viernes, 14 de diciembre de 2018

A veces bastan un hombre y una mujer que digan la verdad


A veces bastan un hombre y una

 mujer que digan la verdad

Dos personas conmovieron ayer los pilares del régimen actual. Una de ellas, 
la actriz Aina Clotet, dejando como mentirosa a una sacerdotisas del feminismo;
 y la otra, el magistrado Manuel Marchena, renunciando a un enchufe ofrecido por

 la partitocracia.



El juez Manuel Marchena y la actriz Aina Clotet.
El juez Manuel Marchena y la actriz Aina Clotet.
En El hombre que fue Jueves, G. K. Chesterton escribió una frase que siempre me ha fascinado.
 Cuando el anarquista trata de que sus camaradas no elijan para el Consejo General del Anarquismo
 Europeo al policía, solo puede implorarles que no le voten, sin dar más explicaciones. Y Chesterton 
describe esos segundos con las siguientes palabras:

“La verdad, aun encadenada, es tan terrible que por un instante pareció que la efímera victoria de 
Syme iba a doblarse como un junco bajo la tempestad”.
Y es cierto: la verdad, incluso encadenada, es terrible. Basta que alguien la pronuncie en público
 para que se haga el silencio y quienes trataban de olvidarla o de vivir de espaldas a ella se sientan
 tan incómodos como si una bandeja se hubiera caído al suelo.

Las mentiras bajo las que vivimos son tan burdas que se tambalean cuando unos pocos se atreven
 a ponerse en pie y decir la verdad.
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“Las mentiras en medio de las que vivimos son ya tan burdas y tan asfixiantes que ayer dos personas tumbaron el régimen y la partitocracia siquiera por unas horas con unas palabras”
Bien puede pasar que después del estruendo, las personas reaccionen expulsando de la sala al atrevido, 
para reanudar la fiesta o los negocios. Esto ocurre cuando el Poder es todavía fuerte y su discurso no se
 discute, cuando hay dinero y diversión para todos, cuando las promesas son más hermosas que el presente.
Pero cuando las promesas se han demostrado mentiras y cuando a los pregoneros del Poder se les
 trata como a bufones sin gracia alguna, quien ha hablado ve que se le acercan otros para felicitarle 
por su valor y hasta que surgen palabras de asentimiento en los corrillos. Entonces, la fiesta puede 
acabar como el cotillón de Nochevieja de 1958 en La Habana, con Fulgencio Batista y su camarilla 
huyendo ante el avance de los ‘barbudos’.
Primero, el magistrado Manuel Marchena difundió un comunicado en que renunciaba a presidir el
 Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo, tal como habían pactado el PSOE y el 
PP, en uno de los periódicos repartos del órgano de nombramiento y control de los jueces realizados 
José María Bandrés) el método de elección de los 20 vocales.
A diferencia de otros jueces ‘progresistas’, el magistrado Marchena se ha negado a aceptar el enchufe que la ofrecían PP y PSOE en el CGPJ
En su comunicado, Marchena asegura que jamás ha concebido “el ejercicio de la función jurisdiccional 
como un instrumento al servicio de una u otra opción política para controlar el desenlace de un proceso
 penal”, en alusión a los indicios de que el PP lo quería poner en la presidencia del Supremo para
 controlar los juicios a Mariano Rajoy y otros dirigentes.
En mayo, en una entrevista en ABC, la juez Mercedes Alaya se quejó de que el PP y el PSOE se habían 
puesto de acuerdo en retirarla de la investigación de la corrupción de los ERE y los cursos de formación
 por parte de la Junta andaluza por miedo a que hurgase en los repartos del bipartidismo de instituciones, 
comunidades autónomas y vías de financiación.
Quienes quedan como serviles de los partidos que los nombran son los que han dicho que sí, que 
están encantados de sacrificarse para servir al Estado de Derecho, como el magistrado José 
Ricardo de Prada, uno de esos ‘jueces justicieros’ de izquierdas al modo del condenado Baltasar 
Garzón.
De la misma manera, el partido que nació contra la casta ya ha entrado a empujones en el Sistema. 
No se trata solo del famoso chalé de Galapagar, sino también del asalto al botín del Estado. Como 
desveló Ana Pardo de Vera, Pablo Iglesias le llamó para ofrecerle la presidencia de RTVE después de 
haberla pactado con Pedro Sánchez. Y Podemos aceptó participar en el reparto de los vocales del CGPJ.
La sacerdotisa del culto feminista Leticia Dolera ha despedido de una serie de televisión a la actriz Aina Clotet por quedarse embarazada
De las instituciones y los partidos, pasemos a otro asunto, que es tan importante o más, ya que afecta a 
la ideología del régimen, lo que está admitido en el debate público, que es el feminismo.

La actriz feminista Leticia Dolera, en la revista FHM.
La actriz feminista Leticia Dolera, en la revista FHM.

La segunda persona que se ha puesto en pie es la actriz Aina Clotet a la que la sacerdotisa del culto 
feminista Leticia Dolera ha despedido de una serie de televisión que va a dirigir para Movistar+ porque
 está embarazada.
Cuando se supo el abuso de poder, Dolera salió con la manida excusa de la transición para justificar los
 desnudos: “lo exige el guión”; añadió no sé qué de los seguros; y trató de endulzar el trago con la 
promesa de que había ofrecido otro papel a Clotet, que ésta había rechazado.
Ya ve, amigo lector, la fuerza que tienen quienes, en democracia, donde no hay ‘gulags’, en vez de callarse o decir ‘sí’, dicen ‘no’
También ayer Clotet difundió un comunicado en que la feminista Dolera queda como una mentirosa y
 una, ¿lo podemos decir?, machista.
“Asumí que la producción de una serie marcadamente feminista y que plantea la dificultad de ser
 mujer y madre en esta sociedad, consideraría todas las opciones para no excluirme solo por estar 
embarazada.”
Clotet acaba de descubrir en sus carnes que el feminismo actual es un mecanismo de poder y de 
ocupación de asientos y despachos; vamos, una farsa. Dolera da la razón a Alicia Rubio y a Nicolás 
Márquez y Agustín Laje en sus afirmaciones sobre la ‘ideología de género’ como negocio que mueve 
billones de euros, dólares, libras, pesos, escudos, reales… y (no nos olvidemos, ya que la derecha tiende
 a fijarse solo en el dinero) como discurso del Poder para controlar la sociedad.
Para ser ciudadanos libres hay que arrumbar el consejo de nuestras abuelas: “Hijo, no te signifiques”
Me pregunto si no sería justo que Movistar+ despidiese a Dolera, que quizás se hizo con la dirección
 de la serie solo por ser mujer. Porque mantenerla en ese puesto supone premiar a una opresora de las
 mujeres.
En fin, querido lector, ya ve la fuerza que tenemos en las democracias cuando algunos dicen ‘no’. 
La próxima vez que se pregunte qué hacer ante el desmoronamiento de España o cacicadas como el 
plan del Gobierno navarro para enseñar juegos eróticos a los niños, aquí tiene un consejo práctico.
¡Qué daño ha hecho el consejo de nuestras abuelas de ‘hijo, no te signifiques’! Fue el primer peldaño 
para nuestra mansedumbre.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Pío Moa: Inmigración: contra el discurso del odio y el embuste

Pío Moa: 

Inmigración: contra el discurso del odio y el embuste

Opinión



Pío Moa

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La mentira, esa arma revolucionaria

La mentira, esa arma revolucionaria

El Mundo ha encontrado a la terrorista que mató en la cafetería Rolando a 13
 personas. ETA y la izquierda que la apoyaba se negaron a reivindicar su autoría. 
Ha habido atentados en los que han culpado al Estado o a ‘la extrema derecha’. 
Porque la revolución se hace también con la mentira.


Jordi Évole (d) entrevista al terrorista de ETA Arnaldo Otegi (i). /La Sexta
Un amigo, Emilio, dice que él ya solo compra prensa de papel para poner sus páginas en la bandeja en que 
su gata defeca. Y Emilio aprendió a leer con el ABC en los años 40. Como ya he explicado varias veces,
Ayer El País publicó un editorial defendiendo al payaso (así lo llama) Dani Mateo y concluía: 
“los derechos y las libertades democráticas obligan a estar con los payasos”. Hace doce años, el mismo 
periódico publicó otro editorial, titulado “Cuidado con la sátira”, con motivo de las protestas de 
musulmanes por unas caricaturas de Mahoma en el que se leían ideas opuestas: “La libertad de 
prensa y la libertad de expresión no deben tener más cortapisas que las que fija la ley para todos 
los ciudadanos, y quien se sienta ofendido o injuriado tiene el derecho a acudir a los tribunales”.
 Y añadía la siguiente recomendación: “Toda persona debe ser respetuosa con las creencias de los demás”.
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Es decir, hay que respetar el islam, pero no el cristianismo ni la bandera española. (Y eso que yo 
opino de Mateo lo mismo que Hughes: le vamos a convertir en un Miguel Servet.)
Si los periódicos de papel quieren sobrevivir, deben publicar reportajes como el de El Mundo en que una periodista halla a la etarra que mató a 13 personas
Quizás a los progresistas les guste que sus periódicos de cabecera les traten como a niños que aplauden mientras se tragan la papilla que les dan los mayores, pero a otros muchos españoles no.
Portada de 'El Mundo' el 25 de noviembre de 2018.
Portada de ‘El Mundo’ el 25 de noviembre de 2018.
Sin embargo, se sigue haciendo periodismo de verdad, aunque sea ocasionalmente. El Mundo publicó 
el domingo 25 un reportaje de Ángeles Escrivá en el que esta periodista encontraba en Francia a la 
terrorista etarra que en 1974 puso la bomba en la cafetería Rolando que mató a 13 personas. Por esto 
paga uno con gusto euro y medio, no por una entrevista a Susana Díaz con una foto que ocupa 
más espacio que el texto. La asesina de Rolando, María Lourdes Cristóbal, quedó impune gracias a la 
Ley de Amnistía, la misma que quiere derogar la izquierda (PSOE, Podemos y ERC), porque, según
 ésta, fue una maniobra de ‘los franquistas’ para borrar sus supuestos crímenes.
Con la matanza de la Calle Correo, ETA empezó a mentir sobre sus atentados difíciles de explicar a sus bases y la izquierda que la justificaba
El caso de la bomba de la calle del Correo demuestra no solo el carácter violento de gran parte de la
 izquierda europea (¿cuántos asesinatos terroristas desde los años 60 los cometieron militantes de 
izquierdas?, ¿el 80%?), sino también su empleo de la mentira, otra arma del arsenal revolucionario.
Ante la matanza, agravada por el hecho de que ninguno de los muertos era ‘policía de la dictadura’,
 ETA y la izquierda que la apoyaba recurrieron a negarlo todo. No habían sido ellos; como diría
 Ángel Viñas, “y punto”.
Ha sido un método habitual por parte de ETA recurrir a la mentira para disculpar sus ‘errores’ y 
difamar a sus víctimas. En el mismo boletín de principios de mes en que los etarras reconocían la 
autoría de la matanza, también admitían haber asesinado en junio de 1981 en Tolosa a tres vendedores 
vizcaínos de libros para aprender euskera, porque sus chivatos los confundieron con policías. Otros
 dos brazos del MLNV, el diario Egin y el partido Herri Batasuna, atribuyeron al Estado o a mercenarios esos asesinatos.
Aunque Urkullu pida perdón con la boca pequeña en nombre de “la sociedad”, era su partido, el PNV, el que amparaba a los asesinos
El presidente del Gobierno vasco, Íñigo Urkullu (PNV), reconoció que la sociedad vasca “no estuvo
 a la altura”, pero se olvida de añadir que muchos militantes de su partido se alegraban de los asesinatos
 perpetrados por los etarras, hacían de chivatos y hasta difundían las calumnias, el repugnante “algo
 habría hecho”.
 por la falta de colaboración de los etarras; también por la indiferencia del Estado. ¿Nos enteraremos
 alguna vez de dónde enterraron los etarras a los gallegos, Humberto Fouz Escobero, Fernando Quiroga 
Veiga y Jorge García Carneiro, a los que en 1973 secuestraron y torturaron en el País vasco francés
 porque los confundieron con policías? ¿Se lo preguntará Jordi Évole a Arnaldo Otegui?
¿Y quiénes mataron al etarra Eduardo Moreno Bergareche, ‘Pertur’, en 1976? Siempre se ha dicho 
que fueron sus camaradas más bestias, pero, desde hace unos años, algunos tratan de restar esa
 muerte del balance de la ‘izquierda abertzale’ y colgárselo, ya que Franco estaba muerto, a la 
extrema derecha.
Ahora la mayor mentira engendrada por el mundo ‘abertzale’ es la del blanqueamiento de ETA, con patrañas como la elaboración de ‘dos violencias’ que se anulan, la etarra y la del Estado, o la de una ETA con orígenes limpios por su antifranquismo. Para ETA y para quienes la apoyaban, desde algunos curas a vástagos de familias adineradas, el primer objetivo era la independencia de su Euskadi; luego, ya se vería.
El plan perfectamente elaborado de este mundo alucinado por el marxismo y por el racismo de Sabino Arana incluía ataques violentos contra los funcionarios y representantes del Estado, como alcaldes y presidentes de las Diputaciones, para provocar una represión que causase la implicación de los vascos en una ‘guerra popular subversiva’.
Como ha escrito en un artículo capital José María Ruiz Soroa (Diario Vasco, 21 de octubre de 2018), cuando los etarras empezaron a matar, en 1968, el nivel de represión gubernamental era mínimo, mucho menor que en 1975. Ya había hasta ikastolas funcionando y clases de euskera voluntarias en docenas de colegios.
A finales de los años 60, los etarras toman la decisión de cometer atentados cuando la represión policial era la más baja del régimen franquista
Y una vez muerto Franco, celebradas elecciones libres, promulgada la amnistía y aprobada la Constitución, los etarras siguieron matando con la complicidad del MLNV, así como de parte de la sociedad vasca, la de los ‘batzokis’ y las sacristías, y de una manera mucho más numerosa y despiadada.
El enemigo de ETA no era Franco; era España. Tal como lo sigue siendo, aunque los etarras estén desmovilizados.
Como dijo Nicolás Gómez Dávila, “la izquierda no siempre asesina, pero siempre miente”. Y si le parece que Gómez Dávila y yo exageramos, amigo lector, revise lo que dicen las feministas subvencionadas y el Gobierno de Sánchez sobre la violencia contra las mujeres, cuando España es uno de los países más seguros del mundo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Suiza y Solzhenitsyn


 SOLZHIENITSYN. UN ALMA EN EL EXILIO


Solzhenitsyn ya había perdido el apoyo de muchos disidentes en  Rusia por no haberse arrodillado ante el altar de las democracias occidentales de dos partidos que, según él, no era la panacea para los problemas del totalitarismo. Su pesimismo era considerado en  ocasiones de naturaleza autoritaria, un malentendido agravado por unas ideas confusas, o al menos confusamente expresadas, en uno de sus ensayos de Desde debajo de los escombros. Sin embargo, sus puntos de vista estaban muy lejos de ser antidemocráticos, como su entusiasmo por el sistema político de Suiza indicaba. Solzhenitsyn manifestó al doctor Fred Luchsinger, editor en jefe de Nue Zürcher Zeitung, un periódico de Zurich, que admiraba la democracia suiza porque estaba organizada en pequeñas unidades locales, como el pueblo y el cantón. A diferencia de las democracias centralizadas de otros países occidentales, Suiza ponía el énfasis en la autodeterminación local y la participación activa de toda la población. Le recordaba, dijo a Luchsinger, al sistema político de Nogorov en la Edad Media. En otra ocasión le dijo a su editor suizo, Otto Walter, que estaba muy impresionado por el tratamiento que había recibido Aleksandr Herzen cuando solicitó asilo político en Ginebra durante el siglo XIX. Las autoridades de Ginebra habían preguntado al gobierno federal de Berna si había alguna objeción a la solicitud de asilo de Henze, y el gobierno contestó que era Ginebra quien debía decidir si se lo concedía.

«Ésa es una verdadera democracia desde la base», exclamó Sozhenitsyn, «cuando una ciudad puede decidir cuestiones de política nacional por sí misma» .

Solzhenitsyn repitió su alabanza del sistema político suizo en una entrevista que concedió a una televisión estadounidense en juniode 1974:

La democracia suiza tiene algunas cualidades asombrosas. En primer ­lugar, es completamente silenciosa y trabaja de forma inaudible. En segundo lugar está su estabilidad... En tercer lugar, es una pirámide invertida, es decir, hay más poder a nivel local que en los cantones y más poder en los cantones que en el gobierno. Además, la democracia es responsabilidad de todo el mundo. Cada individuo prefiere moderar sus exigencias que perjudicar a la estructura global. Los suizos tienen tal sentido de la responsabilidad que hay  pocos intentos de grupos por hacerse con algo para sí mismos y apartar a codazos a los demás. Lógicamente, una democracia como esa sólo puede admirarse.

A ojos del escritor, el sistema suizo representaba su apasionada ­creencia en la auto-limitación encarnada a nivel nacional. Era la prueba de que los principios por los que él regía su vida podían ser  utilizados a nivel práctico por la sociedad además de por el individuo. Una vez más se dan similitudes entre los puntos  de vista de  Solzhenitsyn y los de E. F. Schumacher, que había subtitulado su ­libro Lo pequeño es bello como «un estudio de la economía como si la gente importara». Solzhenitsyn creía que en el sistema político suizo la política se ejercía como si la gente importara.

SOLZHIENITSYN. UN ALMA EN EL EXILIO. Joshef Pearce pp.285-286


Sin embargo, y como el título sugiere, Reconstruyendo Rusia, algo más que el producto de una voz quejumbrosa clamando en el desierto, o una advertencia profética de lo que esperaba a una generación inconsciente. Por encima de todo era una visión positiva de una nueva Rusia, reestructurada según principios firmes y razo­nables y fundada sobre valores sostenibles v tradicionales. Baba la bienvenida al resurgimiento de los nacionalismos en las varias partes que constituían la Unión Soviética y esperaba ver pronto la disolución definitiva del imperio soviético y el resurgimiento de naciones independientes en su lugar. «Cada persona, incluso la más insignificante, representa una faceta única de los designios de Dios». Para reforzar el punto, Solzhenitsyn citaba al filósofo religioso Vladimir Solovyev que, parafraseando el mandamiento cristiano, escribió «Debes amar a todas las personas como amas a los tuyo»

Solzhenitsyn también creía que el espíritu de descentralización ­debía ir más allá de los derechos de las pequeñas naciones a verse libres del yugo del internacionalismo y el imperialismo. Debía extenderse a los derechos de las pequeñas comunidades, e incluso de las familias, a verse libres del yugo de la planificación estatal central.  «La clave para la viabilidad del país y para la vitalidad de su cultura reside en la liberación de las provincias de la presión de las capitales», escribió. Las provincias debían «alcanzar una libertad completa en términos económicos y culturales, junto a un firme autogo­bierno local». La necesidad de ampliar paciente e insistentemente ­los derechos de las comunidades locales sería una parte fundamental ­de la reestructuración gradual de todo el organismo estatal. La democracia auténtica sólo podía existir a través de un gobierno fuerte y revitalizado:

Todos los defectos previamente mencionados apenas se manifestarían en democracias desarrolladas en zonas reducidas, como ciudades me­dianas, pequeños asentamientos, grupos de pueblos, o lugares que lle­garan a alcanzar el tamaño de un condado. Sólo en lugares de ese ta­maño podrían confiar los votantes en su elección de candidatos, ya que estarían al tanto de su efectividad en asuntos prácticos y de sus cuali­dades morales. A ese nivel, las falsas reputaciones no se mantendrían en pie y la retórica vacía no le serviría de nada a un candidato, al igual que el patrocinio del partido.

Éstas son precisamente las dimensiones dentro de las que la nueva democracia rusa puede empezar a crecer, obtener fuerza y adquirir conciencia de sí misma. También representa un nivel que sin duda echará raíces porque supondrá la implicación vital de cada localidad...

Sin un autogobierno adecuadamente constituido no puede haber estabilidad ni prosperidad, y el mismo concepto de libertad civil pierde todo significado.

La influencia que ejercieron sobre Solzhenitsyn los años que vi­vió en Zurich y su admiración por el sistema político suizo es evi­dente, aunque, por supuesto, también conocía sistemas similares existentes en la Rusia medieval con los que estaba entusiasmado. Fuera cual fuese la motivación que había tras su defensa de la descentralización y la subsidiariedad en la vida política, Solzhenitsyn había puesto al descubierto la mentira sobre sus creencias antide­mocráticas, aunque eso no impediría que las acusaciones siguieran cayendo sobre él, especialmente por parte de aquellos que no po­dían ver más allá de las inútiles oscilaciones entre las democracias de partidos de Occidente.


SOLZHIENITSYN. UN ALMA EN EL EXILIO. Joshef Pearce pp.344-345




lunes, 10 de diciembre de 2018

Cruda realidad/ Macron y la guerra que no acabó con todas las guerras

Cruda realidad/ Macron y la guerra

 que no acabó con todas las guerras

La Gran Guerra, en fin, no la provocó el nacionalismo. El nacionalismo fue la
 'brillante' idea con la que Wilson pretendió organizar el mapa europeo de posguerra. 
Conviene recordar que la IGM dio nacimiento al comunismo, que a punto estuvo de abocarnos a la definitiva guerra mundial.


El presidente de Francia pronuncia un discurso en la conmemoración del centenario del fin de la I Guerra Mundial. /EFE
El presidente de Francia pronuncia un discurso en la conmemoración del centenario del fin de la I Guerra Mundial. /EFE
“El patriotismo es el exacto contrario al nacionalismo”, ha dicho el presidente francés, Emmanuel Macron, 
en los actos de conmemoración del centenario del fin de la Primera Guerra Mundial en París. 
“El nacionalismo es su traición”.
Todos sabemos cuál es el mensaje de Macron, ya hable con motivo del Día del Armisticio o de la
 inauguración de una fábrica de alpargatas: más ‘Europa’, menos Estados. Bueno, de hecho le ‘inventaron’, 
sacándole casi de la nada política, exactamente para repetir hasta la saciedad ese mensaje.
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Sin embargo, cualquier historiador mínimamente informado se dará cuenta de lo poco afortunado 
del caso. La que entonces se llamó -a falta todavía de sucesora- la Gran Guerra puede ponerse de ejemplo 
de muchas cosas terribles, pero no de los efectos perversos del nacionalismo. Lejos de ser el nacionalismo 
su causa, podemos asegurar desde la perspectiva de nuestros días que fue su consecuencia.
Al público americano -y Estados Unidos habría de inaugurar su ‘siglo’ precisamente con su limitada
 participación en la contienda- se la vendió el presidente Wilson como “la guerra para acabar con todas 
las guerras”, lo que no deja de resultar irónico para un conflicto cuya torpísima paz garantizó una 
renaudación a no mucho tardar de las hostilidades. No, no acabó con las guerras, y lo curioso es que 
variaciones de esa excusa sigan empleándose -y funcionando- para vender un sinfín de guerritas imperiales 
hasta nuestros días.
En la vieja Europa las etnias, los pueblos, las religiones y las lenguas están tan mezcladas que resulta imposible trazar fronteras sin caer en injusticias
No acabó con las guerras, pero sí con varios imperios: el ruso, que además se sumió en una horrible
 revolución que habría de mantener enfrentado al mundo en dos bloques durante medio siglo y esparcir 
un virus ideológico aún muy vivo en Occidente, el alemán, el austrohúngaro, el turco. Todos ellos, y
 especialmente los dos últimos, eran exactamente lo contrario de regímenes nacionalistas y tan 
multiculturales y plurinacionales como la alabadísima Unión Europea.
La Gran Guerra, en fin, no la provocó el nacionalismo. El nacionalismo fue la ‘brillante’ idea con la 
que Wilson pretendió organizar el mapa europeo de posguerra, entrando en el Viejo Continente como 
un toro en una cacharrería, bajo la peregrina idea de que cada comunidad étnica tenía que tener su propio 
Estado. Pero hace falta ser un utopista americano para pensar que algo así es posible y, de hecho, una vez
 iniciada la remodelación se dio cuenta de que en la vieja Europa las etnias, los pueblos, las religiones y 
las lenguas están tan mezcladas que resulta imposible trazar fronteras sin caer en injusticias. Así que acabó 
favoreciendo a unos y poniéndolo imposible para otros, que esta vez, sentado el principio nacionalista, 
tenían ya razones para alimentar irredentismos.
El cadáver del Imperio Otomano lo dividieron de forma aún más absurda en el tratado de Sykes-Picot,
 más atentos a los intereses de las potencias occidentales que a crear fronteras mínimamente coherentes. 
A los kurdos les dejaron sin país, pese a las promesas, y con el resto prepararon el polvorín en que 
se ha convertido Oriente Medio.
El británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot diseñaron la partición del Imperio Otomano tras la I guerra Mundial.
El británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot diseñaron la partición del Imperio Otomano tras la I guerra Mundial.
Por lo demás, si imperios como el austrohúngaro -en el que convivían alemanes, italianos, eslavos, 
magiares, judíos…- guardan cierta similitud, en su carácter supranacional, con esos organismos como
 la Unión Europea que tanto gustan a nuestros globalistas, se diferencian de ellos en un aspecto 
absolutamente esencial: no pretendían abolir las raíces y la identidad de los pueblos, sino
 preservarlas. Austria-Hungría era un Estado básicamente europeo, lejano heredero del Sacro Imperio,
 y su identidad no se basaba en unos vagos ‘valores europeos’ que nadie se atreve a concretar hoy sino 
en términos negativos y palabras abiertas.
Los grandes Estados que provocaron la contienda no basaban -salvo en el caso francés- su identidad en 
una raíz étnica o nacional común, pero tenían perfectamente claro que Europa era un concepto
 rebosante de significado histórico, que hundía sus raíces en la vieja Cristiandad medieval y que 
no admitía una sustitución demográfica sin perder su esencia y su destino.
La Primera Guerra Mundial fue una absolutamente catástrofe, especialmente lamentable porque n
 respondía, como la segunda o la Guerra Fría, a concepciones del mundo incompatibles e irreconciliables. 
Y, pese al discurso antinacionalista de Macron, conviene recordar que dio nacimiento a una forma de 
internacionalismo, el comunista, que a punto estuvo de abocarnos a la definitiva guerra mundial y que, 
de hecho, se tradujo en decenas de guerras menores.

Bien está que Macron y sus adláteres nos adviertan de los peligros del nacionalismo, que sin duda
 los tiene, e incluso que pretandan vendernos su mercancía averiada de un megaestado europeo sin
 indentidad ni raíces propiciado por un reemplazo demográfico. Pero que utilice otro ejemplo, porque 
el de la Primera Guerra Mundial nos enseña un lección muy diferente.