miércoles, 2 de diciembre de 2020
La farsa continúa (José Antonio Campoy)
La farsa continúa
José Antonio Campoy
https://www.dsalud.com/revistas/numero-243-diciembre-2020/la-farsa-continua
martes, 1 de diciembre de 2020
«Antinatalistas (II)» por Juan Manuel de Prada
«Antinatalistas (II)» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 12/02/2018.
______________________Glosábamos en un artículo anterior un excelente reportaje de Irene Hernández Velasco sobre el movimiento antinatalista, en el que entrevistaba a un grupo de personas convencidas de que la especie humana es «algo nefasto» que conviene erradicar. Para camelar a la gente desprevenida, estos antinatalistas afirmaban que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Se trata de un sofisma especialmente irrisorio, pues lo cierto es que el capitalismo ha tenido siempre la obsesión recurrente de disminuir la población; y, puesto a elegir su prototipo de esclavo favorito, ha buscado siempre consumidores sin compromisos familiares, personas ‘solteras’ en el sentido etimológico de la palabra, mucho más permeables a sus mensajes y menos pugnaces en la lucha por sus derechos laborales. Incluso en sus épocas de mayor expansión, el capitalismo siempre ha preferido forzar corrientes migratorias antes que favorecer la natalidad.
Este designio antinatalista del capitalismo lo hallamos en todas las épocas y circunstancias; es, pues, constitutivo de su esencia. Adam Smith solicitó la prohibición de las ‘Leyes de Pobres’ que, al asegurar subsidios a las familias más necesitadas, favorecían que tuviesen hijos. David Ricardo defendió que los salarios debían tender hacia un nivel que apenas cubriese las «necesidades de subsistencia» de los trabajadores, que de este modo se abstendrían de aumentar su prole. Thomas Malthus, por su parte, afirmó sin ambages que el modelo económico capitalista sólo podría sostenerse si se realizaba un «control preventivo» de la población, para lo que recomendaba que los pobres permaneciesen solteros, o que en todo caso se les obligase a «matrimonios tardíos» (exactamente como ocurre hoy). John Stuart Mill, por su parte, afirmó que la doctrina capitalista sólo se podría afianzar si se lograba que la población trabajadora «restringiese voluntariamente su número».
Y aquella obsesión antinatalista de los padres del capitalismo se extremó durante los siglos XX y XXI. Thomas Nixon Carver defendió tras el crack de 1929 la necesidad de esterilizar a los «palmariamente ineptos», entendiendo como tales a aquellas personas que no lograban alcanzar un ingreso anual de mil ochocientos dólares (que entonces era la mitad de la población estadounidense). Más tarde, el capitalismo disimularía sus fervores eugenésicos (para que no pudieran emparentarlo con el derrotado nazismo) sustituyéndolos por otras modalidades mucho más eficientes de antinatalismo: fabricación industrial de anticonceptivos, legalización del aborto, exaltación del homosexualismo y demás «políticas de identidad», etcétera. Algunos marxistas clarividentes, como Pier Paolo Pasolini, advirtieron que el capitalismo estaba utilizando la ‘libertad sexual’ –que los ilusos izquierdistas de entonces, como los cínicos izquierdistas de ahora, jaleaban–como instrumento para imponer sus designios. Pero fueron excepciones entre los loritos que repetían, a modo de salmodia lobotomizada –como hacen los antinatalistas del reportaje que comentamos–, que «tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Si estos antinatalistas no estuviesen cegados por su nihilismo doctrinario (que, en realidad, es el rebozo de su hedonismo egoísta) repararían en que notorios plutócratas y adalides del capitalismo, desde Soros a Gates, gastan ingentes cantidades en promover exactamente lo mismo. Y entonces descubrirían con horror que ellos son los auténticos esclavos del sistema.
El capitalismo no quiere que la gente tenga hijos por dos razones muy sencillas: cada vez necesita menos mano de obra para garantizar la producción; y la gente sin hijos acepta condiciones laborales más oprobiosas y tienen menos fuelle y redaños en el combate contra la injusticia. Además, para ser sostenible, el capitalismo necesita consumidores que puedan emplear la mayoría de sus ingresos en la adquisición de los chismes superfluos que fabrica. La gente que tiene hijos es menos permeable a los reclamos del consumismo; y exige salarios más altos, para poder alimentar a su prole. Como nos enseñaba Chesterton, «la gente que prefiere los placeres del capitalismo a semejante milagro [tener un hijo] está agotada y esclavizada. Prefiere la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefiere la última, torcida, subalterna, copiada, repetida y muerta creación de nuestra agonizante civilización capitalista a la realidad que supone el único rejuvenecimiento verdadero de cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de la esclavitud».
https://www.xlsemanal.com/firmas/201...stas-y-ii.html
«Antinatalistas (I)» por Juan Manuel de Prada
«Antinatalistas (I)» por Juan Manuel de Prada para la revista XLSEMANAL, artículo publicado el 05/02/2018.
______________________Hace algunas semanas, Irene Hernández Velasco firmaba un excelente reportaje en el diario El Mundo en el que entrevistaba a varios antinatalistas militantes que se han esterilizado, para evitar tener descendencia, convencidos de que la procreación es la mayor de las calamidades. A diferencia de los habitantes de Uqbar, aquella geografía borgiana, estos antinatalistas no abominan de la cópula «porque multiplica el número de los hombres». Se conforman con abominar de la procreación, porque son adeptos de esa religión erótica avizorada por Chesterton que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Sus adeptos más integristas y furibundos.
Se trata, evidentemente, de una religión nihilista. No sólo por enmascarar su odio al género humano pretendiendo que la vida carece de valor intrínseco; sino también por postular burdos sofismas que delatan un deterioro de la razón lastimoso (pero muy característico de nuestra época). Los antinatalistas del reportaje repiten como discos rayados que «la vida es sufrimiento»; y que, por lo tanto, al no traer nuevas personas al mundo están actuando benéficamente, pues les están ahorrando dolor. Pero si fuese verdad que la vida es sufrimiento estos antinatalistas empezarían por suicidarse, pues nadie ama más al prójimo que a sí mismo. Así, suicidándose, no sólo evitarían el sufrimiento de su hipotética descendencia, sino también el propio, mucho menos hipotético (pues se supone que, al afirmar que la vida es sufrimiento, se fundan en su propia experiencia). Pero aceptemos que, aunque estos antinatalistas sufren una barbaridad, no tienen valor para suicidarse, porque les marea la sangre o no les gusta el sabor del cianuro. ¿Por qué no imitan entonces a los habitantes de Uqbar y reniegan de la cópula? Si la vida es sufrimiento, la cópula debe ser al menos tan dolorosa como un cólico miserere, pues se trata de una de las experiencias vitales más intensas. ¿Por qué estos antinatalistas no abrazan radicalmente su causa, renunciando a la vez a la fecundidad y a la lujuria? De este modo, aparte de no procrear, mitigarían el sufrimiento de su existencia, pues la harían menos sobresaltada, más estoica e impasible (y ya se sabe que quien no siente no padece). Abominar del coito sería una actitud antinatalista mucho más coherente y cabal que ligarse las trompas o hacerse la vasectomía.
En realidad, estos antinatalistas saben perfectamente que la vida está entreverada de goces a los que se aferran como lapas; lo que pretenden es prescindir, precisamente, del entrevero. Quieren gozar sin dolerse, quieren la risa sin el llanto, quieren disfrutar de los placeres de la vida y expulsar los sinsabores. No sólo los dolores del parto, sino también los sacrificios que exige la crianza de un hijo, a menudo tan gigantescos como las alegrías que brinda; pero, con tal de evitar los sacrificios, están dispuestos a prescindir de las alegrías (que, por otro lado, esperan sustituir con las alegrías sucedáneas que les dispensen sus mascotas). Y disfrazan su egoísmo de filantropía y su esclavitud de generosidad, según esa inversión de las categorías que tanto gusta a nuestra época. No contentos con ello, lanzan además un reproche sobre quienes osan procrear: «Tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores», afirman sin rebozo. Pero, suponiendo absurdamente que tener un hijo fuese una cuestión de mero ‘interés’, lo cierto es que ‘interesaría’ a mucha más gente que a sus progenitores. Interesaría, por ejemplo, a los propios antinatalistas, que (puesto que no se suicidan ni a tiros) algún día querrán cobrar una pensión que esos hijos nacidos de un ‘acto egoísta’ les sufragarán. También, por cierto, les puede ‘interesar’ a estos antinatalistas tan aferrados a la vida que, llegados a la senectud, alguien les limpie el culo, allá en la residencia de ancianos que podrán pagar más fácilmente que esos progenitores que tuvieron que emplear sus ahorros en la crianza de sus hijos. Y quien entonces les limpie el culo será hijo de alguno de esos progenitores que cometieron el ‘acto egoísta’ de concebirlo, parirlo y criarlo.
Tener un hijo no es un acto interesado, sino más bien –considerando el clima adverso– un acto de generosidad extrema. Y es también, como nos enseñaba Chesterton, «el signo de la libertad personal» más heroico que un hombre y una mujer pueden realizar, en medio de una sociedad capitalista. Pero, ¡oh sorpresa!, resulta que estos antinatalistas también justifican su religión erótica afirmando que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Desmontaremos este ridículo sofisma en una entrega próxima.
https://www.xlsemanal.com/firmas/201...atalistas.html.
lunes, 30 de noviembre de 2020
Quieren aprobar una eutanasia exprés y a domicilio
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domingo, 29 de noviembre de 2020
Ni una sola universidad católica española planta cara a quienes combaten la cultura cristiana
Ni una sola universidad católica
española planta cara a quienes
combaten la cultura cristiana
Colegios y universidades cristianos han perdido la batalla cultural, quizás porque
se han preocupado, sobre todo, por la supervivencia económica.

Ni una sola universidad católica española planta cara a quienes combaten la cultura cristiana
Es cierto que en la guerra cultural que se está librando en España, los católicos oficiales desde hace medio siglo no han ganado ni una sola batalla. Pero es mentira, como se ha dicho, que tantas derrotas sean debidas a una continua y universal deserción de sus huestes. Quienes esto afirman no han caído en la cuenta de que en la defensa de la cultura cristiana, los católicos oficiales españoles se baten con una estrategia absolutamente revolucionaria e innovadora, lo que no es equivalente a que sea eficaz, porque, como he dicho, llevan medio siglo sin ganar ni una sola batalla de la guerra cultural; esta es la verdad: ¡Ni una!
Pero es comprensible y hasta disculpable que, por su muy extrema novedad, no se haya podido reconocer como tal esa estrategia empleada por los católicos oficiales en España, porque en el llamado arte de la guerra es prácticamente imposible no repetir lo que siempre se hizo, hasta el punto de que un sabio historiador no ha podido calificar al mismísimo Napoleón como un militar innovador. Ha escrito Comellas que las grandes campañas de Napoleón, que le convirtieron en el dueño de Europa, no supusieron ninguna innovación en la técnica militar. Porque Napoleón más que inventar la guerra contemporánea, como sí hicieran Moltke o Schilieffen, lo que hizo fue llevar a la perfección las tácticas militares que se habían empleado hasta entonces.
El fin de la Historia -lo he escrito muchas veces y no he enseñado cosa distinta a mis alumnos durante cuarenta años- es que el hombre sea plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo
Pero a lo que estamos Remigia que se nos pasa el arroz y no les voy a contar a mis lectores lo de la revolucionaria e innovadora estrategia de los católicos oficiales españoles en la guerra cultural, la que nos han declarado desde hace tiempo los enemigos de Cristo y de su Iglesia, que en la actualidad están acaudillados por generales de medio pelo. Me refiero a los generales visibles, porque los mandos invisibles ya son otra cosa a tener en cuenta, porque esos sí que son listos y malos como ellos solos por tratarse de Satanás y de sus tropas diabólicas.
Parece obligado para entender lo de la batalla cultural definir qué se entiende por cultura. Como la Ilustración del siglo XVIII es una de las raíces más importantes del sistema actual, la llamada cultura de la modernidad, conviene advertir que los ilustrados no se propusieron únicamente llevar a cabo una serie de reformas sociales, económicas o políticas, sino que fueron más lejos que el mero hacer sociología, economía o política, al proponer toda esa serie de reformas desde una determinada visión del mundo o Weltanschauung, como suelen escribir los especialistas en la Ilustración. Como toda visión del mundo, la de los ilustrados ofrece una interpretación propia de estos tres elementos y de las relaciones que tienen entre sí, a saber: Dios, el hombre y la naturaleza. Como conclusión de la interpretación de los ilustrados se concibió al hombre como un ser autónomo, que podría darse así mismo sus propias leyes, sin referirlas a ninguna instancia superior.
La incompatibilidad de esta concepción con el Cristianismo es evidente, porque desde siglos atrás Europa, también conocida por el nombre de La Cristiandad, tenía su propia Weltanschauung. La cultura cristiana se puede resumir así, en pocas palabras: Dios es el creador del hombre y del mundo, y con su Providencia los conserva y los gobierna; por la tanto, el hombre y el mundo, en tanto que criaturas, son realidades dependientes de Dios.
Y podía haber 27 o 47 maneras de concebir al hombre, pero que le vamos a hacer…, solo hay dos y además hay que elegir: o el hombre se concibe como un ser autónomo o como criatura de Dios. Por lo tanto, dependiendo desde cuál de las dos concepciones se parta se construye una cultura intrascendente, de tejas para abajo, o una cultura trascendente, que mira al Cielo desde la tierra.
Para quienes creemos y pensamos que el hombre es una criatura de Dios el fin de la Historia, que es tanto como decir el fin de cada hombre, no puede ser ni la grandeza del Estado, ni la unidad del partido, ni la fortaleza del sindicato, ni la brillantez de la cátedra, ni el engorde de la cuenta corriente, ni cuantas metas humanas están bajo un tejado que nos impida ver el Cielo. El fin de la Historia -lo he escrito muchas veces y no he enseñado cosa distinta a mis alumnos durante cuarenta años- es que el hombre sea plenamente hombre, que vuelva a Dios, que sea santo.
Así es que para ponerlo al alcance de todos los bolsillos, bien se podría decir que la cultura no es otra cosa que una guía de la que nos servimos los hombres en nuestro caminar terreno para no perdernos y poder alcanzar el fin que da sentido a nuestras vidas. Cada uno el que se haya trazado: el Estado, el partido, el sindicato, la cátedra, la cuenta corriente o Dios.
Entre los muchos transmisores de la cultura, hay dos que tienen una importancia capital, como son la familia y la enseñanza. Por eso se entiende que los enemigos de Cristo y de su Iglesia en España estén empeñados en destruir la familia cristiana y en aniquilar la enseñanza religiosa
Entre los muchos transmisores de la cultura, hay dos que tienen una importancia capital, como son la familia y la enseñanza. Por eso se entiende que los enemigos de Cristo y de su Iglesia en España estén empeñados en destruir la familia cristiana y en aniquilar la enseñanza religiosa. Y este es uno de los frentes de la batalla cultural que se libra en España, que como antes he dicho tiene generales visibles de medio de pelo y otros invisibles con maléficas melenas.
Y frente a esta ofensiva cultural, los católicos oficiales españoles responden con esa estrategia tan nueva y desconocida que consiste en trasplantar al lenguaje militar el diálogo de besugos:
—¿A dónde vas?
—Sardinas vendo…
Los responsables de los colegios católicos españoles no han ganado ni una sola batalla de la guerra cultural, porque no acuden a esa contienda, ya que todas sus energías y su tiempo los han empleado, no en la batalla cultural, sino en la batalla económica. Así es que mientras unos se afanan en robar el alma de sus alumnos, pervirtiendo sus mentes, quienes deberían evitarlo no lo hacen porque solo les desvela el mantenimiento de los conciertos económicos. Y de este modo resulta que a fuer de sinceros hay que reconocer que, salvo excepciones que cada vez son menos, la enseñanza católica en España de católica solo tiene el nombre.
Pero quisiera hoy llamar la atención de otra enseñanza católica de la que nunca se habla, que por sus características podía dar un vuelco a esta situación, y que todavía está más ausente en la batalla cultural que los colegios de primaria y enseñanza media. Me refiero a las Universidades erigidas en España por instituciones de la Iglesia, de las que hay unas cuantas.
Conviene recordar que la Universidad es un invento de la Iglesia. La Universidad nace en la Iglesia con la finalidad de descubrir la verdad profunda de Dios y del hombre; es decir, de construir una cultura cristiana. Y siendo este el fin de las Universidades de la Iglesia, resulta que yo no conozco ninguna acción de las actuales Universidades de la Iglesia en España que le haya plantado cara en serio a quienes combaten a la cultura cristiana.
Y si la ausencia de los responsables de los colegios en la batalla cultural, por ocuparse solo de la batalla económica es una realidad, lo de los responsables de la Universidades de la Iglesia en España es lo mismo, pero elevado al cubo. No, la máxima preocupación de un rector de estas instituciones que se cobijan bajo el nombre de la Iglesia no puede ser el número de matrículas de alumnos, como en cierta ocasión me manifestó el rector de una de estas Universidades.
Cierto que tanto en los colegios católicos como en las Universidades de la Iglesia hay profesores que tienen un comportamiento ejemplar. Pero eso no es suficiente en la batalla cultural, porque los golpes de mano o la guerrilla solo desgastan al enemigo, y las guerras únicamente las pueden ganar los ejércitos regulares.
Por otra parte, para ese viaje no hacía falta esas alforjas, ya que acciones aisladas de guerrilleros se producen también en las Universidades públicas. Les voy a contar una de ellas, aunque sin descubrir la identidad del guerrillero ni el centro de operaciones.
En cierta ocasión, un colega de cierta Universidad pública, con mucha experiencia y bastantes medallas en la pechera, me enseñó lo que el consideraba el máximo galardón de su carrera. Y me comentó antes de enseñármelo que él lo veía con frecuencia, y que cada vez que lo contemplaba se le hacía presente su responsabilidad como docente y que a sus años le temblaban las piernas cuando daba clase, como a un primerizo. Me quedé sorprendido, porque el galardón era el texto de una felicitación de Navidad de un alumno suyo al que le había dado clase de Historia de Europa del siglo XIX, y del que ni siquiera recordaba su cara con el paso del tiempo y por supuesto tampoco lo que había dicho en la clase de ese alumno.

Me impresionó tanto el texto de aquella felicitación, que le pedí permiso para fotografiarlo y hoy lo reproduzco por escrito y en fotografía para todos mis lectores, por si a alguno le puede ser útil. Lo hago porque es utilísimo para mí. Cierto que tiene como efecto secundario el temblor de piernas cuando doy las clases, pero me elimina del alma los respetos humanos para poder trasmitir la verdad. Esto es lo que dice el texto de la felicitación navideña que le enviaron a mi colega:
“Estimado profesor: Quería felicitarle estas fiestas, ahora, que no tengo ninguna asignatura pendiente con usted, para que la sinceridad no se confunda con peloteo, me abrió los ojos respecto a la Iglesia y hasta me estoy pensando el sacerdocio, en fin, que estas fechas las pase rodeado de su familia y amigos y que el año que viene sea mejor”.
Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.
sábado, 28 de noviembre de 2020
ELEGÍA POR LA MUERTE DEL HISTORIADOR JOSEPH PÉREZ (Juan Pablo Mañueco)
ELEGÍA POR LA MUERTE DEL HISTORIADOR JOSEPH PÉREZ
(fallecido en Burdeos, a 8 de octubre de 2020, pero para siempre “castilianista” y revitalizador de Castilla)

