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miércoles, 26 de julio de 2023

Feijoo se escribe sin tilde (Juan manuel de Prada)

 

Feijoo se escribe sin tilde

Feijoo es palabra llana y no aguda, como es llano y no agudo el hombre que no consiguió derogar el sanchismo y se conformó con derogar la ortografía.

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No nos gusta colgarnos medallas, entre otras razones porque el profeta es odiado por los hombres que viven cómodamente instalados en el presente. Pero quienes sigan los artículos que publicamos en este rincón de papel y tinta recordarán el pronóstico electoral que hacíamos, hace ya cuatro meses: «Me provocan ternura esas gentes ingenuas que anhelan la convocatoria de elecciones generales, para desalojar al doctor Sánchez de la Moncloa. Habría que recordar que la gente vota según le convenga al Dinero, que tiene los instrumentos de ingeniería social necesarios para infiltrarse en las conciencias. Y al Dinero le conviene que en España gane las elecciones el doctor Sánchez, porque nadie ejecuta la agenda plutocrática con mayor eficacia y manteniendo apaciguadas a las masas cretinizadas. […] Con el partido de Estado comandado por el doctor Sánchez, el Dinero sabe que puede conseguir empleo precario y despido barato con paz social; sabe que puede desatar inflaciones monstruosas y pérdida abismal de poder adquisitivo de los salarios con paz social; sabe que puede imponer el otanismo como religión de culto obligatorio con paz social […]. Con la derecha en el Gobierno (incluso con sucedáneos febles, al estilo de nuestro somorgujo gallego),

El Dinero sabe que, sin el doctor Sánchez, padecería huelgas generales, protestas de niños pijos con ecoansiedad, de feministas con rabo y género fluido

el Dinero sabe que padecería huelgas generales, referendos secesionistas, protestas de antisistemas sistémicos, de niños pijos con ecoansiedad, de feministas con rabo y género fluido y hasta de monjas que quieren ser obispas. Nada de esto ocurrirá con un gobierno presidido por el doctor Sánchez».

Al Dinero le ha costado muchísimo conseguir la victoria del candidato que les garantiza la 'paz social'; tanto que no habría que descartar un bloqueo irresoluble y la repetición de elecciones (pero si esa repetición se produjera, el doctor Sánchez saldría beneficiado). Durante los últimos meses, la derecha española ha vivido sugestionada por encuestas demoscópicas euforizantes y por la 'opinión' y el 'análisis' de charlatanes de tertulia, lastimosos epígonos umbralianos y analistos hiperventilados, que han jaleado la «derogación del sanchismo» y afirmado que al doctor Sánchez sólo lo iba a votar Txapote y, si acaso, el tito Berni. Pero al doctor Sánchez también lo han votado los gerifaltes de Bruselas, los archipámpanos de la OTAN y los mandamases del foro de Davos, que son los que de verdad cuentan.

Durante estos meses en los que la derecha española ha vivido sugestionada hemos escuchado y leído infinidad de mamarrachadas, que presentaban al somorgujo gallego como un hombre preclaro y providencial. Ahora que Feijoo ha perdido su poder de sugestión convendría recuperar la cordura y empezar a escribir su apellido correctamente. Pues Feijoo logró que todo quisque (menos el menda, por supuesto) escribiera su apellido con tilde. Pero Feijoo es palabra llana y no aguda, como es llano y no agudo el hombre que no consiguió derogar el sanchismo y se conformó con derogar la ortografía.

© ABC

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viernes, 19 de mayo de 2023

Cine y vacaciones gratis (Juan Manuel de Prada)

 

Cine y vacaciones gratis

Juan Manuel de Prada 19 de mayo de 2023

Las vacaciones de los mozos viejos que las pague su santísima madre.

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El doctor Sánchez anuncia que subvencionará el cine a los jubilados, apenas unos días después de prometer que pagará el Interrail a los jóvenes «entre 18 y 30 años». ¿Por qué hemos de pagar los caprichitos de jóvenes (incluidos los vagos redomados de 30 años) y jubilados? Los jubilados, si no tienen dinero para ir al cine, que se descarguen BitTorrent; y las vacaciones de los mozos viejos que las pague su santísima madre.

Un plan para mantener a la inmensa mayoría de la población en un nivel de 'pobreza sostenible'

El reinado plutocrático mundial ha diseñado un plan (que lacayos como el doctor Sánchez ejecutan) para mantener a la inmensa mayoría de la población en un nivel de 'pobreza sostenible', suministrándole entretenimientos baratos y embrutecedores. Entretenimientos que, por supuesto, se financian a costa de exacciones sangrantes. Se trata de ir creando una chusma cada vez más populosa de parásitos y haraganes que voten a piñón fijo al demagogo de turno, a la vez que le reclaman que sangre con mayor ensañamiento a las pocas gentes laboriosas que vayan quedando.

Jano García lo explica maravillosamente en su más reciente y vitriólica obra, Contra la mayoría (La Esfera de los Libros), que prometemos comentar en breve. Se trata de modelar una masa envilecida mediante un incesante acopio de limosnas, presentadas como subsidios, subvenciones, bonos sociales, servicios presuntamente gratuitos (en realidad, sufragados mediante exacciones) y otras bicocas de bóbilis, bóbilis. Así se consigue que cada vez sean más las personas que desean formar parte de esa masa de beneficiados –jubilatas que gorronean cine, vagos redomados que veranean gratis– y abandonar el bando de los perjudicados. «Todo se resume –concluye Jano García– en que la riqueza adquirida por uno pase a manos de otro que no ha hecho nada para obtenerla. Y de ese expolio legalizado no sólo se lucra el que recibe el dinero que no es suyo, sino también el demagogo que obtiene una mayor recompensa en número de votos».

Por supuesto, los beneficiados por estas bicocas darán en creer que es obligación del Estado garantizarlas. Así se generarán masas cada vez más nutridas de población que ya no se conformarán con que se asegure una educación o una sanidad gratuitas y universales, sino que reclamarán como derechos inalienables los privilegios que el demagogo les procuró. Y el demagogo, para seguir alimentando a la bestia, tendrá que procurarle nuevas bicocas (marihuana gratis para los mozos viejos, cirugía plástica subvencionada para los jubilados), todo ello a costa de ordeñar a la poca gente laboriosa que para entonces sobreviva (entre temblores, pues entretanto el demagogo habrá excitado el resentimiento de los parásitos contra ella). Así hasta que la miseria se haya extendido entre toda la población, igualando a vagos y laboriosos en una misma papilla infrahumana. Entonces el demagogo pondrá pies en polvorosa, para disfrutar de la fortuna que el reinado plutocrático mundial le asigne como recompensa por los servicios prestados.

© ABC

 

 

 

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domingo, 30 de abril de 2023

Situación de vulnerabilidad (Juan Manuel de Prada)

 

Situación de vulnerabilidad

A la izquierda caniche le pagan para crear una sociedad infecunda.

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Me enternece comprobar que los medios sistémicos han puesto a todos sus loritos de guardia a pontificar sobre la nueva ley de vivienda del doctor Sánchez y sus mariachis… como si no fuese una flagrante engañifa. En puridad, esta no es una ley de vivienda (es decir, una ley que promueva la propiedad de una vivienda legítimamente obtenida), sino una ley que facilita el acceso a una vivienda a quienes previamente se ha impedido ser propietarios. Ya hemos explicado que

La izquierda caniche odia la propiedad que arraiga y exalta la propiedad que desarraiga

la izquierda caniche odia la propiedad que arraiga y exalta la propiedad que desarraiga: de ahí que fomente la propiedad solipsista del propio cuerpo, con el exterminio de la vida gestante y el supermercado penevulvar; de ahí también que privilegie la figura del okupa. La izquierda caniche necesita, para poder ejecutar la agenda plutocrática, una sociedad en perpetua 'situación de vulnerabilidad', sin familia, sin suelo sobre el que radicarse, que pueda ir en patinete desde un cuchitril hasta otro. Chesterton nos enseñaba que «todo hombre debe tener algo a lo que pueda dar forma según su propia imagen, del mismo modo que él es forma de la imagen de Dios»; y ese 'algo' a lo que puede dar forma es, primeramente, una casa en propiedad, un espacio vital sobre el que luego pueda dar forma a todo lo que constituye una vida de veras noble: un trabajo estable, una familia unida, una comunidad con los pies afirmados en la tierra y la vista clavada en el cielo.

Esta es la sociedad que la izquierda caniche odia con toda su alma purulenta. Si a la derecha, en la era del turbocapitalismo, corresponde la misión de privatizar la riqueza pública, a la izquierda corresponde la misión todavía más abyecta de destruir los vínculos y la moral colectiva, hasta generar una sociedad en perpetua 'situación de vulnerabilidad', sin familia ni propiedad,

Un hormiguero de chiquilines desvinculados que malviven entre subsidios y limosnas

un hormiguero de chiquilines desvinculados que malviven entre subsidios y limosnas. De ahí que esta ley conceda tantas ventajas a los okupas, cuyo desahucio se complica con embrollos burocráticos kafkianos: pues mientras el okupa sigue viviendo como un perro sarnoso en una casa ajena que deja hecha una pocilga, ni siquiera se plantea una vida más noble, en la que mediante el fruto de su trabajo pueda adquirir una vivienda y formar una familia. A la izquierda caniche le pagan para crear una sociedad infecunda, donde no exista propiedad familiar; pues la propiedad familiar (de casas, de tierras, de talleres, de tiendas y comercios), cuando está ampliamente distribuida, es el katejon del reinado plutocrático mundial. La izquierda caniche abomina de una sociedad fecunda enraizada en la propiedad repartida; le interesa una disociedad de gentes que viven a salto de mata en los cuchitriles que no se destinan al alquiler turístico. Otra lacra que, como favorece la vida desarraigada e infecunda tan grata al reinado plutocrático mundial, esta ley tampoco combate, pese a ser la principal causa del encarecimiento del alquiler.

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miércoles, 8 de febrero de 2023

La memoria siempre miente por Juan Manuel de Prada

 La memoria siempre miente por Juan Manuel de Prada


Resulta, en verdad, muy instructivo (y revelador de las gangrenas que corrompen esta época terminal) que la 'memoria' se haya convertido en el instrumento político elegido para 'recuperar' el pasado. Pues, como todo el mundo sabe, la memoria adultera y rectifica el pasado a beneficio de quien la ejerce. La memoria filtra el pasado, lo pasa por el tamiz de nuestra subjetividad: nadie recuerda las cosas como efectivamente fueron, sino como personalmente las percibió. Y todo ello sin necesidad ni pretensión de mentir (aunque no debemos olvidar que 'mente' y 'mentira' son palabras que comparten etimología). Que la memoria es, por naturaleza, mistificadora lo demuestran, por ejemplo, las versiones siempre distintas y a menudo contradictorias que las partes en conflicto nos ofrecen de un mismo hecho: dos amigos que han reñido, dos hermanos que se disputan una herencia, dos cónyuges que se divorcian, exponen los hechos que ocasionaron su ruptura de formas tan divergentes que por momentos tenemos la impresión de estar escuchando la narración de hechos diversos.

Y esto, que ocurre cuando el 'memorioso' pretende exponer una versión veraz del pasado, ocurre de un modo todavía más flagrante cuando trata de ofrecer una versión tergiversada; y no por razones torcidas ni alevosas, sino por mera necesidad de supervivencia. Del mismo modo que la persona que ha sufrido torturas o abusos cubre aquellos hechos traumáticos con un velo que los difumina, las personas que han participado en episodios dolorosos u horrendos tienen a elaborar 'falsos recuerdos' que los mitiguen o edulcoren; no digamos si encima su participación en esos episodios dolorosos u horrendos ha sido poco heroica o ejemplar, no digamos si encima las personas que los rememoran contribuyeron a exacerbar el dolor o el horror que tales episodios causaron. La memoria, a la postre, se convierte en un mecanismo de defensa que nos permite sobrevivir a nuestro propio pasado, limando sus aristas más afiladas y salvando sus simas más escabrosas. Y, a la vez, construye un 'relato' alternativo que embellece aquellos episodios dolorosos u horrendos, otorgandonos en ellos un papel que, en su momento, enardecidos por pasiones oscuras o arrastrados por las circunstancias, no tuvimos: pero que, a posteriori, hubiésemos deseado tener.

Este funcionamiento de la memoria lo he podido estudiar minuciosamente en mi obra más reciente, El derecho a soñar, en la que contrasto el memorioso testimonio que una anciana escritora me brindó, antes de morir, con la cruda realidad de los hechos, que he podido reconstruir a través de la documentación hallada en multitud de archivos. El choque que me produjo el contraste entre el testimonio de la autora y los hechos que su memoria había metamorfoseado me resultó, al principio, desalentador: pero a la postre me resultaría más bien aleccionador, pues me alumbró un aspecto de la naturaleza humana que misteriosamente preferimos ignorar (y que luego los demagogos aprovechan politicamente): la necesidad que todos tenemos de configurar un pasado que nos beneficie. para resarcirnos de las penalidades sufridas y redimirnos de nuestras miserias secretas. Ahora me he lanzado a un nuevo proyecto literario que me ha obligado a asomarme al pasado de algunos próceres de las artes y las letras patrias que tuvieron la suerte o la desdicha de vivir en París durante los años de la Ocupación alemana; y lo que he descubierto en los archivos es igualmente aleccionador: pues casi todos ellos -y los descendientes que han custodiado su 'memoria'- falsificaron su pasado, casi todos ellos construyeron ante la posteridad un 'relato' que los presentaba como resistentes pugnaces, como antifranquistas heroicos, como dignísimos representantes de una "tercera España que nunca existió. Para lograr ese embeleco falsificaron sus biografías, purgaron sus epistolarios, silenciaron episodios de su pasado que sin embargo quedaron registrados en la prensa de la época y en los documentos que se custodian en los archivos; y lo más espeluznante de todo es que sus hagiógrafos hicieron posteriormente lo mismo, para poder presentarlos a los ojos de nuestra época con los ropajes que convienen a los paradigmas culturales vigentes.

Luego, han venido demagogos que han encumbrado la memoria como instrumento para 'recuperar" (en realidad, para adulterar y mistificar) el pasado. Pero creo que, en el fondo, es una condena que nos merecemos: pues la historia reciente de España está erigida sobre un ingente cementerio de memoriosas mentiras.

https://www.abc.es/xlsemanal/firmas/...re-miente.html

sábado, 29 de enero de 2022

Vivir con miedo (Juan Manuel de Prada)

 Vivir con miedo


JUAN MANUEL DE PRADA


Domingo, 21 de Noviembre de 2021

Durante el último año, habré publicado cuatro o cinco artículos sobre las llamadas ‘vacunas’ contra el coronavirus (muy pocos, considerando que anualmente escribo casi doscientos), que yo prefiero llamar ‘terapias génicas experimentales’; pues desde luego no han sido elaboradas como las vacunas al uso. (El otro día, por cierto, mi admirado César Nombela me reprochó que utilizase la expresión ‘terapia génica’, que en el lenguaje científico tiene un significado específico diverso. Pero, por ejemplo, la expresión ‘falacia patética’ tiene en preceptiva literaria un significado específico diverso al que enuncian las palabras que la componen; lo cual no invalida que uno puede decir ‘falacia patética’ ateniéndose al significado común de cada palabra, sin entrar en discusiones de preceptiva literaria, del mismo modo que yo escribo ‘terapia génica experimental’ sin entrar en tecnicismos científicos).

Pero me pierdo por las ramas. Como decía, durante el año último habré publicado cuatro o cinco artículos sobre este espinoso asunto, todos muy prudentes y cautelosos, en los que hablo sobre estas terapias desde la experiencia personal, complementada por la observación y el estudio. En el último que publiqué, por ejemplo, me permitía señalar algo tan evidente como que, misteriosamente, nadie se responsabiliza de los posibles efectos adversos de estos sedicentes remedios: ni las compañías que los fabrican, ni los Estados que los adquieren y distribuyen, ni tampoco los sanitarios que los inoculan (evitando prescribirlos, precisamente para evitar responsabilidades). También me permití citar en aquel artículo un estudio aparecido en la revista médica The Lancet, con resultados poco halagüeños sobre la eficacia de estos sedicentes remedios. Pues bien, para mi sorpresa, la publicación de este artículo nada desaforado ni tremendista, nada fantasioso ni ‘conspiranoico’, causó un revuelo inesperado entre todas las personas que frecuento, algunas de las cuales me consideraron un héroe por haberme atrevido a escribir tales cosas, mientras otras me juzgaron un temerario o un terrorista de la pluma. Estas reacciones me dejaron por completo perplejo, pues casi todos los artículos que publico son infinitamente más arriesgados, por contravenir las ideas aceptadas o impuestas en nuestra época. En aquel artículo, en cambio, apenas hacía algunas modestas observaciones muy fácilmente constatables y sin afán polemista alguno.

Pero el caso es que a todos mis amigos y conocidos este artículo sobre las terapias génicas experimentales se les antojó aterradoramente osado. Y, pasado el estupor, he tratado de explicarme las razones de su reacción. Casi todos mis amigos y conocidos son personas inteligentes; y los que no lo son del todo desde luego tampoco son estúpidos. Y, puesto que no son débiles mentales, infiero que las razones por las que mis observaciones les provocaron tanto pasmo o admiración o susto son de debilidad emocional. Sospecho que mis amigos y conocidos, como en general la mayor parte de la gente en nuestra época, no tienen la entereza suficiente para escuchar o leer cosas que no constituyen la ‘verdad oficial’, aunque presenten visos verídicos.
Todos hemos sido adiestrados en mayor o menor medida, a regañadientes o complacidamente, en la sumisión a la ‘autoridad’, aunque se trate de una autoridad en absoluto autorizada (como, por lo general, ocurre en nuestra época); y atrevernos a discutir lo que esa ‘autoridad’ nos dice (aunque sea un petardo o petarda televisiva) se nos antoja abrumador. Nuestro cerebro reptiliano, que controla el instinto de supervivencia (y de medro), nos aconseja, para evitarnos disgustos, el gregarismo, la aceptación de las ‘verdades oficiales’ y los discursos establecidos en aquellas cuestiones que la ‘autoridad’ declara no opinables, respaldada por esos ‘autorizados’ métodos intimidatorios y disciplinares que Foucualt denominaba ‘microfísica del poder’. Así, gentes que no son estúpidas ‘tragan’ (convirtiéndose en ‘tragacionistas’), por miedo cerval al señalamiento, el desprestigio, el escarnio público, etcétera. Por miedo, en definitiva, a convertirse en herejes contra los que se decreta la persecución o la expulsión a las tinieblas. Y ese mismo miedo los empuja a señalar, a desprestigiar, a escarnecer a quienes se atreven a hacer lo que a ellos los atemoriza.

Una vez que se ha logrado instilar el miedo en las personas, se puede hacer con ellas lo que se quiera, no importan cuán inteligentes o cultivadas sean. Como nos enseñaba el personaje de Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? En eso consiste ser un esclavo».



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lunes, 24 de enero de 2022

Rinocerontes JUAN MANUEL DE PRADA

 Rinocerontes


JUAN MANUEL DE PRADA
DOMINGO, 23 DE ENERO DE 2022




Seguramente las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan estén familiarizadas con la figura de Eugène Ionesco, una de las más representativas y acaso perdurables de aquel ‘teatro del absurdo’ que triunfó hace más de medio siglo. Entre las obras más divulgadas de Ionesco existe una titulada El rinoceronte que ha cobrado en nuestros días una vigencia estremecedora. Los ‘expertos’ suelen interpretar esta pieza de Ionesco como una crítica al súbito crecimiento del nazismo en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero si El rinocerontenos resulta hoy una obra extraordinariamente perspicaz e interpeladora no es porque se dedique a dar lanzadas a un moro muerto quince años antes de estrenarse, sino por proponernos una aguda sátira del conformismo ambiental que corrompe nuestras sociedades, cada vez más dispuestas a someterse incondicionalmente a las directrices sistémicas, por irracionales que sean. A Ionesco le interesa profundizar en los mecanismos psicológicos empleados para el control y sumisión plena de las masas, de tal modo que las imposiciones más arbitrarias o injustas sean aceptadas gustosamente. Y le interesa satirizar los procesos de masificación o cretinización que facilitan el desarrollo tecnológico y la concentración humana en las grandes urbes, hasta cuajar en un ‘hombre nuevo’ borreguil que se allana sin empacho ante la más rampante irracionalidad. Que Ionesco, para escribir El rinoceronte, se inspirase en la Alemania de los años treinta resulta por completo indiferente; lo verdaderamente llamativo es que describe pasmosamente la situación presente.

Al comienzo de la obra se nos presentan dos tipos humanos perfectamente reconocibles. Juan es el hombre sistémico por excelencia, el tragacionista de todas las milongas: aplastantemente vacuo, pomposo y filisteo, se pretende sin embargo un tipo ‘moderno’. Frente a él, aparece Berenger, un hombre modesto, extremadamente sencillo, que se muestra apocado ante los sabihondos (charlatanes, en realidad) que lo rodean, todos ellos infatuados de sus presuntos conocimientos, que no son sino regurgitaciones de papagayos empachados de pienso sistémico. Entonces irrumpe en las calles de la población donde transcurre la obra un rinoceronte; pero todos los personajes de la obra reprimen la sorpresa que les ha causado, por cobardía o pereza mental, tal vez por miedo, y prefieren ignorar su inconcebible existencia, como hoy eludimos realidades incómodas ligadas a la plaga coronavírica que estamos padeciendo, temerosos de que su simple invocación vaya a tornarlos presentes en nuestras vidas. De este modo, los personajes de la obra de Ionesco, en lugar de hablar del rinoceronte que acaban de ver, discuten sobre el número de cuernos que ostentan estos paquidermos, o sobre las distintas especies que integran la familia rinoceróntida, en un esfuerzo por soslayar la cruda realidad que empieza a imponerse. Y esa cruda realidad nos revela que, poco a poco, comienza la metamorfosis de los hombres sistémicos en rinocerontes; pero, lejos de horrorizarse ante lo que les está sucediendo, estos hombres sistémicos aceptan el hecho como algo irremediable, como una necesaria adaptación a las circunstancias, incluso se esfuerzan por ‘normalizar’ los cambios aberrantes que se producen en su organismo, buscándoles grotescos antecedentes históricos o absurdas justificaciones científicas. «Siempre sucedieron fenómenos semejantes», alegan; y también: «En otros sitios están peor»; o bien: «Tenemos suerte, pues nuestra transformación tiene cierta grandeza». Expresiones muy similares a las que emplea hoy el multivacunado que contrae la enfermedad, después de atender las explicaciones de los expertos de la tele, mientras se consuela con las desgracias todavía peores que sufren los réprobos que no han querido vacunarse.

Frente a esta aceptación resignada de la metamorfosis en rinoceronte sólo se alza Berenger, que aún no ha dimitido del sentido común y del juicio crítico, a diferencia de los hombres sistémicos, para entonces ya convertidos en rinocerontes. Pero este Berenger es un hombre humilde y bohemio que al principio de la obra nos parecía, incluso, un pobre infeliz, comparado con los sabihondos y charlatanes que lo rodeaban. Creo que si a este mundo invadido por una plaga de rinocerontes le queda alguna salvación vendrá de Berenger, de los pocos Berengers que para entonces todavía sobrevivan en la tierra. Pues todo Berenger que ose rebelarse contra la metamorfosis será corneado, aplastado, despedazado por los rinocerontes conformes –¡qué digo conformes, encantadísimos!– de su paquidérmica felicidad e incapaces de soportar a ese tipejo que osa recordarles que en otro tiempo fueron humanos.



https://sevilla.abc.es/xlsemanal/fir...ocerontes.html

sábado, 4 de septiembre de 2021

Un fracaso indisimulable (Juan Manuel de Prada)

 Un fracaso indisimulable



Juan Manuel de Prada


Señalaba Unamuno con su vehemencia característica que "es una disposición del espíritu muy frecuente en todas partes, pero mucho más en los pueblos de cultura incipiente o advenediza --y como advenediza, pegadiza--, la fe ciega en la ciencia, tanto mayor cuanto menor es la ciencia de los que la poseen". Y añadía el maestro, refiriéndose a estas masas cretinizadas que profesan la fe ciega en la ciencia, que "tienen siempre algún mote con que defenderse de nuestros asaltos; nos llaman místicos o teólogos o paradojistas o, en último caso, ignorantes". Para concluir que "apenas sospechan el mar desconocido que se extiende por todas partes en torno al islote de la ciencia, ni sospechan que a medida que ascendemos por la montaña que corona el islote, ese mar crece y crece y se ensancha a nuestros ojos, que por cada problema resuelto surgen veinte problemas por resolver".

Ocho meses después de que las terapias génicas experimentales fuesen presentadas como la purga de Benito, su fracaso de ha vuelto indisimulable. Como ha señalado Robert Malone, el inventor de la técnica del ARN mensajero, la administración masiva de terapias génicas experimentales no servirá para erradicar el virus. Además, se ha probado que provocan multitud de efectos secundarios a corto plazo (muchos más que otras vacunas que, con una incidencia negativa mucho menos relevante, han sido retiradas); y se ha probado también que su acción protectora es muy limitada temporalmente, amén de muy débil, como prueba el hecho de que los vacunados se infecten con una carga vírica semejante a los no vacunados y contagien a personas sanas. Estas afirmaciones no las hace un negacionista locoide, sino el inventor de la técnica empleada en esta terapia génica experimental.

Falta todavía por determinar si, como aseguró Luc Montagnier, la administración masiva de estas terapias génicas experimentales está relacionada con la emergencia de nuevas variantes del virus. Tampoco sabemos todavía los efectos secundarios que estas terapias génicas tendrán a medio y largo plazo. Ese mar infinito de problemas sin resolver se empezará a atisbar este invierno; pero habrán de pasar muchos años antes de que conozcamos su extensión. Lo que sabemos por el momento es que las muertes por coronavirus no hacen sino crecer semana tras semana en pleno verano; y que la inmensa mayoría de los muertos son ancianos vacunados. Sin embargo, la propaganda sistémica trata de maquillar esta evidencia dando publicidad a los casos de no vacunados, y asegurando grotescamente sin ninguna base científica que, en caso de que no se hubiesen administrado las terapias génicas experimentales, la mortandad habría sido mucho mayor.

Desgraciadamente, quienes más obligados estaban a explorar el mar desconocido que se extiende por todas partes en torno al islote de las terapias génicas experimentales --médicos y periodistas-- han resuelto apuntarse al silencio de los corderos. Así, mientras callan, los fecundan al modo Zeus fecundó a Dánae.





https://www.abc.es/opinion/abci-juan...3_noticia.html

sábado, 27 de marzo de 2021

Tragacionistas (Juan Manuel de Prada

 Tragacionistas


Juan Manuel De Prada

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los biempensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los biempensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante).

Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus. Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias. Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales. Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año. Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos. Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos). Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias, tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘nefasta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.



https://www.xlsemanal.com/firmas/202...uel-prada.html

miércoles, 24 de marzo de 2021

Sin ganas de vivir (Juan Manuel de Prada)


 

Viejos (Juan Manuel de Prada)i

 

Viejos



Juan Manuel De Prada

ANIMALES DE COMPAÑÍA

 

Yo mantuve una relación muy estrecha con mis abuelos maternos, de manera que todavía cultivo un concepto reverencial de la vejez por completo anacrónico. Pero tal vez porque gocé de un trato cotidiano y continuo con mis abuelos –con los que conviví bajo un mismo techo durante años– no cultivo la imagen almibarada que hoy se suele ofrecer de la vejez, que en realidad es un barniz dulzón con el que se disimula hipócritamente una realidad pavorosa que la plaga coronavírica ha dejado expuesta.

Escribía Cicerón en su célebre tratado que los viejos suelen ser quisquillosos, pues «piensan que los desprecian, que los tienen en poco, que se burlan de ellos». Sin duda en tiempos de Cicerón habría gentes que despreciaban o escarnecían a los viejos; sin embargo, los viejos eran también venerados como fuente de sabiduría e incorporados a la vida pública, en muy diversas magistraturas, o siquiera como consejeros de los gobernantes. En nuestra época, por el contrario, el desprecio y la burla de los viejos están casi vedados públicamente; pero se trata de una argucia farisaica que esconde un repudio inconcebible en la época de Cicerón. No el repudio ocasional que en todas las épocas se ha producido (pues siempre han existido hijos descastados que abandonaban a sus padres, como padres desnaturalizados que abandonaban a sus hijos), sino un repudio generalizado, colectivo, incluso institucional; un confinamiento o extrañamiento de la llamada ‘tercera edad’ en un gueto o arrabal de desguace, al modo de chatarra humana relegada a la irrelevancia pública, con frecuencia también a la soledad. Por supuesto, tal relegamiento se edulcora con diversos placebos y aspavientos emotivistas; pero la plaga coronavírica lo ha hecho más evidente que nunca.

Detrás de este maltrato a la vejez se halla, por supuesto, el miedo invencible a la muerte que gangrena a las sociedades desesperadas (sin fe en la vida de ultratumba), que necesitan esconder los signos más evidentes de su proximidad. Y se halla la destrucción concienzuda de la institución familiar, que no es sino la consecuencia lógica del odio a la tradición que florece, a modo de moho, en las sociedades desesperadas. Se ha borrado de la conciencia de nuestra época la concepción de las sucesivas generaciones humanas como eslabones unidos de una cadena que se brindan mutuamente apoyo y fortaleza. Para ayudar a los viejos a sobrellevar los padecimientos propios de su edad, las sociedades todavía regidas por la tradición contaban con una auténtica comunidad familiar que cuidaba de ellos y los confortaba. Pero los hombres (¡y las mujeres, oiga!) de nuestra generación consideran que su vida será más plena si rompen las cadenas de la tradición y se convierten en eslabones sueltos y desvinculados. Así, nuestra generación maldita se ha ‘independizado’ de la familia que reprime el libre desarrollo de su personalidad, para convertirse cada individuo en una mónada satisfechísima que ya no tiene que cargar con la rémora de sus viejos, a los que aparca en uno de esos modernos morideros llamados ‘residencias’, que durante esta plaga se han convertido en una ratonera tan eficaz al menos como Stalingrado.

Y para que esta generación que ha abandonado a sus viejos en los morideros, declinando las obligaciones de la sangre, pueda dormir tranquila se ha impuesto una visión de la vejez como edad excedente, sobrante, superflua. Una etapa de la vida odiosa, porque en ella hace mucho frío y las pasiones que brindan color a la vida (a la vida bulímica propia de las sociedades desesperadas) se apagan y los achaques se multiplican, hasta amargar por completo los días, que así se convierten en un cúmulo prescindible que conviene abreviar (sobre todo porque la soledad a la que condenamos a los viejos torna los días y los achaques más insufribles). Y para que esta consideración de la vejez como edad excedente triunfe (tanto en los viejos que se resignan a languidecer como en los jóvenes que los aparcan en un moridero), hay que borrar de las almas la noción cristiana de la vida como drama, en la que la escena final es siempre la más importante, porque dota de sentido todas las anteriores.

Y, una vez convertida definitivamente en edad excedente, será más fácil llevar el desprecio a los viejos hasta el límite (aunque, por supuesto, convenientemente embadurnadito de compasión). Ya que la vejez no puede ser ‘curada’ mediante la medicina, la medicina se debe encargar de apacentar a los viejos hasta los rediles de la muerte, para que dejen de dar la murga. Porque, aparte de los morideros, esta generación depravada también puede brindar a sus viejos el ‘derecho’ a la eutanasia.

 

martes, 1 de diciembre de 2020

«Antinatalistas (II)» por Juan Manuel de Prada

 «Antinatalistas (II)» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 12/02/2018.

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Glosábamos en un artículo anterior un excelente reportaje de Irene Hernández Velasco sobre el movimiento antinatalista, en el que entrevistaba a un grupo de personas convencidas de que la especie humana es «algo nefasto» que conviene erradicar. Para camelar a la gente desprevenida, estos antinatalistas afirmaban que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Se trata de un sofisma especialmente irrisorio, pues lo cierto es que el capitalismo ha tenido siempre la obsesión recurrente de disminuir la población; y, puesto a elegir su prototipo de esclavo favorito, ha buscado siempre consumidores sin compromisos familiares, personas ‘solteras’ en el sentido etimológico de la palabra, mucho más permeables a sus mensajes y menos pugnaces en la lucha por sus derechos laborales. Incluso en sus épocas de mayor expansión, el capitalismo siempre ha preferido forzar corrientes migratorias antes que favorecer la natalidad.

Este designio antinatalista del capitalismo lo hallamos en todas las épocas y circunstancias; es, pues, constitutivo de su esencia. Adam Smith solicitó la prohibición de las ‘Leyes de Pobres’ que, al asegurar subsidios a las familias más necesitadas, favorecían que tuviesen hijos. David Ricardo defendió que los salarios debían tender hacia un nivel que apenas cubriese las «necesidades de subsistencia» de los trabajadores, que de este modo se abstendrían de aumentar su prole. Thomas Malthus, por su parte, afirmó sin ambages que el modelo económico capitalista sólo podría sostenerse si se realizaba un «control preventivo» de la población, para lo que recomendaba que los pobres permaneciesen solteros, o que en todo caso se les obligase a «matrimonios tardíos» (exactamente como ocurre hoy). John Stuart Mill, por su parte, afirmó que la doctrina capitalista sólo se podría afianzar si se lograba que la población trabajadora «restringiese voluntariamente su número».

Y aquella obsesión antinatalista de los padres del capitalismo se extremó durante los siglos XX y XXI. Thomas Nixon Carver defendió tras el crack de 1929 la necesidad de esterilizar a los «palmariamente ineptos», entendiendo como tales a aquellas personas que no lograban alcanzar un ingreso anual de mil ochocientos dólares (que entonces era la mitad de la población estadounidense). Más tarde, el capitalismo disimularía sus fervores eugenésicos (para que no pudieran emparentarlo con el derrotado nazismo) sustituyéndolos por otras modalidades mucho más eficientes de antinatalismo: fabricación industrial de anticonceptivos, legalización del aborto, exaltación del homosexualismo y demás «políticas de identidad», etcétera. Algunos marxistas clarividentes, como Pier Paolo Pasolini, advirtieron que el capitalismo estaba utilizando la ‘libertad sexual’ –que los ilusos izquierdistas de entonces, como los cínicos izquierdistas de ahora, jaleaban–como instrumento para imponer sus designios. Pero fueron excepciones entre los loritos que repetían, a modo de salmodia lobotomizada –como hacen los antinatalistas del reportaje que comentamos–, que «tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Si estos antinatalistas no estuviesen cegados por su nihilismo doctrinario (que, en realidad, es el rebozo de su hedonismo egoísta) repararían en que notorios plutócratas y adalides del capitalismo, desde Soros a Gates, gastan ingentes cantidades en promover exactamente lo mismo. Y entonces descubrirían con horror que ellos son los auténticos esclavos del sistema.

El capitalismo no quiere que la gente tenga hijos por dos razones muy sencillas: cada vez necesita menos mano de obra para garantizar la producción; y la gente sin hijos acepta condiciones laborales más oprobiosas y tienen menos fuelle y redaños en el combate contra la injusticia. Además, para ser sostenible, el capitalismo necesita consumidores que puedan emplear la mayoría de sus ingresos en la adquisición de los chismes superfluos que fabrica. La gente que tiene hijos es menos permeable a los reclamos del consumismo; y exige salarios más altos, para poder alimentar a su prole. Como nos enseñaba Chesterton, «la gente que prefiere los placeres del capitalismo a semejante milagro [tener un hijo] está agotada y esclavizada. Prefiere la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefiere la última, torcida, subalterna, copiada, repetida y muerta creación de nuestra agonizante civilización capitalista a la realidad que supone el único rejuvenecimiento verdadero de cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de la esclavitud».

https://www.xlsemanal.com/firmas/201...stas-y-ii.html

«Antinatalistas (I)» por Juan Manuel de Prada

 «Antinatalistas (I)» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 05/02/2018.

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Hace algunas semanas, Irene Hernández Velasco firmaba un excelente reportaje en el diario El Mundo en el que entrevistaba a varios antinatalistas militantes que se han esterilizado, para evitar tener descendencia, convencidos de que la procreación es la mayor de las calamidades. A diferencia de los habitantes de Uqbar, aquella geografía borgiana, estos antinatalistas no abominan de la cópula «porque multiplica el número de los hombres». Se conforman con abominar de la procreación, porque son adeptos de esa religión erótica avizorada por Chesterton que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Sus adeptos más integristas y furibundos.

Se trata, evidentemente, de una religión nihilista. No sólo por enmascarar su odio al género humano pretendiendo que la vida carece de valor intrínseco; sino también por postular burdos sofismas que delatan un deterioro de la razón lastimoso (pero muy característico de nuestra época). Los antinatalistas del reportaje repiten como discos rayados que «la vida es sufrimiento»; y que, por lo tanto, al no traer nuevas personas al mundo están actuando benéficamente, pues les están ahorrando dolor. Pero si fuese verdad que la vida es sufrimiento estos antinatalistas empezarían por suicidarse, pues nadie ama más al prójimo que a sí mismo. Así, suicidándose, no sólo evitarían el sufrimiento de su hipotética descendencia, sino también el propio, mucho menos hipotético (pues se supone que, al afirmar que la vida es sufrimiento, se fundan en su propia experiencia). Pero aceptemos que, aunque estos antinatalistas sufren una barbaridad, no tienen valor para suicidarse, porque les marea la sangre o no les gusta el sabor del cianuro. ¿Por qué no imitan entonces a los habitantes de Uqbar y reniegan de la cópula? Si la vida es sufrimiento, la cópula debe ser al menos tan dolorosa como un cólico miserere, pues se trata de una de las experiencias vitales más intensas. ¿Por qué estos antinatalistas no abrazan radicalmente su causa, renunciando a la vez a la fecundidad y a la lujuria? De este modo, aparte de no procrear, mitigarían el sufrimiento de su existencia, pues la harían menos sobresaltada, más estoica e impasible (y ya se sabe que quien no siente no padece). Abominar del coito sería una actitud antinatalista mucho más coherente y cabal que ligarse las trompas o hacerse la vasectomía.

En realidad, estos antinatalistas saben perfectamente que la vida está entreverada de goces a los que se aferran como lapas; lo que pretenden es prescindir, precisamente, del entrevero. Quieren gozar sin dolerse, quieren la risa sin el llanto, quieren disfrutar de los placeres de la vida y expulsar los sinsabores. No sólo los dolores del parto, sino también los sacrificios que exige la crianza de un hijo, a menudo tan gigantescos como las alegrías que brinda; pero, con tal de evitar los sacrificios, están dispuestos a prescindir de las alegrías (que, por otro lado, esperan sustituir con las alegrías sucedáneas que les dispensen sus mascotas). Y disfrazan su egoísmo de filantropía y su esclavitud de generosidad, según esa inversión de las categorías que tanto gusta a nuestra época. No contentos con ello, lanzan además un reproche sobre quienes osan procrear: «Tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores», afirman sin rebozo. Pero, suponiendo absurdamente que tener un hijo fuese una cuestión de mero ‘interés’, lo cierto es que ‘interesaría’ a mucha más gente que a sus progenitores. Interesaría, por ejemplo, a los propios antinatalistas, que (puesto que no se suicidan ni a tiros) algún día querrán cobrar una pensión que esos hijos nacidos de un ‘acto egoísta’ les sufragarán. También, por cierto, les puede ‘interesar’ a estos antinatalistas tan aferrados a la vida que, llegados a la senectud, alguien les limpie el culo, allá en la residencia de ancianos que podrán pagar más fácilmente que esos progenitores que tuvieron que emplear sus ahorros en la crianza de sus hijos. Y quien entonces les limpie el culo será hijo de alguno de esos progenitores que cometieron el ‘acto egoísta’ de concebirlo, parirlo y criarlo.

Tener un hijo no es un acto interesado, sino más bien –considerando el clima adverso– un acto de generosidad extrema. Y es también, como nos enseñaba Chesterton, «el signo de la libertad personal» más heroico que un hombre y una mujer pueden realizar, en medio de una sociedad capitalista. Pero, ¡oh sorpresa!, resulta que estos antinatalistas también justifican su religión erótica afirmando que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Desmontaremos este ridículo sofisma en una entrega próxima.

https://www.xlsemanal.com/firmas/201...atalistas.html.

sábado, 17 de octubre de 2020

Piropos, Juan Manuel de Prada

 Piropos


Juan Manuel de Prada

Una secretaria judicial se ha declarado partidaria de perseguir el piropo, aduciendo que «supone una invasión a la intimidad de la mujer» y que «nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre su aspecto físico». Sospecho que esta buena mujer confunde el piropo con la grosería burda y soez, porque no conozco a ninguna mujer española a la que le ofenda el piropo, como no conozco a nadie en sus cabales a quien le amargue un dulce. Los piropos halagan a la mujer sin complejos que los recibe, que gusta de ver celebrada espontáneamente su belleza, aunque a veces ensaye un mohín de disgusto (pero es mohín de coquetería); y la mujer sin complejos que ya no los recibe añora los piropos de antaño, cuyo recuerdo guarda como un tesoro.
Piropo significa, literalmente, 'fuego' en griego; y es como un beso de fuego que se arroja a la belleza que pasa desprevenida a nuestro lado, incendiando de rubor sus mejillas. El piropo es un impulso de la más delicada y noble estirpe, porque además de denotar finura de espíritu en quien lo improvisa (y hay piropeadores con una inspiración poética que ya quisieran para sí muchos versificadores coñazos) es desinteresado, ya que no busca recompensa (aunque conozco alguna mujer que se quedó tan prendada de la elegancia de un piropo recibido en la calle que llegó a casarse con el piropeador). El piropo es el más bello hijo de la galantería, injertada en el efusivo carácter español, que necesita conmemorar poéticamente la belleza fugitiva (y por eso Eugenio dOrs definió el piropo como «madrigal urgente»). El piropo es todo un género literario, aunque sea de transmisión oral; y pretender perseguirlo legalmente es tan desquiciado como pretender prohibir el ditirambo. Que se persiga la grosería bestial me parecería bien, como me parecería bien que se prohibiera el vómito bilioso de los zoilos, porque ambos denotan amargura y bajeza moral; pero la grosería es al piropo lo mismo que el fariseísmo a la santidad o la bravuconería a la valentía. Y no veo yo la razón por la que los santos y los valientes deban recibir el castigo que merecen los fariseos y los bravucones.


Fuera de los países latinos el piropo no se entiende y se toma por «invasión de la intimidad» y todas esas majaderías políticamente correctas de la secretaria judicial. He aquí un subproducto del puritanismo protestantoide, que nunca pudo piropear a la Virgen María (¡llena de gracia!), ni venerarla bajo las mil bellísimas advocaciones que por estas tierras se estilan, y terminó pensando desquiciadamente que todo piropo era cosa sucia y malintencionada; legado aciago que luego el negociado feminista haría suyo. Julio Camba contaba la anécdota de una escritora inglesa que, paseándose por Cádiz, fue piropeada muy galanamente por un gaditano, lo que provocó sus iras; y airada fue a denunciar al piropeador ante un guardia urbano, quien a su vez la piropeó también, provocando que a la escritora inglesa le diese un telele de furia (tal vez fuese tan fea que sospechase que los piropos eran sarcasmos). Esta anécdota demuestra que los gaditanos, amén de finísimos guasones, son gente muy sufrida y abnegada, porque hay que tener muchas tragaderas para piropear a una escritora inglesa.


Yo no acabo de entender por qué llamar 'guapa' a una mujer, si se hace -como exige el piropo- de forma ingeniosa y admirativa, pueda ofenderla e «invadir su intimidad». Puedo entender, en cambio, que el piropo ofenda a la mujer que no lo recibe, como a Hera y Atenea ofendió el juicio de Paris, hasta el extremo de que se coaligaron para amargarle la vida (y, con la suya, la de todos los troyanos); y es que nada hay tan temible como el enojo de la mujer despechada a la que han hecho sentirse fea. En este sentido, mucho más eficaz que perseguir el piropo sería declararlo obligatorio por ley, de tal modo que no hubiese mujer que no recibiese piropos al pasearse por la calle; y además debería exigirse (¡con amenaza de sanción en caso de incumplimiento!) esmero y entusiasmo al piropeador, para evitar que su piropo pareciese desganado o fingido. Así no habría discriminación alguna para las mujeres, que lejos de sentirse «invadidas en su intimidad» se sentirían unánimemente halagadas; y los hombres aguzaríamos el ingenio una barbaridad, que falta nos hace, porque la contaminación de la corrección política nos ha tornado insípidos y ramplones delante de las mujeres, por miedo a enojarlas, y chocarreros y bestiales cuando ellas no están delante, por encono de machitos resentidos. ¡Piropos que quemen en los labios y hagan arder las mejillas es lo que necesita este pueblo que se ha ido quedando sin fuego, y no majaderías políticamente correctas que vengan a apagar su rescoldo moribundo!

domingo, 5 de julio de 2020

«El futuro que viene (y II)» (Juan Manuel de Prada)

«El futuro que viene (y II)» 

por Juan Manuel de Prada 
para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 20/04/2020.
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Si en verdad deseáramos construir una nueva casa con los escombros de la antigua, habría que empezar renegando del globalismo y de todas las relaciones políticas, económicas, culturales y humanas que ha generado. Como recientemente escribía Hasel Paris, hay que recuperar «el vínculo entre territorio y comunidad»; y yo añadiría que también los vínculos intracomunitarios.

Pero, como decíamos en un artículo anterior, no se podrá encomendar la construcción de la nueva casa a quienes diseñaron la que hoy yace reducida a escombros. Durante los próximos años, todos los lacayos del globalismo –tanto la izquierdita caniche como la derechona sanbernarda– disfrazarán su alma oneworlder bajo el soniquete de una vuelta a la casa común del ‘Estado nación’. La plaga del coronavirus ha mostrado a las claras las consecuencias de sus destrozos: ‘reconversiones’ y ‘deslocalizaciones’ industriales, desmantelamiento de la agricultura y la ganadería, dependencia de materias primas remotas, entrega de la soberanía financiera y monetaria, etcétera. Así que ahora estos pollos van a ensayar muchos aspavientos jeremíacos, afectando arrepentimiento, para que volvamos a picar el anzuelo que nos tienden. Y así, mientras se insultan cansinamente entre sí («¡comunista!», «¡fascista!», etcétera), y bajo proclamas aparentemente encontradas, volverán a colarnos toda su morralla; que, a la postre, se resume en entrega de la riqueza nacional a la plutocracia globalista y fomento de la degeneración moral de los pueblos, que así quedan inútiles para cualquier esfuerzo vital y se tornan cada vez más infecundos y sumisos, incapacitados para formar familias y luchar por su dignidad laboral (no puede haber una cosa sin la otra).

Cualquier esfuerzo reconstructor deberá mandar al basurero de la Historia a la izquierdita caniche y la derechona sanbernarda, que son los mismos perros con distintos collares aunque se peleen mucho entre ellos, para tener a las masas aturdidas y provocar en ellas antagonismos paulovianos. Y en ese esfuerzo reconstructor deben participar por igual personas de izquierdas y derechas, con tal de que estén dispuestas a romper con las plurales formas de desvinculación que nos han arrasado. En primer lugar, desde luego, contra la desvinculación antropológica (a veces bajo coartadas seudofeministas que defienden el sopicaldo penevulvar o los vientres de alquiler). Y, a continuación, contra las plurales formas de desvinculación entre comunidad y territorio; desde el separatismo solipsista hasta el cosmopolitismo inane que arrasa fronteras y devasta recursos naturales, a través de la exaltación del turismo, la tecnología, el comercio electrónico y el consumismo desaforado. La nueva casa tendrá que construirse sobre la base de una autarquía que garantice, ante una nueva catástrofe, la vida y la seguridad de las personas que la habitan, fomentando una economía autosuficiente, con una industria y una agricultura de cercanías que nos abastezcan de productos básicos y nos nieguen los caprichos propios de las sociedades decadentes que, a la vez que destruyen la naturaleza, lloriquean y hacen postureo ecológico. Para que tal cosa sea posible, habrá primeramente que lograr una independencia financiera y monetaria que permita una auténtica independencia política; lo que exigirá soltar amarras con los quilombos globalistas que, bajo la coartada del europeísmo, nos han convertido en colonias. Por supuesto, esta autarquía de base no significará aislamiento; pero las alianzas políticas o económicas que se entablen en este hipotético futuro deberán regirse por nuevos criterios, fraternos y a la vez respetuosos de la idiosincrasia de cada pueblo, que naturalmente tendrá que defender su tradición cultural y religiosa. Lo cual no significa que todos tengamos que creer en Dios por decreto, sino reconocernos en una identidad civilizatoria propia que, naturalmente, podrá aliarse con otras identidades, en sincera y recíproca amistad.

Como no nos chupamos el dedo, sabemos que las posibilidades de que prospere esta reconstrucción son escasas. En el Apocalipsis se nos cuenta que, después de sufrir una plaga, los hombres, en lugar de renegar de los pecados que la provocaron, reinciden en ellos. Y nunca en la Historia ha habido una generación más envenenada por el soma de la degeneración moral ni por los antagonismos paulovianos que azuzan sus lacayos de izquierdas y derechas que la actual. Así que en cuatro días tendremos a la izquierdita caniche y la derechona sanbernarda, cada una en su negociado, conduciendo a los españoles hasta los rediles de la demogresca que interesan al globalismo.

https://www.xlsemanal.com/firmas/202...-de-prada.html