miércoles, 3 de agosto de 2016

Nueva cocina, viejos camareros (Antonio Burgos)


Nueva cocina, viejos camareros



PINTAN bastos en la nueva cocina. Bastos sobre un lecho de chuminás de La Carlota en salsa de albures, con una pincelada de pavías desestructurados al nitrógeno de la fábrica de sifones del Cachorro y un efluvio de cuento del alfajor de Medina. 

—A usted no hay quien le gane en la redacción de cartas de los restaurantes de los platos cuadrados... 

Pues tengo platos mejores. Hoy tenemos un revuelto hidrogenizado de papas del huerto del Francés, aliñás con aceite de primera presión fiscal, en salsa porosa de extracto de cardos borriqueros y bigotes de camarones parguelas de Coria y un chorreoncito de cera del cirio de uno que sale hoy en el Corpus con la del Tirolínea y que no sé qué pinta aquí, pero queda muy resultón. 

Pintan bastos en la nueva cocina porque José Antonio Sáenz ha reunido en La Boticaria a sus barandas, esos chefs que se creen jeques, especialistas en quitarle la cartera a la gente a base de echarle cuento al asunto, y que tienen en sus restaurantes una lista de espera que ni la del SAS para operarte la hernia. ¡El día que los chefs de la nueva cocina descubran el cazón con tomate y las papas con chocos, Dios mío de mi alma, la que van a liar! Y los reunidos en Alcalá de los Panaderos, donde en la Venta Pinichi se come el mejor arroz con perdiz del mundo y donde Platilla era el mejor de los metres dando gloria bendita en el Hotel Oromana al Sevilla de Helenio Herrera cuando se concentraba allí... En ese Alcalá donde el alcalde Gutiérrez Limones dice que ya está bien de tanto bazar de chino de los veinte duros, pues José Antonio Sáenz ha plantado en La Boticaria el bazar de los veinte mil duros del cuento chino de la nueva cocina. Que en los restaurantes de estos embaucadores al eneldo, veinte mil duros es lo que te cobran no por comer, sino nada más que por preguntar dónde está el cuarto de baño de caballeros. 

Dicen los jefes de la nueva cocina que una cuña de su misma madera que les ha desmontado el negocio con un libro, y que se llama Santi Santamaría, es un chufla. Que ellos, que nos toman el pelo desestructurado a la esencia de romero de Corpus, no son unos chuflas, no; que el chufla es el otro, que dice que para pintar la mona en unos platos cuadrados así de anchos con unas raciones así de chicas y unos precios así de grandes ya están los museos. Que se vayan al Museo de Tita Tissen con sus gallos muertos, su arroz y sus mulas todas. Y añade Santi Santamaría que estos tomadores de pelo de la nueva cocina hacen platos que yo que tú no me los comería, forastero. Y que se vayan a engañar a su abuela, la del huerto de frutos del bosque que surte al contubernio, al que prestan el altavoz unos trincones de manteles, curradores de almuerzos, a los que llaman críticos gastronómicos, gorrones sobrecogedores que ponen el cazo prometiendo que les van a dar un sol de la Guía Michelín y luego sale el sol por Antequera. Donde por cierto la porra aventaja a todas estas tonterías. Donde esté una buena porra antequerana mando yo a la porra (sin Antequera) a toda la nueva cocina de Arzak y del Bulli, y que le den por el bullarengue a Fernando Adrián.  

¿Saben qué les digo, a propósito de esta Polémica de la Ciencia Española de quitar la cartera a los comensales con el cuento de la Nueva Cocina? Pues que nos digan quién ha ganado. Para seguir yendo a nuestros restaurantes simpáticos de siempre, sin platos cuadrados, sin cartas que parecen la tabla de elementos químicos y sin camareros vestidos de negro. ¿Por qué se visten de negro, ay, por qué, los camareros de la nueva cocina, si no se les ha muerto nadie? Sí, se ha muerto el arte de la hostelería. Aquí, mucho cocinero de arte y ensayo, pero cada vez hay peores camareros. En La Boticaria tenían que haber reunido mejor a unos cuantos camareros antiguos de El Burladero, de cuando en Sevilla se sabía servir, como el difunto Juan Morales, el de La Dorada, fallecido cuando acababa de publicar sus memorias de comanda, «La Sevilla que perdimos». Y allí en La Boticaria, esos camareros antiguos hubieran hecho lo que nadie suele ahora en la hostelería: la obra de caridad de enseñar al que no sabe, al camarero que te tira los platos y te mancha al retirártelos. Menos nueva cocina y más viejos camareros es lo que hace falta. Viva una buena berza con su pringá servida por un camarero que se sabe su oficio y que no viste de negro por la muerte de la hostelería como Dios manda. 

 ANTONIO BURGOS



Canciones populares de España, Europa y América

CANCIONES POPULARES DE ESPAÑA, EUROPA Y AMÉRICA

Juan Pablo Mañueco

Canciones populares de España, Europa y América son versiones de temas populares muy conocidos en diversos países de España, Europa y América, que aquí dan origen a versiones distintas de los mismos, aunque todo el mundo reconocería la canción original de la que se trata, aunque no se citase la fuente original.

Autores como Víctor y Ana, Joaquín Sabina, los Beatles, Claude François, Frank Sinatra, Paul Anka, Jorge Negrete, Pablo Milanés, Víctor Jara y otros ven aquí versionados sus prinicpales éxitos, con unas letras diferentes.

También poetas clásicos como Quevedo, Góngora o los Cancioneros Medievales castellanos sirven como fuentes de inspiración para textos nuevos.

Para conocer todos los países y canciones:

https://www.amazon.es/Canciones-populares-Espa%C3%B1a-Europa-Am%C3%A9rica-ebook/dp/B01JH3W67U/

Las canciones de España

Hay versiones de temas populares adaptados a nuestros días, "Vengo de moler, morena", "Molo, Molondrón, Molondrero", "Que sí que, que no que", "Cabrín cabrate" que aquí pasa a ser la "Canción del fraile frailuno" o "Levántate, morenita" que aquí da origen a "Levántate, castellana"...

Y además versiones de los Cancioneros Medievales, las variaciones sobre poemas como “Poderoso caballero es don Dinero” de Quevedo y sobre “Ande yo caliente y ríase la gente”, de Góngora, darán lugar al gozo de los lectores. Están basadas en las versiones cantadas de estos temas que hizo en su momento el siempre espléndido Paco Ibáñez.

“La puerta de Alcalá” de Ana Belén y Víctor Manuel ha sido el punto de partida para la versión titulada “Madrid, enclave famoso, donde lo caduco se renueva”.

Así como también “La canción más hermosa del mundo” de Joaquín Sabina.


martes, 2 de agosto de 2016

La crisis del centro-reformismo llega a los fogones


La crisis del centro-reformismo llega a los fogones

Por Pablo Molina



La publicación del último libro de Santi Santamaría (La cocina al desnudo) ha producido en la alta gastronomía el mismo efecto que la soflama ilicitana de Rajoy en el PP, cuando invitó a los liberales y conservadores del partido a coger la puerta. En ambos casos, las declaraciones políticamente incorrectas de un personaje destacado en un determinado ámbito obligan al resto a pronunciarse.

Las coincidencias acaban ahí, pues mientras Santamaría denuncia la deriva progresista de la alta cocina y sugiere una vuelta a los orígenes de la tradición gastronómica española, Rajoy hizo exactamente lo contrario en términos de filosofía política. En todo caso, la crisis está servida (nunca mejor dicho).



La actual cocina española, la de más relumbrón y proyección internacional, está, efectivamente, de un progresismo que asusta. No es infrecuente sentarse a la mesa en el restaurante de cualquier chef español y verse inmediatamente haciéndole frente a una espuma de zanahoria nitrogenada o a unas uvas rellenas de médula de atún y manos de cerdo. En el primer caso, uno se siente agredido; en el segundo, no sale de su sorpresa, al pensar en el pulso que hay que tener para meter los callos del animal dentro de cada grano.



Naturalmente no hay que atender a la literalidad de los platos que figuran en la carta, pues la creatividad sin límites suele afectar también a la redacción de los textos que definen la comida, así que más bien se trata de que el cliente comience a experimentar las sensaciones de la comida progresista mientras lee lo que el restaurante es capaz de ofrecerle para su deleite. No se pierdan la cara de gilipuertas de los clientes primerizos cuando hojean la carta de un restaurante chic, mientras intentan hacerse una idea aproximada de qué narices quiere decir el responsable del establecimiento con una descripción que ocupa tres líneas y acaba indefectiblemente con algo como "... al aroma del pimentón azucarado del huerto de la abuela Nekane". Pues sepa que es aproximadamente la misma que la de usted, aunque no se dé cuenta.



No crean que estoy en contra de la nueva cocina. Estoy a favor, por supuesto, y, de hecho, todos consideramos a Ferrán Adriá un genio. Lo que no sabemos aún es en qué. Desde luego, no lo es en el campo de la cocina, pues el insigne restaurador no elabora recetas, sino performances tecnoemocionales a través de la reconstrucción del paradigma multisensorial de los nutrientes, que suena de cojones pero alimenta más bien poco.



Tengo por mi biblioteca un libro de alta gastronomía que me regaló hace años un rico industrial aceitero con cincuenta recetas de los mejores chefs españoles, incluido por supuesto el maestro Adriá. El genio de El Bulli ofrece en ese libro la receta del pan con tomate (como lo leen), pero ligeramente deconstruido y vuelto a confeccionar de forma revolucionaria. El resultado, según muestra la imagen, es un esferoide anaranjado (como un huevo de pava pero algo más rojizo) metido en una copa de cristal, donde le acompaña una cucharita. Y es que Ferrán Adriá desintegra molecularmente el plato tradicional, coge todos los átomos, los pone en fila de a dos en la tabla de cocina y con ayuda de un generador de positrones y el inevitable acelerador de partículas, imprescindible en toda cocina que se precie, construye una nueva realidad que no suele parecerse en nada al concepto tradicional que uno tiene de los alimentos. Una gozada por la que merece la pena pagar un par de cientos de euros, bebida aparte.



Uno debe salir de esos restaurantes completamente hambriento, pero con el espíritu henchido de gozo y los sentidos rebosantes de estímulos agradabilísimos. Parafraseando a aquel catedrático de la II República que explicaba a sus alumnos lo que le ocurría a veces con Kant, diré que al salir de El Bulli no puedes hacer nada en dos o tres días, pues te encontrarás "transido de Adriá".



Las cocinas de los grandes restaurantes ya no se parecen en nada a los fogones tradicionales. Más bien son laboratorios de química en los que un equipo de expertos realiza sus complicados experimentos con ayuda de los más innovadores aparatejos. Yo he visto en un canal temático de cocina a uno de estos genios con las manos en la masa (es una frase hecha; no la tomen en sentido literal) mientras un ayudante le secaba ocasionalmente el sudor de la frente. Me pareció estar asistiendo a una complicada operación de transplante de riñones, y no a un programa en que un cocinero preparaba los ídem al oporto. O sea, una pasada.



No parece que ni siquiera libros como el de Santamaría vayan a revertir el proceso reformista de la gastronomía española, pero al menos todo este festival culinario de progreso tiene una ventaja: los propietarios de los bares colindantes a los restaurantes chic se van a seguir forrando con los clientes que salen de éstos llorando por un buen pincho de tortilla. La alta cocina alimenta poco, pero a cambio ofrece una extraordinaria oportunidad para la sinergia alimenticia. Es sólo cuestión de aprovechar la circunstancia.

lunes, 1 de agosto de 2016

Aquella luminosa y espléndida Edad Media


LA CATEDRAL, SÍMBOLO DE LAS MARAVILLAS DE LA EDAD MEDIA EUROPEA



Desde el Renacimiento se viene haciendo injusticia a la Edad Media, llamada así por los prejuicios de los renacentistas. Con la Ilustración se redoblaron las injusticias, extendiéndose la burda e inicua interpretación de la grandeza de todos los productos artísticos que Europa produjera durante esa "Edad Media". Para acercarnos mejor al significado profundo de la Catedral, he aquí unas palabras del sabio D. Francisco Gómez Salazar:





“El arte reúne en sí la verdad abstracta, fruto de la inteligencia, y al mismo tiempo aparece con formas sensibles y seductoras que perciben los sentidos. Entonces la verdad se apodera del corazón, y dueña del corazón lo es de la vida, porque todas las fuerzas sensibles y espirituales del hombre parten y se concentran en el corazón, tomando en este fondo misterioso su savia y cualidades. Esto se llevó a efecto en la Edad Media, y la Iglesia, servida a la vez por la ciencia y por el arte, llevó su fecundidad a todas las necesidades del hombre, a las exigencias más variadas de su inteligencia, de su imaginación, de su corazón y de sus sentidos, manifestándose especialísimamente en la arquitectura neo-germánica, llamada gótica desde Vasari, que reemplazó en la construcción de las iglesias al estilo bizantino usado hasta entonces, como el más apropiado a los pueblos germánicos en su profundo sentimiento de la naturaleza que los caracteriza, y a los recuerdos de los bosques sagrados que veneraban sus antepasados.



(…)



El edificio en su conjunto presentaba la forma de la cruz, símbolo de la redención del género humano y resumen de nuestra religión: tenía entre el coro y la nave una división cuadrangular en memoria de los cuatro evangelistas, y la bóveda descansaba ordinariamente sobre doce columnas en honor de los doce apóstoles. Las paredes se hallaban adornadas con esculturas caladas, que se redondeaban a manera de arcos y se ensanchaban, imitando botones de flores, ramas de todo género y plantas de mil formas. Se daba la preferencia a los símbolos tomados del reino vegetal, porque las plantas tienden en la apariencia a abandonar el suelo para ascender al cielo, mientras que los animales llevan la cabeza inclinada a la tierra; pero también se encuentran al lado de las plantas algunos animales, como el león, símbolo de la fe; el pelícano y la tórtola, símbolo de la caridad; la hiedra y el perro, símbolo de la fidelidad; dragones horribles y asquerosos reptiles, símbolos del demonio vencido. El pavimento se encontraba también animado con la figura de animales terrestres, acuáticos y volátiles, hallándose reunidas las tres grandes divisiones de la naturaleza, o sea el cielo, la tierra y el mar.



En lo alto de la bóveda se ven las imágenes de aquellos cuya voz se dejó oir en toda la tierra para reunir los pueblos de todas las partes del mundo, comprados con la sangre del Salvador, y destinados a recibir el misterioso depósito de su voluntad, significada en sus preceptos y promesas. Debajo de la bóveda se derrama una luz misteriosa al través de cristales de variados colores, porque el sol que alumbra al hombre terrestre en sus trabajos, no debía brillar del mismo modo en el santuario de los misterios más inescrutables, sino que era preciso se reuniesen a la vez los más puros rayos de la aurora y los más suaves resplandores de la puesta del sol, producidos por el admirable juego de luz al través de los cristales góticos. El arte supo representar en esta luz de una manera viva y sorprendente la historia del cielo y de la tierra, al Señor del templo, los santos que lo rodean, la caída del hombre y su resurrección en el juicio final. Lo mismo el simple fiel que el hombre de mundo, tenían que ver en cualquier parte del templo a donde dirigiesen sus miradas, pinturas propias para sostenerlos en sus santas disposiciones o para conducirlos a ellas. Estos templos con sus estatuas, pinturas, etc., etc., era un verdadero libro que reemplazaba los que la imprenta extendió más tarde y en donde el sabio y el ignorante podrán, sin dificultad, conocer sus relaciones con Dios, porque, como dice San Gregorio Magno: “Las imágenes son los libros de los que no saben leer: no se las adora; pero se ve en ellas lo que es adorable.”



Discurso del Sr. D. Francisco Gómez Salazar, en su ingreso a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 13 de diciembre de 1885.

domingo, 31 de julio de 2016

Prohibido decir `rural' (José Jiménez Lozano)

DIARIO DE ÁVILA DOMINGO 27 DE NOVIEMBRE DE 2011

A LA LUZ DE UNA CANDELA ,
JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, PREMIO CERVANTES

Prohibido decir `rural'

Naturalmente que la jovencita que lleva las puntadas y costuras de su vestido bien visibles no sabe que es derridiana, y quienes siguen di­ciendo «ellos/ellas» creen que están transformando el mundo, pero son solamente conformistas con los dic­tados del Espíritu del Tiempo, o polí­ticamente correctos, que es como obedecer a una bocina.

Los afroamericanos pobres, en efecto, no cambian sus condiciones de vida y ni siquiera adquieren el res­peto que se les debe por ser seres hu­manos, en cuanto se los deja de lla­mar negros, ni los españoles de la otra etnia experimentan semejante cam­bio en cuanto se les deja de llamar gi­tanos, ni los viejos se tornan jóvenes o de dorada madurez, porque se les diga que están en la tercera edad o que son ricos en días; precisamente de los que ya no tienen.

Y, en estas fechas mismas, resulta que hay quienes van a pedir a la Real Academia de la Lengua para que reti­re de diccionario la palabra «rural», porque tiene sentido peyorativo. Pe­ro allá cada cual, y si alguien se sien­te ofendido porque le llaman rural allá él o allá del diccionario política­mente correcto, porque pero «rural» sólo significa perteneciente al campo o en relación con él, y el adjetivo es puramente geográfico, y no implica valoración cultural, social o moral ninguna. Ni siquiera que el Maestro Fray Luis pusiera «el fino sentir» el «rus» o lo rural y rústico.
No parece que se adelante mucho disertando sobre el desprecio o ridi­culización de los estereotipos de lo rústico, como tampoco de los de lo racial o la diferenciación sexual, que es contra los que se dice que se alzan estos otros estereotipos de lo políticamente correcto, porque tanto da dar suelta a manifestaciones de pre-humanización co­mo las raciales o las de cualquier otro modo ofensivas de la persona humana, incluida la imposición de un lenguaje necio y también ofensivo, como ese de llamar jovencitos a los viejos, pongamos por ca­so.

La brutalidad del ra­cismo está en el nivel del instinto y es pre o post- racional, y, como ya nos avisó Enmanuel Lévi­nas no se vence por la racionalización, por lo tanto, sino so­lamente con el adiestramiento e una asunción de lo ético por todo nuestro ser, y es cosa de teologías visiones ético-culturales muy altas. No es asunto de jueguecitos verbales, hipócritas, imbéciles y encubridores, porque, pongamos por caso, uno de los prohombres de la modernidad li­teraria, el señor Ignatieff, recomien­da a los narradores que no cuente historias del pasado o de hombre y mujeres de ámbito rural, pero la politiquería modernísima hace sus tantos por ciento de arreglos de lo que haga falta: por ejemplo, cuarto y mitad de conceja­les rurales, como de muje­res o de «muertes dig­nas», y ya está. Ya está ¿qué?

¿Se trata de ocultar disimular las diferen­cias con palabro técnicos o giros lingüísticos imbéciles, simplemente por­que no somos capaces de sentirnos miem­bros iguales y distintos de la especie humana? Sin duda ninguna.

sábado, 30 de julio de 2016

La Catedral de Ávila


LA CATEDRAL DE ÁVILA




POTAJE DE VIGILIA


POTAJE DE VIGILIA



Prácticamente desaparecido de los restaurantes en los tiempos modernos laicos y descreídos, era corriente ver antaño los viernes en las cartas de los restaurantes el potaje. Recuerdo la Semana Santa de 1962 en que una tía mía sin más preámbulos ni explicaciones, normal por otra parte en las épocas estrictas del nacionalcatolicismo, me llevó el Viernes Santo a Casa Patas en la calle de San Millán donde servían un pataje de vigilia que se me antojó manjar de dioses; hoy día ya muy difícil de encontrar.



Se adjunta una añeja receta de ABC para curiosos y aficionados