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martes, 26 de julio de 2011

Usurocracia, el misterio del dinero (Louis Even)

http://www.michaeljournal.org/LaIsla.htm



LA ISLA DE LOS NAÚFRAGOS

Fábula para comprender el misterio del dinero




por Louis Even


1. Salvados del naufragio
Una explosión ha destruido su barco. Cada uno se agarra a las primeras piezas flotantes que logra alcanzar. Cinco consiguen reunirse sobre unos restos del naufragio que quedan a merced de las olas. De los otros compañeros de viaje, ninguna noticia.
Hace horas, largas horas, que miran al horizonte: ¿algún barco podría socorrerlos? ¿Encallara su balsa en alguna playa hospitalaria?
De repente se oye un grito: ¡Tierra! ¡Tierra allá, vean! ¡Justo en la dirección en la cual nos empujan las olas!
Y a medida que se dibuja, en efecto, la línea de una orilla, las caras se despejan. Ellos son cinco:
Francisco, carpintero grande y vigoroso, es quien primero gritó ¡Tierra!
Pablo, cultivador; es el que ustedes ven arrodillado a la izquierda, una mano al suelo y la otra agarrada a la estaca de la balsa.
Jaime, especializado en la cría de animales: es el hombre con pantalones rayados quien, arrodillado al suelo, mira en la dirección indicada.
Enrique, agrónomo y horticultor, algo corpu­lento, está sentado sobre una maleta salvada del naufragio.
Tomás, geólogo, es el tipo que está de pie detrás, con una mano sobre la espalda del carpintero.
2. Una isla providencial
 Volver a poner los pies sobre una tierra firme, esto es para nuestros hombres un retorno a la vida.
Una vez secados, recalentados, su primer objetivo es el de conocer esta isla en la cual han sido arrojados, lejos de la civilización. A la cual ellos bautizan “La Isla de los Náufragos”.
Una rápida visita de la isla colma sus esperanzas. La isla no es un árido desierto. Ellos son, por cierto, los únicos hombres que la habitan actualmente. Pero otros han debido vivir aquí antes que ellos, a juzgar por los residuos de rebaños medio salvajes que han encontrado aquí y allá. Jaime, el ganadero, afirma que podrá mejorarlos y sacar un buen rendimiento de ellos.
 En cuanto al suelo de la isla, Pablo lo encuentra en gran parte adecuado para el cultivo.
Enrique ha descubierto árboles frutales, de los cuales espera poder sacar gran provecho.
Francisco ha notado sobretodo bellas extensiones forestales, ricas en maderas de toda especie: será un juego cortar árboles y construir casas para la pequeña colonia.
En cuanto a Tomás, el geólogo, lo que le ha inte­resado, es la parte más rocosa de la isla. Ha notado allí varios signos indicando un subsuelo rico en minerales. A pesar de la ausencia de herramientas perfeccionadas, Tomás se cree con bastante iniciativa y astucia para transformar el mineral en metales útiles.
Así pues cada uno podrá entregarse a sus ocupaciones favoritas, para el bien de todos. Todos son unánimes para alabar a la Providencia por el desenlace relativamente feliz de una gran tragedia.
3. Las verdaderas riquezas
Ahí tenemos nuestros hombres manos a la obra. Las casas y los muebles proceden del trabajo del carpintero. Al inicio, cada uno se contentaba con comida primitiva. Pero luego los campos producen y el cultivador tiene cosechas.
A medida que las estaciones se suceden, el patrimonio de la Isla se enriquece. Se enriquece, no de oro o papel grabado, sino de las verdaderas riquezas, de las cosas que nutren, que visten, que alojan, que responden a necesidades.
La vida no es siempre tan dulce como ellos lo desearían. A ellos les faltan muchas cosas a las cuales estaban acostumbrados en la civilización. Pero su suerte podría ser mucho más triste.
De todas maneras ya han conocido tiempos de crisis en su país. Se acuerdan de las privaciones padecidas, mientras las tiendas estaban repletas a diez pasos de su puerta. Al menos, en la Isla de los Náufragos, nadie les condena a ver pudrirse bajo sus ojos cosas de las cuales podrían tener necesidad. Además, los impuestos son desconocidos. Las quiebras no se temen.
Si el trabajo es a veces duro, por lo menos se tiene el derecho de gozar de los frutos de su trabajo.
En definitiva, se explota la isla bendiciendo a Dios, esperando que un día se podrá encontrar de nuevo parientes y amigos, con dos grandes bienes conservados, la vida y la salud. 
4. Un gran inconvenient
Nuestros hombres se reúnen frecuentemente para hablar de sus quehaceres.
En el sistema económico muy simplificado que ellos practican, una cosa les molesta cada vez más: no tienen ningún tipo de moneda.
El trueque, el intercambio directo de productos con productos, tiene sus inconvenientes. Los productos a inter­cambiar no están siempre frente a frente al mismo tiempo. Por ejemplo, madera entregada al cultivador en invierno no podrá ser reembolsada en legumbres antes de seis meses.
A veces se trata además de un artículo grande entregado en una vez por uno de los hombres, el cual quisiera en intercambio diferentes cosas pequeñas producidas por los demás, en épocas diferentes.
Todo esto complica los negocios. Si hubiera dinero en circulación, cada uno vendería sus productos a los demás por dinero. Y con el dinero recibido, él compraría a los demás las cosas que quisiera, cuando quisiera y a condición que estuvieran allí.
Todos reconocen la gran comodidad que constituiría para ellos un sistema monetario. Pero ninguno de ellos sabe cómo establecer tal sistema. Han aprendido a producir la verdadera riqueza, las cosas. Pero no saben hacer los signos, el dinero.
Ignoran cómo comienza el dinero, y cómo hacerlo comenzar cuando no existe, cuando de común acuerdo se decide obtenerlo. También muchos hombres instruidos se verían en un aprieto; todos nuestros gobiernos se han visto así durante diez años antes de la guerra. Sólo que faltara el dinero al país, y el gobierno quedaría paralizado ante este problema.
5. Llegada de un refugiado
Una tarde, mientras nuestros hombres, sentados en la orilla del mar, machacan este problema por centésima vez, ven de pronto acercarse una barca remada por un solo hombre.
Se apresuran a ayudar al nuevo náufrago. Se le ofrecen los primeros cuidados y se cambian impresiones. El habla español. Su nombre es Martín.
Felices de tener un compañero de más, nuestros cinco hombres le acogen con calor y le hacen visitar la colonia.
— “Aunque perdidos lejos del resto del mundo, le dicen, no tenemos por qué quejarnos. La tierra produce bien; el bosque también. Una sola cosa nos hace falta: no tenemos moneda para facilitar los intercambios de nuestros productos.”
— “Bendigan la suerte que me trae aquí, contesta Martín. El dinero no tiene misterios para mí. Yo soy banquero, y puedo instalarles en poco tiempo un sistema monetario que les dará satisfacción.”
¡Un banquero!... ¡Un banquero!... Un ángel venido derecho del cielo no habría despertado más reverencia. ¿No se tiene por costumbre, en país civilizado, el inclinarse delante de los banqueros, quienes controlan las pulsaciones de las finanzas?
6. El dios de la civilización
— “Señor Martín, ya que usted es banquero, usted no trabajará en la isla. Usted sólo se ocupará de nuestro dinero.”
— “Me encargaré, como todo banquero, de forjar la prosperidad común.”
— “Señor Martín, se le construirá una casa digna de usted Mientras tanto, se puede instalar en el edificio que sirve para nuestras reuniones públicas.”
— “Muy bien, mis amigos. Pero empecemos por descargar de la barca las cosas que he podido salvar en el naufragio: una pequeña prensa, papel y accesorios, y sobretodo un pequeño barril que procurarán tratar con sumo cuidado.”
Se descarga el conjunto. El pequeño barril intriga la curiosidad de nuestros buenos hombres.
— “Este barril, declara Martín, es un tesoro sin igual. ¡Esta lleno de oro!”
¡Lleno de oro! Cinco almas casi se escaparon de cinco cuerpos. ¡Figúrese: el dios de la civilización entrado en la Isla de los Náufragos. El dios amarillo, siempre oculto, pero potente, terrible, cuya presencia, ausencia o menores caprichos pueden decidir de la vida de 100 naciones!
— “¡Oro! ¡Señor Martín, verdadero gran banquero! Le saludamos respetuosamente y le prestamos nuestros juramentos de fidelidad.”
— “Oro para todo un continente, amigos míos. Pero no es el oro que va a circular. Hace falta esconder el oro: el oro es el alma de todo dinero sano. El alma debe quedar invisible. Les explicaré todo esto cuando les dé dinero.
7. Un entierro sin testigo
Antes de separarse por la noche, Martín les pone una última pregunta:
— “¿Cuánto dinero les haría falta en la isla para empezar, para que los intercambios marchen bien?”
Se miran unos a otros. Se consulta humildemente al propio Martín. Con las sugestiones del benévolo banquero, se conviene que 200 dólares cada uno parecen suficientes para empezar. Cita fijada par el día siguiente a la noche.
Los hombres se retiran, intercambian reflexiones conmovidas, se acuestan tarde, no pueden dormir hasta la mañana, después de haber soñado oro largo tiempo con los ojos abiertos.
Martín, él, no pierde tiempo. Olvida su cansancio para no pensar más que en su porvenir de banquero. Aprovechando la mañanita, cava un hoyo, hace rodar su barril, lo cubre de tierra, lo disimula bajo matas de hierba cuidadosamente colocadas, transplanta inclusive un pequeño arbusto para ocultar toda huella.
Después, pone en marcha su pequeña prensa, para imprimir 1000 billetes de 1 dólar. Viendo salir los billetes, nuevecitos, de su prensa, sueña por dentro:
— “¡Cómo son fáciles de hacer, estos billetes! Sacan su valor de los productos que servirán para comprar. Sin productos, los billetes no valdrían nada. Mis cinco clientes tontos no piensan en esto. Creen que es el oro que garantiza el dinero. ¡Los tengo amarrados por su ignorancia!”
Por la noche, los cinco llegan corriendo cerca de Martín.
8. ¿Para quien será el dinero?
Cinco fajos de billetes están ahí, sobre la mesa.
— “Antes de distribuirles este dinero, dice el banquero, hace falta entenderse.”
“El dinero está basado en el oro. El oro, colocado en la bóveda de mi banco, me pertenece. En consecuencia, el dinero es mío... ¡Oh, no estén tristes! Voy a prestarles este dinero, y ustedes lo emplearán a su antojo. Mientras tanto, les cargo solamente el interés. Dada la rareza del dinero en la Isla, ya que no hay de todo, creo ser razonable pidiendo un pequeño interés de 8 por ciento solamente.”
— “En efecto, Señor Martín, usted. es muy generoso.”
— “Un último punto, amigos míos. Los negocios son los negocios, inclusive entre los mejores amigos. Antes de cobrar su dinero, cada uno de ustedes va a firmar este documento: es el compromiso por parte de cada uno de ustedes de reembolsar capital e intereses, bajo pena de confiscación por mí de sus propiedades. ¡Oh, simple garantía! No tengo ningún interés de quedarme jamás con sus propiedades, me contento con el dinero. Estoy seguro que conservarán sus bienes y que me devolverán el dinero.”
— “Esto está lleno de buen sentido, Señor Martín. Vamos a redoblar los esfuerzos en el trabajo y se lo devolveremos todo.”
— “Eso es. Vuelvan a verme cada vez que tengan problemas. El banquero es el mejor amigo de todo el mundo... Muy bien, aquí tienen para cada uno sus 200 dólares.”
Y nuestros cinco hombres se van encantados, las manos y la cabeza llenos de dinero.
9. Un problema de aritmética
El dinero de Martín ha circulado en la Isla. Los intercambios se han multiplicado a la vez que se han simplificado. Todo el mundo se regocija y saluda a Martín con respeto y gratitud.
No obstante, el geólogo está inquieto. Sus productos están todavía bajo tierra. No tiene más que algunos dólares en su bolsillo. ¿Cómo reembolsar al banquero en el plazo que se acerca?
Después de haberse roto la cabeza mucho tiempo ante su problema individual, Tomás lo trata socialmente:
“Considerando la población entera de la isla, piensa él, ¿somos capaces de cumplir con nuestros compromisos? Martín ha hecho una suma total de 1000 dólares. Y nos reclama un total de 1080 dólares.
Inclusive si reuniéramos todo el dinero de la isla para llevárselo, esto haría 1000 y no 1080. Nadie ha hecho los 80 dólares de más.
Hacemos cosas, no dinero. Martín podrá entonces quedarse con toda la isla, porque todos juntos no podemos reembolsar capital e intereses.
 “Si los que tienen posibilidad devuelven su parte de dinero sin preocuparse de los demás, algunos van a caer enseguida, y otros van a sobrevivir. Pero les tocará su turno y el banquero se quedará con todo. Más vale unirse enseguida y tratar este asunto socialmente.”
Tomás no tiene dificultad para convencer a los demás de que Martín les ha engañado. Se ponen de acuerdo para una cita general en casa del banquero.
10. Benevolencia del banquero
Martín adivina su estado de ánimo, pero hace buena cara. El impulsivo Francisco presenta el caso:
— “¿Cómo podemos devolverle 1080 dólares cuando no hay más de 1000 dólares en toda la isla?”
— “Es el interés, mis buenos amigos. ¿Su producción no ha aumentado?”
— “Sí, pero el dinero, él, no ha aumentado. Y es precisamente dinero que usted reclama, y no productos. Sólo usted puede hacer dinero. Ahora bien, usted no hace más que 1000 dólares y pide 1080 dólares. ¡Es imposible!”
— “Esperen, amigos míos. Los banqueros se adoptan siempre a las condiciones, para el mayor bien del público... No voy a pedir más que el interés. Nada más que 80 dólares. Seguirán guardando el capital.”
— “¿Usted perdona nuestra deuda?”
— “Eso sí que no. Lo siento, pero un banquero nunca perdona una deuda. Ustedes me deberán todavía todo el dinero prestado. Pero ustedes me van a devolver cada año solamente el interés, y no voy darles prisa para que devuelvan el capital. Algunos de entre ustedes pueden llegar a ser incapaces de pagar inclusive su interés, porque el dinero va del uno al otro. Pero organícense ustedes en una nación, y pónganse de acuerdo en un sistema de impuestos. Pagarán más los que tendrán más dinero, y los otros menos. Con tal de que me traigan todos el total del interés, estaré satisfecho y su nación se llevará bien.”
Nuestros hombres se retiran, medio calmados, medio pensativos.
11. El éxtasis de Martín
Martín está solo. Se concentra y llega a esta conclusión:
“Mi negocio es bueno. Buenos trabajadores, esto hombres, pero ignorantes. Su ignorancia y su credulidad hacen mi fuerza. Querían dinero, les puse las cadenas. Me han cubierto de flores mientras les engañaba.
“¡Oh gran banquero!, siento tu genio apoderarse de mi ser. Tú lo has dicho bien, oh ilustre maestro: «Que se me conceda el control de la moneda de una nación y me río de quien hace sus leyes. » Soy el maestro de la Isla de los Náufragos, porque controlo su sistema de dinero.
“Yo podría controlar el universo. Lo que estoy haciendo aquí, yo, Martín, puedo hacerlo en el mundo entero. Si un día salgo de este islote, sabré cómo gobernar el mundo entero sin tener ningún cetro.”
Y toda la estructura del sistema bancario se eleva en el espíritu encantado de Martín.
12. Crisis de vida
No obstante, la situación empeora en la Isla de los Náufragos. Aunque la productividad aumenta, los intercambios disminuyen. Martín exige regularmente sus intereses. Hay que pensar en ahorrar dinero para él. El dinero no circula.
Los que pagan más impuestos gritan contra los otros y aumentan sus precios para lograr compensación. Los más pobres, los que no pagan impuestos, gritan contra el costo elevado de la vida y compran menos.
La moral baja, la alegría de vivir se pierde. No se tiene más corazón para obrar. ¿Para qué? Los productos se venden mal; y cuando se venden, hay que pagar impuestos a Martín. Cada uno se priva. Es la crisis. Y cada uno acusa a su vecino de faltar a la virtud y de ser la causa de la carestía de la vida.
Un día, Enrique, pensando en medio de sus huertos, concluye que el “progreso” traído por el sistema monetario del banquero lo ha echado todo a perder en la Isla. Ciertamente, los cinco hombres tienen sus defectos; pero el sistema de Martín alimenta todo lo que hay de malo en la naturaleza humana.
Enrique decide convencer y ganarse a sus compañeros. Comienza por Jaime. Esto se hace rápido: “¡Eh!, dice Jaime, yo no soy un erudito; pero hace tiempo que lo siento: ¡el sistema de ese banquero está más podrido que el estiércol de mi establo en la última primavera!”
Todos están convencidos, uno tras otro, y se decide una nueva entrevista con Martín.
13. En casa del forjador de cadenas
Hubo tempestad en casa del banquero:
— “El dinero está escaso en la isla, Señor, porque usted, nos lo retira. Se le paga, se le paga, y se le debe todavía tanto como al inicio. Se trabaja, se hacen las tierras más bellas, y nos encontramos peor que antes de su llegada. ¡Deuda! ¡Deuda! ¡Deuda por encima de la cabeza!”
— “Vamos, amigos míos, razonemos un poco. Si sus tierras son más bellas, es gracias a mí. Un buen sistema bancario es el activo más bello de un país. Pero para aprovecharlo, hace falta antes que nada guardar toda confianza en el banquero. Vengan hacia mí como hacia un padre... ¿Ustedes quieren dinero? Muy bien. Mi barril vale muchas veces mil dólares... Tomen, voy a hipotecar sus nuevas propiedades y prestarles otra vez 1000 dólares de inmediato.”
— “¿Dos veces más deudas? ¿Dos veces más de interés a pagar cada año, sin nunca terminar?”
— “Sí, pero les iré prestando, a medida que ustedes aumentarán su riqueza territorial; y ustedes no me devolverán nunca nada más que el interés. Ustedes amontonarán los prestamos; llamarán esto deuda consolidada. Deuda que podrá aumentar de año en año. Pero su ganancia también. Gracias a mis préstamos, desarrollarán a su país.”
— “Entonces, ¿cuanto más produzcamos, mas será nuestra deuda total?”
— “Como en todos los países civilizados. La deuda pública es un barómetro de la prosperidad.”
14. El lobo se come a los corderos
— “¿Es esto que usted llama moneda sana, Señor Martín? una deuda nacional que se vuelve necesaria y que no se puede pagar, esto no es sano, es malsano.”
— “Señores, toda moneda sana debe ser basada en el oro y salir del banco en estado de deuda. La deuda nacional es una buena cosa: ella coloca los gobiernos bajo la sabiduría encarnada de los banqueros. Como banquero, yo soy una antorcha de civilización en su isla.”
— “Señor Martín, nosotros somos ignorantes, pero no queremos aquí esa civilización. No pediremos ningún préstamo más de usted. Moneda sana o no, no queremos más tratos con usted.”
— “Lo siento por esta decisión malhábil, Señores. Pero si ustedes rompen conmigo, tengo sus firmas. Reembólsenme inmediatamente todo, capital e intereses.”
— “Pero es imposible, Señor. Incluso si le diéramos todo el dinero de la isla, no quedaríamos sin deuda.”
— “¿Que puedo hacer en eso? ¿Han firmado? ¿Sí o no? Pues bien, en virtud del reglamento de los contratos, me apodero de todas sus propiedades empeñadas, tal como quedó convenido entre nosotros, cuando ustedes estaban tan contentos de tenerme. Ustedes no quieren servir de buena fé al poder supremo del dinero, pues lo servirán a la fuerza. Continuarán explotando la isla, pero para mí y bajo mis condiciones. Vamos. Les comunicaré mis órdenes mañana.”
15. El control de los periódicos
Martín sabe que aquel que controla el sistema monetario de una nación controla también esta nación. Pero él sabe también que, para mantener este control, hace falta mantener el pueblo en la ignorancia y distraerlo en otra cosa.
Martín ha notado que, entre los cinco insulares, dos son conservadores y tres son liberales. Esto se nota en las conversaciones de los cinco, por la noche, sobretodo desde que se han vueltos sus esclavos. Hay peleas entre azules y rojos.
De vez en cuando, Enrique, el menos partidista, sugiere una fuerza en el pueblo para hacer presión sobre los gobernantes... Fuerza peligrosa para toda dictadura.
Martín hará todo lo posible por envenenar sus discordias políticas. Valiéndose de su pequeña prensa, publica dos folletos semanales: “El Sol”, para los rojos; “La Estrella”, para los azules.
“El Sol” dice: Si ustedes no son ya los dueños de su país, es a causa de estos azules atrasados, siempre pegados a los grandes intereses.
La Estrella” dice: Su deuda nacional es obra de esos malditos rojos, siempre listos para las aventuras políticas.
Y nuestros dos grupos políticos se pelean cada vez más, olvidando que el verdadero forjador de cadenas, el controlador del dinero, es Martín.
16. Un resto precioso
Un día, Tomás, el geólogo, descubre, encallada al fondo de una ensenada, a la extremidad de la isla, y cubierta por altas hierbas, unos restos de una canoa de salvamento, sin remos, sin otra huella de servicio que una caja bastante bien conservada.
Abre la caja: además de ropa y algunos efectos diversos, su atención se fija sobre un libro-álbum en bastante buen estado, titulado: Las ediciones de Primer año de San Miguel (en francés, “Vers Demain").
"! Pero, exclama él, aquí está lo que hubiéramos debido saber desde hace tiempo:
“El dinero no saca de ninguna manera su valor del oro, sino de los productos que el dinero compra.
“El dinero puede consistir en una sencilla contabilidad, los créditos pasados de una cuenta a otra según las compras y las ventas. Además, el total del dinero debe estar en relación con el total de la producción.
“A todo aumento de producción debe corresponder un aumento equivalente del dinero... Nunca pagar interés alguno sobre el dinero que nace... El progreso queda representado, no por una deuda pública, sino por un dividendo igual para cada uno... Los precios quedan ajustados al poder de compra por un coeficiente de los precios. El Crédito Social...”
Tomás no aguanta más. Se levanta y corre, con su libro, a comunicar su descubrimiento a sus cuatro compañeros.
17. El dinero, simple contabilidad
Y Tomás, actúa como profesor delante de una pizarra:
“He aquí, dice él, lo que habríamos podido hacer, sin el banquero, sin oro, sin firmar ninguna deuda.
“Abro una cuenta a nombre de cada uno de ustedes. A la derecha, el haber, lo que aumenta la cuenta; a la izquierda, el debe, lo que disminuye la cuenta.
“Cada uno quería 200 dólares. para empezar. De común acuerdo, decidimos escribir 200 dólares al crédito de cada uno. Cada uno posee pues enseguida 200 dólares.
“Francisco compra productos de Pablo, por 10 dólares. Resto 10 dólares de Francisco; le quedan entonces 190 dólares. Añado 10 dólares a Pablo, que tiene entonces 210 dólares.
“Jaime compra a Pablo por valor de 8 dólares. Resto 8 dólares de Jaime, a quien le quedan 192 dólares. Pablo, tiene ahora 218 dólares.
“Pablo compra madera de Francisco, por 15 dólares. Resto 15 dólares de Pablo, al cuál le quedan 203 dólares; añado 15 dólares a Francisco, que tiene ahora 205 dólares.
“Y así sucesivamente; de una cuenta a la otra, exactamente como los billetes de papel van de un bolsillo al otro.
“Si uno de nosotros tiene necesidad de dinero para aumentar su producción, se le abre el crédito necesario, sin interés. Él reembolsa el crédito una vez que la producción sea vendida. Lo mismo para los trabajos públicos.
“Se aumentan también, periódicamente, las cuentas de cada uno con una suma adicional, sin restar a nadie, en correspondencia con el progreso social. Es el dividendo nacional. El dinero es así un instrumento de servicio.”
18. Desesperación del banquero
Todos han entendido. La pequeña nación se ha vuelto creditista. Al día siguiente, el banquero Martín recibe una carta firmada por los cinco:
“Señor, usted nos ha llenado de deudas y explotado sin ninguna necesidad. No tenemos más necesidad de usted para regir nuestro sistema de dinero. Tendremos desde ahora todo el dinero que nos hace falta, sin oro, sin deuda, sin ladrón. Establecemos de inmediato en la Isla de los Náufragos el sistema del Crédito Social. El dividendo nacional reemplazará la deuda nacional.
“Si usted tiene interés en ser reembolsado, podemos remitirle todo el dinero que usted ha hecho por nosotros, nada más. Usted no puede reclamar lo que usted. no ha hecho.”
Martín queda desesperado. Su imperio se derrumba. Los cinco, ahora vueltos creditistas, no hay más misterio de dinero o de crédito para ellos.
“¿Qué hacer? ¿Pedirles perdón, hacerse como uno de ellos? ¿Yo, banquero, hacer esto?... No. Voy más bien a tratar de pasar sin ellos, viviendo apartado.”
19. Engaño descubierto
Para protegerse contra toda reclamación futura posible, nuestros hombres han decidido hacer firmar al banquero un documento atestando que él posee todavía todo lo que tenía cuando vino a la isla.
He ahí inventario general: la canoa, la pequeña prensa y... el famoso barril de oro.
Fue necesario que Martín indique el lugar, y que se proceda a desenterrar el barril. Nuestros hombres lo sacan del hoyo con mucho menos respeto esta vez. El Crédito Social les ha enseñado a despreciar el fetiche oro.
El geólogo, cargando el barril, encuentra que para ser oro esto no pesa mucho: “Dudo mucho que este barril esté lleno de oro”, dice él.
El impulsivo Francisco no vacila más tiempo. Un golpe de hacha y el barril echa por tierra su contenido: de oro, ¡ni un gramo! ¡Rocas, nada más que vulgares rocas sin valor!...
Nuestros hombres se quedan aterrados:
— “¡Y pensar que nos ha mistificado hasta tal punto, el miserable! ¡Que bobos hemos sido, también, para caer en éxtasis delante de la sola palabra ORO!”
— “¡Pensar que hemos empeñado todas nuestras propiedades por pedazos de papel basados sobre cuatro paladas de rocas! ¡Además de ladrón mentiroso!”
— “¡Pensar que nos hemos puesto mala cara y odiado los unos a los otros durante meses y meses por tal engaño! ¡Qué demonio!”
Apenas Francisco había levantado su hacha que el banquero salía corriendo hacia el bosque.

miércoles, 22 de junio de 2011

Miscelanea abulensica 4. ..y libertad.

...y libertad

Ávila, tierra fronteriza, no tuvo el carácter fundacionalmente castellano de Burgos, más bien fue de alguna manera la clausura de la vieja Castilla por el sudoeste, al margen de otros intentos no cuajados de mayores extensiones.

El recuerdo de los tiempos de la repoblación primera, de los hombres de frontera que acudían a la aventura de una nueva vida, es la que ha dejado más nítida la imagen de aquella sociedad castellana de hombres agrupados en concilium, con la camaradería elemental ante el peligro, cuya diferenciación se basaba en la función y no en la herencia, donde el guerrero era la condición sine que non, de la propia subsistencia de la sociedad a la que espontáneamente se le reconocía la preeminencia de la urgencia existencial. Vidas al momento con pocas expectativas de seguridad terrenal, y en el que sentido de lo transcendente se exponía sin tapujos. Poder no aquilatable de la esperanza y de la fe, que interpretada desde el tiempo presente se puede confundir rápidamente con una pura y virgiliana democracia igualitaria; en otras términos el mito de los orígenes fraternales, perfectos y heroicos de Castilla.

La mirada escrutadora de lo externo, corolario fatal de la civilización burguesa contemporánea, es incapaz de concebir siquiera la existencia de un ojo del corazón susceptible de contemplar el ámbito de los sagrado. Esfuerzo baldío intentar exponer que la Edad Media románica, lapso de la Castilla originaria, era un tiempo en que el conjunto de las actividades humanas tenían una dimensión sacral hoy desconocida; estaba centrada, que no centralizada, en el dominio o centro trascendente de lo increado, no como actualmente en la periferia de lo creado. Por tanto más ausentes las coerciones periféricas fue la época más libre, o en sentido etimológico más libertaria en la historia de Occidente. La autoridad espiritual de la que todo dimana era interna, invisible al ojo terreno y expresable fundamentalmente en forma simbólica.

El apogeo de la civilización cristiana medieval se produjo debido a que fue posible una unidad en medio de la diversidad de formas de organización y de figuras supraindividuales, no debidas a coerciones y ligaduras exteriores basadas en último término en la fuerza, sino debido al espíritu cristiano que se manifestaba más allá de los intereses materiales y terrestre. La unidad no residía ni en el sistema de pactos feudales, ni en ninguna forma particular de vida comunitaria: comunidades de villa y tierra, concejos de ciudad, gremios, corporaciones y cofradías de profesiones, hermandades de villas, iglesias, claustros u órdenes de caballería. Fue sencillamente el espíritu cristiano el que armonizó todas estas formas diferenciadas y las reunión en la dirección de una unidad superior , en una especie de Sociedad de sociedades de la que la nación y el Estado moderno no es más que una caricatura grotesca. Este espíritu cristiano configuró la constelación de las Españas medievales sin ninguna autoridad visible ni centros terrestres de ubicación de un poder coercitivo; más aún configuró la constelación europea del Sacro Imperio Romano Germánico de Occidente. En este sentido se puede decir que la Castilla de los orígenes era en cierta medida una acracia, un espacio de libertad no invadido por poderes terrenales ajenos a la autoridad espiritual, que no hay que confundir con el moderno anarquismo. Era entonces clara y aplicable la distinción de teología medieval entre autoritas y potestas; entonces clara la supremacía del centro espiritual o autoritas sobre la periferia terrestre, plano operativo de la potestas. Sociedad bien ordenada y jerarquizada tanto en funciones como en grados, puesto que arkhé en griego significa a la vez orden y comienzo, en este caso precisamente en los principios primeros, en los arquetipos. Por el contrario el anarquismo moderno al prescindir y cortar con la arkhé es perfectamente incapaz de superar el sistema burgués, girando en noria perpetua en su negación y por tanto dependiente de él y por tanto burgués, sin otra salida que un indefinido nihilismo. Bakunín doctrinario anarquista, con un pensamiento tan burgués como su antagonista Marx, creyó que Dios era la fuente del poder del estado y en su ingenuidad creyó que, progre el, suprimiendo a Dios suprimía el estado; muy al contrario el espíritu tradicional supo de siempre que es el estado lo que ha suprimido a Dios, entronizándose en su lugar cual Zeus tonante, celoso de su poder sin límites ; la actual sociedad pagana y descreída ha relegado a Dios a lejano recuerdo, pero el monstruoso Leviatán del estado sigue dando coletazos espantosos, preludio acaso de un término apocalíptico. Nada más diferente que acracia medieval y anarquía moderna.

El transcurso fatal del tiempo que todo lo gasta fue poco a poco descolocando las referencias y trastocando el orden ; de esta forma la sociedad sacral medieval fue desapareciendo. En realidad duró bastante menos de lo que se cree, en su propio comienzo carolingio estuvo ya lastrada por mixturas ideológicas que acabaron por trastocar la doctrina cristiana en occidente y en un asunto de no pequeña trascendencia que condicionó el destino espiritual de todo un continente; el polo inmutable que en una sociedad tradicional simboliza el sacerdocio se movió, las consecuencias no tardaron en aparecer. La suprema jerarquía sacerdotal sucumbió poco a poco a la tentación de la potestas periférica, al poder terrenal, en clara usurpación del centro metafísico, pecado desastroso de la Iglesia occidental. Los guerreros, consecuencia nefasta de la acumulación material, devenidos aristócratas de espada y de toga con el tiempo comenzaron a apartarse del centro en beneficio de la periferia, acontecimiento cuyo máximo exponente fue la prolongada discordia entre el Papa y el Emperador, entre la mitra y la espada. Trastocado el orden de sacerdotes y guerreros, pronto sucedieron otras subversiones y revoluciones más destructivas que presentaron como protagonistas al burgués y al moderno proletario. Así el orden tradicional degeneró en privilegios de nacimiento y de fortuna, e incluso en el lenguaje actual el contenido semántico convencional de la palabra tradicional apenas hace referencia más que a estos últimos aspectos.

En la medida que perdió vigor el espíritu cristiano, también la persona - “imago Dei”- sufrió la consecuencia de una invasión de lo exterior y periférico: el espíritu asfixiado progresivamente por el ego; el estado emergente usurpando el centro metafísico y creando el centralismo periférico y exterior; la autoridad menguante dejando paso al poder creciente; la Universitas Cristiana al estado nacional; el sentido iniciático del cristianismo a la religión ritual. El descenso imparable pasó por abuso condottiero, absolutismo real, ilustraciones despóticas y universalismos igualitarios para desembocar en el estado profano moderno, ese lugar geométrico de poderes externos avasallantes ( plutocracia, burocracia, tecnocracia..), usurpador absoluto.

Para ilustrar estos eventos de alejamiento de los orígenes no viene mal un recorrido por la historia de la comunidad de villa y tierra de Ávila:

“A finales del siglo XIII la caballería urbana de Ávila va a intensificar el dominio sobre la Tierra a través del control que ejercerán sus miembros en las magistraturas del concejo abulense, cuyas atri­buciones abarcarán todas las actividades: distribuirán la población, crearán los nuevos núcleos aldea­nos, organizarán el aprovechamiento de los baldíos y terrenos comunales y hasta se convertirán en receptores de parte de las rentas reales. Todo ello va a producir lo que también hemos definido como "intenso proceso de señorialización del alfoz abulense en los siglos XIII al XV". En este cadencioso dis­currir hacia la señorialización de buena parte del espacio abulense medieval, también hemos señala­do cuatro formas diferentes de señorialización.

La primera, es la señorialización concejil en el propio término: es decir, la concesión a un par­ticular, bien por el concejo de Ávila o por la Corona, de un lugar en señorío con fines repobladores. Aunque estas concesiones no deben ser interpretadas exclusivamente por objetivos repobladores o colonizadores. No debe olvidarse que las magistraturas del concejo abulense estaban controladas por esa oligarquía a cuyos miembros se van a conceder los señoríos. Son ellos los más interesados en que se les conceda. Y el que lo sea en zonas despobladas del sur del alfoz les beneficiará más, ya que conse­guirán importantes y extensos patrimonios que les permitirán llevar sus ganados trashumantes a terri­torios propios y conseguirán riqueza y prestigio social que, unido al poder político que ejercen en el concejo y el servicio que prestan a la Corona, les posibilitará ascender a la más alta clase privilegia­da: a la nobleza. De esta forma caerá en el régimen señorial casi todo el Campo de Arañuelo: Navamorcuende, San Román, El Torrico y Velada.

La segunda se realiza cuando los principales miembros de la oligarquía urbana ocupan de hecho espacios y núcleos de población pertenecientes al concejo ante la desidia, el desinterés , la complacencia y la complicidad de las autoridades concejiles abulenses, esperando finalmente que el concejo legalice la situación mediante el reconocimiento de la realidad señorial apropiada, o que el rey conceda en pago de favores o servicios el diploma acreditativo o el correspondiente privilegio. Conocemos bien el sistema de apropiación y usurpación. En un primer momento, partiendo de pose­siones que tenían en el alfoz abulense, o bien de un señorío ya consolidado, se apoderaban de terri­torios cercanos que incluían núcleos de población e incluso concejos de aldea. Despoblaban a la fuerza los territorios y llevaban a ellos habitantes de sus dominios, habituados a tributación señorial, o sometían directamente a los vecinos pecheros del concejo que usurpaban a tributación y cargas seño­riales de todo tipo. De esta manera se formaron muchos señoríos territoriales ubicados en las zonas central y septentrional del alfoz, aunque sólo conocemos los casos en que no prosperaron los inten­tos por los pleitos sostenidos a lo largo del siglo xv y fallados a favor del concejo abulense a finales de siglo por sentencias de restitución de términos de jueces nombrados por los Reyes Católicos. Los documentos que conservamos en el Archivo del Asocio de Ávila sólo se refieren a los pleitos gana­dos por la Tierra de la Ciudad y se guardaban como garantía, para evitar nuevos intentos de señoria­lización en los términos señalados y adjudicados a la Tierra en las correspondientes sentencias.

La tercera forma es el otorgamiento de grandes zonas del término concejil abulense por la Corona a miembros destacados de la nobleza o de la familia real. Son enclaves de especial riqueza agropecuaria o mercantil, entrando el señorío en el juego de premios de la Corona a sus partidarios
o favoritos, sobre todo en la época comprendida desde forales del siglo xin a mediados del siglo xv: Valdecorneja (Piedrahíta, El Barco de Ávila, El Mirón y La Horcajada), Oropesa y los señoríos del valle del Tiétar y Campo de Arañuelo (Mombeltrán, Arenas de San Pedro, La Adrada, Candeleda, Puebla de Naciados y Castillo de Bayuela). Esta segregación es la más importante de todas por su extensión.

La cuarta, y última, es la concesión de señoríos realizada por el concejo de Ávila, y sobre todo por la Corona, a favor de monasterios, cabildos o al obispado de Ávila. Ya en la Consignación de Rentas del Cardenal Gil Torres a la Iglesia y Obispado de Ávila, en el año 1250, se especifica y diferencia entre las propiedades del obispado y del cabildo con la expresión de cum pertinencüs suis, y los señoríos con la referencia de dominio vasallorum. Aunque en la creación y consolidación de estos señoríos hemos de distinguir entre aquellos que se forman por concesión real o concejil, bien de territorios en los que ya tenían las instituciones eclesiásticas algún tipo de dominio o de propiedades agrarias, o bien de territo­rios que estaban bajo la autoridad directa del concedente, sin que las instituciones eclesiásticas tuvieran con anterioridad ninguna propiedad o posesión. Este sistema se utiliza preferentemente desde el inicio de la repoblación del alfoz abulense hasta mediados del siglo xiu. A partir de esta fecha y hasta el final de la Edad Media se forman mediante reconocimiento de derechos dudosos, ampliaciones del derecho jurisdiccional de las instituciones a terrenos colindantes o incluidos en los dominios eclesiásticos, por compra o por otras formas, realizadas con el beneplácito de los poderes que debían impedirlo, por tener como obligación y principal misión la defensa del término concejil (concejo de Ávila: magistraturas, jus­ticias, alcaldes, regidores, etc.) o del poder real, que muchas veces no hacía cumplir las numerosas dis­posiciones emanadas de su propio poder o concedidas a petición de las Cortes, para impedir el paso de territorios de realengo a señorío eclesiástico, e incluso con olvido de las disposiciones y ordenanzas que prohibían la venta de propiedades de los pecheros a monasterios, iglesias y otras instituciones eclesiás­ticas. Así se van formando de una u otra manera importantes señoríos: Bonilla de la Sierra, Villanueva, Guijo de Ávila, San Bartolomé de Corneja, Aldea del Obispo, Miriellos, señorío del monasterio de Gómez Román, señorío de Santa María del Fondo en Burgohondo, el señorío cisterciense de Higuera de las Dueñas, los señoríos del obispo Sancho Blázquez, etc.

En total, la sangría señorial en la Edad Media había supuesto una pérdida al territorio del concejo abulense de 5.300 km2 aproximadamente, casi el 58% del territorio que tenía a mediados del siglo XIII, quedando reducido el mismo a 3.844 km2, extensión ésta sensiblemente inferior a la actual de la provincia de Ávila (8.044 km2), aproximadamente en unos 4.200 km2.

(Historia de Ávila Tomo II, Institución Gran Duque de Alba de la Excma . Diputación de Ávila. Ávila 2000 pp 30-32)
Estas enseñanzas de la historia son instructivas tanto para el desconocedor de su pasado cuanto para el exaltado que presume con elogios y ditirambos de no se que pasado glorioso, comunal e incontaminado. Sabemos que entre estos últimos algunos pretenden nada menos que edificar una nación de cuño moderno con poderoso estado ad hoc, dueño y señor al que entregarse postrado, sumiso y sin reservas de ningún tipo. En la mayoría de los casos desconocen cual fue la razón profunda que permitió esa unidad de diferencias caleidoscópicas que fue la Castilla medieval y que ninguna institución profana moderna sería capaz de hacer revivir. El poder externo o periférico carente de verdadera autoridad, que no suministra el moderno derecho formal, tiende por naturaleza a la confrontación con la multitud de poderes que representan otros poderes análogos, bien sean estados, sociedades transnacionales u organizaciones de otro tipo. Cualquier tiempo pasado fue mejor que diría Jorge el de Paredes de Nava.

La nación, el estado y en general la política moderna ha chupado rueda de un orden tradicional finalmente agotado, muy anterior a las actuales organizaciones humanas y cuyos fundamentos eran totalmente diferentes a las actuales concepciones formales democráticas, jurídicas y estatales. Desde un punto de vista profano el estado, usurpador absoluto de la verdadera autoridad espiritual, llega un momento que solo dispone de la pura coerción y violencia para mantener su soberanía luciferina; ejemplos paradigmáticos de la desnuda reducción a estos extremos fueron los diversos fascismos y los estados marxista-leninistas del siglo XX – estos últimos en realidad una variante de fascismo violento-, más o menos encubiertos a veces con coartadas ideológicas frágiles e ilusorias de paraísos al alcance de la mano, pero con un palmarés de crímenes millonario, sin comparación posible con nada del pasado. En los casos menos desastrosos el estado demo-liberal mantuvo apariencias más pasables y más disfrazables sus canalladas. La vieja Europa, antigua Cristiandad en la Edad Media, ha sufrido horriblemente en sus carnes los resultados implacables de la exterioridad y la periferia y su cortejo de discordias; actualmente las uniones aparentes por el comercio y la economía, campos de confrontación y polémica, no son más que ridículas caricaturas de la unión espiritual de antaño.

El caso de España como apartado extremo de Europa, liquidada su herencia tradicional en el siglo XIX, que permitió subsistir cierta unidad, agotó relativamente pronto la gama destructiva del estado moderno; experimentado todo el repertorio de escapes de la política actual queda hoy día solo un estado formal con acumulación de poderes puramente externos y carente de otras legitimaciones que no sean igualmente externas y de pura forma, inane y a merced de los resultados finalmente disgregadores de lo externo. Aunque sea un tema que puede provocar ronchones y crispaciones, ninguna autoridad metafísica y ética puede aducir el actual estado-nación cuando una parte de los ciudadanos pretenden, fascinados por la idea mendaz y satánica del estado moderno, erigirse igualmente a su vez en estado-nación, ídolo supremo al que adorar sin apostasía, al parecer ya la única expresión actual concebible de plasmación y representación de lo va quedando de los pueblos; demasiadas veces partiendo de violencia, roca desnuda que queda cuando se han eliminado los principios, o peor cuando el único principio es el estado; agotados los formalismos y las convenciones que no principios tradicionales, inexistentes en el estado moderno, solamente queda la coerción y la estaca; la sociedad moderna carece cada vez más de los motivos últimos capaces de suscitar unión.

La expansión del desencuentro, las separatividades, las hostilidades, la inflación del ordenancismo y de reglamentos aptos para infundir temor y desasosiego – delicias de un universo judicializado- aumenta en cadencia acelerada, manifestación del aumento fatal de la desorganización o entropía de que nos habla el 3º principio de la termodinámica. En otras palabras cada vez más obstáculos al fluir de la armonía, cada vez más coerciones periféricas y más lejano el entorno de paz y libertad, que no se adquiere con legislaciones obligatorias ni incrementando la renta per cápita y el producto nacional bruto; la libertad se trata de sustituir astutamente por un sucedáneo fraudulento: la felicidad y bienestar procurada por el progreso económico y material, con la ayuda del estado providencia, al final menos providente que voraz. Solo para restringirse a Europa existen actualmente más de 40 micronacionalidades en potencia y con partidarios más o menos capaces, según los casos, de erigirlas en nacioncitas fieramente independientes en no demasiado tiempo. Entre ellos no faltan algunos que anhelan una Castilla de estrafalarios contornos celosamente independiente, o sea más separación, más disgregación y un estadito más; otra oferta más mimética y fotocopiada de un paraíso salvífico. La concentración exclusiva en lo periférico, el centralismo, típico del mundo moderno, trae como reacción inevitable la dispersión babélica.

Las federaciones y ligas, los cementos provisionales soñados para sostener tal puzzle, posibles en tiempos pasados en virtud de otras circunstancias muy distintas de las actuales, son hoy totalmente engañosos, lejos estos tiempos de la armonía. “Reunir lo disperso “ es una operación del Espíritu no una praxis del hombre; claro que el hombre actual escéptico y agnóstico llega a pensar que para estos menesteres el tecnócrata, el negociador y el líder político puede sustituirlo con ventaja.

“Si Yavé no edifica la casa, en vano se afanan quienes la construyen ” (Salmo 127,1)