sábado, 11 de noviembre de 2017
viernes, 10 de noviembre de 2017
LA OBRA DE LENIN Y SU REVOLUCIÓN Cien años de una revolución que implantó el crimen como modelo de Estado
Cien años de una revolución que implantó el crimen como modelo de Estado
Civilización
Se cumple un siglo de la Revolución Rusa, el primer triunfo del comunismo. Desde entonces, 100 millones de personas han sido asesinadas en su nombre
La izquierda española tardó en desterrar a Stalin de sus idearios, aunque en los últimos tiempos ha resurgido en los sectores más radicales, pero no ha ocurrido lo mismo con Lenin. Y ello a pesar de que fue el iniciador de los exterminios en masa en la Unión Soviética y el creador de la policía represiva de un régimen tiránico que duró más de setenta años.
Y no es por desconocimiento:
En 1918, según Izvestia, fueron ejecutadas por contrarrevolucionarias –es decir, por pensar de manera diferente a Lenin-, casi 6.000 personas solamente en Moscú y Petrogrado. Ese mismo año las fuerzas bolcheviques dirigidas por Stepán Shaumián con apoyo de Lenin masacraron a 14.000 civiles que se oponían al proyecto de instaurar un régimen soviético en Azerbaiyán como una república satélite de Moscú. Entre las víctimas de Bakú se encontraban los dirigentes socialdemócratas, comunistas mencheviques y liberales que fueron asesinados junto a toda su familia.
En 1919 se produjo una de las mayores masacres decididas por Lenin, curiosamente de ello no hablan los dirigentes podemitas para quienes todo en el líder revolucionario era bueno y admirable. En Turquestán, un territorio díscolo frente al Imperio Ruso que mantenía contra sus nuevos amos soviéticos la revuelta Basmachí, Lenin impuso la denominada “hambre artificial”. Un bloqueo a la entrada de alimentos en una zona de guerra permanente que ocasionó más de 1,2 millones de muertos en pocos meses y que supuso el agotamiento y sometimiento de un territorio que no quería pertenecer a la naciente Unión Soviética.
El avance soviético seguía imparable imponiendo el terror como forma de sometimiento. Un modelo que el propio Lenin había descrito perfectamente: “Ahora y sólo ahora, cuando en las zonas afectadas por el hambre hay antropofagia y las carreteras están pavimentadas con cientos de cadáveres, si no miles, es cuando podemos –y por lo tanto debemos- insistir en la apropiación de los objetos de valor (…) con la energía más implacable y despiadada, sin reparar en medios para aplastar toda resistencia (…) debemos declarar ahora una guerra decisiva y despiadada, y someter su resistencia con una brutalidad que no olviden durante décadas”.
Tras el Turquestán llegó el turno de Kiev, donde en una sola semana los bolcheviques del Ejército Rojo fusilaron a más de 3.000 personas. En toda Crimea la represión en 1920 había superado los 60.000 asesinatos contra la oposición política. Allí aplicaron la técnica de Lenin de matar de hambre al enemigo y durante los dos primeros años de ocupación soviética habían perecido por inanición más de 100.000 personas, en su mayor parte mujeres y niños.
La crueldad impuesta por Lenin se dejó sentir especialmente en algunas ciudades, como es el caso de Ganzha, en Azerbaiyán, donde la entrada de las tropas comunistas se saldó con el asesinato de 15.000 opositores en unas pocas horas.
Existen estudios que los profesores de la facultad de Ciencias Políticas no deberían desconocer a la hora de hablar de Lenin. En ellos, el estudio de la represión es tan pormenorizado que da las cifras agrupando a las víctimas por categorías. Así, entre las víctimas de Lenin, según recoge el libro “La URSS”, de Jorge Fernández Pradel (1932), se cuentan 890 mil campesinos, 268 mil soldados, 56 mil oficiales, 196 mil obreros, 8.800 médicos, 6.775 maestros, 212.263 intelectuales, no menos de 100 mil religiosos y más de 750 mil mujeres y niños que no se pueden adscribir a las categorías anteriores.
Si la izquierda occidental, salvo un reducido número de radicales, adjuró de Stalin por sus crímenes. Sin embargo no ha ocurrido lo mismo con Lenin, quien inició los exterminios en masa, y todo ello a pesar de que sus crímenes están documentados desde los años veinte del siglo XX.
jueves, 9 de noviembre de 2017
Mandato coactivo (MCRC Urbano Cobo Moran)
Mandato coactivo
1
Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC)

El reciente congreso nacional del partido gobernante en España ha debatido la modificación de sus estatutos, para incorporar a los mismo el derecho de los cargos electos del partido, incluidos diputados y senadores ”a votar en conciencia en aquellas propuestas que afecten exclusivamente a cuestiones éticas o morales y que pongan en cuestión sus convicciones más profundas“; en otras palabras, la posibilidad excepcional de no votar en el sentido decidido por el jefe del partido; la posibilidad de romper la disciplina de voto.
Aunque el artículo 67.2 de la llamada Constitución de 1978 prescribe que “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”, todos los partidos políticos desde el mismo momento de la aprobación de la Constitución, violando flagrantemente este precepto, han ejercido sistemática y coactivamente sobre los diputados y senadores una férrea disciplina del voto emitido en sede parlamentaria que, por sí sola, tiñe de inconstitucionalidad todas las leyes aprobadas por las citadas Cortes.
La práctica anterior es una perversión moral y política que la sociedad española conoce y voluntaria e injustificadamente tolera, y una prueba irrefutable de que los diputados y senadores en España no son representantes políticos de los ciudadanos que los han votado, que no elegido. Elegir los elige el aparato del partido mediante su inclusión o no como candidatos en la “lista electoral” que el propio partido presenta a las llamadas elecciones, para su ratificación por los votantes.
El mandato más coactivo que imperativo de los partidos o de los jefes de partido, para que en sede parlamentaria los diputados y senadores voten en un determinado sentido, so pena de sanción económica o expulsión del grupo parlamentario, que los partidos practican y casi todos explícitamente establecen en sus estatutos, ha reforzado la anulación de la representación política de los ciudadanos; ya de por sí técnicamente imposible con un sistema electoral proporcional; y con ello también la eliminación de uno de los dos pilares de la “democracia como forma de gobierno”, cual es la representación política de los electores; el otro pilar, la separación en origen de los poderes del estado se disfraza mediante la simple distribución de funciones entre personas u órganos como en los regímenes dictatoriales.
Consecuencia, la forma de gobierno de España no es una democracia, por mucho que la Constitución comience proclamando que “España se constituye en un Estado social y democrático”, o que “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”, y por mucho que unánimemente todos los medios de comunicación repitan constantemente mensajes como que “vivimos en democracia”, “nuestra democracia”, “la democracia que tanto nos ha costado traer”, etc. No, no, España no es una democracia, ni tan siquiera una monarquía parlamentaria, porque los ciudadanos no podemos elegir a nuestros representantes políticos, sólo ratificar, a modo de plebiscito, a los candidatos propuestos por los partidos políticos como representantes en el Congreso y en el Senado de los propios partidos políticos, y porque no hay separación de poderes. Así de sencillo.
¿Qué representante es ese que sus representados no pueden cesar o destituir?
No hay más ciego que aquel que no quiere ver, ni más sordo que aquel que no quiere oír. Mira y ve. Sapere aude.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Los procesos secesionistas: Laboratorios de ingeniería social
Los procesos secesionistas: Laboratorios de ingeniería social
martes, 7 de noviembre de 2017
¿Sabías que la epidural la descubrió un médico español en la guerra en Ifni?
¿Sabías que la epidural la descubrió un médico español en la guerra en Ifni?
A través del libro "Siempre tuvimos héroes" (Edaf) el politólogo Javier Santamarta, se condensan por vez primera toda una serie de episodios para hacernos sentir orgullosos de todo lo que hicieron muchos españoles fuera y dentro de nuestras fronteras.

Tras plantearse estas preguntas el politólogo y experto en Ayuda Humanitaria, Javier Santamarta del Pozo, decidió escribir el libro ‘Siempre tuvimos héroes’ (Editorial Edaf) con el que muestra los grandes hitos que han marcado la historia del humanitarismo en España desde 1085 hasta 1971.
1. Fidel Pagés, el médico que descubrió la anestesia epidural
Pagés se licenció en Medicina en la Universidad de Zaragoza en 1908, y ese mismo año superó las oposiciones para ingresar en el Cuerpo de Sanidad Militar. Así en julio de 1909 fue enviado a Melilla para dar asistencia en la guerra que por entonces enfrentaba a España y Marruecos.En 1923 crea la anestesia epidural, medicamento que se le suministra a las mujeres durante el parto para reducir el dolor de las contracciones.Pagés llegó a tiempo de hacerse cargo de las numerosas bajas ocasionadas por los rifeños en el Desastre del Barranco del Lobo. Aquella primera experiencia como médico de guerra sería decisiva y le impulsaría a buscar métodos eficaces y seguros con los que proporcionar anestesia a los soldados heridos que había que intervenir quirúrgicamente.

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lunes, 6 de noviembre de 2017
_El ruido y la furia de la Cataluña de los mecenas_
Interesante historia
_El ruido y la furia de la Cataluña de los mecenas_
lunes, 30 de octubre de 2017
España es culpable (Arturo Pérez Reverte)
España es culpable
Arturo Pérez Reverte
Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones —con corbata o sin ella—, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de picaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.
El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos.
Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones —cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista—, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.
Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir —no era preciso ser futurólogo— los llamaban exagerados y alarmistas.
Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes, por cobardes.
Arturo Pérez Reverte
Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones —con corbata o sin ella—, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de picaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.
El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos.
Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones —cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista—, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.
Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir —no era preciso ser futurólogo— los llamaban exagerados y alarmistas.
Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes, por cobardes.
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