades cada vez más amplias, sin confín predeterminado a priori. Sus límites no están prefigurados de manera tajante y definitiva, sino que dependen de las circunstancias históricas. Pueden ampliarse hasta formar imperios, pero no es imposible que, para cumplir su función y alcanzar el bien común, deban reducirse a unidades más limitadas. El separatismo es una sedición, cuando persigue un bien particular y destruye ese bien, que es la unidad, por intereses partidistas o enfrentamientos interesados. Pero, de suyo, podrían ser necesarios para alcanzar el bien común. Cuando Menéndez Pelayo dijo que, si España dejaba de ser un pueblo de Dios, “se volvería a los reinos de Taifas”, solemos fijarnos en la pérdida de la unidad -que mala es-; pero mucho peor es que esos reinos sean de taifas, es decir pueblos mahometanos o descreídos. De igual manera, la formación de unidades superiores será indudablemente conveniente, cuando se trate de lograr, mejor y más universalmente, el fin de la sociedad que en Dios se halla; serán, en cambio, rechazables cuando se trate de alcanzar otros fines contrarios a la religión: la cristiandad era deseable, no la Unión Europea.
En resumidas cuentas, la piedad patriótica procede de una extensión por analogía de proporcionalidad, desde la piedad filial; y esa extensión abarca las diversas sociedades escalonadas, hasta aquélla, cuyo gobierno englobe nuestra vida, y no tenga otros gobiernos por encima. Hasta dónde se extiende nuestra obligación patriótica es cuestión de hecho. Ahora bien, como la virtud patriótica incluye la obligación de colaborar al bien común y, especialmente, la de defender la unidad de la patria, pueden darse conflictos entre la obtención del bien común, rectamente entendido, y la unidad de hecho de la patria. En ese conflicto, cuya solución sería, en cada caso, cuestión de prudencia, debe prevalecer como criterio, igual que en todo lo demás, el fin último del hombre, y no la unidad de una nación sustantivada, como ocurre en la concepción fascista. La unidad e independencia son un bien, si están encaminados al verdadero bien común, pero no es un bien absoluto. Por eso es inadmisible, desde el punto de vista tradicional, aquello de Calvo Sotelo: “España, antes roja que rota”, que, tomado fuera de contexto, no puede ser más desafortunado.
Entiéndaseme bien. Creo que España, a pesar de que ha perdido la comunidad en la concepción del bien, y a pesar de que su unidad parece ser mantenida por un Estado en degeneración, debe hoy ser defendida en su unidad e independencia. Pero se ha de tomar conciencia de que, en la imprevisible babel política en que vivimos, ése no es el bien último, ante al cual deba sacrificarse el bien común cristianamente entendido.
4) El tradicionalismo apátrida. El último error, que deseo resaltar, nace de lo que podría describirse como la disolución del deber patriótico entre los católicos. Según mi interpretación ese deber se extiende a todas las sociedades a que pertenecemos, y culmina en la más elevada de esas sociedades, cuyo gobierno tenga poder real, legítimo o no, sobre nosotros. Tenemos respecto de esas sociedades la obligación ordinaria de contribuir al verdadero bien común y el deber accidental de atender a sus necesidades extraordinarias. En nuestro caso, eso se concreta, a mi parecer, en el deber extraordinario de enfrentarnos, por los medios que tengamos a nuestro alcance y con la debida prudencia, a esos gobiernos, regionales, nacionales o supranacionales ilegítimos que están sobre nosotros. Tenemos que oponernos a ellos, con no menos entusiasmo que a un enemigo exterior, que hostigara o conquistara nuestra patria desde fuera.
Sin embargo, vemos hoy que el deber patriótico no sólo no es cumplido por los católicos, sino que niegan tenerlo. Dos errores distintos han contribuido, según entiendo, a que la mayor parte de los católicos no perciban la obligación patriótica extraordinaria de enfrentarse a esos enemigos interiores, que apartan a nuestra sociedad del fin al que debe dirigirse. La primera procede del contagio modernista que padecen las autoridades eclesiásticas, y de la consiguiente doctrina sobre la independencia del orden temporal respecto del espiritual. La sesgada interpretación maritainiana de la separación de poderes, admitida por muchas jerarquías eclesiásticas; el decidido apoyo teórico de estas últimas a la democracia; su posterior negativa a enmendarse ante los desastrosos resultados de esa enseñanza; el recurso a enmascarar la misma postura con la vacía retórica de la laicidad positiva; todo eso ha vaciado de huestes cualquier organización que pretenda cumplir con el deber patriótico. Y así, cuando, entre los católicos, cunde la alarma por el futuro de nuestra patria, la única reacción que se ha dado, de manera común, ha sido votar al PP, con gran satisfacción por parte de los mejores obispos.
Pero, aún hay otra postura, a mi entender errada y poco denunciada, que no se da ya entre los seguidores del progresismo eclesiástico, más o menos virulento, sino entre los mismos tradicionalistas. Ese error se produce por creer que la patria se extiende sólo hasta donde llega, de hecho, la comunidad de fines conforme a la doctrina cristiana. Me explico: para algunos sólo pertenecemos a la comunidad de quienes admitimos las doctrinas tradicionalistas y, por ello, tratan de vivir en el seno de las pequeñas siociedades tradicionalistas, con la sana intención de preservarse a sí mismos, y a sus familiares, del contagio del mundo hostil al cristianismo en que vivimos. Están dispuestos a emigrar, si las cosas se ponen feas en España, y sólo pretenden del resto de sus semejantes, definitivamente perdidos a sus ojos, que respeten su comunidad, sin considerarse obligados, en modo alguno, a defender la sociedad en que hemos nacido. En otras palabras, hay numerosos tradicionalistas que vienen a mantener, en la práctica y sin saberlo, la doctrina del comunitarismo, que es, a la postre, una forma de liberalismo bastante cómoda. No deben olvidar, sin embargo, que quien quiere salvar su alma la perderá.
Es maravilla ver cómo muchos católicos puntillosos, incapaces de matar una mosca o robar un céntimo, fieles cumplidores de sus deberes de estado y de sus deberes religiosos, no mueven un dedo, no dan un euro, no se molestan en lo más mínimo por la patria, en estas horas negras por las que atraviesa; con lo cual cometen, a mi juicio, un pecado de omisión semejante al de abandonar a los padres en los momentos de necesidad. Peor incluso, según muchos, porque, como dice Aristóteles, “la ciudad es anterior por naturaleza a la familia y a cada uno de nosotros”[14].
Cultivemos, pues, la virtud del patriotismo y atendamos a nuestra patria en su enfermedad y decadencia. Huyamos de la reacción egoísta que nos acecha; a los viejos en forma de desesperación y deseo de no ver lo que se avecina; a los jóvenes, en forma de entrega a la diversión, que permite olvidar la propia responsabilidad y la realidad misma. Perdamos por nuestra patria el tiempo, el dinero, las amistades y el buen nombre dentro de esta degenerada sociedad, pues así cumpliremos un mandamiento que, en el decálogo, sólo es inferior a los que directamente se refieren a Dios y haremos méritos para alcanzar, un día, nuestra auténtica Patria.
[1]ECO H., “La Edad Media ha comenzado ya”, en Eco H., COLOMBO F., ALBERONI F. y SACCO G., La Nueva Edad Media, C. Manzano trad., Alianza, Madrid 1973.
[2]Cf. el número monográfico de la revista Catholica, titulado “Personnalistes et communatariens” (nº 97, 2007) y AYUSO, M., “La metamorfosis de la política contemporánea, ¿disolución o reconstitución?”, Verbo 465-466, mayo-junio-julio 2008, pp. 521 ss.
[3]SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 80, a. 1, co.
[4]SAN AGUSTÍN, Ciudad de Dios, l. X, cap.1
[5]SANTO TOMÁS, S. T., II-II, q.101, a 2 co.
[6]S. T, II-II, q. 101, a. 4, ad 1
[7]“Los que fomenten, aprueben o hagan posible la ruptura de la unidad católica de las Españas son destructores de mi patria”, dice Elías de Tejada (“La pietas en Santo Tomás de Aquino”, en Santo Tomás de Aquino; hoy, Speiro, Madrid 1974, p. 103).
[8]El Manifiesto.com, 11 de abril de 2007
[9] “España es Irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir (…) Las naciones (…) son fundaciones, con substantividad propia”(PRIMO DE RIVERA J. A., Textos de doctrina Política, Delegación Nacional de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S., Madrid 1966, p 286).
[10] Ibid., p. 339
[11] Ibid., p. 344
[12]VÁZQUEZ DE MELLA J., Obras completas, Junta de Homenaje a Mella, Madrid 1832, t. XV, p. 239
[13]Pol. I, 3, 1252b 28; cf. II, 2, 1261a 18 ss.
[14]Pol. I, 2, 1253a18. Cf. ELÍAS DE TEJADA F., op. cit., pp. 102-3.
miércoles, 6 de mayo de 2015
Dinero,demogresca y otros podemonios (Juan Manuel de Prada)
Dinero, demogresca y otros podemonios. Juan Manuel de Prada, por la Tradición

Madrid, abril 2015. A fines del pasado mes de marzo se puso a la venta el nuevo libro del consagrado escritor Juan Manuel de Prada, Dinero, demogresca y otros podemonios (Ediciones Temas de Hoy, 2015). Mientras continúa el éxito de su novela Morir bajo tu cielo (Espasa, 2014), en su nuevo libro, como dice su contraportada, el autor «arremete contra los nuevos tiranos que proclaman la ruptura con la tradición como liberación para el ser humano, convirtiendo a los pueblos en masas invertebradas y fácilmente manipulables. Amputados de sus raíces espirituales y entretenidos en goces plebeyos y egoístas, los pueblos se entregan a una demogresca destructiva que la partitocracia favorece para hacer más fuere su alianza con el poder plutocrático».
Por esta vez FARO no va a extenderse en su reseña. Vamos a optar, en cambio, por reproducir el prólogo de la obra, en que Juan Manuel de Prada nos deja las cosas bien claras:
Los romanos completaban la compraventa de una casa mediante el acto de la traditio, por el cual el vendedor entregaba al comprador la llave que le franqueaba la entrada a su nueva propiedad. Y a esa entrega de una llave de unas generaciones a otras —una llave que, encajada en la cerradura del mundo, nos revela su misterio—, es a lo que llamamos tradición. Todos los tiranos que en el mundo han sido, para imponer sus designios, han tratado de destruir los lazos de la tradición, pues saben que las personas desvinculadas se convierten en carne de ingeniería social; de ahí que siempre hayan combatido los vínculos vivos que mantienen a los hombres unidos en su origen y orientados hacia su fin, empezando por los lazos familiares, siguiendo por los políticos y terminando por los religiosos.
Nuestra época ha logrado disminuir las causas del hambre, de la enfermedad y el dolor físico; pero hay otro tipo de dolor, el más propio y exclusivo del hombre, que nace de la soledad espiritual, de la desesperación, de la falta de sentido de la propia existencia, que no sólo no se ha reducido, sino que se ha incrementado de forma alarmante. Y este dolor nace de la falta de lazos, de esa conciencia de desarraigo que vacía la vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. La tradición alberga al hombre en el tiempo, como su casa lo alberga en el espacio, y le otorga su bien más preciado: un sentido hondo de pertenencia que le permite no extraviar su vida en la incoherencia y el hastío, la incertidumbre y la dispersión.
Los nuevos tiranos nos venden la ruptura con la tradición como una suerte de liberación mesiánica. Absolutizando el presente, los hombres llegan a creerse dioses; y olvidan que las ideas nuevas que les rondan la cabeza (que, por supuesto, son ideas inducidas por el tirano de turno, que ha modelado a placer sus conciencias) son repetición de los viejos errores de antaño, esos errores que sólo a la luz de la tradición se delatan. Porque la tradición nos conecta con un depósito de sabiduría acumulada que sirve para explicar el mundo, que ofrece soluciones a los problemas en apariencia irresolubles que el mundo nos propone; problemas que otros confrontaron y dilucidaron antes que nosotros. Y cuando los vínculos con ese depósito de sabiduría acumulada son destruidos, cualquier intento de comprender el mundo se hace añicos.
Es verdad que los hombres han deseado siempre cambiar: pero los hombres con tradición desean ese cambio para acercarse a aquello que no cambia; los que carecen de tradición, en cambio, quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia, y no hacen sino perecer en su torbellino. Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, imaginaba una sociedad futura en la que una multitud innumerable de personas sin vínculos, que viven «como extraño el destino de los demás» llenaba su alma «con placeres ruines y vulgares»; y calculaba que sobre esa sociedad de hombres sin tradición no tardaría en emerger un «poder inmenso y tutelar», de apariencia benigna, incluso paternal, que se preocuparía de «asegurar los goces» de esa multitud, porque asegurándoselos se aseguraría también su dependencia, una idiotizada sumisión que los fijase irrevocablemente en la infancia. Y así —proseguía Tocqueville—, facilitando sus placeres plebeyos, consiguiendo que la multitud esté entretenida y gozosa, ese tirano podrá tomar entre sus manos a cada individuo y modelarlo a su antojo, mediante «un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes» que no destruyen su voluntad al modo violento de los tiranos antañones, sino que la ablandan, la someten y dirigen, la debilitan y reducen a voluntad gregaria, que luego el tirano puede pastorear a su antojo. Aquella estremecedora visión profética de Tocqueville se ha hecho realidad en nuestro tiempo, que bajo máscara democrática ha logrado la más pavorosa amalgama de poder, haciendo de los pueblos masa de hombres desvinculados, cretinizados con la golosina de la libertad que el tirano les brinda (por supuesto, siempre libertad negativa, libertad que se alza como una empalizada contra la comunidad de los hombres, para facilitar su aislamiento), enfangados en sus pasatiempos abyectos, orgullosos de poder afirmar su derecho a la vulgaridad, encantados de retozar en la cochiquera de las redes sociales, que ya son la única vivienda donde pueden alojar su vida desalmada.
Convertirse en aquel rebaño de pesadilla prefigurado por Tocqueville es el destino natural de los pueblos sin tradición. Pero no pensemos que ese «poder inmenso y tutelar» se conforma con convertir a los pueblos en multitud de gentes colectáneas y animalizadas; su benevolencia taimada es la misma que la del Gran Inquisidor de Dostoievski, que mantiene a sus siervos en un estado de felicidad infantil a cambio de ordeñarlos a conciencia, como hacen las hormigas con los pulgones. El destino inevitable de los pueblos que se dejan arrebatar sus bienes espirituales es el expolio indiscriminado de sus bienes materiales: una vez que el tirano consigue convertir a los seres humanos en mónadas narcisistas que reniegan de los compromisos fuertes, para entregarse a sus apetitos y caprichos, resulta mucho más sencillo someterlos a exacciones y arrebatarles el futuro, en el que ya han dejado de creer. La corrupción endémica que galopa a lomos de la partitocracia, como los abusos del capitalismo financiero, no serían concebibles si previamente no se hubiese convertido a los pueblos en un hervidero de pulgones a los que se halaga con conexión wifi y derechos de bragueta, para que se crean libres y soberanos y puedan soltar exabruptos en Twitter, mientras se les deshumaniza y ordeña a conciencia, una vez agrupados en los negociados de izquierdas y derechas, que son los rediles que el tirano ha dispuesto para que su cautiverio resulte menos oprobioso (pues así, mientras los ordeña, los pulgones pueden entretenerse en la demogresca, increpando a los pulgones del redil contiguo).
Desgraciadamente, los pueblos sin tradición ni siquiera pueden rebelarse contra ese poder que ha moldeado sus conciencias, pues su angosta y distorsionada visión del mundo es la que el poder les ha inculcado, y afuera hace mucho frío. Y si en algún caso ese pueblo sin tradición, medroso y debilitado por los placebos y morfinas que el poder le suministra, llega a descubrir que está siendo pisoteado, su rebelión será apenas un vómito estéril de odio, un grito emberrinchado e injurioso, un ansia desnortada de revanchismo y revolución, porque para entonces su alma hecha trizas y deshabitada de Dios ya habrá sido conquistada por todos los materialismos envilecedores que han constituido su habitual dieta. Y, a la vez que se rebelan contra el tirano que los ha convertido en un gurruño infrahumano, los pueblos sin tradición le solicitan que les siga suministrando la ración de veneno que, en época de vacas flacas, les racanea. Y ante su queja, el tirano podrá incluso doblarles la ración, benevolente y enternecido; pues en esos chiquilines emberrinchados (¡podemonios!) no verá sino criaturitas adictas a la dulce ponzoña de placeres plebeyos que él suministra.
Desvelar las diversas estrategias que este tirano vislumbrado por Tocqueville emplea para confiscar nuestras almas (apareciendo, incluso, como nuestro mesías salvador, en medio de la crisis que él mismo ha provocado) es lo que nos hemos propuesto en este libro que tienes entre tus manos, querido lector. Muchas de las tesis que en él se defienden las hemos ido desarrollando durante los últimos años en el diario ABC y en la revista XL Semanal, a cuyos responsables hemos de agradecer que siempre nos hayan dejado expresarnos sin bozo ni rebozo, a despecho de quienes les calentaban las orejas, solicitando nuestro ostracismo. A medida que hemos profundizado en las entretelas de ese «poder tutelar e inmenso» que se adueña de los pueblos sin tradición hemos ido tropezándonos con mayores animadversiones e intentos de tergiversar nuestro pensamiento, procedentes por igual de los negociados de derecha e izquierda; y es natural que así sea, pues tales animadversiones y tergiversaciones las dicta ese rechazo instintivo —muy sagazmente detectado por Leonardo Castellani— que quienes viven en tiempo presente (¡y disfrutan de las ventajas y sobornos del tiempo presente!) sienten hacia el profeta que vive en tiempo futuro, al que desean empujar hacia la soledad, silenciar y finalmente matar, siquiera civilmente. Siendo sinceros, este designio lo han ido cumpliendo implacablemente durante todos estos años: negar que estamos cada vez más arrinconados sería tanto como vivir en un mundo de fantasía.
Siendo también sinceros, hemos de reconocer que nos lo hemos ganado a pulso. Pero, aunque desde la soledad y el desprestigio las dentelladas de los chacales hieren mucho más, mientras tengamos voz no hemos de callar, «por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo». Y, además, siempre habrá alguien como tú, querido lector, dispuesto a abandonar el redil y acompañarnos en el destierro. Mil gracias por tu sacrificio y tu lealtad.
Madrid, enero de 2015
- Prada, Juan Manuel de, Dinero, demogresca y otros podemonios. Ediciones Temas de Hoy, Madrid 2015. ISBN 9788499984780. Rústica con solapas, 15 x 23 cm. 272 páginas.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Auténtico sistema representativo ( Juan Vallet de Goytisolo)
JUAN VALLET DE GOYTISOLO
II EL DERECHO A
PARTICIPAR EN LA VIDA PÚBLICA MEDIANTE
UN AUTÉNTICO Y SISTEMA REPRESENTATIVO
VII El problema del
gobierno y la representación en las democracias
De una manera muy somera pueden
reducirse a tres los sistemas de democracias modernas que invocan la soberanía
popular: la elección o aclamación de un jefe carismático que
plebiscitariamente es consagrado y que periódicamente
consulta al pueblo; el ejercicio guiado y dirigido por un partido
único, que se autoproclama representativo de la verdadera voluntad popular; y la elección de representantes,
entre los propuestos por los diversos partidos políticos, que compiten entre sí para ostentar temporalmente la
representación popular.
En cualquiera de estos casos, en
las democracias siempre gobiernan oligarquías. Es algo que
Gonzalo Fernández de la Mora (112), siguiendo especialmente a Roberto
Michels, en su obra Sobre la sociología de los Partidos en la
moderna democracia, y a José Schumpetet', en Capitalismo, socialismo y democracia, ha mostrado y subrayado la existencia de la que Michels denominó «ley del hierro de la oligarquía», por considerar que ésta trasciende a una necesidad
social absoluta en las democracias, en las cuales, la masa «siente la necesidad
de ser guiada, y es incapaz de actuar cuando Je falta una iniciativa externa y superior».
El primer sistema es
rotundamente rechazado por quienes hoy administran el monopolio del uso de
la palabra democracia, y lo otorgan o rechazan en los casos en los
que se discute esa calificación a un determinado régimen. Se
observa que no se concede credibilidad a referéndum alguno que no
sea convocado, organizado y contabilizado por quienes previamente son
reconocidos como gobiernos democráticos. La propaganda, a
través de los medios masivos de comunicación, tiene hoy tal fuerza de sugestión, que según
quien los convoque, cómo los plantee, cómo
organice la propaganda, e incluso según
quien maneje las computadoras, el resultado será muy diverso.
El sistema de partido único fue una creación de Lenin, que trasladó al Gobierno de la U. R. R. S. el sistema que había inventado para la Revolución, y Stalin se encargó de institucionalizarlo. En Alemania el nazismo y en Italia el facismo se apoyaron en el partido
(112) Gonzalo Fernández de la Mora: La partitocracia, Madrid,
Instituto de Estudios Políticos, 1977, cap. II, págs. 27 y
sigs.
único; y, a imitación de éstos, en España, bajo el mando de Franco, se institucionaliza F. E. T. y de las J. O. N. S., aunque
realmente estuvo sujeta siempre por el gobierno, para lo que bastaba disponer del cambio del Ministro Secretario del Movimiento.
El artículo 126 de la
Constitución soviética, en su apartado final, dice —que «los ciudadanos
más activos y más conscientes pertenecientes a la clase obrera, a
los trabajadores del campo y a los trabajadores intelectuales, se
unen libremente en el seno del Partido comunista de la Unión soviética, vanguardia de los trabajadores en su lucha para la construcción de la sociedad comunista y núcleo dirigente de
todas las organizaciones de trabajadores, tanto de las organizaciones sociales como de las organizaciones
del Estado».
Pero, ¿es posible calificar este
sistema de democrático? Si partimos de que Rousseau, como ante
hemos visto, estima que la voluntad emitida por la mayoría, si
prevalece en ella un interés particular, no corresponde a la voluntad
general, ya que ésta se identifica siempre con el bien público, y, en cambio, resulta que si
una revolución triunfante monopoliza esa
voluntad general de todo el pueblo o del proletariado, que numéricamente es mayoritario, entonces sus jefes, empleando el sistema nervioso del Partido único,
mantienen por fuerza en el pueblo esa
pretendida voluntad general, que, además plebiscitariamente es abrumadoramente
respaldada. ¡Claro está que por sus caracteres esas democracias populares en
nada se parecen a las del pueblo de Dios, que Rousseau indicó como
paradigma de la democracia pura, sino que van
acompañadas de aparatos policíacos y represivos, se rodean por un «telón
de acero» y practican el totalitarismo
estatal más absoluto, hasta ahora conocido, con su archipiélago de GULAG!
VIII. La representación por los
partidos políticos.
Queda el tercer sistema, aceptado por las denominadas democracias occidentales. Aunque se han señalado precedentes de ellos en la Atenas democrática y en las banderías y partidismo de los validos en discordia en las Monarquías absolutas, parece más exacto pensar que los partidos políticos son elemento inseparable de los regímenes
liberales; y, por ello, los partidos acompañan a los movimientos revolucionarios que inician la vida política moderna, corno ocurre en Inglaterra en el siglo XVII, en Francia a fines del xviii, en la España de las Cortes de Cádiz y en Alemania de 1 848 (1 1 3).
Hoy,
consolidada la partitocracia, «la soberanía popular se ejerce optando entre oligarquías», como ha escrito Gonzalo Fernández de la Mora (114).
Claro es que así, ocurre como ya en su época había advertido Rousseau (115) del pueblo inglés diciendo que «se figura ser libre y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del parlamento; en cuanto éstos resultan elegidos, el pueblo es esclavo o no es nada. En los breves momentos de libertad hace tal uso de ésta
que bien merece perderla». O, como afirmó Tocqueville (116), a los ciudadanos en los pueblos
democráticos, «se les hace alternativamente los juguetes del soberano y sus amos, más que reyes y menos que hombres». O, según dijo Costa (117) de los liberales españoles de su tiempo: «Piensan que el pueblo ya es rey
y soberano porque han puesto en sus manos la papeleta electoral: no lo creáis, mientras no se reconozca además al individuo y a la
familia la libertad civil y al
conjunto de individuos y de familias el derecho complementario de esa
libertad, el derecho de estatuir en forma de costumbres, aquella soberanía es
un sarcasmo, representa el derecho de darse
periódicamente un amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es el harapo de púrpura y el cetro de caña con que se disfrazó a Cristo de rey en
el pretorio de Pilatos».
113 Cfr.
Nicolás Pérez Serrano: Tratado de Derecho político, Madrid, Civitas,
1976, cap. XXIV, 254, págs. 321 y sig.
114 Fernández
de la Mora: op. cit., pág. 49.
115 Rousseau: op. cit., Lib. III, cap. XV, págs. 140 in fine y sig.
116 Alexis
de Tocqueville: De la democratie en Amérique, Ed. dirigida
por P. Mayer, París, Gallimard 1961, vol II, parte IV, lib. III, capítulo
VI, pág. 327.
117 Joaquín Costa: La
libertad civil y el Congreso de Juristas Aragoneses, cit., cap. VI, pág.
175.
«Los años de gobierno
parlamentario —escribía entre 1888 y 1891, Torras y Bagés (1 1 8)—, sistema artificioso y de gran vanidad, bajo el brillante engaño de unas elecciones ciegas e inconscientes, fundadas en la materialidad del número de votos, han ido formando una verdadera oligarquía que ha conseguido tener la nación en sus manos, o mejor bajo sus pies, que ya no es gobierno representativo ni siquiera parlamentario, pues ninguna correspondencia hay entre los legisladores y el país al que representan» ... «unos cuantos formando sociedad para la explotación del país en su provecho, bajo la denominación de tal o cual partido, han llegado a hacer suyo el gobierno de la nación, y por turno pacífico o violentamente quieren gozar de las ventajas del poder». Para ser candidato y así elegido, añade poco
después (119), la mejor cualidad es pertenecer a la cofradía de quienes gobiernan, y sobre
todo poseer la habilidad de saber hacer las elecciones, o sea asegurar al gobierno un diputado que se avenga a
entrar dócilmente en el servum pecus de la mayoría parlamentaria».
Y, hoy, es así con el agravante,
observado por Pompidou (120), de que «en el mismo momento en
que el individuo se siente libre y se libera de las obligaciones y
represiones tradicionales, se construye una máquina técnico-científica
monstruosa, que puede reducir a la esclavitud a ese mismo
individuo, o destruirlo de la noche a la mañana. Todo depende de los que
tengan las palancas del mando que nadie acaricie la ilusión de
control. Una vez al volante del coche, nadie puede impedir al
conductor que apriete el acelerador y que dirija el vehículo hacia donde
quiera».
En 1933, Luis Legaz y Lacambra (1 2 1) comparaba las dictaduras y las democracias que entonces se distribuían el oeste de Europa
118 Josep Torras y Bages, Bisbe de Vic: La tradició
catalana, I parte, cap. XVIII; cfr. ed. cit., págs. 120 y sig.
119 Ibid., cap. XX,
III, pág. 146.
120 Georges Pompidou: El nudo gordiano, cfr. vers.
en castellano, Madrid, Hispanoamericana de Ed. y Distrib., 1975, pág.
159.
121 Luis Legaz y Lacambra: El Estado de derecho en la
actualidad, II, en Rev. Gral. de Legislación y Jurisprudencia,
163, 2.1 sem. 1963, pág. 761.
continental: «Hay que romper con
la creencia de que dictadura y democracia sean cosas antitéticas: más bien se
requieren mutuamente» ... «La democracia tiende a la
dictadura, y la dictadura requiere cuanto menos el apoyo de amplias
masas populares, si no es ejercida directamente por esa masa» ... Y explicaba de ese modo
la tendencia dictatorial de los partidos
políticos (122) : «tienen un programa indiscutible, que va a
imponerse, no a discutirse, en el Parlamento, puesto que los diputados
son mandatarios de los partidos y no de la nación».
Cuando ningún partido puede
imponerse por sí solo, «el Estado se
convierte en un puro compromiso, en una transacción». En cambio, «a media que los partidos aumentan en
poder político y social, apuntan tendencias dictatoriales, hasta el puno
de que las democracias tienden a convertirse en dictaduras. Los partidos aman
la discusión en proporción inversa a su
fuerza numérica». Las coaliciones o
mayorías gobernantes «se sienten representantes de una institución para cuya defensa todos los medios son
lícitos».
Este último hecho lo ha comentado
Marcel de Corte (123) : «Bajo un roussonianismo de
derecho que traduce los grandes vocablos de libertad, de igualdad, de
fraternidad, se disimula en política un maquiavelismo de hecho
que utiliza su influencia hipnótica en favor de poderío de los amantes del
poder, individuos, grupos y naciones. Rousseau le da
a Maquiavelo la buena conciencia y la buena fe de que se mofa el
florentino» ... «El ángel roussoniano se combina con la bestia
maquiavélica. Eso produce una excelente mixtura explosiva. Desde hace dos
siglos, todas las revoluciones la utilizan sin sentir
vergüenza...».
122 Ibid.,
págs. 156 y sigs.
123 Marcel de Corte: L'homme contre lui mime, París,
Nouvelles F.d. Latines 1962, cap. VI,
pág. 197.
IX. ¿Qué es la representación política?
Creemos que después de los antecedentes recorridos es ya el momento de
centrar el significado de la representación política. Para ello, no hemos hallado mejor guía que el libro de
ese título del profesor Galváo de Sousa (124), en el que analiza cuidadosamente la relación, en este aspecto, entre la sociedad y el poder.
Muy finamente distingue tres
subaspectos diversos de la palabra representación política: la
representación por el poder; la representación ante el
poder, y la representación en el poder.
La representación de la sociedad por
el poder o la autoridad, que le confiere su unidad, tiene
lugar cuando los dirigentes actúan en nombre de la sociedad que
gobiernan. Ciertamente hay una representación inherente al poder, que
dimana de la propia articulación de la sociedad, sin la cual ésta resultaría acéfala.
Este tipo de representación no implica que
existan órganos representativos del pueblo junto al gobierna, aunque no los
excluya, pero siempre requiere un mínimo
consenso sin el cual no es posible gobernar.
La representación de la sociedad ante
el poder implica la existencia de instituciones
representativas de aquélla. En ese caso la representación constituye el ligamen entre la sociedad y el poder. En
este supuesto, el poder representa a la sociedad y ésta se representa ante el poder, elevando hasta éste las necesidades y conveniencias sociales. El poder
representa a la sociedad política en cuanto ésta constituye una unidad; la
sociedad se representa ante el poder en cuanto multiplicidad, es decir, en la pluralidad de los grupos que
la componen y las diversas
aspiraciones de sus miembros, con sus diversos intereses y opiniones: reales en la representación corporativa, predominantemente ideológicas en
el régimen de partidos. Cuando el poder es asumido por la asamblea representativa, se confunden la representación por el poder y la representación ante el
poder, lo que implica a su vez la confusión entre
representación y poder político.
La representación de la sociedad en el poder, conduce al gobierno representativo, característico de las sociedades
organizadas, cuyos órganos representativos colaboran con el
poder en el gobierno. Esa colaboración tiene diversos módulos y se efectúa de diversos modos, que oscilan de lo
meramente consultivo hasta la participación
(124) José Pedro Galváo de Sousa: Da representacao
politica, Sao Paulo, Ed. Saraiva 1971, dap.
II, págs. 17 y sigs.
en el poder. Un modelo de ese tipo lo hemos observado, antes, en el régimen pactista de la Cataluña clásica.
Como muy juiciosamente observa el
mismo Galváo de Sousa (125) : «Cuanto más amplia sea la
representación de la sociedad ante el poder, tanto más perfecta podrá ser.
Pero, la representación de la sociedad en el poder, para compartir la
dirección de la cosa pública, tiene que ser restrictiva, y cuanto más rigurosa
sea la selección, tanto más perfecto será el gobierno».
El gobierno representativo se esfuma cuando la representación se apoya abstractamente en el pueblo soberano,
confundiéndose la representación y el
ejercicio del poder en el órgano representativo. Así, ocurre, a partir de la Revolución francesa, casi sin excepción en
los regímenes denominados democráticos.
La declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano de 1789 proclamó: «El
principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer
cualquier autoridad que no emane de ella expresamente».
Galváo de Sousa (126) explica cómo por los hombres de la revolución se entendía la nación soberana. «No en cuanto comunidad histórica,
formada por familias u otros grupos con. hábitos sociales, creencias y
aspiraciones transmitidas de generación en generación. No reflejada y palpitante en el pueblo real, heredero de un linaje de tradiciones. No en su afirmación concreta de
unidad cultural y política, marcada por peculiaridades características de su
manera de ser, de un estilo
inconfundible con el de otras comunidades del mismo género». Lo que efectivamente expresaba la declaración de 1789 era: «la nación en abstracto, unidad política
ideal»; «el ciudadano abstraído de
sus intereses reales y aureolado con intención virtuosa (del hombre naturalmente bueno de Rousseau...) para el interés común»; y «una representación abstracta, que concretamente no representa nada, y en que la
amplitud del mandato o delegación recibida por cada diputado desvanece la
relación entre su propia voluntad y la
voluntad del cuerpo electoral,
a su vez transfigurada en
125 Ibid.,
cap. II, 5, pág. 30.
126 Ibid.,
9, págs. 42 y sigs.
la igualmente abstracta volonté
générale». El diputado
«no representa a los electores, como ocurría en tiempos del mandato imperativo, sino a la propia nación, y la
voluntad nacional se corporifica en la voluntad de sus presentantes».
X. La representación política como suplantación de los representados.
A su vez, la Declaración
Universal de los Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General
de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, dice en su
artículo 21, párrafos 1 y 3:
«1. Toda persona tiene derecho
a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de
representantes libremente escogidos».
«3. La voluntad del pueblo es
la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se
expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse
periódicamente, por sufragio universal e igual y por
voto secreto y otro procedimiento equivalente que garantice la libertad de voto».
Los dos transcritos párrafos de
esa Declaración resultan contradictorios, porque la verdadera
participación política, como hemos visto, es imposible al verdadero
pueblo cuando aliena totalmente sus facultades a un parlamento
elegido por sufragio universal y cuyos miembros no quedan ligados bajo mandato imperativo con los sectores naturales del pueblo dotados de vitalidad propia. En esos casos, esta mínima participación por el sufragio se agota
con la emisión del voto.
La verdadera participación, como hemos escrito en otro lugar (127), es una interacción
entre lo múltiple y lo uno. Una interacción que confiere a la multiplicidad un cierto sentido de unidad funcional superior. Produce, pues, una armonía de lo múltiple con lo uno, de modo
(127) «La participación
como interacción de lo múltiple con lo uno», en
Algo sobre temas de hoy, Madrid, Speiro 1972, VI, 5, págs. 217 y sigs.
tal que, sin romper la unidad de éste, tampoco destruye aquella multiplicidad.
Esa es una condición esencial de la verdadera participación.
No hay participación cuando, en
lugar de interacción, hay dialéctica entre los elementos
múltiples o entre éstos y la unidad integradora.
Tampoco la hay, si lo múltiple desaparece absorbido en la unidad superior, pues, por definición, la participación requiere una multiplicidad
armonizada hacia un fin común.
Por eso, la multiplicidad se
diluye en una nueva unidad colectiva cuando se pretende que el
conjunto de elementos múltiples gobiernen la totalidad de un modo
general, y, entonces, paradójicamente, la participación real desaparece sustituida por
una pseudo-par ticipación que se limita a discutir en una asamblea y, al final, a emitir, un voto para afirmar una
pretendida «voluntad colectiva», o simplemente para
desginar uno o varios representantes comunes, ya sea con mandato imperativo o bien sin él.
Nos explicaremos: lo múltiple
sólo es tal mientras cada elemento mantiene su individualidad propia
dotada de ámbito propio, con competencia determinada. Si éstas se
esfuman, aquélla queda adsorbida en lo colectivo.
La verdadera participación, como
armonía de lo múltiple con lo uno, requiere diversidad de
competencias en la unidad superior y de cada elemento de la pluralidad. Competencia que de modo natural
es determinada dinámicamente por el llamado principio de subsidiariedad, que va fijando la
competencia que corresponda a cada cuerpo- social más amplio para suplir o
complementar lo que sus elementos integrantes
no puedan realizar.
El mayor error consiste, confundiendo los términos, en querer que
participen todos en todo, en lugar de participar actuando cada cual en su propia esfera de
competencia.
Con la formación de órganos colectivos, de los que se afirman que
representan a todos porque lo integran representantes de su pluralidad, tampoco se desarrolla una verdadera pluralidad; y, por tanto, ésta no participa realmente en ella, que, por el contrario, le resta parte del ámbito de propia competencia. La razón estriba en que con ese órgano se forma otra unidad colectiva, que viene a concurrir con los representantes de la unidad total, o sea, si se trata de un país, con los órganos de gobierno de éste. Resultan, por tanto, dos unidades de diversa composición : una tal vez personalmente única (pensemos, v. gr., en un jefe de Estado, o en el Papa) y otra colectiva o colegial (v. gr., un Parlamento a una Asamblea episcopal) que, si bien trata de subsumir en su unidad colegial la pluralidad no hace sino sustituirla, pues ésta no se halla en ella sino fuera de ella. La suplanta en la misma medida en que le absorbe sus funciones. Estos representantes no forman verdaderamente una pluralidad sino cuando están situados todos y cada uno en la propia esfera y en sus respectiva competencia (cada Municipio con su Ayuntamiento, cada Diócesis con su Obispo, en el gobierno peculiar de una u otra).
Es, aún, más plena esa absorción
de la pluralidad por la unidad colectiva cuando el mandato,
conferido en cada cuerpo, se
estima que no es imperativo, por
considerar que, con la elección del representante
o procurador respectivo, cada cuerpo se circunscribe a designar un componente más de la unidad colectiva, y
que éste en ella ya no es portavoz del
interés particular del elector para lograr la coordinación recíproca del de todos dentro del auténtico interés general,
sino sólo del interés colectivo de la unidad superior. De ese modo, se crea otra representación de la unidad
superior, diversa de la Jefatura o Gobierno. Y, aunque cada una de ellas
contemple posiblemente la unidad desde puntos
de vista contrapuestos, lo cierto es
que la pluralidad se esfuma en la unidad colegial tanto más cuanto más subsumida resulte aquélla en tal órgano
colectivo y cuanta mayor competencia absorba y se atribuya a este último, en
detrimento de las decisiones y
actividades peculiares de los cuerpos o de las unidades integradas de la
pluralidad. Absorción que es plena si se parte de la aliénation totale.
XI. Confusión de gobierno y
representación.
Los mismos defectos de la Declaración del 1789, se mantienen en la de la ONU de 1948. Siguen confundiéndose el gobierno y la representación, como ocurre en las democracias modernas desde fines del siglo xviii. También explica Galváo de Sousa (128) el camino de esa confusión.
- En el régimen histórico representativo del Bajo medievodel que hemos mostrado el ejemplo catalán— autoridad y representación se distinguen perfectamente; y —añadámoslo-- pactan entre sí, sin alienación alguna de las libertades correspondientes a las familias, municipios y demás comunidades.
- En las monarquías absolutas, en las que comienza la centralización del Estado moderno, y se mutilan o esterilizan las instituciones representativas: la autoridad suprime la representación.
- Con el triunfo en Francia del absolutismo democrático, se trató de que la representación absorbiera la autoridad; aparte de que esa representación dejaba de serlo del pueblo en concreto, en su multiplicidad, alienada a la voluntad —más o menos manipulada— de la mayoría,
- Finalmente, en la fase de crisis de la democracia, con el fortalecimiento del ejecutivo y el caos parlamentario, vuelve a intentar aquél que la autoridad repela la representación; o, tal vez, más aún,trata de que una manipulada representación facilite la mayoría parlamentaria al partido que detenta las palancas de mando del mismo ejecutivo.Por el contrario, las enseñanzas pontificias han mantenido la distinción, entre el poder del Estado y el pueblo con su vida y representación propia.Así, Pío XII, en su discurso sobre la democracia (129), dijo:
«Pueblo y multitud amorfa, o, como suele decirse, nasa, son
dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve de su vida propia; la masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y según su manera propia— es una persona consciente de su propia responsabilidad y sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera
128 José Pedro Galváo de Sousa: op. últ. cit., cap. IV,
3, pág. 82.
129 Pío
XII: Radiomensaje de Navidad de 1944, núm. 16.
el impulso exterior, fácil juguete
en manos de cualquiera que explote sus instintos o sus
impresiones, presta a seguir hoy esta bandera, mañana otra distinta. De
la exuberancia de la vida propia de un verdadero pueblo se difunde
la vida, abundante y rica, por el Estado y por todos los organismos de éste,
infundiéndoles, con un vigor renovado sin
cesar, la conciencia de su propia responsabilidad, el sentido verdadero del bien común. El Estado,
por el contrario, puede servirse
también de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad; en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos reagrupados artificialmente por
tendencias egoístas, el Estado mismo
puede, con el apoyo de la masa, reducida a simple máquina, imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así gravemente
lesionado por largo tiempo, y la
herida es con frecuencia muy difícil de curar».
Y, más adelante (130), añade: «...
Todo cuerpo legislativo —como lo atestiguan indubitables
experiencias— tiene que reunir en su seno una selección de hombres,
espiritualmente eminentes y de firme carácter, que se consideren como representantes de todo el pueblo y no como mandatarios de una muchedumbre, a
cuyos particulares intereses se
sacrifican, desgraciadamente con frecuencia, las verdaderas necesidades y las verdaderas exigencias del bien común. Una selección de hombres que no quede limitada a
alguna profesión o condición
determinadas, sino que sea la imagen de la múltiple vida de todo el pueblo».
Paulo VI (131), a su vez, expresó
que la democracia: «Supone un equilibrio que puede ser vario,
entre la representación nacional y la iniciativa de los
gobernantes; implica cuerpos intermedios libremente formados, reconocidos y
protegidos por la ley, normalmente consultados en las
cuestiones de su competencia».
Y Juan Pablo II (132), escuetamente, ha dicho, «... el Estado comprende su misión sobre la
sociedad, según el principio de subsidiariedad, que quiere expresar la plena
soberanía de la nación ». Expresión muy diversa o, más propiamente , contrapuesta
a la Declaración de 1798
130 Ibid.,
núm. 26.
131 Paulo
VI: Carta del Cardenal Secretario de Estado en nombre del Papa a la Semana Social Francesa de Caen.
(132) Juan Pablo
II: Alocución a la Conferencia Episcopal Polaca con motivo de su 169 Asamblea plenaria, el martes 5 de
junio de 1979, en el Santuario de Jasma
Gora.
JUAN VALLET DE GOYTISOLO
TRES ENSAYOS
Cuerpos intermedios
Representación
política
Principio de
subsidiariedad
EDITORIAL SPEIRO S.A. Madrid 1981
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