lunes, 9 de enero de 2012

Ávila y la poesía (Tomás Salvador González)

Ávila y la poesía

TOMÁS SALVADOR GONZÁLEZ



(Ávila soledad sonora)



En el arte, la perfección esteriliza, no sólo no exige continuidad sino que la imposibilita. En poesía, la perfección intimida, extiende la mudez por los alrededores.



Perfecta en su intensidad escueta, en su concentrada delgadez, es la canción tradicional En Ávila mis ojos, y perfecta la música callada de San Juan de la Cruz, así que no es extraño que tras ellos, tras ese inicio milagroso, un silencio atronador cubriera estas tierras durante siglos.



400 años después, un poeta, Rafael Alberti, se atrevió a recrear la
anónima canción (Mi corza, buen amigo,/ mi corza blanca,/ los lobos la mataron….) y su maestría rompió el maleficio que había acallado esta tierra, y la tierra volvió a dar poetas y canciones.



Antes del siglo XX no se puede hablar de poetas, hay que hablar de
excepciones ( José Somoza en la Piedrahíta del XVIII; Eulogio Florentino Sanz, traduciendo a Heine en el XIX), incluso habría que añadir que aquellos que se atrevieron como Unamuno a referirse a la ciudad, a cantarla, no veían en ella nada que no fuera el pasado, el glorioso pasado como un fardo, una pesada nube que gravitara sobre las casas y las gentes ocultándolas.



Tras romperse el maleficio, surgieron las nuevas voces que dieron cuenta de «tantas devastaciones» como si éstas hubieran sido el precio que permitía volver a cantar las humildes cosas del mundo, las casas de los  pobres, el sendero abierto entre los trigos..

Y ahora un grupo de poetas jóvenes y menos jóvenes, ajenos al maleficio, renuevan las canciones y la emoción.



En Ávila, mis ojos



En Ávila, mis ojos,

dentro en Ávila.

En Ávila del Río

mataron mi amigo,

dentro en Ávila.

(Anónimo)



Ávila



Ávila de los Caballeros,

la de la recia monja andante;

castillo interior, torreones

contemplan verdor en el valle.

Tu sede se eriza de almenas

a fuera; por dentro, en el ábside

la sangre cuajó en los sillares

la luz en visiones de tarde.

Sestea los siglos el toro

berroqueño, los trashumantes,

duros rabadanes celtíberos

visitan en sombras errantes

la vieja cañada borrada,

arteria de Iberia en que late

la vida escondida del alma

que al pasar de la mesta pace.

Mira a tu pastor, Prisciliano,

peregrino celta; sus manes

en Compostela reconquistan

la España que en sed de Dios arde.

Ávila de los Caballeros,

hueso de la patria más grande,

le diste, nodriza, tu tuétano,

fuerte leche a la monja andante.



Cancionero

Miguel de Unamuno





Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está ascondida,

que bien sé yo do tiene su manida

aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene,

mas sé que todo origen della viene,

aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella

y que cielos y tierra beben della,

aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla

y que ninguno puede vadealla,

aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida,

y sé que toda luz de ella es venida,

aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosas sus corrientes,

que infiernos, cielos riegan, y las gentes,

aunque es de noche.

El corriente que nace desta fuente

bien sé que es capaz y omnipotente,

aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede,

sé que ninguna de ellas le precede,

aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida

en este vivo pan por darnos vida,

aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,

y de esta agua se hartan, aunque a escuras,

porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,

en este pan de vida yo la veo,

aunque es de noche.



Juan de Yepes (San Juan de la Cruz)





Hay algo de ceniza en el ambiente

que descaece en un ruboso velo;

tintas cárdenas triunfan en el cielo

y un dolor inconcreto se presiente.

La luz desmaya, ríndese y se aleja

por el valle, la loma o la colina,

a la vez que el crepúsculo declina

y el rumorear del río es una queja.

Son un dolor las ramas deshojadas

de los árboles tristes, como un yermo.

En las sombrías sendas desoladas

el letargo del campo nos parece,

como el agonizar de un pobre enfermo,

una cosa que fue y ahora fenece.



Nicasio Hernández Luquero





Las casas de los pobres



La casita de adobe florecía

en su blancura de paloma,

el portalito rojo, el esterillo,

los rezumantes cántaros de barro

y el gato adormilado.

¡Cuántos palacios de éstos

no fueron abatidos por la furia

de la miseria, el hambre,

el agua sola, el rayo!

Los almendrados ojos que soñaban

allí esperanzas, en el huertecillo

con hierbabuena y menta,

el cigüeñal, los brazos poderosos

y el resplandor del blanco

lienzo colgado, o los suspiros.

¡Cuántas puertas golpeadas

como ataúdes rojos de la sangre

del ángel que señaló las jambas!

Vive aquí un pobre, un desvalido,

uno que espera, una muchacha:

no tendrán larga vida.

Y, en aquellos atrases, la campana

de la iglesia ¿qué podría? La cruz

sola de palo donde sereis crucificados

en la cocina con las lágrimas

del hijo muerto en una guerra.

Salobre el pan, pero bendito, compartido

como una Eucaristía, en la tarde

al final de la siega, el ángelus oscuro

bajo el dominio de la luna.

Como una sierra la sombra del tejado,

la estancia fresca, los espectros

y las esperas derramadas como lumbre.



Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano



Invocación



¿Por dónde anduve yo?

¿Por dónde anduve, que no hallo

las quejas de mi infancia o gritos

con olor a esparto y a canela?

Junto a la cordonería vi unos ojos

y creí a la campana;

apoyado en la columna

de la izquierda supe

que los humanos mueren.

Mas mi caballo de cartón tan blanco

¿por qué ya no relincha?

Y ni la sombra azul de las arcadas

me da frescor. ¿Por dónde anduve

con mi cabás a cuestas y mi muerte?

Ni de Juan de Yepes, nada sabes,

plaza de soportales,

¿qué has hecho de mi infancia

y de la suya?



Tantas devastaciones

José Jiménez Lozano





En Ávila la piedra tiene cincelados pequeños corazones de nácar

y pájaros de ojos vacíos, como si hubiera sido el hierro martilleado por Fancelli

buril de pluma, y no corre por sus heridas ni ha corrido nunca la sangre,

lo mismo que de los cuellos tronchados sólo brota el mismo mármol

que se entrelaza al borde de los dedos,

en un contenido despliegue de pétalos y ramas,

en delgados cráneos, casi transparentes en la penumbra de las bóvedas,

que conservan la ligera sombra azul de los ojos, yertos en las raíces de la lluvia,

la morbidez, las redondas mejillas de los niños nacidos al mármol para la muerte,

los senos vagamente estériles de las Parcas diluidas en rígidos ramos de volutas y frutos,

el doloroso latir de las irisadas tibias sobre los cojincillos de mármol, ondulados

como para ofrecer un reposo caliente y amortiguar la delgadez helada

de esa mano de ámbar que acaricia con el pausado ritmo de la lluvia

la cabeza de un perro también muerto en la piedra,

muerto en la piedra junto a unos dedos y un cuerpo demasiado hermoso para haber vivido,

muerto en la piedra mientras se escucha brotar hacia la tumba

toda una inmensa vegetación de alas.

Luego, por la ciudad, tiene la noche

un lejano horizonte de olivos y acaso alguna ermita

entre las llamas color de cardo que suben hasta las figurillas de bronce de las fuentes,

los jirones de almenas lamiendo entre la noche el torturado brazo de las norias,

los jirones de almenas ardiendo como un turbio

arroyo, entre el helado crepitar de las fuentes,

entre el resbaladizo gotear, en el aire

de la estepa, del sordo sonido de los siglos.

A pesar de la noche, es imposible

reconstruir su muerte.

Ir ensamblando antiguos inciensos y sudarios,

medallones, y viene hasta mí el golpeteo

de un caballo en los lisos espejos de la noche,

es imposible, nadie sabrá, ni esas raíces

ni esas pequeñas uvas de humedad y salitre,

ni ese tenue azabache como el salto de un pájaro

que al trasluz se desliza, en los atardeceres

al fondo de la carne de los ángeles muertos en el mármol.

Hay algún bar abierto en donde suena un disco.

Es tan vasto tu reino que no puede llenarte,

pero yo sé que nada hay de ti entre tus libros,

en tus palabras, nada puede saberse, nada puedes mostrar.

También tú has recibido la oscura herencia de un inmenso dominio inaccesible

que no tiene ni principio ni fin ni esperanza en el tiempo.

Pero hoy algo renace en las pequeñas flores de óxido de las órbitas vacías,

levanta por entre los hacinamientos de escorias ecos y presencias de pájaros ,

transcurre con un ligero temblor de alas por los delgados caminos de la sangre, despierta

amortiguadas voces al fondo de los cuerpos, inicia

los ahogados latidos de los fríos corazones de hierro.

Por eso, entre el inmenso latido de la noche,

elevado entre un rumor de vides húmedas, es triste

no tener ni siquiera un puñado de palabras, un débil

recuerdo tibio, para aquí, en la noche,

imaginar que algún día podremos

inventarnos, que al fin hemos vivido.



Dibujo de la muerte

Guillermo Carnero



Al mediodía torna la inocencia

de los pájaros. Luego, al volar, se derrama

la tímida caricia de ese vuelo

redondo como el mundo, tan redondo

como un labio o un sol. Cuando atardece

retorna ya la sombra de sus alas

al silencio, nido escaso de amor,

tal vez penumbra,

oscuridad por donde asume el tiempo

la noche que esclarece

en su abandono.



Material reservado

Jose Mª Muñoz Quirós



Volver a Langa



¿En qué lugar de los que habré vivido

quedará la memoria cuando muera

si no es en ti, que no eres sino ensueño?

Escondida mi infancia entre los hoyos

del pradillo, los muelos de las eras,

las tardes acortadas de setiembre,

la vuelta a casa siempre con cansancio.

Tu nombre señalado en piedra blanca

por días imborrables. El dolor

de mis muertos y la esperanza viva

entre el aprecio y el desprecio necio.

Volver a Langa por aquel sendero

abierto entre los trigos cuyo aroma

hermana con el mío otros destinos.



Jacinto Herrero



El miedo



El miedo a los seis años

era un cuarto lejano,

un recinto cerrado y tenebrista

con prestigio de infierno

y un viejo sin edad

que dormitaba junto a un perro agónico

bajo los soportales;

a los doce su miedo

habitaba en los libros,

igual que fotogramas de holocaustos.

El miedo en la veintena

fue aquel tiempo confuso

de amarse bajo el cielo,

ese rumor de trenes que enlazaba

la ausencia y el deseo;

a los cuarenta y ocho fue su miedo

un espacio interior, claudicaciones…

Tuvo más miedos: al cumplir cincuenta,

a los setenta y tantos,

cuando no tuvo edad

y en una larga noche

asmática y feroz,

apareció en la sombra encanecido

aquel miedo inasible de seis años.



Un país lejano

Jose Luis Morante



Órfica



Andaba cantando

sobre cierta prisión que duele

al alma. Y un volar

que no acaba, un no morirse.

Se estremecieron los fantasmas

de Homero,

Eurídice con ellos.

Si enloqueció

de amor tened en cuenta

que el alma se le fue

con ella,

y que las cosas

suelen entre sí consolarse.



Fernando Romera

Brigo, hijo de Túbal, el viajero

que lleva en sus alforjas las leyes

y los dioses, te conjuró en lo inefable

del silencio y te dio un nombre,

una ofrenda que alimenta a lo invisible.

Llegó a las orillas vírgenes del río

y escuchó las voces de los bosques,

el metálico repicar de las encinas

y la chicharra al sol canicular.

Le estremeció la bruma en los inviernos,

el silbo de la brisa entre las cañas,

el salterio del agua en los arroyos…

Entre la arcilla informe sus sentidos

hicieron un nombre, como un eco

a las voces de la tierra:

Aebura, Lívora, Medina Talavaira.

Y lo entregó a la mudanza de los labios.



La Ciudad y la Reina

José Pulido Navas



Traigo en el antebrazo

un silencio rural tejido de nieve,

la clara sombra del roble,

la barba helada del piorno

en la noche del Valle Amblés.

Una encina verdinegra a la boca de la aldea.

La impronta fosilizada de una herradura que brilla:

luz deshilvanada de frío,

estrella de los arrieros,

querencia del zorro,

rueda de carro engranada

que surca el cielo de la vaca,

luna clavada sobre las sierras de Ávila.



Hojas de lluvia

Santos Jiménez



Volvía un rebaño de ovejas

por la estrecha carretera.

Malva el frío de anochecer,

la soledad de los árboles, malva.

Saltaba, gozosa, el agua

en la acequia del riego.

El pastor iba a caballo.

El caballo espumaba.

Todo era polvo y esquilas.

Las esquilas, al pasar, ramoneaban.

¡Cómo olía el pateo del rebaño

a tomillo y a majada!

Una oveja franciscana,

cojeando,

imploraba más calma.

Juraba el pastor desde su altura.

Los perros, contagiándose, ladraban.

El frío de anochecer era malva.

¿Por qué reía la luna?



Esa luz que el aire tensa

Antonio M. Herrera



Sus recuerdos tienen el volumen exacto de esa casa a punto de ser

demolida. La ciudad de su juventud era un lugar glorioso. La vejez

de la piedra no saltaba a la vista entre el frío general que lo cubría

todo. Al alcance de la mano, un muestrario de deseos. La ingenuidad

y la fortaleza, el imán electrizante del sexo y la resaca de una semana

lectiva, el olor de la gasolina y la luz del filamento de una bombilla de

40 vatios, la mentira y la necesidad, el apremio del aire afilado y las

migas esparcidas por el mantel de hule, lo que era posible y se hacía

realidad y el rumor muy lejano del futuro, todo asoma de improviso

desde el fondo de la piedra.



Acotaciones

José Antonio Sáinz



Cierra el portón

1

Cierra el portón

no aparezca la nieve con su cara redonda.

La rueca hila en delgados suspiros

el estallido de la lumbre en la chimenea.

Paz en la frente rodada

de la anciana hiladora de cuentos.

La sabina nevada del patio blanco,

la ventana cerrada, el reloj de arena.

2

Atmósfera blanca de los cuentos.

El fuego ya ha recogido la primera palabra:

cereza herida por la mano de un niño.

Recibe la ofrenda del hilo y la hoguera,

de la rosa que plantó en tu memoria

el polen del tiempo de las flores.

Recibe el canasto de verdes racimos

y no abras a ningún lobo de blancas pezuñas.

Daniel Noya Peña

¿De dónde la palabra

podrá sacar su fuerza y definir la noche?

¿Y cómo contemplar el ciclo de la nieve

que borró las pisadas de los últimos días?

Tantos pájaros buscan una sola presencia,

un refugio sin sombra para ser habitado

y no encuentran la rama

ni el sendero de siempre

que indicaba seguro el final de la búsqueda.

Todo así se transforma.

Como cada sentido consagrando su fin

a una escritura abierta, o un ángel que imagina

adentrarse en el mundo y sentir las miradas.



Silencioso aleteo

David Ferrer



Charco de las paredes



Pero mujer, gritaba

el muchacho a lo lejos,

y se reía antes de volver a nadar.

Ella nadaba

sin detenerse,

sin volver ni sumergir la cabeza,

con el miedo de los segundos,

cada segundo,

persiguiéndola. Sólo

rompió a llorar

fuera del agua,

se abrazaba a su profesora,

balbuceaba

sin darse a entender.

Nada, decía a brincos

y secándose con las manos

el muchacho,

no ha pasado nada de nada,

una culebra,

bueno, una culebrina

de agua, preciosa,

entre nosotros,

en su hombro.

Ella no dejaba de hacer pucheros,

y rechazaba sus caricias

cuando él decía la palabra

culebra.

Pero mujer…

y sonreía mirándonos



Telmo Serrano


Pequeños remedios a la crisis (circulando por internet)

Pasar este mensaje, que arrase en Internet

"Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde".
(Bertolt Brecht)

Si crees que esta crisis no va contigo, que a ti no te afecta, que nunca vas a perder tu empleo o tu negocio, que tendrás una paga al jubilarte, que tus ahorros están seguros... tomate la molestia de interpretar el texto anterior y de reenviar el mensaje de forma masiva.
A ver si por fin se nos empieza a ver cabreados.

¡Importantísimo!!!

Pasar este mensaje, que arrase en Internet.

España debe bajar su déficit en 9,4 puntos porcentuales en la próxima década, una de las reducciones más drásticas del mundo, según el Fondo Monetario Internacional que además pide un recorte en las prestaciones sanitarias de nuestro país para reducir la deuda.

Ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos y recortar primero:


ELIMINAR LA PENSIÓN VITALICIA DE TODOS LOS DIPUTADOS, SENADORES Y DEMÁS "PADRES (Y MADRES) DE LA PATRIA".

REVISAR LOS SUELDOS DE LOS ALCALDES QUE SE PONEN LOS SUELDOS QUE LES DA LA GANA.

CAMBIAR LAS LEYES Y, ADEMÁS DE CÁRCEL PARA LOS LADRONES, OBLIGAR A LOS POLÍTICOS QUE HAN ROBADO Y DEMÁS "ADJUNTOS", A QUE DEVUELVAN EL DINERO A LAS ARCAS DE LAS COMUNIDADES DE DONDE HA SIDO ROBADO.

SÓLO ENTONCES SE LES FACILITARÁ FECHA DE JUICIO Y NUNCA ANTES.

Eliminar TODOS los coches oficiales (cosa que se hizo hace 40 años en los Pactos de la Moncloa y funcionó, "no es posible que tengamos más coches oficiales que USA").


Anular TODAS las tarjetas VISA oficiales (que cada uno baile con su pañuelo) y poner en la calle a TODOS los "cargos de confianza" (tenemos funcionarios de sobra para encargarse de esas labores).

TODOS los diplomáticos excepto un embajador y un cónsul en cada país. ("No es posible que malgastemos en esto más que Alemania y El Reino Unido").

Con eso, y con rebajar un 30% las partidas 4, 6 y 7 de los PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO (adiós "transferencias a sindicatos, partidos políticos, OCEOE, fundaciones opacas y chupópteros varios") se ahorrarían mas de 45.000 millones de Euros, no haría falta tocar las pensiones y los sueldos de los funcionarios. Tampoco haría falta recortar 6.000 millones de Euros en inversión pública.

LOS EXTRANJEROS QUE DELINCAN SE DEBEN EXTRADITAR A SU PAÍS.

CONTROLAR LOS VERGONZOSOS SUELDOS DE LOS DIRECTIVOS, BANQUEROS Y BANCARIOS Y DE LAS ANTIGUAS CAJAS DE AHORROS. LOS LADRONES ATRACADORES ESTAN DENTRO, NO HACE FALTA HACER UN ATRACO.


¡¡¡CON LA MITAD DEL DINERO QUE SE RECAUDARÍA CON ESTAS MEDIDAS, SE ACABABA LA CRISIS DE CUAJO !!!!

Difundid este mensaje, ya es hora de que todos seamos conscientes de la grave situación a la que nos enfrentamos.



EL PRINCIPAL PROBLEMA DE ESPAÑA ES LA CASTA POLITICA Y BANCARIA CORRUPTA (VERDADERAS MAFIAS). TODOS LOS DEMAS PROBLEMAS SON CULPA DE ELLOS.
HAY QUE LIMITAR SU NUMERO, REGULAR SUS ACTUACIONES Y EXIGIRLES RESPONSABILIDADES.


Ya estamos hartos, no somos ni de izquierdas ni de derechas, somos los de abajo y vamos a por los de arriba.





domingo, 8 de enero de 2012

Jerusalén de Castilla (Carlos Aganzo)

Jerusalén de Castilla


Carlos Aganzo
(de "Avila soledad sonora")

I Sonata de Estío

Hay una hora en Ávila, cuando los vencejos gritan su alegría de estío y el cielo empieza a virar desde el más puro azulcielo-de-Ávila hacia el negro más negro, en la que la alquimia alcanza su cenit milenario, trocando la piedra en oro. Es entonces, al hilo de tantos tornasoles imposibles, cuando se descubre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad: Ávila es la Jerusalén de Castilla. La ciudad de los hombres transfigurada en la ciudad de Dios. Mil ciento veintisiete metros entre el mar y el cielo. Novecientos veintiún años desde que el conde don Raimundo puso la primera piedra de este colosal recinto de judíos, moros y cristianos.de Castilla

Hay una hora en Ávila, cuando los palacios se asoman a la luz horizontal de sus balcones, en la que la capital de los Caballeros vuelve a ser «la más siglo XVI de las ciudades españolas», tal como la sintió en sus ojos, desbordados de soles, el maestro Azorín.


Una hora en la que la urbe amurallada empieza a latir al ritmo impar de sus dos corazones. Su corazón más abierto y generoso, en la explanada del Mercado Grande, y su corazón más íntimo y secreto, en el viejo foro del Mercado Chico, donde Roma tocó la cumbre de su espiritualidad en la frontera entre la Lusitania y la Tarraconense. Obila de Ptolomeo. Ávila con v, como dice la vieja ara testifical de los romanos. Abela de los obispos visigodos. Abila de Prisciliano. Abula en las nieblas ortográficas del medioevo. Ávila en fin de los abulenses: la ciudad de hoy que duerme sobre la respiración de todas las otras ciudades anteriores.

Hay una hora en Ávila en la que, proyectadas ya todas las sombras sobre el final de la tarde, la Muralla se puede leer como un libro de historia. Lo que la luz total ocultaba, los rayos oblicuos del sol vencido empiezan ahora a desvelar. Surgen, como por ensalmo, las inscripciones latinas, y los viejos judíos sefarditas buscan también, entre sus piedras, las leyendas de los antepasados, los que vinieron a la ciudad al tiempo de los primeros cristianos. Los maestros de xometría Cassandro Colonio y Florín de Pituenga trazaron los planos, y campesinos cristianos y esclavos moriscos, mano con mano, levantaron este monumental libro de piedra utilizando todo aquello que encontraron. Verracos vetones. Lápidas de romanos y cristianos. Quizás también de judíos primitivos. Cantos de memoria inexpugnable.

Hay una hora en Ávila, cuando los poetas entran y salen a su libre albedrío por las nueve puertas de la Muralla, en la que la ciudad se viste con las luces de la primera noche para volver a contar los pasos de sus nueve leyendas fundacionales. El Peso de la Harina, por donde entró el Batallador a ver al Rey Niño. El Alcázar, por donde la ciudad levantó piedra a piedra la leyenda de su defensa numantina. El Rastro, desde donde doña Guiomar mandó sus señales de amor a don Alvar, corazón malherido en el destierro deManqueospese. La Santa, por donde los Cepeda y Ahumada entraron en Ávila para alumbrar a su hija más clarividente. La Malaventura, por donde salieron los judíos y los primogénitos de los caballeros abulenses, sin saber que sus cabezas serían cortadas y hervidas como signo de la cobardía de los aragoneses. El Adaja, por donde trasegaban los labriegos moriscos con el producto de sus huertas. El Carmen, por donde fray Juan de la Cruz inauguró una lista interminable de cantos del prisionero. El Mariscal, por donde don Álvaro Dávila dejó testimonio de la preeminencia abulense en el generalato de Castilla. San Vicente, al fin, hasta donde vino a reventar la mula milagrosa con los restos de San Pedro, el santo varón de El Barco…

Hay una hora en Ávila donde las piedras de la Catedral se desangran mientras escuchan los ecos de la voz de Tomás Luis de Victoria. Gog y Magog, bajo la casa del campanero, el Quasimodo del primer templo abulense, impiden la entrada a los malos espíritus, y las tablas de Pedro Berruguete, que se murió aquí mismo sin poder ver culminada su empresa, nos cuentan la historia de Jesús como nunca antes se había hecho en la pintura medieval. Aquí se forjó el patronímico de la ciudad, con el cimorrocatedralicio y el niño en el centro del escudo; pues esto hay que decir de los nombres de Ávila de los Alfonsos: que es del Rey, según Alfonso el Emperador; y de los Leales, por gracia de Alfonso el de Las Navas; y de los Caballeros, por deseo expreso de Alfonso el del Salado. Aquí se reunió también la Junta Santa para escribir la primera constitución Comunera, plantando cara al káiser Carlos, el menos querido entre todos los reyes de España. Y aquí labró el genio de Vasco de la Zarza su pieza más primorosa: el imponente sepulcro de El Tostado. Sí, de aquel don Alonso de Madrigal, tan bajito y tan prolífico, que escribió más que nadie en el mundo; ése que le dijo al Papa: «La altura de un hombre se mide desde el arranque del pelo hasta las cejas».

Hay una hora en Ávila en la que las piedras romanas del templo dedicado a la tríada capitolina –Júpiter, Juno, Minerva–, sobre las que se apoya la iglesia mayor de los cristianos, se estremecen y hacen temblar de manera casi imperceptible, como un ecordatorio lejano del terremoto de Lisboa, a las vidrieras de la gran nave central; la primera que se levantó en Castilla bajo la influencia del gótico borgoñón de Saint-Denis. Los pasos de los deanes de esta Roma la Chica resuenan y se confunden con las campanas que tocaron a gloria por la proclamación de Sancho, el Cuarto, como rey de Castilla, o por la muy celebrada boda de Juan, el Segundo, con doña María de Aragón. Y se remueven también en sus tumbas los muertos más ilustres de la Catedral: Esteban Domingo, alcalde mayor de Ávila y señor de Las Navas; Sancho Dávila, glorioso capitán de los Reyes Católicos; don Claudio Sánchez Albornoz,mentor de todos ellos y presidente de una república sin república…


Hay una hora en Ávila, cuando el verano dobla las esquinas hacia la plenitud del sueño, en la que el ojo gigante de San Pedro se queda atónito ante la molicie del bloque de Moneo, varado a los pies del muro como un trasatlántico que hubiera echado amarras en la barbacana. Desde su pedestal de glorias abulenses, la Palomilla escribe una nueva versión del poema del Cristo de los Piojos, muy cerca de la Magdalena y de aquel convento de Gracia en el que entró Santa Teresa tan enemiga de ser monja. Entre los soportales pasan los últimos borrachos, que miran a la luna con melancolía infinita.

Hay una hora en Ávila, finalmente, en la que todos los caminos quieren bajar desde la acrópolis hasta el llano donde se asienta el Real de Santo Tomás, la joya de Isabel y de Fernando; la H de la Hispanidad, el yugo, las flechas y las granadas en su momento de máximo esplendor. Allí, un claustro para los novicios, otro para el silencio de los difuntos y un tercero aún para los Reyes, ompartido con aquella Universidad que fue testigo del genio de don Gaspar Melchor de Jovellanos. Allí la tumba de don Juan, el primer ideal truncado en la historia de España; y el corazón del Niño de la Guardia, que el príncipe enamorado le entregó a su princesa. Allí el olor a ceniza eterna del implacable Torquemada. El eco del ultraje de los soldados de Lefèvre, el menos piadoso de los generales de Napoleón. Y esa misteriosa estrella de David, grabada en el corazón mismo del Tribunal de la Inquisición… La memoria de aquella judería del barrio de Santo Domingo. La posada de la Estrella. La casa del Rabino, al lado de las Nieves, donde queda aún indeleble la cruz incisa en la piedra del umbral, como signo de nueva cristiandad… Todo esto y más, por las calles dispuestas a la altura de nuestra Jerusalén castellana. Tal como lo vio y como lo consignó el divino Moshé de León, el autor del sagrado Zohar: «Hay momentos en que las almas que están en el jardín suben y alcanzan la puerta del cielo». Así sea.

II Sonata de Invierno

He visto sobre Ávila, al olor de la nieve que es madre de todos los manantiales, la sombra de Prisciliano proyectarse sobre el lienzo este de la Muralla, al lado mismo del lugar donde descansan los mártires Vicente, Sabina y Cristeta. El autor del cenotafio lo contaba con todo lujo de detalles, después de inventar el cómic enplena Edad Media: el juicio ante el pretor Daciano, la huida, el prendimiento, el martirio de las aspas, las cabezas aplastadas de los tres hermanos, la serpiente que fuerza al judío al perdón divino…, y el fundamento de la primera iglesia martirial. Sobre los ojos de los hombres, en puertas y tejados, las criaturas más exóticas del bestiario románico: la lujuria del cerdo, la vanidad del pavo, la salacidad del mono, pero también la firmeza del león, la laboriosidad del buey, la virtud infinita de las cigüeñas del alma, capaces de derrotar, con picos como espadas, a la repugnante serpiente del pecado, la que duerme secretamente en el corazón de cada cristiano, ya sea viejo o nuevo.

He visto sobre Ávila, al pasar junto a la puerta de San Vicente, aterida con las últimas claridades del día, el misterio del verraco que se oculta debajo del portentoso ingenio defensivo, sosteniendo a la ciudad como un Atlas. La protección perpetua de los ídolos vetones sobre el linaje de los señores que velaron durante siglos por la defensa del ala norte. Los Sofraga y el árbol de la estirpe. Los Verdugo y su patio de proporciones áureas.Los Águila y sus leyendas de la Duquesa de Valencia, la aristócrata que abofeteó en público al general Franco. Los Bracamonte y el recuerdo indeleble de don Diego, en la vecina capilla de Mosén Rubí, mandado decapitar por el emperador Felipe II como cabecilla de la rebelión de los patricios castellanos. Y aún más adelante, los jardines del palacio de don Juan del Henao, donde resuenan los propios pasos, entre los faroles encendidos y abiertos ya a la noche, como si fuera nuestra alma misma la que nos persiguiera, hasta hacernos confrontar la verdad exacta del invierno.
He visto sobre Ávila, entre los cristales del frío más purificador de todas las edades, el pez oscuro y místico de los primeros cristianos, grabado en los cimientos del antiguo Episcopio,muy cerca del lugar donde se guardan los testimonios más ciertos de los antiguos padres visigodos. Y uno detrás de otro,callejeando de intramuros a extramuros, la colección más impresionante de escudos de todas las ciudades españolas: Lesquinas, Serrano, Velada, Valderrábano, Almarza,Superunda… Así hasta tocar con los dedos, bajo la sombra del Torreón de los Guzmanes, la misma leyenda del pintor Guido Caprotti, el dandy, el vividor, el visionario. El artista que pintó más veces el rostro de Ávila en los rostros de sus hombres y de sus mujeres. La boca del sereno como un trueno de espanto nocturno. La luz final de Ávila como marco absoluto de la creación.
He visto sobre Ávila, apurando ya definitivamente los últimos reductos de la existencia, justo antes de que el hielo entrara como un cuchillo en los corazones de los hombres, el paseo del Rastro iluminado como el gran teatro del mundo. El faro del Obispo vigilando los mares cereales. La torre de Santiago custodiando la verdad del rey Nalvillos, el Cid de los abulenses, el esposo traicionado por las veleidades de la mora Aixa Galiana. El palacio de don Blasco Núñez Vela,el malogrado virrey del Perú, el que ni aún disfrazado con ropas de indio logró escapar a la cólera del rebelde Gonzalo de Pizarro. Hasta aquí la leyenda negra del oro de América,todavía con los ecos de la aventura de ultramar del gran Rodrigo de Cepeda, el de las rojas linternas de Huecuvu, el capitán que murió, para gloria del imperio, en lucha contra los feroces araucanos.
He visto sobre Ávila, con los ojos abiertos de par en par sobre la inmensidad del Valle Amblés, a un melancólico Rubén Darío mirando exactamente hacia Navalsáuz, y evocando al que sin duda fue el gran amor de su vida: la dulce y solícita Francisca. Estaban a su lado Jorge de Santayana y los hermanos Bécquer. Enrique Larreta y Lope, que no acababa de terminar su Comedia de San Segundo. Y los hombres del 27. Y los del 98. Todos en Ávila, mis ojos, dentro de Ávila. En Ávila del Río, donde mataron al buen amigo, dentro de Ávila.

He visto sobre Ávila, apurando hasta el final la dulzura de esta noche oscura del alma, las huertas de San José, el poyo donde Teresa escribió su obra de rodillas, el secreto laberinto de pasiones donde solo Dios basta; la verdad absoluta del corazón cautivo y desarmado. Y más allá de la urbe, al otro lado de la corriente de los muertos, sobre el antiguo cementerio que un día fue de judíos, la otra patria íntima de la escritora, la Encarnación del misterio revelado; el madero que sirvió de almohada a la andariega y el Cristo de San Juan, desde la elevación del arte del poeta más alto de todos los tiempos. La esencia más pura de esta ciudad de cantos y de santos que bautizó, cuando más cuerda, doña Juana la Loca. Santa Teresa y San Juan. San Vicente y San Pedro de El Barco. San Segundo y la bellísima Santa Paula Barbada, singular modelo de la virtud castellana. Y todavía, en las noches de plenilunio, la voz onírica de San Pedro de Alcántara, como piedra toral de ese lado violeta de las cosas. El final de los caminos de la incertidumbre.
He visto al fin sobre Ávila, congelada en la retina como ese cuento de hadas que cada quien lleva dentro a su manera, la fascinación sin límites de la imagen de la ciudad iluminada. La visión eterna de la ciudad medieval desde el sencillo humilladero de los Cuatro Postes. La luna llena como un poema redondo sobre la luz de las almenas encendidas. Hacia el noroeste, Narrillos de San Leonardo, el camino de Salamanca: los pasos de Teresa y de Rodrigo buscando mejor vida en el martirio a manos de los moros; las sandalias de Teresa sacudiéndose el polvo de Ávila: de Ávila, ni el polvo. Y sin embargo, la Jerusalén de Castilla con todo su fulgor. Las antorchas vibrantes del castillo interior del alma humana. La belleza inmarcesible de esta maja tendida, con su eterno cinturón de piedra y sueño, que es la ciudad de Ávila. El monolito sagrado del Esplendor… Quien aquí se detuvo sabe bien de lo que hablo. Quien lo ha visto una vez, ya no vuelve jamás a ser el mismo.

TOPICOS DE AVILA (José Jiménez Lozano)

TÓPICOS DE ÁVILA
José Jiménez Lozano

(de Ávila soledad sonora)

Como cualquiera otra vieja ciudad o lugar que tiene un peso en la historia o en el pensar y sentir de las gentes, y compone un icono mental que se nos ofrece en unos cuantos trazos, constantemente repetidos, Ávila, para el resto de los españoles que no son abulenses o de tierras vecinas, y para los no españoles que han oído el eco de su nombre, se define tópicamente como una ciudad en la que el frío es muy intenso –Julien Green quedó herido por el brillo de las estrellas en una noche invernal aquí como en ninguna parte–, tiene una muralla, y nació Santa Teresa que fue una monja que tiene gran predicamento de andariega, mística y escritora en todo el mundo, aunque sólo los abulenses parecen informados de que comió ceniza, o esto era lo que se nos decía, aunque no nos conste en modo alguno, cuando, de muchachos, nos mostrábamos mezquindosos al comer. Y claro está que comer ceniza no era una proeza como la de San Lorenzo, tostándose primero de un lado y después del otro sin abrir la boca,






pero no nos parecía pequeña hazaña, ni mucho menos, y yo creo que mucha gente quedó marcada por esa leyenda, o la otra de que, en un determinado momento, se sacudió las zapatillas y dijo allá por el humilladero de «Los cuatro postes»:«De Ávila ni el polvo», algo que es igualmente legendario, pero puede significar mucho amor, porque en esta tierra de tanta piedra y un frío tan helador y bastante literario, no hay muchos lirismos. 



Y luego, enseguida, o a la vez que estas graves informaciones acerca de «la Santa» de la ciudad y el frío, lo que identifica a Ávila, como decía, es que Ávila tiene murallas, y ya he confesado alguna vez, que en mi adolescencia y pensando seguramente en dibujos de las hazañas de las Cruzadas que leíamos, la amurallada ciudad me parecía Constantinopla, un baluarte imbatible durante mil años y sólo al fin tomada por la invención de un cañón enormeque lanzó bolas de piedra imposibles de lanzar con las catapultas e invención que vendió a los turcos un traidor húngaro; ¡Dios le haya perdonado y le tenga en buen sitio!, como decían entonces nuestros mayores. Pero lo que nos quedó a nosotros de esas leyendas y la visión de estas murallas, una y otra vez, fue un callado y dolorido sentir por esa caída de Constantinopla, de la que la Princesa Bibesco, una dama muy mundana y algo intrigante que anduvo por España cuando yo nacía o poco después, decía muy seriamente que todavía no se había repuesto del todo. Y no me extraña nada, porque el ruido de aquella caída se oyó en todo el mundo cristiano y todavía se puede seguir oyendo, porque eran moradas e iglesias aunque hermosísimas, muy grandes y esplendorosas.



La Teresa de Ávila, pensando muy adelantadamente, recomendaba a sus monjas que hiciesen casas pequeñas y modestas que, cuando se cayeren en el Último Día del mundo, poco ruido hicieran, y «palomarcillos» llamaba ella a esos conventos; pero lo cierto es que, cuando sonó por vez primera la campanita que regiría su vida en el primero de ellos en la misma ciudad, hubo un tal alboroto, en esta, entre ediles, corregidores y sus criados o acostadosque dice la propia Teresa que no parecía sino que habían entrado moros y estaban gritando algarabía que era como llamaban los cristianos a una lengua como el árabe que tenía tantos sonidos aspirados y era tan rápida que sonaba a esos oídos cristianos apura jerigonza. Pero, en realidad no había pasado nada, sino que esas gentes de mando en la ciudad, y otras cuantas que les seguían, se habían encontrado con un conventillo nuevo, y esto sin tener noticia de ello, de modo que quizás no lo veían conveniente para sus intereses económicos o políticos o era una tremenda novedad, y quedaban muy heridas la rutina y la costumbre.



Pero he aquí que, para Jorge Santayana, cuatrocientos años después, esto de la costumbre es una categoría más importante que cualquiera otra, y era precisamente lo que, a sus ojos, hacía, a Ávila, importante a su vez. Porque lo más importante de la ciudad, para Santayana, en efecto, no eran el arte o la historia de ella, tan encontradizos y relucientes a cada paso, sino el que las gentes de Ávila se condujeran por la costumbre. Este simple hecho se convierte en categoría filosófica, y nos dice que eso es lo que hace de la ciudad uno de los dos lugares o loci standi desde donde mirar el mundo y su acontecer; siendo para él el otro locus fundamental nada menos que Boston, que hasta pronunciarlo suena raro en Ávila. Aunque ¿cómo podría olvidarse Santayana de las murallas siendo viajero y habitante de tantos mundos como lo fue, cosmopolita por lo tanto, y en un tiempo de la modernidad en el que ya no se puede poner casa y vivir a pierna suelta?



Santayana describe de vez en cuando cómo el profundo sentir y la belleza van encogiendo como una tela según se va tiñendo de la vulgaridad comercial y política, y él, desde luego, hace de esas murallas los lares de sus padres y, por lo tanto, su herencia y su propia defensa.



Ya he comentado, en otra parte y a este respecto, de la estética poética de Santayana, que él mismo nos señala su propio locus standi cultural, afirmando que es el de la armonía y la luz de la vieja cultura del catolicismo, y, si utilizáramos las categorías y el lenguaje de su tiempo para hablar de poesía, diríamos que la estética de Santayana es «retromedieval» o medievalizante, pero sin «los eliotismos» modernistas y personalísimos de la de su discípulo Thomas S. Eliot, que Santayana nunca apreció mucho, pero que es poesía tan cercana y tan distante al mismo tiempo. Y, en la poesía de éste, ciertamente, las murallas se convierten en símbolo de su morada y su propio baluarte, pongamos por caso, en estos versos del Soneto XXXIV:








Yo fío en ese cielo, cuyos astros perennes



me envían sus mensajes como antes a mis padres,



y no sé de otra duda que tanto me confunda,



ni de amor más intenso para guardarme puro.



Las antiguas creencias son mi pan cotidiano,



Bendigo su esperanza y el que quieran salvarme,



en mi ser más profundo creo lo que creían.








Ese cielo y esas creencias son las de la urbs in ruris como él llamaba a Ávila, bien coronada de defensas, como muestra a la ciudad en sus Poemas sueltos:








Sobre Ávila se yergue el castillo almenado,



nido actual de cigüeñas y antes de altivas almas;



aún desde la abadía que se abre sobre el valle



redoblan las campanas por cuantos nos dejaron. (1)








(1) (La traducción de todos los versos citados es de José María Alonso Gamo)



Y entonces se evoca, en todo esto, lo que fue su pueblo natal, para Heidegger, como dice Ernst Nölte:«Messkirche puede ser, de hecho, un mejor punto de partida para el filosofar contemporáneo que NuevaYork».








Porque no es que Santayana haya hecho de Ávila lo que Joyce hizo de Dublin o Musil de Viena; lo que importa ver con los ojos con los que estamos mirando el mundo –nos dice en resumen– es que no podemos escapar a los tópicos de Ávila por la sencilla razón de que nos recogen y amparan. Nos recoge el frío y nos ampara el espesor de esos muros en gran parte bizantinos y que han hecho pared con antiguos nichos columbarios o doloridas laudas romanas.  



El mundo ha sido siempre como un pañuelo, y hay ciudades como ésta de Ávila donde ese mundo cabe, y todavía puede nombrarse. Y luego resuena, como la flauta que los niños tocan en la plaza en el lacerante responso de un músico que también recapitula mundos como Tomás Luis de Victoria, niño de coro en la catedral de esta ciudad, y de cuya muerte hace ahora, en estos días que escribo, cuatrocientos años. Como quien dice ayer por la mañana, como la caída de Constantinopla. Y para dejarnos, como entonces,tan melancólicos y tan sobreaviso de toda pequeña esperanza.