UPYD Ávila insta al Equipo de
Gobierno a cumplir sus compromisos medioambientales sobre el proyecto minero de
la Sierra de Yemas
·Javier Cerrajero pregunta en
Junta de Gobierno por los estudios municipales comprometidos tras la aprobación
de una moción conjunta en el Pleno del pasado mes de mayo
Ávila, 27 de septiembre de 2018. El
portavoz del grupo municipal de Unión, Progreso y Democracia en el Ayuntamiento
de Ávila, Javier Cerrajero, se ha interesado este jueves en Junta de Gobierno
por el estado de ejecución de los estudios sobre el proyecto minero de la
Sierra de Yemas, que el Consistorio se comprometió a realizar tras la
aprobación de una moción conjunta en este sentido en el Pleno del mes de mayo.
Cerrajero recuerda que, a iniciativa de
la plataforma No a la Mina en la Sierra de Yemas, todos los grupos políticos
estamparon su firma en un documento que solicitaba la elaboración de un estudio
detallado y riguroso, a la mayor brevedad posible, sobre los efectos derivados
de las operaciones de apertura de huecos, creación de escombreras, tratamiento
de los minerales extraídos con productos químicos, tráfico de maquinaria y
cualquier otra operación achacable al proyecto Riofrío 1146, que afecta al
barrio anexionado de La Aldea del Rey Niño.
Cuatro meses después, nada se sabe sobre
el desarrollo de este acuerdo y, a juicio del portavoz de UPYD, este retraso
pone en tela de juicio no solo la implicación del Consistorio abulense con su
medio ambiente, sino también la defensa de los intereses de los vecinos de este
barrio anexionado y el compromiso con una parte de la sociedad abulense,
representada en la plataforma No a la Mina en la Sierra de Yemas, a cuyas
reivindicaciones se dio apoyo formalmente declarándolas como justas.
Durante la celebración, este jueves 27
de septiembre, del Día Mundial del Turismo, Javier Cerrajero recuerda que la
posición privilegiada de Ávila en el sector turístico no se debe exclusivamente
a su patrimonio histórico-artístico, sino también en buena parte a sus
excepcionales características medioambientales, cuya conservación es uno de los
objetivos del acuerdo plenario alcanzado en el mes de mayo.
Hace pocos días el Gobierno reconoció públicamente lo que todos sabemos hace mucho tiempo
sin necesidad de haber hecho carreras, másteres ni tesis doctorales: la caja no da para más. Esa
verdad, que por mucho que se esconda no deja de serlo, es algo que cualquier persona que ha llevado
una economía, por pequeña que sea, empezando por la familiar, sabe: cuando se gasta más de lo
que se ingresa al final nos arruinamos. Si en una familia es sólo uno el que ingresa para mantener
al resto y la familia cada vez es más grande y cada vez gasta más sin meter dinero en la caja,
l final vienen los problemas. Sin embargo, si cada vez nacen más niños en esa familia, y cuando
van creciendo empiezan a llevar dinero a su casa, cuantos más sean, más dinero llevarán, y la
familia podrá, al fin, respirar. Fácil, ¿no?
“El mismo día en que el Gobierno socialista admite que no habrá pensiones de aquí a diez años, su ministra de Justicia dice que hay que procurar que en España se aborte más y mejor. Y se ha quedado tan pancha”
Pues parece ser que ninguno de los brillantes miembros de los Gobiernos de España, ni sus igual
de brillantes asesores quieren ponerse manos a la obra para que el desastre demográfico en el que
estamos inmersos sea revertido, ni para que la pirámide poblacional vaya ampliando un base que
en poco tiempo será tan estrecha que no podrá soportar su peso.
El mismo día en que el Gobierno socialista admite que no habrá pensiones de aquí a diez años,
su ministra de Justicia dice que hay que procurar que en España se aborte más y mejor. Y se ha
quedado tan pancha. En diez años no podremos sustentar a nuestros mayores porque estos
serán muchos, y porque no están naciendo niños que mañana serán jóvenes trabajadores que
puedan darles a los que ya lo fueron una mínima ayuda para vivir su jubilación. ¿Y qué proponemos?
¿Que nazcan más niños? Nooooo: ¡que se les elimine! Y además, que paguemos con ese poco
dinero que tenemos los 50 millones anuales que cuesta cargarse a los que el día de mañana
deberían mantener nuestro a nuestro país.
“Defender el aborto “a discreción” es una forma de suicidarse como país y como sociedad”
Debe ser que al Gobierno le debe parecer pequeña la cifra de dos millones y medio de niños
abortados hasta hoy, y que le sobran 50 millones de euros al año para pagar sus muertes, y
debe ser que el Gobierno piensa que si dice que hay que fomentar la natalidad, le acusarán de
retrógrado y conservador. Natalidad no, aborto sí. El problema es que los Gobiernos que le han
precedido tampoco se han caracterizado por ser muy productivos en este aspecto y han mantenido
una ley que supone una sangría diaria de 300 niños al día, con sus correspondientes 150.000 euros diarios.
España necesita que alguien dé un golpe encima de la mesa o, si se quiere ser un poco más cursi,
un giro de 180 grados a esta situación. España necesita alguien que de una vez por todas aborde
este tema con valentía y con honestidad. Y debe hacerlo no sólo porque financiar la muerte de
dos millones y medio de seres humanos es algo por lo que cualquier dictador sería condenado de
por vida a pudrirse entre rejas; no sólo porque pagar por eliminar a todos esos indefensos es el
acto más vil que una persona puede cometer; no sólo porque nunca podrá ser un derecho provocar
la muerte de nuestros hijos a manos de los que enarbolan la bandera del progreso, sino también
porque defender el aborto “a discreción” es una forma de suicidarse como país y como sociedad.
Mientras tanto seguiremos viendo cómo nuestro país empobrece y envejece, esperando a un
presidente que dentro de unas décadas pueda mirar a la cara de sus congéneres con el orgullo
de haber contribuído a que vivan junto a un él una vida lograda y recompensada en una justa y
Sin embargo, la medida de Trump apunta exactamente en la dirección adecuada para la
racionalización del fenómeno migratorio. Es imposible tener a un mismo tiempo fronteras
abiertas y Estado del Bienestar: mejor dicho, es posible, pero también una receta para la ruina.
Un sistema generoso de prestaciones sociales atraerá inevitablemente a una masa inmensa de
inmigrantes de países más pobres. Los defensores de la inmigración dicen a menudo que
“los migrantes nos pagarán las pensiones”; sin embargo, las estadísticas muestran que reciben
del sistema más de lo que aportan (pues, o bien trabajan en negro, o bien perciben salarios bajos
y pagan pocos impuestos y cotizaciones sociales, recibiendo en cambio muchas prestaciones públicas).
Otro barato tópico pro-inmigración es el de que “Estados Unidos siempre ha sido una nación de
inmigrantes”. Es históricamente inexacto porque, como argumentara Huntington, los fundadores de
Estados Unidos no fueron inmigrantes sino “settlers”, pioneros que llegaban a una tierra virgen
(o considerada tal por ellos, pues los indios no contaban en sus planes) y construían una nueva
sociedad desde cero. El inmigrante, en cambio, se incorpora a una sociedad preexistente, se
sube a un país ya en marcha. El término “immigrant” no empezó a usarse en EE.UU. hasta
finales del siglo XVIII, cuando los rasgos definitorios de la sociedad norteamericana ya estaban
fijados. Quienes llegaron en el XVII y el XVIII no eran inmigrantes, sino colonos.
El porcentaje de familias beneficiarias de asistencia social (entre la población inmigrante), lejos de reducirse, tiende a aumentar a medida que se amplía el tiempo de permanencia en EE.UU.
Pero, además, el tópico pasa por alto una diferencia decisiva entre el tipo de inmigración que recibió
EE.UU. hasta 1965 y el que ha acogido desde entonces. Y el documento trumpiano sabe formular
esa diferencia: “la autosuficiencia fue un principio básico de la inmigración a EE.UU. desde
las primeras leyes de inmigración de este país”. En efecto, en el siglo XIX y primera mitad
del XX, América era la “tierra de las oportunidades”: el lugar en el que la gente emprendedora
e inteligente, cualquiera que fuese su origen, podía tener esperanza de triunfar. Aquellos inmigrantes
no acudían atraídos por los subsidios sociales y servicios públicos sanitarios o educativos, sino
por un mercado libre sin barreras estamentales en el que los más capaces podían esperar prosperar,
si trabajaban duro. Por eso, antes de 1965, el inmigrante medio tenía más nivel de estudios y
menos probabilidad de recibir “welfare” (asistencia social) que el norteamericano medio.
Se trataba, además, de una inmigración mayoritariamente europea.
Desde 1965, paralelamente al desarrollo de un Estado del Bienestar cada vez más generoso, se
han producido dos cambios: la inmigración dejó de ser europea para pasar a ser hispanoamericana,
asiática y africana, y los inmigrantes llegaron a consumir prestaciones sociales en proporción muy
Vale la pena detenerse un momento a repasar los argumentos de Räsänen y descubrir así el sinsentido
al que la reflexión humana puede llegar cuando se olvidan los principios más fundamentales.
En primer lugar, Räsänen argumenta que el derecho a la vida que defiende los pro-vida, tanto para
los niños antes de nacer como después de hacerlo, no es suficiente para hacer inmoral el infanticidio.
En otro artículo publicado el año pasado acerca de la gestación en úteros artificiales, Räsänen
planteaba el caso de que un embrión pudiera llegar a nacer en contra de la voluntad de uno de sus
padres biológicos, violando de este modo su derecho a la privacidad.
El niño, feto, embrión nunca es considerado como un ser, cuando lo es. De modo arbitrario es considerado como una especie de apéndice, de excremento, sobre el que podemos disponer a nuestro antojo
En consecuencia, el progenitor biológico tendría derecho a matar al niño, pues para Räsänen
el derecho a la privacidad debe tener preeminencia sobre el derecho a la vida, al menos en las
primeras etapas de la vida. Y no, no nos lo estamos inventando ni estamos manipulando las palabras
de la académica finlandesa, que escribe textualmente lo siguiente:
“Puede existir un argumento que da, por ejemplo, a los padres genéticos el derecho a matar
(o a dejar morir) a su hijo recién nacido incluso si éste tiene derecho a la vida. Por ejemplo,
se puede argumentar que las personas tienen derecho a su privacidad genética y puesto que
el niño recién nacido lleva el material genético de sus padres genéticos puede estar violando
su derecho a la privacidad genética. Dicho de otro modo: el feto no tiene un derecho al
material genético de sus padres”.
Hasta aquí la cita de Räsänen. Una cita en la que desvela todas sus fallas: el niño, feto, embrión
nunca es considerado como un ser, cuando lo es. De modo arbitrario es considerado como
una especie de apéndice, de excremento, sobre el que podemos disponer a nuestro antojo.
Sólo negándole la humanidad a ese ser humano se puede construir el edificio argumental
que alza Räsänen.
Räsänen sostiene que si el niño alcanza los 10 años ha vivido ya lo suficiente para tener “un fuerte interés temporal en continuar viviendo”. ¿Y qué pasa el día antes de que cumpla los 10 años?
A continuación saca de la chistera un supuesto derecho a la privacidad que convierte en el absoluto
ante el que todo debe de ser sacrificado, también la vida. Estremece el pensar las consecuencias
que la extensión de ese derecho a la privacidad podría provocar y cómo se podría emplear
para justificar la violación de cualquier otro derecho, incluido el derecho a la vida, en otros casos
en los que colisionasen con ese sacrosanto derecho a la privacidad, nuevo Moloch que exige el
sacrificio de todo lo que se ponga en su camino.
Se equivoca Räsänen al negar al feto el derecho al material genético de sus padres: ¿Cómo se le
puede negar el derecho a lo que constituye su ser? ¿En base a qué retendría alguien derecho
sobre lo que ha entregado de modo absoluto y que ya no le pertenece? Solo considerando a los
hijos como apéndices de los padres se puede argumentar así, lo que por otro lado les negaría cualquier
derecho y los convertiría en miserables objetos, menos que esclavos. ¿Para siempre? No,
sostiene Räsänen, si el niño alcanza los 10 años ha vivido ya lo suficiente para tener “un
fuerte interés temporal en continuar viviendo”. Cae aquí la académica en la falacia de
todos los abortistas cuando pretenden descubrir el momento mágico en que alguien deviene
plenamente humano (algo que ya es desde la concepción, cuando presenta ya un ADN único
e irrepetible). ¿Y qué pasa el día antes de que cumpla los 10 años? ¿Y por qué no 9? ¿O siete,
o cuatro…? ¿Quién determina que ahora sí tiene interés en seguir viviendo?
Detengámonos ahora en otro de los argumentos de Räsänen para negar el derecho a la vida
a un embrión. En este caso utiliza una supuesta reducción al absurdo y escribe:
“Si la muerte de un embrión es tan mala para el embrión como lo es la muerte para un
adulto humano estándar, entonces los abortos espontáneos son una de las enfermedades
más graves de nuestro tiempo y si no hacemos nada para detenerlas estaríamos actuando
inmoralmente. Así que si los pro-vida realmente creen que los fetos humanos tienen
estatuto moral, tienen la fuerte obligación moral de oponerse a los abortos espontáneos.
Y sin embargo, pocos de ellos dedican sus esfuerzos a esta tarea”.
Una vez más la falacia salta a la vista. Claro que nos preocupan los abortos espontáneos y los
pro-vida apoyamos toda investigación médica destinada a reducirlos, del mismo modo que
poyamos que la medicina progrese y sea capaz de curar tantas enfermedades que arrebatan
vidas. Pero esto no invalida que combatamos principalmente los abortos provocados. También
estamos a favor de investigar para reducir los infartos pero nos opondríamos de modo
prioritario si hubiese personas que, por un hipotético mecanismo, fueran provocando
infartos entre la gente que les resulta incómoda.
Para acabar, vale la pena detenerse en el argumento de Räsänen para negar que los fetos, o
también los niños pequeños, sean personas:
“Un feto humano (o un niño) no puede valorar la continuidad de su vida, así que matarlo
no viola su prosperidad, viola solo su posible futura prosperidad. La mera posibilidad de
una prosperidad futura como fundamento de su estatuto moral es insostenible a menos
que estemos dispuestos a aceptar que los gatos, que podrían milagrosamente convertirse
en personas gracias a un suero mágico, tendrían los mismos derechos, antes de ser inyectados
con el suero mágico, que las personas humanas. Esto sería así porque tendrían un potencial
de llegar a ser como nosotros”.
La respuesta a la objeción de la académica noruega es obvia: muéstrame ese suero mágico y
demuéstrame que los gatos se convierten en personas reales y empezará a proteger a los gatos.
El sondeo del CIS consolida a Pedro Sánchez y convierte a Vox en el perro del hortelano
(ad Alerta Digital)
Si tras la llegada de Pedro Sánchez al poder, alguien nos hubiese dibujado un escenario similar al cabo de sus tres primeros meses, una intención de voto del PSOE del 30,5 por cientos y sacando una ventaja de 9,7 puntos al PP, nos habría parecido el relato surgido de una mente disparatada y enferma. Pero no. En la democracia española, ya se sabe, hasta lo inverosímil resulta concebible. Se equivoca el PP si cree que los casos de corrupción van a horadar la credibilidad del partido en el Gobierno. La corrupción nunca ha desgastado a la izquierda española. Recuérdese las elecciones de 1993, con un Himalaya de casos de latrocinio, corrupción y crímenes de Estado planeando sobre la España felipista, y al PSOE imponiéndose al PP de José María Aznar contra toda lógica. Ya se sabe que la izquierda tiene siempre bula. Y muchos periodistas se disculpan cuando toca hablar de sus robos. Incluso del mayor robo de la historia de la democracia, cometido por el PSOE y su Junta de Andalucía a lo largo de muchos lustros.AR.- No deberíamos extrañarnos de un escenario político tan grotesco como el que dibuja el CIS en su último sondeo. En realidad la democracia española ha transitado siempre entre lo grotesco y lo estrafalario. Sin entrar en la parte de propaganda que la izquierda suele insuflar en todas las encuestas que controla, el CIS de hoy lo que en realidad refleja es que la democracia española transita entre lo grotesco y lo estrafalario. Sería materialmente imposible que un presidente de la derecha conservadora sobreviviera a la tesis plagiada de Sánchez, a la destitución de dos ministros, a los turbios encuentros de su ministra de Justicia con el comisario Villarejo, a sendos viajes en aeronaves oficiales para asistir a un concierto en Alicante y a una boda en Ávila, a un descontrol del gasto, a un chantaje permanente como el que ejercen sobre el Gobierno los grupos parlamentarios independentistas, a una rebelión golpista en Cataluña que ya se proclama sin ningún pudor, a miles de ilegales cruzando nuestras fronteras y a unos datos económicos como los correspondientes al mes de agosto, que solo cabría calificar de altamente alarmantes.
Del sondeo del CIS publicado hoy, la constatación de que Vox está muy lejos de ser esa alternativa identitaria de la que presumen sus líderes. Con una intención de voto inferior al PACMA, Vox logra votos allí donde los pierde el PP. El sondeo del CIS deja al descubierto las limitaciones de Vox, que han sido reiteradamente desgranadas en este medio. Vox no arranca un solo voto procedente de la izquierda ni ha logrado penetrar en los nichos sociales principalmente afectados por las políticas de puertas abiertas a la inmigración. Es decir, que lo que gana Vox es lo que pierde el PP. Así no es extraño que los medios en la órbita de la izquierda y de Ciudadanos estén tan encantados con que Vox ejerza de perro del hortelano.
En el fondo lo que recoge Vox es el fruto del desbarajuste del PP todos estos años. Pero ese trasvase de votos a quien beneficia es a la izquierda frentepopulista. Si extrapolamos los resultados del CIS a un contexto postelectoral, Vox no lograría ningún representante y restaría entre cuatro y cinco al PP por el reparto de escaños con la Ley D’Hondt. Es decir, lo que hace Vox es servir a los intereses políticos de la izquierda frentepopulista con la mascarada del falso identitarismo. Porque si Vox fuese el partido identitario que proclaman sus dirigentes, y no un simple remedo del PP formado por exdirigentes resabiados de este partido, ¿por qué entonces no logra concitar el apoyo de los sectores sociales más directamente afectados por la llegada masiva de inmigrantes y el cambio demográfico? ¿Por qué los españoles más identificados con la ideología identitaria prefieren seguir votando a otras formaciones minoritarias? ¿Por qué ni un solo votante de la izquierda parece dispuesto a mutar la orientación de su voto, como ocurre en Francia entre los antiguos votantes del Partido Comunista y el partido de Le Pen? ¿Por qué no hay trasvases de votos a Vox salvo los procedentes del PP? ¿Por qué Vox sólo convence al pijismo conservador y carece de influencia alguna en zonas castigadas por la inmigración?
Cuando parecemos abocados a una tragedia sin precedentes (nada menos que la ratificación de Pedro Sánchez al frente del Gobierno, avalado por la extrema izquierda y los separatistas), se hace urgente reparar en las causas que nos han llevado a este desastre. De entrada, la responsabilidad de la población española parece lo suficientemente grande como para ahorrarnos cumplidos y expresiones de bienquedismo. Un pueblo que ha perdido el valor hasta de defenderse de cualquier agresión externa es un pueblo que no tiene derecho a la supervivencia. Pura razón natural tras 40 años de oligarquía partitocrática. Lo que tenemos es una masa adormecida, amorfa, hueca, vacía, grotesca, extremadamente manipulable. De ella no se podrá sacar nunca nada bueno, nada positivo. Al igual que otros europeos, pero en grado mucho mayor, los españoles han llegado al último capítulo de la decadencia y la degradación. Este es un organismo en putrefacción avanzado. La carne agusanada de este cuerpo es lo único que realmente se mueve y tiene vida. No es extraño que Sánchez pueda garantizar su futuro económico bajo las cenizas de un sistema que lo ha calcinado todo a su paso.
Es seguro que las próximas generaciones de españoles pagarán dramáticamente los excesos de estos años, ya que lo que se dibuja en el horizonte es una sociedad empobrecida, envilecida y en las garras de un puñado de lobos con los instintos salvajes intactos.
Los españoles ya no sienten ni frío ni calor. Han creado una sociedad de espectros teledirigidos y logrado rebajar nuestras preferencias vitales al nivel de las cloacas.
España está en trance de morir y aquí nadie parece tener nada que decir. Los separatistas huelen la cobardía que hay en el ambiente y ven cerca la capitulación de una nación postrada a sus pies. Y ello sin que a los partidos con representación parlamentaria, ni al presidente del Gobierno, ni al Rey, ni a la prensa pesebrera, ni mucho menos a la sociedad civil parezca inquietarles.
Yo hace muchos años que dejé de creer en esta democracia. A decir verdad, nunca creí en ella. No puedo por tanto sentirme decepcionado por los datos del CIS. Al final sólo nos han dejado el valor de la palabra, aún con grandes restricciones. Por eso proclamo mi desprecio y asco a todos los que han hecho posible este monumental fracaso colectivo, dándonos desencanto, pesimismo, inseguridad, desesperanza y engañándonos con formaciones que, como Vox, responden a la necesidad del sistema de encauzar y controlar la disidencia.
La próxima moda progresista consistirá en la legalización de la prostitución
Suecia es el modelo de los progres en materia de libertad sexual y de
feminismo. Tanto es así que los suecos han implantado un sistema que
tantos progresistas –y progresistos- aplauden: la prostitución es legal
para la prostituta e ilegal para el cliente de la prostituta. ¡Y átenme esa
mosca por el rabo!, que diría el inolvidable Jaime Campmany.
Al tiempo, los nórdicos llevan presumiendo de máxima libertad sexual
desde que terminará la II Guerra Mundial. Insisto: un modelo para todos.
Ahora bien, cuanto mayor sea la libertad sexual, más esclava es la mujer,
cuya sexualidad es mucho más creativa, y está más ligada a la perpetuación
de la especie que la sexualidad masculina.
La próxima moda progresista consistirá en la legalización de la prostitución
en España.
Por ahora, el Gobierno Sánchez mantiene el no porque es preso de las contradicciones absurdas propias del feminismo, y el Ejecutivo se ha
autotitulado ‘feminista’.
En Suecia, la prostituta es legal, su cliente no. Es decir, otra memez feminista
Así, por la misma razón que niega los vientres de alquiler (¡Menos mal!),
también niega, por el momento, la legalización de la prostitución. Me temo
que no por mucho tiempo. A pesar del follón que montó -¡menos mal, a pesar de su hipocresía!- la ministra Magdalena Valerio con el sindicato de prostitutas,
lo cierto es que esa resistencia tendrá su pronto final porque carece de
principios.
En plata, el modelo a seguir por las feministas es Suecia. Allí la prostituta
es legal, su cliente no. Es decir, otra necedad sueca porque o vender el
cuerpo es bueno o vender el cuerpo es malo. Para los que compran y
para los que venden, para coimas y clientes de coimas. Y sí: vender el
cuerpo por dinero es una barbaridad.
Ahora bien: o vender el cuerpo es bueno o vender el cuerpo es malo. Para los que compran y para los que venden
A ello se le une una gran mentira cien veces repetida. El 90% de las
prostitutas lo son a la fuerza. ¿A que no?
Pero volvamos a Suecia: los nórdicos son, además, el no va más de la
libertad sexual. Y naturalmente, y esto es lo que se oculta, Sucia es el país con más violaciones de toda Europa. Mucho más que en España
en todas las variables. En cualquier caso, Suecia es el país con más
agresiones sexuales con penetración y sin consentimiento. Insisto,
¿qué esperaban? Cuanto más libertinaje sexual, menos respeto a la
mujer y menor libertad sexual de la mujer.
Suecia es el modelo para legalizar la prostitución. Pero no se preocupe,
un enamorado del sistema sueco como es Pedro Sánchez… legalizará la prostitución.