domingo, 15 de enero de 2012

OXÍMORON. Meditaciones en torno al fenómeno de la mística (Gozalo Blanco)

OXÍMORON. Meditaciones en torno al fenómeno de la mística

Gonzalo Blanco

(Ávila soledad sonora)



La última edición del diccionario de Maria Moliner al definir el término oxímoron –cuando se combinan dos palabras de sentido opuesto originando un nuevo sentido–, pone como ejemplo la expresión «soledad sonora» y nos brinda, pues, un oportuno pretexto para preguntarnos a cerca de la irradiación social de la mística. Porque una cosa así es lo que habría que indagar y pedir a Ávila en un libro como éste, de la serie Soñando Futuros que desde hace casi una década viene vertiendo sobre cada una de las provincias de Castilla y León, la luz de una mirada atrevida y el aliento discreto de eso que llamamos, con alguna vaguedad, fe en el futuro.

¿Existe hoy la mística o los místicos? ¿Aportan algo sustantivo al tejido social, por ejemplo, como los artistas plásticos, los sociólogos, los creadores de cine y de música, los científicos, los diseñadores de moda? En este reparto de roles y misiones que estamos asignando apresuradamente al personal, a los sabios, a las instituciones, a las capitales, a las naciones, para detener la marea de la crisis y garantizar una  convivencia de personas con derechos humanos ¿son los místicos una fuerza de choque, un cuerpo especializado, una unidad de intervención cuando los conflictos personales, los del alma, etc. adquieren en el colectivo temperaturas de catástrofe? Se atribuye al teólogo alemán Karl Rhaner esta afirmación lapidaria: «El siglo XXI será místico o no será nada» Pero un vistazo a la radiografía de este siglo en que vivimos acongoja. Este caparazón de la globalidad está cruzado por tajazos muy definidores como los grandes grupos armamentistas, la red de multinacionales de productos farmacéuticos, los trusts financieros que hacen, cada mañana, de la masa dineraria del planetaun puro juego de azar, mientras mil millones de personas se mueren de hambre. Por no hablar de esas otras redes opacas pero extraordinariamente activas: los cárteles de la droga, los traficantes de órganos y vidas humanas, las industrias oscuras de la delincuencia organizada, con franquicias en cualquier esquina de cualquier ciudad del mundo. Muchos de los protagonistas de estos ítems visten ternos impecables de Versace, practican yoga, conversan con modales exquisitos y lucen masters de universidades internacionales de élite. Algunos incluso van a misa los domingos y otros tienen escaño en distintos parlamentos democráticos. Es difícil ponerles cara, pero se cruzan con nosotros en el supermercado, en los cines, en los centros de salud. Uno no puede, por menos de recordar la célebre frase de guerra «el enemigo está dentro, disparad sobre nosotros».

Y ya, en referencias más inmateriales, la movilización de emociones y deseos, hablando de esa tela de araña del espíritu sobre la que flotan nuestras vidas diarias, dicen los analistas que esta civilización está severamente contaminada por un materialismo grosero, voraz y reiterativo. Es hedonista y ramplona. Está trastornada por una obsesión de consumo, por una prisa, por un vértigo, por un ir y venir sin rumbo. Y para más inri los tradicionales focos de cordura y luz hacen agua: la clase intelectual se disuelve, la creación de hábitos y criterios de opinión que facilitaban antaño los medios independientes de comunicación, se deshilacha en industrias pertenecientes a escuderías de intereses poco confesables, los artistas, en fin, los creadores, han contraído en su mayoría la fiebre del marketing, la enfermedad de la usura y de la vanidad social. ¿Tienen los místicos una palabra que decir en este barullo?

La mística, lo místico en una primera ojeada es algo acuoso, inmaterial, etéreo y de lindes muy imprecisos. Se resume, todos lo sabemos, en muy pocas palabras: la unión del alma con Dios, de un modo excelso. Ahora bien, nuestras herramientas intelectuales y de interpretación pueden colapsarse pronto ante estos términos. ¿Qué es el alma? Y, sobre todo, ¿qué o quién es Dios, en claves hermenéuticas consensuables?

Sin embargo han existido y están operativos en sus escritos y obras nombres fuera de toda duda, cargados de prestigio y solvencia. Por ejemplo los místicos renanos Maestro Eckhart y sus dos discípulos, Taulero y Susón.. Desde luego, Francisco de Asís y, por supuesto, en clave abulense Juan de Yepes Álvarez y Teresa de Cepeda y Ahumada. O sea, Santa Teresa y San Juan, carmelitas, amigos y residentes en Ávila. Su herencia se percibe en la ciudad en topónimos, en templos, en rótulos de calles, en monumentos. Han creado un ecosistema espiritual, han dado lugar a corrientes de meditación, su memoria ha alentado un sin fin de escritos, de congresos, de investigaciones, han fidelizado en muchos seguidores modos de orar y de inmersión en zonas del espíritu de difícil acceso. Han inventado un lenguaje y han, sobre todo, escrito obras de una suntuosa belleza que forman parte del patrimonio cultural universal. También sus vidas concretas, sus proyectos de cambio social, sus choques con el poder establecido tuvieron un alto precio de persecución, de encarcelamiento, de represión minuciosa. Y sin embargo salieron, al final, victoriosos en sus empeños, gracias a un elan interior, una energía indomable desconocida para la mayoría de los mortales. A esto le hemos dado en llamar mística. Fueron místicos emblemáticos, referenciales, persuasivos y creadores de escuela.

Pero la palabra «mística» es muy vieja y muy polisémica. Esto es lo malo. Tildamos de mística  a una personalidad dulzona, de modales suaves, de mirada vaga, aunque en su alma albergue una ferretería de cuchillos afilados. Y si seguimos con lugares comunes, la mística, lo místico, se asocia en el catálogo de convenciones sociales a una larga serie de productos y servicios afines como el yoga, el mantra, el zen, los numerosos senderos de la verdad, todo el orientalismo difuso, propenso a convertirse en academia, en ejercicios gestuales, en prácticas de salud corporal, en moda efímera. Retractilado en fórmulas, en cursos, en horarios, en métodos, nos bombardea cotidianamente desde cualquier anuncio de prensa, de radio, de tele y de páginas web. Se sitúa exactamente, en la mayoría de las ocasiones, en las antípodas de lo que expresa Santa Teresa de Jesús en el libro de las moradas que implica pasarlas ídem para el acceso a ciertos códigos del espíritu.

En contrapartida, fuera del monopolio de lo religioso se han erguido personalidades que en tareas de solidaridad social o en el mundo creativo del arte, de la literatura, del cine o de la música, en códigos rigurosamente laicos o cívicos han alcanzado grados de vida interior, experiencias de comunión humana, de amor intensamente compartido, gracias a cotas épicas de desprendimiento, de renuncia, de meditación y concentración que también forman parte del patrimonio inmaterial universal.

Pero, en fin, estamos hablando de mística y místicos desde las coordenadas familiares y precisas de Ávila Y aquí, en la ciudad en los últimos años se han creado instancias en torno al fenómeno con entidad social, con cuerpo y piedra, con empleados, con proyectos y programas. Por ejemplo la Universidad de la mística y el Centro de interpretación de la Mística.

Es pregonada dicha universidad de la Mística, en sus papeles de difusión como «la primera universidad del mundo dedicada a la mística». Promovida por el Centro Internacional Teresiano Sanjuanista (CITES), dependiente de la orden de los Carmelitas Descalzos, este edificio, en forma de estrella de mar situado al noroeste de la ciudad, obra del Arquitecto Andrés Perea Ortega ocupa doce mil metros cuadrados, ha costado una docena de millones de euros y. según el director del CITES, Francisco Javier Sancho, cada año se espera que pasen por estas instalaciones entre 2.000 y 3.000 estudiosos de la mística procedentes de todos los rincones del mundo, entre traductores y especialistas en obras de los místicos en general y de los abulenses en particular: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Por otra parte, el CIEM (Centro de Interpretación de la mística), de acuerdo con la literatura que se encuentra en su web «fue creado en 1990 como una Fundación Municipal de carácter no lucrativo por el Ayuntamiento de Ávila, con el impulso de la UNESCO y con la finalidad de contribuir al conocimiento y desarrollo del misticismo como parte de la historia integral de la humanidad. El Centro ha desarrollado sus iniciativas en tres áreas diversas aunque  estrechamente relacionadas: enseñanza e investigación, documentación y publicación y actividades culturales».

Más plural en el diseño de objetivos que la Universidad de la Mística, su abanico de actividades abarca áreas más extensas, colindantes con el famoso diálogo de culturas, con doctrinas y vivencias místicas de otras religiones y creencias, con experiencias monacales no necesariamente cristianas. No desdeña, incluso, un «guiño místico», con su propuesta al río heterogéneo de turistas que cruza con profusión la ciudad de las murallas.

En fin, todo ello, aparentemente, tiene el perfil de una industria de mucho aparato con algunas suntuosidades que, de modo inevitable, nos llevan a establecer comparaciones con los  pucheros de la cocina conventual donde, según Santa Teresa, andaba Dios, con las celdas desnudas y minimalistas de ella y San Juan de La Cruz, con los fríos crudos de la sierra abulense que padecieron, con la austeridad y el desprendimiento de sus vidas. Pero esto no es prejuzgar nada. También Harvard, Yale, Cambridge… son instituciones de mucho rango, carísimas, confortables, de gran convocatoria y han hecho y hacen mucho bien a la humanidad.

Con esto por delante, ante un espejo de tales dimensiones resulta presuntuoso mentar programas o avanzar propuestas concretas en lo que decía al principio sobre la irradiación social de la mística. Doctores tienen el CITES y el CIEM. Pero sí algunas consideraciones que brotan de una curiosidad honesta ante el fenómeno místico, leído en clave contemporánea.

¿Habría que practicar previamente una auditoría al fenómeno de la mística, a sus usuarios, a sus proyecciones? Hay una abundante literatura de exorcistas, impelidos a veces por un agnosticismo beligerante, que reducen esta experiencia a códigos psiquiátricos y/o científicos explicables como neurosis, paranoias, alteraciones transitorias o permanentes de la psique (algunas experiencias de patologías reales o de embaucadores finos han dado pie a ello). Dicho esto, la mística y los ejemplos y obras de los místicos abren un poderoso yacimiento de propuestas por un asunto primordial que interesa a todos: el sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad, la gestión del proyecto personal en que consiste la existencia. Antes, por encima de y, seguramente de modo transversal al magma social en que transcurre, vivir es la construcción paciente de un yo, de vérselas con un destino insobornablemente personal, colmar un intrincado paquete de pulsiones y deseos que conforman nuestra personalidad. Topamos aquí con una de las cuestiones esenciales, radiografiadas y debatidas hoy con mucha minucia entre psicólogos y sociólogos: la categoría de la subjetividad –interioridad, mundo relacional y de dinámicas sociales— que es la cocina donde se guisa, al fin y al cabo, el sentido de la vida. Pues bien, una serie de factores, producto de lo que llamamos postmodernidad –un narcisismo que impregna de modo invasivo los comportamientos y las éticas individuales, la pérdida progresiva de la dimensión pública o comunitaria, la cultura convertida en mero consumo– han empujado al individuo a una especie de autoinmersión en lo más oscuro de su ego, rompiendo los anclajes de la propia memoria y del propio futuro e impulsado a vivir en un «yo múltiple», experimentador de todos los mundos posibles. El resultado se concreta con frecuencia en dispersión de la identidad, en experiencia de un vacío crónico que atenta contra la continuidad misma del sentimiento de la propia existencia. Jacques-Alain Millar ha acuñado la frase de antiamor para definir esa ruptura. Los místicos no disponen de recetas mágicas para esto, pero sí pueden aportar una batería de medios, estrategias y consejos para esta gimnasia insustituible del espíritu.

También para una cultura del cuerpo, de la corporalidad, de sus símbolos y lenguajes sin maniqueísmos atávicos, haciendo una lectura contemporánea de referentes tradicionales como la ascética, la dialéctica de negación y afirmación de si mismo, la hegemonía del yo en el procesamiento, expresión y vivencia de los instintos básicos. Por no hablar del lenguaje comunicacional, de lo que podríamos llamar sintaxis mística, de la inspiración poética, del nexo radical con el arcano de donde brotan la palabras, o ese arrebato crucial que zarandea a los místicos en forma de comunión y unicidad con el todo. Por citar algunos ejemplos.

Tocan a rebato en este escenario en que vivimos. La crisis financiera según un clamor muy difundido y argumentado, es el puro telonero de una crisis de mucha más extensión y gravedad. Es una crisis de valores, una crisis de sentido, una crisis de civilización. Convoca a todos –intelectuales, artistas, científicos, economistas, políticos, líderes sociales— a un reto de cambio de dimensiones desconocidas hasta ahora. En esta catálisis que se avecina yo, desde luego, no dejaría fuera a la mística, a los místicos.

sábado, 14 de enero de 2012

Ávila desde otras miradas (José Luis Pajares)

Ávila desde otras miradas



José Luis Pajares

(Ávila soledad sonora)



Autoexilios y artistas foráneos

Aunque Ávila no se distingue por ser un escaparate de la modernidad en las artes visuales, como ocurre en las grandes urbes, donde una burguesía culta dinamiza las tendencias contemporáneas, este lugar nunca ha dejado de atraer a personajes creativos. Han sido muchos e importantes los artistas, arquitectos o cineastas que han terminado encontrando aquí escenarios y argumentos para sus proyectos personales. Algunos de esos forasteros han acabando tratando este territorio como un espacio propio; tal como nos ocurre también a algunos artistas lugareños cuando salimos fuera y deseamos regresar, para no renunciar a lo que nos pertenece, para volver a donde pertenecemos.

Ese espíritu, aparentemente falto de ambición experimental, propio de una conciencia tranquila que se recrea en la belleza establecida, es el que cautivaba por ejemplo a Jorge Santayana, que venía por Ávila desde el gélido Boston donde se formó intelectualmente. A Santayana no le importaba demasiado el elenco estelar de profesores que componían su prestigioso departamento en Harvard, ni que entre sus alumnos brillasen figuras como T. S. Eliot o futuras mecenas del Cubismo como Gertrude Stein, alma máter de Picasso. Por el contrario, era la sencillez de recursos de este lugar lo que le hacía regresar los veranos, siempre que podía permitírselo. Para él, según cuenta en su primer tomo de memorias Persons and Places, era aquí, más que en cualquier otro lugar de la tierra, donde el filósofo encontraba ese locus standi desde el que contemplar su particular mundo, un mundo que para otros podría ser cuestionado y vetusto, pero que para él era definitivamente eterno.

Goya, que vivió también algunas temporadas estivales entre Piedrahita y Arenas de San Pedro,podría firmar las primeras referencias de las artes modernas por estas tierras. Para muchos de nosotros sus obras son planteamientos definitivamente modernos, nadie discute ya la influencia del aragonés en la contemporaneidad pictórica. De su fácil adaptación da cuenta en las cartas escritas a su amigo Zapater: «...acabo de llegar a Arenas y (estoy) muy cansado del viaje. Su Alteza me ha echo mil amores. He echo un retrato de su Señora y niño y niña, con un aplauso inesperado por haber hido ya otros pintores y no aber acertado a esto… Y (ellos) an sentido tanto que me aya hido que no se podían despedir del sentimiento, y (permitieron irme) con el sentimiento que abía de bolber lo menos todos los años». Al año siguiente, en 1784, efectivamente volvió a Arenas hasta completar 14 obras pintadas allí. Muchas de ellas salieron hacia otros países, de donde no regresarían. Debió verse cómodo el pintor, no sólo por la noble hospitalidad que encontraba en el palacio que Ventura Rodríguez había levantado allí para la Corte, sino también por los paisajes que asomaban por encima de su gloriosa cabeza. Las montañas y estribaciones de Gredos aparecerán después como fondos en varios cuadros y dibujos, señal inequívoca del lugar que ocupaban en su memoria. En el otro palacio de Piedrahita es seguro que pintó también un buen número de obras, aún por determinar. Invitado por la Duquesa de Alba, no le faltaron otras compañías ilustradas, como la del abulense José Somoza.

Para los artistas Ávila simbolizaba intemporalidad, distancia para representar la historia; aquí encontraban resumido lo castellano. Ese consabido «paisaje y paisanaje», del que Unamuno nos habla en sus libros de viajes por estas tierras, se encontraba aquí en cada esquina y tipo del país. Ávila no fue descartada por ninguna visión naturalista, por antagonista que fuese.Los pintores que la retrataban la encontraban colorista o dramática, como Sorolla o Zuloaga; sosegada o desgarradora, al modo de López Mezquita o Solana. En cualquiera de las versiones de Regoyos, Martínez Vázquez, Vázquez Díaz, Beruete, Soria Aedo, Lezcano, Echevarría o Valeriano Bécquer, aparecen visiones sentidas, captadas siempre del natural, sin estereotipos ni clichés deformados. Desde finales del XIX hasta mediados del XX, pocos pintores se resistieron a venir para plantar aquí sus caballetes de campo. Gracias a ellos Ávila fue el más grande estudio bajo el cielo de la pintura costumbrista.

Para algunos esa visión localista solo confirma la vetustez de ciertos artistas españoles de la época, una interpretación acomplejada y falsa. Si realizamos un recorrido por lo que esos mismos temas y escenarios supusieron para otros artistas foráneos, altamente considerados en los textos de arte modernos, si diésemos un somero repaso por Ávila desde otras miradas algunas de esas biografías, veríamos que también esos genios, llegados de lejos, se dejaron seducir por las mismas visiones locales, aun no siendo suya esta ciudad ni haber visto antes nuestros paisajes.

Hasta aquí vino Diego Rivera cuando aún era un joven alumno de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid; en1908, dos años antes de que lo hiciese el propio Sorolla. Su larga visita fue posible a través del pintor Eduardo Chicharro, director de la Academia de España Roma y por aquella época profesor de la de San Fernando en Madrid. El maestro regresaba todos los veranos. Con él solía traer a sus alumnos más avanzados con el fin de iniciarles en el aprendizaje de la luz y el paisaje abulenses. El mejicano, entonces un desconocido pupilo, había venido a España para formarse como pintor y más tarde entrar en contacto con la modernidad europea en París.

Rivera escoge, eso sí, su propia temática; espacios y horas inusuales. Pinta «La noche de Ávila», los caminos del Valle Amblés, las humildes casas que pasan inadvertidas al lado de los grandes monumentos. Como haría Solana años más tarde, huye de esa iconografía onumental para fijarse en la sobriedad de lo popular. Lo humilde era para él mas digno, como motivo, que todos los antiguos templos religiosos o las grandes fortalezas medievales que caracterizan la ciudad. Una preferencia temática que es toda una anticipación de la idea revolucionaria y proletaria que acabaría poniendo en práctica en su pintura mural.

André Masson fue otro de esos artistas reconocidamente trasgresores que dibujaron estos silenciosos espacios. Resulta paradójio que uno de los padres del Surrealismo y la pintura automática, tomase Ávila como alegoría contra la guerra en aquel crispado ambiente, precisamente en la época prebélica de la contienda civil.

La aventura ibérica de Masson comenzó antes, en 1933. Un año después iniciará, junto a Rose Maklés, la que más tarde sería su segunda mujer, un viaje que le traerá de nuevo a la ciudad. Gracias a las cartas que el artista escribe a sus amigos sabemos hoy los entresijos de aquellos viajes. A Daniel H. Kahnweiler, su marchante parisino, le relata sus primeros contactos: «Querido Heini: Encantado más allá de toda expectativa, Ávila, Madrid, el frío de Castilla...» En realidad Masson emprendió aquel viaje huyendo de Francia, como un autoexilio voluntario. Acababa de vivir algunas de las más amargas experiencias de su vida; su ruptura con André Breton y el grupo de los surrealistas, la tormentosa separación de su anterior compañera, Paule Vézelay. El pintor busca un lugar lejano donde romper con la rutina y encontrar una independencia renovada. Ávido de compartir la vida con las gentes que encontraba a su paso comenta: «El pueblo español es tan fraternal, tan cercano a las cosas auténticas, que sólo puedo amarlo con todo mi corazón». Al pasar por Ávila escribe: «Aquí la vida es más tranquila, el color de mis cuadros es diferente de los últimos hechos en París.»

Algo más que color encontró Masson en Ávila para desear regresar insistentemente y seguir recordándola. En junio de 1936 cuenta en otra carta su deseo expreso de pintar la ciudad: «…Iba a emprender un pequeño viaje hasta Ávila para hacer allí unas acuarelas y con la esperanza de renovar un poco mi inspiración, pero la Discordia y el furor me cortaron el camino, pero sigo amando España.» Poco después de comenzar la temida Guerra, comenta desolado: «Es un drama tremendo, el mayor que ha conocido España desde la invasión de los franceses de Napoleón». En octubre, a pesar del riesgo que supone, cumple su anhelo y llegade nuevo a Ávila. La retrata de forma tan impaciente que nos recuerda las alocadas salidas que Van Gogh hacía en Arlés en plena tormenta: «Durante ocho días he recorrido la ciudad y el campo, he tomado muchas notas, he dibujado todo lo que he podido, aunque un viento de Dios caía del cielo y me arrancaba el papel… Este viaje me ha dado un nuevo impulso.»

En una de esas obras dibuja una visión espectral: Fantasma de un burro delante de Ávila. La ciudad no es para él un simple motivo, es el escenario de la sinrazón que en esos momentos se estaba apoderando de España. Un esqueleto con la testa de un asno, camina airosamente ante su panorámica, arrastrando en su marcha una larga capa como símbolo de un poder despótico. «Para mí (el asno) representa la muerte», en alusión a las naciones que a partir de entonces pasarán también a ser dirigidas por «monstruos». Altamente simbólica es otra de sus visiones de la ciudad. Desde el cerro de San Mateo, Masson representa una visión sobrenatural, en la que las torres más altas están a punto de tocar el cielo. En medio de una prodigiosa tormenta la muralla es un cascarón a punto de naufragar, entre el oleaje del campo se divisan un par de iglesias, aisladas como botes; la ciudad recuerda aquel Ávila en el que se sucedían los milagros y los santos. Debió pintar esa acuarela en uno de los momentos que describe en estas líneas: «Para descansar, después de un viaje que me ha destrozado las piernas (hasta el hombre más pobre tiene aquí al menos un burro) he pasado una larga semana en Ávila. Ciudad orgullosa que huele a harina y de vez en cuando el viento de la meseta te trae el olor del tomillo y el grito de las cornejas. Santa Teresa vivía en una buena región: nada le sobra, pero ¡que sólido es, Dios mío! Y no puedo evitar pensar en un monje castellano que me decía: Jesús está en los campos, y yo lo creía.»

Una larga lista de artistas extranjeros pasaron también por aquí para llevarse bien pintado este lugar: Raoul Dufy, que pinto copiosamente la capital y los pueblos de la provincia, Robert-Hubert Crommelynck, Carl Wilhelmson, Paul Chavarel, Yves Brayer, W.Collins, Marius Bauer, Paul de Castro, Hubert Denis Etcheverry, Pryce Weedon, Max Kuehne, Marius Bauer, André Lhote, y una genealogía aún más extensa si se mencionasen las pléyades de viajeros y dibujantes que apuntaron sus obras en pequeños cuadernos de campo, más fácilmente portátiles, pero igualmente sugerentes.

A Sorolla y López Mezquita les tocó primero salir de su país, para regresar desde Nueva York. Ambos pintaron Ávila en algún momento de su vida por encargo del promotor norteamericano Archer Huntington. Sorolla, tras unas cuentas idas y venidas, tomó sus monumentos como emblema más característico de Castilla. En el mayor cuadro pintado a lo largo de su vida, se propuso una colosal composición de más de 80 figuras que tituló La fiesta del pan, una alegoría festiva de aquella Castilla que tenía como bandera el trigo y la harina que olía Masson, pero que era también el germen de la España histórica. Dentro de un conjunto de catorce grandes cuadros, que tenían que ocupar más de 300 metros cuadrados, dedicados a las distintas regiones de España, eligió comenzar por Castilla. El encargo debería haber sido un mural para cualquier otro pintor, pero él, que jamás había intentado otro modo de pintar, lo hizo de única forma que sabía, al óleo. Como preparación, Sorolla tomó del natural varias vistas de la ciudad. Incluyó, claro está, su muralla, pero acabó poniendo una desconocida fuente de las afueras como principal motivo ornamental de la gigantesca obra. Esta ciudad le aportaba más  fácilmente lo que quería encontrar y no hallaba en otros lugares; pero a pesar de esa sintonía el cuadro le costó demasiados esfuerzos. Se trataba de un lienzo de casi catorce metros de largo por tres y medio de alto: «Llevo seis meses seguidos pintando el panel Castilla y estoy un poquitín cansado», se lamenta el artista. Estaba al final de su vida y las fuerzas no le respondían al esfuerzo que requería aquel monumental encargo. En otra carta cuenta: «He pintado todo el día y no estoy contento del trabajo (…) no sé lo que pasa aquí (…) pero atrae la severidad (…) estoy menos animado a continuar en Ávila, me fastidia lo castellano, es demasiado bárbaro». Las fuerzas y la vida se le acabaron nada más terminar la serie, que no llegaría a ver instalada en la sede de la Hispanic Society de Nueva York, al norte de Manhattan.

López Mezquita, sucedió a Sorolla en esa misma institución; sin embargo, él no necesito viajar tan afanosamente como su antecesor para encontrar sus modelos. Aprendida tal vez la lección del maestro, decidió levantar su estudio aquí mismo, a pocos metros de las murallas. De ese modo no necesitaba ir más allá de su puerta. Frente a la casa-estudio tenía los antiguos mercados, veía pasar delante a las gentes vestidas al uso y oficio y también tenía al lado las iglesias donde pasaban a rezar las fervorosas paisanas. Todo lo que necesitaba estaba al otro lado de su tapia. Aquí regresaba desde Nueva York los veranos, pasando largas temporadas al final de su vida. En ocasiones solían venir con él otros artistas o escritores, como José Francés, que aprovechaba la invitación para terminar escribiendo Como los pájaros de bronce, una novela censurada, ambientada en la ciudad e inspirada en los cuadros de su amigo.Tal vez la vista de la muralla atraía al artista granadino como una reminiscencia de su Alhambra natal, o simplemente Ávila estaba más cerca de Madrid, donde personajes ilustres, políticos y toreros le encargaban la mayoría de sus retratos. Lo cierto es que hasta pocos días antes de su muerte persistió trabajando en ese estudio. Intentó hasta el final de sus días cumplir el sueño de levantar un museo que contase, a través de sus pinturas, la prodigiosa vida de Teresa de Jesús, para mayor gloria de la Santa abulense y de su ciudad. No lo consiguió. Tras la desaparición de su estudio, una exposición, fugazmente itinerante, es todo lo que hemos visto pasar de la obra del pintor granadino.

Entre las voces latentes que complementaron a los artistas venidos de Europa, pero acabaron quedándose, Guido Caprotti da Monza es el principal ejemplo. Es sorprendente que procediendo de un país como Italia, donde la belleza hace padecer a cada paso el síndrome de Stendhal, un italiano recalase definitivamente en esta austera y casi abandonada ciudad. El encuentro se produjo una noche nevada en la que su tren no tuvo más remedio que hacer una parada forzosa en esta estación, para él desconocida hasta entonces. La cercana luna llena y la heladora oscuridad, en contra de lo que le sucedía a la mayoría de forasteros, le cautivó desde el primer momento. A partir de aquella primera noche mágica encontró su particular filón, aportando una visión románticamente italiana a las leyendas populares o a las calles menos transitadas, muchas veces pintadas en aquellas mismas noches que asombraron a Rivera. Su fe en este lugar le llevó a rehabilitar uno de sus abandonados palacios renacentistas para convertirlo en casa y estudio, enriqueciéndolo con obras y tesoros hasta su muerte. Prefirió ser enterrado en su ciudad adoptiva, antes que en la Italia que seguía amando.

Zuloaga usó la misma panorámica de fondo para pintar todos sus personajes abulenses. Desde el calvario de los Cuatro Postes da idéntica dignidad al enano Pedro el botero, que al escritor Enrique Larreta, que al mismísimo Jesucristo, que como otro abulense más le hace acompañar en su agonía de lugareños reconocibles. Como buen vasco humaniza a todos por igual, pero escoge esta ciudad santa como el lugar más próximo al cielo. Una visión semejante a la que comparte Gutiérrez Solana. Los devastadores prostíbulos o los lúgubres ambientes que elige en otras ciudades, los cambia Solana en Ávila por atroces procesiones y autoflagelados disciplinantes, sus crucificados son masacrados como si se tratase de una película de Mel Gibson. Solana, sin embargo, se da perfecta cuenta de dónde está, en la cuna de la espiritualidad española, pero no renuncia por ello a la misma visión pesimista que da a todos los lugares mortales; es una oscuridad mortificante, propia de la España Negra, a la que el madrileño jamás renunció.

Por sus películas Orson Welles podría haber sido otro de estos artistas españoles amantes del negro. Tras ser denostado por la industria cinematográfica de su país, se alió en España con el productor Emiliano Piedra para rodar Campanadas a medianoche, una película sobre un texto de Shakespeare, basada en el personaje de Sir John Falstaff. Welles encontró en Ávila los espacios idóneos para rodar algunas escenas. El film es uno de sus más bellos trabajos, a pesar de todas las dificultades personales que arrastraba entonces. Desde hacía tiempo el genio caminaba con una muleta, padecía un trastorno hepático que le obligaba a guardar reposo y los rumores sobre su forma de vida no cesaban. Haciendo de actor y director, y dado el escaso presupuesto, su intuición para seleccionar ángulos y escenarios seguía siéndole fiel. Para los momentos clave le atraen los entornos de San Vicente. Rueda aquí escenas nocturnas en las que se le ve exhalar su aliento sobre la fría noche abulense, mientras su voz, ronca y severa, diserta sobre la humana condición. Welles consideraba esta película como uno de sus mejores trabajos: «Si quisiera entrar en el cielo sobre la base de una película, esta es la que yo había de ofrecer». Años más tarde, en el enigmático documental Fraude, su alter ego nos deja oír en of íntimas reflexiones sobre el engaño que acompaña, en ocasiones, al mercado del arte moderno. Ya al final, en uno de los pocos momentos en que se sincera consigo mismo, explica por qué admira los bellos monumentos antiguos: «Han estado aquí durante siglos. Quizá la mayor obra del arte occidental, y no tiene firma. La celebración de la Gloria de Dios que dignifica al hombre, desnudo, pobre, miserable. Ya no hay celebraciones. El nuestro, nos dicen los científicos, es un mundo desechable. Quizá sea esta la gloria anónima entre todas las demás cosas, este rico bosque de piedra, este canto épico, este gozo, este grandioso canto de afirmación, lo que elijamos cuando nuestras ciudades sean sólo polvo, y que, permaneciendo intacto, indique dónde estuvimos y muestre adónde llegamos».

La ciudad también llamó la atención de algunos arquitectos. Louis I. Kahn, aunque nacido en Estonia, marchó en seguida a Norteamérica, donde compatibilizó sus tareas de diseño con la docencia en la universidad de Yale. Kahn comenzó a darse a conocer en el panorama internacional a finales de los cincuenta, tras la desaparición de Frank Lloyd Wright. En uno de sus viajes a España realiza un dibujo de Ávila, seguramente durante una excursión que emprende por Madrid y Salamanca a principios de los sesenta. Es un sencillo apunte del natural a modo de skyline, en el que añade debajo un breve pero aclaratorio texto sobre la visión que contempla desde las afueras. Para él la ciudad amurallada es una solución sencilla para acomodar a la sociedad y a sus instituciones. No realiza el dibujo para recrearse en la tópica panorámica de postal. La reflexión la hace desde credos geométricos y sociales, encontrando razones prácticas en su diseño. Influenciado por la antigua arquitectura, el modo de construir de Kahn se distingue por sus grandes volúmenes. En contra de lo que buscaban otros arquitectos de su época, construye edificios sobriamente asentados. Pionero en cuestionar el estilo Internacional, defendió el ideal de recuperar formas y evocaciones del pasado. No tiene reparos en declarar la atracción formal que le inspiran las antiguas construcciones, incluidas las de la Edad Media. Es lógico que al encontrarse con esta rocosa y compacta ciudad, lejos de resultarle ajena o anticuada, la alabe sinceramente, haciendo observar su racionalidad y belleza.

Benjamín Palencia, natural de la austera Albacete, vino a instalarse cerca de Villafranca de la Sierra, en la fértil vertiente norte de la Sierra de Gredos. Cuando le preguntaban de dónde salían aquellos campos encendidos que pintaba, contestaba: «Tengo el  estudio en el mismo paisaje, frente a mi casa». Aunque algunos no le creyeran del todo, era de esos cielos y praderas de donde tomaba los violetas, los verdes o los amarillos extremos que aparecen en sus cuadros. Tras fundar la Escuela de Vallecas junto con Alberto Sánchez y otros artistas, el grupo redacta aquel manifiesto que se proponía renovar el panorama artístico español y que apoyaron talentos como Manuel de Falla, Vázquez Díaz o García Lorca. Palencia sustituirá a partir de entonces los métodos y la figura clásicos, por la expresividad con el color más extremo. En otros momentos su empeño por la experimentación le hará emplear elementos fuera de la pintura, materias pobres que recoge del propio suelo que pinta, tierras, pajas o semillas, para someterlos a los mismos procesos que sufren en la naturaleza: la erosión o el fuego que los arrasa hasta convertirlos en rastrojos. En esa etapa experimental juega hasta con el humo, pero con ello no hace sino volver a sus orígenes, a su etapa juvenil, cuando no podía disponer de pinturas ni materiales apropiados y recolectaba cartones o maderas como lienzo, «cuando me valía todo», dice. Para describir sus cuadros habla de lo que ve con sus ojos: «Esas tierras rojas, y las aguas del río que van ya recogiendo el reflejo, que van tomando la coloración de la montaña del fondo, ¡una maravilla!»

Luchó Benjamín Palencia por contribuir al desarrollo de las vanguardias desde dentro de España, sin desvincularlas de lo más propio: «He querido abrir un camino nuevo a la pintura y he dado una nueva concepción del color y del paisaje español, de acuerdo con la pintura del mundo». En este empeño encomiable encontró el apoyo de Eugenio D’Ors, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Dalí o Buñuel. Sus planteamientos renovadores le permitieron llevar su obra hasta la Bienal de Venecia, realizando múltiples exposiciones internacionales. Sin embargo, todo esto no le hizo replantearse nunca emigrar o trasladarse a otro lugar, donde seguramente hubiese encontrado mayor reconocimiento. Aquí trabajó la mayor parte de su vida, que se prolongó hasta los 85 años, dejando una extensa obra que, en parte, quiso donar a los abulenses, creando una fundación para su difusión y conservación. Lamentablemente,como pasó con el legado de otros artistas que tuvieron la misma intención, su colección personal acabó por salir hacia otro lugar donde, ya muerto, apreciaron mejor su talento creativo.

Agustín Ibarrola ha sido el último gran artista foráneo en instalar su obra y su proyecto personal en Ávila.Lo está haciendo sobre un soporte inamovible, los grandes roquedales que caracterizan el paisaje abulense. Abrazado a su nuevo destino, el que fuera fundador en París del Equipo 57, ataca ahora con su pintura colorista y simbólica los grandes berrocales sembrados entre encinas del valle Amblés. «Unas rocas», dice, «en las que cada mota es como un universo que marca las ideas de mi pintura (...) cada piedra es de una forma diferente a las demás y ofrece unas grietas muy particulares, que son líneas con enormes posibilidades para crear conceptos espaciales nuevos».

Conocido por sus coloristas intervenciones al aire libre, se  ha enamorado ahora «de la luz de estos lugares que cambia tanto a lo largo del día, de la arenisca que cae del granito, del pasado celta de estos montes, de la historia de miles de años que albergan». Acogido en este autoexilio por el galerista y mecenas Alfredo Melgar en su finca de Garoza, la determinación del artista vasco le está llevando a intentar, a sus ochenta años, el sueño de promoveruna fundación y un museo que acojan su obra, y sirvan además para reivindicar los valores humanos por los que ha sido perseguido en tantas ocasiones.

Andy Warhol, el controvertido artista que hizo que el arte llegase a todo el mundo, estuvo siempre rodeado de una corte de creadores entusiastas. Lou Reed, Dylan, Mick Jagger, Lennon, John Cale, todos acudían regularmente por su Factory en la 5ª planta del 231 de la 47. Allí había sitio para grandes cantidades de Sopa Campbell, pero también para relajados encuentros sociales, interminables fiestas y momentos desenfadados. ¿Quien no recuerda la famosa serie de fotografías en las que Andy aparece transformado de mujer fatal? En realidad, el autor y el causante de que Warhol se disfrazase para esas instantáneas fue Christopher Makos, un joven provocador, a quien el propio Warhol definió como el fotógrafo más moderno de América. Fue Makos también quien le descubrirá más tarde otros jóvenes talentos, como Jean-Michel Basquiat o Keit Harring.

Makos, siguiendo los buenos consejos de su mentor, se trasladó a París para aprender del mítico Man Ray, comenzando también a cogerle gusto a la forma de vivir entre Europa y Nueva York. A partir de los 80, coincidiendo con la exposición de Warhol en la galería Fernando Vijande, conoce la Movida madrileña, y a partir de entonces se acerca cada vez más a España, donde encuentra esa efervescencia vanguardista que persigue allá por donde pasa. En compañía de nuevos amigos españoles visita algunas ciudades, interesándose por captar retratos de conocidos personajes como Nacho Duato o Almodóvar, pero también escenas cotidianas y paisajes que le ayudan a tener una mirada más completa de lo que descubre. En uno de esos recorridos se acerca hasta Ávila de la mano de sus amigos Manolo Cáceres y José Luis Soldevilla, renovadores artistas de un Pop desenfadado, que disponen de un asombroso estudio a las afueras. Le guían por la ciudad en cada nueva visita, y en uno de esos recorridos José Luis le conduce inesperadamente hasta una antigua iglesia vacía de las afueras. «Allí»,cuenta, «descubrí algo que me resultó sorprendente. Un artista había realizado una instalación multimedia que hacía que algunas de las sofisticadas galerías de Nueva York parecieran ingenuas. Por toda la iglesia había proyecciones de imágenes, casi contrarias al escenario que ocupaban. Una vez más los españoles me habían sorprendido de un modo al que los neoyorquinos jamás se acercaron siquiera». Las fotografías que Makos realiza de Ávila van desde los cubos de la muralla, que él toma deliberadamente inclinados, hasta los desconocidos paisajes del río Chico. Imágenes que formaron parte en 2001 de su exposición Una visión Americana de la Cultura Española en el IVAM de Valencia. Esta particular visión de Ávila viajó posteriormente a otras salas y museos del mundo.

Muy alejado de agitaciones mediáticas, Feliciano Hernández podría ser considerado un abulense nativo por haber venido al mundo en Gallegos de Altamiro, cercano a la capital. Sin embargo, como en el caso de Santayana, su familia se trasladó pronto a otro lugar con más posibilidades para educarlo, en su caso a la localidad madrileña de Navalcarnero, donde actualmente continúa desarrollando su actividad artística y personal. Su relación con Ávila no es directa, pero no por ello olvida sus orígenes. En realidad Feliciano mantiene una vinculación fraternal con todos aquellos lugares que le aporten sensaciones estimulantes: «Cuando me encuentro en una gran plaza y me siento a gusto es porque este lugar es hermoso. Yo desearía establecer una comunicación, con una concepción nueva y actual, en ese momento de  felicidad que uno experimenta en una plaza italiana o en cualquier rincón castellano». El escultor, claro está, habla y concibe espacialmente, también cuando viaja, haciendo de cada nuevo descubrimiento un aprendizaje.

La arquitectura está siempre presente en la obra de Feliciano. Admira los monumentos de la antigüedad y, del mismo modo que lo hacía Kahn, siente también especial predilección por el Románico, un estilo de formas geométricas puras, cuyos volúmenes recuerdan en ocasiones a los módulos que emplea. Si aislamos esos elementos, veremos esa geometría austera, pero vanguardista, que se basa en lo más difícil de lograr, la sencillez.En busca de una constante investigación, su obra, aunque conceptualmente constructivista, no corta la relación con las influencias del pasado o los materiales nobles. En los orígenes de su vocación están las antiguas forjas de hierro, que con la piedra y la madera son los materiales que con más constancia aparecen en su obra, sin descartar el pino viejo que redime de antiguas vigas. Sin embargo, lo que verdaderamente da carácter personal a su obra, lo que la hace fácilmente reconocible, son sus planteamientos dinámicos. El mérito de Feliciano consiste en trasformar la pesadez en ligereza, en elevar el hierro o la piedra a otra categoría nueva. En sus manos estos materiales parecen ingrávidos; sin embargo, la materia nunca oculta su peso. Se necesita ser muy osado y muy cabal para transitar por el espacio con ese equipaje, mover piedras en suelo es arduo, subirlas al vacío requiere un temple de acero, como los cables que suelen sujetarlas. Por medio de esas cuerdas sus piezas se balancean en el aire, pero nunca pierden de vista la gravedad que las atrae. Las composiciones modulares se acoplan en un equilibrio arriesgado, en un desorden calculado. Un punto de apoyo sostiene a veces todo el conjunto, en otras es un juego de tensiones entre los hilos que las sustentan desde el cielo y el suelo que reclama lo que es suyo. Calder hacía flotar sus livianas siluetas, pero nos hacía olvidar la tierra, Feliciano no, él nos recuerda el anclaje que todo ha de tener con lo real; cree que se pueden soñar otras formas en el espacio, pero sin perder la conexión con el esfuerzo que supone construirlas.

Referencia de la escultura de vanguardia en el último medio siglo, galardonado en la Bienal de Alejandría, seleccionado en la de Venecia, su currículo internacional no le ha hecho distinto como persona. Como artista,sin embargo, siempre está evolucionado, para él es importante la relación de su obra con el espectador, con el lugar donde va instalada cada pieza. La dimensión pública de su trabajo le ha permitido plantar su obra por toda la geografía nacional. Su último gran proyecto es el parque-museo al aire libre que lleva su nombre en Navalcarnero. Ahora que otros museos como Chillida-Leku están cerrando –esperemos que por poco tiempo–, es un privilegio encontrar este soberbio conjunto de esculturas, definitivamente integradas en ese «lugar hermoso», que él ha elegido para que experimentemos los momentos de felicidad que el arte nos regala.

No es objeto de este artículo enumerar ni mucho menos estudiar a los artistas  contemporáneos abulenses, para los que Feliciano nos sirve de puente, hay muchos y buenos, tanto consagrados como nuevos valores. Otro tiempo y otro espacio habrá para hablar de ellos. Sin embargo, es de agradecer que los editores de este libro hayan accedido a mostrar un pequeño ejemplo de su obra, incluyendo reproducciones de algunos de sus trabajos como muestra complementaria. A su buen criterio dejo la selección, que nunca será completa.

Indecente (Arturo Pérez Reverte)

 INDECENTE
 (Arturo Pérez Reverte)



Me gustaría transmitirle al Gobierno pasado, al actual, y al que puede venir lo siguiente:

TENGAN LA VERGÜENZA de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicar las comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes 30.01 €, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo. Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía,...y aún no les han abonado la nómina. 

PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.. 

ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignando a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados. 

HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos. 

INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar. 

INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera. 

INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura). 

INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35/40 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo. 

INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.1 

INDECENTE, es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados). 

INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos. 

INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual). 

INDECENTE, es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase)y tarjetas de crédito por doquier. 

INDECENTE, No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que NO se lo bajen. 

INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.

INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO. 

Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que lo regula. 

¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já. 

Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con "cara y ojos" para acabar con estos privilegios, y con otros. 

¡¡¡ Haz que esto llegue al Congreso a través de tus amigos !!! 

ÉSTA SÍ DEBERÍA SER UNA DE ESAS CADENAS QUE NO SE DEBE ROMPER, PORQUE SÓLO NOSOTROS PODEMOS PONERLE REMEDIO A ESTO, Y ÉSTA, SI QUE TRAERÁ AÑOS DE MALA SUERTE SI NO PONEMOS REMEDIO, está en juego nuestro futuro y el de nuestros hijos.


miércoles, 11 de enero de 2012

Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda de la Constitución de España)

Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda a la Constitución)

Pido a cada destinatario que reenvíe este e-mail a un mínimo de veinte personas de su lista de contactos, y a la vez, pedir a cada uno de ellos que hagan lo mismo.

En tres días, la mayoría de las personas de este país tendrán este mensaje. Esta es una idea que realmente debe ser considerada y repasada para el Pueblo.
Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda de la Constitución de España)

1. El diputado será asalariado solamente durante su mandato. Y no tendrá jubilación proveniente solamente por el mandato.
2. El diputado contribuirá a la Seguridad Social. Todo el mundo (pasado, presente y futuro) actualmente el el fondo de jubilación del Congreso pasará al régimen vigente de la Seguridad Social inmediatamente. El diputado participará de los beneficios dentro del régimen de la Seguridad Social exactamente como todos los demás ciudadanos. El fondo de jubilación no puede ser usado para ninguna otra finalidad.

3. El diputado debe pagar su plan de jubilación, como todos los españoles.

4. El diputado dejará de votar su propio aumento de salario.
5. El diputado dejará su seguro actual de salud y participará del mismo sistema de salud que los demás ciudadanos españoles
6 El diputado debe igualmente cumplir las mismas leyes que el resto de los españoles

7. Servir en el Congreso no puede ser vitalicio, no es una carrera. Los diputados deben cumplir sus mandatos (no más de 2 legislaturas), y después tener o buscar un empleo como cualquier ciudadano.

Si cada persona pasa este mensaje a un mínimo de veinte personas, en tres días la mayoría de los españoles recibirán este mensaje.
La hora para esta enmienda a la Constitución es AHORA.

ES ASÍ COMO PUEDES ARREGLAR EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS.
Si estás de acuerdo con lo expuesto, reenvía. Si no, puedes borrarlo.


lunes, 9 de enero de 2012

Ávila y la poesía (Tomás Salvador González)

Ávila y la poesía

TOMÁS SALVADOR GONZÁLEZ



(Ávila soledad sonora)



En el arte, la perfección esteriliza, no sólo no exige continuidad sino que la imposibilita. En poesía, la perfección intimida, extiende la mudez por los alrededores.



Perfecta en su intensidad escueta, en su concentrada delgadez, es la canción tradicional En Ávila mis ojos, y perfecta la música callada de San Juan de la Cruz, así que no es extraño que tras ellos, tras ese inicio milagroso, un silencio atronador cubriera estas tierras durante siglos.



400 años después, un poeta, Rafael Alberti, se atrevió a recrear la
anónima canción (Mi corza, buen amigo,/ mi corza blanca,/ los lobos la mataron….) y su maestría rompió el maleficio que había acallado esta tierra, y la tierra volvió a dar poetas y canciones.



Antes del siglo XX no se puede hablar de poetas, hay que hablar de
excepciones ( José Somoza en la Piedrahíta del XVIII; Eulogio Florentino Sanz, traduciendo a Heine en el XIX), incluso habría que añadir que aquellos que se atrevieron como Unamuno a referirse a la ciudad, a cantarla, no veían en ella nada que no fuera el pasado, el glorioso pasado como un fardo, una pesada nube que gravitara sobre las casas y las gentes ocultándolas.



Tras romperse el maleficio, surgieron las nuevas voces que dieron cuenta de «tantas devastaciones» como si éstas hubieran sido el precio que permitía volver a cantar las humildes cosas del mundo, las casas de los  pobres, el sendero abierto entre los trigos..

Y ahora un grupo de poetas jóvenes y menos jóvenes, ajenos al maleficio, renuevan las canciones y la emoción.



En Ávila, mis ojos



En Ávila, mis ojos,

dentro en Ávila.

En Ávila del Río

mataron mi amigo,

dentro en Ávila.

(Anónimo)



Ávila



Ávila de los Caballeros,

la de la recia monja andante;

castillo interior, torreones

contemplan verdor en el valle.

Tu sede se eriza de almenas

a fuera; por dentro, en el ábside

la sangre cuajó en los sillares

la luz en visiones de tarde.

Sestea los siglos el toro

berroqueño, los trashumantes,

duros rabadanes celtíberos

visitan en sombras errantes

la vieja cañada borrada,

arteria de Iberia en que late

la vida escondida del alma

que al pasar de la mesta pace.

Mira a tu pastor, Prisciliano,

peregrino celta; sus manes

en Compostela reconquistan

la España que en sed de Dios arde.

Ávila de los Caballeros,

hueso de la patria más grande,

le diste, nodriza, tu tuétano,

fuerte leche a la monja andante.



Cancionero

Miguel de Unamuno





Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está ascondida,

que bien sé yo do tiene su manida

aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene,

mas sé que todo origen della viene,

aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella

y que cielos y tierra beben della,

aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla

y que ninguno puede vadealla,

aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida,

y sé que toda luz de ella es venida,

aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosas sus corrientes,

que infiernos, cielos riegan, y las gentes,

aunque es de noche.

El corriente que nace desta fuente

bien sé que es capaz y omnipotente,

aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede,

sé que ninguna de ellas le precede,

aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida

en este vivo pan por darnos vida,

aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,

y de esta agua se hartan, aunque a escuras,

porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,

en este pan de vida yo la veo,

aunque es de noche.



Juan de Yepes (San Juan de la Cruz)





Hay algo de ceniza en el ambiente

que descaece en un ruboso velo;

tintas cárdenas triunfan en el cielo

y un dolor inconcreto se presiente.

La luz desmaya, ríndese y se aleja

por el valle, la loma o la colina,

a la vez que el crepúsculo declina

y el rumorear del río es una queja.

Son un dolor las ramas deshojadas

de los árboles tristes, como un yermo.

En las sombrías sendas desoladas

el letargo del campo nos parece,

como el agonizar de un pobre enfermo,

una cosa que fue y ahora fenece.



Nicasio Hernández Luquero





Las casas de los pobres



La casita de adobe florecía

en su blancura de paloma,

el portalito rojo, el esterillo,

los rezumantes cántaros de barro

y el gato adormilado.

¡Cuántos palacios de éstos

no fueron abatidos por la furia

de la miseria, el hambre,

el agua sola, el rayo!

Los almendrados ojos que soñaban

allí esperanzas, en el huertecillo

con hierbabuena y menta,

el cigüeñal, los brazos poderosos

y el resplandor del blanco

lienzo colgado, o los suspiros.

¡Cuántas puertas golpeadas

como ataúdes rojos de la sangre

del ángel que señaló las jambas!

Vive aquí un pobre, un desvalido,

uno que espera, una muchacha:

no tendrán larga vida.

Y, en aquellos atrases, la campana

de la iglesia ¿qué podría? La cruz

sola de palo donde sereis crucificados

en la cocina con las lágrimas

del hijo muerto en una guerra.

Salobre el pan, pero bendito, compartido

como una Eucaristía, en la tarde

al final de la siega, el ángelus oscuro

bajo el dominio de la luna.

Como una sierra la sombra del tejado,

la estancia fresca, los espectros

y las esperas derramadas como lumbre.



Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano



Invocación



¿Por dónde anduve yo?

¿Por dónde anduve, que no hallo

las quejas de mi infancia o gritos

con olor a esparto y a canela?

Junto a la cordonería vi unos ojos

y creí a la campana;

apoyado en la columna

de la izquierda supe

que los humanos mueren.

Mas mi caballo de cartón tan blanco

¿por qué ya no relincha?

Y ni la sombra azul de las arcadas

me da frescor. ¿Por dónde anduve

con mi cabás a cuestas y mi muerte?

Ni de Juan de Yepes, nada sabes,

plaza de soportales,

¿qué has hecho de mi infancia

y de la suya?



Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano





En Ávila la piedra tiene cincelados pequeños corazones de nácar

y pájaros de ojos vacíos, como si hubiera sido el hierro martilleado por Fancelli

buril de pluma, y no corre por sus heridas ni ha corrido nunca la sangre,

lo mismo que de los cuellos tronchados sólo brota el mismo mármol

que se entrelaza al borde de los dedos,

en un contenido despliegue de pétalos y ramas,

en delgados cráneos, casi transparentes en la penumbra de las bóvedas,

que conservan la ligera sombra azul de los ojos, yertos en las raíces de la lluvia,

la morbidez, las redondas mejillas de los niños nacidos al mármol para la muerte,

los senos vagamente estériles de las Parcas diluidas en rígidos ramos de volutas y frutos,

el doloroso latir de las irisadas tibias sobre los cojincillos de mármol, ondulados

como para ofrecer un reposo caliente y amortiguar la delgadez helada

de esa mano de ámbar que acaricia con el pausado ritmo de la lluvia

la cabeza de un perro también muerto en la piedra,

muerto en la piedra junto a unos dedos y un cuerpo demasiado hermoso para haber vivido,

muerto en la piedra mientras se escucha brotar hacia la tumba

toda una inmensa vegetación de alas.

Luego, por la ciudad, tiene la noche

un lejano horizonte de olivos y acaso alguna ermita

entre las llamas color de cardo que suben hasta las figurillas de bronce de las fuentes,

los jirones de almenas lamiendo entre la noche el torturado brazo de las norias,

los jirones de almenas ardiendo como un turbio

arroyo, entre el helado crepitar de las fuentes,

entre el resbaladizo gotear, en el aire

de la estepa, del sordo sonido de los siglos.

A pesar de la noche, es imposible

reconstruir su muerte.

Ir ensamblando antiguos inciensos y sudarios,

medallones, y viene hasta mí el golpeteo

de un caballo en los lisos espejos de la noche,

es imposible, nadie sabrá, ni esas raíces

ni esas pequeñas uvas de humedad y salitre,

ni ese tenue azabache como el salto de un pájaro

que al trasluz se desliza, en los atardeceres

al fondo de la carne de los ángeles muertos en el mármol.

Hay algún bar abierto en donde suena un disco.

Es tan vasto tu reino que no puede llenarte,

pero yo sé que nada hay de ti entre tus libros,

en tus palabras, nada puede saberse, nada puedes mostrar.

También tú has recibido la oscura herencia de un inmenso dominio inaccesible

que no tiene ni principio ni fin ni esperanza en el tiempo.

Pero hoy algo renace en las pequeñas flores de óxido de las órbitas vacías,

levanta por entre los hacinamientos de escorias ecos y presencias de pájaros ,

transcurre con un ligero temblor de alas por los delgados caminos de la sangre, despierta

amortiguadas voces al fondo de los cuerpos, inicia

los ahogados latidos de los fríos corazones de hierro.

Por eso, entre el inmenso latido de la noche,

elevado entre un rumor de vides húmedas, es triste

no tener ni siquiera un puñado de palabras, un débil

recuerdo tibio, para aquí, en la noche,

imaginar que algún día podremos

inventarnos, que al fin hemos vivido.



Dibujo de la muerte

Guillermo Carnero



Al mediodía torna la inocencia

de los pájaros. Luego, al volar, se derrama

la tímida caricia de ese vuelo

redondo como el mundo, tan redondo

como un labio o un sol. Cuando atardece

retorna ya la sombra de sus alas

al silencio, nido escaso de amor,

tal vez penumbra,

oscuridad por donde asume el tiempo

la noche que esclarece

en su abandono.



Material reservado

Jose Mª Muñoz Quirós



Volver a Langa



¿En qué lugar de los que habré vivido

quedará la memoria cuando muera

si no es en ti, que no eres sino ensueño?

Escondida mi infancia entre los hoyos

del pradillo, los muelos de las eras,

las tardes acortadas de setiembre,

la vuelta a casa siempre con cansancio.

Tu nombre señalado en piedra blanca

por días imborrables. El dolor

de mis muertos y la esperanza viva

entre el aprecio y el desprecio necio.

Volver a Langa por aquel sendero

abierto entre los trigos cuyo aroma

hermana con el mío otros destinos.



Jacinto Herrero



El miedo



El miedo a los seis años

era un cuarto lejano,

un recinto cerrado y tenebrista

con prestigio de infierno

y un viejo sin edad

que dormitaba junto a un perro agónico

bajo los soportales;

a los doce su miedo

habitaba en los libros,

igual que fotogramas de holocaustos.

El miedo en la veintena

fue aquel tiempo confuso

de amarse bajo el cielo,

ese rumor de trenes que enlazaba

la ausencia y el deseo;

a los cuarenta y ocho fue su miedo

un espacio interior, claudicaciones…

Tuvo más miedos: al cumplir cincuenta,

a los setenta y tantos,

cuando no tuvo edad

y en una larga noche

asmática y feroz,

apareció en la sombra encanecido

aquel miedo inasible de seis años.



Un país lejano

Jose Luis Morante



Órfica



Andaba cantando

sobre cierta prisión que duele

al alma. Y un volar

que no acaba, un no morirse.

Se estremecieron los fantasmas

de Homero,

Eurídice con ellos.

Si enloqueció

de amor tened en cuenta

que el alma se le fue

con ella,

y que las cosas

suelen entre sí consolarse.



Fernando Romera

Brigo, hijo de Túbal, el viajero

que lleva en sus alforjas las leyes

y los dioses, te conjuró en lo inefable

del silencio y te dio un nombre,

una ofrenda que alimenta a lo invisible.

Llegó a las orillas vírgenes del río

y escuchó las voces de los bosques,

el metálico repicar de las encinas

y la chicharra al sol canicular.

Le estremeció la bruma en los inviernos,

el silbo de la brisa entre las cañas,

el salterio del agua en los arroyos…

Entre la arcilla informe sus sentidos

hicieron un nombre, como un eco

a las voces de la tierra:

Aebura, Lívora, Medina Talavaira.

Y lo entregó a la mudanza de los labios.



La Ciudad y la Reina

José Pulido Navas



Traigo en el antebrazo

un silencio rural tejido de nieve,

la clara sombra del roble,

la barba helada del piorno

en la noche del Valle Amblés.

Una encina verdinegra a la boca de la aldea.

La impronta fosilizada de una herradura que brilla:

luz deshilvanada de frío,

estrella de los arrieros,

querencia del zorro,

rueda de carro engranada

que surca el cielo de la vaca,

luna clavada sobre las sierras de Ávila.



Hojas de lluvia

Santos Jiménez



Volvía un rebaño de ovejas

por la estrecha carretera.

Malva el frío de anochecer,

la soledad de los árboles, malva.

Saltaba, gozosa, el agua

en la acequia del riego.

El pastor iba a caballo.

El caballo espumaba.

Todo era polvo y esquilas.

Las esquilas, al pasar, ramoneaban.

¡Cómo olía el pateo del rebaño

a tomillo y a majada!

Una oveja franciscana,

cojeando,

imploraba más calma.

Juraba el pastor desde su altura.

Los perros, contagiándose, ladraban.

El frío de anochecer era malva.

¿Por qué reía la luna?



Esa luz que el aire tensa

Antonio M. Herrera



Sus recuerdos tienen el volumen exacto de esa casa a punto de ser

demolida. La ciudad de su juventud era un lugar glorioso. La vejez

de la piedra no saltaba a la vista entre el frío general que lo cubría

todo. Al alcance de la mano, un muestrario de deseos. La ingenuidad

y la fortaleza, el imán electrizante del sexo y la resaca de una semana

lectiva, el olor de la gasolina y la luz del filamento de una bombilla de

40 vatios, la mentira y la necesidad, el apremio del aire afilado y las

migas esparcidas por el mantel de hule, lo que era posible y se hacía

realidad y el rumor muy lejano del futuro, todo asoma de improviso

desde el fondo de la piedra.



Acotaciones

José Antonio Sáinz



Cierra el portón

1

Cierra el portón

no aparezca la nieve con su cara redonda.

La rueca hila en delgados suspiros

el estallido de la lumbre en la chimenea.

Paz en la frente rodada

de la anciana hiladora de cuentos.

La sabina nevada del patio blanco,

la ventana cerrada, el reloj de arena.

2

Atmósfera blanca de los cuentos.

El fuego ya ha recogido la primera palabra:

cereza herida por la mano de un niño.

Recibe la ofrenda del hilo y la hoguera,

de la rosa que plantó en tu memoria

el polen del tiempo de las flores.

Recibe el canasto de verdes racimos

y no abras a ningún lobo de blancas pezuñas.

Daniel Noya Peña

¿De dónde la palabra

podrá sacar su fuerza y definir la noche?

¿Y cómo contemplar el ciclo de la nieve

que borró las pisadas de los últimos días?

Tantos pájaros buscan una sola presencia,

un refugio sin sombra para ser habitado

y no encuentran la rama

ni el sendero de siempre

que indicaba seguro el final de la búsqueda.

Todo así se transforma.

Como cada sentido consagrando su fin

a una escritura abierta, o un ángel que imagina

adentrarse en el mundo y sentir las miradas.



Silencioso aleteo

David Ferrer



Charco de las paredes



Pero mujer, gritaba

el muchacho a lo lejos,

y se reía antes de volver a nadar.

Ella nadaba

sin detenerse,

sin volver ni sumergir la cabeza,

con el miedo de los segundos,

cada segundo,

persiguiéndola. Sólo

rompió a llorar

fuera del agua,

se abrazaba a su profesora,

balbuceaba

sin darse a entender.

Nada, decía a brincos

y secándose con las manos

el muchacho,

no ha pasado nada de nada,

una culebra,

bueno, una culebrina

de agua, preciosa,

entre nosotros,

en su hombro.

Ella no dejaba de hacer pucheros,

y rechazaba sus caricias

cuando él decía la palabra

culebra.

Pero mujer…

y sonreía mirándonos



Telmo Serrano