miércoles, 2 de agosto de 2017

NUMEROSO OBRAR LA PENA OBRA SOBRE GENTE A LA QUE HAMBRUNA (Juan Pablo Mañueco)

 
NUMEROSO OBRAR LA PENA OBRA SOBRE GENTE A LA QUE HAMBRUNA

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo, no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Miguel Hernández

Sombrío por la pena, y a veces tenebroso
Oscuro como noche sin siquiera luz de luna
Más apenado que otro alguno, pues me acuna
Borrascosa sombra de pesar tan doloroso.

Raro es el día en que la más negra pena ayuna
Íncendiando en negro mi cuerpo y talle umbroso
Oigo su paso subir mis venas presuroso
POR LA PENA que no deja sana vena alguna.

Ya los cardos de la pena en negro luminoso
Arden de bruno tizne en que el pesar niño encuna
VECES y tiempo habrá para que amarga e importuna
TEmible crezca adulta en mi cuerpo tembloroso.

NEgaré a la pena opción de labrar mi fortuna
BROtará en mí la dicha que me haga poderoso
Sobre la pena negra y bruna, mas numeroso
Obrar la pena obra sobre gente a la que hambruna.

Juan Pablo Mañueco
http://blogs.periodistadigital.com/juan-pablo-manueco/2016/03/13/bibliografia-y-biografia-de-juan-pablo-manueco/
NUMEROSO OBRAR LA PENA OBRA SOBRE GENTE A LA QUE HAMBRUNA

Umbrío por la pena, casi bruno,

martes, 1 de agosto de 2017

NADIE ES MÁS QUE NADIE, CASTILLA, NI TÚ ERES MENOS QUE NINGUNA (Juan Pablo mañueco)

NADIE ES MÁS QUE NADIE, CASTILLA,
NI TÚ ERES MENOS QUE NINGUNA

(Valores castellanos)

Castilla, es por defenderte
y, en tus valores, amate,
el castellano estandarte
a Castilla me convierte.

No por encima ensalzarte
de nadie, más sí quererte
por tu cultura tan fuerte
que nadie pueda negarte.

Que nadie pueda negarte,
ni nadie quiera tu muerte,
sí que mejore tu suerte
es lo que yo quiero darte.

Pero yo por tanto amarte
no desamo ni diserte
por desamar al de enfrente,
sino que aprenda a quererte.

O al menos que sí lo intente
para que aprenda a gozarte.
Eso yo es que quiero darte.
iQue así sintamos tu gente!


Juan Pablo Mañueco (2016)


lunes, 31 de julio de 2017

Castilla, este canto es tu canto, INTROITO (Juan Pablo Mañueco)

Castilla, este canto es tu canto

Introito

De hondo e interior venero
que en cascada entre piedra y musgo brota
no es Cadagua un reguero
que porte escasa gota.
Un mundo en murmullo ya en su agua flota.

Río en Valle de Mena,
que entre las rocas corres, ríes, saltas,
mojando toda la escena
de las praderas altas,
pedrizas y peñascales que asaltas...

Naces por cataratas
y por escalones y rocas verdes,
que tapizas con natas.
Riscos a los que muerdes,
hisopas con gotas, luego te pierdes

hacia sendas, caminos,
y sierras, a los que tu cabo de agua
les forja suerte y sinos;
Al cabo, tú, Cadagua
-cabo de agua-, eres del valle la fragua.

¿Sabes que vas a oírte
no sólo por abrir cauce ruidoso?
Mejor podrás sentirte
en el son más frondoso
de lengua que emana en tu lar brumoso.

Afluyen por las grietas
hervores de manantiales sonoros.
Trovas dulces, secretas
musitan sus tesoros...
Y, a su voz antigua, tu agua une coros.

Aún no oyes juglares
por este lugar calmo y sosegado
tañendo sus cantares;
pero, al bosque abrazado,
silba un idioma naciente, que ha llegado.

Ni escuchas las canciones
de amor, de amigo, de gesta y alborada,
mas nutre tus rincones
voz recién aflorada
que pronto entone copla bien rimada.

Inicio de "Castiilla, este canto es tu canto" de  Juan Pablo Mañueco (2044) 

domingo, 30 de julio de 2017

Una religión antropoteísta (Juan Manuel de Prada)

Una religión antropoteísta

Juan Manuel de Prada
XL Semanal

Ya no existe instancia alguna que se atreva a poner objeciones a la libertad sexual polimorfa, ni siquiera la Iglesia jerárquica
en un artículo muy perspicaz publicado recientemente en El Diario Montañés, ante el espectáculo de feroz absolutismo que se despliega en nuestra época, Enrique Álvarez añoraba aquellos tiempos recientes en los que nos quejábamos del relativismo. En realidad, aquella cantinela de la «dictadura del relativismo» fue una acuñación poco fina de Benedicto XVI que muchos repetían como loritos (más o menos como ahora repiten la matraca de las «periferias»), por alineamiento camastrón. Pero aquel diagnóstico de Benedicto XVI estuvo siempre equivocado; pues a muchos los hizo creer que vivíamos en una suerte de sociedad líquida, en la que todas las formas de pensamiento valían lo mismo y que, por lo tanto, cualquiera podía aspirar a hacerse escuchar, aunque fuese rodeada de un coro de voces discrepantes, e incluso (risum teneatis) a triunfar políticamente, mediante un procedimiento electoral.
Pero el veredicto de Benedicto XVI era candorosamente erróneo. Entonces, como ahora, no vivíamos en la dictadura del relativismo, sino en la dictadura de la democracia entendida como religión antropoteísta. En uno de sus escolios, Gómez Dávila explica este concepto a la perfección: «La democracia no es procedimiento electoral, como lo imaginan los católicos cándidos; ni régimen político, como lo pensó la burguesía hegemónica del siglo XIX; ni estructura social, como lo enseña la doctrina norteamericana; ni organización económica, como lo exige la tesis comunista. La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una opción de carácter religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios». Esta religión antropoteísta tolera creencias de toda índole, siempre que no se atrevan a rozar (¡ni siquiera a toser!) su meollo dogmático; y, en su igualitarismo de hormiguero, permite que todas valgan exactamente lo mismo: o sea, nada. Esta religión antropoteísta puede, por ejemplo, tolerar que un señor crea en la resurrección de Cristo, como también tolera que otro señor crea que Peter Parker, al sufrir el picotazo de una araña, se convirtió en Peter Parker. Ahora bien, lo que esta religión no permitirá nunca, ni al señor que cree en la resurrección de Cristo ni al que cree en el contagio arácnido de Peter Parker, es que se atrevan a discutir los dogmas sobre los que se asienta su culto antropoteísta.
Entre tales dogmas se cuenta, por supuesto, la exaltación de la libertad sexual polimorfa. En el artículo arriba citado, Enrique Álvarez llamaba la atención sobre la unanimidad sin discrepancias con que nuestros más diversos (y aparentemente enfrentados) partidos políticos «han participado, se han sumado sin rechistar, han perdido el culo por aparecer junto a la gran bandera iridiscente». Y también señalaba que este año la celebración del Orgullo Gay no ha necesitado combatir ni escarnecer a nadie, porque ya no existe instancia alguna que se atreva a poner objeciones a la libertad sexual polimorfa, ni siquiera la Iglesia jerárquica; que, lejos de salir a las ‘periferias’, es cada vez más sumisa de la ortodoxia, más buscona del halago del mundo y el abrigo del poder, más apoltronada e incapaz de rechistar a los dogmas de la religión antropoteísta.
A mí, desde luego, me parece comprensible que la gente se muestre (o se finja) orgullosa de acatar los dogmas de esta religión antropoteísta vigente; pues a la intemperie (aunque sea con mitra) hace mucho frío. Aunque deberíamos pararnos a reflexionar si la proclamación exultante y un tanto aspaventera de tales dogmas no esconde alguna intención aviesa. Resulta sumamente iluminador comprobar, por ejemplo, que el éxito apoteósico (casi fulminante) cosechado durante las últimas décadas por los movimientos que reclaman mayores y más superferolíticos derechos de bragueta discurre simultáneo al estrepitoso fracaso cosechado por los movimientos que reclaman derechos laborales. Resulta curioso que una causa universal que afecta a la dignidad humana (pues sólo un trabajo protegido permite una vida digna) se haya erosionado tanto, admitiendo formas de contratación auténticamente esclavistas, mientras causas particulares que exaltan las alegrías de bragueta triunfan de forma tan aturdidora. Y me pregunto si la religión antropoteísta que diviniza las causas particulares de entrepierna no habrá encontrado, al fin, la fórmula infalible para lograr que los hombres dejen de luchar por las causas universales. Me pregunto si esta religión antropoteísta, bajo la apariencia de divinizar al hombre, no estará más bien tratando de animalizarlo; o, como diría Marcuse, de culminar su «desublimación represiva», exaltando su genitalidad.


viernes, 28 de julio de 2017

Escuela o barbarie (Juan Manuel de Prada)

Escuela o barbarie

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Me ha resultado muy gratificante e instructiva la lectura del ensayo Escuela o barbarie (Ediciones Akal), escrito al alimón por los profesores Carlos Fernández Liria, Olga García Fernández y Enrique Galindo Fernández. En Escuela o barbarie se denuncia la imposición de un «Nuevo Orden Educativo», diseñado desde organismos supranacionales y jaleado por una camarilla de pedagogos charlatanes, que pretende condenar a los alumnos a una nueva forma de servidumbre. Aunque los autores no ocultan sus afinidades ideológicas (que a veces los empujan a alguna intemperancia), la lectura de este ensayo brindará iluminaciones a cualquier persona preocupada por el deterioro de la enseñanza, muy especialmente a los maestros y profesores que asisten inermes a la depauperación de su noble oficio.
El Nuevo Orden Educativo desea modelar individuos entrenados en diversas «competencias», «destrezas» y «habilidades» técnicas y emocionales que faciliten su encaje en el mercado laboral. De este modo, la escuela (y, con ella, la universidad) se convierte en un centro de selección de personal y deja de alimentar el anhelo de saber (la más noble aspiración humana, según nos enseñase Aristóteles), orientando la formación de los alumnos hacia aquellas áreas de la economía que favorezcan su «empleabilidad». Así, la transmisión cultural queda aparcada, o incluso vedada, para formar «emprendedores» flexibles y adaptables, siempre prestos a la movilidad geográfica, que no sepan nada de filosofía o latín pero en cambio sepan inglés, informática y «educación financiera» (si el oxímoron es tolerable), que es lo que interesa a las multinacionales.
Para lograr alumnos sin anhelo de saber, el Nuevo Orden Educativo emplea técnicas pedagógicas que conciben al ser humano en un mero procesador de información. El alumno no debe atesorar conocimientos que afilen su juicio crítico sobre la realidad, sino centrarse en «aprender a aprender», hasta convertirse en un dócil y «empático» receptor de cualquier tipo de adiestramiento que garantice su eficiencia económica. Para ello, el Nuevo Orden Educativo favorecerá una educación lúdica que supla la odiosa transmisión de conocimientos. Los autores de Escuela o barbarie son especialmente inclementes en la denuncia de las pedagogías herederas de Rousseau, que tratan de «rescatar» al hombre de la cultura y de la historia, exaltando su imaginación y sus motivaciones particulares (de ahí que los charlatanes al servicio de este Nuevo Orden Educativo den tanta importancia al «pensamiento positivo» y a la «inteligencia emocional»), para que la adquisición de las destrezas se desarrolle siempre en un ambiente buenrrollista. Por supuesto, se evitará que los alumnos aprendan nada por puro interés intrínseco; y se utilizarán siempre cebos psíquicos que les hagan morder el anzuelo, como si el saber fuese una amarga medicina que hubiese que enmascarar para que resulte digerible. Todo ello con metodologías que favorezcan una infantilización de las mentes, hasta convertir la escuela en una mezcla de guardería y gimnasio laboral, vaciada de todo contenido que permita crecer intelectualmente.
¿Y qué papel se reserva a maestros y profesores en este Nuevo Orden Educativo? Los autores de Escuela o barbarie reproducen varios documentos de órganos mundialistas que hielan la sangre en las venas. Así leemos en un documento de la UNESCO: «Al cambiar la imagen del profesor, de considerarlo como fuente e impartidor de conocimientos a verlo como organizador y mediador del encuentro de aprendizaje, aparecen nuevas competencias que deberán ser los componentes de la nueva función docente». De este modo, el profesor se convierte en una suerte de «orientador» encargado de la formación «transversal y psicoafectiva» del alumno. Para ello, primero deberá «descualificarse» (es decir, olvidarse de las disciplinas en las que está versado), para después recualificarse conforme a los parámetros exigidos por la nueva pedagogía. El profesor estará sometido a un reciclaje permanente, en condiciones laborales cada vez más precarias, huérfano de toda autoridad en el aula, hasta degenerar en un «mediador del encuentro de aprendizaje», en un coach, en un animador sociocultural, en un gestor administrativo; en definitiva, en un zascandil siempre presionado por sus alumnos-clientes y hostigado por las directrices gubernativas.
De este panorama espeluznante se nos habla en este espléndido y combativo ensayo contra la barbarie.

jueves, 27 de julio de 2017

  [FAROagencia] Profesión: sus labores

[FAROagencia]  Sus labores. 


Madrid, 23 julio 2017, Domingo VII después de Pentecostés; San Apolinar de Rávena, obispo y mártir; San Liborio de Le Mans, obispo y confesor. Carlismo.es, web principal de la Comunión Tradicionalista, ha añadido a sus categorías unos epígrafes dedicados a las damas carlistas, las margaritas, de tan profundo arraigo en el tradicionalismo y de tan gloriosa historia. Inaugura el apartado dedicado a los artículos con uno de Elena Risco:

Profesión: sus labores

Se oye ahora hablar mucho acerca de la imperiosa necesidad de encontrarse a uno mismo, de sentirse realizado, de seguir el camino propio... Debo confesar que todas esas expresiones son un misterio para mí. Cada vez que intento preguntar su significado --incauta de mí!-- sólo encuentro respuestas tan vacías como las mismas frases hechas. Ello me ha llevado a sospechar que nos encontramos ante clichés superfluos y flojos, que, sin embargo, tienen la virtud de hacer evidente el actual interés desaforado por lo que espontáneamente sale de uno mismo, por ese culto a la ausencia de todo condicionamiento que hoy muchos llaman equívocamente libertad.

El siguiente paso, en absoluto casual, de lo que parece ser un maquiavélico plan consiste en relacionar la propia realización personal con el trabajo remunerado, que cada individuo decide desempeñar libremente, llamado por una espontánea e inexplicable vocación. Conclusión: todo aquel que no trabaje, nunca se encontrará a sí mismo. Y la principal víctima de todo lo anterior parecería ser la mujer, cuyas obligaciones familiares a lo largo de los siglos le han impedido pertenecer a ese club de excelencia que hoy llamamos mercado laboral.

El nacimiento y evolución de las diversas corrientes de pensamiento feminista --pues no hay como tal un único feminismo-- se debe a una compleja multiplicidad de factores que no pretendo exponer aquí. Pero sí quiero destacar que algunas de sus reivindicaciones adquieren pleno sentido en ese momento en el que la mujer llega a ser considerada un florero con la única finalidad de adornar las reuniones sociales, cuando el cuidado y educación de sus hijos deja de ser su tarea propia y cae en manos de maestros, niñeras e institutrices, cuando el trabajo se especializa y se aleja radicalmente del ámbito doméstico, adquiriendo la actividad laboral una autonomía espacial y funcional absoluta que, a mi juicio, no le corresponde. Sin embargo, si conseguimos expandir nuestro horizonte histórico algo más atrás del siglo XIX, opino que es fácil sostener que el rol reservado a las mujeres en una sociedad tradicional y cristiana no es irrelevante. Sólo desde una mentalidad centrada en el egoísmo, en el éxito mundano y monetario se puede despreciar la importancia del papel que durante siglos ha desempeñado la mujer; sólo desde la soberbia se puede sentenciar que nuestras madres, abuelas y bisabuelas eran débiles e inútiles por quedarse en casa y por caer en un engaño del que las mujeres liberadas y modernas, presuntamente más listas y poderosas, han logrado escapar. ¿De verdad vamos a permitir que nos digan que la labor que las mujeres han venido desempeñando no sirve de nada, que su esfuerzo secular no ha tenido ninguna influencia, que guiar y cuidar en sus años más vulnerables a toda nueva generación no es tarea tan noble y necesaria como el trabajo mejor pagado?

H. Arendt observa que muchas de las lenguas europeas tienen dos palabras no relacionadas etimológicamente para referirse al desempeño de una actividad: ποιέω - ἐργάζομαι en griego; laborare - facere en latín; Arbeit - Werken en alemán, etc. En castellano tendríamos la diferencia entre labor y trabajo. Grosso modo, puede afirmarse que esta pensadora sitúa la diferencia entre ambas en que la labor se refiere a un esfuerzo repetido para alimentar el proceso de la vida del cuerpo humano y el trabajo da lugar a un producto, a un bien, cuya existencia tiene vocación de permanencia. Así la labor es cíclica, indefinidamente repetitiva y fatigosa mientras que el trabajo tiene un fin determinado. Si bien en líneas generales no suelo estar de acuerdo con H. Arendt, recojo esta idea en concreto, puesto que las tareas del hogar normalmente se denominan labores. Y, efectivamente, el esfuerzo que se realiza en el ámbito doméstico parece ser de este tipo: se cocina para consumir los alimentos, se friega el suelo para que se vuelva a ensuciar, se lava la ropa para que se vuelva a manchar, se hacen las camas que en menos de 24 horas se volverán a deshacer... No hay una remuneración que justifique los esfuerzos, no hay un resultado permanente que dé valor a la actividad, no hay posibilidad de éxito, de fama o de felicitaciones. Es un esfuerzo callado, sacrificado y permanente, que normalmente ha recaído sobre la mujer. Desde la perspectiva del dominio o del orgullo, pedir a alguien que se someta, que sirva a los demás sin esperar nada a cambio, que obedezca es como exigir la esclavitud más humillante. Pero, tal y como comenta C. Miriano en su libro Cásate y sé sumisa, desde una perspectiva cristiana, pedir ese sacrificio significa situar a la mujer en un puesto clave porque quien está debajo sostiene el mundo. Nadie realizó mayor sacrificio que Dios Nuestro Señor, nadie se abajó tanto como Él y nadie despreció tanto el éxito y reconocimiento mundanos. Por tanto, darse a los demás no es un abuso, es seguir Su ejemplo. La dedicación a las labores del hogar no significa el desperdicio del talento de una mujer. Es un gesto de generosidad ejemplar en una sociedad donde priman el interés y la vanidad. También es un hermoso gesto de confianza mutua entre el hombre y la mujer, cada uno se dedica a una tarea confiando en que el otro realizará la suya, necesitando el uno del otro en lugar de pretender una autonomía absoluta separadamente.

Llegados a este punto, muchos alegarían la posibilidad del reparto de tareas y otros argumentos a favor de la paridad. Tienen razón. De facto cabe la posibilidad de que hombre y mujer trabajen fuera de casa y se repartan las tareas del hogar. Pero la cuestión no es si se puede, sino si se debe operar tal cambio. A ellos yo les preguntaría: ¿cuál es el motivo por el que se debe cambiar el orden que hemos heredado? ¿Acaso nosotros somos mejores que las personas que nos precedieron? Tal vez deberíamos ser más humildes y preguntarnos por qué nuestros padres y abuelos hicieron las cosas como las hicieron; tal vez intentar comprender a otros sea mejor que tratar de corregirlos. Este modo de pensar no supone el total inmovilismo, sólo el establecimiento de una presunción, que siempre admite prueba en contrario, a favor de lo heredado. Pero hay que esforzarse en encontrar y fundamentar debidamente esa prueba en contrario si se quiere introducir algún cambio. Sobre por qué el hombre habitualmente ha trabajado fuera de casa y la mujer no, se me ocurren varias justificaciones razonables. Una de ellas apunta al hecho de que el hogar y el trabajo son ámbitos distintos --en cierto sentido, opuestos-- en los que desenvolverse con soltura requiere tiempo y dedicación: el hábito es condición indispensable para desempeñar de modo solvente cualquier tarea. Bien, creo que a nadie se le ocurriría repartirse, por ejemplo, el estudio de una carrera con otra persona. La división de tareas puede ser una solución coyuntural ante ciertas circunstancias, pero no creo que sea lo más deseable. La familia requiere un cuidado constante y celoso. Aunque me adentre en cuestión compleja que requeriría un largo aparte, voy a desviarme brevemente del tema para hacer una advertencia: la familia no es un fin en sí mismo, sino una valiosa pieza que debe insertarse en un orden social determinado. De igual manera que el trabajo fuera del ámbito doméstico no tendría sentido sin la labor dentro del mismo, la defensa de la familia tampoco lo tendría si no se vinculara con un modelo de sociedad del que adquiere fundamento y al que presta continuidad.

Desde mi punto de vista, el cuidado de los hijos, de la casa, de la familia y del hogar es una responsabilidad de capital importancia, que no se debe menospreciar por inútil, ni se debe eludir por costosa. Y ahora, dadas las circunstancias, es también un privilegio inalcanzable para muchas mujeres. Me parece que, sin darnos cuenta, el derecho de toda mujer a trabajar fuera de casa se ha convertido en una obligación. No soy muy ducha en economía pero, según mi experiencia, a día de hoy para sostener una familia con varios hijos difícilmente basta un sueldo. Muy bien, ahora las mujeres pueden trabajar sin solicitar permiso de nadie. Pero quizás debamos preguntarnos qué sucede si queremos cuidar de nuestra familia, si preferimos no trabajar ¿tenemos tal opción a nuestro alcance? Quizás lo que comúnmente se llama liberación de la mujer sea, en realidad, el cambio de una obligación por otra.