jueves, 16 de abril de 2015

El marxismo de Podemos (IV). Rosa de Luxemburgo: la inspiración


El marxismo de Podemos (IV). Rosa de Luxemburgo: la inspiración

8 abril, 2015

La cúpula de Podemos

La cúpula de Podemos

Los medios de comunicación, centrados en la el partido “Podemos “y sus declaraciones como tal, dudan sobre la manera en que debe encuadrarse ese movimiento. Parece claro que es de izquierdas, cosa que Pablo Iglesias reconoce como inclinación personal, que no afecta al partido. Pero, dentro de eso, no parece haberse descubierto la etiqueta que lo encuadre adecuadamente: ha sido calificado de utópico, de populista, de formación basada en un fuerte liderazgo; de partido antisistema e, incluso, se ha asimilado a la socialdemocracia; también se han señalado como sus inspiradores a Gramsci, a Lenin, a Chaves etc.

Si queremos hacernos una idea de lo que representa este movimiento, a lo que debemos dirigirnos no es a sus programas o a sus declaraciones públicas como partido que, como siempre sucede, ocultan los propósitos de quienes lo dirigen. En la política partidista, todo eso son alharacas de la universalmente engañosa propaganda. En las elecciones, se entrega el poder a personas que siempre hacen lo que tienen en la cabeza; y, no lo dudemos, para conocer el grupo cerrado que domina “Podemos”, sin permitir intromisiones, lo que importa es mirar cómo piensan sus componentes.

Por tanto, dentro de la infinidad de documentos generados en Internet por “Podemos”, distinguiremos los escritos doctrinales y tácticos, publicados por su cúpula antes de que esa formación pasara a la acción política, y las manifestaciones públicas confeccionados con posterioridad, donde la doctrina y la táctica quedan enmascaradas con el fin de captar voluntades y votos.

“Podemos”: marxismo duro con táctica suave

Para mostrar que la cúpula de podemos está formada por marxistas que se adhieren sin vacilación a lo que he llamado meollo doctrinal del marxismo, basta citar un par de datos:Preimio libertador

1) Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, que ocupa, este último, el tercer o cuarto de la cúpula, recibieron el “Premio Libertador del Pensamiento Crítico 2010” (dotado con ciento cincuenta mil dólares) que les concedió el gobierno de Venezuela por un libro titulado El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx. Su finalidad, según sus autores, parte del “análisis que hace Marx del capitalismo (que sigue siendo lo más clarificador que se ha escrito para entender las leyes fundamentales que rigen la sociedad capitalista, que es la nuestra) y la filosofía práctica de la tradición ilustrada” y “poner todo ese bagaje a la altura de nuestro tiempo para que nos ayude a comprender y a transformar el mundo que nos ha tocado en suerte y que, por cierto, se caracteriza por el control progresivamente creciente de poderes salvajes”. “El libro -dicen- se lo hemos dedicado a los y las comunistas, porque seguimos convencidos de que tenían razón en lo esencial: en luchar heroicamente contra el capitalismo para impedir que el mundo se convirtiera en lo que hoy se ha convertido” (www.anticapitalistas.org/spip.php?article25389).

monedero.puño2) Juan Carlos Monedero, escribió en 2006, el libro Empresas de Producción Social. Instrumento para el Socialismo del siglo XXI», que fue editado por una editorial para la propaganda del Gobierno de Hugo Chávez. En él, según una recensión periodística,  pone como modelos la Revolución de Lenin, que, según el autor, «trajo consigo una explosión democratizadora en todo el mundo» y a Cuba que «pese a todos los intentos de estigmatizarla, permanece como estandarte de la dignidad del continente latinoamericano en pos de la construcción de nuestra

Errejón

Errejón

América» (http://www.abc.es/espana/20150130/abci-monedero-libro-201501292041.html).

3) Pablo Iglesias, hablando para los suyos declaró que tienen razón quienes comprenden  “que el materialismo histórico es la clave para entender el desarrollo de los procesos sociales” (https://www.youtube.com/watch?v=1v430q8Ns7A).

Estas publicaciones no parecen dejar lugar a duda alguna. Pero si alguien todavía las tuviera, basta consultar  los escritos tácticos de los dirigentes de “Podemos” para ver que todo el horizonte que dan por descontado es el de la necesaria lucha de clases y del necesario protagonismo del proletariado en orden al progreso revolucionario.

Espartaquismo a la “Podemos”

Entre esos escritos, resulta especialmente ilustrativo uno que recoge la intervención de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón (los otros dos elementos de la cúpula de Podemos) en un congreso en Manchester de 2005 sobre movimientos sociales alternativos. El documento, en inglés, se enmarca en una publicación con pretensiones académicas, pero  se inscribe exclusivamente dentro del análisis escolástico del marxismo. El título sirve por sí mismo para situar la intención que persigue: Los Nuevos Espartaquistas. El pensamiento de Rosa Luxemburgo para entender el Movimiento Global, donde “movimiento global” se refiere a las movilizaciones internacionales que se han producido en la última década contra el capitalismo neoliberal.

Pablo Iglesias5.puño2El texto empieza por una exposición apologética de la táctica que, dentro de la ortodoxia marxista, propone Rosa de Luxemburgo. Luego su aplicación  a los llamados movimientos antiglobalización, o antisistema, que se plasmaron desde 1994 a 2005 en Chiapas, Seattle, Madrid y Génova, entre otros lugares. La presentación del pensamiento de Luxemburgo carece de originalidad. Se  puede hallar en cualquier manual sobre la evolución del marxismo e, incluso, en cualquier enciclopedia. En cambio, la propuesta de aplicación a los movimientos antisistema tiene el interés retroactivo de presentar la táctica que, casi diez años después, seguirá “Podemos” cuando se ponga al frente del llamado movimiento del 15 M.

Antes que nada, el artículo sitúa la obra de Luxemburgo dentro de la estrategia común del marxismo, que persigue acomodar el orden político a la a situación económica. Su fin es, pues suprimir  la llamada alienación política que el hecho de que los mecanismos estatales estén en manos de los capitalistas (clase opresora) y no en las de los trabajadores (clase oprimida). Luego destaca el carácter revolucionario de la táctica propuesta por Luxemburgo, que se opone, tanto al reformismo socialdemócrata, como a la inoperancia del marxismo especulativo y retórico. Después habla de la teoría de Luxemburgo sobre la necesaria espontaneidad de la revolución, cuyas manifestaciones “no tienen que ser convocadas”, ni “se deciden en las cúpulas de las organizaciones de las masas ni en los comités centrales de las vanguardias”. Nada, en suma que no sepamos.

Lo que, por el contrario, sí merece atención es el párrafo siguiente, donde Iglesias y Errejón describen su manera de entender la función táctica de las vanguardias revolucionarias, pues esa es la función que la cúpula de “Podemos” se asignará a sí misma, cuando forme su partido y se pongan a la cabeza del movimiento del 15 de marzo:

El papel de las vanguardias, que son sólo los núcleos duros de los más conscientes de los trabajadores y los intelectuales próximos a ellos, no consiste en predecir los brotes, sino más bien en comprenderlos y explicarlos en relación con las condiciones actuales del capitalismo, y en ser un estímulo de radicalización que participa como la facción más avanzada en cada lucha. La vanguardia ha de descubrir las principales contradicciones del sistema capitalista y proponer recursos que apunten directamente a ellas. Instrucciones tácticas que deben tener la estrategia revolucionaria como hoja de ruta, y ser tan firmes como las condiciones lo hagan posible -que no es fácil de interpretar-, yendo siempre al límite, pero sin romper el vínculo necesario con los deseos y rencores actuales de las masas: un paso por delante de las masas, pero sólo uno (Lenin ).

En breve, las vanguardias tienen que apropiarse de los brotes de insatisfacción, o de lucha (como ellos dicen), interpretarlos y encauzarlos, cuidando amorosamente de que las masas sigan creyendo que la vanguardia no hace sino recoger sus propias reivindicaciones. Esta táctica -prosiguen Iglesias y Errejón- difiere mucho leninista, que confiere a las vanguardias profesionales un poder completo para dirigir las masas y sustituirlas en la dirección de la revolución, sometiéndolas a una disciplina férrea y a las depuraciones consiguientes: “Luxemburgo en ese sentido formuló el internacionalmente famoso eslogan: la liberación de los trabajadores será  producto de ellos mismos o no será”. Basados en estas palabras, los autores del artículo entienden que la táctica espartaquista proclama la libertad y la democracia en el seno de la clase trabajadora:

La libre expresión de las masas y su control sobre la política y el proceso económico es lo que salva a la revolución de la corrupción, la burocracia y la dictadura burguesa. La libertad para todo el mundo es lo que asegura el proletariado pueda ser guiado por la vanguardia sin ser dominado por ella.

Pero, entiéndase esa proclama en su dimensión verdadera. Porque, en contra de lo que pudiera parecer, en ella no se sostiene, en modo alguno, un régimen democrático; ni se exime de la represión a los enemigos de la revolución (es decir la clase dominante y la de intelectuales o religiosos causantes de las alienaciones). Tampoco supone una concepción moralizadora, sino que sólo propugna el medio táctico más eficaz para la aceleración de la historia hacia la sociedad comunista. Los autores del escrito lo dicen claramente cuando, al final, asumen la siguiente conclusión inspirada en las propuestas tácticas de Luxemburgo:

Con Rosa podemos caminar el camino de la democracia como una herramienta emancipadora, de la libertad, como un ejercicio cotidiano y permanente. El objetivo no justifica los medios. La represión debe limitarse a la vieja clase de los explotadores. La democracia y la socialización del poder son inseparables del triunfo de la revolución, y ello debido a la eficacia y a razones históricas más que las abstracciones morales.

El marxismo de Podemos (III): tácticas para sojuzgar masas


El marxismo de Podemos (III): tácticas para sojuzgar masas

7 abril, 2015

Rosa Luxemburgo

Rosa Luxemburgo

Fe marxista, estrategia a largo plazo y táctica de corto alcance.

En conjunto, los marxistas mantienen la concepción del mundo que hemos visto como un meollo doctrinal indiscutido. Su función ha sido comparada por algunos autores a la de una fe religiosa, semejante a lo que los musulmanes llaman el Islam. Sin embargo, una cosa es la fe en el proceso determinista de la historia, que necesariamente abocará a una sociedad comunista, y otra es la manera de concebir la actividad del proletariado que acelerará la llegada de esa sociedad sin clases.

Todos los marxistas, revisionistas incluidos, entienden que la estrategia a largo plazo, para alcanzar ese fin, exige que el proletariado se haga con el poder político. Pero hay que distinguir la estrategia de la táctica a corto plazo, que debe seguirse en cada una de las sociedades, con su diferente grado de desarrollo económico y social. Marx predijo la inminente realización de la revolución proletaria en las sociedades avanzadas, en lo cual estaba evidentemente equivocado, como el tiempo se ha encargado de demostrar. De ahí que, desde muy temprano, se produjeran profundas disensiones entre los autores y dirigentes marxistas en lo que se refiere a la táctica a seguir en orden a que el partido alcance el poder, según las cambiantes circunstancias sociales y políticas. Esas divergencias se han puesto de manifiesto, especialmente, a lo largo de las cuatro internacionales comunistas, que asociaron, durante amplias etapas, a dirigentes marxistas de distintos países en orden a una acción común.

Eduardo Bernstein

Eduardo Bernstein

Para entender la táctica de ·Podemos”, hay que situarse en las discrepancias prácticas que se produjeron en la Alemania de entreguerras. Allí se enfrentaron dos concepciones tácticas, que dominaron respectivamente la segunda y la tercera internacional. De una parte estaban la socialdemocracia, inspirada por Kautsky y Bernstein, que era el partido gobernante, originariamente marxista, pero que había introducido revisiones muy importantes, incluso en el meollo doctrinal del marxismo. Su táctica consistía en cooperar con la democracia favoreciendo a los trabajadores, a la espera de que el sistema capitalista se destruyera a sí mismo y la burguesía, en virtud de su propia inercia decadente, acabara por transferir pacíficamente el poder al partido de los trabajadores. De ahí su oposición a la lucha revolucionaria violenta que, a su modo de ver, podría detener el proceso científicamente necesario hacia el socialismo.Lenin9

Frente a esa socialdemocracia, tácticamente pacífica y democrática, que dominaba la segunda internacional (llamada por ello socialista), se sitúa la táctica de la tercera internacional, fundada por Lenin y Trotski en 1919,  para extender el comunismo más allá de la Unión Soviética. Esa táctica, pensada para la sociedad semifeudal de Rusia, consistía en dar preeminencia a la minoría de vanguardia, constituida por el partido bolchevique, para mantener transitoriamente la superestructura estatal en forma de dictadura. La dictadura del proletariado, dominada exclusivamente por los bolcheviques, tenía la misión de dirigir las masas, incultas y alienadas por la costumbre, para que adquirieran conciencia de clase y llegaran a cooperar en la formación del estado comunista. La acción de semejante estado debía exigir, según Lenin, una disciplina sin remisión, que incluía la represión violenta de los propios trabajadores, para que las masas se adhieran a la vanguardia dictatorial.

Ninguna de estas tácticas le parece admisible al partido espartaquista, fundado por Rosa de Luxemburgo junto a Karl Liebknecht, que, a diferencia de los anteriores, nunca llegó al poder; pero tiene especial importancia para nuestro asunto. La cuestión que se plantea Rosa de Luxemburgo es la misma que preocupaba a Lenin: los que, según la doctrina marxista, están llamados a realizar la revolución, es decir, los proletarios, no por estar en las mismas condiciones económicas tienen concienciaLuxemburgSpeech2 de clase, ni captan su propio potencial revolucionario. Al contrario, precisamente los más aplastados por el Capital y el Estado son los más incapaces de concebir la lucha de clases. La pregunta que entonces se plantea desde la dogmática marxista es cómo desarrollar esa conciencia de clase en el proletariado. Para Rosa de Luxemburgo constituye un error la táctica socialdemócrata de sentarse a esperar que el desarrollo histórico de las condiciones objetivas (es decir, las circunstancias materiales y el modo de producción) produzcan, por sí solas, dicha conciencia, cuando el capitalismo agonice definitivamente. Porque, sin la acción del proletariado, la socialdemocracia conduce al conservadurismo y a la detención del proceso revolucionario. Tampoco admite con Lenin que sea una minoría, rigurosamente disciplinada dentro de un partido, la que empuje al proletariado a la revolución.

Contra ambas cosas Luxemburgo mantiene que las condiciones objetivas, o económicas, conducen a explosiones revolucionarias espontáneas que, aun siendo a menudo parciales, pueden conducir a que el proletariado adquiera “la conciencia de sus intereses y de sus obligaciones históricas”. En la jerga escolástica del marxismo, Rosa lo expresa así: “el inconsciente precede a la conciencia y la lógica del proceso histórico objetivo precede a la lógica subjetiva de sus protagonistas”. Lo cual no quiere decir sino que los cambios económicos llevan por sí solos a la toma de conciencia de clase que es, según el marxismo más ortodoxo, la condición imprescindible para la revolución.

De acuerdo con esta idea de la espontaneidad de las acciones revolucionarias, que supone un movimiento vivo de las masas, Rosa de Luxemburgo limita el papel del partido a una intervención posterior a ese movimiento, cuya finalidad consiste en darle permanencia y  encauzar su espontaneidad hacia el fin estratégico que, como sabemos, es la toma del poder. Pero el partido debe respetar la espontaneidad del movimiento y dejarle que, en la acción, y a través de sus errores, vaya adquiriendo la sabiduría práctica de la revolución, que es mucho más fecunda que cualquier decisión infalible del Comité Central del Partido.

La razón por la que insisto en presentar, por someramente que sea, el pensamiento de Rosa de Luxemburgo es bien sencilla: “Podemos” es un partido ideológicamente marxista y tácticamente espartaquista, es decir seguidor del pensamiento de Rosa de Luxemburgo, autora de las Cartas de Espartaco. Eso es lo que trataré de mostrar en breve.