martes, 17 de enero de 2012

Gredos es la Gran Vía José Pulido Navas)

Gredos es laGran Vía

josé pulido navas



(Ávila soledad sonora)



Al menos eso puede parecer a cualquier observador que se detenga ante la historia de este macizo montañoso, el más alto del Sistema Central, que alza sus

cumbres por encima de los dos mil metros de altura. Centro y eje de la Península Ibérica, por él han pasado Vetones y Lusitanos, Cartagineses y Romanos, Visigodos, Moros y

Cristianos…Todas las sangres y creencias, todas las gentes que han poblado, comerciado, hecho el amor y la guerra en la vieja piel de toro, pasaron en una trashumancia inmemorial por estas montañas que Miguel de Unamuno definió como corazón de la España inmortal y que uno, más prosaico, califica de Gran Vía de nuestra historia.



Una Gran Vía por la que han paseado guerreros y pastores, reyes y plebeyos, escritores, místicos, cazadores… Un insistente destino o un desconcertante magnetismo les atrajo a este territorio que delimita un espacio de leyenda. Gredos es la montaña, el arquetipo, un lugar mágico, un santuario espiritual, un chacra de energía telúrica… y hasta un género literario que dejó su impronta en todos aquellos que la transitaron.Es Naturaleza e Historia. Realidad y Ficción. Piedra y Tótem.



Nada más empezar, Gredos ya se vuelve historia y leyenda. Allí, al pie de la montaña, los toros de Guisando parecen pastar la eternidad. Estas misteriosas esculturas zoomorfas fueron talladas en granito por el pueblo celta de los Vetones y no se sabe si son dioses protectores del ganado o mojones tutelares de caminos y de viejas rutas ganaderas.

Esculpidos en una sola pieza, presentan unas respetables dimensiones; aproximadamente un metro y medio de altura por dos metros setenta centímetros de largo y ochenta centímetros de ancho. El Padre Juan de Mariana sostiene que fueron un monumento conmemorativo del triunfo de Julio César sobre Sexto Pompeyo, hijo de su rival Pompeyo, durante la guerra civil que enfrentó en Hispania a los dos grandes generales romanos. Parece que en principio eran cinco, y así permanecieron hasta tiempos
de don Miguel de Cervantes. Luego, uno de ellos desapareció.



Los toros de Guisando son testigos del pasado más primigenio y de un momento estelar en la historia de la España moderna. Ante ellos, en la denominada Venta Juradera, se selló el 19 de septiembre de 1468 el pacto entre Enrique IV y su hermana Isabel por el que ésta fue nombrada heredera de la Corona de Castilla.

Paradojas de la vida y de la muerte, por aquellos mismos parajes pasaría años después, en 1504, la comitiva fúnebre con su cadáver, camino de Granada,la ciudad que eligió para su descanso eterno. Cuentan los cronistas que los elementos parecieron sumarse al duelo por la muerte de la gran reina: «diluviando

traspasaron los puertos entre rayos y truenos dejando atrás Arévalo, Cardeñosa, Cebreros y Toledo». La misma ruta entre Ávila y Toledo que seguramente siguió Lazarillo de Tormes y por la que pasaron Santa Teresa de Jesús hacia sus fundaciones de Castilla la Nueva y Andalucía, y San Juan de la Cruz, camino de su prisión. Por los mismos pagos anduvieron en aquel prodigioso siglo los canteros de Mingorría que tallaron los sillares de granito del Monasterio del Escorial para el rey Felipe II. Herederos de los maestros de la piedra vetones que esculpieron dos mil años antes los toros de Guisando.



Enseguida la sierra se eleva y asciende a los dos mil metros, con cimas como la Escusa, el Alto de Lanchamala y los picos del Cabezo, o se abre al paso en el puerto de Serranillos, donde comienza el Parque Regional de la Sierra de Gredos. La cordillera se recoge en la magia del castañar del Tiemblo y los bosques del Valle de Iruelas, se mira en las limpias aguas del Alberche, en los serenos espejos del embalse del Burguillo y se alegra con los viñedos de Cebreros y Navaluenga, desde siempre tierras de buen vino. Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, anduvo en tiempos por el Valle del Alberche, cuando era secretario personal de don Pedro Dávila, señor de Villafranca y las Navas. Aquella estancia le inspiró una serie de romances dedicados a la Pasión de Cristo, que publicó en su volumen de Rimas Sacras y los vecinos de Navaluenga recitan a modo de piadosa competición en la Procesión de los Piques, la tarde de Jueves Santo. 

Apenas avanzamos unos kilómetros en nuestro itinerario de Este a Oeste y los bosques de pinos, los berrocales, los pequeños pueblos, se nos antojan un transitado cruce de caminos, una venta quijotesca por la que desfila una insospechada galería de personajes. En las Navas del Marqués, verano de 1917, dos jóvenes veraneantes, de familias acomodadas coinciden y se hacen amigos. Se llaman Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Enseguida simpatizan. Son dos ávidos lectores y Dámaso le presta a Vicente un tomo de poesías de Rubén Darío que leyó con fruición y despertó en él un profundo interés por la poesía, que hasta entonces había ignorado. Lecturas, excursiones de los dos amigos y versos para siempre. La generación del 27 tuvo aquí un precedente que después florecería
en la mítica Residencia de Estudiantes. Otro de los poetas del 27, Luis Cernuda, vivió experiencias seguramente inolvidables por los caminos de Gredos. Cernuda participó en las Misiones Pedagógicas con las que la República trató de llevar la cultura y el arte a los lugares más recónditos del país y vino aquí en 1932. Formaba parte de la sección de cine y explicaba las grabaciones de cuadros del Museo del Prado, seleccionados por Ramón Gaya. Fotografías y testimonios de sus compañeros recuerdan a un joven Cernuda a
lomos de caballería por Serranillos o Burgohondo. Quiliano Blanco, uno de aquellos ejemplares maestros republicanos entregados en cuerpo y alma a la educación, recordaba a «Cernuda, el poeta, agarrado con ambas manos a la albarda de su jumento, mira la cumbre que se nos acerca y el barranco que se va haciendo más hondo». 

Si seguimos río arriba por el Valle del Alberche llegaremos a Navalsauz, entre los puertos de Menga y el Pico. Hasta allí viajó Rubén Darío para conocer el pueblo natal de Francisca Sánchez, la joven abulense que convirtió en su compañera y madre de sus hijos; la dulce Tataya con la que compartiría el resto de su vida. Darío cuenta su viaje desde Ávila capital hasta el Alto Valle del Alberche en el artículo titulado Una fiesta campesina. En algunos de sus poemas de los Cantos de Vida y Esperanza el lector puede adivinar las impresiones que dejaron en el poeta estas tierras y su gente.


Por la cara sur, la que da al Valle del Tiétar, la Andalucía de Ávila, de clima mediterráneo, en la que prosperan el olivo y el naranjo, el tabaco y el pimiento, el tránsito no es menor. Ciro Bayo y los hermanos Pío y Ricardo Baroja, emprendieron en 1906 un viaje a pie por Gredos, acompañados de Galán, un sufrido y tranquilo asno encargado de transportar las provisiones. Los viajeros transitaron por Sotillo, la Adrada, Piedralaves, Casavieja, Mijares, Gavilanes,
Pedro Bernardo, Lanzahita, Arenas de San Pedro, Guisando, Poyales del Hoyo, Candeleda y el santuario serrano de la Virgen de Chilla, para adentrarse en la Vera cacereña, camino del Monasterio de Yuste, donde se retiró a esperar la muerte el emperador Carlos I de España. Del viaje de los hermanos Baroja y de Ciro Bayo, quedaron como testimonio las novelas El Viajero Entretenido, escrita por éste último, y La Dama Errante,de Pio Baroja, además de una serie de grabados y aguafuertes de Ricardo Baroja inspirados en los apuntes que tomó durante la expedición. 

Llegamos al Puerto del Pico, lugar de paso de las rutas de la Trashumancia. La calzada romana, construida en el siglo I o II antes de Cristo, ha sido durante milenios el paso obligado de los grandes rebaños de ovino y de vacuno que trashuman desde las dehesas extremeñas o castellanas a los frescos pastos de la
montaña. Un tránsito que probablemente ya hacían los ganaderos vetones y que la Mesta convirtió durante la Edad Media en una ruta económica de primera magnitud. Un poder que ni los reyes osaron desafiar. La calzada arranca de Mombeltrán. Este precioso pueblo del Barranco de las Cinco Villas y su airoso castillo, reciben el nombre de Don Beltrán de la Cueva, su señor, de quien las malas lenguas decían era el auténtico padre de Juana La Beltraneja,
la hija del rey Enrique IV y rival de Isabel la Católica en sus aspiraciones al trono de Castilla. Tozudas casualidades. Unos kilómetros más al oeste llegamos a Arenas de San Pedro. Su castillo fue parte de la dote del conde de Benavente para su hija, doña Juana de Pimentel, en su matrimonio con don Álvaro de Luna, durante
años el hombre más poderoso de Castilla, hasta que su amigo y protector, el rey Juan II, ordenó su decapitación. Su viuda, la Triste Condesa, se encerró en el castillo, que desde entonces lleva este nombre, para llorar la muerte de su esposo. Cuentan, y uno juraría que es cierto, que en las torres del castillo se escuchan todavía los sollozos de doña Juana. 

Arenas de San Pedro es lugar de amores contrariados. Allí fue desterrado el infante don Luis de Borbón, hermano del Rey Carlos III, como castigo por su matrimonio morganático con la joven Maria Teresa de Vallabriga. La muchacha no era de sangre real y oficialmente el Rey repudiaba este enlace. Pero había gato encerrado, y muy peligroso, en este caso. La boda beneficiaba a Carlos III, porque si don Luis hubiera contraído matrimonio con una princesa de sangre real, los hijos de esa unión hubieran tenido preferencia sobre los suyos, que habían nacido en Nápoles, para heredar el trono de España. El destierro era la mejor manera de evitar complicaciones dinásticas. Don Luis no volvió a Madrid. La historia podía, una vez más, haber sido otra. El Infante construyó un palacio a imitación del Palacio Real de Madrid con planos de Ventura Rodríguez y se rodeó de una pequeña corte de artistas e ilustrados. Un joven Francisco de Goya pintó durante sus visitas no menos de 17 cuadros y el compositor Luigi Bocherini pasó también largas temporadas en el Palacio.  

No podemos terminar esta pequeña excursión por Arenas de San Pedro sin recordar al santo que le dio su nombre: San Pedro de Alcántara. Ermitaño y místico de severo ascetismo, ejerció una gran influencia sobre Santa Teresa de Jesús, a la que aconsejó y apoyó cuando fundó el convento de San José. Fundador él mismo de un convento en los bosques próximos a Arenas, de una austeridad y pobreza absolutas, que sin duda inspiraron el rigor de la reforma carmelita. 

Pasado el Puerto del Pico la sierra vuelve a ascender y llegamos al corazón de Gredos, al gran circo de origen glaciar alrededor del cual se alzan las cumbres más poderosas de la sierra, con el Pico del Almanzor como el punto más alto de todo el Sistema Central con 2.596 metros de altura. El nombre de esta montaña es en sí otra leyenda. Cuentan que tras una de sus incursiones en los reinos cristianos, el caudillo musulmán atravesó la sierra y unos lugareños le hablaron de la existencia de una laguna, seguramente la Laguna Grande, en cuyas insondables profundidades se originaban devastadoras tormentas. Guiado por ellos, Almanzor subió a la montaña para comprobar la verdad de lo que le decían y desde entonces llevó su nombre. Leyenda o no, parece documentado que Almanzor pasó por el Puerto del Pico en el año 981 tras la campaña contra Zamora y Simancas, camino de Córdoba, siguiendo viejas rutas guerreras por las que pasaron el cartaginés Aníbal y el lusitano Viriato en su lucha contra los romanos. 

Coronado el Almanzor, si atravesamos la Portilla de los Cobardes, llegamos al Venteadero, un excepcional mirador cuyos paisajes inspiraron a Miguel de Unamuno, quizá el poeta que mejor ha comprendido la condición de Gredos como santuario espiritual y telúrico que atrae a los hombres y su historia. 

«Solo aquí, en la montaña,

solo aquí con mi España

–la de mi ensueño–

cara al rocoso gigantesco Ameal,

aquí mientras doy huelgo a Clavileño,

¡con mi España inmortal!».



Al norte del Venteadero se alza la cabeza de la Galana y a sus pies el impresionante circo de las cinco lagunas. Y entre las altas cumbres de la cordillera, majestuosas e indómitas, contemplamos los rebaños de la Cabra de Gredos, la Capra Hispánica. Este animal es el auténtico tótem, el símbolo vivo de la sierra, la pieza más codiciada de caza mayor en la Península Ibérica. Hay en Gredos una riquísima variedad de mamíferos, aves, anfibios y reptiles,
incluso endemismos que no se dan en ninguna otra parte del mundo, pero la Cabra es distinta. Es más Heráldica que Biología. Estuvo a punto de extinguirse y a comienzos del siglo XX apenas quedaban unas decenas de ejemplares; fue la afición a la caza del rey Alfonso XIII lo que la salvó. En 1905 se constituyó el Coto Real de Caza, que en 1932 pasó a denominarse Coto Nacional. En 1970 se creó la Reserva Nacional de Caza la Sierra de Gredos, que en la actualidad es competencia de la Junta de Castilla y León. La Reserva controla y regula la caza de la especie, cuya población asciende a unos 7.000 individuos; afortunadamente muy lejos de la extinción. Por estos parajes, pasó otro impenitente viajero: Camilo José Cela. El futuro Premio Nobel vagabundeó por la sierra de Gredos y descendió por la cara sur hasta el pueblo de Candeleda. Cuenta sus peripecias en el libro Judíos, Moros y Cristianos. Del paisaje de la zona dice que «En Candeleda se cría el tabaco y el maíz, el pimiento para hacer pimentón y la judía carilla, sabrosa como pocas…En los balcones volados de Candeleda crecen el geranio y el clavel, la albahaca y el botón de la rosa francesilla, el fragante dondiego, que unos nombran dompedro y otros dicen donjuán.»

El vagabundo pasó seguramente por el santuario de Chilla, un lugar en el que se adivina la sucesión de ritos religiosos desde la España prerromana hasta el Cristianismo. Allí la Virgen se apareció al pastor Finardo y le mandó que se construyera un templo en su honor. Chilla es el centro de la devoción de los pueblos del sur de Gredos y hasta de las zonas limítrofes de las provincias de Toledo y Cáceres. 

Otro inquieto novelista y viajero, Ernest Hemingway, quedó prendido del embrujo de la sierra de Gredos. Hemingway escribió: «Procedo de Barco de Ávila, Cooke City, Montana, Oak Park, Illinois, Key West, Florida, de aquí (Finca Vigía, Cuba) el Véneto,Mantua, Madrid. Demasiados lugares». Algo muy
grande tuvo que conmover el corazón de don Ernesto, porque el Barco de Ávila es la primera mención de una serie de lugares entrañables para él.Oak Park, por ejemplo, es el pueblo donde nació, y en Finca Vigía tuvo su casa de Cuba. La profesora Sonsoles Sanchez-Reyes ha documentado en su trabajo La ruta de Ernet Hemingway su vinculación con el Barco. El escritor ya lo hizo en su novela Por quien doblan las campanas. Anselmo, el jefe de la partida de guerrilleros a la que se une el protagonista, Robert Jordan, es de Barco de Ávila y Gredos el santuario en el que confían refugiarse cuando cumplan su misión en plena Guerra Civil española. Que el autor conocía Gredos lo demuestra precisamente un error. En la novela se habla de una garra de oso clavada en la
puerta de la iglesia del Barco. La cita no es exacta, la memoria le jugó una mala pasada; pero no lejos del Barco, en la puerta de la iglesia de Navacepeda, sí hay una pata de oso. No andaba desencaminado don Ernesto. Andrés Sorel retoma la anécdota en su novela La noche en que fui traicionada y cuenta cómo Aurelio, ficticio guía de Hemingway, narra al norteamericano la cacería del mutilado oso. Por el Barco de Ávila anduvo el dramaturgo Jose María Rodríguez Méndez y allí se inspiró para escribir El pájaro solitario, sobre la prisión y fuga de San Juan de la Cruz de su cárcel toledana. Ya saben lo que pueden hacer los artistas que andan escasos de ideas 

Cerca del Barco de Avila, al pie de la Peña Negra y en la cabecera del Valle del Corneja, la villa de Piedrahita es otro punto esencial de nuestro viaje. En ella tuvo sus orígenes la Casa de Alba, el linaje por excelencia de la nobleza española. El ducado de Alba se fraguó con Garcia Alvarez de Toledo, quien recibió de Enrique II los señoríos de Cabañas, Jarandilla, Oropesa, Tornavacas y Valdecorneja por su ayuda en la guerra contra su hermanastro don Pedro I por el trono de Castilla. Su hermano Fernando fundó un mayorazgo con estos dominios y con categoría de condado, que el rey Enrique IV elevó a la categoría de ducado. El tercero de la dinastía, don Fernando Álvarez de Toledo, fue el Gran Duque de Alba por antonomasia, el brillante general al servicio de Carlos I y Felipe II, cuya memoria no es especialmente grata en los Países Bajos. Don Fernando nació en Piedrahita y tuvo como preceptores a Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, que le dedicó a su linaje la Segunda Égloga. En Piedrahita los Duques de Alba construyeron un Palacio de estilo neoclásico que acogió a los más brillantes artistas y representantes de la Ilustración española de finales del siglo XVIII,congregados por la fascinante figura de la Duquesa de
Alba. El pintor Benjamín Palencia, en Villafranca de la Sierra, se enamoró de aquellos mismos paisajes que luego reflejó en sus cuadros… 

El hilo de Ariadna que nos guía en este laberinto tiene visos de no acabar nunca y la sierra se nos termina. En el puerto de Tornavacas, en la cabecera del Valle del Jerte, concluye el Macizo Central de Gredos y empiezan las sierras de su parte occidental, bajo el nombre genérico de Sierras de Béjar, ya en tierras de Salamanca
y Cáceres. Por Tornavacas pasó el emperador Carlos I de España y V de Alemania, el hombre más poderoso de su tiempo, camino de Yuste, buscando un lugar donde olvidar la gloria y prepararse para morir. Ese lugar tenía que estar en Gredos y cerrar un ciclo que comenzaba en los Toros de Guisando, cuando su abuela,
aquella joven y ambiciosa princesa Isabel, se lanzaba a la conquista de un trono. 

Es hora de abandonar esta plaza abierta, esta tumultuosa avenida de los siglos y cerrar por el momento su interminable historia. Cuando el lector lo desee puede volverla a abrir y seguro que hallará nuevas sorpresas. Quedamos en que Gredos es un espacio mágico. Quien conoce la montaña sabe que basta con que ella nos llame y nos pongamos en marcha.


domingo, 15 de enero de 2012

OXÍMORON. Meditaciones en torno al fenómeno de la mística (Gozalo Blanco)

OXÍMORON. Meditaciones en torno al fenómeno de la mística

Gonzalo Blanco

(Ávila soledad sonora)



La última edición del diccionario de Maria Moliner al definir el término oxímoron –cuando se combinan dos palabras de sentido opuesto originando un nuevo sentido–, pone como ejemplo la expresión «soledad sonora» y nos brinda, pues, un oportuno pretexto para preguntarnos a cerca de la irradiación social de la mística. Porque una cosa así es lo que habría que indagar y pedir a Ávila en un libro como éste, de la serie Soñando Futuros que desde hace casi una década viene vertiendo sobre cada una de las provincias de Castilla y León, la luz de una mirada atrevida y el aliento discreto de eso que llamamos, con alguna vaguedad, fe en el futuro.

¿Existe hoy la mística o los místicos? ¿Aportan algo sustantivo al tejido social, por ejemplo, como los artistas plásticos, los sociólogos, los creadores de cine y de música, los científicos, los diseñadores de moda? En este reparto de roles y misiones que estamos asignando apresuradamente al personal, a los sabios, a las instituciones, a las capitales, a las naciones, para detener la marea de la crisis y garantizar una  convivencia de personas con derechos humanos ¿son los místicos una fuerza de choque, un cuerpo especializado, una unidad de intervención cuando los conflictos personales, los del alma, etc. adquieren en el colectivo temperaturas de catástrofe? Se atribuye al teólogo alemán Karl Rhaner esta afirmación lapidaria: «El siglo XXI será místico o no será nada» Pero un vistazo a la radiografía de este siglo en que vivimos acongoja. Este caparazón de la globalidad está cruzado por tajazos muy definidores como los grandes grupos armamentistas, la red de multinacionales de productos farmacéuticos, los trusts financieros que hacen, cada mañana, de la masa dineraria del planetaun puro juego de azar, mientras mil millones de personas se mueren de hambre. Por no hablar de esas otras redes opacas pero extraordinariamente activas: los cárteles de la droga, los traficantes de órganos y vidas humanas, las industrias oscuras de la delincuencia organizada, con franquicias en cualquier esquina de cualquier ciudad del mundo. Muchos de los protagonistas de estos ítems visten ternos impecables de Versace, practican yoga, conversan con modales exquisitos y lucen masters de universidades internacionales de élite. Algunos incluso van a misa los domingos y otros tienen escaño en distintos parlamentos democráticos. Es difícil ponerles cara, pero se cruzan con nosotros en el supermercado, en los cines, en los centros de salud. Uno no puede, por menos de recordar la célebre frase de guerra «el enemigo está dentro, disparad sobre nosotros».

Y ya, en referencias más inmateriales, la movilización de emociones y deseos, hablando de esa tela de araña del espíritu sobre la que flotan nuestras vidas diarias, dicen los analistas que esta civilización está severamente contaminada por un materialismo grosero, voraz y reiterativo. Es hedonista y ramplona. Está trastornada por una obsesión de consumo, por una prisa, por un vértigo, por un ir y venir sin rumbo. Y para más inri los tradicionales focos de cordura y luz hacen agua: la clase intelectual se disuelve, la creación de hábitos y criterios de opinión que facilitaban antaño los medios independientes de comunicación, se deshilacha en industrias pertenecientes a escuderías de intereses poco confesables, los artistas, en fin, los creadores, han contraído en su mayoría la fiebre del marketing, la enfermedad de la usura y de la vanidad social. ¿Tienen los místicos una palabra que decir en este barullo?

La mística, lo místico en una primera ojeada es algo acuoso, inmaterial, etéreo y de lindes muy imprecisos. Se resume, todos lo sabemos, en muy pocas palabras: la unión del alma con Dios, de un modo excelso. Ahora bien, nuestras herramientas intelectuales y de interpretación pueden colapsarse pronto ante estos términos. ¿Qué es el alma? Y, sobre todo, ¿qué o quién es Dios, en claves hermenéuticas consensuables?

Sin embargo han existido y están operativos en sus escritos y obras nombres fuera de toda duda, cargados de prestigio y solvencia. Por ejemplo los místicos renanos Maestro Eckhart y sus dos discípulos, Taulero y Susón.. Desde luego, Francisco de Asís y, por supuesto, en clave abulense Juan de Yepes Álvarez y Teresa de Cepeda y Ahumada. O sea, Santa Teresa y San Juan, carmelitas, amigos y residentes en Ávila. Su herencia se percibe en la ciudad en topónimos, en templos, en rótulos de calles, en monumentos. Han creado un ecosistema espiritual, han dado lugar a corrientes de meditación, su memoria ha alentado un sin fin de escritos, de congresos, de investigaciones, han fidelizado en muchos seguidores modos de orar y de inmersión en zonas del espíritu de difícil acceso. Han inventado un lenguaje y han, sobre todo, escrito obras de una suntuosa belleza que forman parte del patrimonio cultural universal. También sus vidas concretas, sus proyectos de cambio social, sus choques con el poder establecido tuvieron un alto precio de persecución, de encarcelamiento, de represión minuciosa. Y sin embargo salieron, al final, victoriosos en sus empeños, gracias a un elan interior, una energía indomable desconocida para la mayoría de los mortales. A esto le hemos dado en llamar mística. Fueron místicos emblemáticos, referenciales, persuasivos y creadores de escuela.

Pero la palabra «mística» es muy vieja y muy polisémica. Esto es lo malo. Tildamos de mística  a una personalidad dulzona, de modales suaves, de mirada vaga, aunque en su alma albergue una ferretería de cuchillos afilados. Y si seguimos con lugares comunes, la mística, lo místico, se asocia en el catálogo de convenciones sociales a una larga serie de productos y servicios afines como el yoga, el mantra, el zen, los numerosos senderos de la verdad, todo el orientalismo difuso, propenso a convertirse en academia, en ejercicios gestuales, en prácticas de salud corporal, en moda efímera. Retractilado en fórmulas, en cursos, en horarios, en métodos, nos bombardea cotidianamente desde cualquier anuncio de prensa, de radio, de tele y de páginas web. Se sitúa exactamente, en la mayoría de las ocasiones, en las antípodas de lo que expresa Santa Teresa de Jesús en el libro de las moradas que implica pasarlas ídem para el acceso a ciertos códigos del espíritu.

En contrapartida, fuera del monopolio de lo religioso se han erguido personalidades que en tareas de solidaridad social o en el mundo creativo del arte, de la literatura, del cine o de la música, en códigos rigurosamente laicos o cívicos han alcanzado grados de vida interior, experiencias de comunión humana, de amor intensamente compartido, gracias a cotas épicas de desprendimiento, de renuncia, de meditación y concentración que también forman parte del patrimonio inmaterial universal.

Pero, en fin, estamos hablando de mística y místicos desde las coordenadas familiares y precisas de Ávila Y aquí, en la ciudad en los últimos años se han creado instancias en torno al fenómeno con entidad social, con cuerpo y piedra, con empleados, con proyectos y programas. Por ejemplo la Universidad de la mística y el Centro de interpretación de la Mística.

Es pregonada dicha universidad de la Mística, en sus papeles de difusión como «la primera universidad del mundo dedicada a la mística». Promovida por el Centro Internacional Teresiano Sanjuanista (CITES), dependiente de la orden de los Carmelitas Descalzos, este edificio, en forma de estrella de mar situado al noroeste de la ciudad, obra del Arquitecto Andrés Perea Ortega ocupa doce mil metros cuadrados, ha costado una docena de millones de euros y. según el director del CITES, Francisco Javier Sancho, cada año se espera que pasen por estas instalaciones entre 2.000 y 3.000 estudiosos de la mística procedentes de todos los rincones del mundo, entre traductores y especialistas en obras de los místicos en general y de los abulenses en particular: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Por otra parte, el CIEM (Centro de Interpretación de la mística), de acuerdo con la literatura que se encuentra en su web «fue creado en 1990 como una Fundación Municipal de carácter no lucrativo por el Ayuntamiento de Ávila, con el impulso de la UNESCO y con la finalidad de contribuir al conocimiento y desarrollo del misticismo como parte de la historia integral de la humanidad. El Centro ha desarrollado sus iniciativas en tres áreas diversas aunque  estrechamente relacionadas: enseñanza e investigación, documentación y publicación y actividades culturales».

Más plural en el diseño de objetivos que la Universidad de la Mística, su abanico de actividades abarca áreas más extensas, colindantes con el famoso diálogo de culturas, con doctrinas y vivencias místicas de otras religiones y creencias, con experiencias monacales no necesariamente cristianas. No desdeña, incluso, un «guiño místico», con su propuesta al río heterogéneo de turistas que cruza con profusión la ciudad de las murallas.

En fin, todo ello, aparentemente, tiene el perfil de una industria de mucho aparato con algunas suntuosidades que, de modo inevitable, nos llevan a establecer comparaciones con los  pucheros de la cocina conventual donde, según Santa Teresa, andaba Dios, con las celdas desnudas y minimalistas de ella y San Juan de La Cruz, con los fríos crudos de la sierra abulense que padecieron, con la austeridad y el desprendimiento de sus vidas. Pero esto no es prejuzgar nada. También Harvard, Yale, Cambridge… son instituciones de mucho rango, carísimas, confortables, de gran convocatoria y han hecho y hacen mucho bien a la humanidad.

Con esto por delante, ante un espejo de tales dimensiones resulta presuntuoso mentar programas o avanzar propuestas concretas en lo que decía al principio sobre la irradiación social de la mística. Doctores tienen el CITES y el CIEM. Pero sí algunas consideraciones que brotan de una curiosidad honesta ante el fenómeno místico, leído en clave contemporánea.

¿Habría que practicar previamente una auditoría al fenómeno de la mística, a sus usuarios, a sus proyecciones? Hay una abundante literatura de exorcistas, impelidos a veces por un agnosticismo beligerante, que reducen esta experiencia a códigos psiquiátricos y/o científicos explicables como neurosis, paranoias, alteraciones transitorias o permanentes de la psique (algunas experiencias de patologías reales o de embaucadores finos han dado pie a ello). Dicho esto, la mística y los ejemplos y obras de los místicos abren un poderoso yacimiento de propuestas por un asunto primordial que interesa a todos: el sentido de la vida, la búsqueda de la felicidad, la gestión del proyecto personal en que consiste la existencia. Antes, por encima de y, seguramente de modo transversal al magma social en que transcurre, vivir es la construcción paciente de un yo, de vérselas con un destino insobornablemente personal, colmar un intrincado paquete de pulsiones y deseos que conforman nuestra personalidad. Topamos aquí con una de las cuestiones esenciales, radiografiadas y debatidas hoy con mucha minucia entre psicólogos y sociólogos: la categoría de la subjetividad –interioridad, mundo relacional y de dinámicas sociales— que es la cocina donde se guisa, al fin y al cabo, el sentido de la vida. Pues bien, una serie de factores, producto de lo que llamamos postmodernidad –un narcisismo que impregna de modo invasivo los comportamientos y las éticas individuales, la pérdida progresiva de la dimensión pública o comunitaria, la cultura convertida en mero consumo– han empujado al individuo a una especie de autoinmersión en lo más oscuro de su ego, rompiendo los anclajes de la propia memoria y del propio futuro e impulsado a vivir en un «yo múltiple», experimentador de todos los mundos posibles. El resultado se concreta con frecuencia en dispersión de la identidad, en experiencia de un vacío crónico que atenta contra la continuidad misma del sentimiento de la propia existencia. Jacques-Alain Millar ha acuñado la frase de antiamor para definir esa ruptura. Los místicos no disponen de recetas mágicas para esto, pero sí pueden aportar una batería de medios, estrategias y consejos para esta gimnasia insustituible del espíritu.

También para una cultura del cuerpo, de la corporalidad, de sus símbolos y lenguajes sin maniqueísmos atávicos, haciendo una lectura contemporánea de referentes tradicionales como la ascética, la dialéctica de negación y afirmación de si mismo, la hegemonía del yo en el procesamiento, expresión y vivencia de los instintos básicos. Por no hablar del lenguaje comunicacional, de lo que podríamos llamar sintaxis mística, de la inspiración poética, del nexo radical con el arcano de donde brotan la palabras, o ese arrebato crucial que zarandea a los místicos en forma de comunión y unicidad con el todo. Por citar algunos ejemplos.

Tocan a rebato en este escenario en que vivimos. La crisis financiera según un clamor muy difundido y argumentado, es el puro telonero de una crisis de mucha más extensión y gravedad. Es una crisis de valores, una crisis de sentido, una crisis de civilización. Convoca a todos –intelectuales, artistas, científicos, economistas, políticos, líderes sociales— a un reto de cambio de dimensiones desconocidas hasta ahora. En esta catálisis que se avecina yo, desde luego, no dejaría fuera a la mística, a los místicos.

sábado, 14 de enero de 2012

Ávila desde otras miradas (José Luis Pajares)

Ávila desde otras miradas



José Luis Pajares

(Ávila soledad sonora)



Autoexilios y artistas foráneos

Aunque Ávila no se distingue por ser un escaparate de la modernidad en las artes visuales, como ocurre en las grandes urbes, donde una burguesía culta dinamiza las tendencias contemporáneas, este lugar nunca ha dejado de atraer a personajes creativos. Han sido muchos e importantes los artistas, arquitectos o cineastas que han terminado encontrando aquí escenarios y argumentos para sus proyectos personales. Algunos de esos forasteros han acabando tratando este territorio como un espacio propio; tal como nos ocurre también a algunos artistas lugareños cuando salimos fuera y deseamos regresar, para no renunciar a lo que nos pertenece, para volver a donde pertenecemos.

Ese espíritu, aparentemente falto de ambición experimental, propio de una conciencia tranquila que se recrea en la belleza establecida, es el que cautivaba por ejemplo a Jorge Santayana, que venía por Ávila desde el gélido Boston donde se formó intelectualmente. A Santayana no le importaba demasiado el elenco estelar de profesores que componían su prestigioso departamento en Harvard, ni que entre sus alumnos brillasen figuras como T. S. Eliot o futuras mecenas del Cubismo como Gertrude Stein, alma máter de Picasso. Por el contrario, era la sencillez de recursos de este lugar lo que le hacía regresar los veranos, siempre que podía permitírselo. Para él, según cuenta en su primer tomo de memorias Persons and Places, era aquí, más que en cualquier otro lugar de la tierra, donde el filósofo encontraba ese locus standi desde el que contemplar su particular mundo, un mundo que para otros podría ser cuestionado y vetusto, pero que para él era definitivamente eterno.

Goya, que vivió también algunas temporadas estivales entre Piedrahita y Arenas de San Pedro,podría firmar las primeras referencias de las artes modernas por estas tierras. Para muchos de nosotros sus obras son planteamientos definitivamente modernos, nadie discute ya la influencia del aragonés en la contemporaneidad pictórica. De su fácil adaptación da cuenta en las cartas escritas a su amigo Zapater: «...acabo de llegar a Arenas y (estoy) muy cansado del viaje. Su Alteza me ha echo mil amores. He echo un retrato de su Señora y niño y niña, con un aplauso inesperado por haber hido ya otros pintores y no aber acertado a esto… Y (ellos) an sentido tanto que me aya hido que no se podían despedir del sentimiento, y (permitieron irme) con el sentimiento que abía de bolber lo menos todos los años». Al año siguiente, en 1784, efectivamente volvió a Arenas hasta completar 14 obras pintadas allí. Muchas de ellas salieron hacia otros países, de donde no regresarían. Debió verse cómodo el pintor, no sólo por la noble hospitalidad que encontraba en el palacio que Ventura Rodríguez había levantado allí para la Corte, sino también por los paisajes que asomaban por encima de su gloriosa cabeza. Las montañas y estribaciones de Gredos aparecerán después como fondos en varios cuadros y dibujos, señal inequívoca del lugar que ocupaban en su memoria. En el otro palacio de Piedrahita es seguro que pintó también un buen número de obras, aún por determinar. Invitado por la Duquesa de Alba, no le faltaron otras compañías ilustradas, como la del abulense José Somoza.

Para los artistas Ávila simbolizaba intemporalidad, distancia para representar la historia; aquí encontraban resumido lo castellano. Ese consabido «paisaje y paisanaje», del que Unamuno nos habla en sus libros de viajes por estas tierras, se encontraba aquí en cada esquina y tipo del país. Ávila no fue descartada por ninguna visión naturalista, por antagonista que fuese.Los pintores que la retrataban la encontraban colorista o dramática, como Sorolla o Zuloaga; sosegada o desgarradora, al modo de López Mezquita o Solana. En cualquiera de las versiones de Regoyos, Martínez Vázquez, Vázquez Díaz, Beruete, Soria Aedo, Lezcano, Echevarría o Valeriano Bécquer, aparecen visiones sentidas, captadas siempre del natural, sin estereotipos ni clichés deformados. Desde finales del XIX hasta mediados del XX, pocos pintores se resistieron a venir para plantar aquí sus caballetes de campo. Gracias a ellos Ávila fue el más grande estudio bajo el cielo de la pintura costumbrista.

Para algunos esa visión localista solo confirma la vetustez de ciertos artistas españoles de la época, una interpretación acomplejada y falsa. Si realizamos un recorrido por lo que esos mismos temas y escenarios supusieron para otros artistas foráneos, altamente considerados en los textos de arte modernos, si diésemos un somero repaso por Ávila desde otras miradas algunas de esas biografías, veríamos que también esos genios, llegados de lejos, se dejaron seducir por las mismas visiones locales, aun no siendo suya esta ciudad ni haber visto antes nuestros paisajes.

Hasta aquí vino Diego Rivera cuando aún era un joven alumno de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid; en1908, dos años antes de que lo hiciese el propio Sorolla. Su larga visita fue posible a través del pintor Eduardo Chicharro, director de la Academia de España Roma y por aquella época profesor de la de San Fernando en Madrid. El maestro regresaba todos los veranos. Con él solía traer a sus alumnos más avanzados con el fin de iniciarles en el aprendizaje de la luz y el paisaje abulenses. El mejicano, entonces un desconocido pupilo, había venido a España para formarse como pintor y más tarde entrar en contacto con la modernidad europea en París.

Rivera escoge, eso sí, su propia temática; espacios y horas inusuales. Pinta «La noche de Ávila», los caminos del Valle Amblés, las humildes casas que pasan inadvertidas al lado de los grandes monumentos. Como haría Solana años más tarde, huye de esa iconografía onumental para fijarse en la sobriedad de lo popular. Lo humilde era para él mas digno, como motivo, que todos los antiguos templos religiosos o las grandes fortalezas medievales que caracterizan la ciudad. Una preferencia temática que es toda una anticipación de la idea revolucionaria y proletaria que acabaría poniendo en práctica en su pintura mural.

André Masson fue otro de esos artistas reconocidamente trasgresores que dibujaron estos silenciosos espacios. Resulta paradójio que uno de los padres del Surrealismo y la pintura automática, tomase Ávila como alegoría contra la guerra en aquel crispado ambiente, precisamente en la época prebélica de la contienda civil.

La aventura ibérica de Masson comenzó antes, en 1933. Un año después iniciará, junto a Rose Maklés, la que más tarde sería su segunda mujer, un viaje que le traerá de nuevo a la ciudad. Gracias a las cartas que el artista escribe a sus amigos sabemos hoy los entresijos de aquellos viajes. A Daniel H. Kahnweiler, su marchante parisino, le relata sus primeros contactos: «Querido Heini: Encantado más allá de toda expectativa, Ávila, Madrid, el frío de Castilla...» En realidad Masson emprendió aquel viaje huyendo de Francia, como un autoexilio voluntario. Acababa de vivir algunas de las más amargas experiencias de su vida; su ruptura con André Breton y el grupo de los surrealistas, la tormentosa separación de su anterior compañera, Paule Vézelay. El pintor busca un lugar lejano donde romper con la rutina y encontrar una independencia renovada. Ávido de compartir la vida con las gentes que encontraba a su paso comenta: «El pueblo español es tan fraternal, tan cercano a las cosas auténticas, que sólo puedo amarlo con todo mi corazón». Al pasar por Ávila escribe: «Aquí la vida es más tranquila, el color de mis cuadros es diferente de los últimos hechos en París.»

Algo más que color encontró Masson en Ávila para desear regresar insistentemente y seguir recordándola. En junio de 1936 cuenta en otra carta su deseo expreso de pintar la ciudad: «…Iba a emprender un pequeño viaje hasta Ávila para hacer allí unas acuarelas y con la esperanza de renovar un poco mi inspiración, pero la Discordia y el furor me cortaron el camino, pero sigo amando España.» Poco después de comenzar la temida Guerra, comenta desolado: «Es un drama tremendo, el mayor que ha conocido España desde la invasión de los franceses de Napoleón». En octubre, a pesar del riesgo que supone, cumple su anhelo y llegade nuevo a Ávila. La retrata de forma tan impaciente que nos recuerda las alocadas salidas que Van Gogh hacía en Arlés en plena tormenta: «Durante ocho días he recorrido la ciudad y el campo, he tomado muchas notas, he dibujado todo lo que he podido, aunque un viento de Dios caía del cielo y me arrancaba el papel… Este viaje me ha dado un nuevo impulso.»

En una de esas obras dibuja una visión espectral: Fantasma de un burro delante de Ávila. La ciudad no es para él un simple motivo, es el escenario de la sinrazón que en esos momentos se estaba apoderando de España. Un esqueleto con la testa de un asno, camina airosamente ante su panorámica, arrastrando en su marcha una larga capa como símbolo de un poder despótico. «Para mí (el asno) representa la muerte», en alusión a las naciones que a partir de entonces pasarán también a ser dirigidas por «monstruos». Altamente simbólica es otra de sus visiones de la ciudad. Desde el cerro de San Mateo, Masson representa una visión sobrenatural, en la que las torres más altas están a punto de tocar el cielo. En medio de una prodigiosa tormenta la muralla es un cascarón a punto de naufragar, entre el oleaje del campo se divisan un par de iglesias, aisladas como botes; la ciudad recuerda aquel Ávila en el que se sucedían los milagros y los santos. Debió pintar esa acuarela en uno de los momentos que describe en estas líneas: «Para descansar, después de un viaje que me ha destrozado las piernas (hasta el hombre más pobre tiene aquí al menos un burro) he pasado una larga semana en Ávila. Ciudad orgullosa que huele a harina y de vez en cuando el viento de la meseta te trae el olor del tomillo y el grito de las cornejas. Santa Teresa vivía en una buena región: nada le sobra, pero ¡que sólido es, Dios mío! Y no puedo evitar pensar en un monje castellano que me decía: Jesús está en los campos, y yo lo creía.»

Una larga lista de artistas extranjeros pasaron también por aquí para llevarse bien pintado este lugar: Raoul Dufy, que pinto copiosamente la capital y los pueblos de la provincia, Robert-Hubert Crommelynck, Carl Wilhelmson, Paul Chavarel, Yves Brayer, W.Collins, Marius Bauer, Paul de Castro, Hubert Denis Etcheverry, Pryce Weedon, Max Kuehne, Marius Bauer, André Lhote, y una genealogía aún más extensa si se mencionasen las pléyades de viajeros y dibujantes que apuntaron sus obras en pequeños cuadernos de campo, más fácilmente portátiles, pero igualmente sugerentes.

A Sorolla y López Mezquita les tocó primero salir de su país, para regresar desde Nueva York. Ambos pintaron Ávila en algún momento de su vida por encargo del promotor norteamericano Archer Huntington. Sorolla, tras unas cuentas idas y venidas, tomó sus monumentos como emblema más característico de Castilla. En el mayor cuadro pintado a lo largo de su vida, se propuso una colosal composición de más de 80 figuras que tituló La fiesta del pan, una alegoría festiva de aquella Castilla que tenía como bandera el trigo y la harina que olía Masson, pero que era también el germen de la España histórica. Dentro de un conjunto de catorce grandes cuadros, que tenían que ocupar más de 300 metros cuadrados, dedicados a las distintas regiones de España, eligió comenzar por Castilla. El encargo debería haber sido un mural para cualquier otro pintor, pero él, que jamás había intentado otro modo de pintar, lo hizo de única forma que sabía, al óleo. Como preparación, Sorolla tomó del natural varias vistas de la ciudad. Incluyó, claro está, su muralla, pero acabó poniendo una desconocida fuente de las afueras como principal motivo ornamental de la gigantesca obra. Esta ciudad le aportaba más  fácilmente lo que quería encontrar y no hallaba en otros lugares; pero a pesar de esa sintonía el cuadro le costó demasiados esfuerzos. Se trataba de un lienzo de casi catorce metros de largo por tres y medio de alto: «Llevo seis meses seguidos pintando el panel Castilla y estoy un poquitín cansado», se lamenta el artista. Estaba al final de su vida y las fuerzas no le respondían al esfuerzo que requería aquel monumental encargo. En otra carta cuenta: «He pintado todo el día y no estoy contento del trabajo (…) no sé lo que pasa aquí (…) pero atrae la severidad (…) estoy menos animado a continuar en Ávila, me fastidia lo castellano, es demasiado bárbaro». Las fuerzas y la vida se le acabaron nada más terminar la serie, que no llegaría a ver instalada en la sede de la Hispanic Society de Nueva York, al norte de Manhattan.

López Mezquita, sucedió a Sorolla en esa misma institución; sin embargo, él no necesito viajar tan afanosamente como su antecesor para encontrar sus modelos. Aprendida tal vez la lección del maestro, decidió levantar su estudio aquí mismo, a pocos metros de las murallas. De ese modo no necesitaba ir más allá de su puerta. Frente a la casa-estudio tenía los antiguos mercados, veía pasar delante a las gentes vestidas al uso y oficio y también tenía al lado las iglesias donde pasaban a rezar las fervorosas paisanas. Todo lo que necesitaba estaba al otro lado de su tapia. Aquí regresaba desde Nueva York los veranos, pasando largas temporadas al final de su vida. En ocasiones solían venir con él otros artistas o escritores, como José Francés, que aprovechaba la invitación para terminar escribiendo Como los pájaros de bronce, una novela censurada, ambientada en la ciudad e inspirada en los cuadros de su amigo.Tal vez la vista de la muralla atraía al artista granadino como una reminiscencia de su Alhambra natal, o simplemente Ávila estaba más cerca de Madrid, donde personajes ilustres, políticos y toreros le encargaban la mayoría de sus retratos. Lo cierto es que hasta pocos días antes de su muerte persistió trabajando en ese estudio. Intentó hasta el final de sus días cumplir el sueño de levantar un museo que contase, a través de sus pinturas, la prodigiosa vida de Teresa de Jesús, para mayor gloria de la Santa abulense y de su ciudad. No lo consiguió. Tras la desaparición de su estudio, una exposición, fugazmente itinerante, es todo lo que hemos visto pasar de la obra del pintor granadino.

Entre las voces latentes que complementaron a los artistas venidos de Europa, pero acabaron quedándose, Guido Caprotti da Monza es el principal ejemplo. Es sorprendente que procediendo de un país como Italia, donde la belleza hace padecer a cada paso el síndrome de Stendhal, un italiano recalase definitivamente en esta austera y casi abandonada ciudad. El encuentro se produjo una noche nevada en la que su tren no tuvo más remedio que hacer una parada forzosa en esta estación, para él desconocida hasta entonces. La cercana luna llena y la heladora oscuridad, en contra de lo que le sucedía a la mayoría de forasteros, le cautivó desde el primer momento. A partir de aquella primera noche mágica encontró su particular filón, aportando una visión románticamente italiana a las leyendas populares o a las calles menos transitadas, muchas veces pintadas en aquellas mismas noches que asombraron a Rivera. Su fe en este lugar le llevó a rehabilitar uno de sus abandonados palacios renacentistas para convertirlo en casa y estudio, enriqueciéndolo con obras y tesoros hasta su muerte. Prefirió ser enterrado en su ciudad adoptiva, antes que en la Italia que seguía amando.

Zuloaga usó la misma panorámica de fondo para pintar todos sus personajes abulenses. Desde el calvario de los Cuatro Postes da idéntica dignidad al enano Pedro el botero, que al escritor Enrique Larreta, que al mismísimo Jesucristo, que como otro abulense más le hace acompañar en su agonía de lugareños reconocibles. Como buen vasco humaniza a todos por igual, pero escoge esta ciudad santa como el lugar más próximo al cielo. Una visión semejante a la que comparte Gutiérrez Solana. Los devastadores prostíbulos o los lúgubres ambientes que elige en otras ciudades, los cambia Solana en Ávila por atroces procesiones y autoflagelados disciplinantes, sus crucificados son masacrados como si se tratase de una película de Mel Gibson. Solana, sin embargo, se da perfecta cuenta de dónde está, en la cuna de la espiritualidad española, pero no renuncia por ello a la misma visión pesimista que da a todos los lugares mortales; es una oscuridad mortificante, propia de la España Negra, a la que el madrileño jamás renunció.

Por sus películas Orson Welles podría haber sido otro de estos artistas españoles amantes del negro. Tras ser denostado por la industria cinematográfica de su país, se alió en España con el productor Emiliano Piedra para rodar Campanadas a medianoche, una película sobre un texto de Shakespeare, basada en el personaje de Sir John Falstaff. Welles encontró en Ávila los espacios idóneos para rodar algunas escenas. El film es uno de sus más bellos trabajos, a pesar de todas las dificultades personales que arrastraba entonces. Desde hacía tiempo el genio caminaba con una muleta, padecía un trastorno hepático que le obligaba a guardar reposo y los rumores sobre su forma de vida no cesaban. Haciendo de actor y director, y dado el escaso presupuesto, su intuición para seleccionar ángulos y escenarios seguía siéndole fiel. Para los momentos clave le atraen los entornos de San Vicente. Rueda aquí escenas nocturnas en las que se le ve exhalar su aliento sobre la fría noche abulense, mientras su voz, ronca y severa, diserta sobre la humana condición. Welles consideraba esta película como uno de sus mejores trabajos: «Si quisiera entrar en el cielo sobre la base de una película, esta es la que yo había de ofrecer». Años más tarde, en el enigmático documental Fraude, su alter ego nos deja oír en of íntimas reflexiones sobre el engaño que acompaña, en ocasiones, al mercado del arte moderno. Ya al final, en uno de los pocos momentos en que se sincera consigo mismo, explica por qué admira los bellos monumentos antiguos: «Han estado aquí durante siglos. Quizá la mayor obra del arte occidental, y no tiene firma. La celebración de la Gloria de Dios que dignifica al hombre, desnudo, pobre, miserable. Ya no hay celebraciones. El nuestro, nos dicen los científicos, es un mundo desechable. Quizá sea esta la gloria anónima entre todas las demás cosas, este rico bosque de piedra, este canto épico, este gozo, este grandioso canto de afirmación, lo que elijamos cuando nuestras ciudades sean sólo polvo, y que, permaneciendo intacto, indique dónde estuvimos y muestre adónde llegamos».

La ciudad también llamó la atención de algunos arquitectos. Louis I. Kahn, aunque nacido en Estonia, marchó en seguida a Norteamérica, donde compatibilizó sus tareas de diseño con la docencia en la universidad de Yale. Kahn comenzó a darse a conocer en el panorama internacional a finales de los cincuenta, tras la desaparición de Frank Lloyd Wright. En uno de sus viajes a España realiza un dibujo de Ávila, seguramente durante una excursión que emprende por Madrid y Salamanca a principios de los sesenta. Es un sencillo apunte del natural a modo de skyline, en el que añade debajo un breve pero aclaratorio texto sobre la visión que contempla desde las afueras. Para él la ciudad amurallada es una solución sencilla para acomodar a la sociedad y a sus instituciones. No realiza el dibujo para recrearse en la tópica panorámica de postal. La reflexión la hace desde credos geométricos y sociales, encontrando razones prácticas en su diseño. Influenciado por la antigua arquitectura, el modo de construir de Kahn se distingue por sus grandes volúmenes. En contra de lo que buscaban otros arquitectos de su época, construye edificios sobriamente asentados. Pionero en cuestionar el estilo Internacional, defendió el ideal de recuperar formas y evocaciones del pasado. No tiene reparos en declarar la atracción formal que le inspiran las antiguas construcciones, incluidas las de la Edad Media. Es lógico que al encontrarse con esta rocosa y compacta ciudad, lejos de resultarle ajena o anticuada, la alabe sinceramente, haciendo observar su racionalidad y belleza.

Benjamín Palencia, natural de la austera Albacete, vino a instalarse cerca de Villafranca de la Sierra, en la fértil vertiente norte de la Sierra de Gredos. Cuando le preguntaban de dónde salían aquellos campos encendidos que pintaba, contestaba: «Tengo el  estudio en el mismo paisaje, frente a mi casa». Aunque algunos no le creyeran del todo, era de esos cielos y praderas de donde tomaba los violetas, los verdes o los amarillos extremos que aparecen en sus cuadros. Tras fundar la Escuela de Vallecas junto con Alberto Sánchez y otros artistas, el grupo redacta aquel manifiesto que se proponía renovar el panorama artístico español y que apoyaron talentos como Manuel de Falla, Vázquez Díaz o García Lorca. Palencia sustituirá a partir de entonces los métodos y la figura clásicos, por la expresividad con el color más extremo. En otros momentos su empeño por la experimentación le hará emplear elementos fuera de la pintura, materias pobres que recoge del propio suelo que pinta, tierras, pajas o semillas, para someterlos a los mismos procesos que sufren en la naturaleza: la erosión o el fuego que los arrasa hasta convertirlos en rastrojos. En esa etapa experimental juega hasta con el humo, pero con ello no hace sino volver a sus orígenes, a su etapa juvenil, cuando no podía disponer de pinturas ni materiales apropiados y recolectaba cartones o maderas como lienzo, «cuando me valía todo», dice. Para describir sus cuadros habla de lo que ve con sus ojos: «Esas tierras rojas, y las aguas del río que van ya recogiendo el reflejo, que van tomando la coloración de la montaña del fondo, ¡una maravilla!»

Luchó Benjamín Palencia por contribuir al desarrollo de las vanguardias desde dentro de España, sin desvincularlas de lo más propio: «He querido abrir un camino nuevo a la pintura y he dado una nueva concepción del color y del paisaje español, de acuerdo con la pintura del mundo». En este empeño encomiable encontró el apoyo de Eugenio D’Ors, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Dalí o Buñuel. Sus planteamientos renovadores le permitieron llevar su obra hasta la Bienal de Venecia, realizando múltiples exposiciones internacionales. Sin embargo, todo esto no le hizo replantearse nunca emigrar o trasladarse a otro lugar, donde seguramente hubiese encontrado mayor reconocimiento. Aquí trabajó la mayor parte de su vida, que se prolongó hasta los 85 años, dejando una extensa obra que, en parte, quiso donar a los abulenses, creando una fundación para su difusión y conservación. Lamentablemente,como pasó con el legado de otros artistas que tuvieron la misma intención, su colección personal acabó por salir hacia otro lugar donde, ya muerto, apreciaron mejor su talento creativo.

Agustín Ibarrola ha sido el último gran artista foráneo en instalar su obra y su proyecto personal en Ávila.Lo está haciendo sobre un soporte inamovible, los grandes roquedales que caracterizan el paisaje abulense. Abrazado a su nuevo destino, el que fuera fundador en París del Equipo 57, ataca ahora con su pintura colorista y simbólica los grandes berrocales sembrados entre encinas del valle Amblés. «Unas rocas», dice, «en las que cada mota es como un universo que marca las ideas de mi pintura (...) cada piedra es de una forma diferente a las demás y ofrece unas grietas muy particulares, que son líneas con enormes posibilidades para crear conceptos espaciales nuevos».

Conocido por sus coloristas intervenciones al aire libre, se  ha enamorado ahora «de la luz de estos lugares que cambia tanto a lo largo del día, de la arenisca que cae del granito, del pasado celta de estos montes, de la historia de miles de años que albergan». Acogido en este autoexilio por el galerista y mecenas Alfredo Melgar en su finca de Garoza, la determinación del artista vasco le está llevando a intentar, a sus ochenta años, el sueño de promoveruna fundación y un museo que acojan su obra, y sirvan además para reivindicar los valores humanos por los que ha sido perseguido en tantas ocasiones.

Andy Warhol, el controvertido artista que hizo que el arte llegase a todo el mundo, estuvo siempre rodeado de una corte de creadores entusiastas. Lou Reed, Dylan, Mick Jagger, Lennon, John Cale, todos acudían regularmente por su Factory en la 5ª planta del 231 de la 47. Allí había sitio para grandes cantidades de Sopa Campbell, pero también para relajados encuentros sociales, interminables fiestas y momentos desenfadados. ¿Quien no recuerda la famosa serie de fotografías en las que Andy aparece transformado de mujer fatal? En realidad, el autor y el causante de que Warhol se disfrazase para esas instantáneas fue Christopher Makos, un joven provocador, a quien el propio Warhol definió como el fotógrafo más moderno de América. Fue Makos también quien le descubrirá más tarde otros jóvenes talentos, como Jean-Michel Basquiat o Keit Harring.

Makos, siguiendo los buenos consejos de su mentor, se trasladó a París para aprender del mítico Man Ray, comenzando también a cogerle gusto a la forma de vivir entre Europa y Nueva York. A partir de los 80, coincidiendo con la exposición de Warhol en la galería Fernando Vijande, conoce la Movida madrileña, y a partir de entonces se acerca cada vez más a España, donde encuentra esa efervescencia vanguardista que persigue allá por donde pasa. En compañía de nuevos amigos españoles visita algunas ciudades, interesándose por captar retratos de conocidos personajes como Nacho Duato o Almodóvar, pero también escenas cotidianas y paisajes que le ayudan a tener una mirada más completa de lo que descubre. En uno de esos recorridos se acerca hasta Ávila de la mano de sus amigos Manolo Cáceres y José Luis Soldevilla, renovadores artistas de un Pop desenfadado, que disponen de un asombroso estudio a las afueras. Le guían por la ciudad en cada nueva visita, y en uno de esos recorridos José Luis le conduce inesperadamente hasta una antigua iglesia vacía de las afueras. «Allí»,cuenta, «descubrí algo que me resultó sorprendente. Un artista había realizado una instalación multimedia que hacía que algunas de las sofisticadas galerías de Nueva York parecieran ingenuas. Por toda la iglesia había proyecciones de imágenes, casi contrarias al escenario que ocupaban. Una vez más los españoles me habían sorprendido de un modo al que los neoyorquinos jamás se acercaron siquiera». Las fotografías que Makos realiza de Ávila van desde los cubos de la muralla, que él toma deliberadamente inclinados, hasta los desconocidos paisajes del río Chico. Imágenes que formaron parte en 2001 de su exposición Una visión Americana de la Cultura Española en el IVAM de Valencia. Esta particular visión de Ávila viajó posteriormente a otras salas y museos del mundo.

Muy alejado de agitaciones mediáticas, Feliciano Hernández podría ser considerado un abulense nativo por haber venido al mundo en Gallegos de Altamiro, cercano a la capital. Sin embargo, como en el caso de Santayana, su familia se trasladó pronto a otro lugar con más posibilidades para educarlo, en su caso a la localidad madrileña de Navalcarnero, donde actualmente continúa desarrollando su actividad artística y personal. Su relación con Ávila no es directa, pero no por ello olvida sus orígenes. En realidad Feliciano mantiene una vinculación fraternal con todos aquellos lugares que le aporten sensaciones estimulantes: «Cuando me encuentro en una gran plaza y me siento a gusto es porque este lugar es hermoso. Yo desearía establecer una comunicación, con una concepción nueva y actual, en ese momento de  felicidad que uno experimenta en una plaza italiana o en cualquier rincón castellano». El escultor, claro está, habla y concibe espacialmente, también cuando viaja, haciendo de cada nuevo descubrimiento un aprendizaje.

La arquitectura está siempre presente en la obra de Feliciano. Admira los monumentos de la antigüedad y, del mismo modo que lo hacía Kahn, siente también especial predilección por el Románico, un estilo de formas geométricas puras, cuyos volúmenes recuerdan en ocasiones a los módulos que emplea. Si aislamos esos elementos, veremos esa geometría austera, pero vanguardista, que se basa en lo más difícil de lograr, la sencillez.En busca de una constante investigación, su obra, aunque conceptualmente constructivista, no corta la relación con las influencias del pasado o los materiales nobles. En los orígenes de su vocación están las antiguas forjas de hierro, que con la piedra y la madera son los materiales que con más constancia aparecen en su obra, sin descartar el pino viejo que redime de antiguas vigas. Sin embargo, lo que verdaderamente da carácter personal a su obra, lo que la hace fácilmente reconocible, son sus planteamientos dinámicos. El mérito de Feliciano consiste en trasformar la pesadez en ligereza, en elevar el hierro o la piedra a otra categoría nueva. En sus manos estos materiales parecen ingrávidos; sin embargo, la materia nunca oculta su peso. Se necesita ser muy osado y muy cabal para transitar por el espacio con ese equipaje, mover piedras en suelo es arduo, subirlas al vacío requiere un temple de acero, como los cables que suelen sujetarlas. Por medio de esas cuerdas sus piezas se balancean en el aire, pero nunca pierden de vista la gravedad que las atrae. Las composiciones modulares se acoplan en un equilibrio arriesgado, en un desorden calculado. Un punto de apoyo sostiene a veces todo el conjunto, en otras es un juego de tensiones entre los hilos que las sustentan desde el cielo y el suelo que reclama lo que es suyo. Calder hacía flotar sus livianas siluetas, pero nos hacía olvidar la tierra, Feliciano no, él nos recuerda el anclaje que todo ha de tener con lo real; cree que se pueden soñar otras formas en el espacio, pero sin perder la conexión con el esfuerzo que supone construirlas.

Referencia de la escultura de vanguardia en el último medio siglo, galardonado en la Bienal de Alejandría, seleccionado en la de Venecia, su currículo internacional no le ha hecho distinto como persona. Como artista,sin embargo, siempre está evolucionado, para él es importante la relación de su obra con el espectador, con el lugar donde va instalada cada pieza. La dimensión pública de su trabajo le ha permitido plantar su obra por toda la geografía nacional. Su último gran proyecto es el parque-museo al aire libre que lleva su nombre en Navalcarnero. Ahora que otros museos como Chillida-Leku están cerrando –esperemos que por poco tiempo–, es un privilegio encontrar este soberbio conjunto de esculturas, definitivamente integradas en ese «lugar hermoso», que él ha elegido para que experimentemos los momentos de felicidad que el arte nos regala.

No es objeto de este artículo enumerar ni mucho menos estudiar a los artistas  contemporáneos abulenses, para los que Feliciano nos sirve de puente, hay muchos y buenos, tanto consagrados como nuevos valores. Otro tiempo y otro espacio habrá para hablar de ellos. Sin embargo, es de agradecer que los editores de este libro hayan accedido a mostrar un pequeño ejemplo de su obra, incluyendo reproducciones de algunos de sus trabajos como muestra complementaria. A su buen criterio dejo la selección, que nunca será completa.

Indecente (Arturo Pérez Reverte)

 INDECENTE
 (Arturo Pérez Reverte)



Me gustaría transmitirle al Gobierno pasado, al actual, y al que puede venir lo siguiente:

TENGAN LA VERGÜENZA de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicar las comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes 30.01 €, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo. Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía,...y aún no les han abonado la nómina. 

PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.. 

ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignando a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados. 

HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos. 

INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar. 

INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera. 

INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura). 

INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35/40 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo. 

INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.1 

INDECENTE, es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados). 

INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos. 

INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual). 

INDECENTE, es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase)y tarjetas de crédito por doquier. 

INDECENTE, No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que NO se lo bajen. 

INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.

INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO. 

Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que lo regula. 

¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já. 

Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con "cara y ojos" para acabar con estos privilegios, y con otros. 

¡¡¡ Haz que esto llegue al Congreso a través de tus amigos !!! 

ÉSTA SÍ DEBERÍA SER UNA DE ESAS CADENAS QUE NO SE DEBE ROMPER, PORQUE SÓLO NOSOTROS PODEMOS PONERLE REMEDIO A ESTO, Y ÉSTA, SI QUE TRAERÁ AÑOS DE MALA SUERTE SI NO PONEMOS REMEDIO, está en juego nuestro futuro y el de nuestros hijos.


miércoles, 11 de enero de 2012

Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda de la Constitución de España)

Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda a la Constitución)

Pido a cada destinatario que reenvíe este e-mail a un mínimo de veinte personas de su lista de contactos, y a la vez, pedir a cada uno de ellos que hagan lo mismo.

En tres días, la mayoría de las personas de este país tendrán este mensaje. Esta es una idea que realmente debe ser considerada y repasada para el Pueblo.
Ley de Reforma del Congreso de 2012 (enmienda de la Constitución de España)

1. El diputado será asalariado solamente durante su mandato. Y no tendrá jubilación proveniente solamente por el mandato.
2. El diputado contribuirá a la Seguridad Social. Todo el mundo (pasado, presente y futuro) actualmente el el fondo de jubilación del Congreso pasará al régimen vigente de la Seguridad Social inmediatamente. El diputado participará de los beneficios dentro del régimen de la Seguridad Social exactamente como todos los demás ciudadanos. El fondo de jubilación no puede ser usado para ninguna otra finalidad.

3. El diputado debe pagar su plan de jubilación, como todos los españoles.

4. El diputado dejará de votar su propio aumento de salario.
5. El diputado dejará su seguro actual de salud y participará del mismo sistema de salud que los demás ciudadanos españoles
6 El diputado debe igualmente cumplir las mismas leyes que el resto de los españoles

7. Servir en el Congreso no puede ser vitalicio, no es una carrera. Los diputados deben cumplir sus mandatos (no más de 2 legislaturas), y después tener o buscar un empleo como cualquier ciudadano.

Si cada persona pasa este mensaje a un mínimo de veinte personas, en tres días la mayoría de los españoles recibirán este mensaje.
La hora para esta enmienda a la Constitución es AHORA.

ES ASÍ COMO PUEDES ARREGLAR EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS.
Si estás de acuerdo con lo expuesto, reenvía. Si no, puedes borrarlo.