martes, 24 de marzo de 2020

Las señales del fin (JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO)

DIARIO DE ÁVILA
DOMINGO 14 DE NOVIEMBRE DE 2010

A LA LUZ DE UNA CANDELA. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO




Las señales del fin

Ya he escrito que me parece que, como siempre ha ocurrido en la historia, las primeras señales de un pro­fundo cambio histórico se ven o se barruntan entre quienes viven en el campo, y que esto también ocurrió en las vísperas de la caída de Roma, por ejemplo, porque casi solo en el cam­po los romanos de entonces tenían un abuelo o bisabuelo romano; y tam­bién cuando vieron que, en los dulces atardeceres del otoño, aquellos bár­baros que vivían, como quien dice, a un tiro de piedra, bajaban a comer los dulces higos de los huertos y jardines de las hermosas villas y las pequeñas propiedades agrícolas.

Y lo cierto era que, para esas fe­chas, ya había muchos de esos bárba­ros que se habían asimilado perfecta­mente, y estaban incluso en las filas del Ejército de Roma y en la Adminis­tración, mientras que había muchos romanos que soñaban con la maravi­lla de ser bárbaros, y sentían el deseo y la envidia de serlo, porque al expresarse así echaban un poco de pimien­ta en sus vidas, haciéndose subversi­vos en los postres del banquete de Trimalción, que ya ofrecía nueva cocina, o en las veladas de sus villas campes­tres. Y bien seguros de que llevarían la misma vida cuando los bárbaros lle­gasen.

El tiempo pasó en verborrea y ca­bildeos, o debates como se dice aho­ra, los impuestos se hicieron confiscatorios y resultaron insoportables, los políticos eran más incompetentes y más alegremente optimistas, la ma­quinaría militar comenzó a fallar; y un día ya no quedó más tiempo. Un bárbaro inteligente y bastante expeditivo se presentó a las puertas mis­mas de la ciudad de Roma, y los ro­manos ya no pudieron hacer otra co­sa que ofrecerle un trato para llegar a un entendimiento.

Los romanos comen­zaron a hablar, muy fie­ros, refiriéndose a su superioridad militar, pero Alarico les con­testó con una metáfora campesina, ase­gurando que cuanto más gruesa es la hierba más fácil es cortarla, y decidió sin más llevarse de la ciudad todo el oro, la plata, y to­do aquello transportable que tuviera valor, y, desde luego, a todos los esclavos bárba­ros. «¿Y entonces qué nos queda des­pués de esto?», preguntaron los ro­manos, y Alarico respondió: «la vida».

Así concluyó la historia de los hi­gos que desde el principio intrigó a los campesinos, por la sencilla razón de que, si en el campo se oye un ruido extraño, sucede algo que nunca ha su­cedido y no debe suceder, o si las es­trellas relucen un poco más o un po­co menos que como debe ser, no es que vaya a pasar algo, es que ya está pasando.

Aunque esas gentes del campo saben que, si lo dicen, no se les hará ningún caso y se les acusará de carecer de cultura política; así que, por mi parte, si digo y recuerdo todo esto, es a mero título de curiosidad, y avisando, por supuesto, de que cualquier coincidencia con la realidad sería una mera coincidencia.

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