martes, 26 de febrero de 2019

YO SOY MÁS CASTELLANO QUE EL PRESIDENTE (Juan Pablo Mañueco)




Antes de opinar partidariamente (cosa que a mí no me interesa), obsérvese que no se habla de ningún "Presidente" concreto, sino DESDICHADAMENTE de todos...

Y se habla de una cosa buena PARA TODOS, que se puede hacer en cuanto los dirigentes que deshicieron Castilla, quieran REHACERLA: Mañana mismo si quieren, y con la Constitución en la mano.

Si no lo hacen QUEDARÁ CLARO DE NUEVO quién destruyó Castilla en la Transición y quién la mantiene destruida: los DIRIGENTES, no la gente.

Pues se les recuerda que la CULTURA CASTELLANA es una misma cultura y que no está destruida y no puede destruirse.

¡Rectifiquen ya de este FÁCIL MODO! Todo es que una cúpula partidaria RECTIFIQUE y todas las demás les seguirán y también mayoritariamnete la gente.

Juan Pablo Mañueco

YO SOY MÁS CASTELLANO QUE EL PRESIDENTE

(de España, del PP, del PSOE, de Podemos, de IU, del primer castellano que haya en la jerarquía de C´S y aunque no sé bien cómo va este tema también de VOX... porque si no ya hubieran creado hoy mismo el Consejo Consultivo de las Castillas, lo cual es perfectamente constitucional y depende de que quieran... o no)


lunes, 25 de febrero de 2019

Abortar niños y cambiar a niños de sexo: ¿eso es lo sensato para el PP?

Abortar niños y cambiar a niños 

de sexo: ¿eso es lo sensato 

para el PP?

Los barones del PP han pedido al líder sensatez, que adopte un 
discurso moderado. Mira, Pablo, que nos jugamos las urnas y el pan.
 No toques el aborto, ni el adoctrinamiento LGTB en el cole, ni la 
ley de violencia de género.
 
Alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria Duque de Rivas (Madrid) con la bandera LGTBI.
Alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria Duque de Rivas (Madrid) con la bandera LGTBI.
Caution Pablo. Que estamos en “modo electoral”, y niños y niñas pueden tocarse en clase, pero a
 ti no se te ocurra tocar esos temas, que da imagen “facha” y nos tiñe de verde “voxista”, tú no te
 salgas del pentagrama de la economía. ¡Sensatez!
Si por moderación se entendiera sólo el vocabulario y no llamar a Pedro Sánchez, “felón” y “traidor”,
 vale, se lo compro a los barones. Es la parte más zafia del más bien poco sutil Donald Trump. 
Pero los barones no están pensando en eso, o solo en eso. Están pensando en los temas ideológicos,
 que son para ellos como hielo en la carretera.
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La unidad de la nación, el envejecimiento de la población, la inmigración son firme deslizante,
 berenjenales populistas en los que no debe meterse quien aspira a ofrecer un “proyecto de España” 
a los votantes. Eso no es para tí, Pablo, sino para Santiago y su caballo blanco, territorio machirulo.
Lo sensato, lo moderado consiste en no permitir que nadie toque el Pacto de Estado de violencia 
de género, que ha puesto de acuerdo a todas las formaciones del arco parlamentario en torno a
 un suculento botín. Lo ha dicho expresamente Pablo Casado en una entrevista con Pedro J. 
Se trata de una ley que alienta el negocio de las denuncias falsas y que viene a considerar la
 masculinidad una patología. Indigesto plato para el Estado de derecho, salvo que esa ley 
prevaricadora vaya reforzada por 1.000 millones de euros, a repartir entre partidos, comunidades
 autónomas y ayuntamientos. Entonces se come sin rechistar.
Si te preguntan, Pablo, di que estás esperando a Godot: la sentencia del TC sobre el recurso a la ley de plazos de Zapatero
Sensatez, según el Diccionario electoral de los barones ‘peperos’, es dejar como está la masacre de
 inocentes y si te preguntan, Pablo, si te preguntan di que estás esperando a Godot, es decir la
 sentencia del Constitucional sobre el recurso que presentó el PP a la ley de plazos de Zapatero.
 Mientras, sigue subiendo el taxímetro: un aborto cada cinco minutos, 90.000 cada año. Pero
 lo “sensato” es esperar. ¿A qué?
Les voy a poner otro ejemplo de moderación de libro, tal como la entiende el PP: consiste en
 hacer seguidismo de la ingeniería social de la izquierda y preguntar en los colegios a niños de 
ocho años si no les gustaría ser niñas… porque de eso van los talleres LGTB, implantados por 
la Comunidad de Madrid, bajo el mandato de Cristina Cifuentes, y que la actual candidata
 ‘pepera’, Isabel Díaz Ayuso, no piensa cambiar. Si llega a gobernar la Comunidad de Madrid
 tiene la oportunidad de acabar con esa forma de corrupción de menores, pero ya ha adelantado
 que no, que eso no se toca.
Feijóo, el virrey gallego del PP, es de los que mas ha apelado a la moderación, remachando la idea
 de que las elecciones se ganan siempre desde el centro. Pero ese mantra que nos hemos tragado
 sin pestañear es bastante discutible.
Primero, porque la Historia lo desmiente. Felipe González llevó al PSOE al poder, en 1982, desde
 la izquierda, prometiendo no entrar en la OTAN, atar corto a la casta militar, quitarle la educación
 a los frailes, y traer el aborto. De centro, nada. Y consiguió 10 millones de votos.
Y Rajoy logró echar a Zapatero, en 2011, con un discurso de derechas: austeridad económica, 
reformas, bajada de impuestos y apuesta por la vida, prometiendo derogar la ley de aborto libre, 
de Aído. De centro, nada. Y obtuvo una mayoría absoluta histórica, logrando 186 escaños.
Significativamente, en los sondeos -y a dos meses de las elecciones del 28 de abril- Cs no acaba 
de despegar, su mensaje veleta y ‘soft’ tiene -en proporción- menos tirón que la claridad y
 contundencia de Vox. Es verdad que no casarse con nadie -como hacen los de Abascal- es arriesgado; 
pero también es cierto que quien se casa con todos puede terminar escaldado.
Y segundo, porque el centro absoluto, como la República de Junqueras y Puigdemont, no existe.
 Es terreno de nadie, punto cardinal del relativismo, coartada de ventajistas para hacerse con el poder
 y no apearse ya nunca más, porque quien lo cata le toma gusto e inevitablemente termina 
corrompiéndose, como les pasaba a los hobbits cuando se ponían el anillo.
El centro es la gran coartada de Rivera para cambiarse de chaqueta y de pareja de baile, según
 le convenga: permitió con su apoyo que Susana Díaz perpetuara el corrupto cortijo de ‘la PESOE’
 en Andalucía; y antes de que acabara la legislatura ya estaba cambiando de caballo y yendo de
 la mano con el PP, para desalojar a Díaz y ponerse ellos. Eso es el centro.
Emulando a Samuel Johnson y su cínica observación sobre el patriotismo, “el último reducto de
 los canallas”, deberíamos decir que el centro es el refugio de los pícaros.
Muchos dirigentes del PP cuando dejan sus principios aparcados en la puerta del Parlamento
Y la moderación puede ser el disfraz de los amorales. ¿Le confiarían ustedes sus ahorros a alguien 
que se desdobla en dos y dice que tiene un discurso como persona particular y otro distinto
 como político? Pues eso es exactamente lo que suelen hacer muchos dirigentes del PP cuando
 dejan sus principios aparcados en la puerta del Parlamento e incluso dicen que eso es lo
 responsable: que una cosa es su postura personal y otra su postura como gobernante o legislador.
Por ese camino llegamos a partidos políticos evanescentes, con discursos ambiguos o light, 
sin norte ideológico, o con ofertas ‘atrapalotodo’ para abarcar el máximo de caladeros de voto. 
No son ya partidos, sino grandes superficies y las elecciones, rebajas de enero.

martes, 19 de febrero de 2019

ORO, PLATA Y BRONCE (Juan Manuel de Prada)

ORO, PLATA Y BRONCE
Juan Manuel de Prada
La igualdad de oportunidades, tan necesaria para el sostenimiento de una sociedad sana, se ha degradado en un igualitarismo envilecedor
fueron los hindúes los primeros en clasificar a los hombres en tres grupos, dependiendo de la fuerza invisible predominante en sus vidas: Satva, Raja y Tama. Sátvicas serían, pues, las personas dotadas de un gran intelecto especulativo. Rajásicas serían las personas de inteligencia práctica (lo cual no implica que su inteligencia sea menor, sino que se aplica más a los medios que a los fines). Tamásicas, en fin, serían las personas que no destacan intelectualmente, aunque pueden estar muy dotadas de lo que llamamos ‘sentido común’, así como de grandes habilidades y destrezas.

En la República de Platón encontramos un pasaje que propone una división de los seres humanos en tres tipos que nos recuerda esta clasificación hindú. En él, se nos cuenta que, cuando los dioses moldearon a los hombres, introdujeron diversos metales en sus almas: oro en las almas de quienes estaban capacitados para mandar, plata en las almas de sus auxiliares, bronce en las almas de los artesanos. Y añade Platón: «Puede darse el caso de que nazca un hijo de plata de un padre de oro o un hijo de oro de un padre de plata o que se produzca cualquier otra combinación semejante. Pues bien, el primero y principal mandato que tiene impuesto la divinidad sobre los magistrados ordena que, de todas las cosas en que deben comportarse como buenos guardianes, no haya ninguna a que dediquen mayor atención que a las combinaciones de los metales de que están compuestas las almas de los niños. Y si uno de estos, aunque sea su propio hijo, tiene en la suya parte de bronce o de hierro, el gobernante debe estimar su naturaleza en lo que realmente vale y relegarle, sin la más mínima conmiseración, a la clase de los artesanos. O, al contrario, si nace de estos un vástago que contenga oro o plata, debe apreciar también su valor y educarlo como guardián en el primer caso, o como auxiliar en el segundo, pues, según un oráculo, la ciudad perecerá cuando la guarde el guardián de hierro, o de bronce».


En este breve párrafo se condensan los dos objetivos primordiales de todo proyecto educativo cabal; dos objetivos plenamente congruentes que, sin embargo, nuestra época considera incompatibles. Por un lado, la necesidad de una educación que haga caso omiso de la procedencia social de los alumnos. Por otro, la obligación de atender a las aptitudes de esos alumnos, para que quienes están mejor dotados puedan tener acceso a las mayores responsabilidades y para que quienes están peor dotados sean –repetimos la palabra que Platón emplea– «relegados», así sean hijos del hombre más rico y poderoso. Resulta muy significativo que estos dos objetivos, que para Platón estaban íntimamente unidos, hoy se pretendan presentar como irreconciliables. Se acepta que los beneficios de la educación se extiendan a las clases sociales más menesterosas; en cambio, no se acepta que exista una selección educativa en función de méritos y capacidades. La igualdad de oportunidades, tan necesaria para el sostenimiento de una sociedad sana, se ha degradado en un igualitarismo envilecedor que pretende que quienes tienen bronce en el alma puedan ocupar el puesto que corresponde a los que tienen oro. Se trata de una subversión monstruosa, causa principal de la decadencia de nuestras sociedades, que encumbran a los mediocres, incluso en ámbitos especialmente delicados, como el intelectual y artístico, y no digamos en el político, con las consecuencias calamitosas por todos conocidas.

Observaba Tocqueville en La democracia en América que «la igualdad produce dos tendencias: la una conduce directamente a los hombres a la independencia; la otra les conduce por un camino más largo y más secreto, pero más seguro, hacia la servidumbre». No cabe duda alguna de que nuestra época ha decidido tomar el camino de la servidumbre, que acaba inevitablemente cristalizando en lo que el propio Tocqueville denomina «la tiranía de la mayoría», que impone un igualitarismo castrante y una subversión de todas las jerarquías, hasta terminar desembocando en el caos social. Y esta pasión igualitaria se torna todavía más monstruosa cuando se mezcla con la obsesión por el bienestar, que convierte a los seres humanos en victimistas afanosos de obtener ventajas y comodidades materiales semejantes a las de su vecino, lo que constituye el caldo de cultivo idóneo para la afloración de todo un catálogo de «bajas pasiones», entre las que Tocqueville cuenta «la vanidad, la envidia, el presentismo y la melancolía». Así, las sociedades que no saben distinguir y jerarquizar los metales acaban devorándose a sí mismas.



 

domingo, 17 de febrero de 2019

Por hacer cumplir la ley a un inmigrante ilegal se te tacha de racista y se te suspende de empleo y sueldo.





En España hemos llegado a un punto en el que por hacer cumplir la ley a un inmigrante ilegal se te tacha de racista y se te suspende de empleo y sueldo.

La extrema izquierda ha desplegado una campaña de acoso a un guardia de seguridad que quiso impedir que un inmigrante ilegal se colara en el metro y ha conseguido que sea cautelarmente apartado de su puesto tan solo por hacer bien su trabajo.

 
 
¿Acaso tienen los inmigrantes bula para no pagar el transporte público? ¿Hemos de hacer la vista gorda y permitir que un inmigrante ilegal se salte la ley simplemente por el color de su piel?

En España se está discriminando a los españoles y a los inmigantes legales en beneficio de los inmigrantes ilegales, quienes por el simple hecho de serlo, quedan eximidos del cumplimiento de la ley o se promulgan leyes cuya finalidad es privilegiarlos frente a la población autóctona.

La corrección política está resquebrajando las estructuras del Estado de Derecho, que se muestra incapaz de actuar ante quienes, escudándose en la pertenencia a un colectivo supuestamente vulnerable, operan con total impunidad, al tiempo que se benefician de los generosos subsidios que los lobbies progres les consiguen de los presupuestos públicos.
 
 
Dejar impunes este tipo de comportamientos antisociales perjudica a los millones de inmigrantes que cumplen con sus deberes cívicos y que pagan religiosamente sus impuestos, beneficiando sólo a aquellos inmigrantes que no vienen con la intención de integrarse y salir adelante a través de su trabajo, sino parasitando al Estado del Bienestar.

Para ello te pedimos que firmes la petición y hagas saber a Renfe y Ombuds tu malestar con lo ocurrido.

Texto propuesto:


Estimados señores, todos somos iguales ante la ley, el vigilante de seguridad solo cumplía con su trabajo, con lo que les pido encarecidamente, retiren cualquier sanción contra la empresa de seguridad o el trabajador.


Estimados señores, les pido retiren cualquier tipo de sanción a su trabajador por cumplir con su deber. Y dejen de ser complices de un hecho totalmente injusto.
 

PD1: Si quieres hacer una campaña con nosotros escríbenos a estamos@haciendounmundomejor.org
PD2: Puede colaborar con El Club de los Viernes de muchas maneras. aquí te explicamos cómo http://www.elclubdelosviernes.org/voluntarios/
PD3: Si te gusta lo que hacemos, puedes hacerte socio por sólo 5 céntimos al día http://www.elclubdelosviernes.org/nuevo-socio/
PD4: Para poder seguir con esta intensiva actividad necesitamos financiación. Con que cada uno haga una pequeña aportación, seremos capaces de mucho más de lo que pensamos. Haz un donativo puntual https://www.elclubdelosviernes.org/donaciones-defender-libertades/

sábado, 16 de febrero de 2019

El aborto, el mayor genocidio de la historia

El aborto, el mayor genocidio de la historia
¿Habrá médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado? ¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que logre sobrevivir al aborto.

Alex Navajas

Engañaron a muchos al decir que había 300.000 abortos clandestinos anuales en España. Cuando se despenalizó en 1985, apenas se practicaron 1.000. ¿Dónde estaba esa supuesta demanda social?
Engañaron a muchos cuando planteaban que cómo se iba a obligar a una mujer sin recursos económicos a hacerse cargo de un nuevo bebé y que en ese caso era lógico que abortara. Pero entonces empezaron a abrir ‘clínicas’ privadas que se llenaron los bolsillos a costa de esas mujeres supuestamente pobres.
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Engañaron a muchos hablando de casos extremos de niñas de 13 años embarazadas, cuando la realidad es que la inmensa mayoría de mujeres que abortan ronda la treintena.
Engañaron a muchos asegurando que el aborto sería el último recurso y se pusieron condescendientes diciendo que “es un mal trago para la propia madre”, cuando la realidad es que 4 de cada 10 mujeres que abortan en España ya lo han hecho antes alguna vez.
Engañaron a muchos afirmando que con la educación sexual que iban a impartir se evitarían los embarazos no deseados, cuando la realidad es que se dispararon, terminando la mayoría de ellos en aborto.
Engañaron a muchos esgrimiendo los abortos en caso de violación, cuando la realidad es que éstos no suelen pasar del 0,07% de los mismos.
Engañaron a muchos defendiendo que el aborto no tiene ninguna consecuencia en la mujer, y ocultaron el síndrome del post aborto, que sume a muchas mujeres en una profunda depresión y desesperación para el resto de sus vidas.
Bastará que una mujer alegue que psicológicamente le supone un trauma tener el hijo para que automáticamente pueda prescindir de él
Pero ahora han dado una vuelta de tuerca más en la aberración. Tanto es así que incluso muchos que toleran el aborto se han visto consternados. El estado de Nueva York acaba de aprobar que se pueda terminar con la vida del bebé incluso hasta el noveno mes. Hace unos días, en medio de aplausos, risotadas, gritos de júbilo y apretones de manos, el asesino, el genocida, el maléfico, el siniestro gobernador del estado, impecablemente vestido, perfumado y peinado, firmaba –con tinta, pero podría haberlo hecho con sangre- una ley que permite el aborto hasta el último momento del embarazo.
Como de costumbre, los asesinos ocultaron esta orgía de sangre y muerte con motivos humanitarios, lo que convierte el hecho en algo todavía más vomitivo: dijeron que se limitará “a casos de inviabilidad fetal o cuando sea necesario para proteger la vida o la salud de un paciente”. Es decir, siempre. Bastará que una mujer alegue que psicológicamente le supone un trauma tener el hijo para que automáticamente pueda prescindir de él.
¿Habrá médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado? ¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que logre sobrevivir al aborto. ¿Hay alguna imagen más macabra que la de unos sanitarios lavándose las manos y quitándose indiferentes la ropa del quirófano mientras un bebé con el cuerpo abrasado por la solución salina agoniza a pocos pasos?

Hoy me toca escribir sobre esto. No es agradable. Pero nos toca levantar la voz contra esta barbarie, contra el mayor genocidio de la historia. No queramos tener las manos manchadas de sangre por nuestro silencio.

viernes, 15 de febrero de 2019

Nunca hubo genocidio español en América (José Javier Esparza)

Nunca hubo genocidio español en América

Hoy ningún investigador serio discute que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus.


El 12 de octubre de 2005, la agencia oficial argentina Télam emitía un texto donde aseguraba que “con la llegada de los conquistadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico. […] El mayor genocidio de la historia”.
¿En qué se basa esta acusación? Se basa en datos que proceden de la propia época. Uno, muy concreto, son los censos de población india realizados por los españoles en el siglo XVI, que reflejan una reducción brutal del número de nativos. Por ejemplo, los taínos de Santo Domingo pasaron de 1.100.000 en 1492 a apenas 10.000 en 1517. Es decir, en un cuarto de siglo había prácticamente desaparecido la población precolombina de Santo Domingo y las Antillas. ¡Un millón noventa mil muertos en sólo veinticinco años! Esas cifras se extrapolaron después al resto del continente. Sorprende que un número exiguo de españoles fuera capaz de matar a tanta gente en tan poco tiempo, pero, al fin y al cabo, hay un testimonio de la época que lo afirma con toda claridad: el del dominico Fray Bartolomé de las Casas, que contrapone la mansedumbre de los indios a la crueldad de los españoles. Los españoles, en una generación, han matado a más de quince millones de indios, dice fray Bartolomé. Unas líneas más adelante, en ese mismo texto, el buen dominico multiplica esa cifra por dos. Irrefutable, ¿no? Pues no.
El genocidio imposible
Primero, las cifras del genocidio son imposibles: ¿Noventa millones de muertos en un siglo y pico a manos de sólo 200.000 españoles, que más no fueron los que pasaron a América? Eso cuadra mal. ¿Un millón de muertos en poco más de veinte años, en un solo sitio, las Antillas, y en el siglo XVI, a base de ballesta y arcabuz? Es impracticable, sobre todo si tenemos en cuenta que, al mismo tiempo, los Reyes Católicos habían dado órdenes muy estrictas de tratar bien a los indígenas. Por otro lado, ¿quién hizo el censo? ¿Son fiables esas cifras? Respecto a Las Casas, ¿por qué denuncia tantos crímenes y, sin embargo, nunca dice dónde ni cuándo se produjeron, como tampoco da el nombre del criminal? ¿Y por qué da unas cifras y después, a medida que se va calentando, va subiendo el número de muertos sin temor a la contradicción?
Y además, si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno (no, al menos, hasta el que perpetraron los norteamericanos a principios del siglo XX)? Aún peor: Las Casas logró su objetivo y en 1547 la Corona prohibió el sistema de encomiendas, que según fray Bartolomé era la causa de las muertes, pero los indios siguieron muriendo. No sólo eso, sino que por dos veces se le autorizó a construir una especie de “república de indios”, que era lo que él reclamaba, y las dos veces sus asentamientos fueron atacados por los propios indios. ¿Por qué? ¿Qué pasa aquí? Nada encaja. Vamos a explicar lo que pasó de verdad. 
Si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno?
Primero, el asunto de la población. Directamente: los censos de la época no valen. Eso lo ha demostrado una norteamericana, Lynne Guitar, de la Universidad de Vanderbilt, que fue a Santo Domingo a estudiar la historia de los taínos y se quedó allí: hoy es profesora del Colegio Americano en Santo Domingo. Y la profesora Guitar descubrió que los censos no es que no sean fiables, sino, más aún, que son inútiles: cuando un indio se convertía al cristianismo y vivía como un español, o más aún si se mestizaba, dejaba de ser censado como indio y era inscrito como español. Y si luego venía otro funcionario con distinto criterio, entonces volvía a ser inscrito como indio, y así hay casos de ingenios de azúcar donde los indios pasan de ser unos pocos cientos a ser 5.000 en sólo dos años, y después la cifra decrece radicalmente para, de repente, volver a aumentar. Para colmo, los encomenderos –los españoles que regentaban tierras y explotaciones– mentían en sus censos, porque preferían trabajar con negros, a los que podían esclavizar, que con indios, cuya esclavitud estaba prohibida por la Corona, de manera que sistemáticamente ocultaban las cifras reales. Es decir que las cifras censales de los indios en América, en el siglo XVI, son papel mojado.
¿Cuántos indios había realmente en América? Según los cálculos de Rosemblat, que siguen siendo los más serios, la población total de la América indígena no pasaba de los 13 millones desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego. Le recuerdo a usted la nota de la agencia oficial argentina Télam citada al comienzo: “un genocidio de 90 millones de indios”. Jamás hubo tantos. ¿Mentía entonces fray Bartolomé al hablar de aquel exterminio? Quizá no a conciencia. Las Casas vio graves casos de crueldad. Y vio también muertos, muchos muertos. Era fácil conectar una cosa con otra. Pero hoy sabemos que la gran mayoría de aquellos muertos, que sin duda se contaron por cientos de miles, fueron causados por los virus, algo que ningún español del siglo XVI podía conocer.
La guerra de los virus
También sobre esto hay estudios incontestables. Desde muy pronto se pensó en la viruela; se cree que la introdujo en América un esclavo negro de Pánfilo de Narvaéz, hacia 1520, y se sabe que hizo estragos en Tenochtitlán. Cuando Pizarro llegó al Perú, encontró que la población estaba diezmada por la viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí la nariz: el virus había viajado por selvas y cordilleras a través de los animales. Estudios posteriores, como el del doctor Francisco Guerra, señalan sobre todo a la gripe porcina, la llamada “influenza suina”, como causante de la mortandad indígena a principios del XVI. El hecho es que los indígenas americanos, que habían vivido siempre aislados del resto del mundo, recibieron de repente y en muy pocos años el impacto combinado de todos los agentes patógenos difundidos por los buques europeos, sus cargamentos, sus animales, sus pasajeros. Un investigador de la Universidad de Nueva York, Dean Snow, precisa que la gran mortandad no tuvo lugar en el siglo XVI, sino después, cuando empezaron a llegar niños, es decir: tosferina, escarlatina, paperas, sarampión; fue letal. Del mismo modo que los primeros establecimientos españoles en América fueron diezmados por las fiebres, así también los indios, en gigantescas proporciones, fueron diezmados por los virus. Virus que sus cuerpos desconocían y que no pudieron resistir. ¿Recordamos algún caso más reciente? Entre los años 1918 y 1919, la llamada “gripe española” causó la muerte de más de treinta millones de personas en todo el mundo. Lo de América no fue inusual.
Los estudios de los últimos treinta años son prácticamente unánimes: hubo ciertamente altas cifras de mortandad entre las poblaciones amerindias, pero las cifras se reparten por igual entre los indios aliados de los españoles y entre sus enemigos, y aún más, las cifras de mortandad entre los propios españoles son, proporcionalmente, más elevadas aún que las de los nativos. Es decir que la mortandad es cierta, pero no el genocidio.
Hoy ningún investigador serio discute que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus: los indígenas cayeron a mansalva bajo el efecto de enfermedades que los españoles llevaron consigo y que en aquel mundo eran desconocidas, mientras que los españoles quedaban aniquilados por enfermedades tropicales –malaria, dengue, leishmaniasis, tripanosomiasis, etc.– que no sabían cómo tratar. Ya hemos citado el caso del Perú: cuando llega Pizarro, la población del Imperio inca lleva varios años soportando los efectos de una dura epidemia de viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí el morrión. Otro dato: cuando Hernando de Soto se encuentra con la misteriosa Dama de Cofitachequi, en la actual Carolina del Sur, lo que halla a su alrededor es un poblado convertido en necrópolis por el efecto de las enfermedades. La llegada a las Indias de los primeros niños europeos, con su carga de varicelas, sarampiones, paperas y demás, fue más letal que cualquier ejército. Mientras tanto, las expediciones de Bobadilla, Ovando y Pedrarias, por ejemplo, contabilizaban hasta un 50 por ciento de bajas mortales apenas dos meses después de haber desembarcado, los de Pizarro caían fulminados por infecciones, etc. Los avances de la medicina en el último medio siglo han permitido explicar numerosos episodios de este género. Es asombroso que aún hoy tantos historiadores sigan renuentes a introducir el factor médico en sus narraciones de la Conquista.
De manera que hubo, sí, una mortalidad mayúscula de indios en América, pero no fue un genocidio. Un genocidio requiere que haya voluntad de exterminio. Eso no pasó en la América española. Pasará después en la América anglosajona, que sí ejecutó proyectos de exterminio deliberado de la población indígena. Esa misma América anglosajona que ahora maldice a Colón y los españoles.
La verdad de la Conquista
La conquista española de América –la cruzada del océano– fue propiamente una conquista, es decir, una operación de dominio, de poder, y en su crónica surgen inevitablemente los mismos episodios de violencia, depredación y guerra que en cualquier otra conquista de cuantas la Historia conoce. Pero, al mismo tiempo, fue una empresa guiada por un innegable espíritu de misión en el sentido religioso del término: se trataba de convertir a la Cruz a pueblos que vivían al margen de ella, y por eso
Cosas insólitas como la prohibición de la esclavitud, la protección de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades, hospitales...
en la aventura aparecen elementos tan insólitos como la prohibición de la esclavitud, la protección legal de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades y hospitales a lo largo de todo el territorio conquistado. El resultado de todo eso fue un mundo nuevo: un mundo que ya no era el de las culturas amerindias, pero que tampoco era propiamente una España
ultramarina, porque la América hispana muy pronto tuvo su singular personalidad. El antecedente más parecido que se le puede encontrar a este magno proceso es la construcción del Imperio romano: del mismo modo que Roma creó en Europa un mundo sobre la base de su lengua, sus legiones y su derecho, así España creó en América un mundo sobre la base de su religión, su idioma y su ley.
Enfrente estaban los indios, por supuesto. Pero también sobre este particular hay que hacer infinitas matizaciones y revisar numerosos tópicos. Los excesos románticos de la literatura indigenista nos han vendido la imagen del pérfido depredador español que llega a las Indias para explotar al buen indio, que dormitaba tranquilamente en la puerta de su bohío. Es una imagen ridícula. Primero y ante todo: los indios son tan protagonistas de la Conquista como los propios españoles. Colón jamás habría podido instalarse en La Española sin la aquiescencia de una buena parte de los taínos. Cortés jamás habría conquistado México sin los tlaxcaltecas y otros pueblos aliados, como Pizarro jamás habría conquistado el Perú sin los tallanes, los huancas y los chachapoyas, entre otros muchos. Segundo y no menos fundamental: taínos, tlaxcaltecas, tallanes y demás pueblos aliados de los conquistadores se unieron a los españoles porque estaban siendo salvajemente explotados por los caribes, los aztecas y los incas, respectivamente. Ésa era la realidad.
La estampa del indio que dormitaba feliz a la puerta de su bohío es estrictamente falsa. Las comunidades amerindias, prácticamente sin excepción, eran sociedades muy conflictivas, muy violentas, donde unos pueblos aniquilaban a otros sin la menor contemplación, donde la esclavitud era una institución absolutamente convencional, donde las mujeres –en términos generales­– eran usadas como objeto de cambio y donde los sacrificios humanos formaban parte de la vida cotidiana. Todo esto no fue un invento de los cronistas para legitimar la hegemonía española; todos los hallazgos arqueológicos lo confirman. Por eso los pueblos más débiles, los que sufrían la violencia de los más fuertes, se unieron a los españoles de muy buen grado: aquellos sujetos barbudos envueltos en hierro eran su única salvación. La Conquista no se sustancia, pues, en un simple esquema “europeos contra indios”. La realidad fue muchísimo más compleja. Y así como hubo algunas poblaciones indígenas enteramente aniquiladas, hubo otras –de hecho, la mayoría– que abrieron las puertas a la Conquista y contribuyeron a la radical transformación del continente. Las cosas fueron así. Nunca hubo un genocidio español en América.