Pamplona, 27 julio 2010. El 19 de julio FARO
recogía la entrada "No faltar al
deber"
del cuaderno de bitácora El Brigante. Hoy hacemos lo
mismo con la que completa la serie.
La causa final de la sociedad es el bien común temporal, la vida común
según la virtud. La virtud específica que regula el logro de ese bien común
es la justicia general, virtud que se predica de distinta manera en
gobernantes y gobernados. En los primeros, en quienes es más eminente y
arquitectónica, se manifiesta sobre todo en la promulgación de leyes justas
ordenadas al bien común y en las decisiones prudentes de gobierno
enderezadas al mismo fin. En los ciudadanos, principalmente, se manifiesta
en el cumplimiento de las leyes y en la adquisición de las virtudes
necesarias para concurrir a los actos legales y de gobierno: fortaleza,
templanza, liberalidad y, sobre todo, prudencia.
En cuanto a la orientación de una muchedumbre a un bien común, podemos
distinguir entre situaciones de explícita y constitutiva búsqueda;
situaciones de búsqueda parcial o imperfecta, y por
último situaciones de evitación sistemática o de exclusión programática.
Las dos primeras situaciones son legítimamente llamadas sociedades
políticas y se ordenan la una a la otra como lo imperfecto a lo perfecto.
El anómalo tercer escenario lo hemos llamado disociedad o sociedad al
revés: también se puede denominar "tiranía", aunque parece que la
tiranía designa más específicamente a un gobierno que a un sistema.
Es la misma naturaleza humana la que establece la preeminencia del bien
común sobre el individuo, por lo que esa misma naturaleza contiene una
inclinación a la justicia general. Esa inclinación encuentra su fin
adecuado en las sociedades bien constituidas, en un grado que puede ir de
lo perfecto a lo menos perfecto. En una disociedad, esas mismas
inclinaciones políticas, carentes de la rectificación necesaria por parte
del gobernante, fácilmente degeneran en sumisión servil, convirtiéndose,
por paradójico que resulte, en el mayor sustento de ese tiránico simulacro
de organización política.
Como colofón a estas consideraciones apresuradas, aventuro alguna reflexión
de naturaleza práctica:
1) Hagas lo que hagas, obra con prudencia y ten presente el fin por el
que obras, dice el viejo proverbio. Una conclusión genérica se impone:
la inclinación hacia el bien común está inscrita en nuestra naturaleza y no
podemos renunciar a ella sin traicionarnos a nosotros. Por lo tanto, lo que
en situaciones normales nos empuja a la obediencia de la ley, en las patológicas como hoy, nos demanda la resistencia
a la disposición inicua. Pero no sólo eso: debemos aspirar a la
recreación de un orden político al servicio del bien común;
2) Así pues, un movimiento "social" dirigido a la mera
"objeción" a la "norma tiránica", sólo en apariencia se
inserta en la dinámica del bien común. Tales movimientos, para ser
legítimos, deben incluir en su definición una finalidad proporcionada: es
decir, la reversión de una situación social
patológica y su sustitución por un orden político justo.
3) El espejismo "democristiano" ha sido adecuadamente confutado
por plumas más competentes, demostrando errores antropológicos y de
contrariedad con la doctrina política de la Iglesia, por ejemplo,
recientemente, por Danilo Castellano o Miguel Ayuso. Baste aquí decir que
la política de pretendido parcheo desde el
interior de la disociedad adolece de la misma tacha que los
movimientos "sociales" a los que me refería en el punto 2:
limitan sus aspiraciones a tal o cual acción, prescindiendo de la
postulación natural de la finalidad política: el bien común, sostenido por
el orden constitutivo justo.
4) Por esos motivos, aun cuando materialmente se pueda coincidir, con
matices, en determinadas propuestas de estos movimientos
"sociales" o con iniciativas democristianas, es fundamental identificar
su inadecuación a las exigencias concretas y naturales humanas en el orden
político y, por lo tanto, "teniendo presente el fin por el que
obran", denunciar su condición de obstáculos para el bien común.
5) Esa confinación a lo privado o a lo parcial es más sinceramente
confesada por otros grupos, como los que se autodenominan
"libertarios" de tipo norteamericano. La imagen del granjero, con
su rancho, su rifle y su caballo, es decir, de la autarquía que entiende lo
público como enemigo al menos potencial y de lo que hay que defenderse, se
ha abierto paso entre muchos católicos desarraigados de la tradición
política propia. El bien común propiamente hablando,
como bien distinto y superior a los bienes particulares, no como mero orden
público o como asistente de los ciudadanos en la consecución de sus fines
privados, ha desaparecido. Por comprensibles
que resulten estas reacciones, no podemos dejar de señalar su gravedad.
Insistamos una vez más: el bien común no es una convención, ni una
imposición positivista, sino una inclinación y una exigencia de la
naturaleza humana.
6) En último término, la gran masa de los católicos
"despolitizados" y desorganizados se integra pacíficamente en el
sistema disocial, prestando su apoyo a una u otra fuerza gobernante. En
estos, la renuncia al bien común, y por lo tanto al orden político justo,
se suma a la culpable complacencia o lamentación, según los gustos, ante
los avances corruptores de la disociedad democrática.
7) Aunque sea la justificación favorita de los católicos integrados en el
sistema, la cuestión de la pretendida "efectividad" es también
esgrimida, a modo de argumento decisivo, por los movimientos
"sociales" católicos y por los democristianos. Tal es el grado de
alejamiento de los principios políticos naturales y cristianos, los cuales,
como no podía ser menos, se rigen por la moral natural y católica, uno de
cuyos axiomas más sagrados es el de que el fin no justifica los medios,
nunca. Además, nada impide que confluyan nuestras fuerzas para eventuales bienes
particulares y para evitar males mayores, pero esa
concitación nunca ha de hacerse, como habitualmente se exige,
ensombreciendo el fin último de la acción, el bien común. Es decir,
la aspiración del orden político cristiano al servicio de ese bien común.
8) En gran parte, la culpa no ya de la inoperancia católica, sino del
abisal grado de esa inoperancia, es debido a esa "fascinatio
nugacitatis" , fascinación de las cosas sin
valor, que domina a los "católicos profesionales" . Como
dice el libro de la
Sabiduría, esa fascinación "oscurece las cosas
buenas". Invirtamos los términos: la única "unidad de
acción" posible, no será la ligada a "operaciones
concretas", es decir, a bienes particulares o a parches, sino la que
se deduce de la unidad de finalidad: para lo cual debemos ser
suficientemente unánimes sobre el orden político necesario para el bien
común. Si, como parecen afirmar --nunca con claridad-- este desorden actual
de cosas les vale y lo único que necesitamos es enderezarlo con acciones
puntuales, queda claro que, aunque reducidos a un puñado ínfimo, los que
sostenemos la esperanza política fiados sólo en la naturaleza de las cosas
y en la fe y en la doctrina imperecederas de la Iglesia, no podemos
ceder sin comprometer esos bienes que están por encima de nosotros.
9) Uno de los pilares de esa esperanza política (también "contra toda
esperanza") es el de la legitimidad.
No se trata solamente de mantener unos principios universales inviolables.
Además, el bien común, como todo bien, procede de una "causa
íntegra". En el caso de la comunidad política de las Españas, ahora
reducida a su condición de bien común acumulado y latente, la constitución
histórica de nuestra patria ha sido monárquica y la corona era la
depositaria de la legitimidad política. Bajo esa legitimidad, despojados de
defectos ideologizantes, cabrán agrupados y ordenados los esfuerzos de los
que, de verdad y sin altisonantes retóricas desean contribuir al bien
común.
10) Todos los intentos de aventuras políticas "católicas" en la historia
reciente de España deberían servir para confirmar empíricamente lo que se
deduce de los viejos principios. Los católicos que deseamos vivir --también
en el orden político-- conforme a la doctrina de la Iglesia somos un grupo
minúsculo. En parte el mal viene de muy lejos, como ya he señalado en otros
lugares, del abandono de la doctrina social. La crisis atroz que vive la Iglesia ha agudizado
el problema, acabando de desfigurar ante sus propios hijos las exigencias
naturales y cristianas de la vida en común. No hay que darle muchas
vueltas: sociológicamente somos un fleco ridículo en esta disociedad. Somos
un "ruido estadístico" y pensar sobre nuestra acción política en
términos que antepongan una efectividad puntual es una majadería. Sin embargo,
en todo "tenemos presente el fin". Nuestra acción no servirá de
mucho si no está penetrada de esa presencia del fin: desde la laboriosa
adquisición de las virtudes necesarias para la justicia general (fortaleza,
magnanimidad, templanza, liberalidad, ¡prudencia!), hasta el estudio y la explicación de la doctrina política a
todo el que quiera conocerla, pasando por la creación de familias educadas
en el servicio a ese bien común político o creando
obras educativas, económicas o artísticas. En todo ello, la causa
final es la instauración de un régimen --utilicemos nuestro lenguaje más
propio-- de reinado social práctico de Nuestro Señor Jesucristo. Ése, y no
otro, es el bien común (por limitado que sea) que nos es asequible en estas
desdichadas circunstancias. Ése, y no otro, es el principal campo de
batalla con nuestros equivocados hermanos los católicos extrañados de su
herencia doctrinal, pero también de la naturaleza política.
11) Si algún día --quiéralo Dios-- hemos de poder levantar la mano para
poner fin a este desorden perverso y para contribuir a la reconstrucció n
de una sociedad justa y católica, será por Providencia de Dios y como un
signo en medio de la
Historia, como siempre lo fue antaño. El cristiano,
teniendo en cuenta las distinciones anteriores, es hombre de oración y en
la oración hemos de pedir conformarnos a los sabios designios de Dios. Y
para no incurrir en la maldición del apóstol Santiago el menor, ésa de que
pedimos y no recibimos porque pedimos para satisfacer nuestra
concupiscencia, habremos de preparar ese momento con el cultivo de nuestros
deberes de estado, con la adquisición de las virtudes conducentes a la
justicia general y haciendo un resuelto apostolado político, transparente y
sin concesiones. No hace tanto tiempo --y era ya entonces inverosímil-- que
las laderas de Montejurra se llenaban de fieles carlistas, como siempre
esperando contra toda esperanza. Como reclamaba "la pucelle",
libremos, pues, el buen combate y Dios, si le place, dará la victoria.
Nosotros seremos, llegado el caso, colaboradores asombrados, en primera
línea de frente.
12) Con todas las limitaciones actuales, el germen --continuidad histórica
de la legitimidad- - de esa fe política hispánica, es el carlismo. Cuando todas
las fantasías se han intentado y han defraudado, sigue siendo la hora de la
tradición española, martirial e improbable. Llena de sorpresas.
La cultura Occidental comenzó con la civilización griega y desde ese mismo origen, la principal amenaza recurrente para Occidente ha venido desde Oriente Medio, desde el islam. 480 años antes de que Jesucristo naciera y 1.050 años antes de que naciera Mahoma hubo un colosal enfrentamiento bélico naval entre una coalición de ciudades-estado griegas y la flota del imperio persa en el golfo Sarónico, concretamente en los estrechos de Salamina. La victoria de los griegos evitó la invasión de Grecia por parte de los musulmanes, que de no haber sido así, con total seguridad, el curso de la historia hubiera sido otro y Occidente no sería lo que es hoy. 1.202 años después de la victoria de los griegos en Salamina y ya con la bipolaridad religiosa derivada del nacimiento de Jesucristo y de Mahoma, corría el año 722, en el lugar de Covadonga hubo un Rey cristiano, Pelayo de Asturias, que comenzó la Reconquista musulmana de la península ibérica aplastando al ejército islámico. Hay un tercer y penúltimo enfrentamiento bélico extraordinariamente relevante entre Occidente y el islam, la Batalla de Lepanto. En esta ocasión ya nos vamos al año 1571. El choque naval fue protagonizado por una coalición cristiana, liderada por España, y por la Armada musulmana otomana. También esta vez aconteció una gran victoria de la Armada cristiana liderada por el Capitán General de la Mar, Don Juan de Austria.
Hasta aquí es fácil concluir que a lo largo de los últimos 2.500 años el islam ha tenido un irresistible afán por hacerse con Europa y porque su cultura y costumbres se impusieran, en contraposición con la cultura cristiana Occidental. Lo ha intentado tres veces a base de batallas y en las tres ocasiones ha fracasado. También se puede concluir que España ha contribuido, como ningún otro país en la historia, a frenar las invasiones musulmanas y, por tanto, a que Occidente tal y como lo conocemos hoy sea lo que es gracias a nosotros. Por tanto, lecciones a España de cómo se defiende la cultura Occidental, ni una.
Pero en cierto momento del siglo XX, el buenismo se apoderó de Europa y ya en el siglo XXI los dirigentes europeos han caído en lo mismo que cayeron los dirigentes del Imperio Romano en el siglo V: creerse invulnerables, imbatibles y con recursos ilimitados. De tal manera que cuando los países europeos decidieron unirse para crear estructuras políticas, comerciales y administrativas comunes, es decir, cuando parecía que Europa iba a ser más fuerte que nunca, se optó por asumir mansamente la nueva estrategia del islam, porque se confundió ser evolucionado con ser tolerante ignorante. La nueva estrategia musulmana dista de batallas que puedan perder, ahora toca invadir silenciosamente Europa, llenarla con millones de musulmanes que, incluso nada más llegar, muestran su nula disposición a respetar o siquiera interactuar con la cultura Occidental. Cuando hayan alcanzado la masa crítica en todos los países, ejecutarán una revolución imparable y conseguirán lo que han anhelado en los últimos miles de años. Europa no solo aportó al mundo el germen de la civilización Occidental por medio de Grecia y de Roma, también aportó el parlamentarismo moderno, Cortes de León en 1.188, la Ilustración y la Revolución Francesa, el Renacimiento, el Liberalismo de John Locke, el Marxismo (no todo podía ser positivamente aplicable), Galileo, Newton, Einstein, el inicio del feminismo de Olimpia de Gouges (1791), literatura, pintura, el cine y hasta la gastronomía mediterránea. Bien, pues todo eso y mucho más es lo que pretende liquidar el islam. En este punto hago especial hincapié en que los musulmanes detestan el papel de la mujer en Occidente, esperando ansiosamente su momento para obligarlas a que vuelvan a tener el rol que tenían miles de años atrás. El islam sueña con la próxima imposición de la sharía en Europa y día que pasa, día que está más cerca de que ello llegue.
El buenismo, o lo políticamente correcto, que padece Europa es la vaselina de la que se valen quienes pretenden invadirnos para más tarde aniquilarnos desde dentro. Concretamente en la España actual, como parte de Europa, vamos muy sobrados de esa vaselina. Los dos Partidos políticos españoles que se han repartido el poder en los últimos 40 años se han plegado a dar la espalda a la esencia cristiana de Europa y aceptan las suicidas políticas de inmigración, ofreciendo a quienes llegan, incluso irregularmente, desde ositos de peluche a tarjetas sanitarias con los mismos servicios que obtienen los españoles que han cotizado toda su vida. Y de lo que no se dan cuenta, esos necios dirigentes políticos, es que con la aceptación de esas avalanchas de inmigrantes musulmanes estamos asumiendo nuestro propio fin. Ya quitamos crucifijos de las aulas y promovemos la enseñanza de la religión musulmana. Si España y Europa no reaccionan, la pervivencia de las costumbres y tradiciones Occidentales, que fueron heroicamente preservadas por el cristianismo a lo largo de los siglos, sucumbirán al islam. Es solo cuestión de tiempo, pero de muy poco tiempo.
«La trampa de la diversidad» por Juan Manuel de Prada para
la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 21/X/2018.
______________________
Acabamos de leer La trampa de la diversidad (Ediciones Akal),
un lúcido ensayo que ha provocado gran polémica en ámbitos intelectuales
izquierdistas. Su autor, Daniel Bernabé, sostiene que las llamadas ‘políticas
de la diversidad’, que con tanto ardor defiende la izquierda, constituyen en
realidad una artimaña del neoliberalismo para «fragmentar la identidad de la
clase trabajadora». Es la misma tesis que hemos sostenido en infinidad de
artículos desde hace años, citando a pensadores tan ilustres como Pasolini o
Hobsbawn (a los que, misteriosamente, Bernabé no cita).
Como Bernabé señala en algún pasaje de su libro, «si todos
somos una suma inacabable de especificidades, entonces no puede haber un
nosotros». El posmodernismo habría sido, a juicio de Bernabé, el clima cultural
que ha favorecido esta lacra: «Sin horizonte al que dirigirnos ni pasado del
que aprender, sin posibilidad de afirmar lo cierto o lo falso, sin espacio para
los conceptos válidos universales», el neocapitalismo habría podido realizar
más fácilmente una serie de transformaciones económicas –desindustrialización,
deslocalización, externalización, etcétera– que favorecieron la atomización
laboral. Ciertamente, es mucho más sencillo desarrollar una conciencia de
explotación laboral en el obrero que trabaja en una fábrica junto con otros
cinco mil obreros que en el falso autónomo que reparte pizzas a domicilio en
bici, requerido por una aplicación para teléfonos móviles. Y, a la vez, es
mucho más sencillo encauzar la insatisfacción de este falso autónomo hacia
reivindicaciones que lo hagan sentirse ‘distinto’, permitiéndole huir de su
grimoso horizonte laboral. Con inteligencia ladina, a este falso autónomo se le
puede infundir una ‘identidad aspiracional’ que lo haga sentirse orgulloso de
ser homosexual, animalista y (risum teneatis) de clase media, en contraposición
al trabajador de la fábrica, al que se caracterizará como heteropatriarcal,
taurino y de clase baja. Esta capacidad del neocapitalismo para instilar
‘identidades aspiracionales’ entre los trabajadores más explotados, evitando
que se organicen, supo aprovecharla, por ejemplo, Margaret Thatcher, que –como
nos recuerda Bernabé– no tuvo empacho en mostrarse favorable a la
despenalización de la homosexualidad o el aborto, a cambio de desactivar la
acción colectiva de los trabajadores y de reducir a fosfatina conquistas
laborales logradas en décadas anteriores.
Con la ayuda lacayuna de una izquierda traidora, el
neocapitalismo ha logrado convertir a la clase trabajadora en un archipiélago
de ‘consumidores de singularidades’ entre las que ocupan un lugar preponderante
las ‘opciones sexuales’ y las ‘identidades de género’. Por supuesto, Bernabé no
defiende que tales grupos no deban disfrutar de derechos civiles; pero advierte
que la exaltación de la diferencia es la mejor coartada para los gobiernos rehenes
de la plutocracia, que así pueden posar de progresistas ante la galería. Y no
se le escapa tampoco a Bernabé que este mercado de la diversidad, como siempre
ocurre entre los productos que compiten, provoca fricciones y contradicciones
cada vez más ásperas entre las distintas identidades: así ha ocurrido
recientemente, por ejemplo, con los llamados ‘vientres de alquiler’, que han
enfrentado a feministas y homosexuales. Y, entretanto, nadie clama contra los
recortes salariales.
Especialmente sagaz se muestra Daniel Bernabé cuando
denuncia que esta traición de la izquierda ha dado alas a las nuevas derechas,
más o menos extremistas o alternativas, que se benefician de la fragmentación
ocasionada por las políticas de la diversidad, apelando a los perdedores de la
globalización, a la vez que pueden azuzar los miedos de cada grupo nacido de
esta fragmentación, adaptando su mensaje a sus particularidades. El encono con
que algunos capitostes izquierdistas han descalificado La trampa de la
diversidad nos prueba que su autor ha acertado a meter el dedo en la llaga,
aunque sólo sea someramente. Así, por ejemplo, Bernabé no se atreve a recordar
que estas ‘políticas de la diversidad’ son opíparamente subvencionadas por
organismos públicos y privados; y que el ardor con que son defendidas desde la
izquierda traidora es directamente proporcional a la cantidad de dinero que
tales organismos invierten en ellas. Tampoco se atreve Bernabé a penetrar en la
razón última por la que el capitalismo fomenta estas políticas de la
diversidad, utilizando a la izquierda como su perro caniche. Pero para
atreverse a dilucidar esa razón última hay que aceptar primero –como nos
enseñaban lo mismo Proudhon que Donoso Cortés– que detrás de toda cuestión
política subyace un problema teológico.
Si reaccionamos con energía y determinación, todavía podemos librarnos de este yugo insoportable.
Se ha hablado y escrito abundantemente sobre la hegemonía ideológica de la izquierda en campos tales como el feminismo, la inmigración, el multiculturalismo, la globalización, la memoria histórica, el nacionalismo identitario, la seguridad, la defensa, la valoración de las sentencias de los tribunales, las sanciones a las dictaduras colectivistas y así sucesivamente. En todas estas cuestiones, el dominio de los conceptos denominados curiosamente “progresistas” es abrumador en los medios de comunicación, en los foros de debate y en el Parlamento. Ante esta avalancha de enfoques políticamente correctos los partidarios de la sociedad abierta y del respeto a la realidad contrastada, se encuentran en permanente retroceso y las fuerzas políticas que supuestamente deberían representar un tratamiento más objetivo de estos problemas actúan siempre acomplejadas sin atreverse a cambiar apenas nada cuando llegan al poder o a lo sumo intentando minimizar tímidamente el mal causado por las desastrosas etapas socialistas.
Se ha presentado recientemente en Madrid una plataforma civil llamada “España siempre” que se ha atrevido a abrir un debate sin cortapisas sobre el Estado de las Autonomías, esa forma sui generis de organización territorial del Estado que fue uno de las aportaciones más destacadas de la Transición al cambio democrático en la etapa de gestación de la vigente Constitución de 1978. La doctrina oficial, adoptada tanto por el Partido Popular como por el Partido Socialista, es que este método de fuerte descentralización política, legislativa, administrativa, simbólica y lingüística ha sido un éxito y que ha contribuido muy positivamente a lo largo de las últimas cuatro décadas al eficaz gobierno y al bienestar de los españoles. Los impulsores de “España siempre”, entre los que destaca el ex-ministro de UCD y conocida figura del liberalismo patrio Ignacio Camuñas, han señalado con razón que este lugar común está completamente reñido con la verdad a poco que se analicen los hechos con el rigor requerido.
En primer lugar se trata de un artefacto probadamente ineficiente, plagado de duplicidades, redundancias y entes inútiles de los más variados tipos. Resulta financieramente costosísimo y ha fragmentado el mercado interior español con los consiguientes perjuicios para el buen funcionamiento de las empresas. La diversidad regulatoria y las barreras lingüísticas han acabado con la libre movilidad de funcionarios, de profesionales y de negocios mitigando en buena medida el sano efecto de la competencia generadora de calidad. La corrupción se ha multiplicado al proliferar los centros de clientelismo y de capacidad de decisión. Lejos de pacificar a los movimientos separatistas catalanes y vascos, éstos han utilizado los poderosos instrumentos institucionales, financieros, educativos y de creación de opinión puestos a su disposición para socavar la lealtad constitucional, la Corona y la unidad nacional. La culminación de este largo y sostenido proceso de vulneración del gran pacto civil de la Transición ha sido el intento golpista de secesión unilateral en Cataluña que ha dividido peligrosamente a los ciudadanos de esa Comunidad y que la está arruinando. En cuanto a las diferencias de renta per cápita entre distintas partes de España, aunque en todas ha subido este indicador desde la implantación de la democracia, se han mantenido inalteradas, por lo que se puede concluir que el pretendido efecto igualador del sistema autonómico no se ha producido. Se mire por donde se mire, el Estado de las Autonomías presenta muchos más inconvenientes que ventajas y por tanto es evidente que una seria revisión de sus planteamientos y de su funcionamiento es más que necesaria.
Pues bien, el toque de atención de “España siempre” y su propuesta de examinar fríamente la posibilidad de la transformación del actual modelo territorial políticamente inmanejable y presupuestariamente insostenible en otro de naturaleza unitaria, con unas instancias centrales administrativamente descentralizadas y un poder local fuerte al estilo de Francia, Portugal, Polonia o Suecia, eliminando así el tinglado desordenado y carísimo que hoy nos enfrenta unos con otros, nos complica absurdamente la vida y nos vacía el bolsillo, ha recibido una tormenta de críticas acusándolo de anti-democrático, regresivo, totalitario y cosas incluso peores.
Es decir, que los separatistas están legitimados para proponer la liquidación de España como Nación y seguir ocupando tranquilamente sus escaños y sus cargos públicos y cobrando sus sueldos del erario pagado por los contribuyentes españoles, pero el que se atreva a sugerir una reforma profunda del Estado de las Autonomías en un sentido racionalizador para ganar en eficiencia, en cohesión nacional y en optimización de recursos, es un fascista irredimible. Dos pesas y dos medidas para juzgar las ideas bajo el prisma del pensamiento único progresista, un maximalismo asimétrico que considera las que vienen de un lado, por extremas y destructivas que sean, como aceptables y merecedoras de respeto, mientras que las otras, por sensatas y basadas en datos fehacientes que se muestren, han de ser condenadas sin remisión. Si no nos rebelamos contra esta hemiplejia axiológica, nos encaminamos directos a la descomposición social y a la miseria material. Se dirá seguramente que ya hay demasiada gente que vive de esa tramoya hipertrofiada como para que los partidos acepten su conversión en una arquitectura institucional que responda a las verdaderas necesidades del país. La respuesta es que somos más los que sufrimos las consecuencias de semejante abuso que los que sorben de sus ubres y que, por tanto, si reaccionamos con energía y determinación, todavía podemos librarnos de este yugo insoportable.
Y sí, Pedro Sánchez ha provocado un efecto llamada
hacia las costas españolas
Por orden:
1.La emigración es mala cosa. Emigra aquel que no puede vivir en su país de origen.
No es un fenómeno positivo, es negativo.
2.Pedro Sánchez ha provocado un efecto llamada. Negar esto, simplemente, es mentir.
3.Marruecos quiere tomar Ceuta y Melilla. No ayuda a España frente a la inmigración
ilegal. Todo lo contrario: los último, misiles humanos contra España. Ya
tenemos otro muerto.
4.España debe ayudar a los hispanos, no a los negros subsaharianos ni a los asiáticos,
ahí somos más eficientes.
5.La pobreza no es un mérito ni otorga derechos. Quien ha tenido la desgracia de
caer en la miseria debe ser ayudado, lo que no puede exigir es ser ayudado.
Ejemplo: la marcha de los hondureños no
puede violar la soberanía nacional norteamericana.
Sí, el estado natural de las fronteras es estar abiertas, pero la pobreza no
es un mérito ni otorga derechos.
«Anticapitalismo chestertoniano» por Juan Manuel de Prada
para el periódico ABC, artículo publicado el 22/X/2018.
______________________
Cuando comencé a leer a Chesterton, hace ya cinco lustros,
advertí enseguida que existían dos escuelas de falso «chestertonismo»
aparentemente contrarias: por un lado, los progres ingeniosillos trataban de
presentarlo como un exquisito cultivador de las formas más juguetonas y
paradójicas de la inteligencia; por otro lado, el catolicismo pompier trataba
de eunuquizar a Chesterton de forma aún más irritante, ocultando las partes más
escabrosas de su obra, hasta hacerlo comulgar con tesis liberales y neoconas.
Esta segunda forma de manipulación siempre trataba de
ocultar el pensamiento económico de Chesterton; o en todo caso lo presentaba
condescendientemente como una pintoresca y fantasiosa doctrina llamada
«distributismo» que adolecía de mil insuficiencias técnicas. Pero lo cierto es
que Chesterton nunca quiso elaborar una doctrina económica, sino devolver a sus
lectores el sentido de la cordura cristiana, que exige repudiar el capitalismo
porque «crea una atmósfera y forma una mentalidad»; es decir, porque contiene
una agenda antropológica arrasadora.
Así, Chesterton escribirá en El manantial y la ciénaga:
«Nunca se dirá lo suficiente que lo que ha destruido la familia en el mundo
moderno ha sido el capitalismo. (…) Lo que ha destruido hogares, alentado
divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas cada vez con mayor desprecio
ha sido la época y el poder del capitalismo. Es el capitalismo el que ha
provocado una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos; es el
capitalismo el que ha destruido la influencia de los padres; es el capitalismo el
que ha sacado a los hombres de sus casas a la busca de trabajo; es el
capitalismo el que los ha forzado a vivir cerca de sus fábricas o de sus
empresas en lugar de hacerlo cerca de sus familias; es el capitalismo, sobre
todo, el que ha alentado por razones comerciales un desfile de publicidad y
chillonas novedades que es la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros
padres llamaban dignidad y modestia». En Los límites de la cordura, Chesterton
denuncia el error trágico que están cometiendo muchos católicos, dejándose
arrastrar por intoxicadores que les meten miedo con el comunismo, mientras el
capitalismo impone «una civilización centralizada, impersonal y monótona» al
menos igual de feroz, capaz de destruir las más numantinas resistencias humanas.
Y completa su execración del capitalismo advirtiendo de su naturaleza
intrínsecamente antinatalista, que conducirá a la Humanidad a consagrar «una
religión erótica que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fertilidad».
Pero el catolicismo pompier pretende absurdamente que esta religión erótica la
ha proclamado el «marxismo cultural». ¡Ah, si Chesterton levantara la cabeza!
Chesterton, en fin, sabía bien que el comunismo es el
«heredero del capitalismo», su corolario o consecuencia inevitable; sabía también
que el capitalismo es el hijo predilecto y consecuente de la Reforma; y sabía,
en fin, que el capitalismo no es sólo una fórmula económica nefasta
-consistente en «forzar a la gente para que compre lo que no quiere comprar, y
en fabricar tan torpemente como para que lo fabricado se pueda romper,
manteniendo la bazofia en una rápida circulación»-, sino también una filosofía
destructiva que «pretende que está enseñando a los hombres la esperanza porque
no les permite un instante de reflexión inteligente para desesperarse».
Es verdad que la reflexión inteligente conduce, en un mundo
tan gregario y sectario como el que ha configurado el capitalismo, a la
soledad. Pero mejor solos que mal acompañados. Al menos, Chesterton siempre nos
brindará su feliz compañía.