domingo, 25 de noviembre de 2018

El grito de los pobres (Alejo Vidal Cuadras)

PROHIBIDO PISAR LAS FLORES
Alejo Vidal-Quadras: 

El grito de los pobres

Opinión
Alejo Vidal-Quadras

jueves, 8 de noviembre de 2018

Manifiesto contra la sociedad al revés (Agencia Faro)



De:
Agencia FARO <agenciafaro@carlismo.es>



 
Pamplona, 27 julio 2010. El 19 de julio FARO recogía la entrada "No faltar al deber" del cuaderno de bitácora El Brigante. Hoy hacemos lo mismo con la que completa la serie.


Manifiesto contra la sociedad al revés


La causa final de la sociedad es el bien común temporal, la vida común según la virtud. La virtud específica que regula el logro de ese bien común es la justicia general, virtud que se predica de distinta manera en gobernantes y gobernados. En los primeros, en quienes es más eminente y arquitectónica, se manifiesta sobre todo en la promulgación de leyes justas ordenadas al bien común y en las decisiones prudentes de gobierno enderezadas al mismo fin. En los ciudadanos, principalmente, se manifiesta en el cumplimiento de las leyes y en la adquisición de las virtudes necesarias para concurrir a los actos legales y de gobierno: fortaleza, templanza, liberalidad y, sobre todo, prudencia.


En cuanto a la orientación de una muchedumbre a un bien común, podemos distinguir entre situaciones de explícita y constitutiva búsqueda; situaciones de búsqueda parcial o imperfecta, y por último situaciones de evitación sistemática o de exclusión programática. Las dos primeras situaciones son legítimamente llamadas sociedades políticas y se ordenan la una a la otra como lo imperfecto a lo perfecto. El anómalo tercer escenario lo hemos llamado disociedad o sociedad al revés: también se puede denominar "tiranía", aunque parece que la tiranía designa más específicamente a un gobierno que a un sistema.

Es la misma naturaleza humana la que establece la preeminencia del bien común sobre el individuo, por lo que esa misma naturaleza contiene una inclinación a la justicia general. Esa inclinación encuentra su fin adecuado en las sociedades bien constituidas, en un grado que puede ir de lo perfecto a lo menos perfecto. En una disociedad, esas mismas inclinaciones políticas, carentes de la rectificación necesaria por parte del gobernante, fácilmente degeneran en sumisión servil, convirtiéndose, por paradójico que resulte, en el mayor sustento de ese tiránico simulacro de organización política.


Como colofón a estas consideraciones apresuradas, aventuro alguna reflexión de naturaleza práctica:

1) Hagas lo que hagas, obra con prudencia y ten presente el fin por el que obras, dice el viejo proverbio. Una conclusión genérica se impone: la inclinación hacia el bien común está inscrita en nuestra naturaleza y no podemos renunciar a ella sin traicionarnos a nosotros. Por lo tanto, lo que en situaciones normales nos empuja a la obediencia de la ley, en las patológicas como hoy, nos demanda la resistencia a la disposición inicua. Pero no sólo eso: debemos aspirar a la recreación de un orden político al servicio del bien común;

2) Así pues, un movimiento "social" dirigido a la mera "objeción" a la "norma tiránica", sólo en apariencia se inserta en la dinámica del bien común. Tales movimientos, para ser legítimos, deben incluir en su definición una finalidad proporcionada: es decir, la reversión de una situación social patológica y su sustitución por un orden político justo.


3) El espejismo "democristiano" ha sido adecuadamente confutado por plumas más competentes, demostrando errores antropológicos y de contrariedad con la doctrina política de la Iglesia, por ejemplo, recientemente, por Danilo Castellano o Miguel Ayuso. Baste aquí decir que la política de pretendido parcheo desde el interior de la disociedad adolece de la misma tacha que los movimientos "sociales" a los que me refería en el punto 2: limitan sus aspiraciones a tal o cual acción, prescindiendo de la postulación natural de la finalidad política: el bien común, sostenido por el orden constitutivo justo.


4) Por esos motivos, aun cuando materialmente se pueda coincidir, con matices, en determinadas propuestas de estos movimientos "sociales" o con iniciativas democristianas, es fundamental identificar su inadecuación a las exigencias concretas y naturales humanas en el orden político y, por lo tanto, "teniendo presente el fin por el que obran", denunciar su condición de obstáculos para el bien común.

5) Esa confinación a lo privado o a lo parcial es más sinceramente confesada por otros grupos, como los que se autodenominan "libertarios" de tipo norteamericano. La imagen del granjero, con su rancho, su rifle y su caballo, es decir, de la autarquía que entiende lo público como enemigo al menos potencial y de lo que hay que defenderse, se ha abierto paso entre muchos católicos desarraigados de la tradición política propia. El bien común propiamente hablando, como bien distinto y superior a los bienes particulares, no como mero orden público o como asistente de los ciudadanos en la consecución de sus fines privados, ha desaparecido. Por comprensibles que resulten estas reacciones, no podemos dejar de señalar su gravedad. Insistamos una vez más: el bien común no es una convención, ni una imposición positivista, sino una inclinación y una exigencia de la naturaleza humana.

6) En último término, la gran masa de los católicos "despolitizados" y desorganizados se integra pacíficamente en el sistema disocial, prestando su apoyo a una u otra fuerza gobernante. En estos, la renuncia al bien común, y por lo tanto al orden político justo, se suma a la culpable complacencia o lamentación, según los gustos, ante los avances corruptores de la disociedad democrática.

7) Aunque sea la justificación favorita de los católicos integrados en el sistema, la cuestión de la pretendida "efectividad" es también esgrimida, a modo de argumento decisivo, por los movimientos "sociales" católicos y por los democristianos. Tal es el grado de alejamiento de los principios políticos naturales y cristianos, los cuales, como no podía ser menos, se rigen por la moral natural y católica, uno de cuyos axiomas más sagrados es el de que el fin no justifica los medios, nunca. Además, nada impide que confluyan nuestras fuerzas para eventuales bienes particulares y para evitar males mayores, pero esa concitación nunca ha de hacerse, como habitualmente se exige, ensombreciendo el fin último de la acción, el bien común. Es decir, la aspiración del orden político cristiano al servicio de ese bien común.


8) En gran parte, la culpa no ya de la inoperancia católica, sino del abisal grado de esa inoperancia, es debido a esa "fascinatio nugacitatis" , fascinación de las cosas sin valor, que domina a los "católicos profesionales" . Como dice el libro de la Sabiduría, esa fascinación "oscurece las cosas buenas". Invirtamos los términos: la única "unidad de acción" posible, no será la ligada a "operaciones concretas", es decir, a bienes particulares o a parches, sino la que se deduce de la unidad de finalidad: para lo cual debemos ser suficientemente unánimes sobre el orden político necesario para el bien común. Si, como parecen afirmar --nunca con claridad-- este desorden actual de cosas les vale y lo único que necesitamos es enderezarlo con acciones puntuales, queda claro que, aunque reducidos a un puñado ínfimo, los que sostenemos la esperanza política fiados sólo en la naturaleza de las cosas y en la fe y en la doctrina imperecederas de la Iglesia, no podemos ceder sin comprometer esos bienes que están por encima de nosotros.


9) Uno de los pilares de esa esperanza política (también "contra toda esperanza") es el de la legitimidad. No se trata solamente de mantener unos principios universales inviolables. Además, el bien común, como todo bien, procede de una "causa íntegra". En el caso de la comunidad política de las Españas, ahora reducida a su condición de bien común acumulado y latente, la constitución histórica de nuestra patria ha sido monárquica y la corona era la depositaria de la legitimidad política. Bajo esa legitimidad, despojados de defectos ideologizantes, cabrán agrupados y ordenados los esfuerzos de los que, de verdad y sin altisonantes retóricas desean contribuir al bien común.


10) Todos los intentos de aventuras políticas "católicas" en la historia reciente de España deberían servir para confirmar empíricamente lo que se deduce de los viejos principios. Los católicos que deseamos vivir --también en el orden político-- conforme a la doctrina de la Iglesia somos un grupo minúsculo. En parte el mal viene de muy lejos, como ya he señalado en otros lugares, del abandono de la doctrina social. La crisis atroz que vive la Iglesia ha agudizado el problema, acabando de desfigurar ante sus propios hijos las exigencias naturales y cristianas de la vida en común. No hay que darle muchas vueltas: sociológicamente somos un fleco ridículo en esta disociedad. Somos un "ruido estadístico" y pensar sobre nuestra acción política en términos que antepongan una efectividad puntual es una majadería. Sin embargo, en todo "tenemos presente el fin". Nuestra acción no servirá de mucho si no está penetrada de esa presencia del fin: desde la laboriosa adquisición de las virtudes necesarias para la justicia general (fortaleza, magnanimidad, templanza, liberalidad, ¡prudencia!), hasta el estudio y la explicación de la doctrina política a todo el que quiera conocerla, pasando por la creación de familias educadas en el servicio a ese bien común político o creando obras educativas, económicas o artísticas. En todo ello, la causa final es la instauración de un régimen --utilicemos nuestro lenguaje más propio-- de reinado social práctico de Nuestro Señor Jesucristo. Ése, y no otro, es el bien común (por limitado que sea) que nos es asequible en estas desdichadas circunstancias. Ése, y no otro, es el principal campo de batalla con nuestros equivocados hermanos los católicos extrañados de su herencia doctrinal, pero también de la naturaleza política.


11) Si algún día --quiéralo Dios-- hemos de poder levantar la mano para poner fin a este desorden perverso y para contribuir a la reconstrucció n de una sociedad justa y católica, será por Providencia de Dios y como un signo en medio de la Historia, como siempre lo fue antaño. El cristiano, teniendo en cuenta las distinciones anteriores, es hombre de oración y en la oración hemos de pedir conformarnos a los sabios designios de Dios. Y para no incurrir en la maldición del apóstol Santiago el menor, ésa de que pedimos y no recibimos porque pedimos para satisfacer nuestra concupiscencia, habremos de preparar ese momento con el cultivo de nuestros deberes de estado, con la adquisición de las virtudes conducentes a la justicia general y haciendo un resuelto apostolado político, transparente y sin concesiones. No hace tanto tiempo --y era ya entonces inverosímil-- que las laderas de Montejurra se llenaban de fieles carlistas, como siempre esperando contra toda esperanza. Como reclamaba "la pucelle", libremos, pues, el buen combate y Dios, si le place, dará la victoria. Nosotros seremos, llegado el caso, colaboradores asombrados, en primera línea de frente.

12) Con todas las limitaciones actuales, el germen --continuidad histórica de la legitimidad- - de esa fe política hispánica, es el carlismo. Cuando todas las fantasías se han intentado y han defraudado, sigue siendo la hora de la tradición española, martirial e improbable. Llena de sorpresas.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Golpe de Estado en Cataluña: Todos los cómplices del presidente

Golpe de Estado en Cataluña:

 Todos los cómplices del presidente

Pablo 1; Pedro O. Al fin se ha estrenado Casado como oposición en el Parlamento, 
sin miedo a que le llamen ‘facha’, y ha puesto a Sánchez en su sitio. Sí, Pedro es 
responsable del golpe ‘indepe’, pero no solo sino en compañía de otros.


Ha nacido un líder parlamentario, al desenvainar el verbo con un alegato inapelable: Sánchez es
 “partícipe y responsable de un golpe de Estado que está en curso en Cataluña”. Genial.
Sólo hay dos peros en la intervención de Pablo. Primero, ¿habría optado por esta contundente 
ínea sin la remontada y la amenaza electoral de Vox? …o más bien hubiera seguido el 
guión-pantunfla de don Mariano. ¿Trata de arañar votos por su derecha? Si es así, hay que felicitarse
 de la aparición de una nueva fuerza política que está galvanizando a una derechita cobarde al 
orde del encefalograma plano.
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El segundo ‘pero’ es que Sánchez no es el único responsable en la amenaza contra la unidad de España.
 Tiene mucha culpa, ya que está en el poder gracias al apoyo de quienes quieren destruirla; y quiere 
mantenerse en la poltrona confeccionado unos presupuestos, mano a mano con el comisario
 bolivariano en España, que alimentará aún más a la fiera golpista. Parte de la subida de impuestos
Pero sin otros cómplices, próximos o remotos, no tendríamos golpe en Cataluña y un proceso 
enquistado que cada vez es más difícil de resolver.
Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista, saluda a Adolfo Suárez
Los podríamos agrupar en tres grandes bloques.
Primero, los políticos de la Transición, con Adolfo Suárez a la cabeza, que cometieron el grave
 error de abrir la puerta a los nacionalismos. Fue una maniobra audaz legalizar el Partido 
Comunista en 1977 y, a la larga, de habilidad política, pues el dinosaurio marxista fue perdiendo fuelle.
Los nacionalismos vasco y catalán no eran pesados diplodocus sino ágiles y voraces velocirraptors
Pero les faltó visión al dar carta de naturaleza a los nacionalismos vasco y catalán, que no eran 
pesados diplodocus sino ágiles y voraces velocirraptors.
Los políticos de la Transición diseñaron la ley electoral a su medida; los convirtieron en árbitros de
 la gobernación, obligando a PP y PSOE a pactar con ellos, cuando éstos carecían de mayoría; y
 crearon el Estado de las Autonomías para que PNV y CiU pudieran sentar sus reales en el País Vasco
 y Cataluña, tejer redes clientelares y gobernar ininterrumpidamente durante décadas (cierto también 
gobernaron los socialistas, pero lo de Patxi López y Maragall-Montilla fueron breves paréntesis de
 monaguillos colaboracionistas).
Parece obvio que de no haber existido nacionalismo vasco y catalán no se hubiera planteado 
el Estado autonómico. Piénsenlo. Ergo…
Segundo, los Gobiernos centrales (primero González y Aznar, después Zapatero) pagando 
el peaje del PNV y de CiU a cambio del apoyo parlamentario, vendiendo a España por un plato 
de lentejas. En la cuneta quedaron muertos (las 800 víctimas de ETA) y dinero (los millones de 
todos los españoles) con los que se privilegió a los cortijos peneuvista y convergente.
Zapatero llevó las cosas al extremo al negociar con los terroristas (a través de los emisarios del PSE) 
y al poner alfombra roja al Estatut catalán. Resultado: abrió la caja de Pandora.
No se puede entender la deriva de Artur Mas con la consulta ilegal del 9-N (2014), primer acto 
de la farsa del referéndum ilegal de 2017, sin el Estatut permitido/jaleado por Zapatero y el caldo 
de cultivo independentista durante la etapa del Tripartito (PSC-Esquerra-ICV).
Tercero, González, Aznar y Zapatero (por partida doble) por transferir las competencias de 
Educación a Cataluña y permitir que el nacionalismo troquelara las cabecitas de los escolares,
 incubando el resentimiento contra el resto de España, mediante el adoctrinamiento,  las mentiras 
y las tergiversaciones de la Historia.
El expresidente del Gobierno, José María Aznar /Efe
El expresidente del Gobierno, José María Aznar /Efe
Los nacionalistas tenían bien aprendida la lección de Gramsci. Sabían que si minaban el campo de
 la educación, tendrían la sartén por el mango durante generaciones. A ello se han empleado. 
De poco sirve el 155 si parte de la sociedad catalana está infectada por el virus.
Quedan, a otro nivel, de menor responsabilidad, los ambiguos o los contemporizadores. Sorprende,
 por ejemplo, que parte de la clase empresarial catalana (reunidos en el Foro Puente Aéreo junto con
 empresarios de Madrid) le haya transmitido a Pablo Casado que debe moderar su mensaje, porque
 resulta radical.
¿No es radical el quebranto económico que leestá costando a esa comunidad (30.000 millones de euros en depósitos) y la destrucción de empleo?
¿Radical decir la verdad?, ¿y no es radical la sedición, la malversación de fondos, el referéndum 
ilegal o dividir en dos a la sociedad catalana?, ¿no es radical quemar retratos del Rey?, ¿no es 
radical el quebranto económico que le está costando a esa comunidad (30.000 millones de euros en
 depósitos y la pérdida del liderazgo de PIB en España por la fuga de empresas, desplome del
 consumo y destrucción de empleo)? Algo que deberían saber muy bien los empresarios (entre ellos, 
el presidente de Planeta, una de las compañías que ha tenido que marchar al exilio).
La crisis catalana, la mayor amenaza contra la unidad de España desde que llegó la democracia,
 no tiene un responsable sino muchos. En realidad una larga cadena de errores, culpas o negligencias. 
 Torra o Puigdemont son sólo los últimos eslabones. Y Sánchez el gran cómplice. Pero hay muchos
 otros, por acción u omisión, de izquierdas, de derechas y mediopensionistas. 

martes, 30 de octubre de 2018

Lecciones de buenismo, ni una

TRIBUNA
Sigfrid Soria: 


Lecciones de buenismo, ni una

Opinión
Sigfrid Soria

lunes, 29 de octubre de 2018

«La trampa de la diversidad» (por Juan Manuel de Prada)


«La trampa de la diversidad» 

por Juan Manuel de Prada


«La trampa de la diversidad» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 21/X/2018.
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Acabamos de leer La trampa de la diversidad (Ediciones Akal), un lúcido ensayo que ha provocado gran polémica en ámbitos intelectuales izquierdistas. Su autor, Daniel Bernabé, sostiene que las llamadas ‘políticas de la diversidad’, que con tanto ardor defiende la izquierda, constituyen en realidad una artimaña del neoliberalismo para «fragmentar la identidad de la clase trabajadora». Es la misma tesis que hemos sostenido en infinidad de artículos desde hace años, citando a pensadores tan ilustres como Pasolini o Hobsbawn (a los que, misteriosamente, Bernabé no cita).

Como Bernabé señala en algún pasaje de su libro, «si todos somos una suma inacabable de especificidades, entonces no puede haber un nosotros». El posmodernismo habría sido, a juicio de Bernabé, el clima cultural que ha favorecido esta lacra: «Sin horizonte al que dirigirnos ni pasado del que aprender, sin posibilidad de afirmar lo cierto o lo falso, sin espacio para los conceptos válidos universales», el neocapitalismo habría podido realizar más fácilmente una serie de transformaciones económicas –desindustrialización, deslocalización, externalización, etcétera– que favorecieron la atomización laboral. Ciertamente, es mucho más sencillo desarrollar una conciencia de explotación laboral en el obrero que trabaja en una fábrica junto con otros cinco mil obreros que en el falso autónomo que reparte pizzas a domicilio en bici, requerido por una aplicación para teléfonos móviles. Y, a la vez, es mucho más sencillo encauzar la insatisfacción de este falso autónomo hacia reivindicaciones que lo hagan sentirse ‘distinto’, permitiéndole huir de su grimoso horizonte laboral. Con inteligencia ladina, a este falso autónomo se le puede infundir una ‘identidad aspiracional’ que lo haga sentirse orgulloso de ser homosexual, animalista y (risum teneatis) de clase media, en contraposición al trabajador de la fábrica, al que se caracterizará como heteropatriarcal, taurino y de clase baja. Esta capacidad del neocapitalismo para instilar ‘identidades aspiracionales’ entre los trabajadores más explotados, evitando que se organicen, supo aprovecharla, por ejemplo, Margaret Thatcher, que –como nos recuerda Bernabé– no tuvo empacho en mostrarse favorable a la despenalización de la homosexualidad o el aborto, a cambio de desactivar la acción colectiva de los trabajadores y de reducir a fosfatina conquistas laborales logradas en décadas anteriores.

Con la ayuda lacayuna de una izquierda traidora, el neocapitalismo ha logrado convertir a la clase trabajadora en un archipiélago de ‘consumidores de singularidades’ entre las que ocupan un lugar preponderante las ‘opciones sexuales’ y las ‘identidades de género’. Por supuesto, Bernabé no defiende que tales grupos no deban disfrutar de derechos civiles; pero advierte que la exaltación de la diferencia es la mejor coartada para los gobiernos rehenes de la plutocracia, que así pueden posar de progresistas ante la galería. Y no se le escapa tampoco a Bernabé que este mercado de la diversidad, como siempre ocurre entre los productos que compiten, provoca fricciones y contradicciones cada vez más ásperas entre las distintas identidades: así ha ocurrido recientemente, por ejemplo, con los llamados ‘vientres de alquiler’, que han enfrentado a feministas y homosexuales. Y, entretanto, nadie clama contra los recortes salariales.

Especialmente sagaz se muestra Daniel Bernabé cuando denuncia que esta traición de la izquierda ha dado alas a las nuevas derechas, más o menos extremistas o alternativas, que se benefician de la fragmentación ocasionada por las políticas de la diversidad, apelando a los perdedores de la globalización, a la vez que pueden azuzar los miedos de cada grupo nacido de esta fragmentación, adaptando su mensaje a sus particularidades. El encono con que algunos capitostes izquierdistas han descalificado La trampa de la diversidad nos prueba que su autor ha acertado a meter el dedo en la llaga, aunque sólo sea someramente. Así, por ejemplo, Bernabé no se atreve a recordar que estas ‘políticas de la diversidad’ son opíparamente subvencionadas por organismos públicos y privados; y que el ardor con que son defendidas desde la izquierda traidora es directamente proporcional a la cantidad de dinero que tales organismos invierten en ellas. Tampoco se atreve Bernabé a penetrar en la razón última por la que el capitalismo fomenta estas políticas de la diversidad, utilizando a la izquierda como su perro caniche. Pero para atreverse a dilucidar esa razón última hay que aceptar primero –como nos enseñaban lo mismo Proudhon que Donoso Cortés– que detrás de toda cuestión política subyace un problema teológico.

https://www.xlsemanal.com/firmas/201...uel-prada.html

domingo, 28 de octubre de 2018

Maximalismo asimétrico (Alejo Vidal Cuadras)

PROHIBIDO PISAR LAS FLORES
Alejo Vidal-Quadras: 



MAXIMALISMO ASIMÉTRICO 

Opinión
Alejo Vidal-Quadras