Aquí nada importa quiénes son las víctimas; lo que importa es quiénes son los autores.
No es la víctima, sino la autoría, lo que ha conducido a las turbas feministas hasta la escalinata de los juzgados pamploneses en un conato de asalto, mientras silencian las violaciones múltiples que perpetran manadas de argelinos en Alicante, donde diez de ellos violaron a tres menores; a una de ellas, de catorce años, durante 24 horas.
Lo que diferencia uno y otro caso no son las víctimas, chicas jóvenes e inocentes en todos los casos; lo que diferencia uno y otro caso son los autores. En un caso, una manada de la que lo sabemos todo, condición – repetida ad náuseam – de guardias civiles y militares incluida; en el otro caso, una manada de la que se nos regatea hasta la nacionalidad.
No son las víctimas, porque si lo fueran, nadie se empeñaría en que el origen argelino de los agresores fuese un dato “no relevante”. Ese, justamente ese, es el camino que condujo a la ocultación por la prensa, la clase política y la policía de miles de violaciones durante décadas en el Reino Unido.
Lo que importa a la jauría es el quién, no a quién – acaba de suceder con el pobre Gabriel, acusando a quienes pedían justicia de atacar a la asesina por ser mujer, negra e inmigrante, en un revelador acto fallido -; lo que importa a la jauría es el autor y no la víctima, como en el caso de la violencia cuando el que muere es el hombre o el niño, o como en el caso de Alsasua, donde nadie ha dicho palabra alguna acerca de la condición femenina de las novias de los guardias atacados.
No son las víctimas: es la continuidad de la movilización del 8-M, en la que la izquierda radicalizada – sabedora de hallarse lejos del gobierno – ha encontrado una veta inagotable capaz de suplir el gatillazo de Cataluña, destinado en su día a hacer saltar el sistema por los aires.
El objetivo es la creación de una atmósfera coercitiva que paralice el Estado de Derecho,al que quieren genuflexo ante sus dictados. Bastaba con ojear el careto de Catalá culpando de la sentencia al código penal de Belloch – pío-pío, que yo no he sido -, y prometiendo una pronta revisión del mismo. Prorrogado por don papelón Méndez de Vigo que ni entonó el respeto a las resoluciones judiciales, ni a la necesidad de evitar legislar en caliente, ni gaitas.
Tocaba “adecuar las penas a la sensibilidad social”, adecuación esquiva, al parecer, durante las décadas que han abarcado desde el terrorismo hasta el pequeño Gabriel. Ni unas víctimas ni la otra merecían tal adecuación. Hasta ahora, claro.
La creación de esa atmósfera opresiva es real: las iniciativas en las redes sociales, las comparecencias de los distintos partidos (entiéndase “distintos” como concesión semántica), las homilías matinales de las empozoñadoras televisivas, los editoriales, la jauría desatada; todo contribuirá al sometimiento de la justicia.
Parece lógico pensar que, en otro caso, una revisión de la sentencia del Supremo mantuviera la pena impuesta por el tribunal navarro, o acaso la rebajara en atención al voto particular del magistrado discrepante. ¿A alguien le cabe en la cabeza que el Supremo se atreva, así lo ahorquen, a revisar la sentencia en el sentido del voto particular de dicho magistrado? ¿En esta situación puede hablarse de veras de Estado de Derecho?
Para la jauría, la salvajada sucedida en ese portal pamplonés solo es política. Una política que les debe llevar al poder previo sometimiento de las últimas resistencias.
Acabo de firmar la petición "Generalitat de Cataluña: devuelvan a Aragón las pinturas expoliadas a Sijena por el MNAC" y quería ver si podías ayudar agregando tu nombre.
Nuestro objetivo es alcanzar 10,000 firmas y necesitamos más apoyo.
Don Pedro ha tenido a bien, en el sermón de la procesión del Viernes Santo, dedicar unos párrafos
a una de las realidades que hoy en día afectan a sus fieles: la ideología de género.
En concreto estas han siso sus palabras:
“Oímos hablar de la cuestión de género, del no sexismo, de los derechos trans. Detrás de todo
esto hay en primer lugar personas y mucha veces que sufren y que además muchas veces son
tratadas injustamente y eso no puede seguir así.
¿Es la ideología de género la respuesta adecuada a su sufrimiento? ¿Tiene esta ideología base
científica sólida? Con la excusa de defender los justos derechos de la mujer y de reconocer
la llamada expresión sexual, ¿no se está imponiendo una visión sesgada del ser humano,
de la sexualidad, del cuerpo humano y de las relaciones varón-mujer?
“¿Es propio de un sistema democrático imponer una ideología, sancionar la libertad de expresión? ¿No es esto más propio de una dictadura o una Inquisición?”, dijo el sacerdote de Tobarra
La ideología de género se está imponiendo como la única solución posible y se impone sin darnos
cuenta. Esta ideología afirma que no hay diferencias entre varón y mujer, y que el sexo biológico
no afecta para la identidad sexual.
¿No sería mucho mejor guiarse por estudios científicos que existen, valorar las consecuencias
de actuaciones y terapias, y buscar soluciones que no rompan la unidad y la dignidad de las
personas? ¿Es propio de un sistema democrático imponer una ideología, sancionar la libertad
de expresión? ¿No es esto más propio de una dictadura o una Inquisición?”.
Como podrás ver no hay una sola mención despectiva en sus palabras a ningún colectivo.
Sólo una serie de preguntas retóricas que cada quién podía contestar en su conciencia.
La reacción frente a las mismas ha sido la violencia: al día siguiente, Sábado Santo, su casa
aparecía llena de las huellas de huevos lanzados contra la misma por los intolerantes de
siempre y de ahora.
La casa del cura de Tobarra amaneció el Sábado Santo con huellas de huevos estallados.
Y la segunda reacción ha sido la cobardía o quizás la falta de sentido común y cristiano
de la Hermandad de Cofradías de la localidad que sin argumentar el porqué afirman
que las palabras del sacerdote son “desafortunadas”. Es un Comunicado a todas luces
timorato, aunque también es verdad que podrían haber tenido una actitud aún más miserable.
Se puede discutir razonablemente, con argumentos, las palabras del señor cura. Se puede discutir,
con argumentos, su oportunidad. Estamos en una sociedad presuntamente democrática
y la libre discusión dialogada a nadie debe asustarle. Tampoco la crítica que siempre
te puede hacer reflexionar y mejorar.
Pero no estamos ante esa situación. Quieren equiparar, con la ley mordaza, la disidencia
a la ley, la defensa de que el hombre es varón o mujer, con el odio.
Y cualquiera que levemente ose discrepar contra ese nuevo becerro de oro tendrá que pasar
por la pasión de la persecución.
¿Estamos dispuestos a ello? Al menos nosotros queremos mostrarle nuestro
“Es mérito de Laje haber puesto el foco sobre una etapa relativamente inexplorada de la historia de las ideas: las vicisitudes del feminismo y de la revolución sexual en el bloque soviético”
En realidad, el precursor del giro feminista del marxismo había sido el mismísimo Engels de
La familia, la propiedad privada y el Estado (1884), que fabula un comunismo primitivo
matriarcal, vincula la aparición del patriarcado a la de la propiedad privada y equipara la
“dominación de la mujer por el hombre” a la del proletariado por la burguesía. Por tanto,
la revolución socialista liberará a la mujer a la par que a la clase obrera.
Es mérito de Laje haber puesto el foco sobre una etapa relativamente inexplorada de la historia
de las ideas: las vicisitudes del feminismo y de la revolución sexual en el bloque soviético.
Confieso que desconocía, por ejemplo, la figura de Aleksandra Kollontay, quien, en
El comunismo y la familia (1921) propugnó la desaparición de la familia y la asunción
de sus funciones por el Estado totalitario: las mujeres ya no tendrán que ocuparse del trabajo
doméstico (pues existirá un cuerpo especial de limpiadoras estatales dedicadas a esas labores),
de preparar la comida (habrá cantinas públicas), ni de educar niños (para eso están las
guarderías populares). En Elamor de tres generaciones, Kollontay completa esa
liberación con la revolución sexual y el comunismo libidinal: “La actividad sexual es una
simple necesidad física. Cambio de amante según mi humor”.
Lenin y Stalin, dictadores soviéticos / Wikimedia
Y estas disquisiciones, explica Laje, no quedaron en fantasías, sino que se materializaron en gran
medida en la URSS de los años 20. Es importante saber que las “liberaciones” de 1968 habían
sido ya ensayadas en la Rusia genocida de Lenin y Stalin: allí hubo aborto legal, “marchas de
la desnudez”, “ligas del amor libre” y hasta proyectos de instalación de cabinas públicas para
tener relaciones sexuales en la calle.
Pero en los años 30 Stalin decretará el final de este Woodstock bolchevique: por ejemplo, el
aborto volverá a ser penalizado a partir de 1936. ¿Qué había ocurrido? Las políticas de liberación
sexual y deconstrucción de la familia –sumadas a las masacres de la Guerra Civil de 1918-21 y
del Holomodor ucraniano de 1932-33- estaban conduciendo a la URSS al colapso demográfico.
En 1934, en Moscú, el 75% de los embarazos terminaban en aborto. Igual que, en 1941, Stalin
redescubrió el patriotismo ruso para galvanizar la resistencia a la invasión nazi, así a mediados
de los 30 redescubrió “la familia soviética” como el nuevo ideal revolucionario que debía
reemplazar al libertinaje de los años 20.
“Hoy ya sabemos que el paraíso socialista no existía. El marxismo cultural ha quedado reducido ahora a la negación pura, la devastación por la devastación, la perversión por la perversión”
Así que los gerontócratas del Soviet Supremo debieron ver cielo abierto cuando, en los 60, se
extendieron por Occidente las mismas ideas disolventes que la URSS había sabido erradicar a
tiempo. No obedeció todo a una conspiración soviética: las Simone de Beauvoir, Betty Friedan,
Kate Millet o Shulamith Firestone (también agudamente analizadas en el libro de Laje y Márquez)
se bastaban para diseñar un nuevo feminismo anti-maternidad, anti-familia y, en sus más
recientes versiones, anti-mujer. Pero el KGB se frotó las manos, y colaboró en cuanto pudo a
la “desmoralización” del enemigo (es decir, a la erosion de su superestructura moral, ideológica
y familiar, precondición imprescindible para el posterior desmontaje de su estructura económica,
como había teorizado ya en los años 20 Antonio Gramsci). Lo explicó en una impagable
entrevista de 1983Yuri Bezmenov, espía soviético huido a Occidente, que reconoció que el
KGB dedicaba el 85% de su presupuesto a la “lucha cultural”, con notables resultados:
“[La mayoría de los jóvenes occidentales, influidos por un sistema educativo y una cultura
“progresistas” en los 60 y 70] están ya contaminados, están programados para pensar y
reaccionar a ciertos estímulos. No pueden cambiar de opinión aunque les demuestres que el
blanco es blanco y el negro es negro. […] Ni siquiera el camarada Andropov y todos sus
expertos habrían soñado un éxito tan tremendo”.
La destrucción cultural que pusieron en práctica Engels, Gramsci o incluso todavía
Simone de Beauvoir (devota comunista, como su compañero Sartre) tenía un sentido
instrumental y a su manera esperanzado: había que destruir la moral de Occidente
para poder derribar el capitalismo y construir sobre sus ruinas el paraíso socialista.
No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Pero hoy ya sabemos que el
paraíso socialista no existía. El marxismo cultural ha quedado reducido ahora a la
negación pura, la devastación por la devastación, la perversión por la perversión.
Lean a Laje y Márquez para saber a qué extremos delirantes de nihilismo están llegando
la ideología de género y la teoría queer. Lo más suave es esto de la filósofa Leonor Silvestri:
“No tendremos hijxs [hijos], adoramos la soledad, celebramos e insistimos en la destrucción
de toda relación de pareja, monogamia, uniones sentimentales, hetero-compromisos,
enamoramientos, amor romático o relaciones agazapadas bajo la mierda del amor libre.
Todas establecen territorios y jerarquías de opresión”.