miércoles, 18 de enero de 2012

Reivindicación del noventayocho (Jacinto Herrero Esteban)

Reivindicación del noventayocho



jacinto herrero esteban



(Ávila soledad sonora)





Antonio Machado

Hace ya algún tiempo, Jorge del Arco se indignaba terriblemente ante la afirmación de Vicente Luis

Mora en El Cultural de El Mundo, por afirmar este último que había que enterrar a Machado.



Si Jorge del Arco hubiera leído con calma, hubiera visto que lo que pretendía decir Mora —y lo decía— era que, en este apogeo del icono y la tecnología mediática, la poesía había dejado de ser «palabra en el tiempo» como quería Machado, para ser palabra en el espacio. Nada, pues, de enterramientos al uso.



Pero podríamos hacer algunas acotaciones en cuanto al tiempo se refiere. No al tiempo histórico y mudable en cada ocasión e irrepetible a la vez, sino el tiempo vital, a la manera bergsoniana, y en ello Machado es buen discípulo de Bérgson. Por el contrario, referirnos a Campos de Castilla como antecedente de la poesía social y la más reciente de la experiencia, me parece un error palmario. 



Ni siquiera nieva en Soria como lo hacía en tiempos no tan remotos. Y, sin embargo, la nieve en los

caminos cumple en Machado con ese valor aislante de silencio y espera que es verdadero tiempo vital:



La nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos

Cayendo está como sobre una fosa.



(Campos de Soria, V)



Y ese silencio de los muertos —caer, fosa— se hace

espera de la vuelta del hijo:



La vieja mira al campo, cual si oyera

Pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo entorno de la casa (id.)



Todo cobra un matiz de angustia y torna en símbolos las palabras que parecían meramente representativas. Para Antonio Machado la repetición de los símbolos en sus poemas no le preocupa. En el poema El Hospicio, la nieve vuelve a jugar el significado de desvalimiento y angustia; unos ojos atónitos ven desde las ventanas



caer la blanca nieve sobre la tierra fría,

sobre la tierra fría la nieve silenciosa...



Incorpora aquí, además de los dos elementos anteriores —caer, fosa— dos reiteraciones: tierra fría y

nieve blanca, nieve silenciosa.



Quizá la idea de desvalimiento sea mayor en El Hospicio que en el fragmento de Campos de Soria, y más aún que en La venta de Cidones, enmarcada en una lírica narrativa.



 Ni siquiera aquí, en la proximidad a la narración en prosa, hay algo en que apoyar la poesía social o la de la experiencia.



Leer a un poeta lleva sus riesgos, y por ellos ha pasado la lectura sesgada de Machado. He tomado

dos ejemplos del poeta del noventayocho, no del modernista de su primera época, y podemos ver

cómo perdura el uso de los símbolos. Su poesía es una y la misma. A veces, reiterativa, pero aún viva. No hay que enterrarla.



En Antonio Machado encontramos también una lección necesaria para la poesía actual, su oficio

de escritor que le lleva a corregir y depurar lo ya intuido en un primer momento. Que la corrección

es necesaria podríamos afirmarlo a la vista de las múltiples correcciones que Ezra Pound hizo al

poema de T. S. Eliot La tierra baldía. Eliot recoge las correcciones y, como gesto de gratitud, dedica el poema a E. Pound il miglior fabbro (el mejor artesano, en palabras de Dante).



Antonio Machado ha conservado un borrador del soneto que dedicó a su padre. Tras unos tanteos

midiendo versos, parece que abandona el intento, pero anota la idea que iba a expresar en unas líneas

en prosa: «Ya soy más viejo que eras tú, padre mío, cuando me besabas. Pero en el recuerdo, soy también el niño que tú llevabas de la mano».



Y anota la fecha, 13 de marzo de 1916. Pasados ocho años, vuelve sobre el soneto; es el que comienza Esta luz de Sevilla (IV del apartado CLXV).



Ahora aquellas líneas informes se concentran en el último terceto. Los ojos del padre, desde un retrato, buscan dónde posarse:



Ya escapan de su ayer a su mañana;

ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,

piadosamente mi cabeza cana.



La superposición de la edad del hijo sobre la del padre logra esa ruptura del sistema de la que hablabaCarlos Bousoño. También Machado podría ser il miglior fabbro. Había aprendido, y mucho, del más artificioso poeta de nuestra lengua, Rubén Darío, ese hombre cosmopolita, mestizo y europeo que cruza por la tierra abulense por amor a una aldeana, Francisca Sánchez.



Rubén Darío

Creo haber hablado ya suficientemente en otro lugar —Ávila en el 98— de este episodio de la vida del nicaragüense. Pero es curioso que Navalsáuz pase a las páginas de España Contemporánea entre tantos acontecimientos, exposiciones, y grandes figuras políticas y literarias. ¿Lo pensaría como un homenaje a la tierra de Francisca Sánchez?



El capítulo se titula Fiesta Campesina, y lleva fecha de 18 de noviembre (supongo que de 1899, como en capítulos anteriores). El poeta viene de Madrid a Avila en tren. En la estación le esperan «mi invitante, en compañía de dos hijos suyos, robustos mocetones que tenían preparadas las caballerías consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo momento. Fue  llegar, montar y partir».



Se habla del paisaje del camino, de «cerros oscuros, manchados de altos álamos y chatos piornos»; se habla de ventas harto pobres y vinillo de las villas del Barranco. Pasa la noche en la cocina de la venta al amor de la lumbre y, a la mañana, tras una taza de leche recién ordeñada, «estoy otra vez sobre mi asno». Es un viaje en burro, por tanto lento y espacioso. Y anota: «Hoy he visto, bajo el más puro azul del cielo, pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado en el misterio de la naturaleza».



fotografía: JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

Cuando comienzan la subida hasta la aldea, hay que llevar al asno del ronzal. Por fin están en Navazuelas. ¿Navazuelas ha escrito? Sí. Seguramente se trata de conocer a la familia de Francisca Sánchez y que aquella le conozca a él; pero en las páginas de España Contemporánea no interesa este motivo personal. Se trata, como dice en el título del capítulo, de describir una fiesta campesina, en un pueblo alejado «algunas leguas de la vieja ciudad de Santa Teresa». Recoge los ritos y las canciones de la fiesta, la comida y los dulces, para volver una vez acabada la fiesta a la

ciudad.



Navalsáuz es Navazuelas; la mitad del topónimo es idéntico: Nava. El resto se puede leer de derecha a izquierda, alternando las sílabas: el = e/1, as = sa, zu= uz.



El choque emocional que este mundo primitivo y pastoril ha producido en el poeta creo verlo reflejado en un poema harto artificioso y perfectamente trabado con sucesivas anáforas y encabalgamientos, que lleva por título La dulzura del ángelus.



El poeta, regresado de la fiesta campesina, puede dormir por fin en un hotel medianamente confortable. Está —es una opinión solamente— cerca de la catedral o alguna otra iglesia. En la mañana despierta al dolondón de las campanas. Es todavía una prolongación de aquel mundo primitivo que acaba de abandonar en la sierra. Un mundo provinciano y devoto que contrasta con su espíritu tentado por la carne y la increencia. Al final se abandona a la dulzura del momento:



La dulzura del ángelus matinal y divino

que diluyen ingenuas campanas provinciales,

en un aire inocente a fuerza de rosales,

de plegaria, de ensueño de virgen y de trino



de ruiseñor, opuesto todo al rudo destino

que no cree en Dios... El áureo ovillo vespertino

que la tarde devana tras opacos cristales

por tejer la inconsútil tela de nuestros males



todos hechos de carne y aromados de vino...

Y esta atroz amargura de no gustar de nada,

de no saber adónde dirigir nuestra prora



mientras el pobre esquife en la noche cerrada

va en las hostiles olas huérfano de la aurora...

(¡Oh, suaves campanas entre la madrugada!)



Esto es lo que dio de sí el paso del poeta por nuestra ciudad. Y no creo que conste su paso en los anales de Ávila.

Azorín

Y de Azorín, que tantas páginas dedicó a esta ciudad, ¿qué decir? ¿Hay alguna calle dedicada a él? Hay algo vivo en su prosa que difícilmente será igualada por otro autor alguno; su conocimiento minucioso de nuestros clásicos y nuestra tierra —Madrid, Valencia, Castilla...— Incluso cuando se equivoca, ha puesto tanta pasión y sensibilidad al tratar la obra y los autores, que produce en el lector un acercamiento cordial a ellos.



Tomemos, como ejemplo un fragmento de Lo fatal en el libro Castilla: son una glosa o aproximaciones a un soneto de Góngora: «Tiene don Luis de Góngora un extraño soneto en

que lo irreal se mezcla a lo misterioso: uno de esos sonetos del gran poeta en que parece que se entreabre un mundo de fantasmagoría, de ensueño y de dolor. El poeta habla de un ser a quien no nombra ni de quien nos da señas ningunas. Ese hombre de quien habla Góngora anda por el mundo, descaminado, peregrino, enfermo; no sale de las tinieblas, por ellas va pisando con pie incierto. Todo es confusión, inseguridad, para ese peregrino. De cuando en cuando da voces en vano. Otras veces, a lo largo de su misteriosa peregrinación, oye a lo lejos el latir de un can.



Repetido latir, si no vecino,

distinto oyó de can, siempre despierto...



¿Quién es ese hombre que el poeta ha pintado en sus versos? ¿Qué simbolismo angustioso, trágico, ha querido expresar Góngora al pintar a ese peregrino, lanzando voces en vano y escuchando el ladrido de ese perro lejano, siempre despierto? Una honda tristeza hay en el latir de esos perros lejanos, que en las horas de la noche, en las horas densas y herméticas de la madrugada, atraviesan por nuestro insomnio calenturiento, desasosegado, de enfermos; en esos ladridos casi imperceptibles, tenues, que los seres queridos que nos rodean, en esos momentos de angustia escuchan inquietos, íntimamente consternados, sin explicarse por qué».



¿No ha despertado en nosotros un interés ávido de lectura del soneto entero? Gracias a las palabras de Azorín buscamos este texto:



De un caminante enfermo que se enamoró

donde fue hospedado



Descaminado, enfermo, peregrino

en tenebrosa noche, con pie incierto

la confusión pisando del desierto,

voces en vano dio, pasos sin tino.



Repetido latir, si no vecino

distinto, oyó de can siempre despierto,

y en pastoral albergue mal cubierto

piedad halló, si no halló camino.



Salió el sol, y entre armiños escondida,

soñolienta beldad con dulce saña

salteó al no bien sano pasajero.



Pagará el hospedaje con la vida;

más le valiera errar en la montaña,

que morir de la suerte que yo muero.



Hoy conocemos algunos datos que pueden aclaramos el contenido, o, al menos, el motivo del poema. Estudiante en Salamanca, en el verano de 1593, Góngora estuvo gravemente enfermo. Tenía entonces 32 años. Según R. Espinosa, Alonso Martínez, amigo de la familia de Góngora, acogió a éste en su casa. Pudo enamorarse de la hija de su huésped. Perder la vida, morir, son encarecimientos de la pasión amorosa. El final lo revela cuando cambia el tono narrativo en tercera persona por el presente de indicativo en la primera: «que morir de la muerte que yo muero!» Este yo inesperado nos descubre el suceso que se oculta tras la alegoría pastoril: el pastoral albergue, el latir (ladrar) de los perros, el joven vagabundo y enfermo. Sabemos todo esto, y, sin embargo, estas palabras no nos urgirían a una relectura del poema, y las de Azorín sí. Ha devuelto al soneto la frescura y el misterio de lo que está recién creado. Hay una enorme simpatía con el autor.



En 1613, unos 20 años después de escrito el soneto, Góngora comienza la Soledad Primera recordando:



Pasos de un peregrino son errante

Cuantos me dictó versos dulce musa,

En soledad confusa.



¿Sería esta musa aquella beldad en «ropa de levantarse» como se decía entonces y que el poeta

recuerda «entre armiños escondida»?

Pío Baroja

De aquellos albergues pastoriles a las ventas de la novela picaresca hay gran distancia. Pero estas ventas son las que aparecen en Ciro Bayo y en Pío Baroja con un regusto acre y deliberadamente retro. En este tiempo nuestro del lenguaje políticamente correcto es un alivio leer a Don Pío. Hace ya 50 años de su muerte y nadie podrá llevarle ante jueces y abogados por agravios comparativos. De modo que no creo que los abulenses de Candeleda se sientan humillados por la visión paleolítica de una fiesta en el Santuario de Chilla. Se trata, claro está, de dos novelas; una de don Pío, La Dama errante, y otra de Ciro Bayo, El peregrino entretenido. De este último y de su libro El lazarillo español decía Azorín que era en sus descripciones de «paisajes, pueblos viejos, mesones y

caminos españoles» más de fiar que las guías oficiales.



Tanto en la novela de Don Pío como en la de Ciro Bayo los avatares de los personajes son un trasunto del viaje de los dos autores y del hermano de Don Pío, Don Ricardo, cuyo relato es más vivo que el fingido en las dos novelas.



El protagonista y su hija en La Dama errante huyen de Madrid, tras el atentado contra los reyes en el día de su boda y tratan de pasar a Portugal. Los hermanos Baroja van a repetir ese mismo itinerario.



«Pasado mañana —dice Ricardo Baroja a los contertulios— a las dos de la mañana, salimos de

Madrid rumbo a la Sierra de Gredos. Llegaremos al monasterio de Yuste. El que quiera que nos siga. Pero nadie se decidió a cambiar el pavimento madrileño por la carretera».



Habían comprado un burro que atendía por Galán. Al salir de Madrid, «el burro levanta el hocico,

rebuzna, y, dando un corcovo, se derriba en el suelo, las cuatro herraduras al aire». El revolcón del burro es la primera aventura. Se suceden otras muchas fingidas y reales, pero el paisaje es verdadero: «al bajar una colina, apareció un pueblecito. Casas bajas dominadas por la torre negruzca de la iglesia. A nuestra derecha se alzaba la mole gris de la Peña de Almanzor, con los picachos cubiertos de nieve. A la izquierda la llanura se extendía hasta perderse de vista, esfumada en la bruma». La visión de la sierra en la Dama errante es más elaborada, no es espontánea, obedece a las exigencias del relato y al carácter sombrío del autor: «La sierra de Gredos se erguía a la derecha,

alta, inaccesible, como una inmensa muralla gris, sin un caserío, sin una mata, sin un árbol en sus laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al sol»... «A la izquierda, hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por las líneas oscuras de las lindes, los bosquecillos de los árboles frutales y los cerros cubiertos de jara y de carrascas».



En las dos descripciones, a derecha e izquierda se refleja un contraste evidente. En Don Pío, la sombría visión de la orilla derecha se suaviza en el lado izquierdo, señalando bosquecillos, campos verdes y árboles frutales.



Los viajeros de La Dama errante atraviesan, de mesón en posada y en ventas, Sotillo, La Adrada,

Piedralaves, Lanzahíta, Arenas, Candeleda, para pasar sin mucha precisión la raya de Portugal y llegar a Lisboa para embarcar hacia Londres.
 

Unamuno

Otro gran viajero, en este caso él mismo y no sus personajes de novela, frecuenta Gredos; es Unamuno.



«¡Ay que bien se estaba allí, en la riscosa cumbre de Gredos, columna dorsal de Castilla, junto a las

crestas que aserra el cielo, a más de dos kilómetros y medio sobre el ras del mar, viendo ponerse el sol —¡y qué puestas!— a nuestros pies, lejos de estas plazas, donde rompe el rumor de las luchas políticas del día!¡ Ay, qué bien se estaba allí almacenando sol y aire y serenidad y soledad! Pero hay que bajar, hay que bajar a estos llanos y valles en que se libra la batalla!



Hace una docena de años subí a Gredos, acaricié el Almanzor, almacené allí sol y ... coraje y empapé mi alma en la permanencia de las montañas. He vuelto a subir, con doce años más —a mi edad grave añadido a la cumbre de mi vida— y he vuelto a contemplar el mismo mundo».



Tenía 47 años la primera vez que subió y 59 —un grave añadido a su edad— la segunda.



Necesitaba aquella soledad para almacenar coraje que emplear en las luchas políticas el día, también las de la Universidad. No se trataba de hacer montañismo o senderismo a la usanza de hoy. Unamuno recuerda a Senancour y su célebre poema en prosa epistolar Obermann que en su carta VII decía: «No sabría daros una justa idea de este nuevo mundo (las cumbres de los Alpes) ni expresar la permanencia de las montañas en una lengua de las llanuras».



Pero Unamuno no es un romántico como Senancour, ni sus apuntes y anotaciones de viajes Por tierras de Portugal y España tienen que ver con el célebre y hoy olvidado Obermann.



Andanzas y visiones españolas es complemento del libro anteriormente citado. Aquí está la mejor prosa de Don Miguel. Su proximidad al mundo poético que él recogerá en su Cancionero y sus colecciones de sonetos De Fuerteventura a París, cuando pudo evadirse del destierro canario.



Porque él fue por encima de todo un poeta. Algo que ahora se le niega. En verdad se le niega el pan y la sal. Hablar de Unamuno no es políticamente correcto. Este nuestro tiempo es el de los lectores sin tiempo. Tampoco creo que si lo tuvieran leerían a nuestro recio vasco-castellano.



Pero quiero anotar, como cierre de todas estas divagaciones, una de las cumbres de la poesía de

don Miguel. Nadie ha sentido como él el dolor de la muerte de un niño y el dolor de la España que vivió.



En el soneto XCII de Fuerteventura a París: «En el entierro del niño Yago de Luna, muerto de meningitis tuberculosa, a los ocho meses de edad y enterrado en el cementerio parisiense de Pantin, el 14 de noviembre de 1924».



A un hijo de españoles arropamos

hoy en tierra francesa; el inocente

se apagó —¡feliz él!— sin que su mente

se abriese al mundo en que muriendo vamos.

A la pobre cajita sendos ramos

echamos de azucenas —el relente

llora sobre su huesa—, y al presente

de nuestra patria el pecho retornamos.

«Ante la vida cruel que le acechaba,

mejor es que se muera» —nos decía

su pobre padre, y con la voz temblaba;

era de otoño y bruma el triste día

y creí que enterramos —¡Dios callaba!—

tu porvenir sin luz, ¡España mía!



Y apostilla el propio Unamuno: «¡En mi vida olvidaré ese día en que fuimos a enterrar al pobre niño! Era uno de los días en que más me dolía España!».



Y ese dolor se expresa sin alharacas, sin adjetivos, con palabras comunes, en un lenguaje que ronda lo coloquial.



Si esto no le acredita a uno como buen poeta, es que, para los que lo niegan, la poesía debe de ser juego de palabras, logomaquias que ocultan un vacío.



Quizás el comienzo de toda la animadversión a la poética de Unamuno se deba a su actitud ante la

joven poesía de aquellos años, la que hoy llamamos generación del 27. La deshumanización del arte de Ortega y Gasset, «quien siempre entendió bien poco en cuestiones de poesía», según opinión de Luis Cernuda, influyó en los nuevos poetas. Pero esto nos llevaría a tratar de otros asuntos.



Unamuno quedó ahí, como uno de los padres de nuestra poesía contemporánea, junto con Rubén, con Don Antonio. No hay una voz que deba olvidarse. Olvidemos, sí, la proclividad de dar por muertos a los que ignoramos.


martes, 17 de enero de 2012

Gredos es la Gran Vía José Pulido Navas)

Gredos es laGran Vía

josé pulido navas



(Ávila soledad sonora)



Al menos eso puede parecer a cualquier observador que se detenga ante la historia de este macizo montañoso, el más alto del Sistema Central, que alza sus

cumbres por encima de los dos mil metros de altura. Centro y eje de la Península Ibérica, por él han pasado Vetones y Lusitanos, Cartagineses y Romanos, Visigodos, Moros y

Cristianos…Todas las sangres y creencias, todas las gentes que han poblado, comerciado, hecho el amor y la guerra en la vieja piel de toro, pasaron en una trashumancia inmemorial por estas montañas que Miguel de Unamuno definió como corazón de la España inmortal y que uno, más prosaico, califica de Gran Vía de nuestra historia.



Una Gran Vía por la que han paseado guerreros y pastores, reyes y plebeyos, escritores, místicos, cazadores… Un insistente destino o un desconcertante magnetismo les atrajo a este territorio que delimita un espacio de leyenda. Gredos es la montaña, el arquetipo, un lugar mágico, un santuario espiritual, un chacra de energía telúrica… y hasta un género literario que dejó su impronta en todos aquellos que la transitaron.Es Naturaleza e Historia. Realidad y Ficción. Piedra y Tótem.



Nada más empezar, Gredos ya se vuelve historia y leyenda. Allí, al pie de la montaña, los toros de Guisando parecen pastar la eternidad. Estas misteriosas esculturas zoomorfas fueron talladas en granito por el pueblo celta de los Vetones y no se sabe si son dioses protectores del ganado o mojones tutelares de caminos y de viejas rutas ganaderas.

Esculpidos en una sola pieza, presentan unas respetables dimensiones; aproximadamente un metro y medio de altura por dos metros setenta centímetros de largo y ochenta centímetros de ancho. El Padre Juan de Mariana sostiene que fueron un monumento conmemorativo del triunfo de Julio César sobre Sexto Pompeyo, hijo de su rival Pompeyo, durante la guerra civil que enfrentó en Hispania a los dos grandes generales romanos. Parece que en principio eran cinco, y así permanecieron hasta tiempos
de don Miguel de Cervantes. Luego, uno de ellos desapareció.



Los toros de Guisando son testigos del pasado más primigenio y de un momento estelar en la historia de la España moderna. Ante ellos, en la denominada Venta Juradera, se selló el 19 de septiembre de 1468 el pacto entre Enrique IV y su hermana Isabel por el que ésta fue nombrada heredera de la Corona de Castilla.

Paradojas de la vida y de la muerte, por aquellos mismos parajes pasaría años después, en 1504, la comitiva fúnebre con su cadáver, camino de Granada,la ciudad que eligió para su descanso eterno. Cuentan los cronistas que los elementos parecieron sumarse al duelo por la muerte de la gran reina: «diluviando

traspasaron los puertos entre rayos y truenos dejando atrás Arévalo, Cardeñosa, Cebreros y Toledo». La misma ruta entre Ávila y Toledo que seguramente siguió Lazarillo de Tormes y por la que pasaron Santa Teresa de Jesús hacia sus fundaciones de Castilla la Nueva y Andalucía, y San Juan de la Cruz, camino de su prisión. Por los mismos pagos anduvieron en aquel prodigioso siglo los canteros de Mingorría que tallaron los sillares de granito del Monasterio del Escorial para el rey Felipe II. Herederos de los maestros de la piedra vetones que esculpieron dos mil años antes los toros de Guisando.



Enseguida la sierra se eleva y asciende a los dos mil metros, con cimas como la Escusa, el Alto de Lanchamala y los picos del Cabezo, o se abre al paso en el puerto de Serranillos, donde comienza el Parque Regional de la Sierra de Gredos. La cordillera se recoge en la magia del castañar del Tiemblo y los bosques del Valle de Iruelas, se mira en las limpias aguas del Alberche, en los serenos espejos del embalse del Burguillo y se alegra con los viñedos de Cebreros y Navaluenga, desde siempre tierras de buen vino. Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, anduvo en tiempos por el Valle del Alberche, cuando era secretario personal de don Pedro Dávila, señor de Villafranca y las Navas. Aquella estancia le inspiró una serie de romances dedicados a la Pasión de Cristo, que publicó en su volumen de Rimas Sacras y los vecinos de Navaluenga recitan a modo de piadosa competición en la Procesión de los Piques, la tarde de Jueves Santo. 

Apenas avanzamos unos kilómetros en nuestro itinerario de Este a Oeste y los bosques de pinos, los berrocales, los pequeños pueblos, se nos antojan un transitado cruce de caminos, una venta quijotesca por la que desfila una insospechada galería de personajes. En las Navas del Marqués, verano de 1917, dos jóvenes veraneantes, de familias acomodadas coinciden y se hacen amigos. Se llaman Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Enseguida simpatizan. Son dos ávidos lectores y Dámaso le presta a Vicente un tomo de poesías de Rubén Darío que leyó con fruición y despertó en él un profundo interés por la poesía, que hasta entonces había ignorado. Lecturas, excursiones de los dos amigos y versos para siempre. La generación del 27 tuvo aquí un precedente que después florecería
en la mítica Residencia de Estudiantes. Otro de los poetas del 27, Luis Cernuda, vivió experiencias seguramente inolvidables por los caminos de Gredos. Cernuda participó en las Misiones Pedagógicas con las que la República trató de llevar la cultura y el arte a los lugares más recónditos del país y vino aquí en 1932. Formaba parte de la sección de cine y explicaba las grabaciones de cuadros del Museo del Prado, seleccionados por Ramón Gaya. Fotografías y testimonios de sus compañeros recuerdan a un joven Cernuda a
lomos de caballería por Serranillos o Burgohondo. Quiliano Blanco, uno de aquellos ejemplares maestros republicanos entregados en cuerpo y alma a la educación, recordaba a «Cernuda, el poeta, agarrado con ambas manos a la albarda de su jumento, mira la cumbre que se nos acerca y el barranco que se va haciendo más hondo». 

Si seguimos río arriba por el Valle del Alberche llegaremos a Navalsauz, entre los puertos de Menga y el Pico. Hasta allí viajó Rubén Darío para conocer el pueblo natal de Francisca Sánchez, la joven abulense que convirtió en su compañera y madre de sus hijos; la dulce Tataya con la que compartiría el resto de su vida. Darío cuenta su viaje desde Ávila capital hasta el Alto Valle del Alberche en el artículo titulado Una fiesta campesina. En algunos de sus poemas de los Cantos de Vida y Esperanza el lector puede adivinar las impresiones que dejaron en el poeta estas tierras y su gente.


Por la cara sur, la que da al Valle del Tiétar, la Andalucía de Ávila, de clima mediterráneo, en la que prosperan el olivo y el naranjo, el tabaco y el pimiento, el tránsito no es menor. Ciro Bayo y los hermanos Pío y Ricardo Baroja, emprendieron en 1906 un viaje a pie por Gredos, acompañados de Galán, un sufrido y tranquilo asno encargado de transportar las provisiones. Los viajeros transitaron por Sotillo, la Adrada, Piedralaves, Casavieja, Mijares, Gavilanes,
Pedro Bernardo, Lanzahita, Arenas de San Pedro, Guisando, Poyales del Hoyo, Candeleda y el santuario serrano de la Virgen de Chilla, para adentrarse en la Vera cacereña, camino del Monasterio de Yuste, donde se retiró a esperar la muerte el emperador Carlos I de España. Del viaje de los hermanos Baroja y de Ciro Bayo, quedaron como testimonio las novelas El Viajero Entretenido, escrita por éste último, y La Dama Errante,de Pio Baroja, además de una serie de grabados y aguafuertes de Ricardo Baroja inspirados en los apuntes que tomó durante la expedición. 

Llegamos al Puerto del Pico, lugar de paso de las rutas de la Trashumancia. La calzada romana, construida en el siglo I o II antes de Cristo, ha sido durante milenios el paso obligado de los grandes rebaños de ovino y de vacuno que trashuman desde las dehesas extremeñas o castellanas a los frescos pastos de la
montaña. Un tránsito que probablemente ya hacían los ganaderos vetones y que la Mesta convirtió durante la Edad Media en una ruta económica de primera magnitud. Un poder que ni los reyes osaron desafiar. La calzada arranca de Mombeltrán. Este precioso pueblo del Barranco de las Cinco Villas y su airoso castillo, reciben el nombre de Don Beltrán de la Cueva, su señor, de quien las malas lenguas decían era el auténtico padre de Juana La Beltraneja,
la hija del rey Enrique IV y rival de Isabel la Católica en sus aspiraciones al trono de Castilla. Tozudas casualidades. Unos kilómetros más al oeste llegamos a Arenas de San Pedro. Su castillo fue parte de la dote del conde de Benavente para su hija, doña Juana de Pimentel, en su matrimonio con don Álvaro de Luna, durante
años el hombre más poderoso de Castilla, hasta que su amigo y protector, el rey Juan II, ordenó su decapitación. Su viuda, la Triste Condesa, se encerró en el castillo, que desde entonces lleva este nombre, para llorar la muerte de su esposo. Cuentan, y uno juraría que es cierto, que en las torres del castillo se escuchan todavía los sollozos de doña Juana. 

Arenas de San Pedro es lugar de amores contrariados. Allí fue desterrado el infante don Luis de Borbón, hermano del Rey Carlos III, como castigo por su matrimonio morganático con la joven Maria Teresa de Vallabriga. La muchacha no era de sangre real y oficialmente el Rey repudiaba este enlace. Pero había gato encerrado, y muy peligroso, en este caso. La boda beneficiaba a Carlos III, porque si don Luis hubiera contraído matrimonio con una princesa de sangre real, los hijos de esa unión hubieran tenido preferencia sobre los suyos, que habían nacido en Nápoles, para heredar el trono de España. El destierro era la mejor manera de evitar complicaciones dinásticas. Don Luis no volvió a Madrid. La historia podía, una vez más, haber sido otra. El Infante construyó un palacio a imitación del Palacio Real de Madrid con planos de Ventura Rodríguez y se rodeó de una pequeña corte de artistas e ilustrados. Un joven Francisco de Goya pintó durante sus visitas no menos de 17 cuadros y el compositor Luigi Bocherini pasó también largas temporadas en el Palacio.  

No podemos terminar esta pequeña excursión por Arenas de San Pedro sin recordar al santo que le dio su nombre: San Pedro de Alcántara. Ermitaño y místico de severo ascetismo, ejerció una gran influencia sobre Santa Teresa de Jesús, a la que aconsejó y apoyó cuando fundó el convento de San José. Fundador él mismo de un convento en los bosques próximos a Arenas, de una austeridad y pobreza absolutas, que sin duda inspiraron el rigor de la reforma carmelita. 

Pasado el Puerto del Pico la sierra vuelve a ascender y llegamos al corazón de Gredos, al gran circo de origen glaciar alrededor del cual se alzan las cumbres más poderosas de la sierra, con el Pico del Almanzor como el punto más alto de todo el Sistema Central con 2.596 metros de altura. El nombre de esta montaña es en sí otra leyenda. Cuentan que tras una de sus incursiones en los reinos cristianos, el caudillo musulmán atravesó la sierra y unos lugareños le hablaron de la existencia de una laguna, seguramente la Laguna Grande, en cuyas insondables profundidades se originaban devastadoras tormentas. Guiado por ellos, Almanzor subió a la montaña para comprobar la verdad de lo que le decían y desde entonces llevó su nombre. Leyenda o no, parece documentado que Almanzor pasó por el Puerto del Pico en el año 981 tras la campaña contra Zamora y Simancas, camino de Córdoba, siguiendo viejas rutas guerreras por las que pasaron el cartaginés Aníbal y el lusitano Viriato en su lucha contra los romanos. 

Coronado el Almanzor, si atravesamos la Portilla de los Cobardes, llegamos al Venteadero, un excepcional mirador cuyos paisajes inspiraron a Miguel de Unamuno, quizá el poeta que mejor ha comprendido la condición de Gredos como santuario espiritual y telúrico que atrae a los hombres y su historia. 

«Solo aquí, en la montaña,

solo aquí con mi España

–la de mi ensueño–

cara al rocoso gigantesco Ameal,

aquí mientras doy huelgo a Clavileño,

¡con mi España inmortal!».



Al norte del Venteadero se alza la cabeza de la Galana y a sus pies el impresionante circo de las cinco lagunas. Y entre las altas cumbres de la cordillera, majestuosas e indómitas, contemplamos los rebaños de la Cabra de Gredos, la Capra Hispánica. Este animal es el auténtico tótem, el símbolo vivo de la sierra, la pieza más codiciada de caza mayor en la Península Ibérica. Hay en Gredos una riquísima variedad de mamíferos, aves, anfibios y reptiles,
incluso endemismos que no se dan en ninguna otra parte del mundo, pero la Cabra es distinta. Es más Heráldica que Biología. Estuvo a punto de extinguirse y a comienzos del siglo XX apenas quedaban unas decenas de ejemplares; fue la afición a la caza del rey Alfonso XIII lo que la salvó. En 1905 se constituyó el Coto Real de Caza, que en 1932 pasó a denominarse Coto Nacional. En 1970 se creó la Reserva Nacional de Caza la Sierra de Gredos, que en la actualidad es competencia de la Junta de Castilla y León. La Reserva controla y regula la caza de la especie, cuya población asciende a unos 7.000 individuos; afortunadamente muy lejos de la extinción. Por estos parajes, pasó otro impenitente viajero: Camilo José Cela. El futuro Premio Nobel vagabundeó por la sierra de Gredos y descendió por la cara sur hasta el pueblo de Candeleda. Cuenta sus peripecias en el libro Judíos, Moros y Cristianos. Del paisaje de la zona dice que «En Candeleda se cría el tabaco y el maíz, el pimiento para hacer pimentón y la judía carilla, sabrosa como pocas…En los balcones volados de Candeleda crecen el geranio y el clavel, la albahaca y el botón de la rosa francesilla, el fragante dondiego, que unos nombran dompedro y otros dicen donjuán.»

El vagabundo pasó seguramente por el santuario de Chilla, un lugar en el que se adivina la sucesión de ritos religiosos desde la España prerromana hasta el Cristianismo. Allí la Virgen se apareció al pastor Finardo y le mandó que se construyera un templo en su honor. Chilla es el centro de la devoción de los pueblos del sur de Gredos y hasta de las zonas limítrofes de las provincias de Toledo y Cáceres. 

Otro inquieto novelista y viajero, Ernest Hemingway, quedó prendido del embrujo de la sierra de Gredos. Hemingway escribió: «Procedo de Barco de Ávila, Cooke City, Montana, Oak Park, Illinois, Key West, Florida, de aquí (Finca Vigía, Cuba) el Véneto,Mantua, Madrid. Demasiados lugares». Algo muy
grande tuvo que conmover el corazón de don Ernesto, porque el Barco de Ávila es la primera mención de una serie de lugares entrañables para él.Oak Park, por ejemplo, es el pueblo donde nació, y en Finca Vigía tuvo su casa de Cuba. La profesora Sonsoles Sanchez-Reyes ha documentado en su trabajo La ruta de Ernet Hemingway su vinculación con el Barco. El escritor ya lo hizo en su novela Por quien doblan las campanas. Anselmo, el jefe de la partida de guerrilleros a la que se une el protagonista, Robert Jordan, es de Barco de Ávila y Gredos el santuario en el que confían refugiarse cuando cumplan su misión en plena Guerra Civil española. Que el autor conocía Gredos lo demuestra precisamente un error. En la novela se habla de una garra de oso clavada en la
puerta de la iglesia del Barco. La cita no es exacta, la memoria le jugó una mala pasada; pero no lejos del Barco, en la puerta de la iglesia de Navacepeda, sí hay una pata de oso. No andaba desencaminado don Ernesto. Andrés Sorel retoma la anécdota en su novela La noche en que fui traicionada y cuenta cómo Aurelio, ficticio guía de Hemingway, narra al norteamericano la cacería del mutilado oso. Por el Barco de Ávila anduvo el dramaturgo Jose María Rodríguez Méndez y allí se inspiró para escribir El pájaro solitario, sobre la prisión y fuga de San Juan de la Cruz de su cárcel toledana. Ya saben lo que pueden hacer los artistas que andan escasos de ideas 

Cerca del Barco de Avila, al pie de la Peña Negra y en la cabecera del Valle del Corneja, la villa de Piedrahita es otro punto esencial de nuestro viaje. En ella tuvo sus orígenes la Casa de Alba, el linaje por excelencia de la nobleza española. El ducado de Alba se fraguó con Garcia Alvarez de Toledo, quien recibió de Enrique II los señoríos de Cabañas, Jarandilla, Oropesa, Tornavacas y Valdecorneja por su ayuda en la guerra contra su hermanastro don Pedro I por el trono de Castilla. Su hermano Fernando fundó un mayorazgo con estos dominios y con categoría de condado, que el rey Enrique IV elevó a la categoría de ducado. El tercero de la dinastía, don Fernando Álvarez de Toledo, fue el Gran Duque de Alba por antonomasia, el brillante general al servicio de Carlos I y Felipe II, cuya memoria no es especialmente grata en los Países Bajos. Don Fernando nació en Piedrahita y tuvo como preceptores a Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, que le dedicó a su linaje la Segunda Égloga. En Piedrahita los Duques de Alba construyeron un Palacio de estilo neoclásico que acogió a los más brillantes artistas y representantes de la Ilustración española de finales del siglo XVIII,congregados por la fascinante figura de la Duquesa de
Alba. El pintor Benjamín Palencia, en Villafranca de la Sierra, se enamoró de aquellos mismos paisajes que luego reflejó en sus cuadros… 

El hilo de Ariadna que nos guía en este laberinto tiene visos de no acabar nunca y la sierra se nos termina. En el puerto de Tornavacas, en la cabecera del Valle del Jerte, concluye el Macizo Central de Gredos y empiezan las sierras de su parte occidental, bajo el nombre genérico de Sierras de Béjar, ya en tierras de Salamanca
y Cáceres. Por Tornavacas pasó el emperador Carlos I de España y V de Alemania, el hombre más poderoso de su tiempo, camino de Yuste, buscando un lugar donde olvidar la gloria y prepararse para morir. Ese lugar tenía que estar en Gredos y cerrar un ciclo que comenzaba en los Toros de Guisando, cuando su abuela,
aquella joven y ambiciosa princesa Isabel, se lanzaba a la conquista de un trono. 

Es hora de abandonar esta plaza abierta, esta tumultuosa avenida de los siglos y cerrar por el momento su interminable historia. Cuando el lector lo desee puede volverla a abrir y seguro que hallará nuevas sorpresas. Quedamos en que Gredos es un espacio mágico. Quien conoce la montaña sabe que basta con que ella nos llame y nos pongamos en marcha.