jueves, 11 de agosto de 2016

Expolios (Juan Manuel de Prada)


Expolios 

Juan Manuel de Prada 



En 1793, Moratín visitaba la Real Academia de las Artes de Londres y afirmaba que solo había 856 cuadros, de los que 331 eran retratos. «Los otros añadía son vistas, ruinas y paisajes. Hay una gran escasez de cuadros de gran composición y estudio, exceptuando media docena de obras ejecutadas por buenos pintores. Lo demás es fundamentalmente mezquino y pueril, propio para adornos de gabinete o cajas de tabaco». Si Moratín hubiese visitado unas décadas más tarde los museos londinenses se habría tropezado con multitud de obras maestras españolas (que, ciertamente, dejan el insignificante arte británico a la altura del betún), que todavía siguen luciendo en sus paredes. Y lo mismo ocurre en museos franceses o americanos, así como en multitud de colecciones privadas logradas mediante la rapiña y el comercio ilícito.

 En su obra Pintura española fuera de España, Juan Antonio Gaya Nuño llega a computar hasta tres mil ciento cincuenta tablas y lienzos de todas las épocas que nos han sido arrebatados; pero tal catastro es tan solo la punta del iceberg de un desastre sin paliativos que incluye también obras escultóricas y hasta arquitectónicas, arrambladas por saqueadores que se pasearon por los pueblos de España perpetrando los latrocinios más sangrantes, a veces con beneplácito gubernativo. Tampoco se detiene Gaya Nuño a considerar la multitud de obras que no se hallan en España, pero tampoco fuera de España: obras de arte destruidas por iconoclastas de diverso pelaje, abandonadas a la incuria, despedazadas por la vesania de los hombres. Podría elaborarse sin dificultad una historia de España, durante los siglos XIX y XX, que fuese un relato de los latrocinios artísticos padecidos por nuestra nación. Tal historia podría iniciarse con la ocupación napoleónica de 1808, que permitió a los gabachos repetir en nuestro suelo los episodios de violencia en las personas y en las cosas que caracterizaron la Revolución Francesa. Tal vez la gente tenga una vaga noción de los destrozos y rapiñas perpetrados por la soldadesca, pero ignore que los gerifaltes napoleónicos estaban poseídos por la misma enfermedad: desde el cuñadísimo Murat, que saqueó el palacio de Aranjuez, al hermanísimo Pepe Botella, que huyó de España con centenares de carruajes cargados con obras de arte procedentes del Palacio Real de Madrid (interceptadas luego, por cierto, por Wellington). Y después de los estragos causados por la francesada, vendrían las infaustas desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, que auspiciarían (¡bajo manto legal, como buenos liberales que eran!) un proceso de devastación, disgregación, venta y extravío de nuestro arte religioso sin precedentes... para enriquecimiento de terratenientes, oligarcas y caciques.

Durante el siglo XX prosiguió el expolio, que alcanzaría cúspides de aberración y furor iconoclasta durante la Guerra Civil. Pero, aunque ningún episodio expoliador revistiese la gravedad de los acaecidos durante aquellos años de sangre, las destrucciones de nuestro patrimonio no se detuvieron ahí. Antes y después de la guerra, coleccionistas y anticuarios, a veces extranjeros como el desaprensivo Arthur Byrne, que llegó a desmontar, piedra a piedra, el claustro del monasterio de Santa María de Sacramenia, para solaz del megalómano magnate William Randolph Hearst y a veces autóctonos, como el catalán Federico Marés (¡cuyos incontables saqueos se reúnen tan ricamente en un museo que lleva su nombre en Barcelona!), siguieron expoliando sin remilgos. Y aún el patrimonio español habría de enfrentarse a otra plaga, asociada a la reforma litúrgica, que propició que cientos de iglesias fuesen despojadas de sus altares, sillerías, sagrarios, retablos, púlpitos e imágenes, en un desquiciado deseo de 'adecuar' el arte sacro a las tendencias pachangueras y casposas que se imponían en los primaverales años sesenta.

 Los siglos XIX y XX en España constituyen, en efecto, un inacabable rosario de rapiñas y expolios artísticos. Pero, si no nos conformáramos con elaborar un catastro de saqueos y aspirásemos a hacer filosofía de la Historia, descubriríamos que todos estos episodios de latrocinio e iconoclasia obedecen (pese a disfrazarse a veces de codicia, a veces de coartadas ideológicas, a veces incluso de excusas filantrópicas o de aggiornamento estético) a un impulso común. Y ese impulso común no es otro sino el odio religioso, un sentimiento que enardece por igual a los pueblos convertidos en chusma y a sus élites más refinadamente sibilinas, y que encuentra una de sus expresiones más características en la aversión rampante y frenética a la Belleza.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Dudas sobre al-Andalus. (Serafín Fanjul)

Dudas sobre al-Andalus 

Serafín Fanjul

EN los últimos años de su vida don Claudio Sánchez-Albornoz, asustado ante el cariz que iba adquiriendo en Andalucía la rearabización de guardarropía y subvención, publicó en periódicos varios artículos de divulgación histórica con el fin de alertar y concienciar a la población española del contraproducente dislate en que políticos oportunistas y personajes más comerciantes que intelectuales estaban sumiendo a nuestro país, en aras de restaurar una imaginaria justicia histórica en la que la España real era desconocida y marginada, cuando no escupida, por gentes cuyos conocimientos eran tan reducidos como enormes sus ambiciones. Los arabistas que, a la sazón, tenían autoridad y medios para contribuir a la clarificación permanecieron mudos: no convenía luchar contra la corriente, por mucho que discreparan en la intimidad de la falsificación arrasadora.

 El intento de don Claudio pasó inadvertido, por su fallecimiento, que impidió su continuidad, por escribir en diarios del norte que raramente llegaban a Andalucía («Acaso no hayan sido muy leídos al sur de Sierra Morena los ensayos en que desarrollé lo sabido sobre la realidad de la historia andaluza…», se lamenta el historiador) y, sobre todo, porque la avalancha contraria era demasiado fuerte. El pánico a desentonar con la moda, junto con la exaltación del tribalismo de taifa y sus pingües beneficios, indujo a parafrasear, para el propio coleto, a Quevedo: «Con la islamización… ¡chitón!». So pena de ser condenados al ostracismo moral —y lo que es peor: editorial— por los beatos adeptos de la nueva doctrina.

 En horas veinticuatro el islam, en bloque y sin matices, fue prohijado por el progresismo hispano como parte de la «España perseguida por la reacción» y, de inmediato, canonizado en altares laicos, en batiburrillo deprimente: Blanco White, junto a los alfaquíes que persiguieron a Maimónides o Averroes; Antonio Machado, quemándose a la fuerza en la pira que Almanzor dedicó a los libros de al-Hakam II, los hosannas al pacifismo aureolando las degollinas de infelices campesinos cristianos en las aceifas estivales que organizaban los emires cada año, mientras pudieron. Monumento a la incongruencia, al desconocimiento y al olvido —por cierto— de las durísimas y hasta insultantes opiniones (insultos puros), documentos, escritos que los dirigentes comunistas, socialistas, republicanos dedicaron a los moros durante la Guerra Civil. Esta sí fue una reconversión industrial: el soplo benéfico del progresismo reconvirtiendo al islam —porque así convenía— en paradigma de tolerancia y pacifismo.

 Hasta el 11 de marzo de 2004, berrido que nos despierta y testifica que tanta simpleza exige, al menos, aclaración y matices. El islam no puso las bombas de Atocha, pero sí —al parecer— los autores fueron musulmanes que decían actuar por y para su fe. Y, sin embargo, el embajador de Rodríguez en Washington —Sr. Dezcallar— se dispone a festejar el próximo 23 de marzo los mil trescientos años de la invasión árabe-musulmana en el Encuentro «East meets West» del Virginia Military Institute (Lexington, Virginia). No será el único. Y si todo quedara en abrazos protocolarios y retórica de circunstancias, bien estaría la cosa. Pero no, topicazos, medias verdades y la imagen folclórica e inane de la España forjada por los anglosajones protestantes están garantizados: «Una fusión entre dos mundos que empezó hace 1.300 años (…). Únete a nosotros para conmemorar las brillantes contribuciones resultantes de mezclar las culturas orientales y occidentales. El programa abordará el crucial relato de aquellos gloriosos hechos, cuando cristianos, judíos y musulmanes florecieron codo con codo en la Europa occidental, construyendo una sociedad que iluminó las Eras Sombrías…», reza el anuncio. Y todo a ese tenor.

 Las dudas sobre al-Andalus —que una mera fecha nos induce a suscitar— empiezan por el comienzo mismo: la forma, el lugar y hasta los protagonistas. El profesor Joaquín Vallvé demostró hace años algo con claridad: la inconsistencia de las noticias y de la verdad oficial admitida en torno a la conquista árabe. La etimología de Gibraltar, la batalla del Guadalete y la misma existencia del personaje histórico Táreq ibn Ziyad quedaron en entredicho. Y otros muchos detalles anejos. El desembarco había sido por Cartagena, y la famosa derrota visigoda habría tenido lugar en el Campo de Sangonera. Sin llegar a una conclusión definitiva sobre el asunto —Vallvé lo hace, y con fuertes razones— algo está muy claro: la fragilidad y falta de credibilidad de los cronistas árabes, respecto a los primeros tiempos de la Conquista, es clamorosa, empezando por que más bien se puede hablar de fuentes históricas que de crónicas en sentido estricto, fuera de la ordenación temporal. Díaz del Castillo, Cieza de León o Francisco de Xerez vivieron e historiaron los acontecimientos, fueron testigos de los mismos, en tanto que estos autores árabes escriben dos, tres, hasta nueve siglos (al-Maqqari) después de lo que narran. Y gustan de entreverar leyendas, chascarrillos, exageraciones, como si fueran historia. Pero no se trata de arremeter contra ellos, que, al fin, hacían lo que podían.

  El problema es otro. Hace años que al-Andalus se ha convertido en diana fija de islamistas fanáticos y árabes en general, sean cuales sean sus intenciones inmediatas y visibles, máxime en el presente tobogán de inestabilidad que se corre por el norte de África como mancha de aceite, enarbolando la espada de internet, pero siempre con la amenaza islámica de fondo. Han cambiado los métodos, pero no los objetivos ni las convicciones de los actores. La recuperación de al-Andalus hace años que dejó de ser ensoñación chistosa de poetas para trocarse en objeto tangible de codicias colectivas. Palestina, primero —como meta más acuciante en orden cronológico y por imperativo geográfico—, y al-Andalus, en tanto que continuación del destino manifiesto de expansión islámica, constituyen los dos polos de atracción de islamistas moderados y extremosos. Al-Andalus desempeña un importantísimo papel, de bandera ideológica y refugio sentimental que justifique cualquier irracionalidad y sinrazón del tipo «como fue nuestro, es justo que lo recuperemos». El resultado de esta clase de juicios arbitrarios solo puede resultar desastroso, si se insiste con contumacia de neófitos, por parte española, en la resurrección del conmovedor y tierno al-Andalus que nunca existió. En otros tiempos, no demasiado lejanos, arabistas de primer orden como Asín Palacios o García Gómez pudieron disfrutar el lujo de embellecer y adornar su visión de las parcelas de al-Andalus que tocaban porque, de aquella, no había en España ni en el resto de Europa peligro islámico de ninguna clase y por ignorar cómo se utilizarían a posteriori, años después de su muerte, para recrear en la práctica un pasado detestable. Una cosa es dedicar un recuerdo amable y lo más documentado posible a esa parte de la historia de la Península Ibérica —como hemos reclamado en alguna ocasión—, y otra olvidarnos de quiénes somos realmente. Miro a mis antepasados y no veo más que gallegos, asturianos y leoneses: lo mismo que casi toda  la población de Cádiz, Sevilla o Granada.


SERAFÍN FANJUL ES CATEDRÁTICO DE ESTUDIOS ÁRABES

martes, 9 de agosto de 2016

EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN

EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN

paul_delaroche


El romanticismo es una reacción al racionalismo ilustrado, y a los principios y práctica de la Revolución francesa. Reacción consistente en la exaltación de las particularidades propias y del pasado vivido, especialmente del pasado medieval, resaltando las libertades que los pueblos de aquellas épocas disfrutaban. Como tal, la reacción es positiva.

Los pueblos no aguantaban más las frías construcciones racionalistas ajenas a su alma y al calor de sus tradiciones. Porque más allá de una mera sociedad organizada para fines racionales al modo contractual de Rousseau, o de la concepción mecanicista del Estado, o del despotismo ilustrado, más allá de eso el pueblo es una comunidad.

 Como reacción al individualismo burgués, al centralismo uniformador y al naciente capitalismo, el romanticismo tiene muchos lugares comunes con el Tradicionalismo.

 El problema surge cuando esa exaltación se hace desde una perspectiva meramente “natural”, y termina en naturalismo puro. No digamos cuando esa mirada al pasado es totalmente pagana. El movimiento romántico degenera vía naturalismo, por tanto, en el nacionalismo; y esto es grave porque este naciente nacionalismo arraiga en zonas tradicionalmente tradicionalistas y de fuerte resistencia a la modernidad. El nacionalismo será una forma de atemperar su tradicionalismo y a la larga de diluirlo totalmente: el caso catalán o vascongado es paradigmático.

Este nacionalismo romántico tenderá a idealizar el pasado a base de “mitos” y por tanto se alejará de la verdadera Tradición siempre arraigada en la auténtica historia. El nacionalismo es una “idolatría política” que invierte la correcta jerarquía de principios. La exaltación de la “nación”, conduce a la larga, se quiera o no, a la relegación de la religión como fundamento esencial y unificador. Destruyendo así el principio vital que vivificaba las tradiciones, libertades y instituciones de los pueblos. Incluso los “nacionalismos católicos” primarán el interés nacional y la religión tanto en cuanto sirva a la “nación”. Primará la “nación” sobre la “tradición”.

 En los aludidos casos catalán y vascongado la descristianización de sus respectivos ámbitos ha tenido lugar con ocasión de los gobiernos nacionalistas, habiendo estado esos partidos nacionalistas, de inspiración o de antigua confesionalidad católica, a la vanguardia de políticas anticristianas. Ejemplo muy reciente es el apoyo del PNV al aumento del genocidio legal del aborto con la nueva y sanguinaria ley propuesta por el PSOE.

 El Dios, Patria, Fueros y Rey es la correcta relación de principios; su alteración es un principio revolucionario y disolvente.

 En el caso de la América hispánica esos nacionalismos católicos, pese a ser más consecuentes con su confesionalidad, han bebido de “mitos” y “símbolos” revolucionarios. Es curioso como en muchos casos exaltan a los “padres de la patria” de sus “naciones”, siendo estos masones y liberales. Aceptan sus símbolos, siendo estos igualmente liberales y masónicos en su origen; aceptan todo el proceso de sus “independencias”, proceso igualmente revolucionario. Y al mismo tiempo ese nacionalismo les sirve para oponerse a los católicos de otros pueblos hermanos, impidiendo el proceso de una verdadera restauración que debería conllevar a la formación de una Comunidad de pueblos hispánicos.

El error romántico de base es el “naturalismo” y el “sentimentalismo” que lleva parejo; exaltar lo puramente natural, lo que degenerará en la creación de “idolatrías políticas”: la orografía, las peculiaridades folclóricas, culturales o lingüísticas, la “raza”, etc. Siempre en detrimento de la Tradición como ejecutoria histórica y real, y del principio espiritual sobrenatural que la alimenta y da coherencia.

 En este sentido hay romanticismos de derechas de tipo conservador (que no escapan de ese naturalismo) y los hay de tipo más liberal (y tono revolucionario). Pero en los dos casos la raíz anti-tradicional es idéntica. Aun así entre los románticos habrá quien termine en una verdadera conversión al catolicismo y en una defensa de la verdadera Tradición y buscando, por tanto, la restauración. Pero lo más normal es que el romanticismo que en un principio nace con un tono conservador, degenere pronto en liberalismo, y en muchos casos derive en puro pre-fascismo y posteriormente en progresismo disolvente (contradiciendo totalmente sus propios orígenes). Todo ello mediante la exaltación de “mitos” y de elementos puramente naturales por la asunción del principio de inmanencia propio de la filosofía moderna de la que no se escapan.

El sentimentalismo romántico ha operado como vehículo de trasvase de los pueblos tradicionales hacia el liberalismo vía un vaciamiento del alma de los pueblos, mediante el idealismo romántico. La defensa de la religión y de las libertades tradicionales, se debe hacer siempre desde una perspectiva sobrenatural y trascendente que es la que las vivificaba y unificaba, arrancado ese principio el pasado pierde significación y la restauración se hace imposible. Sólo la Religión es el centro de una comunidad y antídoto al individualismo disolvente.

Tengamos mucho cuidado en la no generación de “Tradicionalismos románticos”. La Fe católica asimilada y vivida debe ser siempre la norma de nuestro actuar personal y político.

EL ROMANTICISMO VEHÍCULO DE DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN | Ecce Christianus

lunes, 8 de agosto de 2016

AL PIE DEL ALCÁZAR DE SEGOVIA

Segovia, ¿qué ángeles te han labrado?


AL PIE DEL ALCÁZAR DE SEGOVIA

Por el balcón de Eresma y de Clamores,
en la urbe segoviana y carmelita,
se ve cuanto el recuerdo necesita
para morir de amor y mal de amores.


La iglesia de Fuencisla son olores
de verdor recostado que medita
junto al descalzo Juan que nos recita
su "Noche Oscura" entre álamos cantores.


Y si ríos, santuario y monasterio
-ni el alcázar detrás-, bastante fuera…
restara por nombrar todo el misterio


de Segovia milenaria; ¡y valiera
de sus calles cada una el magisterio
para declararle amor a ella entera!


Juan Pablo Mañueco

El romanticismo: enfermedad del espíritu de hombres y pueblos (Plinio Correa de Oliveira)

 El romanticismo: enfermedad del espíritu de hombres y pueblos



DIVORCIO Y ROMANTICISMO



El presente texto es de ese Cruzado que tuvo el siglo XX, el brasileño Doctor Plinio Correa de Oliveira. En 1951 el Doctor Plinio lideró una campaña contra el divorcio y escribió este artículo. Merece que escrutemos, con la guía del Doctor Plinio, las causas por las cuales se ha instalado el divorcio en nuestra sociedad, hasta tal punto que incluso en nuestros días es algo cotidiano, a la vez que fuente de dolor para muchas personas que, fracasando en su matrimonio, terminan por sumirse en la depresión. El artículo ofrece así la oportunidad de plantearnos romper con muchos tópicos que permanecen en la mentalidad de nuestros contemporáneos. La lucidez y claridad del Doctor Plinio van a iluminar a muchos lectores.




 En los compendios se dice que la escuela romántica ha muerto. Evidentemente, esto es verdad si se trata de literatura o de arte. Pero, ¿será igualmente verdad si se trata de la vida? ¿Serán enteramente extraños a los hábitos mentales y afectivos de nuestros contemporáneos el modo de ser y de sentir que crearon los románticos? En lo que atañe al matrimonio, ¿será cierto que el comportamiento del hombre actual sufre de alguna influencia romántica? ¿Y qué relación existe entre esta influencia y el problema del divorcio?



A LA BÚSQUEDA DEL “ALMA GEMELA”

 En primer lugar, evocamos a ciertos tipos de "Héroes" y "heroínas" del romanticismo. El "héroe" de género “delicado” podríamos imaginárnoslo como un joven (ahora, a los 50 años se es cualquier cosa, menos romántico) grácil, pálido, de rasgos regulares, ojos grandes y melancólicos que se pierden mirando al vasto horizonte, poéticamente descuidado en el peinado y en el atavío, el pecho jadea con ardientes aspiraciones, indefinidas, torturantes, anhelante de una completa felicidad afectiva. Sin embargo es un incomprendido. En los rincones inexplorados de su personalidad hay horizontes sublimes, hay anhelos inefables que piden, buscan, imploran la comprensión de una "alma gemela". Allí deberá existir, en la inmensidad de este mundo un ser hecho para comprenderlo a él. Búsquelo, porque entonces encontrará la felicidad... y nostálgico deambula por la vida, hasta que lo encuentra.

EL “HÉROE DE TIPO HORRIBLE”

 El héroe romántico de tipo terrible muestra una diversidad en apariencia física, es idéntico, desde el punto de vista moral, al modelo descrito más arriba: de hombría exuberante, de constitución atlética, de una belleza un tanto oscura, según el estilo de algunos de los personajes de Wagner, rico, de buena posición social, de enorme influencia, en definitiva posee todo lo que la vida puede ofrecer... Pero en el corazón tiene una llaga: un ardiente afecto, una tremenda desilusión, una pesada persuasión y un frío intenso como una lápida sepulcral, pues nunca encontrará en la tierra la correspondencia afectiva que sueña su corazón.

LA “HEROÍNA”

 En simetría es como se formó la figura de la "heroína", de la cual no sería difícil evocar a dos modelos característicos. Uno de estos dos es el género "mignon". Ella es una monada de alma y cuerpo delicados. Cualquier dolor la hace llorar, cualquier rozadura en su alma la hace su sufrir. Ingenua como una niña pequeña, lleva en el corazón un inmenso deseo de dedicarse a alguien y ser amada por alguien. Necesita protección, puesto que su fragilidad es completa y se refleja en la ternura de su mirada, en las inflexiones armoniosas de su voz, en la finura de sus rasgos faciales, en la delicadeza refinada de toda su constitución.

 El otro modelo sería el de la "heroína" del género grande. Una deslumbrante belleza, la estatura y el porte de reina, el centro natural de atención, de todos los homenajes, de toda la dedicación, una presencia dominante y fatal. En el corazón, por supuesto, una cicatriz secreta, una profunda amargura, un dolor grande y oculto. Es la amargura de una desilusión pasada, a la búsqueda ansiosa y desesperada de cualquiera que la comprenda realmente. A sus pies, los poetas, los duques, los millonarios gimen en vano. Su mirada indiferente, altanera, profunda y entristecida, busca en la distancia, en derredor de su vida, aquello nunca encontrará. Es la felicidad de un gran afecto, de acuerdo con las aspiraciones “elevadísimas” y torturantes que le procuran al alma un secreto e incesante derramamiento de sangre.

MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

 Tal vez, algunos lectores se sonreirán. ¿No parece verdad que todo esto ya desapareció? Cuando uno ve pasar, en su coche de colores festivos, al muchacho o la muchacha de esta época jovial, deportiva y vitaminada, ¿no podremos pensar que estamos a kilómetros del romanticismo? El joven actual es robusto, alegre, parece bien instalado en la vida, con buen sentido práctico y deseoso de triunfar. La joven de hoy es desenvuelta, emprendedora, práctica y muchas veces audaz. Se la ve a ella también alegre, se siente bien y quiere disfrutar de la vida. ¿Qué tiene ella en común con la dama de tipo lacrimógeno que conmovió a nuestros abuelos?

 No negamos que el utilitarismo moderno ha creado un clima de mayor tolerancia para los matrimonios inspirados por motivos cínicamente económicos. No negamos que el cálculo respecto a la carrera, la posición social, hogaño influyen con mayor frecuencia que en los matrimonios de otras épocas. Pero a buen seguro que se equivocaría aquel que quisiera generalizar en términos absolutos los numerosos casos concretos que se podrían presentar en este sentido. A despecho de todo el utilitarismo, el terreno reservado al “sentimiento” continúa siendo muy considerable. Y, si analizamos este “sentimiento”, veremos que no es otro que una adaptación muy superficial de los viejos moldes románticos.

MATRIMONIO DE AFECTO

 Nuestra era de democracia no admite ya a personajes más que destacados o excepcionales. El “héroe” es hoy un “chico popular” y la “heroína” una “chica fascinante”. Entendámoslo bien, un “chico popular” como otros miles y una “chica fascinante” como también tantas otras. La existencia tecnificada actual los fuerza a ser menos asiduos que sus antepasados en materia de devaneos y en las interminables divagaciones. Todo esto circunscribe de varios modos el ámbito de las efusiones fantasiosas y sentimentales. Sin embargo, aunque hagamos todas estas reservas, cada vez que ellos se ocupan del amor, se trata del mismo sentimentalismo empalagoso, son los mismos vagos anhelos, las mismas incomprensiones, la misma afinidad, los mismos sobresaltos, las mismas crisis, las mismas ansias de felicidad afectiva sin límites, y la crónica precariedad de toda esta “felicidad”. No queremos hacer aquí un estudio psicológico de la producción literaria y artística más o menos de segunda clase que cunde por el mundo. Y que forma efectivamente el espíritu de la masa. Bastará que nuestro lector tenga un poco de sentido de esta realidad que en todo momento lo circunda, para percibir lo cabales que son nuestras apreciaciones. De hecho, la gran mayoría de los matrimonios que se efectúan por motivos afectivos se construyen hoy en día sobre la base de sentimientos absolutamente imbuidos de sentimentalismo romántico.

EL ROMÁNTICO VIVE “EN LA NOVELA”

 Y he aquí el problema. Si algunos matrimonios vienen a consumarse por interés y otros por afecto, y si los que se hacen por afecto generalmente se hacen bajo la influencia del romanticismo, la cuestión de la estabilidad de la convivencia conyugal depende de saber hasta qué punto el interés o el romanticismo pueden llevar a los cónyuges a soportarse mutuamente.

 No hablemos del interés, puesto que el asunto es suficientemente claro. Hablemos del romanticismo. Lo primero de todo, acentuemos que el romanticismo es esencialmente frívolo. Supone de buen grado, las mayores virtudes tanto en la “heroína” como en el “héroe”. Pero, en el fondo, esas virtudes pesan realmente muy poco en la balanza como factor de supervivencia del recíproco afecto. De hecho, el romanticismo perdona generalmente, sin que le cueste mucho esfuerzo, defectos morales reales, ingratitudes, injusticias, y hasta traiciones. Pero no perdona la trivialidad. De modo que, para llegar a la carne viva del problema hay que usar ejemplos- un modo grotesco de roncar durante el sueño, el mal aliento, cualquier otra miseria humana de las menudas, al cabo, puede matar sin apelación un sentimiento romántico… Que buenamente resistiría a otras razones mucho más graves para quejarse. Ahora bien, la vida humana es un entramado de trivialidades, y no hay persona alguna que en la intimidad no tenga algo más o menos difícil de soportar. Por eso se volvió banal hablar de las desilusiones, después de la luna de miel. “Pasado ese período” –me dijo una vez uno- “mi mujer no me dejó insatisfecho nunca, pero sí me colmó de desilusiones”. Y como el romanticismo por esencia y definición está todo él hecho de ilusiones, de afectos descontrolados e hipotéticos sobre personas que sólo existen en el mundo de la quimera, la consecuencia es que a poco tiempo el sentimiento que era la única base psicológica de la estabilidad de la convivencia conyugal se esfumó.


RETORNAR A LA REALIDAD

 Naturalmente una persona, en estas condiciones, no desciende al fondo de las cosas, no percibe lo que hay de sustancialmente irrealizable en sus anhelos, y juzga pura y simplemente que se engañó. Entonces cree que puede encontrar en otra persona la felicidad que el matrimonio anterior no le pudo dar. Acostumbrada a vivir única y exclusivamente para su propia felicidad, habituada a ver la felicidad realizada sólo y exclusivamente en la satisfacción de sus devaneos sentimentales, tal persona juzgará su vida inexorablemente destruida, si no la satisface de otro modo. Y juzgará que igualmente destruida estará la vida de todas las numerosas personas que cayeron en la misma “equivocación”. De ahí que el divorcio le parecerá tan absolutamente necesario como el aire, el pan y el agua.

 A una persona en este estado de alma, ¿qué argumentación seria contra el divorcio, por reforzada que esté con el lenguaje yerto de las estadísticas, la va a impresionar? Acostumbrada a divagar, y no a pensar, esta persona detesta todo tipo de argumentación y mucho más si la argumentación es seria. El lenguaje de los números le parece ridículo en materia como ésta. Hablar de sociología a propósito del matrimonio y el amor se le figura tan chocante como si se le habla de tema más técnicos de botánica a un poeta absorto en la contemplación de la belleza de una flor.

 Ahora se comprende, por lo tanto, que la campaña anti-divorcista, rigurosamente coherente en todos sus argumentos, da palos de ciego en un blanco errado, tratando de convencer, con argumentos fundados en la moral y en el bien del país, a gentes que está únicamente preocupada de lograr su felicidad individual en un mondo de sueños y de quimeras.

SOBRE EL EGOÍSMO NADA SE CONSTRUYE… Y MENOS TODAVÍA, LA FAMILIA

 Y llegamos al final. En último análisis, el romanticismo es egoísmo en estado puro. El romántico no busca sino su propia felicidad. Y solamente concibe el amor en la medida en que el otro sea un instrumento adecuado para hacerlo feliz. Esta felicidad afectiva la desea de modo tan exclusivo que, dándole rienda suelta a su sentimiento, saltará por encima de todas las barreras de la moral, le importará un bledo todas las conveniencias del bien común, y satisfará brutalmente sus instintos. Sobre el egoísmo nada puede construirse… Y mucho menos la familia.

 Es necesario, pues, lanzar una tremenda ofensiva anti-romántica, para mostrar la sustancial diferencia que hay entre la caridad cristiana –toda ella hecha de espíritu sobrenatural, de sentido común, de equilibrio de alma, de triunfo sobre el desorden de la imaginación y de los sentidos, toda ella hecha de piedad y ascesis, contra el amor sensual y egoísta, descontrolado, hecho de sentimentalismo romántico que todavía está en boga. Es falso imaginar que los verdaderos esposos cristianos son héroes de novela, que por una feliz coincidencia lograron consumar un auténtico matrimonio, según el Derecho Canónico, como un paso prelimar para satisfacer sus pasiones, pero que llevan al tálamo conyugal el mismo estado de espíritu, el mismo egoísmo, la misma ausencia de espíritu de mortificación de cualquier aventura amorosa.

 Mientras que el concepto sentimental-romántico influya, implícita o explícitamente, en la mentalidad de los contrayentes, todo matrimonio de hoy en día será precario, porque habrá sido construido sobre un terreno esencialmente meloso, movedizo, volcánico, del egoísmo humano.


 Se dice, por costumbre, que la familia es la base de la sociedad. Los matrimonios nacidos del sentimentalismo egoísta y romántico son la base de la Ciudad del Demonio, en la que el amor del hombre a sí mismo lo lleva a olvidar a Dios. Y los matrimonios nacidos del amor de Dios, y del amor sobrenaturalmente santo al prójimo, hasta el olvido de sí mismo, son la única base sobre la que se edifica la Ciudad de Dios.


RAIGAMBRE
http://movimientoraigambre.blogspot.com.es/


domingo, 7 de agosto de 2016

VICTORIOLA DE MOLINA de Aragón (Juan Pablo Mañueco)

VICTORIOLA DE MOLINA de Aragón

A este alto alcor y en abrigo colina
que ampara formidable fortaleza,
capital de agreste naturaleza
que nieve pronto llenará de harina,

llegamos. Y Molina
cosecha por sí misma y por belleza,
sobre su cristalina
vaguada y fortaleza,
la harina en que sembró su gentileza.

Molina, donde empieza
el fervor a una tierra en señorío,
siendo sueño y cabeza
del dulce Gallo, en río,
y frondosa comarca, en desafío

a las hoces, grutas, simas y sierras
que de granate y verde y de grandeza
moldura estos valles a la proeza
y al prodigio constante de sus tierras.

Sistema de torreones y castillos de Castilla
que, de otra época a ésta, peregrina,
desde esta hondonada y valle en que Molina
saca a pasear sus rayos de luna, a cada villa.

Juan Pablo Mañueco

Castellano para extranjeros

Castellano para extranjeros

El auge del castellano trae cada año a España a 240.000 personas para aprender el idioma

La enseñanza del castellano genera 462 millones de euros y 5.500 empleos

La enseñanza del castellano es una  actividad que genera al año en España un volumen de negocio de 462 millones de euros y da empleo estable a 5.500 personas. Industria que ya atrae a 240.000 extranjeros y con enorme potencial de crecimiento por la creciente difusión que el castellano experimenta en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos y Brasil. El reto para lograr el salto definitivo es generalizar su utilización en los negocios, la ciencia e Internet. El Instituto Cervantes recibe al año 60.000 alumnos en sus centros distribuidos por todo el mundo y estima que 14 millones de personas aprenden castellano como segunda lengua. Lo estudian más de 7 millones en Estados Unidos y Canadá, 3,5 millones en Europa, 1 millón en Brasil, medio millón en África y 175.000 en Asia. En Francia, con 2,2 millones de estudiantes, el castellano ha desbancado al alemán como segunda lengua más estudiada.


La lengua, un producto de exportación

El castellano tiene un precio: 150.000 millones de euros, el 15% del PIB español. Es la cifra manejada por el Instituto Cervantes para cuantificar el "valor añadido" del castellano en forma de turismo idiomático, cine, edición, moda y música.

La lengua cotiza al alza y cada vez atrae a más personas. Como muestra, un botón: 823.000 universitarios norteamericanos lo estudiaron en 2006, frente a los 534.000 de 1990. El francés, con 206.000 estudiantes, ha perdido 66.000 seguidores en EE. UU. Brasil es otro importante foco de auge, que irá en aumento por la inclusión del castellano como lengua optativa en la enseñanza secundaria.

Los hijos de muchos españoles estudian en Irlanda, mientras que los hogares españoles empiezan a acoger a estudiantes extranjeros. El castellano es un buen negocio para miles de familias que comparten sus casas con jóvenes alemanes, norteamericanos, franceses o japoneses. También lo es para quienes les alquilan pisos. El tiempo de estancia media de los alumnos varía según el país origen y oscila entre las dos semanas de los franceses e italianos, a las 30 semanas de los rusos. Suecia ofrece becas a sus jóvenes con 13 semanas en España (con frecuencia prorrogadas otras 13 más), mientras que los norteamericanos suelen permanecer cuatro semanas, según explica Francisco Pérez, presidente de la Federación de Escuelas de Español como Lengua Extranjera.

El auge del español es un negocio para los 627 centros educativos, que mueven cada año 176 millones de euros por ofrecer sus cursos. Cada alumno gasta una media de 1.950 euros, que en su mayor parte van a pagar la matrícula. Además, los estudiantes se gastan al año 66 millones en alojamiento, 82 millones en manutención, 68 millones en ocio y 69 millones en otros capítulos menores, según el estudio El turismo idiomático 2008,realizado por Turespaña, del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio.

El número de alumnos que viaja a España - atraídos por el ocio y la cultura-crece paulatinamente. El crecimiento desde 2002 ha sido del9% anual. El año 2000 vinieron un total de 130.000 turistas idiomáticos,que se matricularon en las 518 academias privadas repartidas por cinco comunidades. Los últimos datos apuntan a que casi 240.000 personas viajan cada año a España para aprender la lengua de Cervantes. Los centros educativos emplean de forma estable a unos 5.500 trabajadores, que aumentan hasta los 9.500 durante los meses de verano. Además, hay 56 escuelas oficiales de idiomas y 53 universidades con cursos de castellano para extranjeros.

La mayoría de los alumnos procede de los países de Europa (174.600) y de América (51.750), y el principal mercado de futuro es Estados Unidos aunque el alto coste de viajar a España hace que muchos prefieran México, Argentina o Costa Rica, los tres grandes competidores de España. Las condiciones necesarias para que los estudiantes viajen a perfeccionar el idioma son su capacidad económica, la situación políticosocial de su país, la disponibilidad de transportes, conexiones, visados y los tipos de cambios de moneda. El 71% de los alumnos son mujeres de entre 20 y 29 año, y eligen preferentemente Andalucía, Salamanca, Madrid y Barcelona. Málaga, Sevilla, Granada y Cádiz acaparan la mayoría de los estudiantes, 62.500 (el 26% del total) debido a que se asocia España con Andalucía. Sólo en la provincia de Málaga hay 33.000 plazas para estudiar castellano en 50 centros, mientras que Catalunya cuenta con 6.600 plazas en 93 centros docentes.

Turespaña estima que el número de estudiantes irá en aumento en los próximos años y calcula que la demanda potencial alcanzará en diez años los 745.000 alumnos, de los que 240.000 serán europeos, 486.000 americanos, 11.000 asiáticos y 8.000 africanos. Francisco Pérez destaca el fuerte auge del castellano en Alemania, Suecia o Dinamarca, cuyas empresas pujan por hacerse con los mercados latinoamericanos. "El boom del estudio del castellano en el mundo llegará cuando Latinoamérica se convierta en un mercado goloso para Europa y Asia", apunta.

Pero si el castellano quiere soñar algún día con acercarse, aunque sea de lejos, al todopoderoso inglés tendría que hacerse necesario para el trabajo o los negocios. Sólo un 2 por ciento de los que estudian castellano en Europa y América lo hacen por motivos laborales. No ocurre lo mismo en Asia, donde el porcentaje se eleva hasta el 10 por ciento, probablemente pensando en el mercado americano. Que el castellano atraiga a los de fuera principalmente por la cultura y el ocio refleja el escaso peso de la economía española en el pasado y las políticas desarrolladas por el Instituto Cervantes, claramente decantado a promocionar la cultura y no el idioma como negocio, opina Luis Cubría, de la consultora CA& A, que ha elaborado el plan de español para extranjeros de Castilla y León.


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