miércoles, 23 de julio de 2014

Seguidillas de "En Ávila mis ojos" (Juan Pablo Mañueco Martínez)


 
SEGUIDILLAS DE “EN ÁVILA, MIS OJOS”
                                                                                                
 
 
 
I
 
 
En Ávila, mis ojos,
lloran por él.
Saladas por mi rostro
gotas de hiel.
 
Llévame, río Adaja,
lejos de aquí,
porque ya, dentro en Ávila
creo morir.
 
En Ávila del Río,
sonoro llanto,
siento más el vacío.
Pena mi canto.
 
Mataron a mi amigo,
garrido y alto,
a traición me fue herido.
Penas levanto.
 
Llévame, río Adaja,
lejos de aquí,
porque ya, dentro en Ávila,
siento el morir.
 
No errase espada
en Ávila del Río
si a hierro me matara
como a mi amigo.
 
 
 
 
 
II
 
 
En Ávila, mis ojos,
sendas de lágrimas
y párpados de asombro
te miran, Adaja.
 
Sollozos de mis ojos,
adentro, en Ávila,
envidian tu contorno
desde muralla.
 
En Ávila del Río,
cauce de Adaja,
me fugara contigo,
entre tus aguas.
 
Mataron a mi amigo
adentro, en Ávila;
llevárasme contigo,
bañes mis lágrimas.
 
Adaja, por postigo
salve muralla.
Navegaré contigo
fuera de Ávila.
 
No errase espada
en Ávila del Río
si a hierro me matara
como a mi amigo.
 
 
 
III
 
 
En Ávila, mis ojos,
mi bien, mi abrigo,
viendo tu vivo rostro
tú eras, amigo.
 
¿Qué haré ya, dentro en Ávila,
sin ti, amor mío,
dentro de esta muralla
que cerca el río?
 
Surta en tu zumo, Adaja,
parta contigo,
que mis ojos en Ávila
han fenecido.
 
Si ves, piadoso río,
correr mis lágrimas,
mataron a mi amigo,
dentro de Ávila.
 
No me abandones, río,
adentro de Ávila,
vamos donde  mi amigo
sobre tus aguas.
 
¡Que la espada no yerra
en Ávila del Río
si su hierro yo sienta
tanto como mi amigo!
 
 
 (c) Juan Pablo Mañueco Martínez
del libro "Castilla, este canto es tu canto" (2014)
 
 
 

 

lunes, 14 de julio de 2014

Capitalismo (Juan manuel de Prada)


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Juan Manuel de Prada


XLsemanal

Capitalismo

 

En un pasaje particularmente penetrante de su obra Los límites de la cordura, Chesterton nos advertía de que los defensores del capitalismo suelen confundirse a los ojos de la gente incauta con defensores de la propiedad privada, cuando en realidad son sus más enconados enemigos. Y proponía una definición de capitalismo que considero bastante acertada: «Organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo». Le faltó añadir, sin embargo, un elemento distintivo de esta forma de organización económica que la convierte definitivamente en una máquina depredadora; nos referimos como el lector inteligente ya habrá adivinado al principio de responsabilidad limitada, que separa la persona individual del capitalista de la personalidad jurídica de la empresa que dirige.

De este modo, el capitalismo termina de aniquilar el concepto de propiedad (que estaba ligado indisolublemente a la responsabilidad personal) para sustituirlo por el de 'empresa' o 'sociedad', un artificio o embeleco jurídico que, mientras crece, reparte beneficios entre sus titulares, pero que cuando se declara en quiebra deja a acreedores y trabajadores a dos velas, obligándolos a repartirse los exiguos despojos de la sociedad quebrada, mientras el capitalista disfruta tan tranquilo de su patrimonio intacto. Y si la quiebra de la empresa pone en peligro la estabilidad económica (pensemos en los bancos, por ejemplo), el principio de responsabilidad limitada alcanza todavía un estadio más rapaz, de tal modo que las pérdidas son de inmediato socializadas, mediante exacciones tributarias, recorte de salarios, etcétera. El capitalismo, en fin, actúa como el carterista: defendiendo la empresa privada a costa de la propiedad ajena.

Decía Proudhon que «la propiedad es un robo»; pero, si leemos la cita en su contexto, descubriremos que el pensador revolucionario no propone eliminar la propiedad, sino la acumulación de propiedad en unas pocas manos (o sea, el capitalismo), que considera con razón la causa principal del despotismo de unos hombres sobre otros. Como ocurre en tantos pensadores revolucionarios, su diagnóstico es certero; pero es errónea la solución que propone para acabar con este despotismo, que no es otra sino la universalización de la propiedad (o sea, el comunismo), que tal vez sea una solución inteligente en comunidades pequeñas y muy vinculadas (una congregación religiosa, por ejemplo), pero que en sociedades menos fraternas acaba generando la esclavitud propia del colectivismo.

Pero la solución errónea de Proudhon nos enseña que el capitalismo, al concentrar en unos pocos lo que por naturaleza tendría que estar repartido (y al permitir que esos pocos se enriquezcan a costa de los muchos despojados, según postula el principio de responsabilidad limitada), genera una inevitable reacción airada entre los despojados que acaba aniquilando la necesaria paz social. Por supuesto, el capitalismo, consciente de su naturaleza inicua, ha tratado (sobre todo después de que el comunismo triunfase en vastas regiones del planeta) de aplacar a la gran mayoría despojada con sobornos diversos: el más elaborado y promisorio fue el llamado 'Estado de bienestar', que a la postre se desveló un trampantojo limosnero; y ahora, con el llamado 'Estado de bienestar' quebrado, el soborno básicamente consiste en suministrar derechos de bragueta y entretenimiento a granel (con el interné erigido en máximo proveedor gratuito).

Mediante estos sobornos sucesivos (y cada vez menos convincentes) el capitalismo ha pretendido animalizar a la gente, reducirla a un estadio de bestia que halla consuelo en la satisfacción de unos pocos caprichos; y, al menos en parte, lo ha logrado. Pero solo en parte: porque está inscrito en el alma humana el deseo de ser propietario; es ley natural que el hombre quiera vivir de los frutos que le rinde su propiedad, a través del trabajo. Y, por ello mismo, el despojo sobre el que se funda el capitalismo (la concentración de esa propiedad que naturalmente debería estar repartida) deja en el alma una herida irrestañable. Son varias las agonías por las que ha atravesado el capitalismo; y en todas, en lugar de aceptar su error, ha perseverado en él. Pero las almas heridas y sangrantes suelen (sobre todo cuando se las priva de consuelo sobrenatural) reaccionar muy malamente. Ha ocurrido en el pasado y volverá a ocurrir en un futuro próximo.

 

lunes, 7 de julio de 2014

La desamortización en Castilla la Vieja ( 1917 Luis Carretero Nieva)


LA DESAMORTIZACIÓN EN CASTILLA LA VIEJA

 

La derrota de Villalar marca el fin le la actuación de las ciudades de los reirías de León, Castilla y Toledo, como elemento poderoso de la organización política, en la que todavía se podía llamar reciente nación española, pero por lo que se refiere a la institución de las comunidades de Tierra en Castilla, era tan intima su com­penetración con la sociedad castellana, tan importante su misión en nuestro patrimonio regional que, todavía, en el siglo XIX, reciben las Comunidades dos tremendas puñaladas: la desamortización que las desvalija, y la Real orden de 1837 que manda suprimirlas sin conseguirlo; pues aun mando con la inmovilidad de las momias, todavía subsisten estas corporaciones en varios puntos de la región.

 

Si esas instituciones han tenido por su adaptación al territorio, su compenetración con el pueblo y el acuerdo con el género de vida de nuestra gente tan indestructible vital­idad, hay que reconocer en cambio que el carácter castellano que en otra época las dio a luz, a fuerza de tanto aguan­tar las mordazas esclavizadoras, llegó al último grada de abatimiento. Aquel  espíritu de santa 'independencia, guar­dador celoso de las propias libertades, encariñado con los usos, leyes y costumbres, hijas de la raza y abiertas a toda progresiva transformación; aquel temperamento que sólo aceptaba la sumisión tras del agotamiento de energías de­fensivas, consiente en el siglo XIX el despojo de la des­amortización y no sólo consiente, sino que vergonzosamen­te promueve aquella desastrosa disposición que, con in­consciencia afrentosa, pidieron las aldeas de las tierras de San Pedro Marnrique y Caracena. La real orden de 1837 que vamos a reproducir literalmente; porque así como nos hemos esforzado en exponer lo que hemos creído carácter genuino castellano viejo en sus momentos más sanos, creemos que no hay modo mejor de conocer los resultados de la degeneración de aquel, que en una reflexiva lectura del -tristemente célebre documento:

 

«GOBERNACIÓN.--Real orden sobre supresión de juntas o ayuntamientos generales de Universidad.

 

» (En 31).      En 8 de noviembre último se comunicó por »éate Ministerio al jefe político de Soria la Real orden que ?sigue:

 

» He dado cuenta a S. M. la Reina Gobernadora del expediente. instruido a consecuencia de las exposiciones hechas, por Calixto Fernández y Luis Valero, en representación de la Universidad de la tierra de San Pedro Manrique y por los alcaldes de los pueblos de la jurisdicción de Caracena, en solicitud de que se suprima la junta encar­gada del gobierno municipal de aquélla, y que sus individuos y los del ayuntamiento general de ella cesen en el ejercicio de sus funciones: enterada S. M. igualmente que  de otro expediente, formado a instancia de D. Juan Anto­nio. Pinilla y Francisco Díez, representantes de cuatro de los cinco sesmos de que se compone la Universidad de la tierra de Soria, solicitando la cesación de los individuos »que actualmente forman la junta de gobierno y que la elección de ésta se verifique con arreglo a la Real provisión expedida en 23 de junio de 1802, quedando sin efecto el Reglamento aprobado en 16 de junio de 1834, confor­mándose S. M. con lo que expuso el suprimido Concejo Real de España e Indias, teniendo presente que  restablecida en su vigor la ley de Cortes de 3 de febrero de 1823, corresponde que se formen ayuntamientos en los pueblos que deban tenerlos con arreglo a dicha ley y a la Constitución política de la Monarquía; y considerando, por lo tanto, innecesarias y aun gravosas la existencia, no sólo de las citadas Universidades y ayuntamientos generales de San Pedro Manrique, Caracena y otros, sino también la de la junta o Universidad de los ciento cincuenta pue­blos de la tierra, cuyas atribuciones deben hoy confiarse a los ayuntamientos y Diputaciones provinciales, se ha servido S. M. resolver:

 

»1.° Que se supriman las juntas o ayuntamientos generales de Universidades de tierra de San Pedro Mánrique, »Caracena y cualquiera otra de esa clase que se halle esta­blecida en esa provincia.

 

»2.° Que con arreglo a las órdenes vigentes se enajenen sus propios para redimir los censos que sobre si tienen, emplear el resto en beneficio de los pueblos y el repartimiento entre ellos mismos y con igual .destino de las existencias de sus Pósitos.

 

».3º Que V. S. se cuide de que se ejecute esta disposición y también de que para la formación de los nuevas ayuntamientos en los pueblos en que deba haberlos, según la ley vigente, se proceda con acuerdo de la Diputación provincial y con sujeción a la misma ley.

 

»4.° Que igualmente se suprima la junta de la Universidad de los ciento cincuenta pueblos de la tierra, recogién­dose sus papeles y documentos en el archivo de esa jefa­tura política.

»Y, finalmente, que V. S., oyendo a la Diputación pro­vincial, informe si entre las atribuciones que tenía la cita­da junta hay alguna, cuyo desempeño no pueda comple­tamente caber en el de las ordinarias funciones que a los ayuntamientos en sus localidades y a las Diputaciones »provinciales en sus casos, están designadas en la Constitución política de la Monarquía y en las demás leyes vi­gentes .

 

»Y habiéndose servido S. M. mandar que dicha resolu­ción sirva de regla general para los canos de igual naturaleza, lo digo a V. S. de su Real orden para los efectos »consiguientes,

 

»Madrid 31 de mayo de 1837,---Pita.»

 

Y ahora para los que dicen que el espíritu y la civiliza­ción de Castilla se .ha impuesto a España, y por tanto, a otras regiones, digámosles que lo primero que se demues­tra en esta desdichada Real orden es un desconocimiento completo por parte del ministro, es decir, del Gobierno; de la constitución política genuina de Castilla al confundir a  las Universidades o Comunidades con Ayuntamientos Irregulares o creer a ambas corporaciones destinadas a los mismos fines, y demuestra además una ignorancia supina de los principios en que se fundaba la organización econó­mico-social del pueblo de Castilla, cuando al decretar la supresión de las corporaciones de tierra no dice rada res­pecto a sus fines principales y patrimonio, que destinaban sus Inmensos bienes (una gran parte del territorio de Cas­tilla la Vieja), al uso directo personal y gratuito de los ve­cinos en un comunismo que era fundamental en aquella sociedad.

 

Pero lo que en este momento nos interesa, es significar el grado de decaimiento a que había llegarlo el carácter caste­llano que demuestran estos hechos. Aquel espíritu de defensa de la santa independencia y de conservación de las Institucio­nes y patrimonios, que librando al pueblo de la miseria le garantizaban su libertad, ha perdido sus instintos de con­servación, y por el recelo contra los hombres que formaban una junta; por disconformidad de alguien contra la manera como se constituyó, o por prurito de que una aldea de sa­lirse con su capricho, se degrada hasta el punto de dar pábulo al poder central para suprimir la más genuina de las instituciones castellanas. No hubiera sido posible tal ataque de haberse conservado en su integridad el instinto de con­servación de la libertad individual y colectiva del que eran garantía las Instituciones comarcales de Castilla la Vieja, porque la miseria que es el más traidor lazo para caer en la esclavitud, no existía bajo el régimen de las comunidades y porque la independencia económica es el principio de todas las libertades. Seguramente que esos castellanos que provocaron la supresión de las Comunidades no ignora­ban los inmensos beneficios que reportaban al país, pues en una tierra como la nuestra, en la que la ganadería era pro­fesión general, todos los habitantes tenían que haber forzo­samente conocido por propia experiencia los beneficios del patrimonio comunal repercutiendo en los erarios domésti­cos. No es de creer que los solicitantes pretendiesen des­truir esa condición fundamental de sus pueblos y las liber­tades que de ella derivaban; lo que pasó sencillamente, que perdieron el instinto que le guió a través de los siglos para conservación de su independencia comarcal y dejaron de tener conciencia de la necesidad de pactar para la defen­sa, sosteniendo en beneficio propio y general la fidelidad en lo pactado.

 

Los despojos de las desamortizaciones tolerados por el país, son una prueba más de la extenuación del instinto de independencia y de la desaparición completa de la tenden­cia a la ligación para la defensa mutua y reciproca; pues nada ha debido de producir más indignación, ni más firme resistencia en el pueblo castellano, que aquella rapiña del poder central con los bienes de nuestras corporaciones lo­cales y comarcales humillantemente consentida (1). La des­amortización ha sido el ataque más brutal dado a la pro­piedad colectiva por quien más debía respetarla. Repetidas veces y con gran constancia han clamado los pueblos y personas sensatas contra el despojo de sus. bienes; pero la penuria del fisco por un lado y la implantación del sistema actual de gobierna, han sacrificado la ventura y felicidad de las aldeas al enriquecimiento rápido de unos pocos y los han hecho después víctimas de la centralización, para así tenerlos supeditados a los organismos del Estado, llevando días de luto a los pueblos y desastres a la agricultura, ya que los pocos montes que quedan se hallan en situación de­plorable ante el temor de una nueva enajenación, estando además explotados por grandes especuladores. La propie­dad comunal era esencialísima al régimen social de Castilla la Vieja y esenciailísima también para la productividad física  o natural del país. Socialmente la propiedad comunal, principalmente la de pastos y leñas, era una subvención verda­dera y poderosa para que no naciera la plaga del pauperismo que, al fin, ha venido precisamente porque la desamortiza­ción ha matado esa propiedad colectiva que armonizaba los derechos del individuo con las de la sociedad, aten­diendo al problema social, que es el nudo gordiano de los tiempos presentes. Físicamente, la desamortización ha destruido las aptitudes naturales del país, arrebatándoselas a aquellos terrenos que sólo servían para los pastos o el bosque, talando los montes, que eran la gran despensa natural del ganado y los reguladores del clima y de la cir­culación hidráulica, privando al país de una serie coordina­da de órganos de producción, que solamente son posibles de sustituir por otros de diferente naturaleza en las pocas zonas de la región, aptas para la agricultura. La desamortización, en resumen, pulverizó física y socialmente el país, escudada en la ausencia de dos cualidades del carácter que la hubieran hecho imposible: el instinto de la conservación de las autonomías y libertades locales y el de mutua liga­ción para la defensa y como esas cualidades eran precisa­mente las sobresalientes del carácter regional castellano, según prueba su vida a lo largo de la historia, queda ple­namente demostrada la decadencia del mismo.

 

(1) Al ocuparnos cíe estos tremendos desastres sufridos por nuestra tierra, tenemos muy presentes los párrafos escritos por nuestros venerables amigos D. Carlos de Lecea y D. Elías Romera. Véanse sus libros: La Comunidad y Tierra de Segovia (Segovia, 1894) y La Administración local (Almazán, i896).

 

LUIS CARRETERO NIEVA

El Regionalismo Castellano

Segovia 1917

 

Páginas 238-243

 

 

 

jueves, 26 de junio de 2014

El 12% de los montes no tiene dueño


elEconomista.es

Jueves, 26 de Junio de 2014

 

El 12% de los montes no tiene dueño

Casi un 12 por ciento de la superficie forestal del país pertenece a gente que lleva muerta un siglo, lo que hace imposible gestionarla y aprovecharla. Buscar a los herederos y volver a poner esas tierras en valor, la mayoría abandonadas, es toda una aventura..., que da buenos frutos.

El Catastro todavía recoge un gran número de parcelas forestales con titularidad confusa. Por eso, un 12,72 por ciento del toda la superficie boscosa del país se considera propiedad desconocida, porcentaje que aumenta hasta el 17,63 por ciento de los montes de titularidad privada.

Algunos de esos montes son de libre disposición de las entidades locales, pero la gran mayoría -hasta dos millones de hectáreas, el 5 por ciento de toda la superficie nacional-, sí tiene titulares; el problema es que están muertos desde hace 100 años y los registros no se actualizaron en su momento para inscribir a sus herederos.

Como el Código Civil exige la unanimidad de los propietarios del suelo para disponer de él, es imposible actuar en esos terrenos: no se pueden desbrozar ni reforestar; no se puede organizar la entrada de ganado; no se puede aprovechar la madera; no se pueden extraer minerales; no se puede instalar un parque eólico... Lo más frecuente es que estén en una situación de abandono que aumenta el daño causado por los incendios o las plagas.

Las desamortizaciones del siglo XIX

El origen de estos montes en situación anómala, conocidos como Montes del Común, Montes de la Sociedad de Vecinos, Sociedad de Baldíos y fórmulas parecidas, está en las desamortizaciones del siglo XIX, durante el que se enajenaron unos siete millones de hectáreas forestales.

En aquella convulsa centuria, el Estado necesitaba fondos y se expropiaron tierras para sacarlas en pública subasta; el grueso pertenecía a la Iglesia, que las había acumulado siglo tras siglo, pero también las había de ayuntamientos y corporaciones locales, órdenes militares, universidades, cofradías... La desamortización que más afectó a la estructura de propiedad de los bosques fue la impulsada por Pascual Madoz, aprobada en mayo de 1855.

Pujar colectivamente para comprar el monte

Para los vecinos de los pueblos que vivían de las florestas fue un pésimo acontecimiento. El monte era básico para aquellas familias de la España rural que todos hemos visto en viejas fotos; les aportaba pastos, materiales de construcción, leña, caza... De repente, su acceso a las tierras que usaban con libertad desde hacía generaciones iba a quedar supeditado a la voluntad de los nuevos propietarios.

Y reaccionaron, hipotecando sus modestas haciendas para pujar colectivamente y adquirir los terrenos. Fue costumbre que se juntaran 30 ó 40 personas y compraran las parcelas en régimen de pro indiviso, es decir, ninguna poseía un terreno concreto, sino una participación del total. En el Catastro deberían figurar como tales y pertenecer a los actuales herederos, pero no ocurrió así.

Muchos de estos montes colectivos se inscribieron en el título genérico de montes privados, sin aclarar su auténtica condición, y algunos se dividieron según coeficientes de propiedad, probablemente derivados de antiguos repartos internos para aprovechar los recursos forestales.

Se abandona el medio rural y llega el olvido

Avanzó el siglo XX y llegó el éxodo rural: la población abandonó los campos en busca de una vida mejor en las ciudades y la situación cayó en el olvido. En la actualidad, los descendientes de los compradores originales se cuentan por decenas de miles y muchos de ellos desconocen que son copropietarios del monte.

Sólo en Soria se han localizado 400 montes de socios -con una superficie equivalente a la provincia de Guipúzcoa- que deben pertenecer a unos 120.000 herederos.

La actualización de los registros oficiales es prácticamente imposible, porque se ha roto el tracto sucesorio y, en el mejor de los casos, exige un proceso complejo y largo que no se justifica por el valor del suelo. Además, muchos títulos de propiedad se han perdido y otros papeles acreditativos, como las actas de las reuniones en las que se repartían los usos, no se ajustaban a los documentos legales de la época.

El proyecto Montes de Socios

En el año 2003, la Asociación Forestal de Soria (Asfoso), cansada del bloqueo al que les abocaba la condición jurídica del legado de sus antepasados, se dirigió al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama) y le expuso el problema.

El Magrama decidió implicarse y la Asociación obtuvo en 2010 una subvención de 732.000 euros con la que comenzó el proyecto Montes de Socios -cuyo presupuesto total fue de 813.254,45 euros-, para investigar la situación y encontrar una salida.

Así, se ha rastreado en archivos de sociedades, ayuntamientos, parroquias, álbumes familiares y cualquier lugar con documentos que permitieran identificar catastralmente los terrenos en régimen de pro indiviso. También, dentro de las posibilidades, se ha trazado un árbol genealógico desde los primeros compradores hasta sus descendientes actuales, al objeto de identificar a los legítimos propietarios.

Paralelamente, para acabar con la parálisis y el abandono obligado de los montes, se planteó que los herederos identificados pudieran constituir juntas que los gestionasen para recuperar su valor.

Reforma de la Ley de Montes

Estas juntas se convirtireron en una realidad al plasmarse en la Disposición adicional décima de la Ley 43/2003, de Montes; desde su promulgación, una Junta Gestora puede formarse con más de 10 descendientes de los condueños originales, y los beneficios que correspondan a la parte de la propiedad no esclarecida deben invertirse en la mejora del monte. Hoy hay casi 50 juntas gestoras en Soria, Asturias, Guadalajara, Zaragoza y Cáceres, que vinculan a más de 10.000 personas.

El proyecto Montes de Socios concluyó en noviembre del año pasado, tras haber recibido el Premio de Buenas Prácticas de Naciones Unidas en 2012. Sin embargo, su labor de recuperación prosigue, con menos recursos, pero aprovechando la retroalimentación obtenida con el impulso inicial.

La formación de nuevas juntas gestoras no cesa y aparecen nuevas oportunidades. Como indica Pedro Agustín Medrano, gerente de Asfoso y director del proyecto: "Nuestra idea siempre ha sido devolver la actividad a esas tierras, y si ya no hay forma de que vivan de ellas cuarenta personas, igual tres sí pueden hacerlo". Por eso se están impartiendo cursos de apicultura, turismo micológico y ornitológico, decoración natural...

Ahora hay un frente mayor en la reforma de la Ley de Montes, porque legalmente faltan cosas importantes que solucionar. Por ejemplo, hay que arbitrar un procedimiento para actualizar la titularidad de los registros y hay que establecer el régimen jurídico de las juntas gestoras.

La propuesta de reforma normativa que Asfoso ha remitido al Magrama incluye la elaboración de una Ley de Montes de Socios en dos años.

La formación de juntas gestoras es un festivo reencuentro familiar

La formación de una Junta Gestora para el monte de propiedad colectiva de un pueblo -una aldea con un puñado de habitantes permanentes- es motivo de fiesta. Significa que se ha conseguido reunir a los descendientes de los compradores originales.

En el proceso se han abierto baúles, se ha recuperado la tradición oral de los ancianos y se ha recordado a muchos seres queridos. El día de la constitución de la Junta, por lo tanto, hay que sentarse a la mesa; además, es un reencuentro familiar extenso, porque indagando en el pasado se han descubierto parentescos desconocidos.

Y cada vez que la Junta debe reunirse para decidir sobre el usufructo del bien común ocurre más o menos lo mismo, a menor escala.

Así lo refleja el documental El monte, nuestro más viejo amigo, del proyecto Montes de Socios. La participación en un proyecto común fortalece a la comunidad y abre puertas económicas a partir de la tierra que compró el tatarabuelo. 

sábado, 21 de junio de 2014

Una refundición secularizada de la monarquía (Roberto Esteban Duque)


LA FRAGILIDAD DEL BIEN

Una refundación secularizada de la monarquía


El principal fracaso del comienzo de su reinado, Majestad, tiene su origen en la negación relativa a Dios.

Ha perdido Felipe VI voluntariamente la gracia -si es que tenía alguna- cuando propone una especie de refundación secularizada de la monarquía, una comedia semejante a la que, respecto a la realeza, ofrecían en Francia en el siglo XIX los monárquicos constitucionalistas, que en su inmensa mayoría eran republicanos de corazón; “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”, la de ateos vergonzantes que prefieren seguir guardando cerdos antes que regresar a Dios, sin ninguna indigencia religiosa que les haga añorar un hogar celeste en la tierra, y la de usurpadores del ámbito público que reconocen la primacía de la moral en la vida política pero no el fundamento de la moral en la tradición cristiana.

  Dice Felipe VI, en su Mensaje con motivo de su proclamación como nuevo Rey de España, que nuestra historia nos enseña que “los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo”, mirando más allá de nosotros mismos, compartiendo “una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes”.

  Pero conocer el espíritu del tiempo para convertirse a él significa buscar sus causas a mayor profundidad que la de situar, como hace Su Majestad, el bienestar de España en “el conocimiento, la cultura y la educación”. No podemos contentarnos con mirar las apariencias exteriores para conocer el espíritu del tiempo, sino ir a las raíces que, como siempre en la historia del espíritu, pertenecen al estrato religioso que el Rey de España se obstina con gran error en ignorar. Porque el principal fracaso del comienzo de su reinado, Majestad, tiene su origen en la negación relativa a Dios, que es tanto -según observara C. S. Lewis- como la abolición del propio hombre.

  La monarquía, como viene siendo habitual en las democracias modernas, reniega del Evangelio y del cristianismo en nombre de la libertad, traicionando las raíces evangélicas de la democracia. ¿No irá Felipe VI más allá de la aconfesionalidad del Estado cuando se niega, sin demasiada resistencia de las diversas instituciones y asociaciones de la nación, a reconocer públicamente la profunda tradición católica de los españoles?

  Cuando el hombre no necesita a Dios se consagra a lo puramente material, a creer que el patrimonio de una nación es sólo conquista de libertades públicas y derechos sociales,  con el deber añadido de “impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación” como las “verdaderas encargadas de crear riqueza”, olvidando la comunidad de vínculos universalmente religiosos que constituyen los primeros lazos sociales y las mayores reservas de sentido en la vida colectiva de los pueblos.

  Necesitar sólo las bendiciones de un “humanismo ético que elimine discriminaciones, afiance el papel de la mujer y promueva la paz”, es tanto como privar al hombre de su enlace vertical, refundar la monarquía expulsando de ella la presencia de la Cruz, para reducir el bien humano a lo meramente temporal. Necesitar sólo la bendición del progreso es reconocer una religión social -porque il faut un Dieu pour le peuple, como dirá Voltaire-, pero destruir la visión tradicional cristiana de la historia, corrompiendo todo con el ridículo de querer renovarlo todo.

  Abolir la religión del escenario público es el mayor de los ridículos de un Jefe de Estado, el más peligroso de los dogmatismos creados al comienzo de su reinado. Alejar a Dios de la vida de los ciudadanos y desplazar el mundo religioso del centro de la vida social, cultural y política, es tanto como abrir un proceso contra Dios desatando al Estado completamente de la tradición cristiana, para terminar por originar un evidente conflicto: el choque entre la fidelidad al credo católico heredado y la intención constitucional y también monárquica de extirpar esas creencias con la indiferencia, la desacralización y la expulsión del Dios de los cristianos del foro público.

  Comienza así a sembrar la monarquía un Estado autosuficiente, encargada de doblar las campanas a un Dios moribundo que hace vigente el aforismo del “hombre loco”, de Nietzsche, cuando pinta el extravío del hombre que ha roto los vínculos con Dios y con el mundo religioso, estando ya felizmente abatidos. Nos harán incluso llegar a pensar que creer en Dios es señal del cobardía y falsedad,mauvaise foi de un yo que es incapaz de hacerse cargo de su propia libertad, como sentenciaraSartre.

  Felipe VI ha emprendido, lo quiera o no, una revolución silenciosa, una apostasía tácita contra la fe, la suficiencia de quien pretende que el pueblo viva sin valores vinculantes trascendentes, de disipar las raíces cristianas y el Credo católico de España. Este silencio de Dios nos llevará a una religiosidad simplemente religiosa, sin contacto con la vida inmediata, irreconocible y reducida a doctrina y práctica puramente religiosa, sin más valor que proporcionar solemnidad al nacimiento, las bodas y la muerte. La indiferencia y negación pública sobre el Nombre de Dios por parte de Felipe VI al no pronunciarse en su proclamación como Rey sobre la importancia del hecho religioso en la vida de los pueblos, contribuirá a que Dios no tenga otro valor, como señalara Rilke, que el de una “dirección para el amor”. Lo dirá también con agudeza Ratzinger: “Cuando no se entiende que el hombre se encuentra en un estado de enajenación que no es solo económico y social, sino tal que no puede remediarla con sus propios esfuerzos tampoco es ya posible comprender que necesite a Cristo Salvador”.

 

  Se inmola, Majestad, pero no en el altar del bien y de la verdad, sino en el altar del orgullo, donde de oferente y servidor se ve tornado en creador y dueño de sí mismo, en un error que se resuelve en la herejía contemporánea de negar a Dios para dejarlo atado a su cielo como Encélado a su roca, desprovisto ya el hombre de amor a lo alto y sólo ocupado en un reinado donde de los altares olvidados han hecho su morada los demonios. ¡Pobre loco!

 

La Gaceta

 

21 de junio 2014