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viernes, 6 de marzo de 2015

El pactismo de ayer y el de hoy (Juan Vallet de Goytisolo)

El pactismo de ayer y el de hoy


Juan Vallet de Goytisolo


Verbo nº 503-504 marzo 2012


(Sin permiso alguno de edición, tan solo esperada benevolencia por parte de la revista por la difusión de su ideario a la par que homenaje a Juan Vallet de Goytisolo, que no quede todo en polvorientas y olvidadas páginas amarilleadas por el tiempo)




https://www.dropbox.com/s/rqf8h7hmf3laqyb/PACTISMO%20DE%20AYER%20Y%20DE%20HOY.pdf?dl=0

jueves, 19 de febrero de 2015

Libertad y principio de subsidiariedad (Juan Vallet de Goytisolo)


JUAN VALLET DE GOYTISOLO

JUAN VALLET DE GOYTISOLO

 

LIBERTAD Y PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD

 

5 La participación como libertad política

 

Por eso, la multiplicidad se diluye en una nueva entidad co­lectiva cuando se pretende que el conjunto de elementos múlti­ples gobiernen la totalidad de un modo general, como ocurre cuan­do la participación se concreta en la emisión del voto, ya sea co­legiadamente en una asamblea, para formar la denominada "vo­luntad colectiva", o bien para designar uno o varios representan­tes comunes en la entidad colectiva que, en lugar de armonizar y subsidiar la multiplicidad representativa, la colectivice.

La verdadera participación, como armonía de lo múltiple con lo uno, requiere diversidad de competencias en la unidad superior y de cada elemento en la pluralidad. Esa diversidad de competen­cias la determina, dinámicamente y de un modo natural, el prin­cipio de subsidiariedad, a partir de los elementos más simples hasta los de cada cuerpo integrado, por orden de complejidad y extensión, y en la medida de lo que no puedan realizar los más simples y elementales, por ese mismo orden.

Tal como mostramos la primera vez que nos ocupamos de este tema (49), son fórmulas falsas de interpretación:

— La llamada descentralización, efectuada por una desconcen­tración, en virtud de la cual la unidad multiplica sus tentáculos hasta la periferia.

— Y la creación de un órgano colectivo que absorba la reso­lución de los problemas de todos y cada uno de los componentes de la pluralidad allí representada. Esa pluralidad se esfuma en la uni­dad colegial, tanto más cuanto más subsumida resulte aquélla en ésta y mayor competencia absorba y se atribuya el órgano colectivo en detrimento de las decisiones y actividad peculiares de los cuer­pos o individuos integrantes de la pluralidad.

Ahora bien, precisamente la sociabilidad humana no se des­arrolla en un solo grado, en una única comunidad política totali­zante, sino en distintos órdenes y graduaciones de comunidades

(49) La participación como interacción entre lo múltiple con lo uno, en «Algo sobre temas de hoy», Madrid, Speiro, 1972, págs. 217 y sigs.

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humanas. Por eso, el Estado no es una comunidad de individuo.' sino una sociedad de sociedades; y, a través de ellas, la sociabilidad humana se desarrolla de un modo natural y escalonadamente, sin que las formas más elevadas deban absorber a las inferiores, sino complementarlas para el logro de los fines que éstas no alcan­cen (50).

La libertad civil y la libertad política quedan vulneradas en cuanto se produce esa absorción, y los hombres se ven mediatiza­dos en su libertad de asumir sus responsabilidades personales, fa­miliares, profesionales, locales, etc., dentro de su propia esfera, con los demás componentes de la comunidad concreta a la que estén afectos, mientras un bien común superior no requiera la asunción del problema a un nivel social más -extenso o superior.

No debe olvidarse que la macroeconomía, la macropolítica, macrocultura, dependen de la microeconomía, la micropolítica, la microcultura (en términos del ámbito cuantitativo o extensivo res­pectivo) y aquéllas no pueden absorber éstas sin sufrir las conse­cuencias de la asfixia que de hacerlo provocarían.

Las libertades económica, política y cultural se hallan, con eso, en juego.

Así, la misma naturaleza fundamenta el principio de subsidia­riedad. Tanto que Hugo Tagle (51) no ha vacilado en escribir es­tas afirmaciones: "La ignorancia y consiguiente no aplicación del principio de subsidiariedad y en menor medida su imperfecta apli­cación, son sinónimos de modo proporcional al aplastamiento del hombre y de la sociedad por parte de la autoridad, sea ésta el pa dre de familia o la autoridad civil. Si lo anterior acontece y en la medida en que acontezca, significa que una tal sociedad esta regida por la fuerza física impuesta a los hombres como norma ordinaria de gobierno antes que por normas de razón, pues .1 violencia es la única fuerza que puede, aunque no indefinidamente,

50  Cfr. Santo Tomás de Aquino: De regimine principum, lib, I, ca­pítulo I, y Comentarios a la Política de Aristóteles, proemio 6, 4.2; y los co‑

mentarios del P. Teófilo Urdanoz, o. p., loe. Cit., pág. 778.

 51 Hugo Tagle, loc. Cit., ágs.. 145 y sigs. 129

aplastar a la razón que brota con potencia irresistible de la natu­raleza humana para gobernar a los hombres y a los pueblos, la que reclama libertad para actuar y lograr su plenitud.”

Por eso, ha podido decir ajustadamente el P. Martín Bruga­rola (52), que la subsidiariedad es un principio fundado en la jus­ticia; pues es injusto que el Estado haga lo que cumplidamente pueda hacer una entidad inferior, siendo así que cada una de éstas tiene su propia competencia y responsabilidad conforme a su naturaleza.

6. La masificación, destructora de la participación

 Son incontables las múltiples mentes que forjan el orden vital. Destruir esa participación y violar así el principio de sub­sidiariedad, implicaría la muerte de la libertad de pensar, base del uso de todas las demás libertades, que asumirían unas pocas men­tes, que con “cultura de confección” mal alimentarían a una masa maleable y manipulable.

Así se realiza el fenómeno que se ha denominado “masificación dirigida” (53).

En los países democráticos, los planes estatales de enseñanza tienden a formar ciudadanos abiertos a todas las ideas, pero caren­tes de rigor para juzgar con profundidad los grandes problemas, y les deja en una vaciedad que facilita su adhesión a los slogans su­perficiales, a las convicciones sumarias y a las declaraciones estre­pitosas y utópicas. Con esa base, receptiva e informe, los medios masivos de información acumulan tal volumen de noticias de modo que al lector, sin tiempo ni posibilidades de analizarlas rigurosa­mente, le resulten decisivas las más repetidas; explotan los hechos que juzgan aprovechables mediante los comentarios añadidos (54), y las imágenes, en especial las difundidas por los medios audiovisuales

52 Martín Brugarola: Entidades intermedias y representación política, Madrid, «Inst. Est. Sindicales, Sociales y Operativos», 1970, pág. 67.

53 Georgi Schischkoff: La masificación dirigida, Madrid, Ed. Nacio­nal, 1968, ágs.. 205 y sigs.

(54) Cfr. Gustave Tribon: «La información contra la cultura», en Verbo, 43, marzo de 1966, ágs.. 176 y sigs.

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i.ncitan a opinar más por sensibilidad que por razonamiento (55).

 En los Estados totalitarios no se trata de formar seres abiertos a todas las ideas sino monocordes, pero los mass media juegan con iguales técnicas aunque con mayor facilidad por no serles apenas necesario ahogar otras voces, pues éstas no tienen acceso alguno a los medios de difusión que no sean clandestinos. De un modo u otro, sea en las democracias occidentales o en los Estados totalitarios, para formar las denominadas “conciencia colectiva” u “opinión co­lectiva”, existen técnicos expertos en configurarlas mediante luga­res comunes (56) o lenguaje funcional (57), repetidos machaconamente, incluso con una música adecuada, facilona y pegadiza, o en imágenes que impresionen, hábilmente escogidas con el fin de darles el sentido deseado para captar y dirigir la emoción y, con ello, condicionar la convicción. Así, como ya se ha dicho (58) “se ven­derá centro o socialismo, como se vende Coca-cola o Jabón La­garto”.

Este hecho no se le escapó a un liberal indiscutido como Salva­dor de Madariaga (59) y, por ello trató de dejar bien diferenciados como conceptos distintos los de democracia estadística —o “gobier­no por la suma aritmética de los habitantes de la nación o de su mayoría”, “resultante de la composición mecánica de las fuerzas individuales o de grupo que actúan en cada momento”— y de de­mocracia orgánica —integrada “desde el punto de vista de la unidad superior, como sería de esperar de seres razonables”—. De la pri­mera, dice que parte del indicado postulado “que, aun absurdo, es

55 Cfr. Hugues Kéraly: «Influjo en el hombre de los medios masivos de comunicación social», en Verbo, 145-146, mayo-junio-julio de 1976, pá­ginas 746 y sigs., o, en La sociedad a la deriva, ágs.. 64 y sigs.

56  Cfr. Jacques Ellul: L'illusion politique, París, Payot, 1965, capí­tulo VIII, § II, págs. 233 y sigs.

57  Cfr. Herbert Marcuse : L’homme unidimensionel, París, Les ed. du Munuit, 1968, cap. 6, págs. 171 y sigs.

58 Cfr. Rafael Gambra: El «reflejo condicionado» nacional, en «Roca viva», 153, septiembre de 1980, pág. 387.

(59) Salvador de Madariaga: Anarquía o Jerarquía, Madrid, Aguilar, 1934; cfr. 3.5 ed., 1972, ágs.. 109 y sigs.

La base del funcionamiento y del pensamiento de nuestras democra­cias”, y “basta para explicar la crisis porque atraviesan”. Señala que, “por ejemplo, el plebiscito que encontramos en el origen de casi todas las dictaduras, como una especie de bautismo popular, no es más que la reducción al absurdo del sufragio universal”, “una caricatura de la democracia. Descansa sobre la masa y no sobre la nación organizada”. Y, más adelante (60), reconoce que, “en todas las democracias, las elecciones llamadas por sufragio directo, salvo excepciones sin importancia, son siempre elecciones de segundo grado; el primer grado lo constituye la elección secreta de los par­tidos, y el segundo, la elección pública de los diputados por los electores. Pero, los electores no eligen a quien quieren, sino a quien pueden, y su elección tiene que limitarse al reducido margen de se­lección que da la lista de los candidatos”, siendo así que “el pri­mer grado de la elección se hace por gente parcial e irresponsa­ble”. “Todos sabemos a qué descrédito ha llevado este sistema a los Parlamentos. En lugar de estas prácticas espúreas e insinceras —pro­pone—, el Estado moderno limitará la función del elector al área de su observación directa, es decir, al distrito municipal.” Así: “Los concejales formarían el cuerpo electoral para la diputación regional, y los diputados regionales eligirían el Parlamento, que, a su vez, elegiría el Gobierno.”

Lo cierto es que, tanto con dictaduras como con democracias de sufragio directo ocurre que la libertad política y la libertad ci­vil, y con ellas, la misma libertad de pensar, han ido mutilándose a medida que han ido siendo asumidas por el Estado aquellas fun­ciones y atribuciones que orgánicamente competen a la pluralidad de comunidades y asociaciones humanas.

Por aparente paradoja, ese aniquilamiento de las libertades, in­cluida la de pensar libremente, dimana, en el fondo, como fruto amargo, del desarrollo del pensamiento humano liberado de toda dependencia de la revelación divina y del orden de la naturaleza, ínsito por el Creador en su obra creadora, y, en máximo grado, como consecuencia de que la propia mente humana, así liberada,

(60) Ibid., ágs.. 149 y sigs.

Asume la función de construir un mundo mejor a través de la acción política.

El giro copernicano de Kant implicó que no fueran nuestras ideas las que se adecuaran a las cosas, sino éstas a aquéllas; paso tras el cual Fichte puso en escena al Ego, voluntad que crea el mundo del sentido y el entendimiento como sustitutivo de una realidad, que estima de otro modo ininteligible, que remodela la Una-Eterna­Voluntad Infinita, constituida por el producto, de las voluntades individuales, creando el mundo en nuestras mentes y por nuestras mentes; y Hegel transfiguró en la actualización progresiva de la Idea en la Historia universal con el triunfo de la Razón, asumida por el Estado (61). De tal modo que Marx pudo cursar el mensaje de que ya no se trata de conocer el mundo sino de cambiarlo, y de ofrecer, a ese fin, las leyes de la dialéctica del materialismo his­tórico y el método revolucionario para exacerbar y explotar todas las contradicciones, de las que Lenin perfeccionaría su fuerza des­tructiva (62).

Para esa recreación del mundo por el hombre, se requiere una operatividad que el Estado asume, empleando las técnicas de do­minación que los avances de las ciencias experimentales le ofrecen.

Los resultados a que conduce ese camino son el totalitarismo estatal y la masificación, que resultan inevitables (63):

61 Cfr. Michel Federico Sciacca: Estudios sobre filosofía moderna,

IV parte, III, cfr. Vers. Española, Barcelona, Ed. L. Miracle, 1966, pági‑

nas 350 y sigs.

62 Cfr. Jean Madiran : La practique de la dialectique, en «La vieilles­se du monde. Essai sur le communisme», cfr. Ed. Jarzé, Dominique Mar­tín Morin, 1975, págs. 82 y sigs.

(63) Cfr. La segunda edición en castellano de nuestro libro Ideología, praxis y mito de la tecnocracia, Madrid, Ed. Montecorvo, 1975, y nuestra citada comunicación Técnica y desarrollo político, 111, loc. Cit., ágs.. 125 y sigs.

 

10. El principio de subsidiariedad, la libertad civil del individuo y la familia, y las libertades municipales, regionales, gremiales y de las asociaciones voluntarias.

 

Es precisa una actuación positiva a fin de promover y mantener la existencia de las condiciones necesarias para la realización de dichas competencias e iniciativas, de una parte, y, de otra, para suplirlas en aquello que no resultare asequible a los individuos ni a las en­tidades menores, o que, aun siéndoles asequibles, no lo realizaren.

Así debe ocurrir, v. gr., con la libertad de enseñanza, en contra de las premisas roussoniarsas que trataron de sustituir la familia por otras instituciones, tales como la escuela pública. “Dada la impor­tancia que la tradición democrática roussouniana y populista con­cede al igualitarismo –explica Robert Nisbet (133)—, su animad­versión respecto a la familia ha sido la que cabría esperar”; y, por eso, Rousseau “consideró al Estado el único medio de liberar a los niños de los prejuicios de los padres”. Pero, los resultados —véa­se el informe Coleman, como advierte Nisbet— confirman lo que el principio de subsidiariedad reclama.

En materia sindical, el principio de subsidiariedad delimita las funciones de los sindicatos, que no deben invadir —con, ni sin. Jerarquías paralelas— las de la empresa, donde producen un corto­circuito en las relaciones entre los trabajadores y los directivos de ésta (134).

También reclama una separación de los gremios por profesiones y por oficios, como han señalado Ousset y Greuzet (135) ; y no una sola formación masiva. De ese modo, sólo dentro de cada gre­mio debe moverse la sindicación, voluntaria (136) y ajena a toda ideología o intereses políticos. Los sindicatos de masa, no sólo teó­ricamente violan el principio de subsidiariedad, sino que de hecho lo conculcan constantemente; pues, al transformarse en grupos de

133 R. Nisbet, op. cit., II, Rev. Oc., 22-23, pág. 38.

134  Así nos lo mostró Patric Jobbe Duval en su foro Autoridad en la empresa, en la XV Reunión de amigos de la Ciudad Católica (Maja­dahonda, 30 de octubre de 1976); cfr., en la misma crónica de dicha reunión, en Verbo, 150, diciembre de 1976, págs. 1.319 y sigs.

 135 Jean Ousset y Michel Creuzet: Estructuras económicas y sindi­cales: El trabajo, Madrid, Speiro, 1964, II y III partes, ágs.. 79 y sigs.

 136  Cfr. Código social de Malinas, núm. 121, que recuerda la fór­mula «el sindicato libre en la profesión organizada», y afirma que importa «no confundir la autoridad profesional y los sindicatos», cfr. la op. cit, de García Escudero, pág. 132.

 

presión, violan las libertades de las empresas, incluidas las de sus trabajadores —coaccionados, ya sea veladamente, por los dirigentes sindicales, o bien abiertamente, por piquetes de huelga, mal que pasen por informativos—; invaden funciones económicas que no les competen y atentan a las libertades ciudadanas, al actuar como tales grupos de presión, no sólo ante el Estado sino también frente a las corporaciones económicas con su consecuente repercusión en todos los consumidores.

La aplicación del principio de subsidiariedad reviste hoy espe­cial importancia no sólo en las llamadas asociaciones voluntarias, constituidas para realizar los más diversos fines, y en los propios co­legios profesionales y otras entidades, especialmente las culturales, sino, incluso, en los propios municipios, por un nuevo motivo es­pecífico. Este es debido a la táctica del eurocomunismo, inspirada en los escritos de Gramsci dirigida a la conquista de la sociedad civil y de sus instituciones. Pero, no con el fin de crear la armonía social, sino para impulsar, desde ellas, la dialéctica destructora de la sociedad actual y realizar una revolución de los espíritus (137), con una finalidad liberadora y homogeizante, que conduce al to­talitarismo, como hemos visto antes (138).

Ahí, el principio de subsidiariedad sirve también para señalar las funciones que competen, y cuáles no, a los organismos sociales y a las asociaciones voluntarias, e, incluso, ayuda para determinar qué asociaciones son ilegítimas, dados sus fines o por su actua­ción fuera de éstos.

Muy especialmente, el principio de subsidiariedad delimita, na­turalmente, las funciones de Estado en materia económica, de se­guridad social, laboral y fiscal, que circunscribe, conforme la pauta del bien común. Pauta que requiere de la prudencia, es decir, visión sagaz y de amplia perspectiva en el espacio y profundidad en el tiempo, proyectándola, a largo término, para prever las consecuen­cias de lo que, si en un momento dado podría aparecer como

137 Cfr. nuestro foro general «La praxis de la armonía», 6 y 7, en Verbo, 173-174, marzo-abril de 1979, págs. 408 y sigs.

138 Cfr., supra, el texto correspondiente a la nota 8.

 

Momentáneamente beneficioso, a la larga originaría peores males o privaría de mayores bienes. Para ello, no sólo hay que valorar lo cuantitativo, sino, especialmente, observar y estimar lo cuantitativo, para medir sus consecuencias apenas perceptibles hoy, pero que ma­ñana pueden ser inmensas.

En fin, el principio de subsidiariedad debe mostrar lo que con el esfuerzo personal o asociado, a través de los cuerpos intermedios, sean cuerpos sociales básicos o asociaciones voluntarias, debemos realizar personalmente o en común o asociadamente, en lugar de pedírselo todo al Estado, que —repetimos una vez más— nada puede dar a la sociedad si previamente no se lo ha detraído; ya que cuanto más le pedimos más promovemos e impulsamos su om­nipotencia. Y pidiéndoselo todo nos sometemos a soportar su tota­litarismo.

11. Tareas posibles para el retorno a un orden adecuado a la naturaleza articulado por el principio de subsidiariedad

El profesor Giovanni Drago (139), al concluir su gene­rosa recensión de nuestro librito Más sobre temas de hoy, concluía que en todas nuestras publicaciones se renueva el tema socrático, perpetuamente evidenciado “no se sortea ni un arquitecto ni a un tocador de flauta”; pero, advierte, que “en la Atenas del quinto siglo, se sorteaban los cargos públicos”. Después de unas certeras observaciones acerca de la dificultad de una elección cualitativa e incluso cuantitativa que a la vez sea ética política y técnica, ob­serva “como una indicación”, que la ciudad medieval escogía un podestá de otro municipio, y para el acceso a las funciones pú­blicas exigía la adscripción a una corporación, y “de ese modo el elegido debía ser un experto”. Y. al concluir, nos hace la suge­rencia de que sería útil proyectásemos, en ese sentido, “una aper­tura válida”. Creo que, en los epígrafes 13 y 14 de mi reciente es­tudio Diversas perspectivas de las opciones a favor de los cuerpos intermedios (139 bis), así como en el epígrafe anterior de éste, he intentado, aunque sea en líneas muy generales, encontrar y for­mular una propuesta de “apertura válida”, a juicio nuestro.

(139) Giovanni Drago, resención bibliográfica de Más sobre temas de hoy, en «Filosofía Oggi», ario III, núm. 2, abril-junio de 1980, ágs.. 283 y sigs.

(139 bis) Cfr. En Verbo, 193-194, ágs.. 346 y sigs.

Ahora bien, queda en pie otra pregunta: ¿Qué podemos hacer para que se convierta en realidad esa propuesta u otras semejan­tes? ¿Cómo podemos lograr algo quienes pensamos así? ¿Tenemos en frente todos los regímenes del mundo, y no contamos con cola­boración alguna de los mass media, dominados por las corrientes actuales?

Trataremos de responder y de señalar qué posibilidades adverti­mos por muy modestas que resulten.

1a Podemos luchar para suscitar y formar una opinión que, poco a poco, vaya adquiriendo peso, hasta llegar a ser decisiva, si es posible. Es preciso, pues, una acción doctrinal, formativa, comen­zando por las élites sociales en todos los niveles de la actividad humana, en especial con los que la desarrollen más estrechamente entrelazados con la naturaleza de las cosas.

El triunfo de las ideas que impulsó la Revolución francesa y consolidó Napoleón, ¿acaso no parecería un sueño cuando, cerca de dos siglos antes, los filósofos comenzaron a sembrarlas? ¿Cuánto tiempo transcurrió desde los primeros socialistas utópicos, e incluso desde que Marx y Engels pretendieron formular un socialismo cien­tífico, hasta la implantación del socialismo soviético? Y, sin em­bargo las especies de libertad, de igualdad y de fraternidad que unos y otros prometían eran utópicas; como el tiempo va demos­trando implacablemente. Nosotros, en cambio, proponemos restau­rar la sociedad del modo más conforme posible al orden de la na­turaleza, obra en la que que Dios invistió a los hombres del papel de causas segundas, pero no de demiurgos. No olvidemos que, bá­sicamente, como en Vimbodí nos recordaba Elías de Tejada, en una de nuestras reuniones (140), “familia y municipio son más fuertes que todas las revoluciones posibles, pues sin ellas el hombre nunca sería aquello que es”.

Tal vez, los vientos actuales no tarden demasiado en cambiar de signo y en soplar a favor. Es estrepitoso el fracaso de las secuencias

(140) F. Elías de Tejada: «La familia y el municipio como bases de la organización política», en Verbo, 91-92, enero-febrero de 1971, pág. 41, o, en El municipio en la organización de la sociedad, Madrid, Speiro, 1979, pá­gina 41.

                                                                                                                              

 Liberales y marxistas, capitalistas y socialistas, en todos sus ensayos, que amenazan conducirnos a una catástrofe cósmica. El inmanentismo de la mente humana nos está llevando de la confusión babilónica, al caos, a velocidad progresivamente creciente. Nosotros proponemos la vuelta a un orden trascendente, natural y divino, aban­donando las utopías de paraísos terrenales que concluyen en archi­piélagos de Gulag o en “mundos felices”, al estilo del mostrado por Aldous Huxley.

Es posible que la rebeldía que hoy palpita por doquier, aquen­de y allende del telón de acero, no sea sino una muestra de ese desencanto, de ese desengaño, que hoy en el mundo occidental se refleja de momento en el nihilismo, al que han conducido los fra­casos sufridos al construir esos mundos prometidos en las tres re­voluciones que han sacudido la tierra y aún la sacuden (141). Puede ser momento de hacer abrir los ojos a muchos…

2.ª Todos formamos parte de cuerpos sociales básicos y de asociaciones voluntarias. Efectuemos en ellos una labor constante para mantenerlos, para fortalecerlos, para facilitar la realización die sus fines e impedir que se aparten de ellos. En nuestros colegios profesionales acentuemos su carácter profesional y corporativo; no permitamos que los penetre la política para utilizarlos. Tratemos en todos, y en las asociaciones voluntarias donde nos integremos, de recordar su razón de ser, su fundamento su engarce en el orden general. Procuremos mostrar la importancia de sus fines y la con­veniencia de su autonomía, la precisión de no utilizarlos ideológi­camente; insistamos sin cesar, en el apremio de no perder el sentido de la realidad, de las verdaderas necesidades, de las soluciones que no hipotequen el futuro ni la libertad.

3ª Pero podemos y debemos hacer más (142). Nuestros ami­gos franceses del Office nos han dado ejemplo con sus actividades

141 Cfr. Nuestra respuesta Del racionalismo inmanente al voluntaris­mo utópico y de su fracaso, al nihilismo, en «Filosofía Oggi», alío III, nú­mero 4, octubre-diciembre de 1980, ágs.. 227 y sigs.

142  Cfr. «Qué somos y cuál es nuestra tarea», en Verbo, 151-152, enero-febrero de 1977, ágs.. 44 y sigs., o, en el opúsculo separado, Madrid, Speiro, 1977, ágs.. 44 y sigs.

 De acción familiar, empresarial, sindical, municipal, En sta obra de promoción, incansablemente propugnada por Jean 011.,,, (143), auxiliar, de asistencia, de información, de concertación, de coordina­ción, al servicio de los notables de la vida social. Para, en el ni­vel más en contacto de la realidad, volver a restaurar las colec­tividades locales, las funciones profesionales, mostrando, a la vez, su razón de ser y los resultados que pueden obtenerse en e,e nivel. Hay que organizar redes de sostén, de protección, de información y de orientación en todas las escalas de la sociedad, tal con,„ insistía Michel de Penfentenyo (144) en el Congreso de Lausanne ,le 1976.

4ª En los regímenes democráticos puede desarrollarse una labor de fortalecimiento y concientización de los cuerpos .aciales, para anudar relaciones sociales a fin de contrarrestar el atomismo a que conduce la mentalidad rousseauniana; promover y activar asociaciones voluntarias: en materia educativa, para defensa ,1e la fa- milia, de la vida, etc.

Y, en todo caso, hay que tratar de hacer oír la voz de los cuer­pos intermedios, para imponer su respeto y defender su autono­mía, ya sea directamente o, al menos a través de la trama  de los partidos políticos. E, incluso, como había propugnado nuestro ami­go José María Gil Moreno de Mora (145), que Dios se nos llevó, se puede intentar la organización de partidos no ideológicos sino defensores de realidades concretas y con entramado orgánico, tal como él había planeado para una Confederación Rural Española con grandes posibilidades desde un principio, en develo’’, muni­cipales en las circunscripciones rurales. Es un camino por explotar, y ampliable en otras direcciones y campos, con partidos para finalidades

143 Jean Ousset: Exigencias de nuestra esperanza, tormo,, ,,,ón en la clausura del XI Congreso del «Office International»; dr, en i’nlo 147, agosto-septiembre de 1976, ágs.. 859 y sigs., o, en 1.r ropvmmi.• Mítica, Madrid, Speiro, 1977, ágs.. 739 y sigs.

144 Michel de Penfentenyo: «Objetivos del «Offie•P., di rn Verbo, 150, diciembre de 1976, págs. 1.383 y sigs., o en In oip•r... i iisJc5, pá-
ginas 5 y sigs.

(145) José María Gil Moreno de Mora: «Para un calet nuno del cam- po», en Salvar el campo, salvar la patria; cfr. en Verbo, 178, %Ti lembre- octubre de 1979, págs. 962 y sigs.

 

concretas, aunque sean ocasionales. Con ello podría utili­zarse la propaganda y pactar  si no es posible otra cosa—, pero siempre con la vista puesta a la mejor organización social, al re­fuerzo de vínculos naturales, anudando relaciones, y para procurar que las decisiones se tomen al nivel de la realidad y no de las ideo­logías.

5.ª Finalmente, en donde gobiernen regímenes dictatoriales, se debe intentar la creación de igual ambiente, tratando de llevar a la convicción de que es preciso romper el ritmo pendular dictadura- demagogia; mostrar que la salida de aquélla no puede ser la vuelta a la democracia que provocó el golpe dictatorial, sino la apertura a la organización social, a un sistema orgánico de libertad civil y participación política verdaderas.

Gambra (146) recordó en 1953 —cuando aún era tiempo y la ocasión no se había perdido—, que no debía tenerse miedo a la liber­tad en esa empresa restauradora de devolver a la sociedad su pro­pia espontaneidad asociativa. Y advirtió que esa restauración no había de ser obra del Estado, sino que éste solamente debía crear las necesarias condiciones de vida para que la sociedad misma vol­viera a realizar sus fines naturales y readquiriera el dinamismo pro­pio que cristalizara en instituciones adecuadas y eficaces.

Lo vengo repitiendo hace años (147). Frente a una organización mecanizada, articulada rígidamente desde arriba, tecnocráticamente: hay que reconstruir una sociedad orgánica, biológicamente desde sus raíces.

Pero, para ello, es preciso, ante todo, el fervor. Fervor del que sólo puede dotarnos la fe, la esperanza y la caridad —caridad po­lítica en este caso, como propugnó Pío XI (148)—, sobrenatura­les. ¡Pidámoslas a Dios y a la Santísima Madre, María Inmaculada, cuyo dogma conmemoramos hoy, 8 de diciembre de 1980!

146 Gambra, op. Ult. Cit., cap. VIII, ágs.. 117 y sigs.

147 Ideología, praxis y mito de la tecnocracia, 2.t ed. española, Ma­drid, Montecorvo, 1975, epílogo, sec. III, cap. II, pág. 307.

(148) Pío XI: Alocución de diciembre de 1927 a la Federación Univer­sitaria italiana; cfr. el citado del texto, que alude a la caridad política, en Verbo, 2, pág. 78.

JUAN VALLET DE GOYTISOLO

TRES ENSAYOS

Cuerpos intermedios

Representación política

Principio de subsidiariedad

EDITORIAL SPEIRO S.A. Madrid 1981

 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Auténtico sistema representativo ( Juan Vallet de Goytisolo)



JUAN VALLET DE GOYTISOLO  

II EL DERECHO A PARTICIPAR  EN LA VIDA PÚBLICA MEDIANTE UN AUTÉNTICO Y SISTEMA REPRESENTATIVO

VII El problema del gobierno y la representación en las democracias

                                                                                          

De una manera muy somera pueden reducirse a tres los sistemas de democracias modernas que invocan la soberanía popular: la elec­ción o aclamación de un jefe carismático que plebiscitariamente es consagrado y que periódicamente consulta al pueblo; el ejercicio guiado y dirigido por un partido único, que se autoproclama repre­sentativo de la verdadera voluntad popular; y la elección de represen­tantes, entre los propuestos por los diversos partidos políticos, que compiten entre sí para ostentar temporalmente la representación po­pular.

En cualquiera de estos casos, en las democracias siempre gobier­nan oligarquías. Es algo que Gonzalo Fernández de la Mora (112), siguiendo especialmente a Roberto Michels, en su obra Sobre la so­ciología de los Partidos en la moderna democracia, y a José Schum­petet', en Capitalismo, socialismo y democracia, ha mostrado y sub­rayado la existencia de la que Michels denominó «ley del hierro de la oligarquía», por considerar que ésta trasciende a una necesidad social absoluta en las democracias, en las cuales, la masa «siente la necesidad de ser guiada, y es incapaz de actuar cuando Je falta una iniciativa externa y superior».

El primer sistema es rotundamente rechazado por quienes hoy ad­ministran el monopolio del uso de la palabra democracia, y lo otor­gan o rechazan en los casos en los que se discute esa calificación a un determinado régimen. Se observa que no se concede credibilidad a referéndum alguno que no sea convocado, organizado y contabili­zado por quienes previamente son reconocidos como gobiernos de­mocráticos. La propaganda, a través de los medios masivos de comu­nicación, tiene hoy tal fuerza de sugestión, que según quien los con­voque, cómo los plantee, cómo organice la propaganda, e incluso según quien maneje las computadoras, el resultado será muy diverso.

El sistema de partido único fue una creación de Lenin, que tras­ladó al Gobierno de la U. R. R. S. el sistema que había inventado para la Revolución, y Stalin se encargó de institucionalizarlo. En Alemania el nazismo y en Italia el facismo se apoyaron en el partido

(112) Gonzalo Fernández de la Mora: La partitocracia, Madrid, Insti­tuto de Estudios Políticos, 1977, cap. II, págs. 27 y sigs.

único; y, a imitación de éstos, en España, bajo el mando de Franco, se institucionaliza F. E. T. y de las J. O. N. S., aunque real­mente estuvo sujeta siempre por el gobierno, para lo que bastaba disponer del cambio del Ministro Secretario del Movimiento.

El artículo 126 de la Constitución soviética, en su apartado final, dice —que «los ciudadanos más activos y más conscientes per­tenecientes a la clase obrera, a los trabajadores del campo y a los trabajadores intelectuales, se unen libremente en el seno del Partido comunista de la Unión soviética, vanguardia de los trabajadores en su lucha para la construcción de la sociedad comunista y núcleo di­rigente de todas las organizaciones de trabajadores, tanto de las or­ganizaciones sociales como de las organizaciones del Estado».

Pero, ¿es posible calificar este sistema de democrático? Si parti­mos de que Rousseau, como ante hemos visto, estima que la voluntad emitida por la mayoría, si prevalece en ella un interés particular, no corresponde a la voluntad general, ya que ésta se identifica siem­pre con el bien público, y, en cambio, resulta que si una revolución triunfante monopoliza esa voluntad general de todo el pueblo o del proletariado, que numéricamente es mayoritario, entonces sus jefes, empleando el sistema nervioso del Partido único, mantienen por fuerza en el pueblo esa pretendida voluntad general, que, además plebiscitariamente es abrumadoramente respaldada. ¡Claro está que por sus caracteres esas democracias populares en nada se parecen a las del pueblo de Dios, que Rousseau indicó como paradigma de la democracia pura, sino que van acompañadas de aparatos policíacos y represivos, se rodean por un «telón de acero» y practican el totali­tarismo estatal más absoluto, hasta ahora conocido, con su archi­piélago de GULAG!

VIII. La representación por los partidos políticos.

Queda el tercer sistema, aceptado por las denominadas demo­cracias occidentales. Aunque se han señalado precedentes de ellos en la Atenas democrática y en las banderías y partidismo de los va­lidos en discordia en las Monarquías absolutas, parece más exacto pensar que los partidos políticos son elemento inseparable de los regímenes liberales; y, por ello, los partidos acompañan a los mo­vimientos revolucionarios que inician la vida política moderna, corno ocurre en Inglaterra en el siglo XVII, en Francia a fines del xviii, en la España de las Cortes de Cádiz y en Alemania de 1 848 (1 1 3).

Hoy, consolidada la partitocracia, «la soberanía popular se ejerce optando entre oligarquías», como ha escrito Gonzalo Fernández de la Mora (114).

Claro es que así, ocurre como ya en su época había advertido Rousseau (115) del pueblo inglés diciendo que «se figura ser libre y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del parlamento; en cuanto éstos resultan elegidos, el pueblo es es­clavo o no es nada. En los breves momentos de libertad hace tal uso de ésta que bien merece perderla». O, como afirmó Tocqueville (116), a los ciudadanos en los pueblos democráticos, «se les hace alterna­tivamente los juguetes del soberano y sus amos, más que reyes y menos que hombres». O, según dijo Costa (117) de los liberales españoles de su tiempo: «Piensan que el pueblo ya es rey y soberano porque han puesto en sus manos la papeleta electoral: no lo creáis, mientras no se reconozca además al individuo y a la familia la liber­tad civil y al conjunto de individuos y de familias el derecho com­plementario de esa libertad, el derecho de estatuir en forma de cos­tumbres, aquella soberanía es un sarcasmo, representa el derecho de darse periódicamente un amo que le dicte la ley, que le imponga su voluntad; la papeleta electoral es el harapo de púrpura y el ce­tro de caña con que se disfrazó a Cristo de rey en el pretorio de Pilatos».

       113 Cfr. Nicolás Pérez Serrano: Tratado de Derecho político, Madrid, Civitas, 1976, cap. XXIV, 254, págs. 321 y sig.
      114 Fernández de la Mora: op. cit., pág. 49.
       115 Rousseau: op. cit., Lib. III, cap. XV, págs. 140 in fine y sig.
        116 Alexis de Tocqueville: De la democratie en Amérique, Ed. di­rigida por P. Mayer, París, Gallimard 1961, vol II, parte IV, lib. III, ca­pítulo VI, pág. 327.
         117 Joaquín Costa: La libertad civil y el Congreso de Juristas Ara­goneses, cit., cap. VI, pág. 175.
«Los años de gobierno parlamentario —escribía entre 1888  y 1891, Torras y Bagés (1 1 8)—, sistema artificioso y de gran vani­dad, bajo el brillante engaño de unas elecciones ciegas e inconscien­tes, fundadas en la materialidad del número de votos, han ido for­mando una verdadera oligarquía que ha conseguido tener la nación en sus manos, o mejor bajo sus pies, que ya no es gobierno repre­sentativo ni siquiera parlamentario, pues ninguna correspondencia hay entre los legisladores y el país al que representan» ... «unos cuantos formando sociedad para la explotación del país en su pro­vecho, bajo la denominación de tal o cual partido, han llegado a hacer suyo el gobierno de la nación, y por turno pacífico o violen­tamente quieren gozar de las ventajas del poder». Para ser candidato y así elegido, añade poco después (119), la mejor cualidad es per­tenecer a la cofradía de quienes gobiernan, y sobre todo poseer la habilidad de saber hacer las elecciones, o sea asegurar al gobierno un diputado que se avenga a entrar dócilmente en el servum pecus de la mayoría parlamentaria».
Y, hoy, es así con el agravante, observado por Pompidou (120), de que «en el mismo momento en que el individuo se siente libre y se libera de las obligaciones y represiones tradicionales, se cons­truye una máquina técnico-científica monstruosa, que puede reducir a la esclavitud a ese mismo individuo, o destruirlo de la noche a la mañana. Todo depende de los que tengan las palancas del mando que nadie acaricie la ilusión de control. Una vez al volante del co­che, nadie puede impedir al conductor que apriete el acelerador y que dirija el vehículo hacia donde quiera».
En 1933, Luis Legaz y Lacambra (1 2 1) comparaba las dictadu­ras y las democracias que entonces se distribuían el oeste de Europa

     118 Josep Torras y Bages, Bisbe de Vic: La tradició catalana, I parte, cap. XVIII; cfr. ed. cit., págs. 120 y sig.
     119 Ibid., cap. XX, III, pág. 146.
      120 Georges Pompidou: El nudo gordiano, cfr. vers. en castellano, Madrid, Hispanoamericana de Ed. y Distrib., 1975, pág. 159.
       121 Luis Legaz y Lacambra: El Estado de derecho en la actualidad, II, en Rev. Gral. de Legislación y Jurisprudencia, 163, 2.1 sem. 1963, pág. 761.
continental: «Hay que romper con la creencia de que dictadura y democracia sean cosas antitéticas: más bien se requieren mutuamen­te» ... «La democracia tiende a la dictadura, y la dictadura requiere cuanto menos el apoyo de amplias masas populares, si no es ejercida directamente por esa masa» ... Y explicaba de ese modo la tendencia dictatorial de los partidos políticos (122) : «tienen un programa indiscutible, que va a imponerse, no a discutirse, en el Parlamento, puesto que los diputados son mandatarios de los partidos y no de la nación». Cuando ningún partido puede imponerse por sí solo, «el Estado se convierte en un puro compromiso, en una transacción». En cambio, «a media que los partidos aumentan en poder político y social, apuntan tendencias dictatoriales, hasta el puno de que las de­mocracias tienden a convertirse en dictaduras. Los partidos aman la discusión en proporción inversa a su fuerza numérica». Las coali­ciones o mayorías gobernantes «se sienten representantes de una ins­titución para cuya defensa todos los medios son lícitos».
Este último hecho lo ha comentado Marcel de Corte (123) : «Bajo un roussonianismo de derecho que traduce los grandes voca­blos de libertad, de igualdad, de fraternidad, se disimula en polí­tica un maquiavelismo de hecho que utiliza su influencia hipnó­tica en favor de poderío de los amantes del poder, individuos, grupos y naciones. Rousseau le da a Maquiavelo la buena conciencia y la buena fe de que se mofa el florentino» ... «El ángel roussoniano se combina con la bestia maquiavélica. Eso produce una excelente mixtura explosiva. Desde hace dos siglos, todas las revoluciones la utilizan sin sentir vergüenza...».

     122 Ibid., págs. 156 y sigs.
      123 Marcel de Corte: L'homme contre lui mime, París, Nouvelles F.d. Latines 1962, cap. VI, pág. 197.
IX. ¿Qué es la representación política?
Creemos que después de los antecedentes recorridos es ya el momento de centrar el significado de la representación política. Para ello, no hemos hallado mejor guía que el libro de ese título del profesor Galváo de Sousa (124), en el que analiza cuidadosamente la relación, en este aspecto, entre la sociedad y el poder.
Muy finamente distingue tres subaspectos diversos de la palabra representación política: la representación por el poder; la represen­tación ante el poder, y la representación en el poder.
La representación de la sociedad por el poder o la autoridad, que le confiere su unidad, tiene lugar cuando los dirigentes actúan en nombre de la sociedad que gobiernan. Ciertamente hay una repre­sentación inherente al poder, que dimana de la propia articulación de la sociedad, sin la cual ésta resultaría acéfala. Este tipo de repre­sentación no implica que existan órganos representativos del pueblo junto al gobierna, aunque no los excluya, pero siempre requiere un mínimo consenso sin el cual no es posible gobernar.
La representación de la sociedad ante el poder implica la exis­tencia de instituciones representativas de aquélla. En ese caso la re­presentación constituye el ligamen entre la sociedad y el poder. En este supuesto, el poder representa a la sociedad y ésta se representa ante el poder, elevando hasta éste las necesidades y conveniencias sociales. El poder representa a la sociedad política en cuanto ésta constituye una unidad; la sociedad se representa ante el poder en cuanto multiplicidad, es decir, en la pluralidad de los grupos que la componen y las diversas aspiraciones de sus miembros, con sus di­versos intereses y opiniones: reales en la representación corporativa, predominantemente ideológicas en el régimen de partidos. Cuando el poder es asumido por la asamblea representativa, se confunden la representación por el poder y la representación ante el poder, lo que implica a su vez la confusión entre representación y poder po­lítico.
La representación de la sociedad en el poder, conduce al go­bierno representativo, característico de las sociedades organizadas, cuyos órganos representativos colaboran con el poder en el gobierno. Esa colaboración tiene diversos módulos y se efectúa de diversos modos, que oscilan de lo meramente consultivo hasta la participación
(124) José Pedro Galváo de Sousa: Da representacao politica, Sao Paulo, Ed. Saraiva 1971, dap. II, págs. 17 y sigs.
en el poder. Un modelo de ese tipo lo hemos observado, antes, en el régimen pactista de la Cataluña clásica.
Como muy juiciosamente observa el mismo Galváo de Sou­sa (125) : «Cuanto más amplia sea la representación de la sociedad ante el poder, tanto más perfecta podrá ser. Pero, la representación de la sociedad en el poder, para compartir la dirección de la cosa pública, tiene que ser restrictiva, y cuanto más rigurosa sea la se­lección, tanto más perfecto será el gobierno».
El gobierno representativo se esfuma cuando la representación se apoya abstractamente en el pueblo soberano, confundiéndose la representación y el ejercicio del poder en el órgano representativo. Así, ocurre, a partir de la Revolución francesa, casi sin excepción en los regímenes denominados democráticos.
La declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 proclamó: «El principio de toda soberanía reside esencial­mente en la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejer­cer cualquier autoridad que no emane de ella expresamente».
Galváo de Sousa (126) explica cómo por los hombres de la revolución se entendía la nación soberana. «No en cuanto comuni­dad histórica, formada por familias u otros grupos con. hábitos socia­les, creencias y aspiraciones transmitidas de generación en generación. No reflejada y palpitante en el pueblo real, heredero de un linaje de tradiciones. No en su afirmación concreta de unidad cultural y política, marcada por peculiaridades características de su manera de ser, de un estilo inconfundible con el de otras comunidades del mismo género». Lo que efectivamente expresaba la declaración de 1789 era: «la nación en abstracto, unidad política ideal»; «el ciu­dadano abstraído de sus intereses reales y aureolado con intención virtuosa (del hombre naturalmente bueno de Rousseau...) para el interés común»; y «una representación abstracta, que concretamente no representa nada, y en que la amplitud del mandato o delegación recibida por cada diputado desvanece la relación entre su propia vo­luntad y la voluntad del cuerpo electoral, a su vez transfigurada en

       125 Ibid., cap. II, 5, pág. 30.
        126 Ibid., 9, págs. 42 y sigs.
la igualmente abstracta volonté générale». El diputado «no repre­senta a los electores, como ocurría en tiempos del mandato impera­tivo, sino a la propia nación, y la voluntad nacional se corporifica en la voluntad de sus presentantes».
X. La representación política como suplantación de los re­presentados.
 
A su vez, la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, dice en su artículo 21, párrafos 1 y 3:
«1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente esco­gidos».
«3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto y otro procedimiento equivalente que garan­tice la libertad de voto».
Los dos transcritos párrafos de esa Declaración resultan contra­dictorios, porque la verdadera participación política, como hemos visto, es imposible al verdadero pueblo cuando aliena totalmente sus facultades a un parlamento elegido por sufragio universal y cuyos miembros no quedan ligados bajo mandato imperativo con los sec­tores naturales del pueblo dotados de vitalidad propia. En esos casos, esta mínima participación por el sufragio se agota con la emisión del voto.
La verdadera participación, como hemos escrito en otro lu­gar (127), es una interacción entre lo múltiple y lo uno. Una inte­racción que confiere a la multiplicidad un cierto sentido de unidad funcional superior. Produce, pues, una armonía de lo múltiple con lo uno, de modo
(127) «La participación como interacción de lo múltiple con lo uno», en Algo sobre temas de hoy, Madrid, Speiro 1972, VI, 5, págs. 217 y sigs.
tal que, sin romper la unidad de éste, tampoco destruye aquella mul­tiplicidad. Esa es una condición esencial de la verdadera participación.
No hay participación cuando, en lugar de interacción, hay dia­léctica entre los elementos múltiples o entre éstos y la unidad inte­gradora.
Tampoco la hay, si lo múltiple desaparece absorbido en la uni­dad superior, pues, por definición, la participación requiere una multiplicidad armonizada hacia un fin común.
Por eso, la multiplicidad se diluye en una nueva unidad colec­tiva cuando se pretende que el conjunto de elementos múltiples go­biernen la totalidad de un modo general, y, entonces, paradójica­mente, la participación real desaparece sustituida por una pseudo-par ticipación que se limita a discutir en una asamblea y, al final, a emi­tir, un voto para afirmar una pretendida «voluntad colectiva», o sim­plemente para desginar uno o varios representantes comunes, ya sea con mandato imperativo o bien sin él.
Nos explicaremos: lo múltiple sólo es tal mientras cada elemento mantiene su individualidad propia dotada de ámbito propio, con com­petencia determinada. Si éstas se esfuman, aquélla queda adsorbida en lo colectivo.
La verdadera participación, como armonía de lo múltiple con lo uno, requiere diversidad de competencias en la unidad superior y de cada elemento de la pluralidad. Competencia que de modo natural es determinada dinámicamente por el llamado principio de subsidia­riedad, que va fijando la competencia que corresponda a cada cuerpo- social más amplio para suplir o complementar lo que sus elementos integrantes no puedan realizar.
El mayor error consiste, confundiendo los términos, en querer que participen todos en todo, en lugar de participar actuando cada cual en su propia esfera de competencia.
Con la formación de órganos colectivos, de los que se afirman que representan a todos porque lo integran representantes de su pluralidad, tampoco se desarrolla una verdadera pluralidad; y, por tanto, ésta no participa realmente en ella, que, por el contrario, le resta parte del ámbito de propia competencia. La razón estriba en que con ese órgano se forma otra unidad colectiva, que viene a concurrir con los representantes de la unidad total, o sea, si se trata de un país, con los órganos de gobierno de éste. Resultan, por tanto, dos unidades de diversa composición : una tal vez personalmente única (pensemos, v. gr., en un jefe de Estado, o en el Papa) y otra colectiva o colegial (v. gr., un Parlamento a una Asamblea epis­copal) que, si bien trata de subsumir en su unidad colegial la plu­ralidad no hace sino sustituirla, pues ésta no se halla en ella sino fuera de ella. La suplanta en la misma medida en que le absorbe sus funciones. Estos representantes no forman verdaderamente una pluralidad sino cuando están situados todos y cada uno en la propia esfera y en sus respectiva competencia (cada Municipio con su Ayuntamiento, cada Diócesis con su Obispo, en el gobierno peculiar de una u otra).
Es, aún, más plena esa absorción de la pluralidad por la unidad colectiva cuando el mandato, conferido en cada cuerpo, se estima que no es imperativo, por considerar que, con la elección del repre­sentante o procurador respectivo, cada cuerpo se circunscribe a de­signar un componente más de la unidad colectiva, y que éste en ella ya no es portavoz del interés particular del elector para lograr la coordinación recíproca del de todos dentro del auténtico interés general, sino sólo del interés colectivo de la unidad superior. De ese modo, se crea otra representación de la unidad superior, diversa de la Jefatura o Gobierno. Y, aunque cada una de ellas contemple po­siblemente la unidad desde puntos de vista contrapuestos, lo cierto es que la pluralidad se esfuma en la unidad colegial tanto más cuanto más subsumida resulte aquélla en tal órgano colectivo y cuanta ma­yor competencia absorba y se atribuya a este último, en detrimento de las decisiones y actividades peculiares de los cuerpos o de las unidades integradas de la pluralidad. Absorción que es plena si se parte de la aliénation totale.
XI. Confusión de gobierno y representación.
Los mismos defectos de la Declaración del 1789, se mantie­nen en la de la ONU de 1948. Siguen confundiéndose el gobierno y la representación, como ocurre en las democracias modernas desde fines del siglo xviii. También explica Galváo de Sousa (128) el camino de esa confusión.

  • En el régimen histórico representativo del Bajo medievo
    del que hemos mostrado el ejemplo catalán— autoridad y repre­sentación se distinguen perfectamente; y —añadámoslo-- pactan en­tre sí, sin alienación alguna de las libertades correspondientes a las familias, municipios y demás comunidades.
  • En las monarquías absolutas, en las que comienza la cen­tralización del Estado moderno, y se mutilan o esterilizan las ins­tituciones representativas: la autoridad suprime la representación.
  • Con el triunfo en Francia del absolutismo democrático, se trató de que la representación absorbiera la autoridad; aparte de que esa representación dejaba de serlo del pueblo en concreto, en su multiplicidad, alienada a la voluntad —más o menos manipulada— de la mayoría,
  • Finalmente, en la fase de crisis de la democracia, con el for­talecimiento del ejecutivo y el caos parlamentario, vuelve a intentar aquél que la autoridad repela la representación; o, tal vez, más aún,
    trata de que una manipulada representación facilite la mayoría par­lamentaria al partido que detenta las palancas de mando del mismo ejecutivo.
    Por el contrario, las enseñanzas pontificias han mantenido la distinción, entre el poder del Estado y el pueblo con su vida y re­presentación propia.
    Así, Pío XII, en su discurso sobre la democracia (129), dijo:
    «Pueblo y multitud amorfa, o, como suele decirse, nasa, son
    dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve de su vida propia; la masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y según su manera propia— es una persona consciente de su propia responsabilidad y sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera

     128 José Pedro Galváo de Sousa: op. últ. cit., cap. IV, 3, pág. 82.
     129 Pío XII: Radiomensaje de Navidad de 1944, núm. 16.
 el impulso exterior, fácil juguete en manos de cualquiera que explote sus instintos o sus impresiones, presta a seguir hoy esta bandera, mañana otra distinta. De la exuberancia de la vida propia de un verdadero pueblo se difunde la vida, abundante y rica, por el Estado y por todos los organismos de éste, infundiéndoles, con un vigor renovado sin cesar, la conciencia de su propia responsabilidad, el sentido verdadero del bien común. El Estado, por el contrario, puede servirse también de la fuerza elemental de la masa, mane­jada y aprovechada con habilidad; en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos reagrupados artificialmente por tendencias egoís­tas, el Estado mismo puede, con el apoyo de la masa, reducida a simple máquina, imponer su capricho a la parte mejor del verda­dero pueblo; el interés común queda así gravemente lesionado por largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar».
Y, más adelante (130), añade: «... Todo cuerpo legislativo —co­mo lo atestiguan indubitables experiencias— tiene que reunir en su seno una selección de hombres, espiritualmente eminentes y de firme carácter, que se consideren como representantes de todo el pue­blo y no como mandatarios de una muchedumbre, a cuyos particu­lares intereses se sacrifican, desgraciadamente con frecuencia, las verdaderas necesidades y las verdaderas exigencias del bien común. Una selección de hombres que no quede limitada a alguna profesión o condición determinadas, sino que sea la imagen de la múltiple vida de todo el pueblo».
Paulo VI (131), a su vez, expresó que la democracia: «Supone un equilibrio que puede ser vario, entre la representación nacional y la iniciativa de los gobernantes; implica cuerpos intermedios li­bremente formados, reconocidos y protegidos por la ley, normal­mente consultados en las cuestiones de su competencia».

Y Juan Pablo II (132), escuetamente, ha dicho, «... el Estado comprende su misión sobre la sociedad, según el principio de subsidiariedad, que quiere expresar la plena soberanía de la nación ». Expresión muy diversa o, más propiamente , contrapuesta a la Declaración de 1798

     130  Ibid., núm. 26.
       131 Paulo VI: Carta del Cardenal Secretario de Estado en nombre del Papa a la Semana Social Francesa de Caen.
       (132) Juan Pablo II: Alocución a la Conferencia Episcopal Polaca con motivo de su 169 Asamblea plenaria, el martes 5 de junio de 1979, en el Santuario de Jasma Gora.
 
 
JUAN VALLET DE GOYTISOLO
TRES ENSAYOS
Cuerpos intermedios
Representación política
Principio de subsidiariedad
EDITORIAL SPEIRO S.A. Madrid 1981