El profeta Elías y el cambio climático
Por Javier Garisoain
La mentira del calentamiento global es una versión refinada del terror que provocó“La guerra de los mundos” de Orson Welles. Una patraña destinada a establecer en última instancia una dictadura mundial. La literatura lleva siglos advirtiéndonos de esta amenaza.
Ahora no son los marcianos ni los selenitas ese enemigo exterior que impulsa a la masa al sometimiento sino la engañifa climática. ¿Será esta la mentira definitiva? No lo creo. Este terror apocalíptico ya lo han experimentado antes en nuestras carnes con otras medias verdades: la capa de ozono, la gripe aviar, las armas de destrucción masiva, las vacas locas, el ébola… son solo algunos ejemplos de las campañas sembradas para ensayar un poder que se autojustifica por el terror y en nombre de la seguridad.
No es verdad que el hombre tenga poder sobre el clima. La Tierra se mantiene en un admirable equilibrio porque así lo quiere Dios. Los milagros solo Él los hace. Él es el único que puede mandar diluvios o poner fin a la sequía. Está todo escrito. Lean la historia de Elías en el primer Libro de los Reyes. Les hará pensar. Aquel profeta anunció al rey Ajab -y lo demostró- que el fin del cambio climático llegaría cuando se abandonara el culto idolátrico al dios Baal. Fue entonces Yavé quien acabó con la sequía y restableció el “orden climático” por medio de su profeta Elías. Es una estupidez creer que los microbios humanos podamos tener fuerza como para cambiar la temperatura de una bola que gira a 30Km por segundo alrededor del Sol, una estrella de fuego que arde a 15 millones de grados, y que está a 150 millones de Km de la pequeña Tierra. … Y mientras tanto nosotros extrañados porque la temperatura de esta bolita azul pueda oscilar en uno o dos grados más allá de nuestras costumbres.
Oigan. Si de verdad les preocupa el clima hagan rogativas al Dios Creador del Universo, y abandonen esas ideologías raquíticas que recuerdan al inútil Baal. Y lean la Biblia. Por ejemplo la instructiva historia de José. ¿No se acuerdan de las vacas gordas y las vacas flacas? Aquello que preocupaba al Faraón también era un cambio climático. ¿Y qué hizo José? ¿Buscó acaso una niña autista para que ejerciera de sacerdotisa animista? ¿Se dedicó a aterrorizar a la gente exigiendo de paso más poder? No. Lo que hizo fue construir graneros.Y en cuanto a esa pobre niña no teman, no es el Anti-Cristo. No llega a tanto. La pobre Greta es, como mucho, una especie de Anti-Juana de Arco. Pasará.

Goethe, Zapatero y Pedro Sánchez
¿Qué hubiera pasado si Fernando III hubiera derribado la Giralda, símbolo del abominable poder almohade? ¿O si los Borbones hubiesen destrozado todos los escudos de los Austrias tras la guerra de Sucesión? ¿O si…?
Traigo de la mano al escritor alemán y a los dos estadistas hispanos por coincidir el genial triunvirato en un tema que preocupaba y preocupa, pero que resuelven los tres de diferente manera. Goethe escribió sobre casi todo y no mal. Influyó sobre la literatura y el pensamiento de su época como casi nadie. Admirado en todo el mundo occidental, vivió 83 fructíferos y cultos años sin desdeñar cuanto ellas pueden tener de hospitalario, llegando a enamorarse a los 74 años de Ulrike von Levetzow, a quien pidió en matrimonio, cosa a la que comprensiblemente se negaron los padres de la muchacha, quien, por cierto, vivió soltera toda su larga vida.
Goethe admiraba a Napoleón y apoyó la emancipación de los Estados Unidos, aunque vaya por delante que desconfiaba no poco de las revoluciones, a las que llegaba a calificar como "una perversión de la energía" y añadía al respecto que "no se dan en la Naturaleza, que labora despacio y firmemente sus cambios."
En unas notas sobre política, el alemán sencillamente indica a propósito de la revisión del pasado que "toda institución nueva, cuanto más miserable y despreciable sea, tanto más se esforzará por borrar las últimas huellas del pasado", y que "quien no tiene nada valioso que ofrecer al mundo, odiará todo lo que se hizo en el pasado y será siempre propenso a negarlo todo y a destruirlo todo, porque los nuevos movimientos revolucionarios odiarán más a los antiguos modelos cuanto menor sea su propia significación. En este terreno se constata, de la misma manera que en la vida intelectual y artística, la preocupación de dar importancia a los propios engendros, con lo que se llega a un odio ciego contra cuanto de bueno se hizo previamente."
¿Qué hubiera pasado si Fernando III hubiera derribado la Giralda, símbolo del abominable poder almohade?
Remata el párrafo diciendo que "en la vida política, cuando la casualidad pone a nulidades en posiciones de mando, acostumbran con infatigable empeño no solo a desprestigiar el pasado, sino también a evitar por todos los medios la crítica general hacia sus personas. En la mayor parte de los casos, la razón de ese odio a lo anterior es sencillamente la propia mediocridad. La finalidad y la razón de ser de las revoluciones debe consistir, como mucho, en no demoler el edificio entero, sino alejar la causa de su ruina, reconstruyendo la parte amenazada para que no se derrumbe. Solamente así se puede hablar de progreso de la humanidad. Sin ello, un país nunca saldría del caos, pues cada generación, sintiéndose con derecho a negar el pasado, establecería como condición para su propia tarea la destrucción de lo que hubiese hecho la generación anterior. El conjunto de la cultura general, como la del propio individuo, no es más que el resultado de una larga evolución en la que cada generación participa con su grano de arena para engrandecer la construcción ya iniciada."
Hasta aquí el escritor alemán. Luego piensa uno, por ejemplo, qué hubiera pasado si Fernando III hubiera derribado la Giralda, símbolo del abominable poder almohade. O como más de una vez he indicado, si los Borbones hubiesen destrozado todos los escudos de los Austrias tras la guerra de Sucesión que les ganaron. O si la misma República hubiera hecho igual con los numerosos escudos monárquicos que se mantenían y mantienen. O uno piensa también en los numerosos escudos republicanos que el franquismo respetó, por más que escabechinara bastantes. Pero no, aquí tenemos a los dos genios de la política autodenominada progresista que sencillamente privarán, ya están privando, a generaciones futuras de saber bajo qué mandato se hizo tal o cual edificio o monumento. Comprendo que es un tema que he tratado reiteradamente, pero he de admitir que a este antiguo antifranquista le hierve la sangre al ver los destrozos de símbolos con los que se quiere enmascarar la historia, negarla y negárnosla, como si ello fuera posible a la larga, cuando ya no estén los geniales majagranzas ibéricos que han decretado la damnatio memoriæ del régimen anterior, en la ilusa convicción de que basta olvidarse de una cosa para que esta deje de ser. No es progresista borrar un símbolo y apropiarse del lugar colocando el propio. Es sencillamente una miserable usurpación de la obra, un inmenso plagio que hará trabajar en el futuro a muchos investigadores para otorgar la correcta autoría de la paternidad a los sitios desmochados o trocados de emblema. Hace poco, por acabar con un ejemplo, me fijé en la alta coronación de la fachada de la estación de trenes de Zamora. Un fenomenal edificio en piedra arenisca color crema, en un estilo historicista muy similar al museo arqueológico de Sevilla. Junto al emblema de la ciudad estaba el que había sido escudo de España cuando se hizo la obra. Pues simplemente se había descabezado burdamente el águila de san Juan, dejando las alas laterales, demasiado complicado aquello quizá para borrarlas también, y por supuesto sin añadir el redondel borbónico con las lises en el centro del emblema. Todo un glorioso engendro de firmeza democrática ante los fantasmas del pasado.
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