viernes, 12 de agosto de 2011

El proceso de creación del dinero: moneda sin respaldo. La Gran Estafa (E. Milá)

La Gran Estafa. Moneda sin respaldo

El proceso de creación del dinero: moneda sin respaldo. La Gran Estafa

Infokrisis.- La constatación de la realidad económica obliga a definir las bases de una nueva economía. Hay algo en esta crisis económica internacional que no termina de entenderse: ¿cómo unos cuántos miles de hipotecas impagadas en EEUU han generado un efecto tan absolutamente impresionante que ha paralizado la economía mundial y que dista mucho de haber alcanzado sus últimas consecuencias? Como siempre, las raíces de los males son profundas y el origen de esta crisis no radica en tal o cual práctica asumida por las entidades de crédito en EEUU entre 2002 y 2007. Las malas prácticas bancarias de esos años han precipitado una crisis cuyo origen se encuentra en la naturaleza misma del sistema bancario. Su origen es la usura (el préstamo con interés). Su remedio una nueva visión del Estado y del Trabajo.

“¿Trabajar? ¿para qué? Mejor que trabaje tu dinero… ¿Para qué esforzarse si una buena inversión permite vivir mejor que esos idiotas que apenas pagan su deuda con el sudor de su frente?”… Las fórmulas para que el dinero “trabaje” por ti, son múltiples: un 10% de rendimiento del capital es considerado hoy como el sueño de un inversor feliz (aunque, finalmente, se trate de una estafa piramidal). Pues bien, actitudes frívolas como esta –que están en la mente de todos y a las que nadie puede resistirse-  son las causantes, en última instancia de la actual crisis.

Cuando en una sociedad el principal valor es el dinero ocurren cosas como ésta. El dinero es lo único percibido como real por la modernidad. Sin embargo, el dinero se crea de la nada. O mejor dicho: se crea a partir de la deuda, una paradoja como otra cualquiera de un sistema, en sí mismo, paradójico.

¿Qué es la moneda?


Llamamos moneda a una “pieza de material resistente”, metálica y acuñada en forma de disco que se emplea como medida de cambio por su valor intrínseco y como unidad de cuenta (esto es, unidad que mide el valor de mercado, euros, dólares, yens). Para que algo sirva como moneda debe ser fácilmente transportable, difícilmente falsificable y aceptado unánimemente por la sociedad. Así pues, la moneda es un convencionalismo aceptado para poder realizar intercambios comerciales. 

En nuestro ámbito de civilización, el oro y la plata han sido considerados metales nobles, próximos a la naturaleza de los dioses y, por tanto, elegidos como material para las acuñaciones. Si las monedas fueron circulares se debió a que esa figura geométrica era considerada como propio de los dioses. Las estrías que presentan las monedas aún hoy, fueron en otro tiempo símbolos sagrados que invocaban el beneficio de esos mismos dioses. Alterar el valor de la moneda se considerada un delito gravísimo penado sólo con la muerte más cruel que pudiera imaginarse. El préstamo con interés estaba prohibido y quien lo practicaba era considerado, simplemente, un parásito y despreciado por la gran masa social. 

Hasta ese momento, aparte de la economía de trueque que subsistió hasta un tiempo relativamente reciente, toda moneda en circulación estuvo “respaldada” por el material del que estaba hecho. El “papel-moneda” todavía no existía. 

De la moneda real a la moneda imaginaria

En el siglo XII los Caballeros Templarios habían desarrollado un sistema bancario que acumuló en pocas décadas un patrimonio extraordinario perteneciente, no a ellos en tanto que personas, sino a su orden; la Orden del Temple se regulaba mediante una regla rígida que impedía el enriquecimiento de sus miembros. En las encomiendas templarias existían bóvedas subterráneas en las que quien lo deseaban podían guardar su oro. A cambio, recibían un documento acreditativo del depósito. Esto les permitía tener la tranquilidad de saber su oro custodiado por una orden guerrera sometida a una regla de pobreza, castidad y obediencia. Al mismo tiempo permitía realizar desplazamientos a otras poblaciones y no correr el riesgo de ser asaltado en los caminos. La posesión del recibo del depósito bastaba para hacerlo efectivo en otra encomienda templaria. Así nació el papel moneda.

En 1314, los últimos templarios fueron quemados en una isla del Sena por un rey ambicioso que codiciaba sus tesoros y que, de paso, les debía mucho oro. A partir de ese momento, la banca dejó de estar sometida a reglas éticas o morales: quien ejercía de banquero buscaba su propio enriquecimiento, tal era su normal moral. La nueva generación de banqueros laicos, pronto se dieron cuenta de que los depositarios del dinero, raramente lo retiraban, sino que preferían utilizar los recibos como elemento de pago. Eso, además de estimular la creación de más papel moneda, dio otra idea a los banqueros.

Ya que en sus arcas tenían almacenado un oro que no era suyo sino de los depositarios, pero que estaba permanentemente conservado allí, podrían prestarlo a terceros cobrando un interés. Cualquier forma de interés era considerada hasta entonces como usura, pero los préstamos que necesitaron los gobiernos para afrontar conflictos y guerras, hicieron que desde el mismo poder, cambiara la percepción de la usura hasta convertirse en moralmente aceptable pasando a llamarse “interés bancario”. El dinero “empezó a trabajar” por sí mismo.
La siguiente vuelta de tuerca se produjo cuando los banqueros advirtieron que nadie, salvo ellos, conocían el monto total de los depósitos guardados en sus bancos. Cada depositario individual conocía el valor de lo que tenía depositado… pero ignoraba lo que tenía el vecino. Así pues, ¿por qué no prestar más dinero del que se disponía en depósito, entregando “papel moneda”? Se trataba de un fraude que permaneció oculto durante muchos años.
Cuando los gobiernos advirtieron el mecanismo utilizado por los banqueros, se limitaron a establecer unos límites para el crédito: admitieron que solamente se pudiera prestar más dinero del realmente existente, dentro de unos márgenes. Había nacido el dinero imaginario.

¿De dónde sale el dinero que prestan los bancos?

Hoy, los usuarios del sistema bancario tienen el convencimiento de que el dinero que prestan los bancos procede de los depósitos que tienen y de su sabia gestión. En absoluto: los bancos prestan un dinero que no poseen. Simplemente lo “crean” a partir de la deuda. Oficialmente, por cada 1 € depositado realmente en el banco, existen otro 9 € más, inexistentes que pueden ser prestados. Si se produjera una quiebra de tal o cual banco, el Banco Central acudiría en su ayuda (lo que no se indica es lo que ocurriría si fueran todos o buena parte de los bancos los que quebraran…). Así pues, los gobiernos constituyen, en última instancia, el aval para los bancos: y esto es hoy, la última trinchera capaz de generar confianza en el sistema bancario. De ahí la importancia de los movimientos económicos realizados en todos los países occidentales en el pasado mes de noviembre para salvar a la banca, concediéndole préstamos mediante la emisión de deuda.

Hubo un tiempo en que el dinero estaba limitado por la cantidad de oro y plata existente. El papel moneda hasta principios del siglo XX era raro y cualquier establecimiento podía negarse a aceptarlo de la misma manera que hoy algunos rehúsan aceptar pagos con tarjetas de crédito. En nuestro país, los billetes indicaban que “El Banco de España pagará al portador la cantidad de X pesetas”. Sin embargo, hoy ya no es posible convertir el dinero en algo diferente. El oro, la plata o el cobre ya no son los “respaldos” para un billete. El dinero se crea como hemos dicho a partir de la deuda mediante un simple procedimiento.

Los Estados exigen a las instituciones bancarias que tengan “reservas”. El ejemplo clásico que se da es el de un banco de nueva creación que disponga de un capital inicial de 1.111,12 euros, que constituye su capital efectivo aportado por los inversores. La legislación actual permite que ese dinero sea considerado como “reserva” en la proporción 9 a 1. Los clientes pueden pedir, en esas circunstancias créditos por un valor total de 10.000 euros (9 veces el capital inicial depositado realmente en el banco). Cuando eso ocurre, el banco simplemente se limita a solicitar al Banco Central que le permita “crear” esa proporción de dinero 9 veces superior al capital depositado. A partir de ese momento se trata simplemente de anotar en la ficha del cliente una deuda de 10.000 euros, deuda que el receptor del préstamo reconoce mediante su firma y sobre la que responde con sus bienes. Además deberá pagar los correspondientes intereses. 

Si se trata de comprar un coche, el vendedor recibirá esos 10.000 euros en efectivo (que hasta entonces habían sido una mera anotación contra la cuenta del prestatario) y los depositará en el banco ya como dinero en efectivo. A partir de ahí, el banco podrá conceder otro crédito e 9.000 euros a otro cliente. El proceso se repetirá y el banco volverá a recibir en efectivo los 9.000 euros pudiendo legalmente conceder otro préstamo de 8.000 y así sucesivamente, en un proceso que se ha definido como una “muñeca rusa infinitamente decreciente” que recibe el nombre de “reserva fraccionada”. Y a eso se referían Zapatero y Solbes cuando insisten en las “garantías de seguridad del sistema bancario español”….

En última instancia, el dinero es creado por los gobiernos (a través de las autoridades monetarias) siendo depositado en los bancos centrales y pasando de ahí a los bancos privados. Se crea según las ofertas de crédito de esos mismos bancos. El problema es la morosidad que hace que todo este sistema “imaginativo” sea inestable y, en última instancia, impredecible. Por eso, la clase política y los banqueros insisten en decir que la base del negocio es la “confianza” que el ciudadano tenga en estas instituciones. Pero ¿es seguro un sistema que permita “crear” 100.000 euros imaginarios a partir de 1.111,12 euros reales? Si un banco solamente tiene 1.111,12 euros para responder por 100.000 euros ¿dónde está la “solidez” del sistema? ¿Cuáles son sus garantías? ¿En dónde basar la confianza? Es casi un acto de fe religiosa. 

De ahí el interés de los bancos en adquirir depósitos: su tenencia temporal les permite aumentar el dinero en movimiento y apoyar la falsa idea de que prestan un dinero que “poseen”. No es así. En realidad, el sistema bancario es un sistema cerrado: el crédito bancario creado en un banco se deposita en otro y viceversa. Cuando existen depósitos por valor de 1.111,12 euros (o millones de euros, o decenas de millones de euros) es posible recolectar intereses diez veces superiores sobre un dinero ¡que el sistema bancario nunca ha tenido! 

Una espiral con velocidad de fuga creciente

Tal es la naturaleza del sistema de “creación del dinero”. Queda por decir que el modelo teórico de “deuda fraccionada” que hemos presentado no es real. En efecto, los bancos, con el paso del tiempo y aprovechando las necesidades de los gobiernos, han ido haciendo que las garantías de depósito se hayan ido relajando progresivamente. Hoy, las proporciones de reserva pueden ser muy superiores al 9 a 1 inicial. Frecuentemente se llega al 20 a 1, o incluso al 30 a 1, hasta el punto de que se admite que solamente el 5% del dinero en circulación es creado por la Casa de la Moneda, el resto es, simplemente creado a partir de la deuda. A decir verdad, cada día se crea y se destruye dinero a medida que son pagados los créditos firmados con sus correspondientes intereses y se conceden nuevos créditos. 

Si esto puede mantenerse es por dos motivos: 1) por que los gobiernos emiten leyes que generan confianza sobre la “salud” de sus divisas, 2) por que las deudas son pagadas en moneda de curso legal y 3) por que el Poder Judicial garantiza que quien incumpla el contrato y no pague sus deudas será perseguido por la ley, dado que nuestra firma en una póliza de crédito indica que tenemos algo con lo que responder a la deuda de hemos contraído y que se trata de bienes tangibles (en oposición al dinero ficticio, inexistente antes de que firmemos la póliza y que es completamente intangible). 

Así pues, a la pregunta de dónde sale el dinero para prestar y cómo es posible que millones de personas deban miles de millones de euros, la respuesta es: el dinero se crea de la nada, y se materializa con la deuda, es decir con la concesión del mismo crédito. Paradójico, ridículo, pero real. La paradoja es todavía más absurda: si toda la sociedad pagara todas sus deudas ¡no existiría dinero! Tal como está configurado el sistema monetario, sin crédito no hay dinero, o al menos lo habría en cantidades tan escasas que sería inutilizable (se reduciría al 5% de dinero en circulación emitido por el Banco Central).

Al conceder un crédito, los bancos “crean” el dinero del mayor de la deuda, no el dinero con el que se pagan los intereses. Ese dinero sale del total de dinero en circulación, la mayor parte del cual ha sido igualmente creado como créditos bancarios… que tienen que ser pagados con más dinero de aquel con el que fue creado. No hay dinero en el mundo capaz de pagar todos los créditos firmados por toda la población con sus intereses correspondientes. Y este es el gran problema: porque para pagar los créditos existentes hace falta conceder más créditos a mayor velocidad, para pagar los cuales hará falta conceder muchos más créditos y así sucesivamente. Se trata de una espiral expansiva que se propaga a una velocidad cada vez mayor. A nadie se le escapa el pequeño detalle de que este sistema gira a cada vez mayor velocidad y, en los últimos años a una velocidad que hacía previsible su descarrilamiento. 

Esto explica algunos de los rasgos de nuestras economías: los intereses son relativamente bajos en relación a períodos anteriores (solamente así se estimula el consumo, esto es, el endeudamiento), los gobiernos gastan más que nunca en gastos frecuentemente absurdos y en créditos a terceros países (y suelen ser los primeros deudores de la banca, de no serlo, el sistema podría paralizarse; la mala noticia es que el Estado al aumentar su deuda… aumenta los impuestos, con lo cual, el ciudadano se endeuda más… y debe crearse más dinero), las tarjetas de crédito se conceden con extrema facilidad (así estimulan el pequeño consumo cotidiano gastando un dinero que no se posee realmente y habituándonos a vivir permanentemente endeudados)… Pero el resultado final es que la espiral se expande a una velocidad cada vez mayor y, cada día que pasa, el sistema está más próximo al colapso. 

Para colmo, el resultado final de todo esto es dramático: ¡a medida que se crea de la nada más dinero, éste vale menos! Lo único que puede hacer que mantenga su valor es un aumento del nivel de intercambios y… la creación de más dinero, en la misma proporción. Cuando se dice que la economía crece un 3’7% en una año y un 3’4% al año siguiente, se olvida decir que el crecimiento de este último año es mayor, puesto que la magnitud sobre la que se mide ya se ha incrementado un 3,7% en el ejercicio anterior. Aunque los porcentajes puedan parecer bajos, el crecimiento no es “constante”, sino “exponencial” y la curva que lo refleja está cada vez más inclinada. 

La necesidad de un nuevo modelo económico

La cumbre del G-20, a la que Zapatero asistió con su silla plegable, pomposamente fue presentada como “la refundación del capitalismo”. Y este es el problema: que el capitalismo ha demostrado en esta ocasión, no solamente no ser reformable, sino tender implacablemente a las últimas consecuencias de su lógica interna basada en la usura y el interés. No hay frenos, ni contrapesos posibles para un sistema de creación del dinero estructurado tal como está el actual. Al igual que el ciclista cae en cuanto deja de pedalear, el capitalismo y, en especial el sistema bancario, entran en colapso en cuanto dejan de generar deuda, pero la deuda que terminan generando es tan enorme que el sistema debe pedalear con más fuerza, hasta que se rompen los engranajes, recalentados por un esfuerzo de décadas.

Hasta ahora los remedios a este modelo económico han sido: 

1) Abaratamiento de la mano de obra. Esto se logró en los años 60-70 con la incorporación de la mujer al mercado laboral estimulando la doctrina feminista de la “paridad de sexos”, esto es, inyectando un 50% más de masa laboral y, por tanto, rebajando salarios: esto explica el porqué en los años 50-60 una familia podía vivir con un solo salario y hoy apenas es viable formar una familia con dos salarios. Posteriormente, a partir de mediados de los años 90, fue necesario importar fuerza de trabajo del extranjero para abaratar aún más los salarios. No solamente distamos mucho del pleno empleo, sino que éste –propuesto bochornosamente por el PSOE en las últimas elecciones constituiría una verdadera tragedia para el sistema: de haber pleno empleo, se correría el riesgo de que la fuerza de trabajo aumentara de valor (al disminuir el número de trabajadores y seguir existiendo demanda de trabajo). 

2) Abaratamiento de los costes de producción: a lo que sobre todo ha contribuido el proceso de globalización y la deslocalización industrial orientado hacia donde la mano de obra era más barata y existía una mayor proximidad a las fuentes de materias primas y una mayor productividad. Pero también esto constituye otra espiral, en este caso involutiva, al menos en Europa: si cada vez se deslocaliza más industria, ¿no existe el riesgo muy real de experimentar un proceso de desertización industrial, aumento inimaginable del número de parados y dependencia del exterior de cualquier suministro, incluida la alimentación? Una situación así ¿no resulta suicida?.

3) Utilizar los procedimientos de manual de la economía clásica: ¿sube la inflación? Se aumentan los tipos de interés. ¿Se desacelera la economía? Se bajan los tipos de interés  a fin de aumentar la inversión. El resto lo hace el “mercado” que se regula a sí mismo. Y al decir “mercado” se refieren al mercado mundial, una entidad abstracta excesivamente diferente en sus distintos elementos constitutivos (¿Qué tiene que ver China, en población, en mentalidad, en sistema político, con cualquier país europeo o con la misma UE? ¿qué tiene que ver el mundo árabe con Iberoamérica? El mundo, afortunadamente, es muy diverso y muy desigual en cada una de sus partes.

Pero el precio de la mano de obra ya no puede abaratarse mucho más: las clases trabajadoras están en el límite de la subsistencia, ni siquiera el silencio culpable de los sindicatos podría hacerles transigir con una situación insoportable en sus hogares. La globalización, por su parte, se basaba en la era del petróleo barato, cuando era posible enviar mediante increíbles cadenas suministro, mercancías de un lugar a otro del planeta a bajo coste: la era del petróleo barato ha concluido. En cuanto a las soluciones de la economía clásica… nos han llevado hasta donde estamos, así pues, mejor olvidarnos de ellas. Es todo un nuevo sistema económico el que hace falta reconstruir, a la vista de que el actual, puede subsistir –como un zombi– durante unos cuantos años, pero está condenado a muerte porque nada humano puede crecer sin cesar sobre bases tan falsas como el proceso de creación del dinero que hemos expuesto. ¿Entonces?

Definir los problemas de una nueva economía

Los problemas que debe afrontar de una “nueva economía” se centran en:

1)    Un objetivo: creación de dinero que circule permanentemente sin necesidad de que éste sea constantemente prestado para que pueda existir y que pueda asegurar la continuidad de los intercambios económicos. 

2)    Un problema a evitar: que los gobiernos sigan pidiendo prestado dinero a los bancos, cuando ellos mismos pueden crearlo, evitando pagar intereses y, por tanto, estando en condiciones de disminuir impuestos.

3)    Recuperar el sentido común: un sistema económico no puede crecer de manera ilimitada en base a la deuda. Crecimiento perpetuo y sostenibilidad son incompatibles. Mucho más cuando ese crecimiento se basa en la sobreexplotación de los recursos naturales y nos sitúa al borde del caos ecológico.

4)    Localizar el fondo del problema: que, a fin de cuentas, es el proceso de creación de dinero mediante la deuda y la servidumbre al interés financiero. Aunque los prestamistas tuvieran dinero suficiente para prestar, sin necesidad de crearlo mediante deuda, al cobrar interés, siempre se reconstruiría el problema de fondo; quienes tienen dinero para prestar cada vez tendrían más y, finalmente, acapararían toda la propiedad. Es decir, al “hacer trabajar su dinero”, aumentarían sus beneficios, esto es, su acumulación de capital. Por tanto, al final del ciclo, volveríamos al origen de la espiral que nos ha llevado hasta donde estamos. El problema no es tanto el préstamo de dinero real, como la servidumbre del interés.

5)    Un patrón unánimemente aceptado: ese patrón, sobre el que se respaldaría la moneda debería dar un valor real al dinero circulante y debería servir como respaldo de esa moneda. Nadie quiere volver a llevar bolsas de oro encima, pero le “dinero de plástico” tampoco es la solución porque lleva nuevamente al problema de la dinero creado artificialmente sin respaldo tangible.

Cambiar el sistema: abolir la servidumbre del interés

Hay soluciones simples que se ven fácilmente cuando se tiene voluntad para quererlas percibir: si el problema de la creación del dinero apareció con el préstamos con interés, bastará simplemente con prohibir el interés. No parece absurdo. Es posible que la Banca no esté dispuesta, pero, a fin de cuentas la banca es un organismo privado y la sociedad no puede depender de sus necesidades y vicios heredados. El Estado tiene que volver a asumir un papel central en la economía de un país y en especial en el crédito. No se trata de “nacionalizar el crédito”, tanto como de eliminar las malas prácticas bancarias que al haberse prolongado a lo largo de la historia nos parecen como normales: nadie debería, en efecto, poder prestar más dinero del que dispone, nadie debería cobrar un interés usurario por prestar dinero, nadie podría fabricar dinero a partir de la deuda.

Impedir la servidumbre del interés puede realizarse mediante tres vías: en primer lugar, simplemente por ley mediante una iniciativa del poder legislativo. Pero esto no bastaría para desterrar completamente una práctica que lleva ejerciéndose durante siglos y que ha dejado su huella en nuestras mentalidades: de lo que se trata , en última instancia, es de entronizar –segunda vía- un nuevo modelo social que vea en el préstamo con interés algo rechazable, propio de parásitos sociales y en cualquier otro ingreso no procedente del trabajo, un modelo en sí mismo condenable. Finalmente queda una última, gravar las actividades bancarias con impuesto que disuada de su ejercicio más allá de determinados límites. Las necesidades de crédito deberían ser pues cubiertas por el Estado a un interés que justificara solamente los impagos y el desarrollo de la actividad: no que constituyera un impuesto añadido. 

Los economistas clásicos niegan que una sociedad pudiera vivir sin el sistema bancario. Se olvidan de que las sociedades mueren precisamente a causa de la naturaleza del sistema bancario. 

Por otra parte, la actual crisis nos muestra que no son solamente los bancos convencionales los que se benefician de la creación de dinero ficticio. Las grandes corporaciones financieras, los brokers, los bancos de gestión, viven del mismo sistema. Es su gigantismo, junto al ejército americano, el que ha forzado la globalización de la economía y la creación de un mercado mundial de capitales, lo que ha facilitado el enriquecimiento de unos pocos y el endeudamiento y la miseria de millones: así pues, la segunda exigencia de un nuevo modelo económico es la ruptura con la globalización y la creación de un nuevo modelo económico que ya no será “mundial”, sino que deberá atender a dos factores: su sostenibilidad (en función de los recursos del planeta) y su desigualdad (reconocimiento las diversas situaciones que viven los distintos continentes en lo que a desarrollo económico se refiere).

A diferencia del dogma establecido por los economistas liberales, y con él, se levanta la concepción de “espacios autárquicos de economía integrada” autónomos en sí mismos, formados por países complementarios, uniformes en su cultura, en sus necesidades y en sus comportamientos económico-sociales y, provistos, por sí mismos de capacidad técnica para desarrollar proyectos de renovación tecnológica; capacidad productiva para asegurar el bienestar de su población y, en segundo lugar, exportar excedentes, sin necesidad de importarlos; autonomía en materia energética. Es evidente que nuestro “espacio autárquico de economía integrada” está constituido por Europa. Y al decir “Europa” unimos los países de la UE y Rusia.

Se trata,  sobre todo de romper el modelo etnocéntrico que generaliza el estándar occidental a todo el mundo, romper los patrones de consumo innecesario, la producción constante, el considerar natural la obsolescencia programada de los productos y cambiar la percepción mental del modelo de desarrollo: no es posible llegar a un desarrollo que se sitúe por encima de la capacidad ecológica del planeta.

Es evidente que un cierto consenso mundial tiene que producirse, pero este no aparecerá hasta que la globalización, paradójicamente, se rompa: dentro de un mercado globalizado cada parte intenta exportar más, producir más, y hacerlo más barato… por tanto, se reconstruye el patrón de inviabilidad para el cual hace falta inversión ilimitada, crédito, y finalmente destrucción del medio ambiente. Rompiendo la globalización, todo este proceso se ralentiza y se reordena: cambiado el estándar de vida, cada pueblo puede seguir su propia vía hacia el bienestar en función de sus recursos, de su tecnología, de su capacidad productiva y de su modelo antropológico y cultural.

El trabajo en un nuevo concepto de desarrollo

Queda por definir cuál sería el patrón económico que respaldara a la moneda de cada espacio de economía integrada. Hemos visto que el oro escasea y que rápidamente sería monopolizado. La plata, ciertamente, es más abundante y habría más dificultades, pero también es inviable al estar desigualmente repartida y su cantidad es limitada. Así pues persiste el problema de qué bien tangible respalda el valor económico de una moneda. Además, el problema se plantea en un tiempo en el que es preciso pensar también en cómo se producirán las transformaciones económicas (por la vía de la mutación progresiva, consciente y voluntaria o por la vía del desplome inapelable del sistema neo-capitalista). En efecto, si el 95% del dinero “creado” y respaldado por la deuda, reconocer la gran estafa que supone, implicará la parálisis del sistema y, por tanto, el caos.

Así pues, es preciso plantarse qué valor tangible podrá respaldar a la moneda. Sólo hay uno: el trabajo. La solidez de una economía, su estabilidad, solamente puede respaldarse en las gentes que forman la sociedad en la que esa economía actúa. La economía así concebida para de ser un fin sí misma (como en la óptica liberal en la que el fin de la economía es garantizar una producción que asegure el consumo y, por tanto inicie la espiral producción-consumo-crédito-deuda) pase a ser solamente un medio para la consecución de un fin: el generar un ambiente estable y “amistoso” para el ser humano. Las ideas de estabilidad frente a la de “crecimiento sostenible”, de arraigo frente a mudialización, de “Ser” frente a “poder”, se completan solamente con la del reconocimiento del trabajo como único valor que mantiene en pie una economía una sociedad y, por tanto, como único respaldo a su moneda.

Cuando decimos “trabajo” intentamos ver más allá de la actividad manual que ha sido considerada desde la irrupción del marxismo como la única forma de “trabajo”. Es trabajo la actividad del soldado que defiende las fronteras, es trabajo la acción del agricultor que crea alimentos, es trabajo la acción del político que crea un destino para su país, es trabajo la acción de un intelectual que crea cultura, del artista que exterioriza su sensibilidad, del padre de familia que educa a sus hijos, del anciano que transmite a sus nietos una tradición, un estilo, una enseñanza para vivir la vida, el trabajo la tarea de investigación del científico, del constructor de nuevas fronteras: todo eso, en su conjunto, forma el verdadero –el único valor- en el que puede reposar la salud económica de un pueblo.
 
Cuando el trabajo se denigra mediante salarios de miseria, con medidas diariamente premeditadas para abaratar los costes, cuando todo un pueblo vive sometido a la dictadura del interés, al sistema de creación fraudulenta de dinero a partir de la nada, cuando ha dejado que de esa concepción deriva la “economía del pelotazo”, la comprensión hacia el “hacer trabajar el dinero” y hacia la usura y el parasitismo, la moneda que utilice ese pueblo no vale absolutamente nada. Una simple catástrofe natural puede hoy contribuir a desmadejar su economía y a convertir a una población que solamente sabía apreciar el dinero pero lo ignoraba todo sobre la supervivencia y sobre el “trabajo”, es una sombra de sociedad. 

El trabajo es a la vez lucha, esfuerzo, creación, destino, futuro, responsabilidad, autodisciplina e implica, así mismo, la existencia de otros dos valores que han desaparecido: el sentido de la comunidad (es decir del grupo humano que está unido en una misma actitud y, por tanto, en un mismo destino: laboral, municipal, familiar, regional, nacional, europeo) y que se reconoce porque en su interior todas las partes son solidarias; y de otro lado el valor de la personalidad (que no es el individuo anónimo, sino el ser humano dotado de rostro propio, con voluntad propia, potencialidades propias que puede desarrollar… o no y que es, por eso mismo, fundamentalmente desigual a cualquier otro ser humano, esto es: dotado de una personalidad propia). 

El sentimiento de comunidad es orgánica y el sentimiento de personalidad solamente puede manifestarse en un conjunto comunitario en forma de jerarquía, es decir, de complementareidad. No es raro que en las sociedades modernas se haya hecho todo lo posible por hacer desaparecer el sentido (y el instinto) de jerarquía hasta el punto de que en la actualidad solamente existe una jerarquía: la del dinero, la única que podrían desear los “señores del dinero”, los banqueros y los gestores de los grandes consorcios. 

No sólo hay que reconstruir una ética del trabajo, sino reconocer que la capacidad de trabajo de un pueblo es el único sostén de su economía y, por tanto, el único respaldo real de la moneda. ¿Es mesurable el “trabajo” en términos de unidades económicas? La respuesta es sí.
 
(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen


No hay comentarios:

Publicar un comentario