viernes, 20 de enero de 2012

ACORDES PARA TOMÁS LUIS DE VICTORIA (José María Muñoz Quirós)

ACORDES PARA TOMÁS LUIS DE VICTORIA

josé maría muñoz quirós

 Ávila soledad sonora

El veintisiete de agosto, un caluroso día de verano de 1611, muere Tomás Luis de Victoria, sacerdote humilde y austero, músico genial, autor de una obra polifónica de profundísima inspiración, reflejo de un vivir fervoroso y hondo que, como su vida, alienta una manera de interpretar lo que le rodea y lo que habita en su íntimo desvelo de hombre profundamente espiritual.

Después de su muerte, el silencio y la indiferencia brotarán con fuerza hasta convertirse en olvido. A partir de este momento, el abismo y la lejanía, la  desolación y la noche cubrirán la sombra del músico abulense.

Dos siglos más tarde, hacia la mitad del Siglo XIX, el movimiento cecilianista alemán iniciará una lenta recuperación de su obra, esclareciendo la memoria y el significado de la labor artística de un músico que roza las más altas cimas de la belleza, que adelantándose a su momento histórico escribirá en los pentagramas del alma sonidos eternos.

Tomás Luis de Victoria era hijo del abulense Francisco Luis de Victoria y de la segoviana Francisca Suárez de la Concha. El matrimonio formará una familia de once hijos.
La muerte de su padre, en la casa familiar de Ávila en la calle Caballeros, acontecida en 1557, marcará un línea divisoria en el devenir de la familia.  A partir de este triste momento, será su tío Juan Luis, sacerdote, quien vele por los hijos de su hermano. Será el encargado de trazar el difícil camino que deberán recorrer para situarse en el devenir de la vida, lejos de una angustiosa situación económica que ha llenado de dificultades la supervivencia de todos sus miembros.
Tomás Luis nace en 1548, en Ávila, ciudad que le transmitirá la austera serenidad de la piedra y de la luz. Su infancia estará envuelta en profundos silencios y en sonidos que dormitan en la quietud, en el llanto azul de las campanas.
Cuando contaba apenas nueve años, en 1557, entra al servicio del primer templo de Ávila, en el coro infantil de la catedral, donde va a iniciar su camino hacia el aprendizaje de las técnicas musicales de la época.
Estará sometido a los secretos que la música esconde, a los caminos donde el peligro de volar se transforma en sueños, donde un breve sonido de pájaros enciende los bosques y se encarama en la copa libre de los árboles, en las hojas surgidas en el atardecer. Habitará en los sonidos inocentes que interpretan la luz cuando amanece, en el paisaje de claros campos de trigo sombreados por un viento frondoso. Se asombrará en el caos de la niebla, en la furtiva soledad de las horas, en la clandestina bóveda del alma cuando huye del dolor y se abre en levedad y en frío. Los pasos de la luz quiebran el azul de las palomas al asomarse al último precipicio donde el silencio abisma. La temblorosa música del alba rompe la claridad hasta dejar su paso plateado de rocío, de fría ternura de voces libres, de torres levantadas en la voz de los ángeles.
Una ciudad envuelta en la memoria de Teresa,recorrida por la huella firme y misteriosa del silencio interior. Una ciudad alzada en la altitud de un cielo claro, perdida en los laberintos de la noche oscura, encendida en la llama del tiempo. Una ciudad de sonidos callados en la melodía de las alas de las cigüeñas colgadas en los nidos de las torres. Nueve años de litúrgicos sones, de impulsos intensos hacia la altura de la luz. Nueve años entre gárgolas desnudas en los acantilados del corazón, en la sima gris y pálida de la piedra, arrastrado ya hacia la construcción de la armonía y hacia la vocación del sacerdocio.
Inventará la fuerza que atraviesa la noche en esa incontrolable evasión del silencio. Irá subiendo a la honda cima de las alturas donde vuelan las aves cuando las mece un lento presentir de infinito. Se abrirán las compuertas de los días que escriben con sílabas oscuras el temblor de la nieve. Tú estarás en el fondo de un paraje de lluvia cuando el otoño atrapa la huída hacia lo más alto del camino.
¿Acaso ese alto sueño de la música ha escondido la voz que un niño deja dormitando en el eco? La catedral persigue la luz en las vidrieras cuando la tarde abrasa con su fuego los campos. La infancia está creciendo entre el olor cansado del incienso encendido. El frío va dejando una estela de intensa paloma desvelada. Se escuchan los sonidos de aquel rumor pasado y un niño se despierta entre los dedos tímidos del tiempo.
En 1567 Tomás Luis de Victoria marcha a Roma. Se instala en el Colegio Germánico, bajo la tutela de los jesuitas, donde iniciará sus estudios eclesiásticos.
A finales del año siguiente, abandona el colegio para entregarse al oficio de cantor y organista en la iglesia de Montserrat de Roma. Pasado un año, volverá al Germánico en calidad de  maestro de música de los estudiantes. Los cambios se suceden vertiginosamente. En 1572 va a ocupar el puesto de Palestrina como maestro de capilla del Colegio Romano. La música es el centro de su vida, el eje que hace girar su existencia, su fuerza creadora, su manera personalísima de estar en el mundo. Serán años de búsqueda, de conocimiento, de sereno vivir en la composición musical y en el intenso vibrar de cada nota. Surge la enorme influencia italiana en la manera de estructurar las melodías. Se abre un horizonte de nuevos conceptos, de nueva sensibilidad, de nuevo conocimiento. La mirada interior de Victoria se va a iluminar con las vivencias creadoras sentidas, en lo más profundo, en su estancia romana.
Los caminos se abren, se bifurcan, se ensanchan. La percepción de Tomás Luis de Victoria busca en los nuevos cánones la razón última de su visión melódica.
Un nuevo cambio se produce en 1573 cuando retorna al Germánico como maestro de canto, si bien es posible que simultanease el cargo con el Colegio Romano.
Los confines de la luz abrazan los espacios de Roma, la temblorosa mirada del tiempo sometido, la musicalidad de los jardines cuando florecen tintineando en la piedra secular.
El palacio della Valle será la nueva residencia de los alumnos alemanes del colegio, separándose de los italianos que habitarán el Seminario Romano.
La solemnidad y la alegría del momento de la despedida debe ser regalada y recordada con bellas músicas que el maestro Victoria va a componer, como encargo, para la ocasión. El llanto y la melodía se mezclan y se abrazan en tan singular motivo. Caminando entre antorchas que iluminaban la senda donde la despedida emociona a todos, envueltos en el abrazo que las composiciones de Tomás Luis de Victoria visten de belleza y de armónicos secretos. Roma se derrama en la clara sensación del gozo compartido, en la celebración que el abulense ha creado con su música intuida para el momento.
Cuando el maestro Victoria cumple veinticuatro años, en 1572, publica la primera edición de los motetes. Un total de treinta y tres piezas que están compuestas para cuatro, cinco y seis voces, y para dos coros de a cuatro.
En la portada de la edición podemos leer: «Thomas Luduvici de Victoria abulensis…» la publicación está dedicada al cardenal Truchsses. Los motetes surgen para recogimiento del espíritu, para que la claridad de los sentidos nos invada con sus dones, para conocer las galerías íntimas de la emoción y de la belleza. En el retorno del silencio hemos sabido depositar la grandeza de ese universo que suena y vibra en nuestro interior. Volaremos por el horizonte secreto de nuestra existencia hasta la plenitud. Estos motetes nos ayudarán con el recogimiento de las palabras presentidas en un espacio libre de luz absoluta, para que todos los instantes concebidos por la armonía nos conduzcan al centro del ser, al pentagrama recóndito de la sabiduría, a las riberas del sol cuando nos inflama con el poderoso germen de sus labios, para que no retornemos jamás hasta el olvido triste del olvido.
Uno de los acontecimientos más transcendentales de la vida de Tomás Luis de Victoria tendrá lugar en 1575, cuando contaba con 27 años de edad, maduro y consciente de la responsabilidad que va a contraer. Es ordenado sacerdote después de haber vivido en la ciudad Eterna ocho años. Con este hecho, se llena de sentido su mirada interior, su deseo cada vez más intenso de vivir el sacerdocio como una opción plena y profunda.
Al año siguiente, publica una nueva edición de sus obras. Reúne el trabajo de las ya publicadas con anterioridad, añadiendo cinco misas, el Ave Maris Stella, una Salve Regina y seis Magnificat.
La obra musical de Victoria es ya extensa y de una indudable importancia. Desde su llegada a Roma ha compuesto cincuenta y cuatro piezas, todo un corpus de hondo sentir, de perfecta técnica y de sublime inspiración. Se intuye toda la dimensión universal que el músico va a imprimir en su música.
Roma, su atmósfera, sus calles, el color de sus tardes doradas, la presencia de lo clásico en cada uno de los rincones de la ciudad, toda la historia encontrada en cada muro y en cada piedra, será siempre el espejo donde el polifonista abulense va a encontrarse consigo mismo, desde el espíritu que el sacerdocio ha impulsado en su alma hasta la música que llena sus sentidos con intensa beatitud.
Los caminos de la música polifónica centellean en la sonora luminosidad del alma. La celebración del amor en sus más altos vuelos, la sugerente pasión de lo infinito, todas las ideas sublimes que encienden un apasionado espíritu como el de Victoria.
Una vez más transitan las veredas líquidas de la sabiduría. Desea conocer las palabras que se esconden en la voz, como sostenidas por un hilo de seda invisible, volátil como una pluma transparente. Cada nota impulsa una nueva densidad de viento, una dorada carga de luz, una intensidad desconocida por los sentidos del cuerpo.
El músico no descansa. Cada obra ilumina un espacio más de su sabiduría, una visión nueva de su mirada, un pequeño universo que desarrolla la belleza que un espíritu colmado de sensaciones construye desde la emoción y la verdad.
En 1583 publica los libros de misas dedicados al Rey de España Felipe II. Tomás Luis de Victoria siente que ya llega el momento de regresar a la patria, de retornar a Madrid.
El Rey le nombra capellán de la emperatriz doña María de Austria, que vive retirada en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid.
El anuncio de su regreso a España no se cumplirá en este momento; será preciso esperar algún tiempo más, hasta septiembre de 1587.
Algunos años antes de su retorno, aparece su obra magna Officium Hebdomadre Sanctae, una genial colección de antífonas, motetes, salmos, lamentaciones, responsorios, pasiones, improperios, cánticos e himnos, hasta un total de treinta y siete piezas. Todo un universo de música encendida en la llama más poderosa del sentir y de la emoción que Tomás Luis de Victoria escribió para mayor gloria de la música.
Ya en Madrid, entra al servicio de doña María como capellán. Su vida va a transcurrir deslizándose por los caminos de la creación, componiendo, interpretando, imaginando y sintiendo nuevas obras y, por otra parte, llenarán su tiempo las obligaciones propias del cargo.
En 1592 se produce el retorno a Roma, tal vez impulsado por el anhelo de encontrarse con susamigos, con sus antiguos compañeros que llenaban su vida creadora y espiritual. En la ciudad de Roma vuelve a encontrarse con la memoria que hizo florecer su música de altos vuelos y de intensos silencios.
Un acontecimiento luctuoso va a llenar de tristeza el alma de Victoria. El dos de febrero de 1594 muere su amigo el músico Juan Luis de Palestrina, a los sesenta y nueve años de edad. Esta desaparición golpeará el alma de Victoria, se asentará en lo más profundo de su sentimiento produciendo dolorosas palabras y melodías elegiacas. Su entierro será un ejemplo popular de fervor, un hecho público que muestra a todos la altura humana y la grandeza artística del maestro, del amigo, del músico singular. Tomás Luis de Victoria estará marcado por esta perdida, por la ausencia del hombre al que tanto admira, con el que aprendió a contemplar el alto valle de los sonidos del corazón. La unión que la creación artística consigue es un lazo que nada puede romper, un cordón de sentimientos abrazados, un puente de aguas serenas, un abrazo desde la absoluta compenetración.
Al año siguiente, abandona Roma definitivamente, esta vez ya para el resto de sus días. Regresa a Madrid para servir a la Emperatriz como capellán y maestro de capilla, y más tarde como organista de su hija la princesa Margarita.
El maestro Tomás Luis de Victoria se encuentra en su mejor momento artístico, en la plenitud de su labor como polifonista. La vida en las Descalzas Reales de Madrid va a suponer para el abulense un periodo de enorme riqueza creativa.
El nuevo siglo traerá para Victoria el último recodo de la costa de la vida, la última etapa, y con él, la creación de nuevas obras y nuevos desafíos musicales. En 1603 muere la emperatriz María para cuyos funerales compone su Officium defunctorum. Esta obra madura, publicada dos años más tarde en la tipografía regia de Madrid, va dedicada a la princesa Margarita, hija de la emperatriz. Esta formada por la Missa de pro defunctis, un motete, el responsorio y una lección.
En el oficio de la muerte se alzan los invisibles secretos de la cadencia del mundo que traspasa la soledad de los sentidos, una sima de libertad, una luz que cuando irrumpe en nuestra noche ilumina, en ese instante, lo vivido, y enciende el alba con sus sueños, esclareciéndonos el corazón. El oficio de los difuntos es un alargado ciprés sin sombra, una celebración del inmortal deseo de ser eco en el viento del alma. Cuando la música es voz, sonido encerrado en sus límites, se ordena el tiempo y se determinan los espacios en un horizonte sin orillas, en un campo de sereno abismo. Tomás Luis de Victoria precisa más altura para rozar, en los desnudos torrentes del aire, las notas perdidas en los vuelos más profundos de la muerte.
Un nuevo oficio va a desempeñar después de la muerte de la Emperatriz. Será nombrado organista de la iglesia de las Descalzar Reales.
La música del órgano resuena entre los muros anchos del convento real. Un rayo pálido y naranja atraviesa sutil el ventanal, y se escuchan los tímidos rescoldos de las notas que huyen entre los arcos de la nave. Las gotas de la luz cenital dibujan un pájaro de fuego. El maestro mueve sus manos como vencejos que buscan, en la oquedad del muro, su nido oculto. Se desentraña el territorio de la claridad de la voz, el frágil aliento de las flores desnudas, y la penumbra, una vez más, anhela traspasar los dedos del alma. El olor de las azucenas se disuelve en el vacío de su pureza de nieve. La música entorna las puertas de la mirada de las vírgenes, el dolor de los cristos abatidos en la cruz. Desde el coro, como ángeles serenos, se oyen las voces inocentes que alaban a Dios.
Los últimos años de la vida de Tomás Luis de Victoria trascurrirán en calma, acompañado poralgunos de sus hermanos, en las casas cercanas al convento, en la calle del Arenal, en plenitud de sus sentidos, sumido en la música como en un lecho de armonía y de paz.
El humilde sacerdote, el compositor genial, uno de los más grandes creadores de emociones intensas, el artista de la polifonía, morirá en ese lugar entre los sueños que envolvían el paso lánguido de las horas, en su última misión musical, en el tránsito definitivo de su labor y de su vida.
Entre sus obras encontramos los más originales sonidos de la polifonía de todos los tiempos. Siglos más tarde, se rendirán a su legado todos los músicos del mundo.
Victoria será enterrado en las Descalzas Reales. Desconocemos el lugar exacto donde descansan sus restos. El abulense, como la voz de un himno sin fronteras, pertenece ya al secreto de la soledad, a la hondura de los que habitan la paz, al inquietante destello de lo infinito.
Su música y su memoria son hoy de todos,llega hasta todos, vive en todos. El secreto de su grandeza culmina sus páginas de genialidad en el fértil silencio del alma.  
La muerte es la celada de los hijos de la noche. Trampa desnuda, hueco donde caemos doloridos hasta el pozo de la indiferencia. Sobre Tomás Luis de Victoria se cierne la lápida del desencanto, la caótica armonía de la desolación que no sabe contemplar la verdad. Los años se suceden hasta los precipicios del olvido, y en ese paisaje desnudo habita como un pájaro solitario escondido en las ramas del árbol más alto. Y cuando el vuelo retorna, ya calmado elcorazón en la serenidad de su labor secreta, la música nos acaricia los sentidos hasta ascender al paraíso de lo infinito. Ya Tomás Luis de Victoria nos muestra la grandeza sublime de su genialidad transformada en música, en el lenguaje de lo invisible, en el reflejo luminoso que ha construido con la belleza más inmensa y eterna. Su música sobrevive sobre cualquier sombra, se escucha por encima de todos los silencios.

miércoles, 18 de enero de 2012

Subida del Monte Carmelo (San Juan de la Cruz)



1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada 
estando ya mi casa sosegada.



2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.



3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.



4. Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.



5. ¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!



6. En mi pecho florido,
que entero para el solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.



7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.



8. Quedeme y olvideme,
el rostro recline sobre el Amado,
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.


(San Juan de la Cruz
Subida del monte Carmelo)

Reivindicación del noventayocho (Jacinto Herrero Esteban)

Reivindicación del noventayocho



jacinto herrero esteban



(Ávila soledad sonora)





Antonio Machado

Hace ya algún tiempo, Jorge del Arco se indignaba terriblemente ante la afirmación de Vicente Luis

Mora en El Cultural de El Mundo, por afirmar este último que había que enterrar a Machado.



Si Jorge del Arco hubiera leído con calma, hubiera visto que lo que pretendía decir Mora —y lo decía— era que, en este apogeo del icono y la tecnología mediática, la poesía había dejado de ser «palabra en el tiempo» como quería Machado, para ser palabra en el espacio. Nada, pues, de enterramientos al uso.



Pero podríamos hacer algunas acotaciones en cuanto al tiempo se refiere. No al tiempo histórico y mudable en cada ocasión e irrepetible a la vez, sino el tiempo vital, a la manera bergsoniana, y en ello Machado es buen discípulo de Bérgson. Por el contrario, referirnos a Campos de Castilla como antecedente de la poesía social y la más reciente de la experiencia, me parece un error palmario. 



Ni siquiera nieva en Soria como lo hacía en tiempos no tan remotos. Y, sin embargo, la nieve en los

caminos cumple en Machado con ese valor aislante de silencio y espera que es verdadero tiempo vital:



La nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos

Cayendo está como sobre una fosa.



(Campos de Soria, V)



Y ese silencio de los muertos —caer, fosa— se hace

espera de la vuelta del hijo:



La vieja mira al campo, cual si oyera

Pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo entorno de la casa (id.)



Todo cobra un matiz de angustia y torna en símbolos las palabras que parecían meramente representativas. Para Antonio Machado la repetición de los símbolos en sus poemas no le preocupa. En el poema El Hospicio, la nieve vuelve a jugar el significado de desvalimiento y angustia; unos ojos atónitos ven desde las ventanas



caer la blanca nieve sobre la tierra fría,

sobre la tierra fría la nieve silenciosa...



Incorpora aquí, además de los dos elementos anteriores —caer, fosa— dos reiteraciones: tierra fría y

nieve blanca, nieve silenciosa.



Quizá la idea de desvalimiento sea mayor en El Hospicio que en el fragmento de Campos de Soria, y más aún que en La venta de Cidones, enmarcada en una lírica narrativa.



 Ni siquiera aquí, en la proximidad a la narración en prosa, hay algo en que apoyar la poesía social o la de la experiencia.



Leer a un poeta lleva sus riesgos, y por ellos ha pasado la lectura sesgada de Machado. He tomado

dos ejemplos del poeta del noventayocho, no del modernista de su primera época, y podemos ver

cómo perdura el uso de los símbolos. Su poesía es una y la misma. A veces, reiterativa, pero aún viva. No hay que enterrarla.



En Antonio Machado encontramos también una lección necesaria para la poesía actual, su oficio

de escritor que le lleva a corregir y depurar lo ya intuido en un primer momento. Que la corrección

es necesaria podríamos afirmarlo a la vista de las múltiples correcciones que Ezra Pound hizo al

poema de T. S. Eliot La tierra baldía. Eliot recoge las correcciones y, como gesto de gratitud, dedica el poema a E. Pound il miglior fabbro (el mejor artesano, en palabras de Dante).



Antonio Machado ha conservado un borrador del soneto que dedicó a su padre. Tras unos tanteos

midiendo versos, parece que abandona el intento, pero anota la idea que iba a expresar en unas líneas

en prosa: «Ya soy más viejo que eras tú, padre mío, cuando me besabas. Pero en el recuerdo, soy también el niño que tú llevabas de la mano».



Y anota la fecha, 13 de marzo de 1916. Pasados ocho años, vuelve sobre el soneto; es el que comienza Esta luz de Sevilla (IV del apartado CLXV).



Ahora aquellas líneas informes se concentran en el último terceto. Los ojos del padre, desde un retrato, buscan dónde posarse:



Ya escapan de su ayer a su mañana;

ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,

piadosamente mi cabeza cana.



La superposición de la edad del hijo sobre la del padre logra esa ruptura del sistema de la que hablabaCarlos Bousoño. También Machado podría ser il miglior fabbro. Había aprendido, y mucho, del más artificioso poeta de nuestra lengua, Rubén Darío, ese hombre cosmopolita, mestizo y europeo que cruza por la tierra abulense por amor a una aldeana, Francisca Sánchez.



Rubén Darío

Creo haber hablado ya suficientemente en otro lugar —Ávila en el 98— de este episodio de la vida del nicaragüense. Pero es curioso que Navalsáuz pase a las páginas de España Contemporánea entre tantos acontecimientos, exposiciones, y grandes figuras políticas y literarias. ¿Lo pensaría como un homenaje a la tierra de Francisca Sánchez?



El capítulo se titula Fiesta Campesina, y lleva fecha de 18 de noviembre (supongo que de 1899, como en capítulos anteriores). El poeta viene de Madrid a Avila en tren. En la estación le esperan «mi invitante, en compañía de dos hijos suyos, robustos mocetones que tenían preparadas las caballerías consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo momento. Fue  llegar, montar y partir».



Se habla del paisaje del camino, de «cerros oscuros, manchados de altos álamos y chatos piornos»; se habla de ventas harto pobres y vinillo de las villas del Barranco. Pasa la noche en la cocina de la venta al amor de la lumbre y, a la mañana, tras una taza de leche recién ordeñada, «estoy otra vez sobre mi asno». Es un viaje en burro, por tanto lento y espacioso. Y anota: «Hoy he visto, bajo el más puro azul del cielo, pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado en el misterio de la naturaleza».



fotografía: JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

Cuando comienzan la subida hasta la aldea, hay que llevar al asno del ronzal. Por fin están en Navazuelas. ¿Navazuelas ha escrito? Sí. Seguramente se trata de conocer a la familia de Francisca Sánchez y que aquella le conozca a él; pero en las páginas de España Contemporánea no interesa este motivo personal. Se trata, como dice en el título del capítulo, de describir una fiesta campesina, en un pueblo alejado «algunas leguas de la vieja ciudad de Santa Teresa». Recoge los ritos y las canciones de la fiesta, la comida y los dulces, para volver una vez acabada la fiesta a la

ciudad.



Navalsáuz es Navazuelas; la mitad del topónimo es idéntico: Nava. El resto se puede leer de derecha a izquierda, alternando las sílabas: el = e/1, as = sa, zu= uz.



El choque emocional que este mundo primitivo y pastoril ha producido en el poeta creo verlo reflejado en un poema harto artificioso y perfectamente trabado con sucesivas anáforas y encabalgamientos, que lleva por título La dulzura del ángelus.



El poeta, regresado de la fiesta campesina, puede dormir por fin en un hotel medianamente confortable. Está —es una opinión solamente— cerca de la catedral o alguna otra iglesia. En la mañana despierta al dolondón de las campanas. Es todavía una prolongación de aquel mundo primitivo que acaba de abandonar en la sierra. Un mundo provinciano y devoto que contrasta con su espíritu tentado por la carne y la increencia. Al final se abandona a la dulzura del momento:



La dulzura del ángelus matinal y divino

que diluyen ingenuas campanas provinciales,

en un aire inocente a fuerza de rosales,

de plegaria, de ensueño de virgen y de trino



de ruiseñor, opuesto todo al rudo destino

que no cree en Dios... El áureo ovillo vespertino

que la tarde devana tras opacos cristales

por tejer la inconsútil tela de nuestros males



todos hechos de carne y aromados de vino...

Y esta atroz amargura de no gustar de nada,

de no saber adónde dirigir nuestra prora



mientras el pobre esquife en la noche cerrada

va en las hostiles olas huérfano de la aurora...

(¡Oh, suaves campanas entre la madrugada!)



Esto es lo que dio de sí el paso del poeta por nuestra ciudad. Y no creo que conste su paso en los anales de Ávila.

Azorín

Y de Azorín, que tantas páginas dedicó a esta ciudad, ¿qué decir? ¿Hay alguna calle dedicada a él? Hay algo vivo en su prosa que difícilmente será igualada por otro autor alguno; su conocimiento minucioso de nuestros clásicos y nuestra tierra —Madrid, Valencia, Castilla...— Incluso cuando se equivoca, ha puesto tanta pasión y sensibilidad al tratar la obra y los autores, que produce en el lector un acercamiento cordial a ellos.



Tomemos, como ejemplo un fragmento de Lo fatal en el libro Castilla: son una glosa o aproximaciones a un soneto de Góngora: «Tiene don Luis de Góngora un extraño soneto en

que lo irreal se mezcla a lo misterioso: uno de esos sonetos del gran poeta en que parece que se entreabre un mundo de fantasmagoría, de ensueño y de dolor. El poeta habla de un ser a quien no nombra ni de quien nos da señas ningunas. Ese hombre de quien habla Góngora anda por el mundo, descaminado, peregrino, enfermo; no sale de las tinieblas, por ellas va pisando con pie incierto. Todo es confusión, inseguridad, para ese peregrino. De cuando en cuando da voces en vano. Otras veces, a lo largo de su misteriosa peregrinación, oye a lo lejos el latir de un can.



Repetido latir, si no vecino,

distinto oyó de can, siempre despierto...



¿Quién es ese hombre que el poeta ha pintado en sus versos? ¿Qué simbolismo angustioso, trágico, ha querido expresar Góngora al pintar a ese peregrino, lanzando voces en vano y escuchando el ladrido de ese perro lejano, siempre despierto? Una honda tristeza hay en el latir de esos perros lejanos, que en las horas de la noche, en las horas densas y herméticas de la madrugada, atraviesan por nuestro insomnio calenturiento, desasosegado, de enfermos; en esos ladridos casi imperceptibles, tenues, que los seres queridos que nos rodean, en esos momentos de angustia escuchan inquietos, íntimamente consternados, sin explicarse por qué».



¿No ha despertado en nosotros un interés ávido de lectura del soneto entero? Gracias a las palabras de Azorín buscamos este texto:



De un caminante enfermo que se enamoró

donde fue hospedado



Descaminado, enfermo, peregrino

en tenebrosa noche, con pie incierto

la confusión pisando del desierto,

voces en vano dio, pasos sin tino.



Repetido latir, si no vecino

distinto, oyó de can siempre despierto,

y en pastoral albergue mal cubierto

piedad halló, si no halló camino.



Salió el sol, y entre armiños escondida,

soñolienta beldad con dulce saña

salteó al no bien sano pasajero.



Pagará el hospedaje con la vida;

más le valiera errar en la montaña,

que morir de la suerte que yo muero.



Hoy conocemos algunos datos que pueden aclaramos el contenido, o, al menos, el motivo del poema. Estudiante en Salamanca, en el verano de 1593, Góngora estuvo gravemente enfermo. Tenía entonces 32 años. Según R. Espinosa, Alonso Martínez, amigo de la familia de Góngora, acogió a éste en su casa. Pudo enamorarse de la hija de su huésped. Perder la vida, morir, son encarecimientos de la pasión amorosa. El final lo revela cuando cambia el tono narrativo en tercera persona por el presente de indicativo en la primera: «que morir de la muerte que yo muero!» Este yo inesperado nos descubre el suceso que se oculta tras la alegoría pastoril: el pastoral albergue, el latir (ladrar) de los perros, el joven vagabundo y enfermo. Sabemos todo esto, y, sin embargo, estas palabras no nos urgirían a una relectura del poema, y las de Azorín sí. Ha devuelto al soneto la frescura y el misterio de lo que está recién creado. Hay una enorme simpatía con el autor.



En 1613, unos 20 años después de escrito el soneto, Góngora comienza la Soledad Primera recordando:



Pasos de un peregrino son errante

Cuantos me dictó versos dulce musa,

En soledad confusa.



¿Sería esta musa aquella beldad en «ropa de levantarse» como se decía entonces y que el poeta

recuerda «entre armiños escondida»?

Pío Baroja

De aquellos albergues pastoriles a las ventas de la novela picaresca hay gran distancia. Pero estas ventas son las que aparecen en Ciro Bayo y en Pío Baroja con un regusto acre y deliberadamente retro. En este tiempo nuestro del lenguaje políticamente correcto es un alivio leer a Don Pío. Hace ya 50 años de su muerte y nadie podrá llevarle ante jueces y abogados por agravios comparativos. De modo que no creo que los abulenses de Candeleda se sientan humillados por la visión paleolítica de una fiesta en el Santuario de Chilla. Se trata, claro está, de dos novelas; una de don Pío, La Dama errante, y otra de Ciro Bayo, El peregrino entretenido. De este último y de su libro El lazarillo español decía Azorín que era en sus descripciones de «paisajes, pueblos viejos, mesones y

caminos españoles» más de fiar que las guías oficiales.



Tanto en la novela de Don Pío como en la de Ciro Bayo los avatares de los personajes son un trasunto del viaje de los dos autores y del hermano de Don Pío, Don Ricardo, cuyo relato es más vivo que el fingido en las dos novelas.



El protagonista y su hija en La Dama errante huyen de Madrid, tras el atentado contra los reyes en el día de su boda y tratan de pasar a Portugal. Los hermanos Baroja van a repetir ese mismo itinerario.



«Pasado mañana —dice Ricardo Baroja a los contertulios— a las dos de la mañana, salimos de

Madrid rumbo a la Sierra de Gredos. Llegaremos al monasterio de Yuste. El que quiera que nos siga. Pero nadie se decidió a cambiar el pavimento madrileño por la carretera».



Habían comprado un burro que atendía por Galán. Al salir de Madrid, «el burro levanta el hocico,

rebuzna, y, dando un corcovo, se derriba en el suelo, las cuatro herraduras al aire». El revolcón del burro es la primera aventura. Se suceden otras muchas fingidas y reales, pero el paisaje es verdadero: «al bajar una colina, apareció un pueblecito. Casas bajas dominadas por la torre negruzca de la iglesia. A nuestra derecha se alzaba la mole gris de la Peña de Almanzor, con los picachos cubiertos de nieve. A la izquierda la llanura se extendía hasta perderse de vista, esfumada en la bruma». La visión de la sierra en la Dama errante es más elaborada, no es espontánea, obedece a las exigencias del relato y al carácter sombrío del autor: «La sierra de Gredos se erguía a la derecha,

alta, inaccesible, como una inmensa muralla gris, sin un caserío, sin una mata, sin un árbol en sus laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al sol»... «A la izquierda, hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por las líneas oscuras de las lindes, los bosquecillos de los árboles frutales y los cerros cubiertos de jara y de carrascas».



En las dos descripciones, a derecha e izquierda se refleja un contraste evidente. En Don Pío, la sombría visión de la orilla derecha se suaviza en el lado izquierdo, señalando bosquecillos, campos verdes y árboles frutales.



Los viajeros de La Dama errante atraviesan, de mesón en posada y en ventas, Sotillo, La Adrada,

Piedralaves, Lanzahíta, Arenas, Candeleda, para pasar sin mucha precisión la raya de Portugal y llegar a Lisboa para embarcar hacia Londres.
 

Unamuno

Otro gran viajero, en este caso él mismo y no sus personajes de novela, frecuenta Gredos; es Unamuno.



«¡Ay que bien se estaba allí, en la riscosa cumbre de Gredos, columna dorsal de Castilla, junto a las

crestas que aserra el cielo, a más de dos kilómetros y medio sobre el ras del mar, viendo ponerse el sol —¡y qué puestas!— a nuestros pies, lejos de estas plazas, donde rompe el rumor de las luchas políticas del día!¡ Ay, qué bien se estaba allí almacenando sol y aire y serenidad y soledad! Pero hay que bajar, hay que bajar a estos llanos y valles en que se libra la batalla!



Hace una docena de años subí a Gredos, acaricié el Almanzor, almacené allí sol y ... coraje y empapé mi alma en la permanencia de las montañas. He vuelto a subir, con doce años más —a mi edad grave añadido a la cumbre de mi vida— y he vuelto a contemplar el mismo mundo».



Tenía 47 años la primera vez que subió y 59 —un grave añadido a su edad— la segunda.



Necesitaba aquella soledad para almacenar coraje que emplear en las luchas políticas el día, también las de la Universidad. No se trataba de hacer montañismo o senderismo a la usanza de hoy. Unamuno recuerda a Senancour y su célebre poema en prosa epistolar Obermann que en su carta VII decía: «No sabría daros una justa idea de este nuevo mundo (las cumbres de los Alpes) ni expresar la permanencia de las montañas en una lengua de las llanuras».



Pero Unamuno no es un romántico como Senancour, ni sus apuntes y anotaciones de viajes Por tierras de Portugal y España tienen que ver con el célebre y hoy olvidado Obermann.



Andanzas y visiones españolas es complemento del libro anteriormente citado. Aquí está la mejor prosa de Don Miguel. Su proximidad al mundo poético que él recogerá en su Cancionero y sus colecciones de sonetos De Fuerteventura a París, cuando pudo evadirse del destierro canario.



Porque él fue por encima de todo un poeta. Algo que ahora se le niega. En verdad se le niega el pan y la sal. Hablar de Unamuno no es políticamente correcto. Este nuestro tiempo es el de los lectores sin tiempo. Tampoco creo que si lo tuvieran leerían a nuestro recio vasco-castellano.



Pero quiero anotar, como cierre de todas estas divagaciones, una de las cumbres de la poesía de

don Miguel. Nadie ha sentido como él el dolor de la muerte de un niño y el dolor de la España que vivió.



En el soneto XCII de Fuerteventura a París: «En el entierro del niño Yago de Luna, muerto de meningitis tuberculosa, a los ocho meses de edad y enterrado en el cementerio parisiense de Pantin, el 14 de noviembre de 1924».



A un hijo de españoles arropamos

hoy en tierra francesa; el inocente

se apagó —¡feliz él!— sin que su mente

se abriese al mundo en que muriendo vamos.

A la pobre cajita sendos ramos

echamos de azucenas —el relente

llora sobre su huesa—, y al presente

de nuestra patria el pecho retornamos.

«Ante la vida cruel que le acechaba,

mejor es que se muera» —nos decía

su pobre padre, y con la voz temblaba;

era de otoño y bruma el triste día

y creí que enterramos —¡Dios callaba!—

tu porvenir sin luz, ¡España mía!



Y apostilla el propio Unamuno: «¡En mi vida olvidaré ese día en que fuimos a enterrar al pobre niño! Era uno de los días en que más me dolía España!».



Y ese dolor se expresa sin alharacas, sin adjetivos, con palabras comunes, en un lenguaje que ronda lo coloquial.



Si esto no le acredita a uno como buen poeta, es que, para los que lo niegan, la poesía debe de ser juego de palabras, logomaquias que ocultan un vacío.



Quizás el comienzo de toda la animadversión a la poética de Unamuno se deba a su actitud ante la

joven poesía de aquellos años, la que hoy llamamos generación del 27. La deshumanización del arte de Ortega y Gasset, «quien siempre entendió bien poco en cuestiones de poesía», según opinión de Luis Cernuda, influyó en los nuevos poetas. Pero esto nos llevaría a tratar de otros asuntos.



Unamuno quedó ahí, como uno de los padres de nuestra poesía contemporánea, junto con Rubén, con Don Antonio. No hay una voz que deba olvidarse. Olvidemos, sí, la proclividad de dar por muertos a los que ignoramos.