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lunes, 29 de agosto de 2016

Salve Regina (Tomás Luis de Victoria)

Salve Regina

Tomás Luis de Victoria

No por menos popular en su difusión es menos bella es esta versión polifónica de Tomás Luis de Victoria

jueves, 25 de agosto de 2016

O Magnum Mysterium (Tomás Luis de Victoria)

O Magnum Mysterium

Tomás Luis de Victoria

Sencillamente imponente y sobrecogedor

O magnum mysterium et admirabile sacramentum
ut animalia viderent Dominum natum
iacentem in praesepio.
Beata virgo cuius viscera
meruerunt portare Dominum Christum.
Alleluia.


miércoles, 24 de agosto de 2016

AVE MARÍA (Tomás Luis de Victoria)

AVE MARÍA

Tomás Luis de Victoria

Una de las más conocidas obras de Tomás Luis de Victoria. En épocas menos laicas y descreídas que las actuales, esta obra era la sintonía de Radio Nacional de España (con perdón) en la hora del Ángelus


 https://www.youtube.com/watch?v=Dw4m-CIbtmw

domingo, 21 de agosto de 2016

Tomás Luis de Victoria, músico

Tomás Luis de Victoria, músico

Radio Televisión de Castilla y León




Tomás Luis de Victoria


tomasluisdevictoria.org

Tomás Luis de Victoria es posiblemente el mejor compositor español de todos los tiempos.

Fue el más grande polifonista español de todos los tiempos y uno de los mejores de la Europa de su tiempo. Nació en Ávila hacia 1548, siendo el séptimo hijo de los once que tendrían Francisca Suárez de la Concha y Francisco Luis de Victoria, quien murió cuando el compositor tenía tan solo 9 años. Casi al año siguiente se convirtió en niño cantor de la catedral de Ávila donde permanecería hasta los dieciocho años. Allí inicia sus estudios musicales de teoría del canto llano, contrapunto y composición, ejercitándose también en la práctica del teclado. Durante ese espacio de tiempo estudió bajo la dirección de los maestros Jerónimo de Espinar, Bernardino de Ribera, Juan Navarro y Hernando de Isasi. Algunos especialistas creen que pudo haber conocido también a Antonio de Cabezón durante esta época.
Terminada su etapa como niño cantor, Victoria fue enviado en 1567 al Collegium Germanicum de los jesuitas en Roma. Posiblemente estudiase con Palestrina, que era maestro de capilla e instructor de canto y música del cercano Seminario Romano, donde también se encuentra con los hijos de éste, Rodolfo y Ángel. En enero de 1569, abandona el Collegium Germanicum y , sin dejar sus estudios, ejerce el oficio de cantor y organista en la iglesia española de Santa María de Monserrat, te</SPAN></SPAN>mplo oficial de la Corona de Aragón en Roma. En 1571 regresa al Collegium Germanicum donde es contratado como profesor. En ese mismo año sucede a Palestrina como maestro de capilla del Seminario Romano (según Casimiri a propuesta del mismo Palestrina).


En 1572 publica su primer libro de motetes “Motecta quae 4, 5, 6, 8 vocibus concinuntur” en Venecia dedicado al cardenal-arzobispo de Augsburgo Otto von Truchsess von Waldburg, gran benefactor y mecenas de Victoria. En 1573 comenzó a cantar, al menos ocasionalmente, en otra iglesia española de Roma, (la parroquia de Santiago) donde se le pagaban sumas en concepto de la música que componía y los cantantes que le acompañaban, en algunas ocasiones como el Corpus y otros oficios de relieve. En 1575, el Collegium Germanicum es trasladado a San Apolinar por orden de Gregorio XIII. Victoria es ascendido a maestro de capilla de este centro, con lo que tiene nuevas obligaciones: la adecuada formación musical de los niños del coro, enseñar contrapunto y los fundamentos de composición a los alumnos capacitados, así como dirigir la música en todas las iglesias dependientes del colegio. Todas estas obligaciones le llevaron a dejar su cargo en la iglesia de Santa María de Monserrat. Ese mismo año toma órdenes menores (lector y exorcista) y es ordenado sacerdote el 28 de agosto en la iglesia de Santo Tomás de los Ingleses. Al año siguiente, 1576, publicó su segunda antología: “Liber Primus qui Missas, Psalmos, Magnificat ... aliaque complectitur”


En 1578 abandona el Collegium Germanicum y se retira como capellán a San Girolamo della Carità. No obstante, a Victoria le gustaba volver al Germanicum en algunas ocasiones especiales, como la Epifanía de 1585. En su nuevo puesto convive durante siete años con San Felipe Neri y comienza una etapa de intensa religiosidad. También tendrá por compañeros a otros dos músicos insignes: el español Francisco Soto de Langa y el italiano Giovanni Animuccia. En este periodo verán la luz diversas colecciones de motetes y misas. En 1581 se publicaron otras dos antologías de sus obras (entre ellas los “Hymni totius anni”); en 1583, apareció otra; y en 1585 se publicaron dos antologías más. En una de las editadas en este último año, la “Motecta festorum totius anni”, se incluyen dos piezas de Guerrero y una de Soriano. Encina, en algunos epigramas añadidos a esta antología, dice que Victoria era conocido “hasta en las Indias”. Sus obras se publicaron en muchos lugares diferentes: en Italia, Alemania y España. En 1585 se publica la más ambiciosa y magistral creación de Victoria: el “Officium hebdomadae Santae”, una colección que incluye 18 Responsorios, 9 Lamentaciones, dos coros de pasiones, un Miserere, Improperios, Motetes, Himnos y Salmos para la celebración de toda la Semana Santa.


En 1587 Victoria regresó a España, aunque regresaría a Roma en 1592 para publicar su “Missae, liber secundus”. Dos años después asistiría a los funerales de Palestrina, y en 1595 regresaría definitivamente a España. En el periodo comprendido entre 1587 y 1603, Victoria fue capellán y maestro de coro del Real Convento de las Clarisas Descalzas en Madrid, donde vivía retirada la Emperatriz María. Durante ese periodo fue reclamado por importantes catedrales españolas como las de Sevilla o la Seo de Zaragoza pero Victoria renunció a todas las ofertas. En Madrid continuó con su proceso de publicación y divulgación de su obra, vendiendo varios libros de motetes y misas a varias iglesias y catedrales. Como dato curioso, en el contrato de Victoria con su impresor de Madrid para una antología que apareció en 1600, se estipulaba, entre otras cosas, una edición normal de 200 ejemplares; el impresor podía preparar otros 100 más, que vendería en una fecha posterior; recibiendo el compositor 2500 reales. En 1603 publica el “Officium defunctorum” a seis voces, escrito para el funeral de la Emperatriz María, y publicado en Madrid en 1605, con una dedicatoria a la princesa Margarita. Desde 1604 permaneció en las Descalzas como simple organista donde murió casi olvidado el 27 de agosto de 1611.

viernes, 20 de enero de 2012

ACORDES PARA TOMÁS LUIS DE VICTORIA (José María Muñoz Quirós)

ACORDES PARA TOMÁS LUIS DE VICTORIA

josé maría muñoz quirós

 Ávila soledad sonora

El veintisiete de agosto, un caluroso día de verano de 1611, muere Tomás Luis de Victoria, sacerdote humilde y austero, músico genial, autor de una obra polifónica de profundísima inspiración, reflejo de un vivir fervoroso y hondo que, como su vida, alienta una manera de interpretar lo que le rodea y lo que habita en su íntimo desvelo de hombre profundamente espiritual.

Después de su muerte, el silencio y la indiferencia brotarán con fuerza hasta convertirse en olvido. A partir de este momento, el abismo y la lejanía, la  desolación y la noche cubrirán la sombra del músico abulense.

Dos siglos más tarde, hacia la mitad del Siglo XIX, el movimiento cecilianista alemán iniciará una lenta recuperación de su obra, esclareciendo la memoria y el significado de la labor artística de un músico que roza las más altas cimas de la belleza, que adelantándose a su momento histórico escribirá en los pentagramas del alma sonidos eternos.

Tomás Luis de Victoria era hijo del abulense Francisco Luis de Victoria y de la segoviana Francisca Suárez de la Concha. El matrimonio formará una familia de once hijos.
La muerte de su padre, en la casa familiar de Ávila en la calle Caballeros, acontecida en 1557, marcará un línea divisoria en el devenir de la familia.  A partir de este triste momento, será su tío Juan Luis, sacerdote, quien vele por los hijos de su hermano. Será el encargado de trazar el difícil camino que deberán recorrer para situarse en el devenir de la vida, lejos de una angustiosa situación económica que ha llenado de dificultades la supervivencia de todos sus miembros.
Tomás Luis nace en 1548, en Ávila, ciudad que le transmitirá la austera serenidad de la piedra y de la luz. Su infancia estará envuelta en profundos silencios y en sonidos que dormitan en la quietud, en el llanto azul de las campanas.
Cuando contaba apenas nueve años, en 1557, entra al servicio del primer templo de Ávila, en el coro infantil de la catedral, donde va a iniciar su camino hacia el aprendizaje de las técnicas musicales de la época.
Estará sometido a los secretos que la música esconde, a los caminos donde el peligro de volar se transforma en sueños, donde un breve sonido de pájaros enciende los bosques y se encarama en la copa libre de los árboles, en las hojas surgidas en el atardecer. Habitará en los sonidos inocentes que interpretan la luz cuando amanece, en el paisaje de claros campos de trigo sombreados por un viento frondoso. Se asombrará en el caos de la niebla, en la furtiva soledad de las horas, en la clandestina bóveda del alma cuando huye del dolor y se abre en levedad y en frío. Los pasos de la luz quiebran el azul de las palomas al asomarse al último precipicio donde el silencio abisma. La temblorosa música del alba rompe la claridad hasta dejar su paso plateado de rocío, de fría ternura de voces libres, de torres levantadas en la voz de los ángeles.
Una ciudad envuelta en la memoria de Teresa,recorrida por la huella firme y misteriosa del silencio interior. Una ciudad alzada en la altitud de un cielo claro, perdida en los laberintos de la noche oscura, encendida en la llama del tiempo. Una ciudad de sonidos callados en la melodía de las alas de las cigüeñas colgadas en los nidos de las torres. Nueve años de litúrgicos sones, de impulsos intensos hacia la altura de la luz. Nueve años entre gárgolas desnudas en los acantilados del corazón, en la sima gris y pálida de la piedra, arrastrado ya hacia la construcción de la armonía y hacia la vocación del sacerdocio.
Inventará la fuerza que atraviesa la noche en esa incontrolable evasión del silencio. Irá subiendo a la honda cima de las alturas donde vuelan las aves cuando las mece un lento presentir de infinito. Se abrirán las compuertas de los días que escriben con sílabas oscuras el temblor de la nieve. Tú estarás en el fondo de un paraje de lluvia cuando el otoño atrapa la huída hacia lo más alto del camino.
¿Acaso ese alto sueño de la música ha escondido la voz que un niño deja dormitando en el eco? La catedral persigue la luz en las vidrieras cuando la tarde abrasa con su fuego los campos. La infancia está creciendo entre el olor cansado del incienso encendido. El frío va dejando una estela de intensa paloma desvelada. Se escuchan los sonidos de aquel rumor pasado y un niño se despierta entre los dedos tímidos del tiempo.
En 1567 Tomás Luis de Victoria marcha a Roma. Se instala en el Colegio Germánico, bajo la tutela de los jesuitas, donde iniciará sus estudios eclesiásticos.
A finales del año siguiente, abandona el colegio para entregarse al oficio de cantor y organista en la iglesia de Montserrat de Roma. Pasado un año, volverá al Germánico en calidad de  maestro de música de los estudiantes. Los cambios se suceden vertiginosamente. En 1572 va a ocupar el puesto de Palestrina como maestro de capilla del Colegio Romano. La música es el centro de su vida, el eje que hace girar su existencia, su fuerza creadora, su manera personalísima de estar en el mundo. Serán años de búsqueda, de conocimiento, de sereno vivir en la composición musical y en el intenso vibrar de cada nota. Surge la enorme influencia italiana en la manera de estructurar las melodías. Se abre un horizonte de nuevos conceptos, de nueva sensibilidad, de nuevo conocimiento. La mirada interior de Victoria se va a iluminar con las vivencias creadoras sentidas, en lo más profundo, en su estancia romana.
Los caminos se abren, se bifurcan, se ensanchan. La percepción de Tomás Luis de Victoria busca en los nuevos cánones la razón última de su visión melódica.
Un nuevo cambio se produce en 1573 cuando retorna al Germánico como maestro de canto, si bien es posible que simultanease el cargo con el Colegio Romano.
Los confines de la luz abrazan los espacios de Roma, la temblorosa mirada del tiempo sometido, la musicalidad de los jardines cuando florecen tintineando en la piedra secular.
El palacio della Valle será la nueva residencia de los alumnos alemanes del colegio, separándose de los italianos que habitarán el Seminario Romano.
La solemnidad y la alegría del momento de la despedida debe ser regalada y recordada con bellas músicas que el maestro Victoria va a componer, como encargo, para la ocasión. El llanto y la melodía se mezclan y se abrazan en tan singular motivo. Caminando entre antorchas que iluminaban la senda donde la despedida emociona a todos, envueltos en el abrazo que las composiciones de Tomás Luis de Victoria visten de belleza y de armónicos secretos. Roma se derrama en la clara sensación del gozo compartido, en la celebración que el abulense ha creado con su música intuida para el momento.
Cuando el maestro Victoria cumple veinticuatro años, en 1572, publica la primera edición de los motetes. Un total de treinta y tres piezas que están compuestas para cuatro, cinco y seis voces, y para dos coros de a cuatro.
En la portada de la edición podemos leer: «Thomas Luduvici de Victoria abulensis…» la publicación está dedicada al cardenal Truchsses. Los motetes surgen para recogimiento del espíritu, para que la claridad de los sentidos nos invada con sus dones, para conocer las galerías íntimas de la emoción y de la belleza. En el retorno del silencio hemos sabido depositar la grandeza de ese universo que suena y vibra en nuestro interior. Volaremos por el horizonte secreto de nuestra existencia hasta la plenitud. Estos motetes nos ayudarán con el recogimiento de las palabras presentidas en un espacio libre de luz absoluta, para que todos los instantes concebidos por la armonía nos conduzcan al centro del ser, al pentagrama recóndito de la sabiduría, a las riberas del sol cuando nos inflama con el poderoso germen de sus labios, para que no retornemos jamás hasta el olvido triste del olvido.
Uno de los acontecimientos más transcendentales de la vida de Tomás Luis de Victoria tendrá lugar en 1575, cuando contaba con 27 años de edad, maduro y consciente de la responsabilidad que va a contraer. Es ordenado sacerdote después de haber vivido en la ciudad Eterna ocho años. Con este hecho, se llena de sentido su mirada interior, su deseo cada vez más intenso de vivir el sacerdocio como una opción plena y profunda.
Al año siguiente, publica una nueva edición de sus obras. Reúne el trabajo de las ya publicadas con anterioridad, añadiendo cinco misas, el Ave Maris Stella, una Salve Regina y seis Magnificat.
La obra musical de Victoria es ya extensa y de una indudable importancia. Desde su llegada a Roma ha compuesto cincuenta y cuatro piezas, todo un corpus de hondo sentir, de perfecta técnica y de sublime inspiración. Se intuye toda la dimensión universal que el músico va a imprimir en su música.
Roma, su atmósfera, sus calles, el color de sus tardes doradas, la presencia de lo clásico en cada uno de los rincones de la ciudad, toda la historia encontrada en cada muro y en cada piedra, será siempre el espejo donde el polifonista abulense va a encontrarse consigo mismo, desde el espíritu que el sacerdocio ha impulsado en su alma hasta la música que llena sus sentidos con intensa beatitud.
Los caminos de la música polifónica centellean en la sonora luminosidad del alma. La celebración del amor en sus más altos vuelos, la sugerente pasión de lo infinito, todas las ideas sublimes que encienden un apasionado espíritu como el de Victoria.
Una vez más transitan las veredas líquidas de la sabiduría. Desea conocer las palabras que se esconden en la voz, como sostenidas por un hilo de seda invisible, volátil como una pluma transparente. Cada nota impulsa una nueva densidad de viento, una dorada carga de luz, una intensidad desconocida por los sentidos del cuerpo.
El músico no descansa. Cada obra ilumina un espacio más de su sabiduría, una visión nueva de su mirada, un pequeño universo que desarrolla la belleza que un espíritu colmado de sensaciones construye desde la emoción y la verdad.
En 1583 publica los libros de misas dedicados al Rey de España Felipe II. Tomás Luis de Victoria siente que ya llega el momento de regresar a la patria, de retornar a Madrid.
El Rey le nombra capellán de la emperatriz doña María de Austria, que vive retirada en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid.
El anuncio de su regreso a España no se cumplirá en este momento; será preciso esperar algún tiempo más, hasta septiembre de 1587.
Algunos años antes de su retorno, aparece su obra magna Officium Hebdomadre Sanctae, una genial colección de antífonas, motetes, salmos, lamentaciones, responsorios, pasiones, improperios, cánticos e himnos, hasta un total de treinta y siete piezas. Todo un universo de música encendida en la llama más poderosa del sentir y de la emoción que Tomás Luis de Victoria escribió para mayor gloria de la música.
Ya en Madrid, entra al servicio de doña María como capellán. Su vida va a transcurrir deslizándose por los caminos de la creación, componiendo, interpretando, imaginando y sintiendo nuevas obras y, por otra parte, llenarán su tiempo las obligaciones propias del cargo.
En 1592 se produce el retorno a Roma, tal vez impulsado por el anhelo de encontrarse con susamigos, con sus antiguos compañeros que llenaban su vida creadora y espiritual. En la ciudad de Roma vuelve a encontrarse con la memoria que hizo florecer su música de altos vuelos y de intensos silencios.
Un acontecimiento luctuoso va a llenar de tristeza el alma de Victoria. El dos de febrero de 1594 muere su amigo el músico Juan Luis de Palestrina, a los sesenta y nueve años de edad. Esta desaparición golpeará el alma de Victoria, se asentará en lo más profundo de su sentimiento produciendo dolorosas palabras y melodías elegiacas. Su entierro será un ejemplo popular de fervor, un hecho público que muestra a todos la altura humana y la grandeza artística del maestro, del amigo, del músico singular. Tomás Luis de Victoria estará marcado por esta perdida, por la ausencia del hombre al que tanto admira, con el que aprendió a contemplar el alto valle de los sonidos del corazón. La unión que la creación artística consigue es un lazo que nada puede romper, un cordón de sentimientos abrazados, un puente de aguas serenas, un abrazo desde la absoluta compenetración.
Al año siguiente, abandona Roma definitivamente, esta vez ya para el resto de sus días. Regresa a Madrid para servir a la Emperatriz como capellán y maestro de capilla, y más tarde como organista de su hija la princesa Margarita.
El maestro Tomás Luis de Victoria se encuentra en su mejor momento artístico, en la plenitud de su labor como polifonista. La vida en las Descalzas Reales de Madrid va a suponer para el abulense un periodo de enorme riqueza creativa.
El nuevo siglo traerá para Victoria el último recodo de la costa de la vida, la última etapa, y con él, la creación de nuevas obras y nuevos desafíos musicales. En 1603 muere la emperatriz María para cuyos funerales compone su Officium defunctorum. Esta obra madura, publicada dos años más tarde en la tipografía regia de Madrid, va dedicada a la princesa Margarita, hija de la emperatriz. Esta formada por la Missa de pro defunctis, un motete, el responsorio y una lección.
En el oficio de la muerte se alzan los invisibles secretos de la cadencia del mundo que traspasa la soledad de los sentidos, una sima de libertad, una luz que cuando irrumpe en nuestra noche ilumina, en ese instante, lo vivido, y enciende el alba con sus sueños, esclareciéndonos el corazón. El oficio de los difuntos es un alargado ciprés sin sombra, una celebración del inmortal deseo de ser eco en el viento del alma. Cuando la música es voz, sonido encerrado en sus límites, se ordena el tiempo y se determinan los espacios en un horizonte sin orillas, en un campo de sereno abismo. Tomás Luis de Victoria precisa más altura para rozar, en los desnudos torrentes del aire, las notas perdidas en los vuelos más profundos de la muerte.
Un nuevo oficio va a desempeñar después de la muerte de la Emperatriz. Será nombrado organista de la iglesia de las Descalzar Reales.
La música del órgano resuena entre los muros anchos del convento real. Un rayo pálido y naranja atraviesa sutil el ventanal, y se escuchan los tímidos rescoldos de las notas que huyen entre los arcos de la nave. Las gotas de la luz cenital dibujan un pájaro de fuego. El maestro mueve sus manos como vencejos que buscan, en la oquedad del muro, su nido oculto. Se desentraña el territorio de la claridad de la voz, el frágil aliento de las flores desnudas, y la penumbra, una vez más, anhela traspasar los dedos del alma. El olor de las azucenas se disuelve en el vacío de su pureza de nieve. La música entorna las puertas de la mirada de las vírgenes, el dolor de los cristos abatidos en la cruz. Desde el coro, como ángeles serenos, se oyen las voces inocentes que alaban a Dios.
Los últimos años de la vida de Tomás Luis de Victoria trascurrirán en calma, acompañado poralgunos de sus hermanos, en las casas cercanas al convento, en la calle del Arenal, en plenitud de sus sentidos, sumido en la música como en un lecho de armonía y de paz.
El humilde sacerdote, el compositor genial, uno de los más grandes creadores de emociones intensas, el artista de la polifonía, morirá en ese lugar entre los sueños que envolvían el paso lánguido de las horas, en su última misión musical, en el tránsito definitivo de su labor y de su vida.
Entre sus obras encontramos los más originales sonidos de la polifonía de todos los tiempos. Siglos más tarde, se rendirán a su legado todos los músicos del mundo.
Victoria será enterrado en las Descalzas Reales. Desconocemos el lugar exacto donde descansan sus restos. El abulense, como la voz de un himno sin fronteras, pertenece ya al secreto de la soledad, a la hondura de los que habitan la paz, al inquietante destello de lo infinito.
Su música y su memoria son hoy de todos,llega hasta todos, vive en todos. El secreto de su grandeza culmina sus páginas de genialidad en el fértil silencio del alma.  
La muerte es la celada de los hijos de la noche. Trampa desnuda, hueco donde caemos doloridos hasta el pozo de la indiferencia. Sobre Tomás Luis de Victoria se cierne la lápida del desencanto, la caótica armonía de la desolación que no sabe contemplar la verdad. Los años se suceden hasta los precipicios del olvido, y en ese paisaje desnudo habita como un pájaro solitario escondido en las ramas del árbol más alto. Y cuando el vuelo retorna, ya calmado elcorazón en la serenidad de su labor secreta, la música nos acaricia los sentidos hasta ascender al paraíso de lo infinito. Ya Tomás Luis de Victoria nos muestra la grandeza sublime de su genialidad transformada en música, en el lenguaje de lo invisible, en el reflejo luminoso que ha construido con la belleza más inmensa y eterna. Su música sobrevive sobre cualquier sombra, se escucha por encima de todos los silencios.