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domingo, 3 de junio de 2018

Hitler gana la batalla de Inglaterra (con casi 80 años de retraso)

Hitler gana la batalla de Inglaterra 

(con casi 80 años de retraso)

El caso Alfie Evans es el corolario de lo que viene haciendo Occidente desde
que supeditó el valor de la persona al utilitarismo. Cuando se cruza la delgada 
línea roja, se justifica todo: desde el infanticidio a la eugenesia. ¿Y quién decide? El Estado. Si eso no es totalitarismo...


Si Hitler hubiera ganado la batalla de Inglaterra en 1940, neutralizando a la aviación británica 
(la épica RAF), Gran Bretaña habría quedado reducido a la condición de país esclavo -
como Polonia o Checoslovaquia-, por dos razones. Porque habría perdido el primero de los 
derechos humanos fundamentales, el derecho a la vida. Y porque habría quedado dominado
 por un Estado totalitario, que autorizaba a sus verdugos (agentes de las SS) a quitar la vida.
Casi ochenta años después Hitler ha ganado la batalla de Inglaterra. El país ha quedado 
reducido a la condición de esclavo. Porque ha perdido el derecho a la vida y porque ha
 quedado dominado por un Estado totalitario, que autoriza a sus verdugos (médicos y 
enfermeras) a quitar la vida.
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Primero fue Charlie Gard, y ahora el pequeño Alfie Evans. Con la decisión del juez Anthony 
Hayden de desconectar a este último, en contra de la voluntad de los padres, y de dejarlo morir de 
hambre y sed rechazando la posibilidad de un tratamiento alternativo en Italia, un país de la 
Unión Europea pasa a engrosar la lista de regímenes asesinos, como la Camboya de Pol Pot o la URSS de Stalin.
Reino Unido decide sobre la vida de sus súbditos y lo viene practicando desde en 1967, cuando el gobierno laborista de Harold Wilson cruzó un siniestro Rubicón al despenalizar el aborto
Con un poder superior a los sátrapas más sanguinarios de la Antigüedad y más omnímodo 
que los señores feudales del Medievo, es el Estado el que decide sobre la vida de sus súbditos
 en el siglo XXI. El Estado quien decide qué vidas son dignas de ser vividas y cuáles no.
Reino Unido lo viene practicando desde hace décadas. Desde que en 1967, hace ahora 
50 años, el gobierno laborista de Harold Wilson cruzó un siniestro Rubicón al despenalizar 
el aborto, adelantándose seis años a EE.UU., que hizo lo propio con la sentencia del caso Roe vs. Wade.
Londres se convirtió en el paraíso del aborto, al que acudían mujeres de otros países para 
deshacerse de su problema. Por ese camino, el Estado eliminó 8,8 millones de bebés. 
8,8 millones de vidas inferiores, vidas de segunda categoría como las de los judíos, 
los gitanos, los discapacitados mentales o los homosexuales perseguidos por 
el nazismo o el estalinismo.
Y ahora justifica la desconexión de seres inocentes, como los niños Charlie o Alfie, 
el mismo país que hace 30 años eliminó de su Código Penal la pena de muerte para
 criminales, porque consideraba que ese castigo era desproporcionadamente cruel.
La clemencia buenista que el Estado muestra con los asesinos no la tiene con aquellos
que se ha convertido en un estorbo: fetos en el vientre, niños incurables o ancianos enfermos y sin familia. Los casos de Charlie y Alfie no son sino un ensayo general de la “solución final” que 
el Reino Unido -y otros muchos países de este Continente dos veces Viejo- va a aplicar
 masivamente ahora que le está pillando el carro del invierno demográfico.
La raíz de este desprecio por los débiles ha sido a la cosificación del ser humano. 
Una cosificación que empieza desde el principio: en el inicio de la vida.
El totalitarismo es lo que tiene. Supedita tu valía a tu capacidad de producir, curar, 
hacer vender. Tanto produces, tanto vales. Tanto sirves al Estado, tanto vales. Y si 
no… Siberia -en tiempo de los soviéticos- o el abortorio -en este tiempo-.
Como estés conectado a una máquina date por muerto: tu vida no vale un comino. Y es que se ha olvidado el valor intrínseco de la persona
Como estés conectado a una máquina date por muerto: tu vida no vale un comino. Y es 
que se ha olvidado el valor intrínseco de la persona, la dignidad de todo ser humano, que
El caso Alfie Evans no es sino el corolario de lo que viene haciendo Occidente desde 
que hace años supeditó el valor de la persona al utilitarismo. Cuando se cruza la delgada
 línea roja, se justifica todo: desde los vientres de alquiler a la eugenesia… o el infanticidio.
Al cabo, todo se reduce a un pulso entre la tiranía y la dignidad de la persona. Y 
de momento el pulso lo va ganando la tiranía: una imaginaria esvástica (o bandera roja
 con la hoz y el martillo, tanto da) ondea desde la muerte del pequeño Alfie en las almenas
 de la vieja Inglaterra.
Tú no eres un medio para nada: eres soberano como un rey. Pero eso no lo entendía ni 
el Führer hace 80 años, ni el Estado británico ahora.

sábado, 2 de junio de 2018

Una sociedad enferma, que se moviliza por un perro y deja morir a un niño

Una sociedad enferma, que se 

moviliza por un perro y deja 

morir a un niño

El caso de Alfie Evans que hemos vivido estos días nos lleva a preguntarnos 
qué hace falta que ocurra para que recuperemos la sensatez. El hombre se
 encuentra ahora en mitad de un tenebroso océano oscuro, mecido al vaivén de las olas y las corrientes.


Alfie Evans.
Alfie Evans, de 22 meses de edad, en su cama del hospital Alder Hey, de Líverpool.
Nos suelen vender que estamos en la mejor de las democracias. Que la sociedad nunca 
en la historia ha alcanzado tan altas cotas de bienestar, igualdad y progreso. Que hemos 
por fin abandonado la época de las tinieblas, de la sinrazón de la fe, de los crédulos y 
débiles cristianos que tenían que recurrir a la religión para explicar el mundo e 
inventarse un Dios que la ciencia, ahora, ha demostrado falso. Fábulas de niños, en definitiva.
Nos creímos lo del súper hombre: el ser humano no tenía que responder ante ningún dios 
porque era dios de sí mismo. La ciencia lo explica todo y, si hay algo que aún no explica, 
llegará el momento en que lo consiga hacer, y obtendremos el conocimiento completo de
 la creación entera. Dejaron de tener fe en Dios para pasar a tener fe ilimitada en la ciencia.
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Así fue nuestra terrible soberbia, que nos encumbró por encima de dioses y conciencias.
Pero no nos llevemos a engaño: cuanto más se aleja esta sociedad de la “ciudad de Dios”,
 más perdida y sumida en el error está. “Dos amores construyeron dos ciudades: el amor 
de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad de Dios; el amor de uno mismo hasta 
el desprecio de Dios, la ciudad terrena”, escribió san Agustín de Hipona con unas palabras proféticas.
El hombre, que ha echado por la borda el timón y la brújula que les guiaba, se encuentra ahora en mitad de un tenebroso océano oscuro, mecido al vaivén de las olas
El hombre, que ha echado por la borda el timón y la brújula que les guiaba, se encuentra ahora 
en mitad de un tenebroso océano oscuro, mecido al vaivén de las olas y las corrientes. Pero,
 en su soberbia, insiste en decir que está mejor que nunca.
Por eso, este hombre posmoderno es capaz de movilizar a la sociedad entera para que no se
 sacrifique a un perro, pero deja morir entre el silencio y la indiferencia a un niño como 
Alfie Evans. Se empeña en prolongar la juventud, pero se niega a creer en la eternidad.
 Deja caer a los ídolos que previamente ha encumbrado por un robo de ratero en un 
supermercado, pero hace la vista gorda ante el político de su corriente ideológica que
 se ha llevado millones a espuertas. Se declara acérrimo defensor de la libertad de 
expresión, pero se muestra después absolutamente intolerante con quien se atreve a 
pensar distinto y lo manifiesta libremente.
¿Estamos realmente mejor que nunca, cuando miles de seres humanos son aniquilados 
en el vientre de sus madres? ¿O cuando recomendamos a un anciano, por una funesta, 
retorcida y supuesta piedad, que pida la muerte porque su vida ya no tiene ninguna
 utilidad? ¿O cuando forzamos a la naturaleza hasta el extremo para decidir la identidad 
o el género que creo que me corresponden? ¿O cuando condenamos la corrupción de los
 políticos pero después nos permitimos pequeños robos y hurtos en nuestro día a día?
Me van a perdonar que hoy esté un poco más pesimista que en otros artículos, pero es 
que sucesos como el de Alfie Evans, donde su vida parece valer menos que la de 
un perro, hacen que me pregunte hasta qué punto hemos perdido el norte.
Y me pregunto qué hace falta que ocurra para que recuperemos la sensatez, el sentido 
de la vida y el deseo de hacer el bien y evitar el mal, eso tan básico que nos enseñaron 
de pequeños y que parece que hayamos olvidado.

viernes, 11 de mayo de 2018

‘Cajas Refugio’, una medida a favor de la vida

CORRESPONDENCIA
(ACTUALL)
‘Cajas Refugio’, una medida a favor de la vida
Estimados amigos:
Me ha causado satisfacción y alegría leer el artículo de la periodista de ‘Actuall’, Miriam Calderón, del pasado día 15, sobre la novedad que supone la reciente constitución de "Cajas Refugio" en Estados Unidos, para la recogida de bebés concebidos y no deseados por las madres. con objeto de darlos después en adopción a familias dispuestas a acogerlos.
Me ha recordado los que sucedía en España antes de la Guerra Civil de 1936, en que se recogían los niños no deseados o que no se podían mantener por los padres y madres, en la Inclusa y que después de esa guerra fratricida fueron decayendo poco a poco hasta desaparecer a finales del siglo pasado ante la avalancha dialéctica y práctica de la izquierda sobre el aborto y en esas estamos.
Recuerdo que las inclusas, hospicios o casas de expósitos eran lugares de beneficencia, la mayoría fundados por la Iglesia católica en el siglo XVIII, donde se recibía y criaba a los niños expósitos “expuestos”, es decir, abandonados por sus padres y entregados a esas Instituciones.
El nombre de inclusa viene de una imagen de la Virgen: Nuestra Señora de la Inclusa, que presidía la Casa de expósitos de Madrid, y que se trajo en el siglo XVI, de la isla holandesa de L´Ècluse (“la esclusa”). Las más desarrolladas fueron las de Madrid, Santiago, Calahorra, Zaragoza, Logroño, Bilbao, y otras, todas ellas auspiciadas por la Iglesia.
El objeto de estos establecimientos era evitar infanticidios y salvar el honor de las madres, por lo que admitían a los niños nacidos de modo ilegítimo y a los huérfanos de padre por fallecimiento o por desentenderse de ellos, y con madres en situación de pobreza extrema.
Para el abandono de niños de forma anónima, los establecimientos disponían de pequeños tornos abiertos a la calle. Estaban atendidos por religiosas. Había una persona destinada a recibir a los expósitos que no debía moverse de la habitación inmediata al torno y acudía prontamente al sonido de la campanilla u otra señal para recoger a la criatura. No se hacían preguntas sobre la identidad de los padres. También se recibía la ropa o dinero que se quisiera entregar para el niño, cumpliéndose la voluntad de quien lo dejó.
La persona encargada de la recepción en el dispositivo giratorio del torno, anotaba la hora, el día y el año en que se recibía y seguidamente lo llevaba a la sala destinada para los bautizos. Después de limpiarlo y envolverlo con ropa adecuada, lo colocaba en la cuna que le correspondiera. A los expósitos se les colocaba un collar identificativo en el que se indicaba el año de su llegada a la inclusa. Se les solía dar el apellido Expósito. Algunas personas les llamaban “incluseros” algo despectivamente.
Las inclusas disponían de amas de leche para dar de mamar a los expósitos.  Las amas del establecimiento tenían la obligación de criar a los niños expósitos que les entregaban procurando que no tuvieran más que dos. También contribuían a las labores de la inclusa limpiando y aseando la sala de los niños, la enfermería, la habitación de vestir y el dormitorio, además del lavado de la ropa de los niños. También se entregaba a los niños a amas que residían fuera de la inclusa.
La mortalidad infantil en España en los siglos XVI, XVII y XVIII, al igual que en toda Europa, en general era muy elevada, podía llegar fácilmente al 30/40% de los nacidos. Pero en la inclusas la mortalidad se disparaba; así en la inclusa de Zaragoza se recogieron 2.446 niños entre los años 1.786 y 1.790 de los cuales sólo sobrevivieron 200; por esas mismas fechas, en Logroño y Vitoria se recogieron 610 de los que murieron 400; en Huesca 164 de los que murieron 115, etc.
Esta terrorífica mortalidad era debida a varias causas: había pocas inclusas para atender las necesidades de acogida que se planteaban, los largos y penosos viajes hasta llegar a ellas, hacía que los bebés llegaran extenuados e irrecuperables. Otra causa era la mala calidad y circunstancias de las amas de cría fuera de la inclusa a quienes se les entregaban sin investigarlas y además el corto salario que se les daba, que no solía cubrir los gastos del niño. Otro motivo era que la inclusa no proporcionaba la ropa para el abrigo de los expósitos, lo cual, además de la penuria y perjuicios que se les causaba, retraía de ofrecerse a ello a muchas mujeres que los habrían lactado y cuidado.
De todos modos, a pesar de las deficiencias que padecieron, ¿Verdad que era un procedimiento mucho más honroso, caritativo y respetuoso con los niños no nacidos que abortarlos, es decir, matarlos en el seno de la madre como ocurre actualmente? ¿Por qué se perdió su beneficiosa labor de atención a los niños? ¿Por qué no se recuperaron las inclusas?
Seguramente la cruenta y feroz persecución contra los católicos que tuvo lugar en la Guerra Civil de 1936-39, asestó un golpe mortal a estas Instituciones, que fueron desapareciendo poco a poco de la Sociedad, sin que nadie intentara resucitarlas. ¿No sería hoy el momento de hacerlas reaparecer, como un modo de evitar el genocidio actual del aborto, que además de matar a miles de seres inocentes, produce cuantiosos beneficios a las empresas dedicadas a este negocio? Habría que actualizar su funcionamiento, pero creo que sería una buena causa para impulsar y contrarrestar con ideas y prácticas positivas esa lacra genocida del aborto. Ya veo que en los Estados Unidos han descubierto algo que ya se utilizaba en España a partir del sglo XVIII.
Cordiales saludos.
Roberto Grao Gracia


Zaragoza

viernes, 21 de noviembre de 2014

MANIFIESTO DE LOS PREMIOS NOBEL CONTRA EL HAMBRE Y EL SUBDESARROLLO


MANIFIESTO DE LOS PREMIOS NOBEL CONTRA EL HAMBRE Y EL SUBDESARROLLO

 

Los abajo firmantes, mujeres y hombres de ciencia, de letras y de paz, diferentes por la religión, la historia y la cultura, que hemos sido distinguidos porque buscamos, honramos y veneramos la verdad en la vida y la vida en la verdad, a fin de que nuestras obras sean un testimonio universal de diálogo, de fraternidad y de civilización común por la paz y el progreso.

Dirigimos un llamamiento a todos los hombres y a todas las mujeres de buena voluntad, a los poderosos y a los humildes, cada uno con sus propias responsabilidades, para que sean reintegrados a la vida decenas de millones de seres humanos, que agonizan por el hambre y por el subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad.

En estos momentos, está a punto de producirse un holocausto sin precedentes cuyo horror abarca en un solo año todo el espanto de las matanzas que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo; un holocausto que desborda cada día más, a cada instante que pasa, el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias.

Todos los que contemplan, anuncian y combaten este holocausto están absolutamente de acuerdo en señalar a la política como la causa principal de esta tragedia.

Se imponen, pues, una nueva voluntad política y una nueva organización específica de esta voluntad, que busquen directa y manifiestamente —con una prioridad absoluta— la superación de las causas de esta tragedia, para así evitar lo más rápidamente posible sus efectos.

Es necesario elegir cuanto antes un método y un procedimiento adecuado, entre los ya existentes o imaginabies, elaborarlos y ponerlos en práctica. Es necesario que los haga efectivos un conjunto de proyectos convergentes, que corresponden a la plenitud de fuerzas, de responsabilidades y de conciencia.

Es necesario que actúen las máximas autoridades internacionales, los Estados, los pueblos (tenidos demasiado a menudo en una total ignorancia de la plena posibilidad de realización de vida y de salvación), que actúen conjuntamente o unidos por la acción, con objetivos concretos,precisos y adecuados, para atacar, combatir y vencer,dondequiera que cause estragos, esta muerte amenazadora que ha invadido y condenado a una parte considerable de

la humanidad.

 

Hay que rebelarse contra este falso realismo que incita a resignarse, como si lo que pasa se tratara de una fatalidad, cuando en realidad es un resultado de la política y del desorden establecido. Hay que luchar con realismo para que se realice lo que es posible y acabar

con el derroche, tal vez, para siempre. Es necesario convertir en positivas estas modas y esas iniciativas de asistencia que procuran, sobre todo, buena conciencia barata y que no salvan a quienes van destinadas; es necesario también convertir en positivas esas crueles e infecundas utopías que sacrifican a los hombres de hoy en aras de un proyecto de hombre, y a la sociedad de hoy en aras de un proyecto de sociedad.

 

Es necesario que los ciudadanos y los responsables políticos, en sus niveles respectivos, electorales o parlamentarios, gubernamentales o internacionales, elijan y voten nuevas leyes, nuevos presupuestos, nuevos proyectos y nuevas iniciativas, y que todo ello sea puesto en

práctica inmediatamente para salvar a miles de millones de hombres de una alimentación deficiente; y para salvar del subdesarrollo y de la muerte por hambre a centenares

de millones de seres, a cada nueva generación.

 

Es necesario que todos y cada uno otorguen valor de ley al deber de salvar a los vivos, de no matar y de no exterminar, bien sea por inercia, por omisión, o por indiferencia. Los poderosos de la tierra son responsables, ciertamente; pero no son los únicos.

 

Si los que no tienen poder ni armas no se resignan a permanecer pasivos; si son cada vez más los que proclaman que sólo obedecerán a una ley, la ley fundamental de los derechos del hombre y de los pueblos, ley que es ante todo Derecho, y derecho a la vida; si los que carecen de poder y de armas se organizan y utilizan sus raras, pero sólidas armas —las armas de la democracia política— y de las grandes acciones no-violentas, gandhianas — proponiéndose e imponiéndose opciones y objetivos progresivamente ajustados y adecuados; SI todo ello se produce, no cabe lugar a dudas, en la medida en que está hoy a nuestro alcance, que nuestra época dejaría de ser la era de la catástrofe. Nuestro saber no puede limitarse a contemplar, inertes e irresponsables, el horrible fin que se cierne sobre nosotros.

 

Nuestro saber nos dice que la humanidad entera corre cada día mayor peligro de muerte. Sin embargo, nuestro saber ha de ser una ciencia de la esperanza, una ciencia salvadora, sustancia de las cosas en las que creemos y tenemos puestas nuestras esperanzas.

 

Si los medios de comunicación, si los poderosos del mundo que nos han honrado con el testimonio de reconocimiento que nos han otorgado, quieren escucharnos, y también hacer escuchar nuestra voz y nuestra obra, así como la de todos aquéllos que actúan en el mundo en esta misma dirección; si las mujeres y los hombres, si las gentes todas saben, Si están Informadas, entonces nosotros no dudamos de que el porvenir podrá ser diferente del que nos amenaza a todos y en todo el mundo.

 

Pero sólo en ese caso.

 

Se impone, sin más dilación optare actuar, crear y vivir para hacer vivir.