miércoles, 22 de junio de 2011

Apartamiento absoluto de las corporaciones locales de la Política (Elías Romera, Administración Local, Almazán 1896)

II

Apartamiento absoluto de las corporaciones locales de la Política, privando a sus vocales y empleados del sufragio en las elecciones de representantes en Cortes y recíprocamente á los empleados del Estado en las Corporaciones populares.Otro procedimien­to para elegirlas.

Aestimes, non númeres.

Seneca.

El sufragio universal quiere como comple­mento el bienestar universal, pues es contradictorio que el pueblo sea á la vez miserable y soberano.

TOQQUEVILLE.

Todas las tiranías deben de reprimirse, comenzando por la de las pasiones que es la más incurable y la más peligrosa para la libertad.

LAURENTIE

No habremos de repetir aquí. ya que con tanta insistencia, acaso hasta la molestia rayana á la prolijidad, hemos señalado anterior­mente la honda huella y la perturbación funesta que la hedionda po­lítica ha producido en las corporaciones locales, así que al señalar la etiología de su actual estado patológico la reconozcamos como gene­ratriz de casi todos los males que padecen y por tanto la higiene y la terapéutica nos habrán de prescribir como primera medida salvadora el aislamiento absoluto del foco de la corrupción, de donde parte el contagio, practicándolo desde luego al proponer la privación absoluta del sufragio en las elecciones de representantes en Cortes y en las cor­poraciones locales á los individuos de ayuntamientos, así como á sus empleados, á los Diputados provinciales y empleados en las corpora­ciones provinciales, a los Diputadas de las Regiones con todos sus empleados. La medida la conceptuamos indispensable, como necesaria es la extirpación de la última célula cancerosa, á fin de que el epi­telioma no se reproduzca y concluya con la vida municipal. La medi­da del procedimiento curativo acaso les parezca á algunos espíritus exaltados y á no pocos vividores egoístas algo radical y acaso retró­gada, mas los que tal digan ignoran que la poca templanza del enfermo hace al médico ser cruel. Crudelem medicum iutempe­rans ceger facit, según Séneca, pero hay ciertas enfermedades con las que no se pueden ni deben usarse paliativos, pues solo las cura el bisturí o el hierro candente y aquí en la extirpación abso­luta con el cáustico actual estriba la salud del enfermo. Si oculos tuus, dice Jesucristo, scandalizat te, erue euro. Si tu ojo te es­candaliza sácatelo. Fuera, pues, sufragio que nos corrompe el alma y el cuerpo, individual y colectivamente, porque no es más que el soborno en los elegibles y la venalidad en los electores, la gangrena en todos y una farsa tan indigna como inmoral. El sufra­gio por censo, ha dicho un insigne publicista, nos lleva á un Estado por acciones, basado en la cultura, á un Estado todo cerebro, el universal al predominio brutal del número, el voto secreto al rebajamiento de la dignidad y de la conciencia». El voto restringido, el procedimiento acumulativo, el cualitativo, el de cociente, el dinámico teorías formosae superne, pero todos no pueden evitar que el sufra­gio sea, como no puede menos de ser, la expresión no genuina de las energías tal como se dan en la vida social, sino la de todas las fla­quezas humanas representadas en tos afectos del corazón, estimula­dos ordinariamente por la bastarda ambición que tanto impacienta é inquieta a los hombres cuyos ojos suelen tener por objetivo el medro personal encubierto con falso patriotismo. Mientras el voto sea un favor y un título para merecer, la política será una perturbación en el gobierno de las Naciones y redimiendo á las corporaciones popu­lares de la tiránica y odiosa política, esta habrá de marchar por otros cauces mas puros y mas obligados y nuestros partidos polí­ticos tendrán que buscar su fuerza en la opinión pública, de forma que todos saldrán gananciosos en esta regeneración y depuración político-administrativa y que llegará á ser hasta nacional. El cuerpo electoral se paga de promesas de pretendiente, prefiriendo, como dijo el famoso agente electoral romano C. Cotta, una mentira á una negativa, pues esta previene antes de la elección y el desengaño siempre es posterior á ella. La corrupción electoral de hoy es un plagio de la de Roma en sus diversos agentes nomenclatores, reques­tres, intérpretes ,y divisores, y sus centros electorales sodalitates que con tanta precisión y. cinismo nos describe el mencionado Cotta.

Nosotros conceptuando no un derecho sino un deber del país de gobernarse á si propio, estimamos por ende obligatoria la emisión del voto y a fin de realizar la dignidad y el valor moral individual sostendríamos que fuese público como es en Suiza y lo fue hace poco más de 20 año en Inglaterra, pero si el sufragio universal es un bello principio, es muy difícil hallar un procedimiento de emisión que garantice la libertad, la independencia y la sinceridad, así como también la capacidad del elector; es preciso ,pues, precaver en la ley de procedimientos hasta la sospecha de la presión, cuanto mas la coacción, así como la suficiencia del elector, pues de no realizarse en plena libertad el voto no hay para que estimarlo ni darle valor alguno, ya que procedan estas deficiencias de falta de sinceridad unas veces, de la presión otras y no pocas de la incapacidad del elector, como sucede en el voto secreto por papeletas á los que no saben leer; y como el asegurar y garantir el voto de libertad y capa­cidad es imposible á la humana naturaleza, de ahí que debe de recha­zarse el sufragio directo. A posteriori también habremos de excluirlo y hasta de proscribirlo si nos fijamos en los resultados prácticos que le han valido el descrédito mas notorio v solemne, hasta el extremo que no hay nadie qua de buena fe lo defienda sino en el terreno es­peculativo. ¿Quién ha de tener el valor de defender el sufragio direc­to universal ó restringido al ver en todas las Naciones y especial­mente en España las coacciones y violencias en los gobiernos, las intrigas, las trampas, las añagazas, los abusos, los ardides, las trapa­cerías, los amaños, tropelías y chanchullos y el soborno en los elegi­bles y sus muñidores y sectarios; los excesos, el miedo y la venalidad en los electores? ¿Qué consecuencias son de esperar de tales premi­sas, sino las candidaturas oficiales dominando al cuerpo electoral, esa carne de cañón de todas las concupiscencias y Juan soldado de todas nuestras luchas políticas, corrompido á merced del que manda ó del que mas da, el cunerismo imperante, la política relajando to­dos los resortes de gobierno y perturbando a la sociedad en todos sus fundamentos; muchos candidatos arruinados por las luchas elec­torales y buscando arreglos y compensaciones para nivelarse aun á costa de pasarse la mano por la cara, luchando por la existencia y, la plutocracia, por tanto, en auge; los distritos explotando antes y des­pués de las elecciones el botín de guerra, lo mismo del vencido que del vencedor y de los secuaces de ambos; el periodo electoral siendo una saturnal qué tiene abiertas las válvulas á todos los abusos, dándose patentes en corsa por todos los contendientes; la estatua de la Ley parece la cubre un tupido velo que la envuelve entre sombras; los electores, unos, los que viven y gozan en la orgía, en las baca­nales, insaciables como voraces tiburones, ansiando una elección por semana, otros, los amigos del orden y de la tranquilidad y que no les agrada les perturben en sus faenas, huyendo de la urna como de la peste, algunos, no pocos por cierto, yendo á votar poco menos que arrastras, todos sin libertad y sin fe en lo que hacen, descorazonados y asombrados de este luctuoso presente, sin esperanza en el porve­nir, siempre conociendo á los mismos perros con distintos collares; con la energía y hasta con la virilidad malgastada , extenuada en luchas estériles: los pueblos y hasta las familias ardiendo en escisiones y en odios á muerte; las venganzas por doquier y los rencores atizando las pasiones, conturbando los ánimos de las conciencias mas sólidas y las cabezas mejor equilibradas, y de ahí hombres hon­rados que unos van al sepulcro y otros á pervertirse en las sentinas de nuestros presidios; ruinas de familias y de pueblos; unos cele­brando la victoria y disfrutando como Aníbal en Capua, otros do­liéndose en la derrota, pero ansiando con vehemencia la revancha; una acta de concejal ó de Diputado para acaso no acordarse mas de sus representados, por ocuparse demasiado de sí mismo, convir­tiendo el cargo augusto de representante del pueblo y de legislador en vil granjería, ya que no en un salvo conducto, en un amuleto para lavar manchas y limpiar culpas. ¡Cuánto cierto es que cuando se siembra cizaña imposible es que se recoja trigo! Allí están los obre­ros, los materiales y la labor de las elecciones por, sufragio mas ó me­nos restringido, en mas de medio siglo de experimentos tan prác­ticos como dolorosísimos, ¿Se atrevería nadie, sino un dementado, á someter ningún asunto á un tribunal cuyos magistrados, unos sean incapaces, otros estén cohibidos, estos amedrentados, aquellos apasionados, estos otros concusionarios y todos sin libertad para dar el fallo conforme á su conciencia y como procede en justicia? Pues eso y no otra cosa, dígase lo que quiera, eso es el sufragio directo con o sin el censo. ¡El sufragio no es mas, pues, que el ins­trumento de la tiranía, de la corrupción! ¡No se cogen higos de los espinos, ni de las zarzas racimos de uvas! como dice el adagio. Ese spoliarum político social es digno de mirarse con atención y deten­ción por los hombres pensadores y sobre todo por los Jefes cíe nues­tros partidos políticos para que pongan pronto, eficaz y saludable remedio y nos libren de esta peste comicial que padecemos hace muchos años, y que nos va á conducir donde nadie puede predecir, porque se está jugando con fuego con una temeridad pasmosa. ¡Las listas electorales no bajan hoy de costar a las Diputaciones la friolera de un millón de pesetas, doble ó triple á los ayuntamientos, doscien­tas cincuenta mil los gastos y excesos de las elecciones provinciales y un millón lo menos las municipales! Apúntense esas cifras los entusiastas del sufragio universal.

El self government, ha dicho el austero Azcárate, no solo con­siste en votar, pues, el pueblo que vota no es dueño de sus destinos, eso es confundir la representación con la delegación y autorizar las dictaduras parlamentarias. Un hombre experimentado en política y en administración afirma que, del pueblo que posee á la vez la liber­tad y la centralización administrativa y sobre todo sin disfrutar el sufragio universal, no puede ni dirigirse desde el poder ni gober­narse á si mismo». Bluntschli renombrado profesor a la Universidad de Heidelberg dice, que el sufragio universal ha convertido el cuer­po electoral en un montón de arena que deshace el viento y después de flotar en menudo polvo por la atmósfera, viene á caer sobre la tierra en revueltos torbellinos. Lorimer afirma que el sufragio ha convertido al cuerpo electoral en un rebaño que se valúa por el nú­mero de cabezas solamente. Los que consideran el sufragio, (dice Toquevilla, cuya autoridad no puede rechazar ninguno que de demócrata se precie) como una garantía de bondad de las elecciones se hacen una ilusión completa. Con el sufragio universal, ha di­cho el diserto D. Francisco Silvela, se podrá gobernar una Nación, pero es imposible administrar bien, ni los municipios ni las Diputa­ciones, y una experiencia tan larga como dolorosa y concluyente viene á comprobar esa afirmación tan acertada de ese conspicuo español, mas hombre de administración que sectario político.

El sufragio es una función y no un derecho y por tanto exige condiciones en el que ha de ejecutarla para que esas condiciones capaciten y garanticen el buen desempeño de esa función tan augusta. La libertad política, mejor dicho, el voto no puede tener ninguna estima para los que carecen de bienestar y por eso venden el sufragio al quien se lo paga ó por agradecimiento á quien les da de comer ó dis­pensa favores, por eso raras veces cada voto es la expresión de la vo­luntad del elector cae ahí que la libertad política sin el bienestar sea una miserable é hipócrita servidumbre. Además el cuerpo electoral falto de criterio, anémico de energía y apático por inercia no busca como debiera a los elegibles mas aptos para los cargos populares, sino por el contrario, se deja arrastrar y hasta imponer por los inquietos é in­trigantes mangoneadores políticos que casi todos llevan segundas miras al presentarse al público sacrificándose como redentores del pueblo el que deja olvidados en sus casas á los que realmente pudieran administrarlo y regenerarlo, postergándolos por gente mañosa é intrigante que más busca en esos cargos los provechos que la honra que confieren cuando bien se desempeñan.

Una de las consecuencias mas funestas del falseamiento del su­fragio por codicia del poder es la esclavitud voluntaria á que se somete el país envenenado par el peor de los tóxicos, por el indiferen­tismo y por el pesimismo que lo tienen anestesiado, sin esperanza de alivio, solo confiado en la Divina Providencia, porque los hombres no solo lo tienen abandonada sino aniquilado y envilecido. Las cor­poraciones populares esclavas también del poder tienen perturbada su administración por la deletérea política, así que es preciso para bien de los partidos políticos y sobre todo para bien del país que cese esa corrupción tan nauseabunda, deprimente y letal del oro, del miedo y de la ignorancia, por lo menos para las elecciones de la administración local, separando el electorado político del de las corporaciones administrativas locales y que el poder ejecutivo en vez de ser el árbitro de los destinos de la Nación, sea no mas un so­berano que reina sobre un pueblo que se gobierna á sí mismo y así concluirá el divorcio creado entre la sociedad y la política, y con­cluirá también la corrupción de electores y elegibles, no menos fu­nesta á los pueblos que la de los reyes y cortesanos, y se atenuará la acción letal del caciquismo, ese parásito del sistema parlamentario. El partido obrero, que se va al fondo de la cuestión, llama al sufragio universal arma de papel con la cual no puede hacerse daño alguno al adversario y este hiere de muerte al proletariado. Los socialistas concluyen por rechazar el sufragio universal coma una insulsez política con que se quiere entretener y engañar al pueblo que si legal­mente ha sido proclamado soberano, en realidad sigue siendo esclavo Observa Laveley, que existe una gran atracción natural entre la soberanía y el sufragio universal, que habrá de imponer en tiempos no lejanos, un nuevo orden social, y de ahí el antagonismo que, se­gún Secretán, existe entre el orden económico actual y el sufragio universal del cual no saben como desprenderse los países en que funciona y presagia grandes trastornos el día que ese antagonismo estalle; porque, como dice acertadamente el mismo Laveleye, la li­bertad política de que el obrero solo hace uso de tarde en tarde, no puede en modo alguno compensar su servidumbre en el orden económico.


Rechazando, como rechazamos en absoluto la ingerencia de la mefítica política en las corporaciones populares á quienes es preciso redimirlas de la esclavitud en que las tienen el bastardo egoísmo de nuestros partidos políticos, esa plaga social que hay que extinguir por inanición, dicho se está que no admitimos para la elección de las corporaciones locales ni el sufragio universal, ni el restringido, ni el procedimiento acumulativo, ni el de cociente, ni el de coeficiente, procedimientos muy bonitos y muy alambicados como hechos para el juego á turno de los partidos en el poder con minorías que di­viertan al país y con mayorías que se lo coman, pero que ninguno de esos procedimientos electorales está libre del soborno en los ele­gibles, ni de la venalidad de los electores, ni de la corrupción de unos y otros, y sobre todo de la influencia oficial. Las corporaciones lo­cales se deben de dedicar á administrar y fomentar sus intereses morales y materiales exclusivamente y por tanto debe evitarse a todo trance, con toda previsión y con toda cautela, que continúen en manos de sectarios y del proselitismo, rescatándolas de la servi­dumbre en que viven y regenerándolas con savia nueva y con san­gre pura y oxigenada que las vivifique y las haga robustecerse y desarrollarse dentro de su propia órbita, para bien de sus adminis­trados y de la prosperidad nacional que está encarnada exclusiva­mente en la vida local. El cuerpo electoral debe de fijarse en lo que el gran Le Play llamaba autoridades sociales, es decir, en los hom­bres de bien, proba vira, esas nobles figuras independientes y honra­das que extrañas á las agitaciones de la vida pública y absorbidas por la práctica de un arte ó de una profesión, son los mejores maestros de la vida y del gobierno local que de hecho dirigen en todos los pueblos prósperos, inspirando respeto, afecto y consideración, ejer­ciendo su influencia por el régimen de coerción moral, porque ansían la paz social, de ahí el patronato que deben de ejercitar sobre las corporaciones populares. Pero desde que se han desarrollado las costumbres llamadas democráticas, estas autoridades están menos dispuestas que nunca á afrontar los crecientes rigores del sufragio popular y la dura competencia de los que lo soliciten, y por otra parte como carecen de las pasiones que tanto gustan los partidos políticos y de la flexibilidad de carácter que permite el acceso cerca de los go­biernos, apenas atraen hacia ellas la atención pública, quizás porque brillan en la vida privada, en el hogar de la familia, verdadera escuela del ciudadano así para mandar como para obedecer, es decir, pa­ra aprender las prácticas de libertad y de autoridad bajo la égida del amor paternal, y estos grupos sociales son el plantel de los dignatarios del gobierno local, como este es y debe ser el semillero de donde salen las notabilidades que han de tomar parte en la admi­nistración de las Provincias y del Estado.

El procedimiento que proponemos para la elección de las cor­poraciones locales, esta libre de la despótica coacción oficial, de corrupción tiránica de los elegibles y de la cínica venalidad de los electores, y, con él se ahorran los gastos y excesos de las elecciones, esas fiestas de Baco, gastos que no son partida moral y materialmente despreciable, pues no bajan de 2.50.000 pesetas cada elección provin­cial y 1 .000.000 las de concejales, y esos gastos son la causa de que impere la plutocracia en las corporaciones locales y cuyo monopo­lio concluirá con este procedimiento electoral; es decir tiene todas las condiciones apetecibles para que de los comicios salgan admi­nistradores de los bienes comunales, no explotadores del cargo; pero tiene un leve defecto, que es procedimiento indígena, es decir, genuinamente español y acaso por eso, a pesar de su virtualidad y de los prodigiosos resultados en siglos que ha viene usándose, haciendo la felicidad de los que la aplican, quizás por eso, repetimos, poco conocido, si es que no deliberadamente olvidado por prevenciones, tan incomprensibles como injustificadas ante la sana razón y ante la conveniencia pública, de todos nuestros gobernantes, pero ya aplicado con acierto para el jurado. A fin de evitar tanto mal y co­rrupción tanta, hay que ir a la insaculación, no de los elegibles, sino de los electores, al juramento de los compromisarios electos á suer­te y á su incomunicación inmediata y absoluta y no suspendiéndose el acto hasta lograr elección, y por último condicionando suficien­temente las cualidades de los elegibles; así todos y ninguno tendrán derecho electoral. A este fin la ley prescribirá el día que ha de hacerse la elección que habrá de ser festivo, reuniéndose todos los electores de cada sección ó colegio, siendo el presidente el de mas edad y actuando de secretarios los dos mas jóvenes; á esta junta con­currirán personas debidamente apoderadas de viudas y menores quienes tendrán el concepto de electores, pues anómalo es no ten­gan intervención en el común cuando las leyes civiles les reconocen personalidad jurídica. Los electores que no concurran á la convo­catoria, pagarán diez pesetas de multa al erario municipal, perde­rán la capacidad de elegibles en la elección convocada y el de electores y elegibles en las dos siguientes. El que reincidiese será corre­gido con doble multa y á la tercera vez entregado á los tribunales. Se pondrán en papeletas todos los nombres de los electores, que será precisa condición sean mayores de edad, sepan leer v escribir, llevar dos años de vecindad, ser de estado seglar, no estar incluidos en las listas de beneficencia y no cobrar de fondos del presupuesto del Estado ni de las corporaciones locales, ni ser miembro de ellas.

Una vez colocadas en la urna todas las papeletas con el nombre de los electores que irán leyéndose al depositarse en ella, se las mezclará bien y por un niño menor de ocho amos se sacarán nueve pa­peletas y los electores cuyos nombres contengan serán los compromisarios; sino estuviesen todos presentes se completarán sacando las papeletas necesarias, procurando siempre remover la urna cada vez que se saque una papeleta. Inmediatamente los compromisarios prestarán juramento ante el Presidente de cumplir fiel y lealmente su deber por el bien público y serán incomunicados en habitación aislada é inmediata á la que se verifique la reunión de electores, sus­pendiéndose la sesión. Reunidos los compromisarios, se constitui­rán en junta bajo la presidencia del de mas edad, actuando de secre­tario el mas joven y enseguida después de deliberar sobre las personas que crean mas aptas para el cargo, procederán á la elección de la que consideren mas meritoria, por votación nominal a pluralidad de votos, extendiéndose por el secretario el acta que firmarán todos los compromisarios y que se entregará por el compromisario pre­sidente al que lo sea de la junta electoral, el que dará cuenta á los electores del acta de elección y después de extenderse acta de todo, así como de las protestas si las hubiere, pasará inmediatamente todo lo actuado al ayuntamiento, levantándose la sesión. Si no hu­biese habido elección, por no ponerse de acuerdo los compromisa­rios y resultar no tener mayoría ningún candidato, se hará constar así en el acta de reunión, dándose cuenta inmediatamente al colegio para proceder enseguida á sacar á suerte de la urna otros nueve electores que sean compromisarios, procediéndose según queda va indicado, hasta lograr se verifique la elección, y si fuese nece­sario recurrir hasta terceros compromisarios, estos quedarán en sesión permanente é incomunicados también, hasta lograr se verifi­que la elección. Los compromisarios no podrán aceptar, ni ellos, ni sus padres, hijos ó hermanos, cargo alguno retribuido en los pre­supuestos del Estado o de las corporaciones locales, excepto los pro­vistos por oposición, mientras estén en ejercicio los concejales electos. Los ayuntamientos procurarán hacer la división de colegios de forma que á cada uno le toque elegir un concejal, dividiéndose en secciones de 100 á 200 electores cada una cuando más; cada pueblo agregado para constituir ayuntamiento formará colegio separado; al día siguiente de la elección se hará el escrutinio por los secretarios de las secciones, que llevarán copia del acta respectiva y credencial, que acredite su nombramiento; el escrutinio se hará á presencia del ayuntamiento reunido al efecto, quien resolverá en el acto sobre e las protestas ó incapacidades de los electos.Para ser elegible se requieren las condiciones siguientes:

1ª Ser elector.


2.ª Llevar cuatro años de vecindad.

3.ª Estar rehabilitado en caso de haber hecho quiebra.

4ª Haber sido declarado inculpable en caso de haber sido con­cursado.

5ª No estar procesado ni haber sido condenado por comisión de delito.

6ª No ser deudor á los fondos de las corporaciones, ni del estado, ni aun como segundo contribuyente.

7ª No cobrar de sociedades subvencionadas por el Estado ó por corporaciones locales.

8ª No estar impedido intelectualmente, ni tener impedimento físico que le imposibilite para el cargo.

9ª No haber ejecutado actos ni omisiones, que aunque no penables, los hagan desmerecer en el concepto público.

10º No tener contienda con el Ayuntamiento o Diputación provincial.

Los jueces municipales no serán electores ni por tanto elegibles. A los que han de recibir y desempeñar los cargos populares es preciso inculcarles que deben de recibirlos como una carga y como un deber, con su inmediata responsabilidad, mirando al cumpli­miento de este deber como una obligación de justicia y realizándolo con acendrado y puro amor y con ferviente celo sin desmayos por el temor, sin olvidos por el egoísmo y sin debilidad por mezquinos apasionamientos; no recibiendo la investidura de magistrados del pueblo por satisfacciones de pueril vanidad, ni por la ambición tirá­nica de mando, ni por el vil deseo de bajas venganzas, ni por mez­quinas miras egoístas, ni por el desvanecedor deseo de un encum­bramiento ¡no! que todo eso envilece á los hombres y tiene deshon­rados esos cargos á los que deben de ir los que se sientan capaces y sobre todo enardecidos por el amor á sus ciudadanos y al pueblo donde viven, en una palabra, que tengan conciencia clara de sus deberes y muy presente la sana doctrina que encierran los siguien­tes versos del letrero colocado sobre la puerta del consistorio de Mondoñedo.
Aquí dentro no ha lugar
Pasión, temor ó interés,
Solo el bien público es,
lo que aquí se ha de mirar
.

Todos los cargos de las corporaciones populares serán insolicitables, obligatorios, irrenunciables, juramentados, periódicamente renovables, irreelegibles, gratuitos y sujetos fetos a responsabilidad, habiendo de ser residenciados los que los desempeñen al cesar en ellos. lnsolicitables, para cortar las intrigas y corrupciones, no pu­diendo ser electo ninguno que lo haya gestionado de los compromi­sarios de palabra, por escrito ó por tercera persona. De esta manera los electores buscarán á los que merezcan ser elegidos y no se dará el escándalo de que la ambición y el egoísmo se echen por esos mundos de Dios, con la vergüenza á la espalda y la audacia al rostro á excitar y mover acaso demasiado persuasivamente al cuerpo elec­toral, que de ordinario se vuelve todo oídos y se deja querer asazmente. Obligatorios, por ser un deber de todo ciudadano la gestión del procomún. Irrenunciables, por la misma razón que sin obliga­torios. Juramentados, porque al recibir una investidura por minis­terio de la Ley no pueda rechazarse á sí propio, no debiendo negar la Ley que lo eleva, sin inconsecuencia y sin deslealtad manifiesta. A los demócratas que rechacen el juramento, debemos recordarles estas palabras de una autoridad para ellos irrecusable. Tocquevílle. «Me inclino a creer, que si el hombre carece de fe, no puede ser libre y que si ha de mantener la libertad, es preciso que crea en Dios”. Periódicamente renovables por terceras partes, para evitar la avaricia del poder y los abusos que son consiguientes y por terceras partes para que la experiencia, el hábito y la tradición no se pierdan en la administración local y ésta quede al propio tiempo impregnada de la variable opinión pública. lrreelegibles, para evitar las ambiciones personales, las coacciones autoritarias, el santonismo y las dictaduras del caudillaje. Gratuitos, para que jamás exciten la codicia del que los desempeña, ni el ansia de poseerlos. Sujetos a responsabilidad , si la responsabilidad es consiguiente á todo acto humano, con más razón debe exigirse a los mandatarios del pueblo, para quien esa responsabilidad es una garantía y así se evitarán las arbitrarie­dades. Incompatibles con todo otro cargo electivo ó retribuido, para evitar toda querencia al mando y que el acumulamiento de obliga­ciones impida el buen desempeño del cargo. Residenciados, para dar el veredicto y la sanción popular á su gestión administrativa y hacer efectivas las responsabilidades si las hubiere ó el certificado ó atestado de la estimación y del agradecimiento del pueblo á sus ma­gistrados que !layan cumplido como buenos en el desempeño, de su cometido.

La irreelegibilidad evitará que jueguen á repetir los políticos de ofi­cio que le han tomado el gusto al cargo, desahogando sus apetitos en el mangoneo, y con ella también desaparecerán los enfatuados que en su reelección fundan el pedestal de hombres necesarios sin los que la administración local habría de dejar de funcionar y tener qué pararse, porque sin sus luces y sin su impulso todo queda a oscuras; la irreelegibilidad también condenará á perpetua oscuridad á muchos faroles que van a las corporaciones locales, como van á las cofradías, á las juntas de casinos y de sociedades cómico-lírico-dramáticas y a todas las juntas y juntillas habidas y por haber, tan solo por exhibir su entidad y por dar a conocer sus universales aptitudes y que por cucharear en todo, resultan estos zascandiles meticones, como dicen en Castilla, unos destripacharcos, por supuesto siendo en todas partes unas hormiguitas que no van ni vienen en balde y unas abejitas que de todo elaboran cera y miel. A los que creen que la reelección es el premio al buen desempeño del cargo, habremos de manifestarles que hemos llegado por desgracia á unos tiempos tan menguados y conturbados en que el cumplimiento del deber necesita de esos alicientes y de esos vanos estímulos, pero también suele ser ordinariamente el pretexto para encumbramiento del egoísmo solapado y de bastardas ambiciones que hay que acallar y extinguir con mano férrea y sin contemplación. Una circunstancia tan solo pudiera abonar la relación: la práctica y conocimiento que de la cosa pública se adquiere con la larga permanencia en los car­gos de la administración local, pero esta no es tan difícil, inescru­table é incomprensible para los hombres de buena voluntad y celo­sos del bien público que no olvidan que los cargos populares son una carga a onerosa y gratuita que hay que conllevar por adra, y no explotarla como un monopolio de políticos cucólogos, que han constituido una oligarquía en los tiempos democráticos que corremos. Por otra parte los grandes y extraordinarios servicios, esos que dejan huella y remembranza en las generaciones, esos se recom­pensan con premios y galardones que hagan tan imperecedera la abnegación y fama renombrada de los que lo merecieron, como el perdurable agradecimiento de los que los otorgaran, sirviendo así de modelo ejemplar y de edificación perpetua á la posteridad.

La renovación de las corporaciones populares se hará por terce­ras partes á fin de que la administración local no sufra cambios tan frecuentes en su personal, cambios que tanto malean y tantas con­cupiscencias despiertan, resultando así que el elemento permanente preponderara sobre el variable, y de esa manera se evitarán revan­chas de los bandos, que tanto enardecen los ánimos; el prolongar­se la duración de los cargos por seis años, resultará en beneficio de la práctica y experiencia administrativa, que es lo que debe procurar el legislador. La movilidad tan característica de las democracias, de­be realizarse en la írrelegibilidad extensiva hasta el padre, hijo ó her­mano del que cese, á fin de prever y evitar el cesarismo y caudillaje que de servidores del pueblo se conviertan en amos. El hueco menor o sea el plazo de tiempo que puede existir para la reelección ha de ser igual al tiempo que dure el carpo, es decir que entre la cesación y la reelección han de mediar una elección ordinaria. La responsa­bilidad á los concejales se la exigirá residenciándolos lea asamblea municipal.

Este procedimiento electoral tan sencillo como libre de toda coacción, es ni más ni menos que el que preceptúa la legislación vas­congada. «Esa organización político administrativa que (ha dicho un sesudo escritor) es un conjunto que se admira por su sencillez, por su armonía y por la solidez que se advierte en la parte y en el todo del mecanismo que lleva siglos y siglos funcionando sin el me­nor quebranto. Las ruedas de los concejos, de los ayuntamientos, de las hermandades v de las cuadrillas de la Provincia, marchan con toda regularidad y orden en sus respectivos centros, sin rozarse mas que lo que es indispensable para producir el movimiento y el enlace general que constituye el mas perfecto sistema digno del estudio concienzudo de los filósofos y publicistas que se admiran de este pueblo, que lo mismo hoy que en los siglos que pasaron y los que están por venir, ni ha deseado, ni desea, ni deseará otra cosa, que conservar este sagrado depósito de buena administración y felicidad pública. Los grandes fenómenos político-sociales, son insignificantes si se comparan con este. La historia, la vida de todos los pueblos se emplea en variaciones estériles, en continuas y sangrientas luchas de administración y de gobierno. El pueblo vascongado es el único en el mundo que permanece siempre incólume entre el cúmulo de ruinas que cubren el universo. ¡Bendito sea Dios una y mil veces ben­dito! por haber elegido pueblo tan reducido y pobre para ejemplo tan grandioso, para confusión y enseñanza de la soberbia humana. (Or­tiz de Zárate). En el Congreso de_ Viena en 1.814, dijo un diplomá­tico, par cierto no el Español, hablando de la organización vascon­gada: Conservemos ese grano de almizcle que perfuma toda Europa.¡ Y pensar que nuestros gobiernos en su insensatez y en su demencia han intentado y han atentado contra ese precioso organismo, cuan­do lo más patriótico hubiese sido hacerlo extensivo á toda la Na­ción, igualándonos y unificando nuestra legislación municipal y pro­vincial, no por depresión como se ha hecho, sino por elevación!

No desconocernos !os inconvenientes que presentará en la prácti­ca y las prevenciones que ha de despertar el procedimiento electoral que proponemos al aplicarlo en las graneles poblaciones, en cuyos colegios el número de electores será considerable y por tanto mu­chas las secciones y también por ser acaso exiguo el número de com­promisarios que proponemos, porque de ser mas extenso dificultaría la elección, pero no vemos inconveniente que sea proporcional al número de electores en un 10 por 100 en cada sección ó colegio. De no aceptarse el procedimiento electoral vasco que tan admirables resultados da en aquel admirado país tan diestramente gober­nado y que conceptuamos que ese modus elegendi sería la panacea para el resto de España, podría en otro caso adoptarse el sistema dinámico de Lorimer, algo atenuado en su acumulación de votos, en combinación con el de cociente ideado por Andrae que sería aplicable para la administración local, pero no libre de la coacción de los elegibles, de la influencia oficial de los gobiernos y, de la ve­nalidad de los electores, y por tanto...........................

Los elementos tan valiosos que están alejados y hasta asustados de las miserias de nuestra estrecha política, serían atraídos á los car­gos populares, haciéndoles á estos mas independientes del poder, va­riando el procedimiento electoral, instrumento de los mas intrigantes, de los mas audaces y de los más embaucadores ó de los que mas re­cursos cuentan para manejar la voluble y asaz asequible mayoría de los electores; las personas de probidad, los hombres de bien irían á prestigiar y rehabilitar esos cargos deshonrados sino fuesen tan políti­cos como poco administrativos, tan públicos si fuesen menos privados, y después las nulidades que llegan a ellos, todos sabemos como se engríen y se enfatuan en ellos y, se engolondrinan con ellos, creyendo en su inepcia y en su nesciencia, solo comparables con su tan osada ambición y mareo cerebral, que son acreedores á tanta distinción y sobre todo que están honrando el cargo, y, que son tan indis­pensables que no tienen sustituto. ¡Pobrecillos! compadezcamos estas pequeñeces y estas debilidades de nuestros políticos. Por otra par­te, es verdad también que el agradecimiento, ya que no la recom­pensa se escatiman demasiado por nuestra voluble opinión pública á las personas que le demuestran ser sus verdaderos padres, pospuestos á sus embaucadores padrastros, así que muchos tienen pre­sente el adagio que el que hace bien al común no hace á nengún y el que olvida este adagio sabe menos de política que el alguacil del úl­timo ayuntamiento de España, de política parda por supuesto. De ­todos modos se hace necesario sacar de la inercia y del indiferen­tismo y acaso también del egoísmo a la gente de juicio y de poder encerrada en el fatal ¿ a mi que ? haciéndole ver los perjuicios en ge­neral que de su vituperable conducta se originan y se irroga á sí propia, y que comprenda también que no solo nos debemos á nosotros mismos, sino que la patria

Elías Romea
ADMINISTRACIÓN LOCAL, Almazán 1986, pp. 129-143

El municipio autónomo (Luis Carretero Nieva 1917)

El municipio es, pues, una unidad social tan espontánea, tan genuinamente humana en todos los climas, en to­das las latitudes y en todos los tiempos, que nos atrevernos a llamarla el substractum social, como la familia es la cé­lula de la vitalidad humana y el individuo el átomo social: sin municipios no puede haber Estados, como sin indivi­duos no puede haber familias, advirtiendo, aunque de pasa­da, que los municipios no muy numerosos en que las afec­ciones, el trato continuo que ofrece la facilidad de conocer al vecindario, es el que reúne mejores condiciones de pros­peridad, por apreciarse más de cerca la intimidad solidaria de intereses.

Sin instituciones locales-ha dicho Tocqueville-una nación podrá tener un gobierno liberal, pero ella no conoce" el espíritu de la libertad. En el municipio es donde reside la fuerza de los pueblos libres; las instituciones municipales son a la libertad lo que las escuelas primarias a la ciencia; ellas la ponen al alcance del pueblo, ellas le hacen gustar y le habitúan a servirse de ellas como un remedio heroico. Por ellas adquieren los ingleses -según Gladstone- en su selfgovernment, la inteligencia, el juicio y la experiencia política que les hace tan aptos para la libertad; sin ella no podrían conservar sus instituciones centrales. Esta autono­mía es la base de la organización norteamericana, la más moderna forma de constitución de un pueblo; esta autono­mía, piensa actualmente Inglaterra que debe de ampliarse con las autonomías regionales que tiene en estudio. La re­volución francesa, a pesar de haber dado a la humanidad la gran conquista de los derechos del hombre, cometió la falta, cada día más manifiesta, de haber querido fundar la demo­cracia, destruyendo las únicas instituciones que podrían hacerla viable. Y los españoles, al copiar el patrón francés, hemos copiado también este defecto capital.

La armonización entre las corporaciones de distinto gra­do ha de hacerse por eliminación de las atribuciones que puedan cumplirse por las más Inferiores. Siendo los fines del Estado los provinientes por exclusión de la familia, del municipio, de la región y de la provincia, tienen que ser muy limitados, y de ahí que haya de contrastar su suprema soberanea con su reducida esfera y limitado poder, conden­sación, clave y residuo de las extensas autonomías inferio­res, resultando un Estado que, según S. Mill, será mejor cuanto menos gobierne y cuanto más deje gobernar a re­giones, provincia y municipios. De este modo se constituirá el Estado sobre la base de la división del trabajo, de la se­paración y diferenciación de funciones, y de las distribución de poderes públicos, sin rozamiento de las fuerzas indivi­duales y colectivas de la nación, sobre la variedad en la unidad para constituir la armonía.


Luís Carretero Nieva
Regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 401-402

Miscelanea abulensica 3. Tierra.

Tierra

La tierra es el elemento inferior del ternario extremo-oriental: Tien, Ti, Jen ( cielo, tierra, hombre) ; el hombre es el intermediario ente el cielo y la tierra, el suelo que pisa no es solo lo sólido concreto sino también símbolo de toda la tierra. Modesta y sufrida apenas se la tiene en cuenta ante futuristas proyectos astronaúticos de conquista de Marte o toma de posesión de no se que planeta de Júpiter ( acaso Ganímedes). De cuando en cuando se oye de alguna intervención de ecologistas en defensa de la desvencijada tierra, normalmente condenada a un desesperante fracaso.

Un poco mayor que la superficie de los zapatos, por una vez merece la pena hablar de la Tierra de Ávila, como realidad y símbolo a la vez de Castilla y del ancho mundo.

La tierra es un receptáculo de influencias, superiores o celestes, siendo esto particularmente cierto por estas tierras desde antiguo como ponen misteriosamente de manifiesto el monumento paleolítico de Bernuy Salinero, pequeño Stonehenge que se despliega en todas las direcciones espaciales. Los abundantes berracos, hoy día parcialmente aclarados como símbolos de una civilización protocéltica, muy anterior a las civilizaciones célticas occidentales, pero que sugieren al jabalí solitario símbolo druídico de la sabiduría, a expensas no obstante de que se trate de una figura de toro, lo que nos alejaría sin duda del simbolismo propiamente celta . El fascinante altar del castro de Ulaca situado en lo alto, en directa comunicación con el cielo. Las iglesias medievales orientadas, cual athanor alquímico, con el presbiterio hacia oriente, trasmutando los rosetones y vidrieras la luz celeste en un espectro espiritualizado íntimo y reconcentrado. El valle del Tormes que inspiró la vocación de Santa Teresa cuando en Becedas leía el Tercer Abecedario Espiritual de Francisco de Osuna. La tierra pone en esta parte también una especie de ábside natural, como es el caso del circo del macizo central de Gredos cuya soledad y grandiosidad ya inspiró a Unamuno y también a cualquiera que acuda un día no muy abarrotado de excursionistas, las cabritillas y vacas negras avileñas ponen el contrapunto virgiliano de fondo. En los tiempos actuales aún se escucha a los abulicas apabullar a turistas y visitantes contándoles que los primeros satélites tripulados advirtieron un carácter muy especial en la atmósfera que rodea a Ávila, es decir una especie de aura especial que hace de Ávila y su tierra algo más que una ciudad con duende.

La tierra acoge y hace germinar, al menos esa es la convención; las sucesiones de sierras y sierrones –sierra de Ávila, sierra de Malagón, la Serrota. la sierra de Villafranca, sierra de Ojosalbos, sierra de la Paramera, sierra de Gredos y varias más- unidos a la proliferación de piedra berroqueña por toda la tierra, reflejada en los nombres de pueblos y localidades –Alamedilla del Berrocal, Berrocalejo de Aragona y otros- hace un poco dudoso considerar acogedora esta tierra; el contrapunto a tanta sierra son los valles, estos si muchos más acogedores y amables: Alberche, Amblés, Tormes, Tietar, Aravalle, Corneja, las Cinco Villas donde la tierra hace germinar sus frutos: patatas de las Berlanas, Ajos de Amavida, judías de la Horcajada y del Barco, melocotones de Navaluenga, uvas y vinos de Cuevas del Valle y Cebreros, manzanas del Tormes, pimientos y tabaco en Candeleda, granos y harinas derivadas de Muñogalindo y Mingorría, naranjos y olivos en el valle del Tietar y tantas otras. Sin olvidar agua y electricidad para Madrid y Salamanca.

La tierra protege y abriga; en el caso considerado de la tierra abulense protege mucho más al sur –la Andalucía de Ávila – con menos de 400 metros de altura que la llanura del norte - Moraña , Campo de Pajares y Tierra de Arévalo- o a esa extraña encrucijada de valles y cañadas –Adaja, Voltoya, altos de Lancho, Campo Azálvaro- en que se encuentra la capital provincial. La tierra de Ávila no responde al arquetipo de tierra llana, que precipitadamente la hermanaría con la capataza y furriela Valladolid , provincia por cierto que tiene algunos pueblos como Honquilana, Honcalada, San Pablo de la Moraleja, o Muriel de Zapardiel que antaño pertenecieron a la Comunidad de Villa y Tierra de Arévalo. Las llanuras del norte solo ocupan un séptimo de la superficie provincial, es decir más cumbres y valles que llanuras, más montaña helvética que llanura eurosiberiana; no llega a la cuarta parte el terreno con posibilidades de explotación agrícola, en la mayoría de los casos mediocre.

La tierra es madre vigilante llena de particulares atenciones para sus hijos y seres que la viven y pueblan. Es difícil adaptar lo florido y oriental de la anterior descripción a la tierra de Ávila, que en razón de su clima y atormentada orografía es la más pobre de las tres tierras de la Extremadura Castellana; a lo largo de su historia nunca tuvo la relativa plétora ganadera de Soria, ni la industrial de Segovia, ni la comercial de Burgos ; los pastores sorianos durante la guerra civil del 36 quedaron totalmente horrorizados al tener que abandonar temporalmente sus cañadas habituales y tener que arrear las ovejas en tiempo frío por Campo Azálvaro para ir a Extremadura. Hay que ser especialmente sensible para apreciar los pequeños regalos particulares que la madre tierra ha dejado por Ávila y andurriales; acaso el pintoresco puerto de Chía, la Ermita de la Virgen de las Fuentes, el soto idílico del Voltoya en Maello y Blascoeles, el soto de boscosos fresnos del Adaja en Ávila, el circo de Navalguijo o las riberas del Tormes por el Barco y Becedas y sobre todo la tenue primavera de las tierras altas delicada, fugaz y silvestre con un toque tierno difícil de encontrar en tierras más fértiles. La tierra regaló por aquí belleza sin tasa, pero como dijo D. Ridruejo la tierra de Ávila es un ejemplo de unas condiciones paradójicas necesarias para que se cumpla la ecuación belleza igual a pobreza. Antes los mendigos vagabundos eran invitados a comer por los campesinos lugareños sin más problemas de protocolo, así el molinero de Sanchidrián invitaba a Luisito de Pozaldez que se había marcado unos bailes al son de la gaitilla en la Ermita del Cubillo cuando la fiesta; ya apenas nos podemos hacer una idea de aquellas atenciones particulares del mundo campesino a través de las comedias bárbaras de Valle Inclán. Minerales regaló pocos la madre tierra por los parajes avileños, sería fastidioso enumerar los yacimientos abandonados por falta de rentabilidad; por encima de todo suministró granito con la radiactividad a él asociada; hoy lo más que queda son estaciones de áridos, que por cierto están destrozando el entorno de Aldeavieja y la Ermita del Cubillo.. Tuvo baraka esta tierra con Ximena Blázquez capitana de las mujeres abulicas que salvaron la ciudad del asalto sarraceno con la estratagema de los sombreros; con la Santa Junta de los Comuneros que se inauguró con éxito esta tierra aunque en otras extrañas fracasara; con el obispo de Ávila Manuel Gómez de Salazar que evitó la total destrucción de Ávila a manos del general napoleónico Fr. Joseph Léfebre duque de Dantzick, y luego del general Joseph Leopold Hugo, padre del novelista Víctor Hugo que vivió en Ávila en su infancia, aunque no se evitaron destrozos parciales por parte de la francesada chacalesca. Podríamos hablar de los pantanos como regalo de la naturaleza pero, productos de la mano del hombre, los disfrutan más los turistas y los veraneantes madrileños que los propios abulicas.

La tierra vientre fecundo , caverna, gruta, entraña, humus, arcilla, y laberinto. Vayamos por partes, en efecto la tierra fue fecunda en cardos, setas de idem y también en abulicas, algunos de ellos ilustres: Prisciliano, San Pedro del Barco, Alonso de Madrigal el Tostado, Alfonso Díaz de Montalvo, Luis de Vitoria, Teresa de Cepeda, Juan de Yepes, la reina Isabel Primera de Castilla, María de Santo Domingo o la beata de Piedrahita, el gran Duque de Alba, María Vela y Cueto, Mari Díaz, Duperier, Portillo, José Luis Lopez Aranguren, José Jiménez Lozano, Daniel Hidalgo y tantos otros de imposible enumeración. Si caverna buen ejemplo son las Cuevas del Águila en Arenas, tan impresionantes o más que cualquier homóloga balear o peninsular. Si gruta y entraña, sinónimos de oscuridad y tinieblas, espacio santo de revelación, lugar de muerte y sepultura pero también de resurrección, centro espiritual de presencia divina, que buen ejemplo la cripta de la Iglesia Basílica Juradera de los Santos Mártires Vicente, Cristeta y Sabino en donde se encuentra la Virgen de la Soterraña, preciosa talla prerománica , simbólica representación de la madre de Cristo el Theoantropos, la Theotokos o Madre de Dios proclamada en el 2º concilio universal de Constantinopla; en la cripta se puede leer el poema:

Si a la Soterraña vas
ve que la Virgen te espera
que por esta escalera
quien más baja más sube
pon del silencio el compás
a lo que vayas pensando
baja y subirás volando
al cielo de tu consuelo
que para subir al cielo
se sube siempre bajando
.

O aquella otra oquedad invisible a los ojos de la morisma agarena donde el pastor de la leyenda encontró la talla de la Virgen que brillaba como dos soles: ¡Sonsoles!, patrona divina del Valle Amblés. Si humus y arcilla, la de Tiñosillo negra como la oscuridad de la tierra, y puestos a algo más duro la piedra la de Cardeñosa que Daniel Hidalgo talla y esculpe como un nuevo Berruguete redivivo. Y ya como laberinto oscuro el interior del ábside de la catedral del Salvador circundado por el Cimorro y rodeado de absidiolos, laberinto , hilo conductor y caverna de misterio a la vez, no podría haber mejor sitio para dar sepultura al sabio obispo de Ávila Alonso de Madrigal “El Tostado”.

Siguiendo con la tierra, conviene recordar la correspondencia entre el ternario macrocósmico Cielo, hombre, tierra y el ternario microcósmico espíritu, alma, cuerpo; el hombre actual, y el abulica no es una excepción, es cada día más un “homo urbanus”; más de un tercio de la población de la provincia de Ávila se concentra en la capital, en su mayor parte inmigrantes de pueblos y con edades lejanas ya a la juventud, que en otro sentido ayudaría a comprender determinados comportamientos sociales. La urbe, Urbesacra en nuestro caso, aísla cada día más de las benéficas influencias de la tierra, con su asfalto, cemento, adoquines; perturba la pureza del aire con efluvios gasolineros e industriales, óxidos y dióxidos venenosos; suplanta la luz natural con focos eléctricos, utiliza agua de cañería oxidada, ensucia con aguas residuales, contamina y perturba la armonía de las esferas celestes con ruidos de motor o música heavy pedorrera. Cada vez más aislado de la tierra y la naturaleza, el moderno urbanita va a buscar píldoras de naturaleza en la excursión montañera finsemanera, en la estancia en la casa rural de pega, o un poco más depredador en jornada de pesca o caza, pagando eso si el duro tributo de la caravana automovilística cuando se trata de un indígena de megápolis.

La antigua sabiduría alimentaria taoísta conservada por la macrobiótica, sabedora de la correspondencia tierra-cuerpo, aconseja alimentar al cuerpo en lo posible con los productos de la tierra circundante, cosa casi imposible actualmente: ajos de China, berberechos de Chile, aguacates de Colombia, mangos del Brasil, castañas de California, cordero de Australia o quesos de Holanda es algo perfectamente disponible y a mano en cualquier mercado de ciudad grande o pequeña; la mayor parte de lo que comemos viene de sitios remotos. Lejos hoy día de la relativa suficiencia de la economía campesina de autoconsumo, que apenas adquiría algo más que aceite, azúcar, un poco de café, chocolate terroso, alguna vez frutas de temporada, sal y unas pocas especies, y eso cuando había algo de dinero; que también la madre tierra se enojaba de cuando en cuando y sacudía zurriagazos inmisericordes en forma de sequía, de helada destructora de cosecha, de epidemias y enfermedades que mataban la ternera o los corderitos destinados a vender en la feria.

De las influencias celestes más vale no hablar siquiera en los tiempos que corren, con la renuncia a los beneficios que ello supone, en buena parte transmitida en forma refleja y benéfica por la madre tierra. El hombre individualista moderno está en correspondencia con el mundo psíquico, campo de fuerzas potentísimo que actúa sobre un cuerpo mal y escasamente arraigado a la tierra. Una imagen útil del comportamiento humano la suministra la tríada auriga, carro, caballo, usada tanto en India como en China, y que se corresponde con espíritu, cuerpo y alma. Tenemos así servida la imagen del desastre contemporáneo, negada con rotundidad ,por supuesto, por cualquier progre que se precie: un auriga que tiene la más pobre conciencia imaginable de su misión (espíritu), conduce un carro escasamente afirmado a la tierra (cuerpo), tirado por brioso y poco dócil corcel desbocado (alma, o menos aún psique anegada en torpe y brumosa emoción). El aumento acelerado de enfermedades como el Alzheimer, demencia senil, Parkinson, sida y cánceres varios probablemente nunca llegue a explicarse satisfactoriamente y menos aún curarse con puras técnicas de patología médica, ni de psiquiatría clínica. La civilización está enferma, ¡ cúrela doctor!.

En otras tríadas en que entra a formar parte la tierra, no va esta mucho mejor parada; así nos habla la ciencia económica de los tres factores de producción: trabajo, tierra, capital; aquí también se aprecia una especie de cuadriga desbocada; un bullir caótico de pulsiones psíquicas: expectativas, corazonadas, ambiciones desatadas, locas apuestas, avaricias desmesuradas, usuras escandalosas, todo ello claro a costa de patadas catódicas a la madre tierra y sin jerarquía alguna de valores y ninguna consideración de la mera instrumentalidad de la economía, entronizada como reina absoluta de nuestros destinos fatales; una economía financiera y especulativa desatada, sin correspondencia alguna con bienes que respalden una burbuja financiera siempre en aumento, mientras se agotan las materias primas, se altera la atmósfera, se contamina y envenena tierra, mar y aire, se oculta la desaparición de las reservas de petróleo en no más de veinte años (así lo reitera en repetidas ocasiones J. Rifkin en su obra “La economía del hidrógeno” citando a los mejores especialistas en petróleo). Así, para no desentonar, en la tierra abulense se construye un pantano cloaca con aguas fecales (Las Cogotas), con el ánimo de contaminar, mejor dicho regar, la Moraña y el Campo de Arévalo, sin capacidad de rematar el proyecto después de más de diez años. La tierra se envenena sin escrúpulos con pesticidas, plagicidas o fertilizantes peligrosos, cuestión de esquivar un poco a las autoridades y a la benemérita (Niharra, Sotalbos, valle Amblés.....), se acumula arsénico en cantidades no tolerables (Arévalo, Madrigal,....), las autoridades no son rigurosas, no es cuestión de asustar al personal, total solo es cuestión de unos cuantos cánceres de más y no va a cambiar mucho las cosas; esto lo hacen los actuales agricultores (el campesino es otra cosa distinta y además ya apenas existe), los que teóricamente deberían cuidar con más mimo a la madre tierra. Se estropea el paisaje con el pretexto del negocio de los molinos eólicos, de las estaciones de esquí o de las colonias de veraneantes. Dejaremos para otra ocasión la rigurosa sentencia que condena a la tierra abulense como cementerio de residuos nucleares.

Cuando la tierra es poco amable sus hijos huyen o ponen tierra por medio; así contaba Hegel que los pueblos de las estepas han sido pueblos migrantes y conquistadores, caso claro de los mongoles de Gengis Kahn y a saber si también leoneses y extremeños y en mucho menor medida castellanos. La migración de abulicas después de las expediciones concejiles medievales a tierras moras fue mayormente a Madrid y al País Vasco; hoy viven bastantes más abulicas en la provincia de Madrid que en la provincia de Ávila. Claro que no todo es cuestión de apariencias terrenas, nada más seductor que el aspecto de la verde Erín, sin embargo la emigración irlandesa tuvo características de éxodo gigantesco. Pero el caos moderno apenas permite ya ninguna explicación coherente de nada; la antigua economía campesina creaba empleo con facilidad, una hoz , un azadón o una horquita siempre esperaban la mano que los moviera; el hierro a quien lo forjara; la madera a quien la cortara y puliera, la arcilla quien la modelara; la tierra era generosa suministrando trabajo, la retribución de los esfuerzos feroces era ya otro percal. El esfuerzo luciferino, fáustico y prometéico dominó el fuego, creó las máquinas que suavizaron la condena bíblica, disminuyó el sudor de la frente pero de paso, ¡ ay!, se pusieron todas las premisas de un trabajo escaso a redistribuir en lotería; se substituyó el oficio por el empleo, la dedicación por el horario, la subsistencia simple y agradecida por la acumulación competitiva, la vocación creadora por la esclavitud de la tarea asignada y la renta salarial retributiva por cuenta ajena o cada vez más el subsidio compesador ocasional del desempleo; ¡triunfen las máquinas y la usura y perezca el hombre!, sobre todo si es abulica. Modernamente Ávila dispone de una universidad privada y otra pública, jamás habían estudiado y titulado tantos jóvenes abulenses como hoy día; no confundir el condicionamiento y entrenamiento que suministran con más o menos eficiencia las instituciones académicas en el mejor de los casos, con el aprendizaje de un oficio definitivamente devaluado en la época del reciclaje, con la satisfacción vocacional de los afortunados que la encuentren en el especialismo estrecho, con el estímulo verdadero del intelecto, y menos aún con la sabiduría. El resultado de la masiva promoción universitaria es una inmensa masa de jóvenes parados, frecuentemente desmotivados cuando encuentran un trabajo basura y con la idea in mente de escaparse de la tierra, a cualquier jauja donde aten los perros con longanizas, acaso un Madrid o una Europa un tanto delirados, como se escucha con asombrosa frecuencia. Habría que matizar que el número de jóvenes parados es directamente proporcional al número de litronas consumidas, de sustancias estupefacientes y de ciertos residuos de composición non santa. Algo enseña bien el aparato universitario europeo en general: a ser un hidalgüelo con ínfulas, con su corolario fatal: el trabajo manual es deshonroso, indigno de cualquier poseedor de títulos y pergaminos que acrediten cualquier nadería. Efecto perverso de lo que se llama educación superior: confundir la acumulación cultura con maneras y estilos de subsistencia. Si supieran que Spinoza discurrió su Ética mientras pulía lentes, que Churchill se construyó una casa con sus propias manos, que San Serafín de Sarov era un buen carpintero o que Hui Neng el sexto patriarca del budismo zen era ayudante de cocinero, tal vez aprendieran a situar las preparaciones académicas y sus fastos verbeneros un su perspectiva justa.

El tiempo y el espacio no son homogéneos e isótropos como pensaban Galileo y Newton, la carrera desbocada y desastrosa que siguen tanto los individuos como la entera civilización que vivimos, sugieren todo lo contrario a constancia e inmutabilidad, al menos para los que sean capaces de advertir mínimamente el hipódromo alocado en que vivimos. Ávila ¿ quien te ha visto y quien te ve?, de la más grande Comunidad de Villa y Tierra a provincia benjamina de la vieja Castilla.

“La repoblación de Ávila viene determinada por la conquista de Toledo por Alfonso VI, en el año 1085, y la necesidad de consolidar y proteger el reino toledano, sobre todo después de la invasión almorávide y de la derrota cristiana en la batalla de Sagrajas. Para ello va a encomendar a su yerno el conde don Raimundo de Borgoña la repoblación de la Extremadura castellanoleonesa. En dicha repoblación se va a introducir un nuevo concepto de población. Se van a crear grandes concejos a los que se les encomienda la tarea de controlar, defender, poblar y organizar su territorio. Para ello se con­cederá a estos concejos numerosos e importantes privilegios, que caracterizan el llamado "Derecho de Frontera", con el objeto de facilitar su poblamiento, desarrollo y fortalecimiento. Estos concejos serán los de Ávila, Segovia y Salamanca, a los que se concederán grandes espacios, siendo el más extenso de todos, y por consiguiente de la Corona de Castilla, el del concejo abulense.

Este territorio que tenía que repoblar el concejo abulense, ya en el siglo XII podemos afirmar que estaba bien delimitado al norte de la Cordillera, porque no hubo grandes problemas por diferencias de términos o límites con los concejos de Segovia, Salamanca, Alba de Tormes ... Sin embargo, esta delimitación contrastaba con una gran indeterminación respecto a los límites con los concejos de la Tras-sierra, siendo frecuentes las diferencias y discusiones con los de Escalona, Toledo y Talavera de la Reina, no teniendo límite por el sur, en que la frontera dependía del valor de las mili­cias abulenses y de la posible expansión por los territorios de la España musulmana, aunque de fácto el límite podía quedar establecido en la primera mitad del siglo XII en la frontera con el territorio del reino taifa musulmán de Trujillo.
Estos límites eran los indicados por Alfonso VII el Emperador en el año 1152, cuando concedía al concejo abulense las tierras entre los ríos Tiétar y Tajo, e incluso al sur de este último río una gran extensión territorial que llegaba hasta las estribaciones de San Vicente.

La indeterminación de lo concedido por Alfonso VII se eliminará cuando en el año 1181 el monar­ca castellano Alfonso VIII conceda el primer diploma deslindador en el que establece los límites del concejo abulense. Partiendo del establecimiento en el norte de una comunidad de gentes para el apro­vechamiento en común del llamado Campo Azálvaro, una importante zona en la confluencia con el término de Segovia, se puede considerar casi definitivamente establecido el término concejil al norte, en las condiciones establecidas en el reinado de su padre, Sancho , y de su abuelo, Alfonso vIII el Emperador, condiciones que habían sido comprobadas mediante la oportuna pesquisa, por lo que el monarca no realiza una delimitación pormenorizada y detallada de los límites de este tramo del terri­torio. Sin embargo, en el sur se realiza con minuciosidad. Se iniciaba en el valle Transverso, llegando a la Cabeza de Almenara, es decir, en la Fuente del Descargadero, en Las Navas del Marqués, hasta el río Cofio, entre Valdemaqueda y Robledo de Chavela, llegando a la confluencia del río Perales con el río Alberche, y desde allí a Cadalso de los Vidrios, pasando por el Espinazo del Can y por la Cabeza de Buena. De allí se dirigía la mojonera por El Pedroso (en la zona de Cardiel de los Montes) por el arroyo Fresnedoso (hoy de San Benito) en su desembocadura en el Alberche hasta la confluencia con el arroyo de la Salina (hoy arroyo de la Sal), y aguas arriba de éste a donde el camino de Ávila a Talavera lo cruza. Seguía por la Cabeza Carrascosa, el valle de Lenguas (hoy Valdelenguas) y El Berrocal hasta el sendero que seguían las milicias abulenses cuando iban al fonsado o a la guerra, para cruzar el Tajo por el vado de Azután. Desde este sendero, el término abulense bajaba directamente a la Vega, y luego por la Vera alcanzaba el río Tajo en la confluencia con el Gévalo, siguiendo el lími­te por el río Tajo hasta la desembocadura del Alagón, en un recorrido cercano a los 160 km. A conti­nuación rebasaba la Calzada de la Plata en una amplia zona, cerrando cualquier expansión del reino de León hacia el sur. Continuaba la mojonera por el río Alagón hasta encontrar al río Gata, llegando hasta el llamado Puerto de Muñoz, que es el actual Puerto de Béjar. Además, se concede al concejo abu­lense el castillo de Castro y un amplio territorio desde el camino que iba de Talavera al puerto de Carvajal o de San Vicente hasta el portillo de Albalate, en las actuales provincias de Toledo y de Cáceres.

En estos límites, el concejo de Ávila, lindando con los de Arévalo, Segovia, Alamín, Escalona, Talavera de la Reina, Trujillo (ya desde el año 1169 en poder de Fernando Rodríguez de Castro), las plazas musulmanas de Alcántara y Cáceres, y los concejos leoneses de Salvatierra, Alba de Tormes y Salamanca, tenía un territorio de 16.400 krn, aproximadamente. El espacio del obispado de Ávila com­prendería además los 1.120 km2 del concejo arevalense y los 560 km2 del de Olmedo, por lo que el total del territorio que podríamos llamar abulense hasta el año 1181 comprendía unos 18.000 km2.

Sin embargo, este territorio será reducido drásticamente en un espacio de tiempo no superior a veinte años. La primera segregación se inicia cuando en el año 1186 Alfonso vIII funda la ciudad de Plasencia, y finalizará cuando la dote territorialmente en el año 1189. Posiblemente, el peligro de la presión almohade sobre el reino de Castilla decidió al rey a recortar el extenso alfoz abulense, al mismo tiempo que reforzaba la frontera contra el reino leonés, ya que no puede ser considerada la reducción del territorio abulense como un castigo a un concejo cuyas milicias habían servido a sus antecesores y a él y le seguían ayudando con dedicación y valor en la lucha que mantenía el Reino contra los almohades y contra los leoneses. El 12 de junio de 1186 el monarca castellano crea en el lugar que se llamaba Ambroz la ciudad de Plasencia a costa de los territorios abulenses y le concede un amplio término en un diploma expedido el 8 de marzo de 1189: desde el vado de Alarza hasta la Cabeza de Pedernalosa por la Piedra Hincada a las Cabezas de Terraza a dar en el río Tiétar. Seguía la mojonera el curso del Tiétar llegando adonde se le junta la Garganta de Chilla. Desde esta garganta se dirigía al río Tormes, pasando por Valvellido y por la Cabeza de don Pedrolo; algunos de estos topónimos son de difícil identificación. Seguía el curso de este río hasta el arroyo de la Mula, cerca de Guijo de Ávila; de allí al nacimiento del río Sangusín, siguiendo las aguas de este río hasta donde cruzaba la Calzada de la Plata. Por el sur del Tajo los primeros kilómetros de divisoria eran comu­nes entre los concejos de Plasencia y Ávila: desde el vado de Alarza hasta el Puerto de Ibor, pasan­do por las fuentes del río Almonte a la Zafra de Montánchez, finalizando la mojonera en la sierra de San Pedro, aunque desde los últimos mojones ya era límite con Trujillo y no con Ávila. Además, incluía esta concesión la fortaleza y castillo de Monfragüe. No obstante, el concejo de Ávila no aceptó estos límites, siendo frecuentes las disputas por la fijación definitiva de estos mojones.
La segunda segregación no se hizo esperar. Alfonso VIII en el año 1209 crea otro nuevo conce­jo a costa del territorio abulense: el de Béjar, al que concede también un extenso alfoz: desde el río Toretes al castillo de Palio; desde allí la mojonera se dirigía al Villar sobre San Juan y llegaba hasta la confluencia del Turedal en el río Fresnedoso. Seguía las aguas del Turedal hasta el castillo de Pardo, que estaría en uno de los cerros que rodean Medinilla. Desde allí al río Becedas por Palacios de Becedas hasta un mojón situado entre las cuencas de los ríos Becedas y Aravalle. Desde esta líneay hasta el concejo de Salamanca quedaba por territorio del concejo de la villa de Béjar. Los tres tér­minos venían a coincidir topográficamente, junto a las fuentes del río Cuerpo de Hombre, en el vér­tice Calvitero.

También se reduce el territorio del obispado en el Campo de Arañuelo y en casi toda la Vera, que se entrega a Plasencia; y en la comarca de la Jara y en los alrededores de Cadalso de los Vidrios que se incluyeron dentro del dominio del arzobispado toledano.
Con todas estas segregaciones podemos afirmar que, a mediados del siglo xui, el territorio del concejo abulense, después de las disputas y determinaciones de términos posteriores, tenía una exten­sión aproximada de 9.144 km', repartidos en las actuales provincias de Cáceres, Madrid, Salamanca, Toledo y Ávila. Asimismo, el del obispado tendría, incluidos los territorios de los arcedianatos de Arévalo y de Olmedo, aproximadamente, 10.824 km'.

Aunque la extensión del territorio del obispado de Ávila ya se mantendrá invariable a lo largo de la Edad Media, salvo ligeras modificaciones, no sucederá así con la del concejo abulense que se verá alterado y disminuido profundamente.

Las segregaciones territoriales citadas van a suponer lo que hemos calificado como el aleja­miento definitivo del concejo abulense de la línea de frontera. La caballería popular o villana no va a tener ya como misión fundamental la defensa de los territorios de frontera, dedicándose preferen­temente a la defensa de su espacio, a la protección de sus límites, al control de los pasos de ganados y de los pasos naturales del Sistema Central que comunicaban la Meseta con los territorios del sur para controlar el intercambio comercial con al-Andalus y a garantizar pastos suficientes para sus numerosos ganados, sobre todo de la ganadería lanar trashumante que se convertirá en uno de los sectores claves de la economía castellanoleonesa.”

(Historia de Ávila Tomo II, Institución Gran Duque de Alba de la Excma . Diputación de Ávila. Ávila 2000 pp 28-30).
Evidentemente todo el discurso anterior se ve mejor en un plano, aquí cobra plena realidad el dicho de que una imagen vale más que mil palabras, pero si los discursos no salen a la calle quedan convertidos en huesos de cementerio bibliotecario. La Comunidad de Ávila dio lugar por segregación a la Comunidad de Plasencia y a la Comunidad de Béjar, esta última fue arrebatada por carga de dudosa legalidad al Reino de León, asunto que los leonesistas puntillosos recuerdan cuando se trata de este asunto.

Hubo más Comunidades de Villa y Tierra al sur de la tierra de Ávila, pero mucho más efímeras; así en la actual provincia de Toledo existieron las Comunidades de Talavera de la Reina, de Montes de Toledo y de Maqueda y en la actual provincia de Cáceres la Comunidad de Trujillo y Medellín. Todas estas comunidades más la de Plasencia fueron vueltas a conquistar por los moros almohades, y en su reconquista definitiva la mayor parte dejaron de ser al poco tiempo territorios de realengo, en los casos de mayor duración apenas superaron los cien años, no se consolidaron como Comunidades de Villa y Tierra; algunas como la de Trujillo fue directamente donadas por Alfonso VIII, rey menos celosamente castellano de lo que algunos pretenden, a las ordenes militares leonesas de Calatrava y San Julián, filiales ambas de la orden del Cister; la de Montes de Toledo al Arzobispo de Toledo; la de Maqueda a la orden militar de Alcántara.

Un poco lo anterior roza el tema nunca cerrado de la supuesta y problemática castellanidad de las tierras del reino de Toledo o de la actual Extremadura; las opiniones en este terreno son para todos los gustos y disgustos; conste no obstante que Oropesa y Navalcán deberían ser considerados como territorios abulicas irredentos, con todas sus almenas, torres y castillos. En cualquier caso la más extrema de las grandes Comunidades de Villa y Tierra, con duración multisecular y además la más grande durante algún tiempo, fue precisamente la Comunidad de Ávila, que fue algo así como el lejano oeste de Castilla, el “far west” o tal vez el lejano suroeste; aún quedan nombres como Zorita de la Frontera y Aldea seca de la Frontera, para recordar que la frontera entre el Reino de León y el Reino de Castilla estaba entre las tierras de Salamanca y Ávila. Ávila City ciudad fronteriza en muchos más aspectos de lo que se puede pensar a primera vista, no siempre con orden y con ley, frontera con el reino de León, frontera con el Reino de Toledo, frontera con Extremadura y más tarde frontera con la Corte vampírica y absorbente.

Como se dice en el lenguaje de las diligencias procedimentales jurídicas, se exponen a continuación los pueblos que se segregaron cuando allá en 1833 se fijaron los límites provinciales de Ávila a los efectos oportunos que procedan. No excluyendo entre los tales, algún rapto agresivo e histérico, a la par que victimista y lacrimeante de nacionalismo abulica ( ¡ lagarteranas abulenses!).

“Pueblos que se han segregado de la antigua provincia de Avila y que han pasado a otras, según la actual división territorial que rige desde el año de 1833.


A la de Cáceres.

Bohonal.
Gordo. (El)
Talavera la Vieja.
Puebla de Naciados.

A la de Madrid.

Pelayos.
Valdemaqueda.

A la de Salamanca.

Armenteros.
Bereimuelle.
Bóveda.
Cantaracillo.
Cespedosa.
Guijo. (El)
Peñaranda de Bracamonte.
Puente del Congosto.
Rágama.

A la de Segovia.

Aldeanueva del Codonal.
Botaelhorno.
Codorniz.
Donyerro.
Martin Muñoz de la Dehesa
Montejo de Arévalo.
Montuenga.
Rapariegos.
San Cristóbal.
Tolocirio.

A la de Toledo.

Alcañizo
Almendral.
Buenaventura.
Calzada.
Cardiel.
Celeruela.
Corchuela.
Guadiervas.
Herreruela.
Iglesuela.
Lagartera.
Navalcan.
Navamorqüende.
Oropesa.
Parrillas.
San Roman.
Sartajada.
Sotillo de las Palomas.
Torralva.
Torrico.
Valverdeja.
Ventas de San Julian.

A la de Valladolid.

Fuente el Sol.
Honcalada.
Honquilana.
Lomoviejo.
Muriel.
Olmedillas.
Salvador.
San Llorente.
San Pablo de la Moraleja

Total 56”

(Juan Martín Carramolino. Historia de Ávila su provincia y obispado, Madrid 1872, p 237)

Miscelanea abulensica 4. ..y libertad.

...y libertad

Ávila, tierra fronteriza, no tuvo el carácter fundacionalmente castellano de Burgos, más bien fue de alguna manera la clausura de la vieja Castilla por el sudoeste, al margen de otros intentos no cuajados de mayores extensiones.

El recuerdo de los tiempos de la repoblación primera, de los hombres de frontera que acudían a la aventura de una nueva vida, es la que ha dejado más nítida la imagen de aquella sociedad castellana de hombres agrupados en concilium, con la camaradería elemental ante el peligro, cuya diferenciación se basaba en la función y no en la herencia, donde el guerrero era la condición sine que non, de la propia subsistencia de la sociedad a la que espontáneamente se le reconocía la preeminencia de la urgencia existencial. Vidas al momento con pocas expectativas de seguridad terrenal, y en el que sentido de lo transcendente se exponía sin tapujos. Poder no aquilatable de la esperanza y de la fe, que interpretada desde el tiempo presente se puede confundir rápidamente con una pura y virgiliana democracia igualitaria; en otras términos el mito de los orígenes fraternales, perfectos y heroicos de Castilla.

La mirada escrutadora de lo externo, corolario fatal de la civilización burguesa contemporánea, es incapaz de concebir siquiera la existencia de un ojo del corazón susceptible de contemplar el ámbito de los sagrado. Esfuerzo baldío intentar exponer que la Edad Media románica, lapso de la Castilla originaria, era un tiempo en que el conjunto de las actividades humanas tenían una dimensión sacral hoy desconocida; estaba centrada, que no centralizada, en el dominio o centro trascendente de lo increado, no como actualmente en la periferia de lo creado. Por tanto más ausentes las coerciones periféricas fue la época más libre, o en sentido etimológico más libertaria en la historia de Occidente. La autoridad espiritual de la que todo dimana era interna, invisible al ojo terreno y expresable fundamentalmente en forma simbólica.

El apogeo de la civilización cristiana medieval se produjo debido a que fue posible una unidad en medio de la diversidad de formas de organización y de figuras supraindividuales, no debidas a coerciones y ligaduras exteriores basadas en último término en la fuerza, sino debido al espíritu cristiano que se manifestaba más allá de los intereses materiales y terrestre. La unidad no residía ni en el sistema de pactos feudales, ni en ninguna forma particular de vida comunitaria: comunidades de villa y tierra, concejos de ciudad, gremios, corporaciones y cofradías de profesiones, hermandades de villas, iglesias, claustros u órdenes de caballería. Fue sencillamente el espíritu cristiano el que armonizó todas estas formas diferenciadas y las reunión en la dirección de una unidad superior , en una especie de Sociedad de sociedades de la que la nación y el Estado moderno no es más que una caricatura grotesca. Este espíritu cristiano configuró la constelación de las Españas medievales sin ninguna autoridad visible ni centros terrestres de ubicación de un poder coercitivo; más aún configuró la constelación europea del Sacro Imperio Romano Germánico de Occidente. En este sentido se puede decir que la Castilla de los orígenes era en cierta medida una acracia, un espacio de libertad no invadido por poderes terrenales ajenos a la autoridad espiritual, que no hay que confundir con el moderno anarquismo. Era entonces clara y aplicable la distinción de teología medieval entre autoritas y potestas; entonces clara la supremacía del centro espiritual o autoritas sobre la periferia terrestre, plano operativo de la potestas. Sociedad bien ordenada y jerarquizada tanto en funciones como en grados, puesto que arkhé en griego significa a la vez orden y comienzo, en este caso precisamente en los principios primeros, en los arquetipos. Por el contrario el anarquismo moderno al prescindir y cortar con la arkhé es perfectamente incapaz de superar el sistema burgués, girando en noria perpetua en su negación y por tanto dependiente de él y por tanto burgués, sin otra salida que un indefinido nihilismo. Bakunín doctrinario anarquista, con un pensamiento tan burgués como su antagonista Marx, creyó que Dios era la fuente del poder del estado y en su ingenuidad creyó que, progre el, suprimiendo a Dios suprimía el estado; muy al contrario el espíritu tradicional supo de siempre que es el estado lo que ha suprimido a Dios, entronizándose en su lugar cual Zeus tonante, celoso de su poder sin límites ; la actual sociedad pagana y descreída ha relegado a Dios a lejano recuerdo, pero el monstruoso Leviatán del estado sigue dando coletazos espantosos, preludio acaso de un término apocalíptico. Nada más diferente que acracia medieval y anarquía moderna.

El transcurso fatal del tiempo que todo lo gasta fue poco a poco descolocando las referencias y trastocando el orden ; de esta forma la sociedad sacral medieval fue desapareciendo. En realidad duró bastante menos de lo que se cree, en su propio comienzo carolingio estuvo ya lastrada por mixturas ideológicas que acabaron por trastocar la doctrina cristiana en occidente y en un asunto de no pequeña trascendencia que condicionó el destino espiritual de todo un continente; el polo inmutable que en una sociedad tradicional simboliza el sacerdocio se movió, las consecuencias no tardaron en aparecer. La suprema jerarquía sacerdotal sucumbió poco a poco a la tentación de la potestas periférica, al poder terrenal, en clara usurpación del centro metafísico, pecado desastroso de la Iglesia occidental. Los guerreros, consecuencia nefasta de la acumulación material, devenidos aristócratas de espada y de toga con el tiempo comenzaron a apartarse del centro en beneficio de la periferia, acontecimiento cuyo máximo exponente fue la prolongada discordia entre el Papa y el Emperador, entre la mitra y la espada. Trastocado el orden de sacerdotes y guerreros, pronto sucedieron otras subversiones y revoluciones más destructivas que presentaron como protagonistas al burgués y al moderno proletario. Así el orden tradicional degeneró en privilegios de nacimiento y de fortuna, e incluso en el lenguaje actual el contenido semántico convencional de la palabra tradicional apenas hace referencia más que a estos últimos aspectos.

En la medida que perdió vigor el espíritu cristiano, también la persona - “imago Dei”- sufrió la consecuencia de una invasión de lo exterior y periférico: el espíritu asfixiado progresivamente por el ego; el estado emergente usurpando el centro metafísico y creando el centralismo periférico y exterior; la autoridad menguante dejando paso al poder creciente; la Universitas Cristiana al estado nacional; el sentido iniciático del cristianismo a la religión ritual. El descenso imparable pasó por abuso condottiero, absolutismo real, ilustraciones despóticas y universalismos igualitarios para desembocar en el estado profano moderno, ese lugar geométrico de poderes externos avasallantes ( plutocracia, burocracia, tecnocracia..), usurpador absoluto.

Para ilustrar estos eventos de alejamiento de los orígenes no viene mal un recorrido por la historia de la comunidad de villa y tierra de Ávila:

“A finales del siglo XIII la caballería urbana de Ávila va a intensificar el dominio sobre la Tierra a través del control que ejercerán sus miembros en las magistraturas del concejo abulense, cuyas atri­buciones abarcarán todas las actividades: distribuirán la población, crearán los nuevos núcleos aldea­nos, organizarán el aprovechamiento de los baldíos y terrenos comunales y hasta se convertirán en receptores de parte de las rentas reales. Todo ello va a producir lo que también hemos definido como "intenso proceso de señorialización del alfoz abulense en los siglos XIII al XV". En este cadencioso dis­currir hacia la señorialización de buena parte del espacio abulense medieval, también hemos señala­do cuatro formas diferentes de señorialización.

La primera, es la señorialización concejil en el propio término: es decir, la concesión a un par­ticular, bien por el concejo de Ávila o por la Corona, de un lugar en señorío con fines repobladores. Aunque estas concesiones no deben ser interpretadas exclusivamente por objetivos repobladores o colonizadores. No debe olvidarse que las magistraturas del concejo abulense estaban controladas por esa oligarquía a cuyos miembros se van a conceder los señoríos. Son ellos los más interesados en que se les conceda. Y el que lo sea en zonas despobladas del sur del alfoz les beneficiará más, ya que conse­guirán importantes y extensos patrimonios que les permitirán llevar sus ganados trashumantes a terri­torios propios y conseguirán riqueza y prestigio social que, unido al poder político que ejercen en el concejo y el servicio que prestan a la Corona, les posibilitará ascender a la más alta clase privilegia­da: a la nobleza. De esta forma caerá en el régimen señorial casi todo el Campo de Arañuelo: Navamorcuende, San Román, El Torrico y Velada.

La segunda se realiza cuando los principales miembros de la oligarquía urbana ocupan de hecho espacios y núcleos de población pertenecientes al concejo ante la desidia, el desinterés , la complacencia y la complicidad de las autoridades concejiles abulenses, esperando finalmente que el concejo legalice la situación mediante el reconocimiento de la realidad señorial apropiada, o que el rey conceda en pago de favores o servicios el diploma acreditativo o el correspondiente privilegio. Conocemos bien el sistema de apropiación y usurpación. En un primer momento, partiendo de pose­siones que tenían en el alfoz abulense, o bien de un señorío ya consolidado, se apoderaban de terri­torios cercanos que incluían núcleos de población e incluso concejos de aldea. Despoblaban a la fuerza los territorios y llevaban a ellos habitantes de sus dominios, habituados a tributación señorial, o sometían directamente a los vecinos pecheros del concejo que usurpaban a tributación y cargas seño­riales de todo tipo. De esta manera se formaron muchos señoríos territoriales ubicados en las zonas central y septentrional del alfoz, aunque sólo conocemos los casos en que no prosperaron los inten­tos por los pleitos sostenidos a lo largo del siglo xv y fallados a favor del concejo abulense a finales de siglo por sentencias de restitución de términos de jueces nombrados por los Reyes Católicos. Los documentos que conservamos en el Archivo del Asocio de Ávila sólo se refieren a los pleitos gana­dos por la Tierra de la Ciudad y se guardaban como garantía, para evitar nuevos intentos de señoria­lización en los términos señalados y adjudicados a la Tierra en las correspondientes sentencias.

La tercera forma es el otorgamiento de grandes zonas del término concejil abulense por la Corona a miembros destacados de la nobleza o de la familia real. Son enclaves de especial riqueza agropecuaria o mercantil, entrando el señorío en el juego de premios de la Corona a sus partidarios
o favoritos, sobre todo en la época comprendida desde forales del siglo xin a mediados del siglo xv: Valdecorneja (Piedrahíta, El Barco de Ávila, El Mirón y La Horcajada), Oropesa y los señoríos del valle del Tiétar y Campo de Arañuelo (Mombeltrán, Arenas de San Pedro, La Adrada, Candeleda, Puebla de Naciados y Castillo de Bayuela). Esta segregación es la más importante de todas por su extensión.

La cuarta, y última, es la concesión de señoríos realizada por el concejo de Ávila, y sobre todo por la Corona, a favor de monasterios, cabildos o al obispado de Ávila. Ya en la Consignación de Rentas del Cardenal Gil Torres a la Iglesia y Obispado de Ávila, en el año 1250, se especifica y diferencia entre las propiedades del obispado y del cabildo con la expresión de cum pertinencüs suis, y los señoríos con la referencia de dominio vasallorum. Aunque en la creación y consolidación de estos señoríos hemos de distinguir entre aquellos que se forman por concesión real o concejil, bien de territorios en los que ya tenían las instituciones eclesiásticas algún tipo de dominio o de propiedades agrarias, o bien de territo­rios que estaban bajo la autoridad directa del concedente, sin que las instituciones eclesiásticas tuvieran con anterioridad ninguna propiedad o posesión. Este sistema se utiliza preferentemente desde el inicio de la repoblación del alfoz abulense hasta mediados del siglo xiu. A partir de esta fecha y hasta el final de la Edad Media se forman mediante reconocimiento de derechos dudosos, ampliaciones del derecho jurisdiccional de las instituciones a terrenos colindantes o incluidos en los dominios eclesiásticos, por compra o por otras formas, realizadas con el beneplácito de los poderes que debían impedirlo, por tener como obligación y principal misión la defensa del término concejil (concejo de Ávila: magistraturas, jus­ticias, alcaldes, regidores, etc.) o del poder real, que muchas veces no hacía cumplir las numerosas dis­posiciones emanadas de su propio poder o concedidas a petición de las Cortes, para impedir el paso de territorios de realengo a señorío eclesiástico, e incluso con olvido de las disposiciones y ordenanzas que prohibían la venta de propiedades de los pecheros a monasterios, iglesias y otras instituciones eclesiás­ticas. Así se van formando de una u otra manera importantes señoríos: Bonilla de la Sierra, Villanueva, Guijo de Ávila, San Bartolomé de Corneja, Aldea del Obispo, Miriellos, señorío del monasterio de Gómez Román, señorío de Santa María del Fondo en Burgohondo, el señorío cisterciense de Higuera de las Dueñas, los señoríos del obispo Sancho Blázquez, etc.

En total, la sangría señorial en la Edad Media había supuesto una pérdida al territorio del concejo abulense de 5.300 km2 aproximadamente, casi el 58% del territorio que tenía a mediados del siglo XIII, quedando reducido el mismo a 3.844 km2, extensión ésta sensiblemente inferior a la actual de la provincia de Ávila (8.044 km2), aproximadamente en unos 4.200 km2.

(Historia de Ávila Tomo II, Institución Gran Duque de Alba de la Excma . Diputación de Ávila. Ávila 2000 pp 30-32)
Estas enseñanzas de la historia son instructivas tanto para el desconocedor de su pasado cuanto para el exaltado que presume con elogios y ditirambos de no se que pasado glorioso, comunal e incontaminado. Sabemos que entre estos últimos algunos pretenden nada menos que edificar una nación de cuño moderno con poderoso estado ad hoc, dueño y señor al que entregarse postrado, sumiso y sin reservas de ningún tipo. En la mayoría de los casos desconocen cual fue la razón profunda que permitió esa unidad de diferencias caleidoscópicas que fue la Castilla medieval y que ninguna institución profana moderna sería capaz de hacer revivir. El poder externo o periférico carente de verdadera autoridad, que no suministra el moderno derecho formal, tiende por naturaleza a la confrontación con la multitud de poderes que representan otros poderes análogos, bien sean estados, sociedades transnacionales u organizaciones de otro tipo. Cualquier tiempo pasado fue mejor que diría Jorge el de Paredes de Nava.

La nación, el estado y en general la política moderna ha chupado rueda de un orden tradicional finalmente agotado, muy anterior a las actuales organizaciones humanas y cuyos fundamentos eran totalmente diferentes a las actuales concepciones formales democráticas, jurídicas y estatales. Desde un punto de vista profano el estado, usurpador absoluto de la verdadera autoridad espiritual, llega un momento que solo dispone de la pura coerción y violencia para mantener su soberanía luciferina; ejemplos paradigmáticos de la desnuda reducción a estos extremos fueron los diversos fascismos y los estados marxista-leninistas del siglo XX – estos últimos en realidad una variante de fascismo violento-, más o menos encubiertos a veces con coartadas ideológicas frágiles e ilusorias de paraísos al alcance de la mano, pero con un palmarés de crímenes millonario, sin comparación posible con nada del pasado. En los casos menos desastrosos el estado demo-liberal mantuvo apariencias más pasables y más disfrazables sus canalladas. La vieja Europa, antigua Cristiandad en la Edad Media, ha sufrido horriblemente en sus carnes los resultados implacables de la exterioridad y la periferia y su cortejo de discordias; actualmente las uniones aparentes por el comercio y la economía, campos de confrontación y polémica, no son más que ridículas caricaturas de la unión espiritual de antaño.

El caso de España como apartado extremo de Europa, liquidada su herencia tradicional en el siglo XIX, que permitió subsistir cierta unidad, agotó relativamente pronto la gama destructiva del estado moderno; experimentado todo el repertorio de escapes de la política actual queda hoy día solo un estado formal con acumulación de poderes puramente externos y carente de otras legitimaciones que no sean igualmente externas y de pura forma, inane y a merced de los resultados finalmente disgregadores de lo externo. Aunque sea un tema que puede provocar ronchones y crispaciones, ninguna autoridad metafísica y ética puede aducir el actual estado-nación cuando una parte de los ciudadanos pretenden, fascinados por la idea mendaz y satánica del estado moderno, erigirse igualmente a su vez en estado-nación, ídolo supremo al que adorar sin apostasía, al parecer ya la única expresión actual concebible de plasmación y representación de lo va quedando de los pueblos; demasiadas veces partiendo de violencia, roca desnuda que queda cuando se han eliminado los principios, o peor cuando el único principio es el estado; agotados los formalismos y las convenciones que no principios tradicionales, inexistentes en el estado moderno, solamente queda la coerción y la estaca; la sociedad moderna carece cada vez más de los motivos últimos capaces de suscitar unión.

La expansión del desencuentro, las separatividades, las hostilidades, la inflación del ordenancismo y de reglamentos aptos para infundir temor y desasosiego – delicias de un universo judicializado- aumenta en cadencia acelerada, manifestación del aumento fatal de la desorganización o entropía de que nos habla el 3º principio de la termodinámica. En otras palabras cada vez más obstáculos al fluir de la armonía, cada vez más coerciones periféricas y más lejano el entorno de paz y libertad, que no se adquiere con legislaciones obligatorias ni incrementando la renta per cápita y el producto nacional bruto; la libertad se trata de sustituir astutamente por un sucedáneo fraudulento: la felicidad y bienestar procurada por el progreso económico y material, con la ayuda del estado providencia, al final menos providente que voraz. Solo para restringirse a Europa existen actualmente más de 40 micronacionalidades en potencia y con partidarios más o menos capaces, según los casos, de erigirlas en nacioncitas fieramente independientes en no demasiado tiempo. Entre ellos no faltan algunos que anhelan una Castilla de estrafalarios contornos celosamente independiente, o sea más separación, más disgregación y un estadito más; otra oferta más mimética y fotocopiada de un paraíso salvífico. La concentración exclusiva en lo periférico, el centralismo, típico del mundo moderno, trae como reacción inevitable la dispersión babélica.

Las federaciones y ligas, los cementos provisionales soñados para sostener tal puzzle, posibles en tiempos pasados en virtud de otras circunstancias muy distintas de las actuales, son hoy totalmente engañosos, lejos estos tiempos de la armonía. “Reunir lo disperso “ es una operación del Espíritu no una praxis del hombre; claro que el hombre actual escéptico y agnóstico llega a pensar que para estos menesteres el tecnócrata, el negociador y el líder político puede sustituirlo con ventaja.

“Si Yavé no edifica la casa, en vano se afanan quienes la construyen ” (Salmo 127,1)

Partidos y sociedad (Diario de Ávila 8 marzo 2009)

La práctica de la representación política espaciada por largos periodos de tiempo es cada día más decepcionante para el ciudadano; en numerosas ocasiones la prensa - en este caso el Diario de Ávila no exactamente independiente- no deja de hacerse eco de vez en cuando de esta situación.


Partidos y sociedad

(Diario de Ávila 8 marzo 2009)

UNA de las mayores dificultades a las que se enfrentan los líderes políticos en sus res­pectivas provincias, cuando su partido al­canza el Gobierno, es la defensa de los intereses locales cuando van en contra de los intereses del partido. De ahí que en multitud de ocasiones los ciudadanos no entiendan las actitudes políticas de los responsables a los que se ha dado la delegación de la representación en las diferentes Cámaras legislativas.

Sin embargo, nuestra democracia ha madurado ya lo suficiente en estos más de treinta años, y los representantes políticos han de ser reivindicativos con la gente que les da respaldo, reclamando ac­ciones del Ejecutivo encaminadas a mejorarla si­tuación general de la población. Los políticos son los que más conocen su tierra, y por eso a ellos hay que darles un valor añadido y un plus en el cono­cimiento del terreno.

De ahí, que sean legítimas las reclamaciones y advertencias al Ejecutivo por retrasos, incoheren­cias o desidias de proyectos.

En los últimos tiempos, cada vez más, los parti­dos mayoritarios de Ávila con representación tan­to en el Gobierno central (el Partido Socialista, en este caso) y en el Gobierno regional (el Partido Po­pular, en este otro) se encaminan hacia la búsque­da del interés general por encima de los intereses partidistas, algo que tenía que haber ocurrido des­de hace muchos más años atrás.

Quizás una decisión anterior en el tiempo en esta línea nos hubiera colocado en un lugar más privilegiado que el que ahora tenemos. Y no olvi­demos que en los últimos años se han conseguido muchos avances, y que en los últimos quince años la ciudad de Ávila ha dado un vuelco absoluto, en lo que era y en lo que puede llegar a ser.

martes, 21 de junio de 2011

Algunas apostillas al proyecto de Ibarreche (leáse hoy Estatut). Gaudencio Hernández (Diario de Ávila 20 -10-2002)

Los acontecimientos actuales, vuelven a traer a la actualidad unas reflexiones de hace no mucho tiempo; basta cambiar territorios y políticos pero la esencia de las cuestiones empleadas es la misma.

RES

El DIARIO DEAVILA 20 de octubre de 2002 o DOMINGO

TRIBUNA LIBRE
GAUDENCIO HERNÁNDEZ

Algunas apostillas al proyecto de Ibarretxe

T ODO político tiene una gran difi­cultad para ver el mundo. su mun­do bajo otra , bajo otra perspectiva que no sea la suya. Es normal. ¿,Quién les votaría, si no muestran firmeza y convicción en sus pro­yectos? Para ellos, sólo su visión es la ver­dadera. Sin embargo, a la realidad humana de los pueblos, nos dice Ortega y Gasset, sola­mente nos acercamos a ella desde distintas perspectivas. La realidad vasca, vista por Ibarretxe, no es la misma que la contempla­da por Iturgaiz. Y naturalmente la visión que tiene del problema vasco una persona que lo ve desde Ginebra, no es la misma que la que tiene uno que mira desde Madrid. En­tonces, ¿qué hacer'.' ¿Quién posee la verdad'.'

La democracia ha encontrado la respues­ta: los pueblos libres y bien informados se acercan a ella. Y yo añadiría: con la cabeza fría v sin miedo; con una cierta perspectiva del pasado y porvenir de dicho pueblo. Sa­bernos lo que piensa el lehendakri y la res­puesta del presidente del Gobierno español. No sabemos lo que piensa y dirá el pueblo vasco y lo que le responderán los otros pue­blos de España. Desde lejos, desde otro pun­to de vista (Suiza), voy a dar una otra visión.

I °. No hay democracia ni posibilidad de recurrir al pueblo para que se “autodeterminen” mientras en Euzkadi exista la violencia política En toda democracia sana no se pue­de aceptar que unta parte de la población y sus dirigentes gocen de libertad para lanzar y aprobar la proposición que les venga en ga­na; y, por el contrario, otra gran parte de di­cho pueblo no pueda responder con una contraproposición por estar perseguidos y ame­nazados de muerte sus dirigentes. Dicha autodeterminación sería simplemente una imposición. Señor Ibarretxe, comience por suprimir la violencia, por convencer a ETA que deje de matar y entonces, sólo enton­ces, lance el referéndum que le venga en ga­na.

2°. Delimite, señor Ibarretxe, las propo­siciones que directamente conciernen a su pueblo, y sólo a él, para que las vote (re­feréndum cantonal se llama en Suiza). No las mezcle con asuntos comunes que con­ciernen también a los otros pueblos de Es­paña. Digo esto porque habla usted de...

3º De una asociación libre" con el Es­tado Español (con los otros pueblos de Es­paña me parece más correcto: en democracia directa se habla de pueblos, no de estados). Su proposición de asociación es un tanto ilu­sa. Usted tiene un mandato para hablar en nombre del pueblo vasco; pero tratándose
de una relación-asociación con pueblos, a estos les corresponde también decir si están de acuerdo con dicha asociación o no. Podemos imaginar tres escenarios: a) Los pueblos restantes de España dicen sí a su proposición; habría conseguido todas las ventajas y ningún inconveniente con dicha unión. ¡Un sueño dorado! b) Pero conoce la respuesta; los partidos mayoritarios en di­chas autonomías ya han dicho no a su pro­grama.¿Entonces?, como buen deportista, cierra los ojos y se lanza hacia la indepen­dencia total. Tendrá fronteras en España y Navarra, en Euskadi-Norte y Francia y, lo peor. con toda Europa. ¡Un callejón sin sa­lida: c) Hay el peligro de que a un general de esos que tienen la costumbre de los pronun­ciamientos en nuestra tierra, se lo hinchen la, narices. ""El ejército tiene la misión de salvaguardar la unidad de la patria; dice la Constitución. ¡Que Dios nos libre!

4". Si me permite, señor Ibarretxe, le pro­pongo, como solución posible, que vuelva su mirada hacia Suiza (país de minorías en paz). Aquí se habla siempre después de un referendum cantonal de la decisión que ha tomado el pueblo soberano. ¿No es eso lo que usted pide para su pueblo? Pero no se olvide que para las decisiones de problemas comunes está el referéndum federal Si los pueblos están unidos entre sí, por "'libre" que sea la unión, no escapan a una autoridad común. Quisiera o no, habría intereses, de­rechos y obligaciones comunes. Le enume­ro algunos al voleo en un estado confedera­do (el que más lejos va en la descentraliza­ciones existentes): fronteras, aduanas, y pa­saportes comunes; ejército y defensa (en Suiza no existe policía nacional); moneda y entidades financieras, ya que la unión hace la fuerza (¡y qué fuerza, la de los bancos sui­zos!); seguros sociales y pensiones de vejez (cuantos más miembros mejor, principio bá­sico de las cajas); carreteras, trenes.. correos y otros servicios comunes; tribunal confe­deral para últimas instancias (contrariamente a lo que usted pide): participación a los gas­tos confedérales (impuesto que correspon­de más o menos a su "cupo") ...Todos los demás (¿más poderes que los que usted tie­ne?) son de competencia y autoridad de los cantones.

Mire, sector Ibarretxe, aunque Arzallus hable de una solución a la '"irlandesa- (no muy brillante por lo que vemos), vuelva sus ojos a Suiza; las soluciones aquí no son pro­yectos sino realidades. —El que busca halla", dice el Evangelio.