En España hemos llegado a un punto en el que por hacer cumplir la ley a un inmigrante ilegal se te tacha de racista y se te suspende de empleo y sueldo.
La extrema izquierda ha desplegado una campaña de acoso a un guardia de seguridad que quiso impedir que un inmigrante ilegal se colara en el metro y ha conseguido que sea cautelarmente apartado de su puesto tan solo por hacer bien su trabajo.
¿Acaso tienen los inmigrantes bula para no pagar el transporte público? ¿Hemos de hacer la vista gorda y permitir que un inmigrante ilegal se salte la ley simplemente por el color de su piel?
En España se está discriminando a los españoles y a los inmigantes legales en beneficio de los inmigrantes ilegales, quienes por el simple hecho de serlo, quedan eximidos del cumplimiento de la ley o se promulgan leyes cuya finalidad es privilegiarlos frente a la población autóctona.
La corrección política está resquebrajando las estructuras del Estado de Derecho, que se muestra incapaz de actuar ante quienes, escudándose en la pertenencia a un colectivo supuestamente vulnerable, operan con total impunidad, al tiempo que se benefician de los generosos subsidios que los lobbies progres les consiguen de los presupuestos públicos.
Dejar impunes este tipo de comportamientos antisociales perjudica a los millones de inmigrantes que cumplen con sus deberes cívicos y que pagan religiosamente sus impuestos, beneficiando sólo a aquellos inmigrantes que no vienen con la intención de integrarse y salir adelante a través de su trabajo, sino parasitando al Estado del Bienestar.
Para ello te pedimos que firmes la petición y hagas saber a Renfe y Ombuds tu malestar con lo ocurrido.
Estimados señores, todos somos iguales ante la ley, el vigilante de seguridad solo cumplía con su trabajo, con lo que les pido encarecidamente, retiren cualquier sanción contra la empresa de seguridad o el trabajador.
Estimados señores, les pido retiren cualquier tipo de sanción a su trabajador por cumplir con su deber. Y dejen de ser complices de un hecho totalmente injusto.
¿Habrá
médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado?
¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que
sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que
logre sobrevivir al aborto.
Alex Navajas
Engañaron a muchos al decir que había 300.000 abortos clandestinos anuales en España. Cuando se despenalizó en 1985, apenas se practicaron 1.000. ¿Dónde estaba esa supuesta demanda social?
Engañaron a muchos cuando planteaban que cómo se iba a obligar a una mujer sin recursos económicos a hacerse cargo de un nuevo bebé y que en ese caso era lógico que abortara. Pero entonces empezaron a abrir ‘clínicas’ privadas que se llenaron los bolsillos a costa de esas mujeres supuestamente pobres.
Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.
Engañaron a muchos hablando de casos extremos de niñas de 13 años embarazadas, cuando la realidad es que la inmensa mayoría de mujeres que abortan ronda la treintena.
Engañaron a muchos asegurando que el aborto sería el último recurso y se pusieron condescendientes diciendo que “es un mal trago para la propia madre”, cuando la realidad es que 4 de cada 10 mujeres que abortan en España ya lo han hecho antes alguna vez.
Engañaron a muchos afirmando que con la educación sexual que iban a impartir se evitarían los embarazos no deseados, cuando la realidad es que se dispararon, terminando la mayoría de ellos en aborto.
Engañaron a muchos esgrimiendo los abortos en caso de violación, cuando la realidad es que éstos no suelen pasar del 0,07% de los mismos.
Engañaron a muchos defendiendo que el aborto no tiene ninguna consecuencia en la mujer, y ocultaron el síndrome del post aborto, que sume a muchas mujeres en una profunda depresión y desesperación para el resto de sus vidas.
Bastará que una mujer alegue que psicológicamente le supone un trauma tener el hijo para que automáticamente pueda prescindir de él
Pero ahora han dado una vuelta de tuerca más en la aberración. Tanto es así que incluso muchos que toleran el aborto se han visto consternados. El estado de Nueva York acaba de aprobar que se pueda terminar con la vida del bebé incluso hasta el noveno mes. Hace unos días, en medio de aplausos, risotadas, gritos de júbilo y apretones de manos, el asesino, el genocida, el maléfico, el siniestro gobernador del estado, impecablemente vestido, perfumado y peinado, firmaba –con tinta, pero podría haberlo hecho con sangre- una ley que permite el aborto hasta el último momento del embarazo.
Como de costumbre, los asesinos ocultaron esta orgía de sangre y muerte con motivos humanitarios, lo que convierte el hecho en algo todavía más vomitivo: dijeron que se limitará “a casos de inviabilidad fetal o cuando sea necesario para proteger la vida o la salud de un paciente”. Es decir, siempre. Bastará que una mujer alegue que psicológicamente le supone un trauma tener el hijo para que automáticamente pueda prescindir de él.
¿Habrá médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado? ¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que logre sobrevivir al aborto. ¿Hay alguna imagen más macabra que la de unos sanitarios lavándose las manos y quitándose indiferentes la ropa del quirófano mientras un bebé con el cuerpo abrasado por la solución salina agoniza a pocos pasos?
Hoy me toca escribir sobre esto. No es agradable. Pero nos toca levantar la voz contra esta barbarie, contra el mayor genocidio de la historia. No queramos tener las manos manchadas de sangre por nuestro silencio.
Hoy ningún investigador serio discute que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus.
El 12 de octubre de 2005, la agencia oficial argentina Télam emitía un texto donde aseguraba que “con la llegada de los conquistadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico. […] El mayor genocidio de la historia”.
¿En qué se basa esta acusación? Se basa en datos que proceden de la propia época. Uno, muy concreto, son los censos de población india realizados por los españoles en el siglo XVI, que reflejan una reducción brutal del número de nativos. Por ejemplo, los taínos de Santo Domingo pasaron de 1.100.000 en 1492 a apenas 10.000 en 1517. Es decir, en un cuarto de siglo había prácticamente desaparecido la población precolombina de Santo Domingo y las Antillas. ¡Un millón noventa mil muertos en sólo veinticinco años! Esas cifras se extrapolaron después al resto del continente. Sorprende que un número exiguo de españoles fuera capaz de matar a tanta gente en tan poco tiempo, pero, al fin y al cabo, hay un testimonio de la época que lo afirma con toda claridad: el del dominico Fray Bartolomé de las Casas, que contrapone la mansedumbre de los indios a la crueldad de los españoles. Los españoles, en una generación, han matado a más de quince millones de indios, dice fray Bartolomé. Unas líneas más adelante, en ese mismo texto, el buen dominico multiplica esa cifra por dos. Irrefutable, ¿no? Pues no.
El genocidio imposible
Primero, las cifras del genocidio son imposibles: ¿Noventa millones de muertos en un siglo y pico a manos de sólo 200.000 españoles, que más no fueron los que pasaron a América? Eso cuadra mal. ¿Un millón de muertos en poco más de veinte años, en un solo sitio, las Antillas, y en el siglo XVI, a base de ballesta y arcabuz? Es impracticable, sobre todo si tenemos en cuenta que, al mismo tiempo, los Reyes Católicos habían dado órdenes muy estrictas de tratar bien a los indígenas. Por otro lado, ¿quién hizo el censo? ¿Son fiables esas cifras? Respecto a Las Casas, ¿por qué denuncia tantos crímenes y, sin embargo, nunca dice dónde ni cuándo se produjeron, como tampoco da el nombre del criminal? ¿Y por qué da unas cifras y después, a medida que se va calentando, va subiendo el número de muertos sin temor a la contradicción?
Y además, si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno (no, al menos, hasta el que perpetraron los norteamericanos a principios del siglo XX)? Aún peor: Las Casas logró su objetivo y en 1547 la Corona prohibió el sistema de encomiendas, que según fray Bartolomé era la causa de las muertes, pero los indios siguieron muriendo. No sólo eso, sino que por dos veces se le autorizó a construir una especie de “república de indios”, que era lo que él reclamaba, y las dos veces sus asentamientos fueron atacados por los propios indios. ¿Por qué? ¿Qué pasa aquí? Nada encaja. Vamos a explicar lo que pasó de verdad.
Si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno?
Primero, el asunto de la población. Directamente: los censos de la época no valen. Eso lo ha demostrado una norteamericana, Lynne Guitar, de la Universidad de Vanderbilt, que fue a Santo Domingo a estudiar la historia de los taínos y se quedó allí: hoy es profesora del Colegio Americano en Santo Domingo. Y la profesora Guitar descubrió que los censos no es que no sean fiables, sino, más aún, que son inútiles: cuando un indio se convertía al cristianismo y vivía como un español, o más aún si se mestizaba, dejaba de ser censado como indio y era inscrito como español. Y si luego venía otro funcionario con distinto criterio, entonces volvía a ser inscrito como indio, y así hay casos de ingenios de azúcar donde los indios pasan de ser unos pocos cientos a ser 5.000 en sólo dos años, y después la cifra decrece radicalmente para, de repente, volver a aumentar. Para colmo, los encomenderos –los españoles que regentaban tierras y explotaciones– mentían en sus censos, porque preferían trabajar con negros, a los que podían esclavizar, que con indios, cuya esclavitud estaba prohibida por la Corona, de manera que sistemáticamente ocultaban las cifras reales. Es decir que las cifras censales de los indios en América, en el siglo XVI, son papel mojado.
¿Cuántos indios había realmente en América? Según los cálculos de Rosemblat, que siguen siendo los más serios, la población total de la América indígena no pasaba de los 13 millones desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego. Le recuerdo a usted la nota de la agencia oficial argentina Télam citada al comienzo: “un genocidio de 90 millones de indios”. Jamás hubo tantos. ¿Mentía entonces fray Bartolomé al hablar de aquel exterminio? Quizá no a conciencia. Las Casas vio graves casos de crueldad. Y vio también muertos, muchos muertos. Era fácil conectar una cosa con otra. Pero hoy sabemos que la gran mayoría de aquellos muertos, que sin duda se contaron por cientos de miles, fueron causados por los virus, algo que ningún español del siglo XVI podía conocer.
La guerra de los virus
También sobre esto hay estudios incontestables. Desde muy pronto se pensó en la viruela; se cree que la introdujo en América un esclavo negro de Pánfilo de Narvaéz, hacia 1520, y se sabe que hizo estragos en Tenochtitlán. Cuando Pizarro llegó al Perú, encontró que la población estaba diezmada por la viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí la nariz: el virus había viajado por selvas y cordilleras a través de los animales. Estudios posteriores, como el del doctor Francisco Guerra, señalan sobre todo a la gripe porcina, la llamada “influenza suina”, como causante de la mortandad indígena a principios del XVI. El hecho es que los indígenas americanos, que habían vivido siempre aislados del resto del mundo, recibieron de repente y en muy pocos años el impacto combinado de todos los agentes patógenos difundidos por los buques europeos, sus cargamentos, sus animales, sus pasajeros. Un investigador de la Universidad de Nueva York, Dean Snow, precisa que la gran mortandad no tuvo lugar en el siglo XVI, sino después, cuando empezaron a llegar niños, es decir: tosferina, escarlatina, paperas, sarampión; fue letal. Del mismo modo que los primeros establecimientos españoles en América fueron diezmados por las fiebres, así también los indios, en gigantescas proporciones, fueron diezmados por los virus. Virus que sus cuerpos desconocían y que no pudieron resistir. ¿Recordamos algún caso más reciente? Entre los años 1918 y 1919, la llamada “gripe española” causó la muerte de más de treinta millones de personas en todo el mundo. Lo de América no fue inusual.
Los estudios de los últimos treinta años son prácticamente unánimes: hubo ciertamente altas cifras de mortandad entre las poblaciones amerindias, pero las cifras se reparten por igual entre los indios aliados de los españoles y entre sus enemigos, y aún más, las cifras de mortandad entre los propios españoles son, proporcionalmente, más elevadas aún que las de los nativos. Es decir que la mortandad es cierta, pero no el genocidio.
Hoy ningún investigador serio discute que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus: los indígenas cayeron a mansalva bajo el efecto de enfermedades que los españoles llevaron consigo y que en aquel mundo eran desconocidas, mientras que los españoles quedaban aniquilados por enfermedades tropicales –malaria, dengue, leishmaniasis, tripanosomiasis, etc.– que no sabían cómo tratar. Ya hemos citado el caso del Perú: cuando llega Pizarro, la población del Imperio inca lleva varios años soportando los efectos de una dura epidemia de viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí el morrión. Otro dato: cuando Hernando de Soto se encuentra con la misteriosa Dama de Cofitachequi, en la actual Carolina del Sur, lo que halla a su alrededor es un poblado convertido en necrópolis por el efecto de las enfermedades. La llegada a las Indias de los primeros niños europeos, con su carga de varicelas, sarampiones, paperas y demás, fue más letal que cualquier ejército. Mientras tanto, las expediciones de Bobadilla, Ovando y Pedrarias, por ejemplo, contabilizaban hasta un 50 por ciento de bajas mortales apenas dos meses después de haber desembarcado, los de Pizarro caían fulminados por infecciones, etc. Los avances de la medicina en el último medio siglo han permitido explicar numerosos episodios de este género. Es asombroso que aún hoy tantos historiadores sigan renuentes a introducir el factor médico en sus narraciones de la Conquista.
De manera que hubo, sí, una mortalidad mayúscula de indios en América, pero no fue un genocidio. Un genocidio requiere que haya voluntad de exterminio. Eso no pasó en la América española. Pasará después en la América anglosajona, que sí ejecutó proyectos de exterminio deliberado de la población indígena. Esa misma América anglosajona que ahora maldice a Colón y los españoles.
La verdad de la Conquista
La conquista española de América –la cruzada del océano– fue propiamente una conquista, es decir, una operación de dominio, de poder, y en su crónica surgen inevitablemente los mismos episodios de violencia, depredación y guerra que en cualquier otra conquista de cuantas la Historia conoce. Pero, al mismo tiempo, fue una empresa guiada por un innegable espíritu de misión en el sentido religioso del término: se trataba de convertir a la Cruz a pueblos que vivían al margen de ella, y por eso
Cosas insólitas como la prohibición de la esclavitud, la protección de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades, hospitales...
en la aventura aparecen elementos tan insólitos como la prohibición de la esclavitud, la protección legal de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades y hospitales a lo largo de todo el territorio conquistado. El resultado de todo eso fue un mundo nuevo: un mundo que ya no era el de las culturas amerindias, pero que tampoco era propiamente una España
ultramarina, porque la América hispana muy pronto tuvo su singular personalidad. El antecedente más parecido que se le puede encontrar a este magno proceso es la construcción del Imperio romano: del mismo modo que Roma creó en Europa un mundo sobre la base de su lengua, sus legiones y su derecho, así España creó en América un mundo sobre la base de su religión, su idioma y su ley.
Enfrente estaban los indios, por supuesto. Pero también sobre este particular hay que hacer infinitas matizaciones y revisar numerosos tópicos. Los excesos románticos de la literatura indigenista nos han vendido la imagen del pérfido depredador español que llega a las Indias para explotar al buen indio, que dormitaba tranquilamente en la puerta de su bohío. Es una imagen ridícula. Primero y ante todo: los indios son tan protagonistas de la Conquista como los propios españoles. Colón jamás habría podido instalarse en La Española sin la aquiescencia de una buena parte de los taínos. Cortés jamás habría conquistado México sin los tlaxcaltecas y otros pueblos aliados, como Pizarro jamás habría conquistado el Perú sin los tallanes, los huancas y los chachapoyas, entre otros muchos. Segundo y no menos fundamental: taínos, tlaxcaltecas, tallanes y demás pueblos aliados de los conquistadores se unieron a los españoles porque estaban siendo salvajemente explotados por los caribes, los aztecas y los incas, respectivamente. Ésa era la realidad.
La estampa del indio que dormitaba feliz a la puerta de su bohío es estrictamente falsa. Las comunidades amerindias, prácticamente sin excepción, eran sociedades muy conflictivas, muy violentas, donde unos pueblos aniquilaban a otros sin la menor contemplación, donde la esclavitud era una institución absolutamente convencional, donde las mujeres –en términos generales– eran usadas como objeto de cambio y donde los sacrificios humanos formaban parte de la vida cotidiana. Todo esto no fue un invento de los cronistas para legitimar la hegemonía española; todos los hallazgos arqueológicos lo confirman. Por eso los pueblos más débiles, los que sufrían la violencia de los más fuertes, se unieron a los españoles de muy buen grado: aquellos sujetos barbudos envueltos en hierro eran su única salvación. La Conquista no se sustancia, pues, en un simple esquema “europeos contra indios”. La realidad fue muchísimo más compleja. Y así como hubo algunas poblaciones indígenas enteramente aniquiladas, hubo otras –de hecho, la mayoría– que abrieron las puertas a la Conquista y contribuyeron a la radical transformación del continente. Las cosas fueron así. Nunca hubo un genocidio español en América.