viernes, 4 de noviembre de 2011

RENÉ GUÉNON: LA DEGENERACIÓN DE LA MONEDA

RENÉ GUÉNON: LA DEGENERACIÓN DE LA MONEDA

Al llegar a este punto de nuestra exposición tal vez no sea del todo inútil apartarnos de ella un poco, al menos en apariencia, para dar, de forma harto somera, algunas indicaciones sobre una cuestión que en principio puede parecer relativa a una cuestión de un género muy particular, pero que consti­tuye un curioso e ilustrativo ejemplo de los resultados que arroja la concepción de la «vida ordinaria» y, al mismo tiempo, una excelente «ilustración» de la forma en que ésta permanece vincu­lada al punto de vista exclusivamente cuantitativo, lo cual la inte­gra de manera muy directa con nuestro tema. La cuestión a la que aludimos es la de la moneda y, a buen seguro, si nos limitamos al simple enfoque «económico», tal como se entiende dicho término en la actualidad, bien podría parecer que se trata de una cosa que pertenece por completo al «reino de la cantidad»; éste es, por otra parte, el título por el cual desempeña en la sociedad moderna el papel predominante de todos conocido y sobre el cual sería a todas luces superfluo insistir. Sin embargo, la verdad es que el propio punto de vista «económico», así como la concepción ex­clusivamente cuantitativa de la moneda que le es consubstancial, no son sino el producto de un proceso degenerativo bastante re­ciente, cuando en realidad la moneda tuvo en sus orígenes y ha conservado durante mucho tiempo un carácter completamente diferente y un valor estrictamente cualitativo, por muy asombroso que ello pueda parecer a la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos.

Hay una observación que es muy fácil de hacer y para la cual basta con tener «ojos para ver»: las monedas antiguas están literalmente cubiertas de símbolos tradicionales, escogidos incluso entre aquellos que presentan un significado especialmente pro­fundo. Así ha podido comprobarse sobre todo que, entre los Cel­tas, los símbolos que figuran en las monedas no pueden explicarse más que si se ponen en relación con los conocimientos doctri­nales propios de los Druidas, lo que por añadidura implica una intervención directa de éstos en el campo de la acuñación. Na­turalmente cuanto es cierto en este aspecto para los Celtas con­serva su validez al ser referido a otros pueblos de la Antigüe­dad, habida cuenta, como es lógico, de sus propias modalidades y de sus respectivas organizaciones tradicionales. Ello concuerda muy exactamente con la inexistencia de un punto de vista pro­fano en las civilizaciones estrictamente tradicionales: allí donde existía, la moneda no podía ser esa cosa profana en la que se ha convertido posteriormente; y si lo hubiese sido, ¿cómo podría explicarse la intervención de una autoridad espiritual, que evidentemente nada hubiese tenido que ver con ella, cómo podría interpretarse el hecho de que diversas tradiciones se refieran a la moneda como algo realmente cargado de una «influencia espiri­tual» cuya acción podía ejercerse efectivamente por medio de los símbolos que constituían su «soporte» normal? Añadamos que, hasta tiempos muy recientes, todavía podía encontrarse un último vestigio de esta noción en unos lemas de carácter reli­gioso que ciertamente carecían ya de todo valor símbólico propia­mente dicho, pero que eran al menos un recordatorio de la idea tradicional más o menos incomprendida a la sazón; no obstante, tras haber sido relegados, en algunos países, al «canto» de las monedas, incluso estos lemas han llegado a desaparecer por com­pleto por carecer de toda razón de ser dado que la moneda no representaba ya más que un signo de carácter meramente «mate­rial» y cuantitativo.

El control ejercido por la autoridad espiritual sobre la moneda, sea cual fuere la forma que adoptaba, no es tampoco un hecho limitado a la Antigüedad y, sin salir del mundo occidental, hay indicios que demuestran que este con­trol debió subsistir en él hasta el final de la Edad Media, es decir, durante todo el tiempo en que este mundo conservó una civilización tradicional. En efecto, resultaría inexplicable de otro modo que, en esa época, ciertos soberanos hayan sido acusados de haber «alterado las monedas»; si sus contemporáneos lo con­sideraron como un crimen, será preciso deducir de ello que no tenían libre disposición del cuño de la moneda y que, al alterarlo por propia iniciativa, se excedían en el ejercicio de los derechos que se reconocían al poder temporal (1). En cual­quier otro caso, una acusación así habría carecido obviamente de todo sentido; por otra parte el cuño de la moneda se habría limi­tado a tener una importancia completamente convencional y, en definitiva, poco habría importado el hecho de que estuviese com­puesta por un metal cualquiera, variable según los casos, o incluso que fuera sustituida por un simple papel como suele ocurrir en nuestros días, pues ello no habría impedido que se pudiese seguir haciendo exactamente el mismo uso «material» de ella. Por con­siguiente, era necesario que allí hubiese algo de otro orden, de un orden superior podríamos decir, pues sólo esto podría explicar la excepcional gravedad que tal alteración solía revestir llegando incluso a comprometer la propia estabilidad del poder real, dado que, al actuar de esta forma, este último usurpaba las prerroga­tivas de la autoridad espiritual que era en definitiva la única fuente auténtica de la legitimidad; así, pues, estos hechos que los historiadores profanos no llegan a entender, nos indican con gran claridad los aspectos, completamente ignorados por los modernos, de la moneda. en la Edad Media y en la Antigúedad.

Con esta cuestión ha ocurrido pues lo que en general con todas las cosas que, por un concepto u otro desempeñan un papel en la existencia humana: poco a poco estas cosas han ido despojándose de todo carácter «sagrado» o tradicional y, de está forma, la propia existencia en cuestión ha pasado a ser completamente profana y por último se ha visto reducida a la baja mediocridad de la «vida ordinaria» tal y como se presenta en la actualidad. Al mismo tiempo, el ejemplo de la moneda demuestra perfectamente que esta «profanización», si se nos permite utilizar tal neologismo, se lleva a cabo principalmente mediante la reduc­ción de todas las cosas a su mero aspecto cuantitativo; de hecho, se ha alcanzado el punto en el que ni siquiera podría imaginarse que la moneda fuese otra cosa que la representación de una can­tidad pura y simple; mas, si bien nuestro ejemplo parece suficientemente claro a este respecto, por el hecho de haber sido llevado hasta la mayor exageración, asimismo dista mucho de ser el único en que tal reducción parezca contribuir a encerrar la existencia en el limitado horizonte del punto de vista profano. Cuanto hemos dicho del carácter cuantitativo por excelencia que posee la industria moderna y todo lo que se refiere a ella, per­mite comprenderlo suficientemente: al rodear constantemente al hombre con productos de esta industria y al no permitirle, digámoslo así, ver otra cosa (salvo, como ocurre en los museos, a título de simples «curiosidades» sin ninguna relación con las circunstancias «reales» de su vida ni, por consiguiente, influencia alguna sobre ella), queda verdaderamente obligado a encerrarse en el estrecho círculo de la «vida ordinaria» como si de una prisión se tratase y ésta careciese de salida. Por el contrario, en una civilización tradicional, cada objeto, al mismo tiempo que era perfectamente adecuado al uso al que se le destinase de manera inmediata, estaba hecho de tal forma que, en cada mo­mento y por el hecho mismo de ser utilizado (en lugar de ser tratado hasta cierto punto como una cosa muerta como suelen hacer los modernos en lo referente a lo que consideran «obras de arte»»), podía servir de «soporte» a la meditación enlazando así al individuo con algo diferente de la simple modalidad cor­pórea y ayudando a cada cual a elevarse a un estado superior en la medida de sus capacidades(2): ¡Qué abismo entre ambas con­cepciones de la existencia humana!

Tal degeneración cualitativa de todas las cosas está, por otra parte, íntimamente vinculada con la de la moneda, como lo de­muestra el hecho de haberse llegado a «estimar» corrientemente a los objetos en base únicamente a su precio considerado únicamen­te éste como una «cifra», una «suma» o una cantidad numérica de moneda; de hecho, para la mayoría de nuestros contemporá­neos, el juicio que se emite acerca de un objeto suele basarse casi exclusivamente sobre lo que cuesta. Hemos apostillado la palabra «estimar» por existir en ella un doble sentido cualitativo y cuantitativo; en la actualidad se ha perdido de vista el primer sentido o, lo que es lo mismo, se ha encontrado una forma de re­ducirlo al segundo, así suele ocurrir que no sólo se «estima» un objeto según su precio, sino también a un hombre por su riqueza (3). Algo idéntico ha ocurrido, muy naturalmente, con la palabra «valor» y, apuntémoslo de pasada, en ello se basa el curioso error de algunos filósofos de nuestros días que han llegado incluso a inventar la expresión «filosofía de los valores» con el fin de ca­racterizar sus respectivas teorías yaciendo en el fondo de su pensamiento la idea de que todas las cosas, sea cual fuere el orden al que pertenezcan, son susceptibles de una concepción cuantita­tiva y de una expresión numérica; así, el «moralismo», que por otra parte constituye su preocupación dominante, se ve asociado con ello de manera directa al enfoque cuantitativo (4). Tales ejemplos demuestran asimismo que se produce una auténtica degene­ración del lenguaje, que acompaña o sigue indefectiblemente a la de otras cosas; en efecto: en un mundo en el qué se trata de reducirlo todo a la cantidad, es evidentemente necesario utilizar un lenguaje que sólo pueda evocar ideas puramente cuantitativas.

Para volver más especialmente a la cuestión de la moneda, to­davía debemos añadir que, a este respecto, se ha producido un fenómeno bastante digno de consideración: se trata de la dismi­nución continua, a partir del momento en que la moneda ha per­dido su respaldo de un orden superior, de su propio valor cuan­titativo, es decir, de lo que la jerga de los economistas denomina su «poder adquisitivo», y ello hasta poderse concebir que en un límite que cada vez se aproxima más, habrá perdido toda razón de ser, incluso aquella sencillamente «práctica» o «material», que habrá de desaparecer tanto de ella misma como de la propia existencia humana. Habrá que convenir que se produce con ello un extraño retorno, fácilmente comprensible si se atiende a nues­tras anteriores explicaciones: al estar en rigor la cantidad pura por debajo de toda existencia, cuando como en el caso de la mo­neda se lleva la reducción hasta sus más extremas consecuencias (y este caso tal vez sea el más alarmante por alcanzarse práctica­mente el limite de él), no se puede llegar sino a una verdadera disolución. Esto puede ya servirnos para demostrar que, como ya hemos dicho más arriba, la seguridad que ofrece la «vida ordinaria» es en realidad algo considerablemente precario y también vere­mos posteriormente que lo es en muchos otros aspectos; no obs­tante, en definitiva, la conclusión que se deduce será siempre la misma: la verdadera meta de la tendencia que arrastra a hombres y cosas hacia la cantidad pura sólo puede ser la disolución final del mundo actual.
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­(1). Véase a este respecto Autorité spirituelle et pouvoir temporel, p. 111, en donde nos hemos referido de manera más específica al caso de Felipe el Hermoso, sugiriendo la posibilidad de una relación bastante intensa entre la destrucción de la Orden del Temple y la alteración de las monedas, rela­ción que podría comprenderse fácilmente si se admitiese, o al menos se considerase muy verosímil, que la Orden del Temple tenía entonces, entre otras funciones, la de ejercer un control espiritual en este terreno; no insistiremos, pues, sobre ello, mas recordemos que es precisamente éste el momento en el que hemos creído poder localizar los inicios de la desviación moderna propiamente dicha.

(2). A este respecto pueden consultarse numerosos estudios de A. K. Coomaraswamy, que ha desarrollado e «ilustrado» el tema abundantemente bajo todos sus aspectos y con todas las precisiones necesarias.

(3). Los americanos han avanzado tanto en esta dirección que es de uso corriente decir que un hombre «vale» tal cantidad, queriendo indicar con ello la cifra a la que se eleva su fortuna; también, en lugar de decir que un hombre tiene éxito en sus negocios, suelen afirmar de él que «es un éxito», con lo cual obviamente se identifica por completo al individuo con sus beneficios materiales.

(4). Tal asociación, por otra parte, no es enteramente original por remontarse de hecho hasta la «aritmética moral» de Bentham, que data de las pos­trimerías del siglo XVIII.

(Capítulo XVI de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos).


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