“Madrid es una
ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las
últimas estadísticas).
A veces en la
noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho
en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas
horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros”.
Dámaso Alonso.
“Hijos de la ira”.
………. ………
MADRID ES UNA
CIUDAD que hace tiempo superó los varios millones de seres
humanos
preguntándose contra qué luchan tanto por la vida y de forma tan continua.
A veces en la
noche me brotan y se me incorporan en la memoria aquellas antiguas leídas
líneas –que creía olvidadas y perdidas-
de Dámaso
Alonso, donde el maestro domaba a la angustia en desasosiego con sus
filológicos y desazonados saberes.
Las leí apenas
con veinte años y todavía me duelen como cientos de pinchazos candentes de
delgados, internos y humeantes alfileres.
Hablaba en
ellas de las largas horas que se pasan oyendo gemir al huracán de la vida,
del tiempo que
se pudre oyendo a lo lejos ladrar a los perros que aúllan a sus amarguras
contiguas,
y de todo
aquel restante infinito de lo águila que cae contra nosotros portando sombras
de desvelados e insomnes anocheceres.
De las largas
horas dolientes como una gran figura amarilla sin rastro alguno ni memoria de
amistosos placeres
que nos llevan
a preguntarle al desarraigo en que nos encontramos, como infinitesimales
partículas,
qué hacemos
aquí, en esta ciudad de Madrid que superó hace tiempo el millón de hombres y
mujeres…
A preguntarnos
por qué tantos miles de millones de pequeñas e ínfimas latientes aurículas
dentro de un
corazón planetario, en esta sistema solar de continuas sombras y constantes
amaneceres,no aciertan a
dar con la explicación definitiva que calme su insomnio de indagadoras,
noctámbulas y abiertas pupilas,
devorando
sombras donde sólo brillan las incontables preguntas infinitas.
En el lenguaje de lo hipócritamente correcto, existen temas
tabú que parecen ser intocables so pena de ser acusado de las peores vilezas.
Es lo que se llama falacia ad hominem; esto es, cuando atacas a la persona en
lugar de atacar el argumento que dio. Por ejemplo, si yo digo que estoy en
contra de la homosexualidad porque es mala, me acusarán de “homófobo” y de
“odiar a los homosexuales”. La acusación no sólo es una falacia, en tanto que
no responde a un argumento con otro argumento sino con etiquetas; es también
una estupidez. Es como si dices que estás en contra de la anorexia y te acusan
de odio y discriminación hacia las anoréxicas.
Que rechaces la anorexia no quiere decir que rechaces a las
anoréxicas, si rechazas la homosexualidad no por ello rechazas al homosexual,
que estés en contra del pecado no quiere decir que estés en contra del pecador,
que repudies la circunstancia no significa que repudies a la persona que hay
tras ella. Esto es tan elemental que hasta un niño lo entendería (¿o es que tú
no puedes tener un amigo de derechas si eres de izquierdas? ¿dejas de saludar a
tu cuñado madridista sólo porque tú seas del Barça?), por lo que confundir la
circunstancia con la persona como si ambas fueran una misma cosa es de tener
muy pocas luces o muy mala leche.
Algunos dicen que la homosexualidad es una enfermedad, otros
que un vicio, los hay que la consideran un estilo de vida o una orientación
sexual tan respetable como cualquier otra. Yo no sé quién de todos ellos estará
en lo cierto, pero de una cosa estoy completamente seguro: la homosexualidad es
un pecado, algo que ofende a Dios. Y como cristiano que soy no puedo aceptarla
ni dar mi visto bueno porque una cosa que está mal, porque esté socialmente
aceptada por la mayoría de la gente, no deja de estar mal. No es homofobia sino
pecadofobia lo que impulsa a los auténticos cristianos a rechazar las prácticas
sexuales de lesbianas y gays.
Pretender acusar de homofobia a los cristianos no deja de
ser demagogia pura y dura. Si mañana la Asociación Nacional de Adúlteros quiere
convencernos de que el adulterio es un respetable estilo de vida, que no cuente
con nosotros, porque nuestros valores morales no son fijados por modas que van
y vienen sino por Dios mismo. Y resulta cuanto menos curioso que los adalides
de la tolerancia sean capaces de tolerar a todo el mundo menos a nosotros los
cristianos, a quienes nos tachan de homófobos, medievales, trogloditas, etc,
simplemente porque nos negamos a dar nuestro visto bueno a un pecado que
resulta abominable a ojos de Dios.
Los grupos de presión homosexuales quieren convencer a la
sociedad de que estar contra el gaymonio y lesbimonio es un acto de homofobia.
Si yo considero que la unión de dos personas del mismo sexo no es un auténtico
matrimonio me acusarán de vulnerar los derechos de gays y lesbianas. Si así
fuera, no los discrimino más de lo que discriminamos a un polígamo cuando le
decimos que la unión de un hombre con cuatro mujeres no es un auténtico
matrimonio. O a un trío compuesto por dos mujeres y un hombre cuando les
decimos que su relación, se pongan como se pongan, no es un auténtico
matrimonio. Que lo suyo es otra cosa.
La auténtica marginación se la infligen los homosexuales a
sí mismos. No hay más que ver el día del orgullo gay. En lugar de denunciar que
en Irán ahorcan a los gays por el solo hecho de serlo, ellos se ponen las
plumas y empiezan a hacer mariconadas por la calle. Se trata de un carnaval
mariquita, un esperpento digno de la parada de los monstruos, un colectivo
humano que con sus numeritos de circo no hace sino distanciarse cada vez más y
más de la supuesta integración y normalidad que dice reivindicar, y que manda
el mensaje al mundo -alto y claro- de lo que realmente es y quiere ser: un
ridículo gueto muy alejado de la gente normal.
Artículo de Hermann Terstsch, que Twitter censuró ayer en su
cuenta, pero fue publicado en ABC:
El húngaro que seduce a las masas
Xenófobo, corrupto, ultraderechista y dictador. Y se
pidieron sanciones contra su país. Esa bestia negra, ese hombre tan vituperado
en Estrasburgo es Viktor Orban, en su juventud activista anticomunista en la
clandestinidad, hoy el jefe de Gobierno con mayor apoyo popular de la UE en
tres elecciones parlamentarias impecables. Había que verlo estos días en
Estrasburgo. Allí estaba el líder de un partido que gobierna por la masiva
voluntad de los ciudadanos y con dos tercios del parlamento húngaro, siendo
acusado de dictador por comunistas, verdes y socialistas con partidos
minoritarios de sus países. Se escenificaba con toda crudeza aquello que Orban
denuncia como la gran hipocresía de esa hegemonía cultural de la izquierda que
ha secuestrado la UE por la sumisión a la misma de los partidos democristianos
y centristas.
El problema de Orban con la UE no son las regulaciones
legales como algunos pretenden. Ni la persecución de nadie. Siempre que hubo
diferencias y denuncias contra Hungría se adaptaron las leyes húngaras para
adecuarlas a las directrices europeas. Lo que no acepta Orban que representa a
los húngaros como nadie representa a su país hoy en el Consejo Europeo, es que
les impongan desde Bruselas, Berlín y París o desde las ONG financiadas por
George Soros la política socialdemócrata con leyes feministas y de LGTB que
rechaza masivamente. Como tampoco aceptan que otros dirigentes políticos les
impongan unos refugiados e inmigrantes que destruyan su sociedad como han hecho
con otras. Como cada vez más europeos, considera que protegidos por su
soberanía nacional pueden garantizar mejor su libertad, seguridad e identidad.
Viktor Orban, en su juventud activista anticomunista en la
clandestinidad, hoy el jefe de Gobierno con mayor apoyo popular de la Unión
Europea
Orban tiene muchas más credenciales democráticas que la
inmensa mayoría de los mantenidos parlamentarios de Estrasburgo. Y su única
debilidad real podría estar en ese mal que afecta a todos los que tienen mucho
tiempo mucho poder, la corrupción propia o del entorno. Pero en democracia
nadie puede darle lecciones. Menos aun quienes violan la voluntad popular como
un Gobierno español alimentado por los enemigos del Estado. Él luchó contra el
comunismo. Él fue jefe de Gobierno en 1998 y cuando perdió las elecciones en
2002 se fe a su casa. Tardó ocho años en volver y ganar limpia y
abrumadoramente con más del 52% y repetir desde entonces. Lo hizo con un partido
de derechas que no pide perdón a nadie por serlo. Orban dio y ganó la batalla
cultural y desde entonces la izquierda ha desaparecido como alternativa. En
Hungría como en Polonia, la política del igualitarismo con vocación totalitaria
y excluyente, basado en el resentimiento social, en el poder supremo y
supuestamente benéfico del Estado y el blanqueamiento de los crímenes en nombre
de la ideología marxista en el siglo XX no es ya opción de gobierno.
En Varsovia, la alternativa a la derecha son los liberales.
Y en Budapest lo es la extrema derecha de Jobbik. ¿Cómo no va a estar en pánico
la izquierda? Orban es la derecha democrática que demuestra que se puede acabar
con esa superioridad cultural de la izquierda y con el permanente recorte de
libertades y erosión de identidad nacional y de respeto a la familia y a la
persona que la izquierda impone en toda Europa. Sin nada que aportar en la
economía, si se le despoja de su instrumento de dominación cultural, la
izquierda marxista simplemente desaparece. Eso sí, el mismo miedo tienen a
Orban esos lideres de partidos que viven de votos de derecha para después
consensuar su política con la izquierda. Los votantes se les van en masa, como
Merkel puede constatar. Un fantasma recorre Europa. Es el de una gran revuelta
contra la hasta hoy todopoderosa socialdemocracia y su sistema, otrora
incuestionable, de la supremacía cultural neomarxista. Un fantasma que de
momento tiene nombre húngaro.
1- Europa es una unidad de espíritu. Tenemos una civilización propia, variada en sus culturas nacionales pero bastante uniforme vista desde el exterior, desde el espacio extraeuropeo. Es decir, Europa no es un espacio económico: es una auténtica nación. No es una ficción jurídica ni una simple zona de librecambio: tiene sangre y espíritu.
2- La Unión Europea es un instrumento: puede ser usado para el bien o para el mal. Lo mejor que se puede decir de ella es que existe, que puede convertirse una herramienta decisiva para promover la unión siempre que esté en buenas manos. El problema es que la dominan los peores. Seamos francos: la Unión llamada "Europea" que nos venden los oligarcas de Bruselas no pretende ningún fin nacional a gran escala: es sólo una simple división continental del régimen mundialista al que estos tecnócratas pretenden incorporarnos. De ahí su absoluta indiferencia, cuando no odio, por los caracteres culturales autóctonos. Bruselas no pretende crear una nación europea porque no tiene una concepción cultural: sólo alberga proyectos económicos cuyo fundamento ideológico es el consenso socialdemócrata en política y el liberalismo globalista en las finanzas. Pero las naciones no se construyen desde la economía, sino desde la cultura y la política, aspectos que en Bruselas repelen, ya que consideran que sus valores tienen un fundamento demasiado étnico, religioso y cultural frente al dominio abstracto y desarraigado del homo œconomicus. El proyecto "europeo" de las élites cuenta con todo el poder del dinero, pero le faltan la sangre y la fe. La naturaleza tecnocrática de la plutocracia ha impedido que se consolide un sentimiento, un nacionalismo, que cohesione a los pueblos bajo un mismo proyecto. Basta con ver lo desangelado y frío que es todo lo que nos llega desde la Unión, que suele resultar francamente impopular; entre otras cosas porque su filosofía globalista y su imposición de la multiculturalidad la enfrentan con las naciones a las que domina: de ahí su empeño en sustituir o aminorar a la población europea nativa con grandes masas de emigrantes.
3- El designio mundialista es totalitario, pero no se proyecta en la creación de un Estado, sino en el de una sociedad. El consenso socialdemócrata no tiene como cimiento la inclusión, sino la exclusión; acallar y no explicar; fabricar la realidad e impedir la expresión a los disidentes. Su fin es silenciar los debates sobre asuntos incómodos, secuestrar el disenso por los especialistas universitarios, hacerlo incomprensible con tecnicismos abstrusos (el politiqués elaborado por la academia) e imponer un puritanismo totalitario, con una creciente lista de tabúes que eviten la simple mención de lo que no debe decirse mediante una serie de calificativos que impiden discutir con su mera pronunciación (por ejemplo: "fascista", adjetivo que descalifica cualquier tesis antes de ser examinada). El consenso socialdemócrata, cada vez más escorado hacia una radicalidad de catequista histérica, forma parte de un gran proyecto de ingeniería social a nivel planetario, cuyo campo de pruebas es nuestro continente. Semejante fin excluye el debate, persigue y castiga a la contestación y necesita criminalizar a sus oponentes, que siempre vienen, paradójicamente, de los sectores con mayor conciencia europea, de aquellos que sienten vivo su arraigo cultural, su tradición. No olvidemos que la política actual de la Unión "Europea" consiste, entre otras cosas, en minusvalorar la cultura occidental y ponerla en pie de igualdad con las otras.
Este proyecto a tan gran escala exige la debilitación de los Estados, que están pasando de ser detentadores de la soberanía y del poder político a meros complejos de asistencia social. El nuevo instrumento de dominio totalitario es la propia sociedad, dirigida por un conjunto de organizaciones transnacionales y tangencialmente políticas que imponen modos artificiales de comportarse y pensar a la población. La ortodoxia socialdemócrata, el puritanismo progresista, implanta en lo privado, en lo más íntimo de la persona, una serie de tabúes semirreligiosos que condicionan lo político. El globalismo busca la capitidisminución de los poderes políticos nacionales, depositarios legítimos de la voluntad popular, hasta convertirlos en inocuas unidades administrativas. Una economía que se fundamenta en la desregulación no puede desear un estado fuerte, por eso tampoco disfruta de la necesaria cohesión política la propia Unión "Europea", que domina el mundialismo capitalista, partidario de la llamada sociedad civil. De ahi su debilidad, su incapacidad para formular una política común que vaya más allá de los aranceles y el IVA. Para comprobarlo, basta con ver el papel anecdótico del Parlamento Europeo --única organización de este aparato tecnocrático en la que los electores cuentan para algo-- frente a la Comisión. La actual Unión Europea no es un megaestado, sino un aparato de dominio económico transnacional que anula la soberanía política, económica y hasta cultural de sus estados miembros. Es el instrumento de control colonial de una oligarquía financiera que actúa en todo el planeta.
Tampoco es ajeno a este proyecto totalitario la demolición de la institución familiar y el fomento del invierno demográfico. La civilización europea, como casi todas las demás, se ha conformado como una red de familias y clanes que acaban derivando en formaciones sociales más complejas, como la polis o el estado moderno. La familia también es un elemento clave en la continuidad de las tradiciones espirituales, sociales y hasta políticas, en la eclosión de un sentimiento de lealtades compartidas que implica también un conjunto de valores comunes que se plasman en una forma de vida. El liberalismo radical pretende acabar con todo esto y convertir al europeo en una simple unidad contable de trabajo y consumo, sin más lazos que los de una legalidad abstracta y los de la pertenencia a un precario e infrarremunerado mercado laboral. A esta destrucción de los atributos básicos de la identidad particular y social se añade ahora la anulación del sexo, sustituido por la entelequa del género, factor último de aniquilación de todo orden humano estable. Sin cuerpos sociales intermedios en los que refugiarse, inerme, el hombre sin atributos del globalismo es sólo herramienta, unidad contable en un mecanismo opresor y deshumanizado. El fin de todo este complejo engranaje de destrucción del tejido social es muy simple: convertir a Europa en un conjunto de masas de población flotante, sin arraigo, sin cultura propia, en un cardumen de deportados económicos que vagan por el continente a merced de los intereses de la plutocracia, sin identidad, sin espíritu, sin personalidad, embrutecidos por un grosero carpe diem e hipnotizados por la frivolidad estúpida e imbécil del homo festivus, último estado de degradación de lo que antaño fuera el europeo de los siglos modernos, ese del que ahora se reniega.
4- La Unión "Europea" contra sus pueblos: como punta de lanza de un proyecto mundial de las élites, la Unión no pretende otra cosa que la sumisión de los estados que la componen a los designios de esa plutocracia. El estado-nación, como tal, es un obstáculo a la hora de ejercer este dominio por varias cuestiones: representa a una comunidad que puede estar lo bastante cohesionada para defenderse cultural y económicamente; el estado-nación, pese a sus evidentes limitaciones, es mucho más democrático que el tinglado de Bruselas; por otro lado, dispone de una capacidad nada despreciable a la hora de controlar factores básicos de poder: la política monetaria, la defensa y la capacidad legislativa. Además, los pueblos europeos, en su gran mayoría, se identifican con sus estados, que tienen una historia de medio milenio de compleja formación y que gozan de firme arraigo en la conciencia nacional. La Unión "Europea" no puede presumir de lo mismo. Por eso necesita destruir toda unidad política más o menos orgánica que obstaculice sus fines.
¿Y hay algo más orgánico que un pueblo? Destrozar las conciencias nacionales, incluso, como ya dijimos antes, la propia identidad europea, forma parte irrenunciable del programa cosmopolita de aculturación que lleva a cabo la tecnocracia de Bruselas. La pauperización de las clases medias en todo el continente no es un efecto espontáneo de los azares de la economía, forma parte de un proyecto más complejo que trata de hacer más competitiva la economía hongkongnizándola, convirtiendo en una masa de coolies a la antaño próspera y orgullosa clase media europea. El siguiente paso es que los nativos compitan por un mendrugo de pan con los recién llegados del Tercer Mundo. Cuando los pueblos se ponen en manos de plutocracias que ni siquiera son nacionales lo que resulta de ello es una sociedad colonial. La vieja lucha de clases es el eje esencial de cualquier proyecto nacional europeo. El combate contra la plutocracia forma parte de la lucha por la liberación y la unidad de Europa. Los explotadores de las masas, los que se lucran con la creciente precariedad de los europeos, son los mismos que nos imponen la multiculturalidad, desprecian nuestras tradiciones y deterioran nuestro poder social. Ya no hay izquierdas ni derechas, hay patriotas europeos frente a liberales apátridas. Lo que hoy se llama izquierda no es más que una variante radicalizada y puritana del liberalismo progresista.
Resulta curioso que una organización internacional europea en la que el inglés, el idioma del mundialismo, es minoritario, sin embargo tenga a éste como su lengua esencial. Más paradójico nos parece este desatino lingüístico cuando Gran Bretaña está más fuera que dentro de este proyecto. Con lenguas de una tradición literaria y científica como el francés, el alemán o el español, ¿qué necesidad hay de seguir empleando el idioma de los amos mundialistas? En este uso masivo del inglés no hay sino una consciente implantación de un programa de desarraigo cultural y una negativa a afirmar una especifidad europea frente al bloque dominante de los países anglosajones. La "cultura" que se defiende desde Bruselas es la misma que se impone desde Nueva York y Los Ángeles, no se tiene la menor voluntad de fomentar ninguna identidad propia; se trata justo de todo lo contrario, de asimilarse al modelo americano, canon del mundialismo.
5- De las Azores a Vladivostok: Europa forma una unidad geográfica con Rusia. La complementariedad entre el espacio ruso y el europeo pueden dar a luz un bloque geopolítico compacto y autosuficiente, que no dependa en nada de la plutocracia mundial y tenga una marcada identidad propia, con el cimiento de la tradición común de todos los pueblos europeos. El atlantismo está ligado a los intereses anglosajones y a la globalización. Nuestra prosperidad, nuestra independencia y nuestra libertad consisten, precisamente, en darle al espalda al Atlántico y volver nuestro rostro hacia Oriente, donde se afirma un poder político nacional, identitario y enemigo acerbo del mundialismo.
El video del Institut Iliade de Paris que se ha hecho viral: 4,6 millones de visualizaciones en su original francés y un total de 5 millones en el conjunto de idiomas en los que ha sido doblado: español, italiano, alemán, húngaro, inglés, holandés, etc.
Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.
Jesús Fuentetaja Sanz – La aprobación de las Bases de Segovia
Buenos días a todos.
Queridos amigos, os facilito el acceso a mi artículo publicado ayer en El Adelantado de Segovia, sobre el centenario de las Bases de Segovia para el Régimen Municipal, Provincial y Regional, que fueron aprobadas por las Diputaciones castellanas reunidas en la sede segoviana, en el mes de enero de 1919.
Aprovecho el espíritu inspirador de dichas Bases para realizar una razonada crítica a los cambalaches políticos actuales, en donde se reparten ayuntamientos y diputaciones al margen de los resultados electorales obtenidos en las elecciones locales y por lo tanto vulnerando el derecho a la autonomía municipal y provincial.
La lucha por los derechos civiles y la visibilidad LGTBI (ya conquistada) son la excusa.
La realidad es que el ‘orgullo’ los utiliza para justificar un fin de semana de vicio y abuso
de todo tipo de sustancias, exhibicionismo, pornografía y perversión.
¿Sabías que el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social ha gastado casi
15.000€ en preservativos y lubricantes para practicar sexo anal, evitar enfermedades
de transmisión sexual y el contagio del VIH entre hombres? ¿De verdad tenemos los
ciudadanos que pagar los deseos sexuales de un determinado grupo cuando no hay dinero
público para financiar tratamientos bucodentales y oculares?
En HazteOir.org tenemos unos voluntarios que son extremadamente valientes. Déjame
contarte por qué.
La manifestación política del ‘orgullo’ comenzaba en Atocha y terminaba en la plaza de
Colón. Los voluntarios de HO estaban en sus posiciones del paseo del prado ¡en la boca
del lobo! a pocos metros tras la cabecera de la concentración. Estaban rodeados de multitud
de personas que si hubieran sabido sus intenciones, seguramente les habrían agredido en
ese mismo momento, al igual que hicieran con los simpatizantes de Ciudadanos.
Y entonces ocurrió... desde uno de los balcones del Paseo del Prado desplegaron una
pancarta vertical blanca de nada menos que 5 metros de longitud en la que se podía leer: #STOPDICTDURALGTBI. La puedes ver en la foto que tienes a continuación:
¡El mensaje no podía ser más rotundo! Puedes ver el resto del álbum fotográfico pinchando aquí.
Como ves, no nos rendimos, seguimos adelante con la lucha frente la dictadura LGTBI.
Una dictadura que se vivió de manera clara el sábado cuando increparon, insultaron y
lanzaron objetos contra los integrantes de Ciudadanos; los cuales tuvieron que ser
evacuados de la manifestación mientras a los violentos se les permitía continuar la
fiesta como si nada hubieran hecho.
Además estuvimos las dos noches del fin de semana en el barrio de Chueca y en
la ‘cabalgata’ grabando imágenes para mostrarte lo que realmente es el ‘orgullo’. Y
es precisamente lo que te decía al comienzo, la excusa para vivir una fiesta sin control,
vicio, exhibicionismo, pornografía y perversión.
Compruébalo por ti mismo viendo el vídeo que hemos preparado para ti con todos los
detalles:
¡Muchas gracias por estar siempre ahí! Esta lucha no termina aquí. Sabes que continuaremos
con ella.