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domingo, 2 de septiembre de 2018

«Monarquía de “sitcom” cutre» (Juan Manuel de Prada)


«Monarquía de “sitcom” cutre» 

por Juan Manuel de Prada para el periódico ABC, artículo publicado el 21/V/2018.
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Casi todas las desgracias de la vida política (y utilizamos el término en su sentido aristotélico) tienen su origen en la degeneración o perversión de las instituciones. Rumiaba tan sombrío pensamiento el otro día, mientras contemplaba en un telediario imágenes del bodorrio de un principito inglés con una farandulera con más pasado que las ruinas de Stonehenge. Naturalmente, todo lo que perjudique a la inicua monarquía británica debe regocijarnos; y su conversión en una monarquía, no ya de opereta, sino de "sitcom" cutre (no hay más que repasar la filmografía casposa de la farandulera) debe ser celebrada con alborozo. Pero pecaríamos de ingenuidad si pensásemos que la degeneración de la familia real británica sólo perjudica a los súbditos de la pérfida Albión; pues, a los ojos del mundo, dicha familia se ha convertido en cifra o emblema de la institución monárquica, o de sus despojos, jirones y menudillos.

Afirmaba Gustave Thibon que la identidad de medio social es una de las condiciones centrales de la comunión matrimonial. Por supuesto, el gran maestro francés no excluía que personas de medios diferentes pudieran alcanzar los fines propios del matrimonio; pero consideraba que, para ello, en la persona de un medio inferior debía haber una vocación de ascenso moral y espiritual. «En una unión entre individuos del mismo medio –proseguía Thibon--, los hábitos, los gustos, las necesidades comunes, todo ese complejo de elementos biopsicológicos contribuye a cimentar la armonía. En el caso contrario, todo el peso del pasado de los dos esposos tiende, en cierto modo, a desunirlos; y conductas sociales que pueden ser absolutamente naturales en un medio pueden ser un factor de perturbación o de escándalo en otro».

Pero esta advertencia de Thibon pretendía tan sólo salvar el matrimonio; cuando además hay que salvar la monarquía esta identidad de medio social se convierte en obligación. Al parecer, el principito inglés conoció a la farandulera en una “cita a ciegas”; y ya desde entonces todo lo hizo igualmente a ciegas, en volandas de su capricho y con la pica enristrada, pasando por alto las circunstancias familiares de la farandulera: el hermanito pistolero, el primo cultivador de marihuana, los papás promiscuos y sembradores de linajes a la greña, etcétera. Todo de un plebeyismo chabacano con olor a porro y flujos venéreos. Nos congratula ver a las escurrajas de la casa de Windsor refocilándose en el albañal de las pasiones más sórdidas; pero no se nos escapa que estos casorios de baja estofa, tan celebrados por los botarates gangrenados de sentimentalismo, deleitan sobre todo a los enemigos de la institución monárquica. Pues la monarquía se funda en el encumbramiento de una familia sobre todas las familias –lo mismo ricas que pobres—, para que desde su cumbre pueda defender al pueblo de las asechanzas del Dinero sin servidumbres ni compromisos; y a cambio de este privilegio espléndido esa familia encumbrada se compromete a dar cosas que nadie obliga y a abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Una realeza que disfruta de sus privilegios espléndidos pero no asume sus obligaciones ímprobas no es realeza auténtica, sino familia de monigotes hedonistas que ya no pueden cumplir la función para la que fueron encumbrados. O todavía peor, familia de marionetas cegadas por el capricho que el Dinero maneja y mantiene, para que conviertan la ira popular en emotivismo barato, cada vez que celebran bodorrios con faranduleras o gigolós.

Mucho más nociva que la demolición de las instituciones es su degeneración y perversión. Antes republicano que defensor de una monarquía de "sitcom" cutre.


*Sitcom : Comedia de enredo

domingo, 15 de julio de 2018

«Monarquía y república». ( Juan Manuel de Prada)


«Monarquía y república».

Juan Manuel de Prada

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Desde que Juan Carlos I anunciara su abdicación, hemos tenido ocasión de escuchar muchas apologías (con frecuencia, meras logomaquias) de la monarquía y la república. Siendo completamente sinceros, hemos de reconocer que los apologistas de la república suelen ser, por lo común, mucho más convincentes que los apologistas de la monarquía, por una sencilla razón. sus apologías republicanas son sinceras y coherentes, mientras que las apologías monárquicas resultan siempre utilitarias, inconsistentes y molestamente aderezadas con cuadros amedrentadores de épocas republicanas pretéritas. La razón por la que los apologistas republicanos resultan más convincentes que los monárquicos es bien sencilla. mientras los republicanos creen en unos principios (que sean acertados o erróneos es otro cantar), los exponen y desarrollan sin ambages, los monárquicos escamotean sus principios (o simplemente no los tienen y los sustituyen por razones de conveniencia ), de tal modo que sus apologías resultan vacuas, dejando además el fétido regusto de que solo desean preservar su posición.


Afirmaba Donoso Cortés que toda gran cuestión política supone y desarrolla una gran cuestión religiosa. Esta observación fundamental no ha escapado a ningún pensador de cierta envergadura. así, por ejemplo (por citar a alguien en las antípodas de Donoso), Proudhon escribía en Confesiones de un revolucionario. Es sorprendente que en el fondo de la política encontramos siempre a la teología . En efecto, no puede separarse la historia de las creencias religiosas de un pueblo de la historia de sus instituciones; y, todavía más, cada régimen político refleja las tendencias de la religión dominante en su época. El régimen político natural de la sociedad católica era la monarquía tradicional y representativa, que se convirtió en monarquía absoluta en los países protestantes. En España, la monarquía tradicional alcanza su apogeo cuando la sociedad era más netamente religiosa; y empieza lentamente a declinar cuando flaquean tales creencias y la monarquía se contamina de absolutismo.


La monarquía tradicional creía en el origen divino del poder; la absolutista, en el origen divino de los reyes, cosa muy distinta, pues desde el momento en que el rey se cree un diosecillo es inevitable que acabe infatuándose. surge así el concepto de ‘soberanía’ definido por Bodino, al principio soberanía absoluta del rey, posteriormente soberanía popular en la era de las revoluciones, que no hacen sino transferir al pueblo un poder que ya había perdido, para entonces, su entronque divino. Y como la bajada del termómetro religioso apareja la subida del termómetro político, la soberanía popular, organizada democráticamente, hubo de fundar una serie de mitos políticos (a modo de sucedáneos de los dogmas religiosos, para llenar su hueco). derechos humanos, división de poderes, etcétera. Y, al lado de estos mitos políticos, una ‘técnica’ de funcionamiento que habría de consagrar una nueva modalidad de político que desempeña su labor sin fin moral alguno, según avizorase Tocqueville en La democracia en América. He visto otros que, en nombre del progreso, se esfuerzan por materializar al hombre, queriendo tomar lo útil sin ocuparse de lo justo, la ciencia lejos de las creencias y el bien separado de la virtud. he aquí, se dice, a los campeones de la civilización moderna .


Estos campeones de la civilización moderna ya no son guerreros dispuestos a ofrendar su sangre para proteger a su pueblo de los abusos del Dinero, al estilo de los viejos reyes, sino jugadores al servicio del Dinero (¡bien pagaos!) que se organizan en equipos (partidos políticos) y compiten en estadios (antaño parlamentos, hoy también platós televisivos), jugando a veces en casa (cuando gobiernan) y a veces fuera (oposición), para disfrute o cabreo de sus respectivas hinchadas; y el modo fetén de organizar este juego ¡la liga de campeones del mundo mundial! es la república.Lo cierto es que un rey no pinta nada en esta liga, ni siquiera como ‘árbitro’ (así llaman eufemísticamente los apologistas de la monarquía la posición del rey, aunque saben que más bien es un ‘dontancredo’), porque los reyes lo son cuando mandan y son depositarios de una encomienda divina. Si el clima de la época rechaza tal encomienda, o simplemente no la reconoce, la monarquía ya no se puede defender sino mediante subterfugios, como ocurre siempre que se defiende algo escamoteando su verdadera naturaleza. De ahí que los apologistas de la monarquía resulten tan poco convincentes. A los pueblos sin teología solo les queda la república, coronada o sin coronar; y es que el moderno, como ironizaba Paul Valéry, se conforma con poco.




miércoles, 6 de mayo de 2015

Nuestra avanzada monarquía liberal




Léelo, es c…nudo.

Se trata de un poema que mandó un lector al periódico de Guadalajara Nueva Alcarria, para que lo publicasen en la sección de “Cartas al Director”. Sólo deciros que el personaje esta en suspensión de empleo y sueldo.

Leed el poema, no lleva mucho tiempo y tiene tela. La casa real llamó para

pedir explicaciones por semejante publicación en el periódico… de ahí el

castigo al responsable que lo edito.

 

En un anciano País

existió una monarquía

que comenzó en democracia

y terminó en anarquía.

En aquel reino reinaba

una curiosa familia:

un Borbón de nuevo cuño

y una griega algo engreída

que engendraron dos princesas

y un príncipe en demasía

por cumplir con la ley Sálica

que consagraba la hombría.

 

La cosa empezó a torcerse

con las bodas de las hijas,

algo ligeras de cascos

y de moral distraída.

 

La mayor, que era algo lela,

pasó por la vicaría

con un noble también lelo

en la ciudad de Sevilla.

Al poco tiempo parió

un querubín de revista

que devino en gamberrete

con escasa puntería.

 

La segunda, buena jaca,

se cameló a un deportista,

que dejó a su antigua novia

y se encoñó con la niña.

De jaca pasó a coneja

y cada año paría

urdangarines de pro,

chupones de dinastía.

 

Y el principito heredero,

cortejador de coristas,

cayó por fin en el cebo

de una artera periodista,

divorciada y con más mañas

que la puta Celestina;

pero falló en la preñez

por seguir la dinastía

pues en lugar de un varón

paría niña tras niña.

 

Pero empiezan los problemas

y la cosa se complica

por culpa de estos gañanes

que, de nobleza, ni pizca.

 

El noble rancio de Soria,

bermudas y en zapatillas,

paseaba por Serrano

cual jocunda modistilla;

circulaba en patinete

con ignorante osadía

saltándose a la torera

direcciones prohibidas

 

Y el Borbón mandó parar,

se acabó la algarabía,

suspendió la convivencia

y se cargó una familia.

 

El chico del balonmano,

modelo de deportistas,

se convirtió en un truhán,

en un vulgar chantajista

que, siendo duque de Palma,

tuvo la necia osadía

de estafar unos millones

en tan reputada isla.

 

Y el Borbón mandó parar,

porque al duque sugería

que se marchase del reino

a ocultar sus fechorías.

La justicia que no es lerda,

apeló a su señoría,

y es fácil que al señorito

le caigan ciento y un días.

 

El príncipe mientras tanto

afronta esta travesía

sin saber que el gran patrón

prepara una felonía.

 

Sin encomendarse a nadie

se ha ido de cacería

a la sabana africana,

solito y sin la Sofía,

sabiendo que a la llegada

le esperaba mis Corina,

rubia y jacarandosa,

cortesana la más fina.

 

A la mañana siguiente

salieron de cacería,

cacería de elefantes,

que es una cosa muy fina.

Parece ser que cobraron

colmillos de gran valía,

y a celebrarlo montaron

una generosa orgía.

 

El Borbón de las narices

como un cosaco bebía,

y apañó tan regia trompa

que salió con alegría

no a por rudos elefantes

sino a trincarse a Corina

que lo esperaba anhelante

tras las leves celosías

del bungalow colindante.

Como al pendejo le ardía

la cosa entre la entrepierna,

pensando que ya subía

al catre de aquella fiera,

aceleró por la prisa

y tropezó en un tablón

y tropezó de tal guisa

que se crujió la cadera

y se le aflojó la picha.

 

Al monarca, trastornado,

llevan a la enfermería,

y al ver que es cosa muy seria

llaman a Cancillería

para repatriar al bobo

y salvar la Monarquía.

 

Corina, desconsolada,

triste, sola y compungida,

se consoló con un negro,

muy bien armado y sin prisas.

Mientras, la consorte griega

celebra Pascua Florida

blasfemando porque el Rey

la cuernea con Corina.

 

Esta es la historia,señores,

del reino de Picardía,

donde los nobles y reyes

ejercen con alegría

un papel desvergonzado,

las más torpes tropelía

mientras el pueblo se jode

y no le encuentra salida

a los más duros problemas

de su aperreada vida.

sábado, 21 de junio de 2014

Una refundición secularizada de la monarquía (Roberto Esteban Duque)


LA FRAGILIDAD DEL BIEN

Una refundación secularizada de la monarquía


El principal fracaso del comienzo de su reinado, Majestad, tiene su origen en la negación relativa a Dios.

Ha perdido Felipe VI voluntariamente la gracia -si es que tenía alguna- cuando propone una especie de refundación secularizada de la monarquía, una comedia semejante a la que, respecto a la realeza, ofrecían en Francia en el siglo XIX los monárquicos constitucionalistas, que en su inmensa mayoría eran republicanos de corazón; “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”, la de ateos vergonzantes que prefieren seguir guardando cerdos antes que regresar a Dios, sin ninguna indigencia religiosa que les haga añorar un hogar celeste en la tierra, y la de usurpadores del ámbito público que reconocen la primacía de la moral en la vida política pero no el fundamento de la moral en la tradición cristiana.

  Dice Felipe VI, en su Mensaje con motivo de su proclamación como nuevo Rey de España, que nuestra historia nos enseña que “los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo”, mirando más allá de nosotros mismos, compartiendo “una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes”.

  Pero conocer el espíritu del tiempo para convertirse a él significa buscar sus causas a mayor profundidad que la de situar, como hace Su Majestad, el bienestar de España en “el conocimiento, la cultura y la educación”. No podemos contentarnos con mirar las apariencias exteriores para conocer el espíritu del tiempo, sino ir a las raíces que, como siempre en la historia del espíritu, pertenecen al estrato religioso que el Rey de España se obstina con gran error en ignorar. Porque el principal fracaso del comienzo de su reinado, Majestad, tiene su origen en la negación relativa a Dios, que es tanto -según observara C. S. Lewis- como la abolición del propio hombre.

  La monarquía, como viene siendo habitual en las democracias modernas, reniega del Evangelio y del cristianismo en nombre de la libertad, traicionando las raíces evangélicas de la democracia. ¿No irá Felipe VI más allá de la aconfesionalidad del Estado cuando se niega, sin demasiada resistencia de las diversas instituciones y asociaciones de la nación, a reconocer públicamente la profunda tradición católica de los españoles?

  Cuando el hombre no necesita a Dios se consagra a lo puramente material, a creer que el patrimonio de una nación es sólo conquista de libertades públicas y derechos sociales,  con el deber añadido de “impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación” como las “verdaderas encargadas de crear riqueza”, olvidando la comunidad de vínculos universalmente religiosos que constituyen los primeros lazos sociales y las mayores reservas de sentido en la vida colectiva de los pueblos.

  Necesitar sólo las bendiciones de un “humanismo ético que elimine discriminaciones, afiance el papel de la mujer y promueva la paz”, es tanto como privar al hombre de su enlace vertical, refundar la monarquía expulsando de ella la presencia de la Cruz, para reducir el bien humano a lo meramente temporal. Necesitar sólo la bendición del progreso es reconocer una religión social -porque il faut un Dieu pour le peuple, como dirá Voltaire-, pero destruir la visión tradicional cristiana de la historia, corrompiendo todo con el ridículo de querer renovarlo todo.

  Abolir la religión del escenario público es el mayor de los ridículos de un Jefe de Estado, el más peligroso de los dogmatismos creados al comienzo de su reinado. Alejar a Dios de la vida de los ciudadanos y desplazar el mundo religioso del centro de la vida social, cultural y política, es tanto como abrir un proceso contra Dios desatando al Estado completamente de la tradición cristiana, para terminar por originar un evidente conflicto: el choque entre la fidelidad al credo católico heredado y la intención constitucional y también monárquica de extirpar esas creencias con la indiferencia, la desacralización y la expulsión del Dios de los cristianos del foro público.

  Comienza así a sembrar la monarquía un Estado autosuficiente, encargada de doblar las campanas a un Dios moribundo que hace vigente el aforismo del “hombre loco”, de Nietzsche, cuando pinta el extravío del hombre que ha roto los vínculos con Dios y con el mundo religioso, estando ya felizmente abatidos. Nos harán incluso llegar a pensar que creer en Dios es señal del cobardía y falsedad,mauvaise foi de un yo que es incapaz de hacerse cargo de su propia libertad, como sentenciaraSartre.

  Felipe VI ha emprendido, lo quiera o no, una revolución silenciosa, una apostasía tácita contra la fe, la suficiencia de quien pretende que el pueblo viva sin valores vinculantes trascendentes, de disipar las raíces cristianas y el Credo católico de España. Este silencio de Dios nos llevará a una religiosidad simplemente religiosa, sin contacto con la vida inmediata, irreconocible y reducida a doctrina y práctica puramente religiosa, sin más valor que proporcionar solemnidad al nacimiento, las bodas y la muerte. La indiferencia y negación pública sobre el Nombre de Dios por parte de Felipe VI al no pronunciarse en su proclamación como Rey sobre la importancia del hecho religioso en la vida de los pueblos, contribuirá a que Dios no tenga otro valor, como señalara Rilke, que el de una “dirección para el amor”. Lo dirá también con agudeza Ratzinger: “Cuando no se entiende que el hombre se encuentra en un estado de enajenación que no es solo económico y social, sino tal que no puede remediarla con sus propios esfuerzos tampoco es ya posible comprender que necesite a Cristo Salvador”.

 

  Se inmola, Majestad, pero no en el altar del bien y de la verdad, sino en el altar del orgullo, donde de oferente y servidor se ve tornado en creador y dueño de sí mismo, en un error que se resuelve en la herejía contemporánea de negar a Dios para dejarlo atado a su cielo como Encélado a su roca, desprovisto ya el hombre de amor a lo alto y sólo ocupado en un reinado donde de los altares olvidados han hecho su morada los demonios. ¡Pobre loco!

 

La Gaceta

 

21 de junio 2014