En estas horas inmediatas al anuncio de los resultados electorales he venido oyendo tantas tonterías
que, más que escribir una columna, me gustaría poner a los lloricas de cara a la pared para que
se lo piensen bien antes de hablar.
A ver, ¿qué esperaban muchos de los ‘voxeros’ que veo lloriqueando por las esquinas? ¿Qué ganara
Santiago Abascal por mayoría absoluta en las primeras generales a las que se enfrenta con alguna
posibilidad de pisar el Congreso? Lo del pensamiento Disney, ¿no era un defecto de la izquierda?
Vox ha sacado 24 escaños. Ve tú con una máquina del tiempo y díselo a los ‘few, happy few, band
of brothers‘ que se reunían en casa de alguno de ellos después de las elecciones inmediatamente
anteriores: iban a agotar el champagne de varios Mercadonas. Y, por supuesto, no entenderían
las caras largas.
Veinticuatro escaños. El partido universalmente demonizado, el partido imposible, el fascismo
redivivo que nos iba a quitar el voto a las mujeres e iba a empezar a fusilar a los homosexuales,
según la propaganda. En serio, chicos, este resultado es una maravilla, se mire como se mire, en
este momento y con los bueyes que hay que arar. Dejad de ver Juego de Tronos, que os nubla
el entendimiento.
Otra cosa: ¿qué no se entiende de “la larga marcha por las instituciones”? Imagino que “larga”,
que eso de no tener lo que se quiere aquí y ya es cosa que frustra mucho a la generación de la
autoestima y el “puedes conseguir lo que te propongas”. Si, digamos, Vox hubiera conseguido
más votos que Ciudadanos y PP, creedme, íbamos a tener un problema serio. Liderarían, en el caso
óptimo, una coalición fragilísima que se iba a llevar todas las bofetadas -entre otras, la de la
recesión que ya asoma- y que probablemente no podría responder a los enormes retos.
Os lo tengo dicho: es la cultura, no la política. No se puede gobernar a contrapelo de la
cultura, en contra de lo que ‘todo el mundo’ -todo el mundo que cuenta, para empezar-
da por descontado a estas alturas. Antonio Gramsci, más listo que un ajo, elaboró toda una
estrategia sobre esta idea y ha triunfado en toda la línea. Lo llamó, como digo arriba, ‘la larga
marcha por las instituciones’, y, sí, es larga e ingrata, pero funciona.
Es decir, lo que hay que cambiar es la cultura, lo que se da por bueno y lo que se considera malo,
con un guión que cuadre y atraiga. Eso, por supuesto, se puede hacer con más facilidad desde el
poder, pero no se hace por decreto y contra todos los demás poderes. Se necesita paciencia, y de
eso andamos justitos.
Una tontería mayor: la unidad de la derecha. Me he hartado de oír y leer que Vox es el culpable de
que haya salido Sánchez, que ha roto ‘la unidad de la derecha’ y que esa ‘derecha’ hubiera obtenido
mayoría absoluta si hubieran concurrido juntos Vox, PP y Ciudadanos.
¿Quién ha dicho que la prioridad absoluta es “echar a Sánchez”, cuando sabemos que la anterior era “echar a Zapatero” y, conseguido por el PP con mayoría absoluta, se dedicó a consagrar todas las leyes de Zapatero?
Ajá. Veo tanta contundencia en esas afirmaciones -a veces, en reproches de ácido sarcasmo:
“estaréis contentos, votantes de Vox…”- que supongo que cualquiera de ellos podrá responderme
a la más sencilla de las preguntas: ¿qué es “la derecha”? Si están tan seguros de que Vox ha roto su
unidad, imagino que lo tendrán fácil para explicarme qué es, en qué consiste, cuáles son sus pilares
básicos, los principios que la definen. Venga, espero.
Vale, yo también soy ‘moderna’ y tampoco estoy dispuesta a esperar: NADA. No hay nada que
defina ese término, sino la posición relativa en un espectro cambiante. ¿Quién ha dicho que la
prioridad absoluta es “echar a Sánchez”, cuando sabemos que la anterior era “echar a Zapatero”
y, conseguido por el PP con mayoría absoluta, se dedicó a consagrar todas las leyes de Zapatero?
¿Alguien me puede mostrar en qué puntos importantes, de peso, indudables, está Ciudadanos más
cerca de Vox que de el PSOE? Ellos mismos se definen de centro-izquierda, una definición que
ha usado con frecuencia el PSOE.
La respuesta obvia es que no, Vox no ha roto ninguna supuesta unidad. Que una mayoría de
sus votantes, incluso de los que no llegaron a votarles por un temor de última hora, no veía en
el partido verde una formación que tuviera contento al Ibex (¿sería eso una definición aproximada
de la derecha en la que están pensando?), sino que defendería principios que hasta ayer eran
comunes a todos o casi todos los partidos y hoy son anatemas tanto para el PP como para Ciudadanos.
Venga, vamos todos a calmarnos y que cada uno cargue con sus propias culpas.
La proyección del término “manada” sobre los casos registrados de violación en grupo tiene efecto
espejo: la idea de la comisión de este crimen se vuelve sobre ellos como un hecho probado.
Han sido condenados por dos tribunales, lo cual refuerza la idea de que son culpables. Pero la
condena no es aún firme, por lo que debemos aún considerar la posibilidad de que sean
inocentes. Y ni siquiera el convencimiento moral de un periodista es suficiente para condenar
a nadie. Esta referencia de Escrivá a la “manada” pertenece a ese proceso extrajudicial que ya
vimos en aquélla portada del diario ABC titulada “La mirada del asesino”.
Con todo, el reportaje está muy bien hecho y es interesante. Dice la periodista que “es un fenómeno
del que se desconoce su verdadera dimensión” y sugiere que el Gobierno recabe “estadísticas
específicas”. Creo que su sugerencia se queda corta, y que lo deberíamos es contar con estadísticas
que recojan todas las dimensiones del crimen. Con ellas, expertos, universidades, centros de
estudio y periodistas podrían participar en un debate sobre la cuestión sin dar pábulo a
las declaraciones puramente ideológicas.
Dado que no viven en España un 69 por ciento de inmigrantes, es obvio que hay una sobrerepresentación de extranjeros en las estadísticas de violación en grupo
Una de las vetas de ese debate ha de recaer sobre la inmigración. El reportaje menciona una fuente
de datos, geoviolencia sexual, que habría recogido 15 casos de violaciones en grupo en 2016, 14 en
2017 y 59 en 2018. El Instituto de Ciencia Forense y Seguridad señala que el 31 por ciento de los
hombres que violan en grupo son nacionales, lo cual deja el 69 restante (y no el 49, como ha puesto
en un aparente error tipográfico), para la comunidad extranjera en nuestro país. El 22 por ciento
son magrebíes.
Dado que no viven en España un 69 por ciento de inmigrantes, es obvio que hay una sobrerepresentación
de extranjeros en las estadísticas de violación en grupo. Lo cual suscita tres consideraciones. Una de
ellas es que los inmigrantes no son meros números, sino que son personas; personas reales, tal como
denuncian una y otra vez las ONGs preocupadas por la inmigración. Personas reales, con sus
propios valores y con su cultura. Y también con su edad media, que no es lo mismo una persona
de 25 años que otra de 55. Esto lleva a no pocos, incluso a quienes se reconocen como católicos,
a rechazar la inmigración. Creo que el camino no es cerrarles el paso, sino echar a quien no
cumpla la ley. La segunda consideración es que no sabemos qué porcentaje de los nacionales
son extranjeros nacionalizados. Y la tercera, que estas estadísticas no demuestran que los extranjeros
violen más que los nacionales, sino que recaen más en las violaciones en grupo, una práctica
criminal que, hasta donde yo sé, es extraña a nuestra cultura.
Toda consideración hacia las culturas de quienes vienen a nuestro país no debe impedir qué
estamos haciendo con la nuestra. Hemos asumido, tras un esforzado y sistemático empeño de
la vanguardia moral de la sociedad, que sexo y familia son dos conjuntos disjuntos y que la
liberación personal iba asociada a la satisfacción. Me parece hipócrita escandalizarse cuando
vemos que una parte de nosotros lo asume con naturalidad.
Los escuálidos resultados de los partidos españoles, Ciudadanos, PP y Vox, en las pasadas elecciones demuestran que la paciente labor de zapa de los decenios de gobierno autónomo ha tenido éxito, que hoy Cataluña es un país ajeno y que esforzarse en derrotar políticamente a los separatistas es arar en el mar.
Hay ciertos asuntos políticos que se tratan a puerta cerrada, pero a los que jamás se les saca de su ámbito cerrado, iniciático, conspirativo. Sólo en medio de un conventículo de plena confianza, casi herético, se pueden afirmar ideas tabú que provocan un airado rechazo externo, pero también un asentimiento tácito entre los más lúcidos. Uno de ellos es el que se deriva de esa derrota permanente de España que es el problema territorial, cuyo caso más grave es Cataluña.
La filosofía oficial del régimen del 78 se deriva de la "conllevancia" orteguiana: Cataluña es un mal de la patria, una tara que se debe aguantar de la mejor manera posible y con un fatalismo estoico. Gracias a la "conllevancia" de estos últimos cuarenta años, el problema no se ha contenido, sino que ha crecido de forma incontrolable, hasta provocar un intento prematuro de secesión. Muestra de este "éxito" del régimen, después de todo el esperpento de estos dos últimos años, es el voto mayoritario del electorado catalán en las recientes elecciones, donde los independentistas de ERC —cuya cabeza de cartel era ni más ni menos que Rufián— han logrado un triunfo que se complementa con el de los separatistas más timoratos del PSC. Los escuálidos resultados de los partidos españoles, Ciudadanos, PP y Vox, demuestran que la paciente labor de zapa de los decenios de gobierno convergente ha tenido éxito, que hoy Cataluña es un país ajeno y que esforzarse en derrotar políticamente a los separatistas es arar en el mar. Sobre todo cuando la izquierda, desde el PSOE hasta Podemos, ha declarado por activa y por pasiva su propósito de acabar con España como Estado unitario.Que todo esto es culpa del abandono de los gobiernos de Madrid: seguro. Pero, aunque acertemos en la naturaleza de la causa, no se puede obviar la realidad: Cataluña ha dejado de ser España a efectos prácticos.
Esto viene de muy lejos. Conviene tener en cuenta que esta región es nuestro flanco débil desde hace cuatrocientos años, muchísimo más que el País Vasco, con el que, pese a todo, existe una suerte de afinidad de caracteres. La zona siempre fue un foco de conflictos: no se puede olvidar la puñalada por la espalda de 1640, cuando la traición de los catalanes arruinó el esfuerzo del Conde-Duque por estructurar una monarquía más equilibrada, justa y eficaz. En el último siglo, desde Barcelona sólo llegaban malas noticias: Semana Trágica, pistolerismo, balconada de Companys o el circo de Puigdemont, Junqueras y demás cómicos de la legua. La ciudad condal ha sido un foco de infección en el cuerpo de España, un cáncer cuya metástasis comenzó con los anarquistas y el separatismo bizkaitarra de Sabino Arana, quien se inspiró en Cataluña para fabricar su engendro ideológico; hoy continúa con el predominio incontestado de la izquierda más extrema en las Ramblas y con el virus del secesionismo expandiéndose por Baleares y Valencia, gracias a la debilidad congénita del régimen del 78 y al apoyo de la progresía supuestamente "española" y que ya no lo es, que dejó de serlo en los años sesenta. A ver si nos vamos enterando.
Si queremos una España fuerte, homogénea y respetada, no podemos seguir enredados en esta madeja de pleitos infinitos que nos aboca a vivir en una crisis perpetua. Mucho mejor que nosotros, los secesionistas son plenamente conscientes de que el régimen del 78 está faisandé. Su inteligencia política les ha facilitado, además, convertirlo en su tributario. El mantenimiento a todo coste de una unidad administrativa de España no puede ocultar su fractura como nación. El galimatías autonómico ha debilitado a las regiones que forman el núcleo castellano del Estado, demasiado pobres e insignificantes como para poder estructurar en el ámbito de su territorio un movimiento eficaz de autodefensa. Sin embargo, los periféricos del Ebro para arriba sí pueden conformar sus pequeños hechos diferenciales e imponer exigencias cada vez mayores a Madrid gracias a su prosperidad económica y a las sólidas minorías separatistas en el Congreso. Cada vez más, los gobiernos centrales les ceden mayores espacios de su precario poder. La Constitución del 78 ha establecido un Estado lábil, que sobrevive porque ni a los secesionistas más inteligentes ni a la Unión llamada "Europea" les interesa una balcanización de la península. En el caso vasco y catalán, su permanencia en el orden constitucional se fundamenta en la laxitud con la que se les permite violarlo y en que es más rentable para ellos disponer de un tributario colonial al que tener avasallado políticamente, que correr el albur de una independencia en la que, como consecuencia lógica, España quedase fuera de su control.
Resumiendo: mientras sigamos aferrados al embeleco de un imposible patriotismo constitucional, estaremos matando a la verdadera España. Cuenta el mito que los cretenses tenían sometida a Atenas y le exigían un tributo de cien mozos y doncellas que eran sacrificados anualmente al Minotauro. Fue un audaz príncipe, Teseo, quien se introdujo en el laberinto en el que vivía el monstruo y lo aniquiló. Luego, condujo a los supervivientes de regreso a Atenas, abandonando para siempre Creta. Ya es hora de que reconozcamos que la única manera de sobrevivir en el laberinto es escapando de él, buscando la salida y acabando con el minotauro separatista de un buen golpe. Por desgracia, es precisamente eso lo que le niega a nuestra patria el Título VIII y el resto de la legislación constitucional.
La rebelión del Centro
Dejemos de engañarnos a nosotros mismos: en los últimos cuarenta años Cataluña y Euskadi se han conformado como naciones mientras España se ha deshecho como Estado unitario. Es España la que debe renacer y nunca lo hará bajo esta Constitución. El rotundo fracaso al aplicar el artículo 155 lo demuestra. Muchísimo menos se producirá la salud de nuestra patria mediante una vuelta al Cantón de Cartagena, como propone la izquierda y aplauden los separatistas. La idea de España es unitaria por naturaleza, por genio y por vocación. El bello ideal de los Austrias de unir lo diverso, el E pluribus unum, fracasó para desgracia de todos. El enemigo lo sabe y entiende perfectamente que nuestra resistencia a aceptar la realidad será siempre su fuerza, porque nos impedirá tomar las medidas adecuadas en defensa de nuestros intereses. Lo que se ha formado al otro lado del Ebro son dos formas preestatales enemigas y parasitarias, de las que debemos defendernos y que pretenden aniquilar cualquier posibilidad de un Estado fuerte, creando una confederación de taifas "plurinacionales", inoperantes y empobrecidas. El peor peligro para el futuro de España no es la secesión, sino el envilecimiento del país en una pseudonación de naciones, que es una contradicción en sus propios términos y cuyo destino es el caos burocrático y económico y la disgregación política en cacicatos autónomos. El daño que a nuestra nación le provocará un esperpéntico proyecto confederal, en el que las dos regiones separatistas tendrían aún más privilegios de los que gozan ahora, hace preferible el divorcio a un matrimonio ruinoso. Ellos ya han roto sus lazos emocionales y han destruido e infamado todos los recuerdos de nuestra amarga y fracasada coexistencia. Apliquémonos la lección, porque durante demasiado tiempo hemos hecho el bobo. No tiene sentido ni es digno seguir con la fracasadísima política de seducir a los separatistas, de enamorarlosde una España a la que cada día odian más.
El peor peligro para el futuro de España no es la secesión, sino el envilecimiento del país en una pseudonación de naciones.
Los estupendos resultados de VOX en las dos Castillas, Extremadura, Andalucía, Aragón y Murcia, demuestran que el hecho nacional español disfruta de una excelente salud en esas regiones y que si éstas se unieran en una sola entidad política homogénea, centralizada y fuerte, podrían acabar con el dominio abusivo y los privilegios coloniales de los que disfrutan los separatistas periféricos: ese poder que les permite hacer mangas y capirotes con nuestro país, al que detestan y odian, pero en el que intervienen y mangonean como si fuera un cortijo de señoritos absentistas, cuyo mayordomo es el PSOE y cuyos manijeros y gañanes somos nosotros, los contribuyentes sin ninguna garambaina foral que nos proteja. Para que esa unidad territorial del Centro se produzca, hay que crear un nuevo orden político. El fetiche del 78 no vale. En 1866 Bismarck, con muy buen criterio, separó a la conflictiva y plurinacional Austria de Alemania. Prefirió un Reich bastante homogéneo a la ineficiencia de una nación de naciones. Hizo muy bien. A nuestro tiempo corresponde crear una nueva estructura política para la nación española, aliviada de los lastres del pasado. Por desgracia, la solución ideal, el foralismo, sólo es una bonita reliquia para el estudio de los eruditos. El cemento del Trono y el Altar, el que forjó la mejor España, ya hace tiempo que se desintegró.
VOX tiene varias ventajas en estos momentos: cuatro años de tiempo para madurar y definirse, una importante representación política y la capacidad de hacerse oír en todos los foros. El proyecto de la formación presenta varias taras que se pueden subsanar en esta legislatura: la principal es la delirante estrategia económica trumpiana, que en un país como España está abocada al fracaso por el rechazo de las clases medias y bajas. Aquí no existe ninguna poderosa sociedad civil y elpapel social y económico de lo público es básico, y eso no es por capricho de los políticos, sino porque nuestra estructura cultural y sociológica es muy diferente, por fortuna, de la anglosajona. Es antropología, no economía. De hecho, el elemento clave de la política española es el control de los fondos estatales, con los que todo es posible. El papel de VOX podría ser esencial durante estos años si se convierte en el defensor de los intereses del centro contra las rapiñas de la periferia, si asume en la España española el papel que PNV y ERC ejercen en la "España" antiespañola. En favor de esta política cuenta la dialéctica amigo-enemigo que el separatismo ha impuesto y que dará el triunfo en la España leal a quien se proclame enemigo de nuestros enemigos. Por otro lado, en los territorios periféricos, VOX se podría consolidar como reducto, como el defensor de las minorías españolas.
El agravio territorial es uno de los males de la patria que exige remedio. Los privilegios del Norte machacan al Sur y al Centro, que quedan sometidos a políticas que no cuentan para nada con ellos. Si no quiere reducirse a un partidito de extrema derecha patriotera, VOX haría bien en defender esa justa causa, la de la lucha de las regiones oprimidas contra las privilegiadas. En el Centro, sólo Madrid tiene la entidad suficiente como para contrarrestar el poderío económico de los periféricos. Andaluces extremeños, castellanos, manchegos, murcianos, aragoneses, asturianos, cántabros... Hay una España leal y decente, callada y respetuosa de las leyes, que no ha obtenido nada pese a cuatro décadas de buena conducta. Sin embargo, los que un día y otro pisotean el orden político se ven recompensados con generosidad y vileza por un Estado débil, cobarde y felón. ¿No es hora de acabar ya con todo esto?
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